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DIOS, PATRIA, HOGAR

Santiago González*

¿Una respuesta política nacida desde lo religioso para enfrentar el globalismo financiero y el marxismo cultural?

“Dios, patria, hogar”, proclamaban las leyendas escritas con desafiante pintura negra sobre los paredones encalados del pueblo. A mí y a mis amigos nos causaban gracia y curiosidad, una porque conocíamos a los que las escribían y, a pesar de que ponían cara de malos y usaban tremendo bigote, no nos parecían muy preparados para sostener cualquier desafío, y la otra porque no entendíamos la necesidad de la proclama, tan seguros estábamos de contar con un Dios, una patria y un hogar. Esas seguridades sin embargo iban a durar poco. Casi sin darnos cuenta, entrábamos a la vez a la adolescencia, a la década de 1960 y a una etapa de transformaciones vertiginosas que estremecerían hasta los cimientos esas certidumbres.

¿Cómo podíamos saber, entonces, que Dios sufría desde hacía casi un siglo el ataque encarnizado de la Europa cristiana, y que su muerte ya había sido anunciada como una buena nueva? ¿Cómo podíamos anticipar que la patria sucumbiría bajo la doble agresión de la violencia y el saqueo en las décadas siguientes, las de nuestra juventud y madurez, las décadas en las que la vida para la que nos estábamos preparando debía rendir sus frutos? ¿Cómo podíamos imaginar siquiera que el hogar, la familia, ese reducto último de la certidumbre y el amparo, el lugar del reposo, la alimentación y el abrazo, iba a ser blanco de la metralla que ahora, ante nuestros ojos, hace saltar por el aire sus últimas astillas?

¿Cómo podíamos sospechar que algún día, ante la mirada interrogante de nuestros hijos, sólo íbamos a tener perplejidad y silencio como respuesta?

Evidentemente, nuestros amigos de los bigotazos y el pelo aplastado habían olfateado con la debida anticipación algo que nosotros no percibíamos. Y que tampoco, para ser honestos, queríamos percibir, encandilados unos con la conquista del espacio y los avances tecnológicos que probaban la eficacia del capitalismo, obnubilados otros con la revolución cubana y el Concilio Vaticano II, que señalaban el camino inevitable hacia el socialismo y el hombre nuevo. Ni unos ni otros veíamos en nuestras opciones una amenaza contra Dios, ni contra la patria ni contra el hogar, porque los juzgábamos tan eternos como el agua y el aire, como Borges decía de su ciudad.

Y sin embargo, aquí estamos: sin Dios, con la patria hecha añicos y ya casi sin hogar.

La situación en la que hemos caído es resultado de una combinación de factores tan disímiles, dispersos y azarosos que parecería difícil imaginar una conspiración. Podría decirse que si hay una conspiración su origen no es de este mundo, cosa que movería a risa a algunos, pero que otros tomarían muy en serio, especialmente los que creen en la eficacia operativa del demonio. Sabemos, sin embargo, que hay personas en condiciones materiales e intelectuales de ayudar al azar (o al diablo) y orientar las cosas en determinada dirección. Al fin y al cabo, lo del Nuevo Orden Mundial fue una idea emanada de esas personas y propuesta claramente y con todas las letras, no un invento de las mentalidades conspirativas.

La idea de reordenar el mundo brotó tras la caída del muro de Berlín, que no separaba, como se cree habitualmente, al Occidente capitalista del Este socialista: era en realidad un dique de contención contra los desbordes de uno y otro lado, obligaba a cada bando a preservar una cierta apariencia de virtud. Cuando el hormigón cayó bajo la presión de las multitudes, lo peor del capitalismo se fundió en un abrazo con lo peor del socialismo, con el que mantenía antiguas y documentadas relaciones, y desde entonces vienen marchando juntos hacia la instauración global de una nueva esclavitud, políticamente totalitaria, como siempre imaginaron los comunistas, y económicamente libertaria, como siempre imaginaron los capitalistas.

