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KARBALA: LA DIGNIDAD DE LOS QUE RESISTEN

Bruno Carpinetti*

La primera vez que viajé a Irán fue en enero de 2023. Llegué con la curiosidad de quien quiere comprender un país sobre el que Occidente habla mucho, pero escucha poco. La segunda vez regresé en octubre de 2025, en un contexto regional muy distinto, marcado por la reciente escalada militar en Medio Oriente y por una atmósfera de tensión que se percibía incluso en las conversaciones más cotidianas.

Entre esos dos viajes entendí algo que no aparece en los informes de inteligencia ni en los análisis geopolíticos tradicionales. En esos textos suele dominar una mirada fría: mapas, misiles, alianzas militares, capacidad tecnológica. Pero hay guerras que no pueden comprenderse únicamente con ese instrumental.

En Medio Oriente, el conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán revela algo más profundo: la persistencia de imaginarios históricos que moldean la forma en que los pueblos conciben el sacrificio, la justicia y el tiempo.

Para comprender la resiliencia iraní —y la capacidad de ese país para sostener una resistencia prolongada frente a adversarios militarmente superiores— es necesario mirar hacia un episodio ocurrido hace más de trece siglos: el martirio de Hussein ibn Ali en la Batalla de Karbala.

En esa escena fundacional del islam chiita se condensa una postura existencial y una ética política que atraviesa la historia iraní contemporánea: la convicción de que la justicia puede exigir sacrificio, que la derrota inmediata no es necesariamente el final de la historia y que la dignidad puede sobrevivir incluso frente a fuerzas aparentemente invencibles.

El Golfo en guerra

El conflicto actual se desató tras los ataques coordinados de Israel y Estados Unidos contra instalaciones militares y nucleares iraníes el 28 de febrero de 2026, en una operación denominada Operación Furia Épica.

Los bombardeos alcanzaron diversas ciudades iraníes y eliminaron a varios dirigentes políticos y militares del país. La respuesta iraní fue inmediata: misiles balísticos y drones golpearon objetivos militares israelíes y bases estadounidenses desplegadas en la región.

En pocos días, el conflicto se extendió a otros escenarios: enfrentamientos con «Proxys» o milicias aliadas de Irán —entre ellas Hezbollah—, ataques contra infraestructuras militares en el Golfo y tensiones crecientes en el estratégico Estrecho de Ormuz.

La muerte del líder supremo iraní Ali Khamenei durante los ataques elevó el conflicto a un plano aún más simbólico.

Desde un punto de vista estrictamente militar, el desequilibrio es evidente. La potencia tecnológica y aérea de Estados Unidos e Israel supera ampliamente a las capacidades convencionales iraníes. Pero esa asimetría no es una novedad para la historia de Irán. Y precisamente allí radica uno de los rasgos más notables de su cultura política: la capacidad de transformar la vulnerabilidad en perseverancia y virtud.

Karbala: el origen de una ética

El episodio fundacional del chiismo ocurrió en el año 680, cuando Hussein ibn Ali ―nieto del profeta Muhammad― decidió enfrentarse al ejército del califa omeya Yazid I.

El conflicto no fue simplemente una batalla militar. Fue, ante todo, una disputa por la legitimidad moral del poder en la joven comunidad islámica. Tras la muerte del profeta, el liderazgo del mundo musulmán había pasado a manos de diferentes califas, pero una parte de la comunidad consideraba que la autoridad debía permanecer en la familia del profeta. En ese contexto, Hussein rechazó reconocer el gobierno de Yazid, a quien consideraba un gobernante injusto y carente de legitimidad espiritual.

La confrontación culminó en una batalla, en la llanura de Karbala, en el actual Irak. Allí, Hussein y un pequeño grupo de familiares y seguidores ―entre ellos miembros de su propia familia― fueron rodeados por un ejército muy superior en número. Durante días fueron privados de agua y finalmente aniquilados.

Desde una perspectiva estrictamente militar, la batalla fue breve y desigual. Pero en la memoria del chiismo el episodio adquirió un significado completamente distinto.

Karbala dejó de ser una derrota para convertirse en una epifanía moral: el momento en que un hombre decidió sostener la justicia incluso sabiendo que esa decisión lo conduciría a la muerte.

En la interpretación chiita, el gesto de Hussein no fue un error estratégico ni un acto de imprudencia. Fue un acto deliberado de testimonio moral. Su sacrificio estableció un principio que atravesaría siglos de pensamiento religioso y político: la legitimidad moral puede ser más importante que la victoria material.

Por eso, en la tradición chiita, Hussein no aparece simplemente como una víctima, sino como un modelo ético. Su figura encarna la idea de que la fidelidad a la justicia exige, en ciertos momentos, una disposición radical al sacrificio.

