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EL RETO

F. Javier Blasco Robledo*

A la vista de las alarmantes noticias, los titulares y el nerviosismo que impera a nivel político en las cancillerías de gran parte del mundo, parece que estamos al borde de empezar la III Guerra Mundial, cuando en realidad no creo que de ninguna manera eso se pueda dar.

Llevamos años observando la arena internacional y a los muchos gallos que pretenden gobernar el único gallinero que hay en el mundo, porque hoy en día, debido a la rápida expansión de las cosas, la globalización y el que todo se nos queda corto o estrecho, ya nadie se contenta con su Imperio por grande o fructífero que éste pueda llegar a ser o alcanzar.

Hace tiempo, demasiado quizás, que China, Corea del Norte, Rusia, Irán compiten, cada uno a su manera y según sus capacidades armamentísticas, políticas o económicas en tratar de desplazar al Tío Sam de su posición de líder mundial.

EEUU, a pesar de que desde la última década o algo más, rehúye de los conflictos, no los reducen e incluso, podíamos decir, que los aumentan en entidad, capacidad de molestar y en el grado de riesgo en el que incurren si los abandonan, dejan enquistar o pretenden que no se expandan aún más de lo que ya lo están.

El Nobel de la Paz Obama pasó por el mundo dando discursos sonados y esquivando todo compromiso e implicación bélica seria para acogotar, de una vez por todas, a quien le quiso estornudar.

Su seguidor, el bocazas Trump empastró el ambiente internacional amagando, pero no dando nunca jamás. Sembró la semilla de las vergonzosas retiradas de Oriente Medio y Afganistán y mostró de nuevo el verdadero valor que tiene la palabra de Washington a quien les jura fidelidad y les creen de verdad.

Biden, el anciano caduco, débil física —por mucha carrerilla que haga frente al público cuando se dirige a un estrado o a la escalerilla del avión— y hasta puede que mentalmente, ha tenido que completar las chapuzas inacabadas de su antecesor con ambas retiradas más que vergonzosas y totalmente impropias de la primera potencia mundial y ahora se encuentra empeñado en lanzar su mirada y esfuerzos hacia el mar de China para frenar la expansión de dicho país sobre el mismo y en mantener cierto ojo sobre el Ártico, sin descuidar la guerra de las galaxias o del más allá.

Mucho tomate para tan poco huevo como diría el clásico, máxime cuando está más que demostrado que empeñarse en combatir seriamente en más de un frente, histórica y realmente, a la larga, nunca ha sido muy beneficioso para el que se ha empeñado o visto forzado a luchar.

Biden está sufriendo grandes y graves reveses internos y personales, por lo que debe andarse con pies de plomo si no quiere terminar como el rosario de la aurora y pasándole los trastos anticipadamente a Kamala Harris. Un traspiés gordo en la arena internacional, sería fatal para sus intereses personales. Sabe bien que la otrora orgullosa población norteamericana, ya no se traga tan a ciegas el ir repartiendo o imponiendo democracia por el mundo al precio y coste que sea.

En definitiva, el todavía líder mundial, se encuentra en situación de franca debilidad y no es casualidad que todos los gallitos mencionados anteriormente, lleven tiempo armando mucho ruido, solos o a la par.

Corea del Norte, lanzando misiles a diario para demostrar que está ahí, que mejora sus capacidades y para avisar a todo el que quiera meterse con ellos de que, ese asunto, le puede ir mal.

Irán, con su nuevo gobierno, gobernando un país empobrecido, lleno de drogadictos y resistencias internas, pero demostrando bemoles ante el mundo en general y EEUU en particular; porque sigue sin apearse de su programa nuclear, por mucho que los perros ladren tras él y las trompetas de Jericó anuncien la caída de sus murallas.

China, sigue con su expansionismo por el Mar de China, el continente africano y Suramérica, sin olvidarse para nada del espacio y el Ártico por si puede pescar algo allí también. Amenaza a Hong Kong y a todo aquel que ose invadir lo que considera su espacio aéreo o marítimo, sin miramientos ni consideración y por toda respuesta está el no rechistar.