La tarea no parecía sencilla. ¿Cómo someter nuevamente a la esclavitud a un hombre al que las mismas élites habían ensoñado desde la Revolución Francesa con las ideas de libertad, igualdad y fraternidad? Personas inteligentes, no tardaron en encontrar una solución simple, económica y orwelliana: cambiar el sentido de las palabras.

Los conspiradores, o el mismísimo demonio, procedieron por etapas: en nombre de la libertad comenzaron por separar al hombre de Dios para privarlo del sentido trascendente de la vida, que lo unía en alabanza y oración al conjunto de los demás hombres y de todo lo creado; después se dedicaron a socavar sus vínculos de pertenencia e identidad, especialmente la patria, pero también el terruño o el barrio, la lengua o la música, en aras de una igualdad global e indiferenciada que excede largamente lo social, incapaz de suscitar identificación, pertenencia o lealtad alguna; ahora, a favor de una fraternidad tan inclusiva como estéril, apuntan con la ideología de género contra la familia, bastión último de anclaje y de sentido para un hombre en trance de ser despojado de todas las ligazones y raíces que necesita para desarrollarse y crecer con cierto grado de salud.

Este hombre, así desamparado, perdido y angustiado, el hombre que las mentes más lúcidas de Europa vienen describiendo con un sentido de urgencia cada vez mayor, no sabe cómo enjugar su desesperación: las drogas, la promiscuidad, las experiencias extremas, nada le alcanza para cubrir el vacío al que lo han arrojado las consignas de libertad, igualdad y fraternidad en su versión perversa. Ese hombre está listo y predispuesto para recibir, con alivio de náufrago y agradecimiento perruno, el yugo del esclavo. El yugo, claro está, ya no tiene el perfil grosero del madero o el herraje, sino que llega en el suntuoso envase de la tecnología y la modernidad, tan amable y seductor que le resulta irresistible.

Hablemos también de libertad de mercado y derecho de propiedad, palabras cuyo significado se ha trastocado hasta lo irreconocible. ¿Podemos hablar de libertad de mercado cuando toda la economía capitalista se mueve hacia la concentración, cuando cada vez menos personas deciden sobre áreas cada vez más amplias del comercio, la industria, las finanzas y los servicios, cuando cada vez hay menos espacio para el emprendimiento personal, se trate del ejercicio de las profesiones liberales, o de la simple farmacia, ferretería o almacén de barrio? ¿Podemos hablar de derecho de propiedad, cuando el único derecho de propiedad resguardado es el de los bienes materiales pese a que la persona también es dueña de intangibles como su historia, su patria, su religión, su lengua, sus opiniones e incluso su cuerpo, amenazados todos por el poder de coerción del Estado?

El nuevo orden le recuerda permanentemente al ciudadano su condición de esclavo, cuya supervivencia depende de un amo cuyo rostro ni siquiera conoce, pero al que debe someterse sin chistar si no quiere perder su ciudadanía, que ya no consagra la Constitución, sino una tarjeta de crédito, un alquiler o un abono, puesto que cada vez le resulta más difícil ser propietario de nada. La palabra que mejor define la situación del nuevo esclavo es precariedad: casi nada de su vida está efectivamente bajo su control, todo es transitorio y puede acabarse en cualquier momento, desde el empleo hasta el matrimonio, para usar una palabra realmente anticuada. Especialmente, y uno sospecha que deliberadamente, ya no puede ser propietario de una casa, un cuarto propio, un lugar donde caerse muerto. En cualquier momento puede encontrarse literalmente en la calle.