Cada año, durante la conmemoración de Ashura, millones de creyentes recuerdan aquel episodio. Las ceremonias no son meros actos de memoria histórica. A través de procesiones, elegías, representaciones dramáticas y rituales colectivos, la comunidad revive simbólicamente la tragedia de Karbala y la transforma en una pedagogía moral transmitida de generación en generación.

En esas ceremonias, la historia se vuelve presente. El sufrimiento de Hussein y de sus compañeros no se recuerda como un acontecimiento distante, sino como un paradigma permanente de resistencia frente a la injusticia.

Ese relato ha moldeado durante siglos una sensibilidad política particular.

En esa sensibilidad, la relación de fuerzas no es el único criterio para juzgar la justicia de una causa. Una minoría puede tener razón frente a una mayoría poderosa. La derrota material puede convertirse en una victoria moral. Y el sacrificio puede adquirir un significado que trasciende la vida individual para inscribirse en una memoria colectiva.

Por eso Karbala no es simplemente un episodio de la historia islámica. Es, para millones de creyentes, una ética de la resistencia: la convicción de que incluso frente al poder más abrumador existe un deber de mantenerse fiel a la justicia.

Una ética que enseña que la dignidad no depende de la victoria inmediata, sino de la capacidad de permanecer de pie cuando todo indica que la derrota es inevitable.

La paciencia estratégica

En las guerras asimétricas, el tiempo se convierte en un arma.

Las potencias imperiales suelen apostar por campañas rápidas, decisivas, apoyadas en su superioridad tecnológica. Pero los movimientos de resistencia rara vez juegan bajo esa lógica. Su fuerza reside en la paciencia.

La historia reciente ofrece múltiples ejemplos.

Durante la Guerra de Vietnam, el liderazgo revolucionario encabezado por Ho Chi Minh sostuvo durante décadas una lucha contra la potencia militar más avanzada del planeta. La victoria vietnamita no fue producto de una superioridad tecnológica sino de una voluntad política que se negó a desaparecer.

Algo similar ocurrió en la Guerra de Independencia de Argelia, cuando el Frente de Liberación Nacional logró derrotar al colonialismo de Francia tras años de resistencia.

Incluso en el siglo XXI, las invasiones estadounidenses a Afganistán e Irak demostraron que la superioridad militar no garantiza la victoria cuando el adversario interpreta el conflicto como una lucha existencial.

En esos escenarios, el desenlace de las guerras dependió menos de la potencia de fuego que de la profundidad de las convicciones colectivas.

La arquitectura de la resistencia

Irán ha construido su estrategia precisamente sobre esa comprensión histórica.

En lugar de competir directamente con la superioridad tecnológica occidental, el país ha desarrollado una arquitectura de defensa basada en la dispersión y la resiliencia: misiles balísticos, drones, redes regionales de aliados y una compleja estructura de disuasión indirecta.

Este sistema —conocido como el Eje de la Resistencia— conecta actores en el Líbano, Irak, Siria y Yemen, creando una red que dificulta cualquier intento de neutralización rápida.

Pero detrás de esa arquitectura militar existe también una arquitectura simbólica.

La memoria de Karbala permite convertir la resistencia en un deber moral y el sacrificio en una forma de continuidad histórica.

La dignidad de los que no se rinden

Hay algo profundamente poderoso en ese imaginario.

En la historia de Karbala, el pequeño grupo de Hussein representa a una minoría que se niega a someterse al poder injusto. La debilidad material no es una vergüenza, sino una prueba de fidelidad.

Ese marco simbólico permite transformar la adversidad en dignidad.

Permite sostener la convicción de que incluso en los momentos más oscuros la historia no ha terminado.

Desde la Revolución de 1979, la historia contemporánea de Irán ha estado marcada por episodios de resistencia prolongada frente a presiones externas.

En cada uno de esos momentos, la narrativa de Karbala reapareció como una fuente de sentido colectivo.

Los combatientes muertos fueron recordados como mártires. Las dificultades materiales fueron reinterpretadas como pruebas de fidelidad. Y la continuidad de la comunidad se convirtió en una victoria en sí misma.

Esa memoria histórica ayuda a explicar por qué el país ha demostrado una capacidad notable para absorber golpes y reorganizarse.

El poder de las historias

Las guerras del siglo XXI siguen librándose con armas sofisticadas, inteligencia artificial y tecnología avanzada. Pero siguen dependiendo, en última instancia, de algo mucho más antiguo: las historias que los pueblos cuentan sobre sí mismos.

Cuando una sociedad cree que su causa es justa, que su sacrificio tiene sentido y que forma parte de una larga cadena de resistencia histórica, su capacidad de resiliencia puede superar cálculos puramente militares. La memoria de Karbala representa precisamente eso.

No sólo una tragedia del pasado, sino una forma de comprender el presente. Una forma de recordar que, en ciertas circunstancias, la dignidad de resistir puede ser tan poderosa como la victoria misma.