Y solo faltaba el último ingrediente a este cocido, la Rusia de Putin, un país que lleva su cruz particular, que resuelve todo problema interno por la fuerza, que domina junto a China el mundo de la amenaza cibernética. Manejada por un dictador que pretende eternizarse en el poder a cualquier precio y que debe hacer un poco de ruido y/o mover alguna ficha en un tablero, que lleva mucho tiempo congelado y recibiendo veladas amenazas de EEUU y la OTAN por su flanco sur y oeste a la par.

Putin, poco a poco aumenta su expansión en territorios americanos y comparte muchos intereses con China en África, le dio un gran zarpazo a Ucrania en 2014 y consiguió que nadie moviera un dedo de verdad por aquella vergonzosa y flagrante invasión y anexión territorial.

Cada uno de los anteriores, ha lanzado su reto a Biden. Pero, Putin ha querido ir un poco más lejos que los demás; sabe que si mueve el cajón de los ratones y saca a pasear sus viejos medios acorazados y mecanizados, la gente se echa a temblar y muchos débiles muestran enseguida su poca fortaleza y casi ruindad.

La UE de la que es mejor no hablar en estos temas, con Borrell a la cabeza, no está ni se la espera, por mucho que sus mandatarios frunzan el ceño y digan lo que digan sobre el papel que debe desempeñar la Unión, aunque en estos temas, solo sea un convidado de piedra.

El recién estrenado canciller alemán y el decreciente presidente francés, rápidamente han sacado la bandera blanca y, sin mediar palabra, están dispuestos a negociar lo que sea sin más. A Sánchez ni le han llamado porque, tras quedarse en un rincón calladito y sonriendo, solo hará más que sacar pecho y molestar.

La OTAN juega al sí, pero no; moviendo buques y aviones de aquí para allá, porque Ucrania no es miembro de la alianza y por tanto no hay que defenderlo si fuera atacado externamente y, además, porque precisamente para no enfadar a Rusia, lleva años posponiendo la adhesión de este país en modo y forma que se está haciendo patética y demencial.

Solo el juerguista del primer ministro británico ha sacado los pies del tiesto porque sabe que tras tanta juerga durante la pandemia, su culo peligra y si se entra en conflicto, su expulsión hasta se podría llegar a olvidar.

Firmemente, no creo que vaya a suceder nada, salvo lo que ya se palpa claramente: un destrozo más en la economía; que la energía suba un peldaño más; que Putin tenga garantías de que va a vender más; no le van a molestar más con sus ductos; sea considerado como un “hombre de paz” y de una vez por todas, le dejemos de molestar con su forma de manejar la CEI, la adhesión de Crimea y de algunos territorios más.

Ucrania, se quedará, de nuevo sola, llamando a la puerta de la OTAN y de la UE. Habremos montado el pollo, desviado la atención sobre la crisis económica y financiera que se nos viene encima, aunque la hayamos ayudado a hundirla un poco más; concederemos a Putin casi todo lo que pida y algunos partidos volverán a sacar sus consignas caducas y fuera de tono para contentar a su parroquia, que está un poco harta ya.

 

* Coronel de Ejército de Tierra (Retirado) de España. Diplomado de Estado Mayor, con experiencia de más de 40 años en las FAS. Ha participado en Operaciones de Paz en Bosnia Herzegovina y Kosovo y en Estados Mayores de la OTAN (AFSOUTH-J9). Agregado de Defensa en la República Checa y en Eslovaquia. Piloto de helicópteros, Vuelo Instrumental y piloto de pruebas. Miembro de la SAEEG.

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LÍNEAS ROJAS, UCRANIA Y LA OTAN

Marcos Kowalski*

En un artículo de este autor de hace un tiempo se dijo: “La zona más complicada para las hipótesis de conflicto de Rusia es la llamada llanura europea, que se extiende desde los Países Bajos hasta los montes Urales una especie de embudo de oeste que se va ensanchando hacia el oeste alcanzando más de 2.000 Km cuando llega a la frontera rusa, convirtiendo dicho límite en una zona expuesta de grandes dimensiones”[1].