Sospecho que eso es deliberado, porque hay algo sagrado en la casa propia: Mircea Eliade dice que su construcción replica el gesto creador y fundacional de los dioses, y constituye un eje en torno del cual ordenar el propio mundo y una suerte de eslabón con lo sagrado. En la casa propia, cada hombre funda su propio linaje, y la ocasión suele ser debidamente señalada. Cuando finalizó la construcción del techo de la que sería nuestra casa familiar, mi padre agasajó a constructores y amigos, y en la flamante cumbrera se colocó una rama de pino, según fotografías que pude ver en el álbum familiar. La imposibilidad de tener su propia casa corta el último vínculo del hombre con la divinidad. Asunto que nos lleva de regreso al comienzo de esta nota.

Si se las mira con un poco de atención, todas las acciones del globalismo financiero asociado al marxismo cultural que venimos describiendo son “disolventes”, como decían los militares respecto del accionar de la izquierda: apuntan a romper o desatar todos los vínculos que anudan al hombre con su Dios, con sus compatriotas, con su familia, para dejarlo aislado, inerme e impotente. Esta comprobación tiene la virtud de mostrarnos el camino para hacerles frente: propone un plan de resistencia y un programa de acción. Si el propósito de estos conspiradores (o del demonio, vaya uno a saber) es desligar al hombre de sus referencias trascendentes y existenciales, ¿deberíamos responder reparando esas ligaduras, religándolo? ¿Una respuesta política nacida desde lo religioso? Dios para afianzar una patria, patria para levantar un hogar, hogar para formar hombres y mujeres cabales. No hay abuso de retórica ni tampoco mucha novedad en esto: la Argentina que supo enorgullecernos se hizo en gran medida así.

 

* Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y se inició en la actividad periodística en el diario La Prensa de la capital argentina. Fue redactor de la agencia noticiosa italiana ANSA y de la agencia internacional Reuters, para la que sirvió como corresponsal-editor en México y América central, y posteriormente como director de todos sus servicios en castellano. También dirigió la agencia de noticias argentina DyN, y la sección de información internacional del diario Perfil en su primera época. Contribuyó a la creación y fue secretario de redacción en Atlanta del sitio de noticias CNNenEspañol.com, editorialmente independiente de la señal de televisión del mismo nombre.

 

Publicado originalmente el 01/03/2019 en gaucho malo El sitio de Santiago González https://gauchomalo.com.ar/dios-patria-hogar/

A 130 AÑOS DE LA ENCÍCLICA RERUM NOVARUM, ORIGEN DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA.

Marcelo Javier de los Reyes*

León XIII (1878 – 1903)

En este año que termina se han cumplido 130 años de la Encíclica sobre la que se construyó la Doctrina Social de la Iglesia, publicada el 15 de mayo de 1891, por lo que cada 15 de mayo se convierte en una fecha de gran relevancia para todos los trabajadores, particularmente para los campesinos y todos aquellos involucrados en las labores agrícolas. De ahí que en algunas regiones del mundo ese día sea conmemorado como la fiesta de los campesinos.

Cuestiones sociales. León XIII y la Rerum Novarum

Luego del Congreso de Viena (1814-1815), que tuvo objetivo restablecer las fronteras de Europa luego de que las fuerzas de Napoleón Bonaparte fueran derrotadas así como restablecer el Antiguo Régimen, se inició un siglo de relativa paz entre las naciones. No obstante, se produjeron algunos conflictos armados, como la guerra de Crimea, la austro-prusiana, la franco-prusiana y otras. Sin embargo, el resto del siglo estuvo caracterizado por profundos conflictos sociales, las revoluciones liberales que desafiaron al conservadurismo y el nacimiento del socialismo y del comunismo.

Esta cambiante composición ideológica en la sociedad de la época produjo una preocupación de consideración en el seno de la Iglesia Católica. En sus relaciones con los gobiernos liberales la situación era extremadamente difícil debido a que las medidas que tomaban se orientaban a privarla de sus bienes y posesiones y prácticamente la excluían en el plano político. La Iglesia firmó varios acuerdos —denominados concordatos— con muchos gobiernos europeos durante la primera mitad del siglo XIX.