 

* Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires, y se Doctoró en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones. Ha ocupado distintos cargos en la administración pública, entre otros fue director de la Administración de Parques Nacionales y Subsecretario de Coordinación de Política Ambiental de la Secretaría de Ambiente de la Presidencia de la Nación durante los gobiernos de Eduardo Duhalde y Nestor Kirchner.

 

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EL ESPÍRITU DE PERPLEJIDAD

Padre Leonardo Castellani

La Revista «Jauja» fue dirigida por el Padre Leonardo Castellani, SJ, entre los años 1967 y 1969. Reproducimos aquí un artículo de su autoría publicado en el número 18 de junio de 1968.

 

La gente quiere hablar de política. Yo quiero hablar de religión. Quizás se pueda hacer los dos en uno.

Políticamente, la Argentina anda en desintegración. Estamos poseídos, por justo castigo de Dios, del espíritu maligno de la perplejidad.

Si no lo cree, míreme en los ojos y dígame: ¿Qué es la Argentina políticamente? ¿Es monárquica, aristocrática, democrática, demagógica, dictatorial, caudillista, oligárquica, timocrática, anárquica, liberal, reaccionaria, falangista, revolucionaria, “comunitaria”, o qué? Es todo eso junto o sucesivo o dos o tres cosas a la vez. En una palabra, es “perpleja”.

Por ejemplo, desde 1853 a 1912 el país fue más o menos una oligarquía liberal, o sea, una plutocracia fraudulenta; que fue rota por un caudillismo liberal moderado, don Hipólito; osciló después con un retorno inestable, Alvear y la vuelta del “peludismo” y fue roto el 30 con un intento de “falangismo” efímero, Uriburu.

Detrás de eso pechan dos “tradiciones”, o más exactamente, la Tradición y la Revolución; y andamos a los barquinazos.

La oligarquía liberal se mantuvo casi un siglo con colonialismo larvado y apariencias de florecimiento material más fraudes electorales de todas clases; como el famoso “Acuerdo de Gobernadores” de Roca; que si se quiere no era mala idea, si no fuera monopolizado por un solo sector y a contracorriente del pueblo.

Desde el 30 acá lo que hay son vuelcos y más vuelcos con la intervención de “pronunciamientos del ejército”. En suma, un enfermo que da vueltas en la cama y tiene miedo de levantarse. Indeterminación, ausencia de estabilidad política, desaparición de la legitimidad. En buena política estamos a cero. Y nos devoran los de afuera.

Pero no puede durar. Vamos a tener que ser algo. Si no nos hacemos nosotros nos harán desde afuera. La “provisoriedad” no puede ser permanente, como su nombre lo indica.

***

¿Quiénes nos van a meter en pretina? Hace ahora justo cincuenta años acaecieron dos acontecimientos mayores, los más importantes del siglo, que crecieron hasta dominar todo el horizonte.

Son el triunfo del Comunismo y el Capitalismo (dos hermanos de madre) se puede decir; o sea, la Revolución de Octubre en Rusia, la entrada de Estados Unidos en la Gran guerra, la que quedó ganada por los “aliados” desde ese mismo hecho ipsofacto, quedó ganada por los Estados Unidos y Rusia.

El Comunismo ganó un Imperio y no ha dado un paso atrás desde entonces.

Cuando yo estudiaba en Roma me decían mis maestros los Jesuitas: “El bolchevismo no puede durar porque es antinatural”. Yo decía: “Ya ha durado 19 años”. Ahora ya son 50. Verdad es que no permaneció en un ser: se hizo en nombre de Marx, mas ya Lenín modificó la “doctrina” y Stalin no digamos nada; y los actuales sátrapas la han convertido en un simple imperialismo ateo, sustituyendo fácilmente el imperialismo pseudoreligioso de los Czares y ensanchando sus pretensiones hegemónicas y conquistadoras hasta la conquista del mundo.

Los objetivos finales indicados por Marx han fallado todos. A saber: la instauración del comunismo, la dictadura proletaria del proletariado, la liberación del hombre de todas sus “alienaciones”, la abolición final del “Estado”, la creación del hombre “omnilateral” plenamente desarrollado y completo, del hombre “humano” apropiado de la entera riqueza de la esencia humana, que resolvería el conflicto entre hombre y hombre, entre hombre y natura, entre libertad y necesidad, entre individuo y género; y ende, plenamente feliz.

En los “Manuscritos económicos filosóficos de 1844” de Carlos Marx se dice:

… el Comunismo, en cuanto efectiva supresión de la Propiedad Privada y por ende en cuanto real apropiación de la esencia humana… es, en tanto materialismo cumplido, un humanismo; y en tanto cumplido humanismo, un naturalismo. Es la vera solución del conflicto entre libertad y necesidad, entre individuo y especie. Por tanto, es el enigma de la historia RESUELTO…

Está a la vista que nada de eso aconteció y se empeoró el “enigma de la historia”: surgió un capitalismo de Estado, un duro partido único, una camarilla oligárquica de políticos y una feroz dictadura. Se parece a los enormes despotismos asiáticos de antes de Cristo, a las “fieras” del profeta Daniel.