Recordemos que los sujetos del Derecho Internacional Público son las Naciones, los países. Y que a los efectos de preservar la paz y tras la creación en 1945 de la Organización de las Naciones Unidas (UN) se determinó que es el Consejo de Seguridad de ese organismo internacional, el único órgano autorizado para usar la fuerza. Pero la Carta de las Naciones Unidas plasmó en su artículo 51 el derecho a la legítima defensa de los Estados, es aquel que permite responder a los ataques militares de otro país para evitar más daños, asegurando, de esa forma, que los países pudieran protegerse a tiempo sin esperar una resolución del Consejo de Seguridad de la UN.

En teoría, el derecho de legítima defensa es subsidiario y provisional. El país afectado debe comunicar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas las actividades que llevará a cabo y las mantendrá hasta que el organismo retome el control de la situación.

Una vez el Estado da el aviso, el órgano aprueba una resolución contra el país atacante siempre que los cinco miembros permanentes (Francia, el Reino Unido, Estados Unidos, China y Rusia) voten a favor. De lo contrario, el veto de cualquiera de ellos impedirá cualquier intervención. La legítima defensa nació precisamente para esquivar esta previsible parálisis.

El Consejo de Seguridad puede sancionar una aplicación de la legítima defensa que no atienda al requisito de necesidad, pues el Estado infractor habría usado la fuerza sin causa justificada. Sin embargo, si uno de sus cinco miembros permanentes realiza estas acciones, estas quedarían impunes con su veto a cualquier resolución condenatoria.

Por eso decimos que en teoría y mientras no se modifique la estructura del Consejo de Seguridad, un Estado puede invocar la legítima defensa solo cuando sea necesario, es decir, cuando un ataque extranjero en curso atente contra su integridad territorial o independencia política. Se aplica en caso de una agresión que comprenda acciones como la invasión, el asalto a buques, tropas o aeronaves, o el ataque a las fuerzas armadas.

Deja fuera otras acciones hostiles, como el bloqueo económico o los ciberataques y otras agresiones. Además, el contraataque del Estado víctima tiene que ser proporcional a la acción inicial y, si es posible, evitar usar la fuerza. En ningún caso podrá actuar con otra finalidad que la de protegerse, como aprovechar para conseguir nuevos territorios u otro tipo de beneficio.

El principio, el derecho de legítima defensa de las Naciones, puede activarse de forma individual si la aplica solo un Estado, o de forma colectiva, si varios países recurren a la fuerza para auxiliar al que ha sufrido el ataque. Para que esto suceda, es necesario que el país víctima solicite ayuda militar a sus aliados, pero también es habitual que se celebren tratados multilaterales sobre asistencia recíproca en materia de defensa, como el pacto que rige la Organización del Tratado Atlántico Norte o el más reciente AUKUS.

Con el tiempo, el uso de la figura ha cambiado, en especial tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 en los Estados Unidos. Los atentados mostraron una nueva amenaza internacional y abrieron la veda para invocar la legítima defensa contra agentes no estatales, sobre todo grupos terroristas.

Esta interpretación tiene cabida cuando las agresiones militares de grupos armados se producen bajo las órdenes, control o financiación del Estado, y por tanto se les atribuyen. Es la variante que aplicó Estados Unidos en 2001 para invadir Afganistán en su guerra contra el terror de los talibanes. Estos formaban parte del aparato estatal y protegían en su territorio a los terroristas de Al Qaeda, el grupo de yihadistas responsable del atentado.

Mientras tanto, países como Rusia o Irán defienden el derecho a invocar la legítima defensa también ante sospechas fundadas de una agresión inminente. Ese principio de legítima defensa preventiva es el que aplicó Estados Unidos al invadir Irak en 2003. La Administración de George Bush argumentó entonces que el régimen de Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva listas para atacar a la superpotencia, aunque estas nunca se encontraron.

A pesar que La Corte Internacional de Justicia rechaza este principio porque elimina el requisito de necesidad y abre la puerta a ataques arbitrarios o desproporcionados, en enero de 2020 la Administración de Donald Trump reactivó la defensa preventiva para asesinar al general iraní Qasem Soleimani ante el temor de que estuviese desarrollando planes para atacar a militares y diplomáticos estadounidenses en Irak.