A través de los concordatos se establecían los derechos de la Iglesia y las obligaciones que los Estados tenían con respecto de ella. Sin embargo el avance de las ideas liberales fueron poniendo escollos en la relación Iglesia – Estado y se fue argumentando la necesidad de una completa separación entre ambos.

Quienes sostenían la separación entre Iglesia y Estado pretendían que el Papado renunciara a sus posesiones territoriales y a su poder temporal. Estas ideas liberales y democráticas no sólo influían desde fuera de la Iglesia sino que también arraigaron en algunos sectores de la institución. Ante esta situación, la cúpula de la Iglesia no hizo esperar su reacción condenando aquellas ideas que intentaban recortarle poder[1].

Vincenzo Gioacchino Pecci, sexto hijo de una familia humilde, nació el 2 de marzo de 1810 en la ciudad de Carpineto, al sur de Roma. Entre 1832 y 1837 estudió en la Academia de Estudios Eclesiásticos y en 1837 fue ordenado sacerdote. El padre Vincenzo no sólo fue un miembro activo de la Iglesia sino también un testigo de los cambios sociales, políticos y económicos de su época. Fue ascendiendo en la jerarquía de la Iglesia y en una serie de cartas pastorales publicadas entre 1874-77 el Cardenal Pecci expresó su deseo de alcanzar un mayor acercamiento entre el catolicismo y la cultura contemporánea.

En 1877 fue trasladado a Roma y, a la muerte del Papa Pío IX, fue nombrado camarlengo[2]. El 20 de febrero de 1878 fue elegido Papa continuando con la línea conservadora pero imprimiendo una nueva orientación a la política del Vaticano, destinada a superar el aislamiento. En el plano doctrinario se esforzó por mantener los principios del catolicismo frente a las nuevas corrientes científicas, fomentando los estudios teológicos y los seminarios. Incentivó la creación de misiones evangelizadoras, en particular destinada a los territorios coloniales que conquistaban las potencias europeas.

León XIII se esforzó por posicionar a la Iglesia en la sociedad, para lo cual trabajó en pos de mejorar las frágiles relaciones con los Estados europeos. Luego que le fueron arrebatados los estados pontificios, las posesiones territoriales del papado quedaron reducidas al Vaticano. En su primera encíclica León XIII expresó que la Iglesia nunca persiguió el gobierno temporal.

Con respecto a las negociaciones diplomáticas con el Estado italiano y con el francés no obtuvo resultados favorables pero si con Alemania. Su habilidad le permitió devolverles la tranquilidad a los católicos alemanes que habían sido seriamente afectados por la Kulturkampf (“guerra religiosa”) que Bismark —respaldado por el movimiento liberal—, haciendo uso de una serie de leyes[3], emprendió contra el clero católico. León XIII, en el plano internacional, también debió arbitrar en torno a las Islas Carolinas; su gestión exitosa pudo poner fin a la disputa territorial entre Alemania y España.

Imagen referida a la Kulturkampf.

Ante los ataques que los comunistas, socialistas y anarquistas le propinaban a la Iglesia, León XIII trabajó para definir una política hacia la clase obrera y contrapesar el avance de esos sectores. Con este objetivo, el 15 de mayo de 1891 la Iglesia dio a conocer la encíclica Rerum novarum (“de las cosas nuevas”) que sentó las bases de la doctrina social de la Iglesia. La Rerum novarum inspiró la formación de círculos de obreros católicos y otras agrupaciones de trabajadores. Se trató de la primera encíclica social de la Iglesia Católica, dirigida a todos los obispos y describiendo las condiciones de las clases trabajadoras. León XIII tomó distancia de las corrientes marxistas pero favoreció la agrupación de los trabajadores en sindicatos y reconocía el derecho de la propiedad privada.

Este documento contrarrestó las intenciones marxistas de alejar a los obreros de la religión, principalmente la católica, y sentó las bases para que, años más tarde, la Iglesia influyera políticamente a través de la creación de los partidos encuadrados en la democracia cristiana.