Tampoco el capitalismo permaneció en un ser: se transformó en el “neo-capitalismo”, de que tantas loas nos llegan desde la USA, incluso una firmada por Werner Sombart. Se le agregó algunas ventajas “paternalistas” hacia los obreros, incluyendo una fingida y fútil “participación en las empresas” por medio de “acciones”; de donde resulta que los obreros que triunfan, adquieren un status materialmente aventajado en el cual empero andan insatisfechos; y los que no triunfan, se van a la peor miseria.

También ensanchó su ámbito a escala internacional, incluyendo el chantaje, y la opresión a las naciones pequeñas; hecho a base de dinero (o crédito), soborno, estafas y maniobras financieras, unidos a propaganda ideológica – religiosa. Supuesto que se trata en puridad de dos herejías.

Entre estos los monstruos apocalypticos estamos. Se intentó meter la cuña de un “Tercer mundo”; que hoy no es más que una palabra. No habrá “Tercer mundo”, a no ser quizás si Europa consiguiera conglomerarse en una nación —lo cual no se ve posible— o por lo menos no cerca.

Creemos que los Estados Unidos consisten en un pueblo espléndido gobernado por una plutocracia, es decir, por el diablo; y que no anda ahora al margen del derrumbe, como algunos profetizan; lo cual tampoco convendría al mundo. Pero sea como fuere, ahora es el asiento del CAPITALISMO LIBERAL.

Tal como vamos ahora, estamos destinados a rendir vasallaje al capitalismo.

Y al que no le guste que se vaya. ¿Adonde?

***

La Argentina no puede eludir la tenaza si no es equilibrándose políticamente; o sea haciéndose fuerte y asentada: “funcionalmente soberana”, como dice Disandro.

¿Y cómo? Yo no soy el mago de Oz y no tengo una varita mágica, ni un talego de “recetas”, como tantos de mis compatriotas reformadores de café.

Se me ponen los pelos de punta al pensar que yo tengo que brindar una solución; porque de no, todo lo dicho arriba es un mero lugar común que no sirve para nada.

Para salir de nuestro estado informe y remendado hace falta una “creación”; a no ser intervenga el único Creador que existe y ahora anda escondido en el cielo; y para mejor el teólogo inglés John Róbinson, delicias de los profesores del Seminario, ha descubierto que el cielo NO EXISTE:

Pues ese cielo azul que todos vemos

no es cielo ni es azul. Lástima grande

que no sea verdad tanta belleza.

Para mejor hay dos médicos argentinos, premio Nobel o casi, casi, que sostienen (en secreto) la raza argentina ha degenerado biológicamente. Yo he degenerado biológicamente, porque ¿qué tiene que ver mi salud actual con la salud de mi abuela Doña Magdalena Diana de Castellani, q.D.h.?

Viendo TELE o VIDEO uno se siente muy tentado de creerlo.

Si es así, no hay solución. Así como el que se vuelve babiola es manejado por otros, así un pueblo enteramente o en gran parte babiola tiene que caer en el coloniaje o ser gobernado por una tiranía. Las dos cosas comúnmente.

Hay una superstición en mi tierra (y mi finado tío Félix la tenía fieramente) que cuando vuelvan al Plata las cenizas de Don Juan Manuel de Rosas, la Argentina se arregla. Es una superstición absurda, pues poco se puede hacer con unas cenicitas.

¿Qué me importa a mí si dentro de poco me voy a juntar con mi abuela? Pero me dan lástima mis sobrinos nietos.

Lo más sencillo para mí sería renunciar al patriotismo, como Epicteto, sin decir nada. Pero un amigo me hace notar que, si el patriotismo fuese una ideología, se podría renunciar cuando el país real no coincidiese con ella, como hicieron Echeverría y Lavalle. Pero el patriotismo no es una ideología, es más animal que eso.

La Patria no se elige ni abandona

Y como a madre todo se perdona.

Diré con una hipócrita sordina

La Patria es impecable y diamantina.

El Niño Dios le escrituró un establo

Y los veneros de petróleo el diablo.

Patria, tu profanado territorio

Espera tu Hernandarias ilusorio

Y entretanto te extingues y aburbujas

Meada por los perros y las brujas.

Y según mi amigo, el “nacionalismo” de los nacionalistas argentinos es simplemente patriotismo y por tanto esa palabra “nacionalismo” es indeseable y peligrosa; siendo así que el nacionalismo argentino es “el imperativo imprescindible de la cepa hispánica”. Creo tiene razón, aunque no entiendo muy bien eso de la “cepa”, que debe ser cosa animal o vegetal.