Es por eso que el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, criticó el formato actual del Consejo de Seguridad de la ONU. Según él, “el mundo es más grande que cinco” y “el destino de la humanidad no debe dejarse a merced de un puñado de países que ganaron la Segunda Guerra Mundial”, lo cual, afirma Erdogan, es una “injusticia del sistema global”.

Debemos convenir que todos tenemos puntos a no ceder en nuestra vida cotidiana; podemos, y de hecho lo hacemos, ceder en muchos de nuestros principios, ideas o puntos de vista, pero seguramente ni cambiaremos ni cederemos ante ataques a nuestra propiedad, pertenencia o a nuestra Fe, esto también es válido para la geopolítica.

Las naciones que, como dijimos, son sujetos del Derecho Internacional, tienen, además de sus límites geográficos, limites políticos, ideológicos o religiosos, una idiosincrasia nacional, una cultura y un inconsciente colectivo y todo eso es lo que hoy dice el presidente ruso Vladímir Putin, que Rusia no cederá y denomina “línea roja”.

En los últimos tiempos Joe Biden y Vladímir Putin muestran sus líneas rojas ante las negociaciones de enero. El presidente de Estados Unidos amenaza con sanciones a Rusia si interviene en Ucrania y Moscú; recuerda que considerará una agresión cualquier avance militar en el este de Europa. El problema que comenzó en el 2014 con la anexión de Crimea y el auspicio ruso a la rebelión del este ucranio, la región del Donbáss, contra Kiev por parte de Rusia, se agudiza día a día.

Rusia ya ha presentado sus exigencias para lograr lo que considera que son “garantías de seguridad”. Estas propuestas fueron publicadas por el Ministerio de Asuntos Exteriores el 17 de diciembre de 2021 y el silencio de Washington en los días siguientes impacientó al Kremlin.

Hace unos días, Putin celebró un encuentro con la cúpula del ejército en la que amenazó con tomar “medidas de represalia técnico-militares” si la OTAN protegía a Ucrania, entre otros países que Moscú considera bajo su órbita. “Necesitamos garantías vinculantes a largo plazo (…). Sabemos que, incluso con garantías legales, no se puede creer en Estados Unidos porque se retira con facilidad de los acuerdos internacionales”, advirtió a sus altos mandos Putin, comandante en jefe de la Federación de Rusia.

El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso difundió un borrador con sus propuestas “para prevenir actividades militares peligrosas y reducir la probabilidad de incidentes entre sus fuerzas armadas”. Según la propuesta rusa, la Alianza Atlántica “asume la obligación de impedir una ampliación de la OTAN a otros Estados, incluida la adhesión de Ucrania”, y renuncia a hacer ejercicios militares en esa región, el Cáucaso y Asia Central.

Además, Moscú exige a la Alianza a que “se comprometa a no desplegar sus fuerzas armadas y armamento en territorio de todos los demás países europeos” y, en caso de amenaza a la seguridad, que los despliegues solo se hagan “con el consentimiento de todos los participantes”. Es decir, en una guerra como la del Donbáss, Rusia tendría que dar el visto bueno al envío de armas de Estados Unidos a Kiev.

En un sucinto comunicado, la Casa Blanca ha confirmado que Biden dejó claro a su homólogo ruso que Estados Unidos y sus aliados y socios responderán de manera decisiva si Rusia invade Ucrania. El presidente también expresó su apoyo a la diplomacia, mediante las tres reuniones previstas en enero. Biden reiteró que el progreso sustancial en esas mesas de diálogo solo puede darse en un escenario de desescalada, por lo que instó a Putin a reducir la tensión en la frontera.

Mientras que el gobierno de Kiev ha rebajado la tensión al afirmar que no ve una amenaza de agresión abierta por parte rusa. “Sí, hay un aumento de las fuerzas del Ejército. Pero no vemos una concentración importante en nuestras fronteras, como publican algunos medios en el extranjero”, matizó el secretario del Consejo de Seguridad y Defensa de Ucrania, Oleksiy Danílov, según la agencia Interfax[2].