La Doctrina Social de la Iglesia

La Encíclica Rerun Novarum fue el pilar sobre el que se construyó la Doctrina Social de la Iglesia. Para conmemorar su publicación, otros papas escribieron otras que son consideradas como las “Encíclicas Sociales”; así, el 15 de mayo de 1931, el Papa Pío XI publicó la encíclica “Cuadragésimo Anno”, en conmemoración de los cuarenta años de la que publicó León XIII. Pío XI puso el acento en la labor del Estado, las asociaciones obreras, la doctrina económica y social, pero también en el capital y el trabajo. Manteniendo el espíritu de la Rerun Novarum, también tuvo en cuenta a los trabajadores, refiriéndose a la redención del proletariado, al salario justo, el carácter individual y social del trabajo. Eran tiempos difíciles, luego del triunfo del comunismo en Rusia, de la Primera Guerra Mundial y de la crisis económica de 1929 que afectó fundamentalmente al mundo occidental, por lo que asimismo abogaba por la restauración del orden social.

Mater et Magistra (“Madre y Maestra”), de Juan XXIII, Carta encíclica sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana, promulgada el 15 de mayo de 1961, tiene como tema central la justicia. Juan XXIII también quien escribió Pacem in Terris (“Paz en la Tierra”), la última de las ocho encíclicas de este papa, publicada el 11 de abril de 1963, precisamente en la celebración del Jueves Santo.

Por su parte, Paulo VI hizo su aporte con las Encíclicas Gaudium et Spes (“Alegría y Esperanza”) y Populorum Progressio (“El Desarrollo de los Pueblos”).

No es la intención de este trabajo mencionar a todas las Encíclicas Sociales sino conmemorar la que dio origen a la Doctrina Social de la Iglesia que, como dice el sacerdote salesiano y Licenciado en Teología Eugenio Albuquerque,

Cuando hablamos de doctrina social de la Iglesia, nos referimos a la enseñanza y orientación de la Iglesia católica sobre las cuestiones sociales. Pero no hay una uniformidad, sino una gran diversidad de expresiones en la denominación de dichas enseñanzas del magisterio de los Papas; las más utilizadas son: doctrina social de la Iglesia, doctrina social católica y enseñanza social de la iglesia.

Con la expresión doctrina social de la Iglesia se entiende ordinariamente el conjunto de las enseñanzas sociales del magisterio, especialmente de los Papas, recogidas en importantes encíclicas dedicadas precisamente a tratar las cuestiones sociales.[4]

El autor aclara que si bien el origen de esta doctrina está en las encíclicas sociales del siglo XIX, el verdadero origen es tan antiguo como la propia Iglesia, ya que su base principal es la revelación divina[5] y abreva en fuentes teológicas, morales y sociales[6].

Hasta Pacem in Terris las encíclicas estaban dirigidas sólo a los católicos, pero Juan XXIII en ella agrega a todos los hombres de buena voluntad. Se trata de un aporte de la Iglesia a la humanidad, en tanto considera su competencia en el campo social.

Un siglo después

La profundización de las políticas neoliberales en la década de 1990 en América vinieron a caballo de la globalización y del avance de las tecnologías de la información, en un contexto de desaparición del bloque liderado por la URSS tras el derrumbe del Muro de Berlín (1989) y la implosión de la propia URSS (1991).

En ese marco, los Estados Unidos se mostraron como los vencedores de la Guerra Fría, estableciendo el sistema unipolar y el “pensamiento único”, aunque por escaso tiempo. Ese proceso fue acompañado por un fortalecimiento de los organismos financieros internacionales que presionaron a los gobiernos a introducir políticas que desarticularon la economía de varios países incrementando las desigualdades sociales.

Como producto de estas medidas económicas que giraban en torno de la privatización, del libre mercado, de las “bondades del mercado”, se difundieron falsas ilusiones en las diversas sociedades, ocasionando —por el contrario— grandes desilusiones y un creciente distanciamiento de la clase política respecto de la población.