Verdad es que los filósofos europeos como Spengler y Seifert cuando usan “nacionalismo” entienden el nacionalismo chauvinista o individualista que ellos conocen; y aquí ni reina ni rige.

Sobre esa cepa hispánica, no olvidando las cepas de Mendoza y San Juan, habrá que fundar nuestra “instauración” o “restauración” o reforma política.

Hay que “rehacerse nación”, fundarse de nuevo. No es soplar y hacer-botellas. Es la misión que Dios da a los patriotas de hoy.

La Patria no se elige ni se abandona; porque Dios, por un lado, me ha hecho nacer sin consultarme en este lugar y no en otro peor; y, por otro lado, me ordena amar al prójimo. La única escapatoria, cuando uno muy mal se viere, sería hacerse hermitaño urbano con h o sin h, retirándose de la política y de los negocios, y encerrándose en un 5° piso con un montón de libros, una radio y un teléfono que no funciona.

Ya habrán notado todos que estamos haciendo los 8 ó 20 compases de bochinche que hacen al fin de las sinfonías los músicos ilustres.

Con el fin de esquivar el dar la solución hasta el número próximo y después seguir postergándola de uno en otro hasta llegar al 24, en que muere la revista y quizás también nosotros.

Tengo miedo caiga en ridículo la Constitución nacionalista y patriótica que hemos hecho con Octavio Maestu, Jaime María Mahieu, Bruno Jacovella y los dos españoles (ausentes) José María Arrese y Eduardo Adsuarda. A Mambrúa lo echamos porque quería poner como epígrafe (que se iba a volver epitafio): “Soñar no cuesta plata”.

También nos contaron que había dicho aludiendo a nosotros: “Cuanto más inteligentes unas gentes, más sonsos son sus sueños”.

Como ese tan pituco entretenimiento de hacer constituciones es tan resobado que, desde Platón acá hasta Marx, pasando por Rousseau, ha dado innumerables engendros, tememos nos tomen para el titeo.

Lo conducente sería escribir un enorme libro como “Las Instituciones Cristianas” de Calvino, “El Contrato Social” de Rousseau y “El Capital” de Marx, que según dicen produjeron sendas Revoluciones Nacionales; cosa que yo dificulto, pues esas tres revoluciones fueron precedidas por varias herejías oscuras, que los llamados reformadores plagiaron asquerosamente; y así, todo lo de Lutero y Calvino está punto por punto en Wicleff y Jan Huss; toda la Revolución Francesa está en los “Iluminados” y la religión de la Libertad y la Democracia de los francomasones; y Carlos Marx transcribió a la letra el proyecto de Graco Babeuf (1762- 1796), en su parte de acción, que la parte de teoría no la ha leído nadie hasta ahora (excepto Hilaire Belloc y Lenín) y está también plagiada casi toda de los economistas ingleses.

Así que dejamos para mejor ocasión el esquema constitucional de la Argentina futura (cuando retornen los huesos de Rosas y quede desmentido José Mármol) la cual será Monárquica Democrática y a la vez no lo será, si ustedes me entienden.

Y provisoriamente damos el esquema de “La Nación” diario en su editorial del lunes 22-IV-68, que reza en su conclusión final:

    • “Es un error olvidar que el auspicioso futuro con que soñamos no es premisa previa sino la insobornable consecuencia del logro de aquellos objetivos, que cuando se encaran con la necesaria solvencia de ejecución infaliblemente habrán de satisfacer toda aspiración de porvenir. Y es lo cierto que éste no se levanta sobre lucubraciones sobrehumanas, sino merced al tesón de normales inteligencias capaces de eficientes realizaciones en todos los órdenes de la función pública”.
    • “Tales los sencillos caminos que llevan a un país a las metas de grandeza que aspiran lógicamente todos sus hijos sin excepción”. (Párrafo final copiado a la letra).

El autor de este párrafo debe de haber sido paciente de los dos médicos de marras…

VENEZUELA MÁS ALLÁ DE UNA PREMIO NOBEL

Roberto Mansilla Blanco*

El Premio Nobel 2025 que este 10 de diciembre se otorga a la líder opositora venezolana María Corina Machado, en un contexto de tensiones militares y geopolíticas entre EEUU y Venezuela, supone un momento propicio para ofrecer algunas pinceladas a modo de interpretación retrospectiva sobre lo que ha sido Venezuela en su breve historia republicana iniciada en 1830 hasta nuestros días.

  1. Caudillismo y militarismo antes que democracia

Entre 1830 y 1958 predominó en el poder en Venezuela el caudillismo a través de líderes militares que habían tenido un papel importante en la guerra de independencia. Al mismo tiempo se crearon oligarquías básicamente terratenientes con influencia en el poder político.  