Durante tres semanas de frenéticas negociaciones a varias bandas se ha dejado de manifiesto que Estados Unidos no desea mover ficha en solitario en este espinoso asunto. El secretario de Estado, Antony Blinken, contactó al respecto con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, y con sus homólogos británico, francés y alemán. El Kremlin, al contrario, se muestra más proclive a tratar directamente con la Casa Blanca, aunque a la vez insta a Estados Unidos a regresar a los acuerdos internacionales que el presidente Donald Trump abandonó.

En este contexto coyuntural, las cinco potencias nucleares (Rusia, Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y China) instaron a impedir que se desate una guerra nuclear en el mundo, lo que se desprende de la declaración conjunta, publicada en la web del Kremlin[3]. Sin embargo Putin dijo en una entrevista que “hasta cierto punto las líneas rojas son especulativas” pero “hay que observar lo que viene ocurriendo en los últimos veintitantos años” en las relaciones entre Rusia y Occidente, el “Occidente colectivo” para entender la actual crisis.

En definitiva, el presidente ruso califica de “línea roja” la ampliación de las infraestructuras de la OTAN en Ucrania. Por otro lado, la Cancillería rusa advirtió que el despliegue militar de la OTAN en Georgia es otra «línea roja» para Moscú ya que perjudicaría la seguridad del país. El Ministerio se pronunció de esa manera a pocas semanas del inicio de las conversaciones con la Alianza sobre las garantías en este ámbito. Por su parte, desde la UE insisten que “cualquier discusión” sobre la seguridad en Europa debe contar con la “participación” del bloque.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha confirmado que la reunión del Consejo Rusia-OTAN se celebrará el 12 de enero, según lo declaró a Reuters un funcionario de esa alianza militar. La fuente de la agencia señaló que “cualquier diálogo con Rusia tendría que proceder sobre la base de la reciprocidad”, así como “abordar las preocupaciones de la OTAN sobre las acciones de Rusia” con respecto a Ucrania, “en consulta con los socios europeos” de la alianza[4].

Concluyamos que es una difícil negociación, en el marco de una nueva guerra fría. Rusia por un lado y los Estados Unidos, la OTAN y Europa por el otro están intentando evitar un enfrentamiento que parecería anunciado, las maniobras en Ucrania, con participación de efectivos estadounidenses, los sobrevuelos de aviones de todos los actores y sus consecuentes intercepciones, las maniobras a gran escala de las fuerzas rusas, no son otra cosa de demostraciones de fuerza para imponer sus respectivas líneas rojas. Pero como siempre detrás de la pelea está el negocio, debemos tener presente los intereses de la provisión de hidrocarburos por parte de Rusia a Europa, la culminación y puesta en marcha del Nord Stream 2 que hace que Ucrania acuse a Rusia de utilizar el gas como arma política.

En un pacto —contrario a las reticencias de Estados Unidos sobre que el Kremlin pudiera utilizarlo como una herramienta de presión poniendo en peligro el suministro energético de Ucrania, por donde hasta ahora pasa el gas)— Alemania y Estados Unidos se comprometieron a sancionar a Moscú si Rusia restringía la entrega del gas a través de Ucrania o utilizara el hidrocarburo como arma política.

No solo los analistas sino el mundo entero y sobre todo Europa deberán estar muy atentos a la evolución de este conflicto. Las consecuencias pueden ser imprevisibles, las negociaciones muy complicadas, pero esperemos para el bien de todos que se lleguen a acuerdos que pongan fin a la amenaza de guerra en la región.

* Jurista USAL con especialización en derecho internacional público y derecho penal. Politólogo y asesor. Docente universitario. Aviador, piloto de aviones y helicópteros. Estudioso de la estrategia global y conflictos.

 

Referencias

[1] Marcos Kowalski. “Rusia. Historia e hipótesis de conflictos”. Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG), 05/09/2021, https://saeeg.org/index.php/2021/09/05/rusia-historia-e-hipotesis-de-conflictos/.

[2] María Antonia Sánchez-Vallejo, Javier G. Cuesta. “Joe Biden y Vladímir Putin muestran sus líneas rojas ante la negociación de enero”. El País (España), 30/12/2021, https://elpais.com/internacional/2021-12-30/joe-biden-y-vladimir-putin-muestran-sus-lineas-rojas-ante-la-negociacion-de-enero.html.