Así como hacia fines del siglo XIX los problemas sociales llevaron a la Iglesia a manifestarse a través de la Encíclica Rerum Novarum (1891), en una clara contestación al capitalismo, los viejos y nuevos problemas que afectaban a la humanidad impulsaron al papa Juan Pablo I a escribir la Encíclica Centessimus Annus, precisamente cien años después de la encíclica que dio origen a la Doctrina Social de la Iglesia —la Rerum Novarum— en ocasión del ocaso del marxismo, de un ciclo de transformación en la propia Europa y en el mundo, en un contexto de desestabilización con amenazas de guerra, con una pobreza creciente y la emergencia de los regionalismos. Recordando la Encíclica de León XIII, Centessimus Annus expresa:

Ojalá que estas palabras, escritas cuando avanzaba el llamado “capitalismo salvaje”, no deban repetirse hoy día con la misma severidad. Por desgracia, hoy todavía se dan casos de contratos entre patronos y obreros, en los que se ignora la más elemental justicia en materia de trabajo de los menores o de las mujeres, de horarios de trabajo, estado higiénico de los locales y legítima retribución. Y esto a pesar de las Declaraciones y Convenciones internacionales al respecto y no obstante las leyes internas de los Estados. El Papa atribuía a la “autoridad pública” el “deber estricto” de prestar la debida atención al bienestar de los trabajadores, porque lo contrario sería ofender a la justicia; es más, no dudaba en hablar de “justicia distributiva”.

Juan Pablo II (1920-2005)

Y más adelante se refiere nuevamente a la injusticia social y a la explotación:

Ante estos casos, se puede hablar hoy día, como en tiempos de la Rerum novarum, de una explotación inhumana. A pesar de los grandes cambios acaecidos en las sociedades más avanzadas, las carencias humanas del capitalismo, con el consiguiente dominio de las cosas sobre los hombres, están lejos de haber desaparecido; es más, para los pobres, a la falta de bienes materiales se ha añadido la del saber y de conocimientos, que les impide salir del estado de humillante dependencia.

Las desigualdades son explícitamente mencionadas en Centessimus Annus poniendo la mira en la situación de los países del Tercer Mundo y en la necesidad de ejercer un control sobre el mercado:

En el contexto del Tercer Mundo conservan toda su validez —y en ciertos casos son todavía una meta por alcanzar— los objetivos indicados por la Rerum novarum, para evitar que el trabajo del hombre y el hombre mismo se reduzcan al nivel de simple mercancía: el salario suficiente para la vida de familia, los seguros sociales para la vejez y el desempleo, la adecuada tutela de las condiciones de trabajo.

Se abre aquí un vasto y fecundo campo de acción y de lucha, en nombre de la justicia, para los sindicatos y demás organizaciones de los trabajadores, que defienden sus derechos y tutelan su persona, desempeñando al mismo tiempo una función esencial de carácter cultural, para hacerles participar de manera más plena y digna en la vida de la nación y ayudarles en la vía del desarrollo.

En este sentido se puede hablar justamente de lucha contra un sistema económico, entendido como método que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión de los medios de producción y la tierra, respecto a la libre subjetividad del trabajo del hombre. En la lucha contra este sistema no se pone, como modelo alternativo, el sistema socialista, que de hecho es un capitalismo de Estado, sino una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación. Esta sociedad tampoco se opone al mercado, sino que exige que éste sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado, de manera que se garantice la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la sociedad.

Pero aún se encuentra una sentencia más contundente respecto del mundo en el que se escribió Centessimus Annus:

Queda mostrado cuán inaceptable es la afirmación de que la derrota del socialismo deja al capitalismo como único modelo de organización económica.