Las tensiones políticas entre liberales y conservadores no estuvieron exentas (Guerra Federal entre 1861 y1865) combinado con períodos que cabe catalogar de «despotismo ilustrado» durante la etapa de gobierno de Antonio Guzmán Blanco (1870-1880) Este predominio de caudillos militares, la mayor parte de ellos provenientes de las regiones andinas venezolanas, durante el período 1899-1958 fortaleció el peso del militarismo en la política venezolana, determinado por la creación en 1911 de la Fuerza Armada Venezolana como ente profesional.

Tras la prolongada dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1935) el país experimentó una incipiente apertura entre 1936 y 1948, que dio paso a la creación de diversos partidos políticos (Acción Democrática, COPEI, URD, Partido Comunista de Venezuela, entre otros) que definieron la vida política nacional hacia la segunda mitad del siglo XX. Gobiernos militares aperturistas (Isaías Medina Angarita) dieron paso a la primera experiencia democrática con el denominado trienio «adeco» (1945-1948) con Acción Democrática en el poder y la breve presidencia del célebre escritor Rómulo Gallegos, autor de la novela «Doña Bárbara», quien posteriormente fue depuesto por la Junta Militar (1948-1958), principalmente dirigida a partir de 1952 por Marcos Pérez Jiménez.

La caída de la dictadura de Pérez Jiménez en 1958 permitió el retorno de las experiencias aperturistas y democráticas en una transición dirigida por el Almirante Wolfgang Larrazábal hasta la asunción de la denominada democracia pactada por las elites políticas a través del Pacto de Punto Fijo entre 1958 y 1961. No obstante, durante la década de 1960, Venezuela también experimentó episodios de violencia golpista y de insurgencia guerrillera de carácter guevarista, inspirada en la Revolución Cubana.

El Pacto de Punto Fijo amparó un sistema de Democracia «consensuada» básicamente de carácter bipartidista entre AD y COPEI y cuya vigencia perduró hasta 1998. El denominado «puntofijismo» sirvió de referencia para los Pactos de La Moncloa en España que llevaron a la transición a partir 1977. Este bipartidismo «puntofjiista» determinó durante casi tres décadas (1961-1999) un sistema de notable estabilidad política amparada en riqueza petrolera

1.1. El «chavismo» como simbiosis de un modelo «populista-militarista»

La inercia del sistema bipartidista excesivamente atado a la evolución de los precios del petróleo y las crisis financieras («Viernes Negro» de 1983) implicó un quiebre de confianza entre el Estado y la Sociedad que se verificó con el levantamiento popular («Caracazo») a partir de 1989. El país entra en una espiral de inestabilidad política determinados por dos intentos insurrección militar (1992), el primero de ellos dirigido por el entonces teniente coronel Hugo Chávez Frías; y la remoción del cargo presidencial de Carlos Andrés Pérez en 1993 por corrupción administrativa.

De este modo, las bases que en su momento fortalecieron la solidez del bipartidismo «puntofijista» comenzaron a resquebrajarse. El momento clave fueron las elecciones presidenciales de 1998, en las que triunfó (56% de los votos) la vía alternativa y rupturista con el modelo del «puntofijismo» y del bipartidismo contenida en la opción electoral de Hugo Chávez bajo el Movimiento V República. Su propuesta implicaba una pretensión constituyente original que dio paso a la refundación de los poderes públicos vía nueva Constitución (1999) elegida democráticamente y que, entre otras modalidades, cambió el nombre oficial del país por el de República Bolivariana de Venezuela, haciendo honor así al líder de la independencia venezolana, Simón Bolívar.

Bajo un inédito modelo de «democracia popular» con referencias ideológicas «bolivarianas» y de izquierdas («Socialismo del Siglo XXI» a partir de 2005) con la pretensión de crear un Estado Comunal, Chávez y su sucesor Nicolás Maduro han procreado un giro autoritario a la política venezolana. El «chavismo» ha tenido un fuerte arraigo en las clases populares, aspecto que le ha permitido mantenerse en el poder por diversas convocatorias electorales, si bien algunas de ellas denunciadas por la oposición como presuntamente ilegítimas.

No obstante, el «chavismo» ha retrotraído a la política venezolana dos factores permanentes durante el siglo XXI: el caudillismo y el militarismo, ahora amparado por la apertura de canales de participación política y popular. Los militares han regresado a la política venezolana permitiendo no sólo su participación electoral sino también política. Ello determinó igualmente una evidente verticalidad del poder con escaso aprecio por los contrapesos institucionales, lo cual ha generado una constante polarización sociopolítica y, en ocasiones, de crisis permanente de representatividad política.

Con el chavismo, Venezuela asumió una experiencia de carácter populista-militarista que ya habían experimentado otros países latinoamericanos (Perón en Argentina; Perú con Velasco Alvarado; Panamá con Omar Torrijos) En el marco del análisis político, el «chavismo» ha sido académicamente definido dentro de la categoría de «regímenes iliberales» (Fareed Zakaria, Marina Ottaway).