[3] “Rusia, EEUU, Reino Unido, Francia y China se comprometen a impedir una guerra nuclear”. Sputnik, 03/01/2022, https://mundo.sputniknews.com/20220103/rusia-eeuu-reino-unido-francia-y-china-se-comprometen-a-impedir-una-guerra-nuclear-1119956220.html

[4] “La OTAN confirma que la reunión con Rusia será el 12 de enero”. RT, 04/01/2022, https://actualidad.rt.com/actualidad/415801-otan-confirma-reunion-rusia.

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LA CRISIS DEL DERECHO INTERNACIONAL

Giancarlo Elia Valori*

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay 

La idea de promover la agenda de derechos humanos a imagen y semejanza de los principios de los países occidentales —como depositarios de la Verdad Absoluta— es contraproducente y directamente dañina en el Cercano Oriente, Oriente Medio y Asia Central, ya que no considera la experiencia histórica de estas regiones geopolíticas. Además, muchos expertos en Occidente hablan de tales temas, pero realmente no conocen la cultura o los idiomas locales. Por lo tanto, cuando escriben sobre estos países, se basan en los idiomas clásicos del imperialismo —inglés y francés— con todo lo que inevitablemente sigue en progresión geométrica.

El declive del sistema bipolar en las relaciones internacionales a principios de la década de 1990 fue acompañado por grandes expectativas de políticos y expertos, que soñaban con el advenimiento de un mundo basado en el estado de derecho. Una especie de Paraíso en la Tierra, donde todos de repente serían felices, y las guerras, pero ante todo el hambre, desaparecerían. Sus sueños, sin embargo, no estaban destinados a hacerse realidad, ya que las guerras se han multiplicado y el hambre se está cobrando más víctimas que nunca, con el espectro de las guerras que ahora se ciernen sobre los recursos hídricos.

Las especificidades de las relaciones internacionales están determinadas por los tres componentes más importantes: el derecho internacional, la geopolítica y la ideología. Los primeros sistemas de tratados internacionales aparecieron en el mundo antiguo: después de la batalla de Qadeš entre los egipcios y los hititas a finales de mayo de 1274 a.C. En 1.258 se concluyó un tratado justo con respecto a la tierra que se gobernaría alrededor de la frontera que Ramsés II no pudo mover más al norte que Qadeš. Pero la diplomacia, en el sentido moderno de la palabra, solo comenzó a tomar forma después de la Guerra de los Treinta Años de 1618-1648.

El 15 de mayo de 1648 los príncipes protestantes firmaron el primer tratado de la Paz de Westfalia, en Osnabrück, que marcó el final del conflicto entre Suecia y el Imperio de los Habsburgo. Los príncipes católicos más tarde firmaron dos tratados más en Münster (el 24 de octubre del mismo año).

Westfalia y, en mayor medida aún, el Congreso de Viena (1º de noviembre de 1814 – 9 de junio de 1815) que lo reemplazó, también se basó en tres componentes: la multipolaridad, el equilibrio de poderes y el concierto de poderes, lo que significó principalmente la importancia de las grandes potencias: Austria, Prusia, Rusia y el Reino Unido. En muchos sentidos, los mismos principios eran característicos del sistema Yalta-Potsdam, que determinó las relaciones entre las dos superpotencias durante la Guerra Fría. Las normas del derecho internacional se respetan sobre todo porque hay una fuerza detrás de ellas que no puede ser ignorada. Es por eso que la paz reinó en Europa y los intereses de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y los Estados Unidos de América chocaron principalmente en los países de la periferia, es decir, al trasladar la Segunda Guerra de los Treinta Años (1914-1945) a los países del Tercer Mundo y a los Balcanes, para que las industrias de guerra de Occidente y Oriente tuvieran sus teatros de guerra como salidas para sus armas. Poco podría hacer la República Popular China definiendo tanto a los primeros como a los segundos socialimperialistas como imperialistas tout court, y tildándolos a ambos de hegemonistas. En la década de 1990 el mundo cambió. Se convirtió en “centrado en Estados Unidos”.