El siglo XXI trajo nuevas preocupaciones a las que ya existían, preocupaciones que también perjudican a los más pobres pero a la sociedad en su conjunto, derivados del cambio climático. Nuevamente la Iglesia, a través de la Encíclica Laudato si (“Alabado seas”) —24 de mayo de 2015— del papa Francisco, toma la palabra para exhortar la necesidad de cuidar la “casa común”, la casa de todos los seres humanos y no humanos. Laudato sí es una relectura del cántico de las creaturas de Francisco de Asís y es, además, un grito de auxilio del Papa Francisco en nombre de la Iglesia, un grito a Dios y al hombre posmoderno a que cuide, proteja y haga un buen uso de los recursos de la madre Tierra:

Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura.

Reflexionar sobre el futuro de las políticas públicas ante los retos de los cambios a escala global así como de un Estado, la crisis y las visiones de las políticas públicas que prosperaron en la segunda mitad del siglo XX y el new public management como ideario para resolver problemas de gestión pública, requieren el estudio de las realidades emergentes y nuevos enfoques de los asuntos públicos contemporáneos.

Una profunda tarea está por delante pero si bien las Encíclicas Sociales pusieron el énfasis en sus correspondientes contextos sociales e internacionales, sería apropiado leerlas para “sacarlas” del ámbito eclesial y académico y para que sea difundida más allá de los cristianos con el claro objetivo de retornar a una sociedad global que recobre los valores morales, y para que los hombres en general asuman un compromiso social más allá del origen de esta doctrina. Los problemas sociales se han agudizado y no tienen religión pero si pueden ser solucionados si cada uno se compromete a hacer su parte. Los pueblos pueden hacer la diferencia comenzando a exigir a sus respectivas clases dirigentes que asuman sus compromisos ante la sociedad.

Como dijo la Madre Teresa de Calcuta, “Haz bien tu trabajo y hazlo con un gran amor”. O finalmente, recordar a Rabindranath Tagore, premio Nobel de Literatura en el año 1913, quien escribió la célebre frase: “Dormía y soñaba que la vida era alegría, desperté y vi que la vida era servicio, serví y vi que el servicio era alegría.”

Exijamos que quienes nos conducen lo hagan pensando en el servicio y cada uno de nosotros hagamos lo propio, porque en eso debe radicar nuestra alegría.

 

* Maestro Catequista. Licenciado en Historia (UBA). Doctor en Relaciones Internacionales (AIU, Estados Unidos). Director de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG). Autor del libro “Inteligencia y Relaciones Internacionales. Un vínculo antiguo y su revalorización actual para la toma de decisiones”, Buenos Aires: Editorial Almaluz, 2019.

 

Referencias

[1] La encíclica Mirari vos (1832) del papa Gregorio XVI condenaba las libertades modernas, la libertad de culto, de conciencia, de asociación y de prensa. La encíclica Quanta Cura (1864) de Pío IX fue acompañada del Syllabus, catálogo con ochenta proposiciones que la Iglesia consideraba condenables. El documento sostenía que considerar que “el Papa puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna” era un error. Del mismo modo, manifestaba que el Estado laico era “impío y absurdo». En 1870 se celebró el Primer Concilio Vaticano del que participaron setecientos sacerdotes. En el Concilio se mantuvo el espíritu del Syllabus condenando los “errores modernos” y, asimismo, se discutió el dogma que afirmaba la infalibilidad del Papa. La discusión interna entre el minoritario sector renovador y el conservador terminó con el retiro del primero y la consolidación del segundo en el gobierno de la Iglesia. De esta manera se reafirmó la autoridad del Papa.

[2] Cardenal que administra los asuntos de la Iglesia durante la vacancia de la Sede Apostólica.

[3] El conflicto se agudizó a partir de 1870 con la proclamación de la infalibilidad del Papa durante el Primer Concilio Vaticano.  Mediante esas leyes –Ley del Púlpito de 1871, ley de control de la enseñanza de 1872, expulsión de los jesuitas, Leyes de Mayo de 1873 y 1874 que reglamentaban la formación de los sacerdotes y limitaban la jurisdicción eclesiástica, ley de Matrimonio Civil y otras leyes sancionadas en 1874 y 1875– se procuraba someter a los sacerdotes al Estado en calidad de funcionarios, interfiriendo sus relaciones con la Santa Sede y con Polonia, considerada como un enemigo nacional.