Por otro lado, Chávez ha mostrado una vocación internacionalista y de influencia geopolítica con la pretensión de impulsar cambios en los tradicionales equilibrios geopolíticos venezolanos. Se pasó así de una relación estratégica con EEUU a la concreción de bloques rupturistas a través de alianzas con Cuba, China, Rusia, Irán, movimientos islamistas, indigenistas, izquierdistas, antiglobalización, altermundialistas, progresistas, entre otros.

  1. Petróleo y poder en Venezuela

Gracias al petróleo, Venezuela pasó a ser un país periférico durante el siglo XIX y bien entrado el siglo XX a lograr insertarse en los mercados internacionales con un determinado peso geoestratégico. Esta condición se vio especialmente definida a partir de 1942, cuando Venezuela comenzó a emerger como un actor energético de importancia y un surtidor petrolero vital para el esfuerzo bélico de EEUU y los aliados en la II Guerra Mundial.

Definida así una orientación geopolítica «atlantista» cabe destacar la neutralidad diplomática venezolana que le ha permitido convertirse en un actor versátil en diversos foros internacionales independientemente de su condición ideológica y política. Así lo ha sido en sus actuaciones desde mediados del siglo XX a través del Movimiento de los No Alineados, la visión del «tercermundismo» y su vocación de integración hemisférica.

2.1. La «Venezuela saudita»: un «Estado mágico» lastrado por las crisis

Como se mencionó al principio, Venezuela experimentó entre 1830 y 1940 la transición de una economía agropecuaria, principalmente basada en la producción de café y cacao, a una economía rentista petrolera. En 1926, por primera vez las exportaciones de petróleo superaron a las de café y cacao.

Hasta la asunción del petróleo como motor del desarrollo, Venezuela mantuvo la condición de economía periférica dentro de la puja de poder por parte de las grandes potencias industriales (EEUU, Europa) por controlar mercados de materias primas. De este modo, Venezuela no tenía un modelo de desarrollo propio similar al de países como México, Brasil o Argentina, con industrias más desarrolladas conectadas a los grandes mercados internacionales.

En un período muy breve de tiempo (1940-1970), Venezuela se transformó de un país agrario y rural a uno urbano y petrolero, lo cual generó desajustes y disparidad de desarrollo socioeconómico urbano-rural ante el éxodo hacia las ciudades. Esto provocó un sobredimensionamiento urbano, dificultades en la planificación de viviendas y marginalización social que progresivamente fue procreando niveles de inseguridad ciudadana.

Venezuela fue, junto con Arabia Saudita, miembro fundador en 1960 de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Esta condición verificó el enorme peso que tiene el sector petrolero en la economía venezolana: a pesar de las recientes crisis económicas y de la caída en la producción en los últimos años, para abril de 2025, el sector petrolero representaba aproximadamente el 15% del PIB venezolano.

Aunque esta cifra ha fluctuado históricamente el petróleo sigue siendo el principal generador de divisas para el país, contribuyendo con alrededor del 95% de los ingresos, entre los que destacan igualmente otros sectores derivados como petroquímica y el gas natural, además de la minería. Las exportaciones petroleras constituyen alrededor del 80% de las exportaciones totales de Venezuela. El petróleo financia aproximadamente el 49% del presupuesto nacional.

El imaginario social y cultural venezolano le ha otorgado al petróleo, coloquialmente identificado como el «oro negro», un carácter mítico y mágico como herramienta de progreso y desarrollo, una especie de «El Dorado» de desarrollo que anuncia un futuro esperanzador. Esa idealización de la «Venezuela saudita» ha estado presente en diversos momentos de la realidad política y socioeconómica venezolana, aunque las crisis económicas y la polarización sociopolítica de las últimas décadas ha condicionado esta visión idealista.

Si bien no se debe descartar que otros factores como las sanciones económicas de EEUU y la Unión Europea desde 2014 y la salida de algunas empresas petroleras han afectado la producción, la recuperación económica del país sigue ligada a este sector.  Pero esta realidad no ha escapado a las alteraciones no sólo del mercado sino de la evolución productiva venezolana: En 1999, Venezuela producía 3,5 millones barriles diarios (b/d). Para 2025, esta cifra está en 900.000 b/d. Esto supone un colapso del 74% de su producción, un factor que se puede explicar a priori por errores de planificación estratégica, escasez de inversiones en infraestructuras, corrupción administrativa y sanciones exteriores.

La Plataforma Deltana, unos 233 km esparcidos en el Delta del río Orinoco, otorga a Venezuela la condición de ser el país con mayores reservas de petróleo probadas a nivel mundial (304.000 millones de barriles) Una tabla comparativa de reservas realizada por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) indica que Venezuela lidera esta clasificación con 925 años de reserva de crudo, muy por encima de otros grandes productores como Arabia Saudita, Irán, Irak, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Rusia, Libia y Nigeria, entre otros.