Después del colapso de la Unión Soviética, los Estados Unidos de América se convirtieron en la única superpotencia que asumió la responsabilidad del destino de la humanidad, es decir, de su propio “destino manifiesto”. El concepto del “fin de la historia”, desarrollado por el famoso politólogo estadounidense y profesor de la Universidad Johns Hopkins, Francis Fukuyama —aunque criticado por algunos expertos en los Estados Unidos de América— no ha sido revisado seriamente. A su vez, las diversas guerras en Asia, Yugoslavia y la difícil situación en África (el genocidio en Ruanda en 1994, en medio de la indiferencia de las Naciones Unidas y múltiples guerras locales) plantearon la cuestión del derecho a interferir en los asuntos internos de los países para proteger los derechos humanos.

La situación en la antigua Unión Soviética también cambió. Los líderes locales parecían estar decidiendo abandonar su soberanía por completo e integrarse en la medida de lo posible en las estructuras políticas occidentales.

Vale la pena mencionar la conversación entre el ex Presidente de los Estados Unidos de América, Richard Nixon (el último gran Presidente de los Estados Unidos), y el ex Ministro de Relaciones Exteriores de Boris Yeltsin, Andrey Vladimirovič Kozyrev, en junio de 1992. Cuando el presidente Nixon le preguntó cómo el gobierno ruso decidió las prioridades nacionales de su país, Kozyrev respondió que sus líderes se guiaban por valores universales: “¿Probablemente usted, como amigo de la democracia rusa, ayudará a formular estos intereses?”, preguntó Kozyrev. El ex presidente de los Estados Unidos respondió brevemente que no se comprometería a hacerlo, con la esperanza de que el Ministro los formulara él mismo. Sin embargo, después de que el presidente Nixon dejó el Ministerio de Relaciones Exteriores, no pudo resistirse a afirmar que era poco probable que tal Jefe de la diplomacia rusa pudiera ganarse el respeto de sus compatriotas.

La idea principal de los Estados Unidos de América, después del colapso del sistema bipolar, era tomar medidas para evitar la aparición de competidores serios en el ámbito internacional, especialmente en Eurasia. Ese esfuerzo, sin embargo, ocultaba una contradicción estructural: el mundo es demasiado complejo y diverso para ser controlado por un solo centro. La humanidad se enfrenta actualmente a situaciones en las que el sistema de derecho internacional es cada vez menos funcional.

Las potencias en la arena mundial se han visto alteradas y, sin el respeto del derecho internacional por todos, es imposible hablar de la existencia de un sistema de equilibrio, sino sólo del derecho mundial, considerado como una construcción únicamente en interés del país hegemónico, cuyo papel es cada vez más reclamado por los Estados Unidos de América.

La razón de la crisis en la que la diplomacia mundial se tambalea ahora son las ambiciones exorbitantes de Estados Unidos, que se han expresado en el intervencionismo “liberal” del Partido Demócrata y la ideología neoconservadora del Partido Republicano.

El ascenso económico de la República Popular China, así como la creación de las bases de política exterior por parte de la Federación de Rusia, que se ha recuperado de las consecuencias de la “terapia de choque” y la venta de cuasi-liquidación operada por Yeltsin, ha sentado gradualmente las condiciones para la creación de las bases de una nueva multipolaridad en el equilibrio de poder. El problema radica en el hecho de que es extremadamente desventajoso para los Estados Unidos reconocer esta nueva realidad, porque la posición única de los Estados Unidos después del final de la Guerra Fría le trajo considerables dividendos económicos y políticos. Además, la Casa Blanca dominó nuevos mecanismos para controlar las actividades de sus socios. Por ejemplo, muchas de las tecnologías estratégicamente importantes que muchos países necesitan se encuentran basadas en patentes de Estados Unidos.