[4] Eugenio Albuquerque. Doctrina social de la Iglesia. Buenos Aires: Editorial Claretiana, 2012,  p. 7.

[5] Ídem.

[6] Ibíd., p. 13.

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EL CAPITALISMO SEGÚN UN COLUMNISTA DE EEUU

Agustín Saavedra Weise*

Charley Reese nació en 1937, falleció en 2013. Por años mantuvo una columna en el “Orlando Sentinel” de Florida Central (USA) y fue famoso por ser “contrera”, Reese era también considerado como conservador, aunque algunas de sus mordaces notas espantaban al “establishment”. Al respecto, años atrás Charley publicó un artículo que calificaba duramente al capitalismo.

A continuación, transcribo algunos de sus controvertidos conceptos. “Lo primero, es reconocer que el capitalismo de no ser moderado por la virtud cristiana o por el gobierno, es tan brutal y cruel como lo fue el comunismo. Sé que esto es difícil de creer, ya que toda una generación creció en el increíblemente próspero Estados Unidos de la post guerra y nunca experimentó tiempos duros.” Y prosigue: “Intente usted extraer carbón, por pocos centavos, en una mina donde uno se ve obligado a comprar sus propias herramientas. Imagine a un pobre obrero lastimado que, no recibe ni atención médica ni compensaciones. Eso es capitalismo. Intente usted trabajar durante siete días en jornadas agotadores de 12 horas por salarios mínimos, en un ambiente no saludable y sin ningún beneficio. Eso es capitalismo.” “Se puede aún ver formas puras de capitalismo en lugares como Calcuta o Mogadiscio. 

El capitalismo es fabuloso si uno es el capitalista, tal como el comunismo era grandioso si uno era el comisario del partido o uno de los jefes.” “Yo me pregunto cuántos norteamericanos estarían dispuestos a trabajar, por 75 centavos de dólar diarios, en ambientes hostiles e infectados para coser y cortar un par de blue jeans ¿Se imaginan cuántos pantalones habría que confeccionar para alimentar a su familia? Esos jeans que valen 30 0 50 dólares fueron hechos por lo que verdaderamente constituye mano de obra esclava en el mundo. 

Es por eso que puedo apreciar la lucha que los gremialistas llevaron a cabo en su tiempo para mejorar las condiciones de los trabajadores. Cualquiera que espere compasión de una empresa socialista o capitalista comete un error tan grave como el de confundir a Hannibal Lecter (antropófago y asesino de ficción) con un vegetariano. Al mismo tiempo, definitivamente Charley no era socialista y se burlaba de ellos: expresó que el mundo se estaba convirtiendo en un museo de fallas socialistas y que sus motivaciones reales eran tan o más crueles que las del frío capitalismo aunque recordadas con una elocuente pero retórica vacía.

“La idea de un punto medio entre un capitalismo sin ninguna regulación y un socialismo excesivamente regulado, es hacia donde deberíamos extremar nuestros esfuerzos” expresaba Reese y así era posible eliminar los vicios de ambos sistemas.

Las aseveraciones anteriores motivan algunas reflexiones. La primera, es que el Estado —hoy más que nunca— debe ser el árbitro que regule las desigualdades sociales y nos proteja mediante adecuados sistemas de regulación y control, amén de proveer salud, educación, justicia e igualdad de oportunidades. El Estado debe ser además garante de un capitalismo protector que garantice las inversiones y el libre mercado, al mismo tiempo que provee seguridad al individuo y a su sociedad, para así evitar extremos como los señalados por Reese.

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Nota original publicada en El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/opinion/el-capitalismo-segun-un-columnista-de-eeuu_250446