La excesiva dependencia del petróleo ha generado una escasa diversificación de la productividad económica en Venezuela.  A esto debe sumarse la crónica preponderancia de las importaciones, principalmente bienes de lujo, lo cual suele crear desajustes en la balanza de pagos y frecuentes devaluaciones monetarias. En las últimas décadas, la economía venezolana ha experimentado índices de hiperinflación que denotan la atrofia de un Estado sobredimensionado por el gasto público, lo cual ha motivado a que una antaño sólida clase media con notable poder adquisitivo experimentara un progresivo declive ante las constantes crisis económicas.

El desaparecido académico venezolano Fernando Coronil formuló la noción del «Estado mágico», como mirada desde la cual aproximarse a desentrañar los procesos mediante los cuales se ha construido un modelo de Estado en Venezuela «como agente trascendente y unificador de la nación». La aparición del petróleo en Venezuela crea una especie de cosmogonía: la riqueza petrolera tuvo la fuerza de un mito, gracias al petróleo era posible pasar rápidamente del retraso a un desarrollo espectacular. En estas condiciones se constituye un Estado «providencial» que «no tiene nada que ver con nuestra realidad», sino que, por el contrario, se saca del sombrero de un prestidigitador. El Estado «petrolero» como brujo magnánimo capaz de lograr el milagro del progreso

Con la Revolución Bolivariana, Venezuela ha reforzado esta condición de Estado rentista petrolero. El Estado recuperó su sitial en el centro de la escena nacional. Este, con su renta petrolera –según el discurso oficial–, tendrá nuevamente la capacidad de llevar a la sociedad venezolana hacia el progreso y la abundancia. A estas relaciones ya tradicionales entre «Petro-Estado» y sociedad se añade ahora un nuevo y esencial componente. En ausencia de un debate crítico sobre la experiencia del socialismo del siglo XX, se declara como meta del proceso bolivariano el «socialismo del siglo XXI», y se postula la necesidad de un partido único de la revolución. Con esto, a pesar del contenido de la Constitución, tiende a asociarse socialismo con más Estado. Las empresas estatizadas pasan, por ese solo hecho, a ser denominadas «empresas socialistas». El «Petro-Estado» se convierte así en la vanguardia que dirige la transformación social y su fortalecimiento deviene en expresión del avance de la «transición hacia el socialismo».

El «chavismo» ha recreado la aspiración de redistribución de la riqueza petrolera entre las clases populares, reforzando la naturaleza del «Petro-Estado» rentista y asistencialista que genera riqueza y ascenso social gracias al petróleo. Esto ha profundizado aún más prácticas de poder cada vez más estructurales como el clientelismo.

  1. De recibir inmigrantes a procrear emigrantes

Desde 1950, el acelerado crecimiento económico y la modernización urbana de Venezuela atrajo a una prolífica inmigración, principalmente europea pero también latinoamericana, asiática y africana, un factor que ha redibujado el mosaico étnico, racial y cultural venezolano.

No obstante, las crisis políticas y económicas a partir de 2000 han configurado una nueva realidad: de ser un país receptor de inmigrantes, Venezuela fue progresivamente convirtiéndose en un país emisor de emigrantes.

Venezuela alberga 28,1 millones de habitantes (2024). Cifras de ACNUR y del Observatorio de la Diáspora Venezolana estiman que entre 7.9 y 9.1 millones de venezolanos han emigrado de Venezuela en los últimos años, buscando protección y mejores condiciones de vida. La mayoría de estos emigrantes venezolanos se han instalado en Colombia, Brasil, España, Portugal, Italia y EEUU.

La emigración venezolana alcanza aproximadamente el 28% de la población total venezolana, una franja etaria entre los 18 y 55 años. De este modo, la emigración venezolana se ha convertido en uno de los problemas humanitarios más acuciantes a nivel mundial, incluso comparado en magnitud con otras crisis provocadas por conflictos bélicos como son los casos de los refugiados sirios (2015) y ucranianos (desde 2022)

Al mismo tiempo, la emigración ha definido la configuración de una diáspora venezolana en todos los continentes, con redes de asociaciones en el exterior. Toda vez su naturaleza define una determinada posición política, principalmente contraria al «chavismo», la diáspora venezolana se asume igualmente como un activo importante con capacidad de interlocución para el desarrollo socioeconómico y el futuro del país.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

Bibliografía recomendada

Arturo Uslar Pietri. «Sembrar el petróleo», editorial en el diario Ahora, 14 de julio de 1936.

Fernando Coronil. El Estado mágico: naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela (1989)

John V. Lombardi. Venezuela: la búsqueda del orden; el sueño del progreso, Editorial Crítica, 1982.

Rómulo Betancourt. Venezuela. Política y Petróleo (1948).

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