Obviamente, para los Estados Unidos de América, la intensificación de la política exterior rusa desde la segunda mitad de la década de 2000 ha sido en muchos sentidos una revelación desagradable. Mientras que la República Popular China se desarrolló gradualmente, por el momento sin criticar a los Estados Unidos en temas controvertidos, la posición de Rusia, comenzando con el discurso de Vladimir Putin pronunciado en Munich en 2007, y especialmente después de la entrega de Crimea a la patria en 2014, comenzó a ser percibida por la Casa Blanca como un desafío destinado a restaurar la influencia perdida en Eurasia y el mundo en su conjunto.

¿Fue posible evitar el conflicto, que condujo a choques de intereses entre los Estados Unidos-OTAN y Rusia en el territorio de Georgia, Ucrania y Siria? Algunos expertos piensan que sí. El conocido politólogo británico, Richard Sakwa —profesor de la Universidad de Kent— señaló que el principal problema de Occidente es que durante muchos años no encontró mecanismos efectivos para integrar a países como Rusia y la República Popular China en la órbita de sus valores. Desarrollando esta idea, podemos ver que las condiciones para tal asociación deberían haber sido discutidas en pie de igualdad y no impuestas desde afuera.

¿Habrá un político en la Europa de hoy que sepa cómo volver a la cooperación y el compromiso con Rusia, reviviendo la idea de De Gaulle de una “Europa del Atlántico a los Urales”? En Italia ciertamente no; probablemente en Francia y Alemania. Mientras que, en general, los políticos actuales de la UE —excepto cuando intentan prohibir decir “Feliz Navidad”, por razones de inclusión políticamente correcta— están más interesados en servir a los intereses de los Estados Unidos.

Por lo tanto, la razón de la alienación surgida entre Rusia, la República Popular China y Occidente radica en la arrogancia de los llamados países desarrollados, que en realidad niegan a los demás la existencia de prioridades nacionales, imponiendo así —como buen Gauleiter— la esfera de interés de terceros.

El desarrollo de las relaciones de Rusia con los países orientales, y especialmente con la República Popular China, tiene por objeto compensar las pérdidas que Rusia ha sufrido como resultado de su confrontación con Occidente. Sin embargo, según algunos expertos, China no confía plenamente en la actual élite política rusa. Las complicaciones actuales en sus relaciones con los Estados Unidos y la Unión Europea a veces se ven aquí como nada más que contraste y oposición, que pueden terminar tan pronto como los políticos occidentales ofrezcan una compensación decente. Todo esto con la esperanza de que luego la Federación de Rusia cambie a una política anti-china consistente. Tales temores no son irrazonables, pero es poco probable que el lobby antirruso en el Congreso de los Estados Unidos encuentre estrategas lo suficientemente sutiles como para garantizar tal división.

Actualmente mucho depende de la política de la Casa Blanca. No se puede descartar que las acciones inciertas del presidente de los Estados Unidos —véase la huida literal de Afganistán— probablemente ayuden a aclarar la plataforma sobre la cual surgirá un concepto diferente de política exterior de los Estados Unidos. Un concepto que probablemente se adapte mejor a la realidad cambiada, ya que la pérdida de poder y confianza de los aliados se vio inevitablemente socavada en Afganistán.

Cada año resulta cada vez más evidente que el mundo moderno necesita nuevas bases de valor para su desarrollo. Con todos los reconocidos méritos de la democracia liberal, abandonará el escenario histórico. Pero, ¿qué conceptos lo reemplazarán y ayudarán a la humanidad a salir de la crisis? ¿Habrá algún modelo de meritocracia o transhumanismo, que ahora está de moda en ciertos círculos? Es demasiado pronto para responder a esta pregunta de manera definitiva. El hecho es que, un cuarto de siglo después del final de la Guerra Fría, ha resurgido la enemistad ideológica entre Europa y Rusia. Una razón importante de su aparición radica en los esfuerzos de Estados Unidos para evitar el resurgimiento de la idea de “Europa desde Lisboa a Vladivostok”. Con el fin de sentar las bases para superarlo, debemos reconocer el derecho de la Federación de Rusia y de la República Popular de China a seguir una línea de política exterior independiente y a intensificar los contactos con Rusia y China en el marco de los proyectos de integración de multilateralismo que había asegurado la estabilidad hasta la implosión de la Unión Soviética (25 de diciembre de 1991).

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción.

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