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COVID19 PANDEMIA Y DILEMA DEL VACÍO INTELECTUAL EN LAS RELACIONES INTERNACIONALES

Salam AL Rabadi*

A la luz de la crisis pandémica Covid19 el nuevo desafío de las relaciones internacionales parece radicar en la formulación de una visión capaz de defender los resultados del escenario global de los ataques actuales de la idea de vacío intelectual. En este contexto y tratándose de cuestiones multidimensionales y muy complejas, la cuestión de la metodología adquiere una importancia excepcional y fundamental.

En consecuencia, contrariamente al clamor intelectual y político y a todas las tesis actuales sobre el colapso del unipolarismo como consecuencia de la crisis derivada del Covid19, podemos decir que la realidad global previa mostraba una etapa de transición en la mayoría de las cuestiones políticas, intelectuales y económicas debido a numerosos acontecimientos: han tenido lugar el paso de la comunidad industrial a la sociedad del conocimiento, la transición de la dualidad de la polaridad al monismo relativo y el concepto de la seguridad clásica dio paso al concepto de la sociedad de peligros relativos.

En consecuencia, estas cuestiones en su conjunto formaron nuevos patrones globales, lo que hizo lógico discutir dilemas relacionados con cómo ver el sistema global y tratar de prever su futuro y la identidad de los principales actores en él. A partir de la crisis de la pandemia, se puede decir que ha habido un cambio importante en el concepto de seguridad global, pues la visión clásica ya no controla la realidad basada en el logro de la seguridad del Estado (es decir, la seguridad política).

Por el contrario, el concepto de seguridad humana vital en el Estado se ha convertido para abarcar todas las dimensiones: ambiental, económica, cultural y política, incluidas las dimensiones sanitarias, las implicaciones del progreso tecnológico, etc. Además, como resultado de la creciente influencia de las empresas transnacionales, las ONG y los individuos, por no hablar del surgimiento del terrorismo, las cuestiones ambientales y los problemas de la revolución biotécnica y la inteligencia artificial en la escena global, se ha vuelto estratégicamente imposible hablar de un sistema global controlado por un polo.

Sobre la base de estos enfoques la realidad de las relaciones internacionales (ya sea antes o después de la pandemia), está llena de cambios a todos los niveles, que pueden ilustrarse a través de los siguientes dilemas:

– El dilema del vacío intelectual y la ausencia de dimensiones éticas.

– El dilema de las normas estatales y estándares de fuerza.

– El dilema de la dimensión cultural y su llamada a entender los patrones globales.

Por lo tanto, en principio, estos cambios en la estructura de la comunidad global fueron un precedente para la pandemia de Covid19. La pandemia vino a confirmar estos cambios, no a anularla o vetarla (como afirman muchos políticos, investigadores y pensadores), lo que se expresó a través de las siguientes problemáticas:

1. ¿Se pueden analizar en el siglo XXI las relaciones internacionales basándose únicamente en el criterio de la fuerza material?

2. ¿Es necesario un nuevo patrón filosófico para explicar la nueva realidad de las relaciones internacionales?

3. ¿Qué formas debemos cumplir y definir requisitos éticos, que incluyan un nuevo concepto de seguridad humana?

Desde antes de la pandemia de Covid19, el siglo XXI ha revisado nuestras constantes de certeza sobre todo lo relacionado con el hombre, la sociedad, la política, la economía, la cultura, la ciencia y la ética. Había muchas teorías que trataban de llenar el vacío intelectual de nuestro mundo, incluyendo la teoría del fin de la historia, la teoría del choque de civilizaciones y la teoría posmoderna, etc. Pero, la más peligrosa de ellas era, positivamente, una teoría llamada “Post-Humanidad”. Desde el año 2000, con el descubrimiento del mapa genético, la humanidad ha entrado en una evolución revolucionaria de las ciencias biológicas, capaz de producir transformaciones radicales que pueden permitir cambiar la naturaleza humana y, sin duda, estarán acompañadas de efectos morales, políticos y económicos fatídicos.

En consecuencia, resulta evidente, más allá de toda duda, que antes de la pandemia Covid19, había preguntas reales y más serias que hacer frente a futuras opciones políticas y morales en el campo de la ingeniería genética, por lo que en el futuro nos enfrentaremos al mundo “posthumanidad”, y las repercusiones de la actual pandemia sólo serán un pequeño punto en su océano. Como los genes humanos se combinarán con otros genes animales y posiblemente vegetales, no sabremos cuál es el significado de la humanidad, y por lo tanto el mundo estará lleno de conflictos y no habrá lugar dentro de él para ningún concepto sobre nuestra humanidad común. Este patrón, a su vez, abre la puerta al dilema de la relación entre la humanidad y el progreso científico y el alcance de su impacto en la política mundial, sin mencionar el ritmo del desarrollo intelectual en las relaciones internacionales. Basándonos en esta visión, podemos decir que la pandemia de Covid19 y sus repercusiones son un resultado, no una causa. Por lo tanto a nivel intelectual y político, la pandemia no nos ha traído nada nuevo en las relaciones internacionales, excepto para enfatizar la importancia de crear un sistema global de valores que rija el comportamiento de las sociedades, los Estados y las instituciones y organizaciones mundiales. La cuestión de los valores y sus transformaciones, estará a la vanguardia de las cuestiones intelectuales actuales y futuras en la política mundial. De modo que el cambio pasa de centrarse sólo en factores económicos y políticos, a ocuparse de los factores culturales que influyen y potencian el abordaje de las cuestiones globales (ya sea en términos de interpretarlas o encontrar soluciones a ellas).

En este contexto, y de acuerdo con la metodología de autocrítica y lógica histórica, podemos plantear la cuestión de si caímos en la trampa de apurarnos a llenar el vacío teórico que explica las cuestiones globales. El plazo para todos estos nuevos patrones globales no superó los 20 años y ese período no es suficiente para darnos connotaciones e indicaciones fijas. Por lo tanto, ¿qué podemos decir de todas estas propuestas y rumores actuales relacionados con las repercusiones de la pandemia Covid19, que aún no tienen más de unos meses?

 

*Doctor de Filosofía en Ciencia Política y en Relaciones Internacionales. Actualmente preparando una segunda tesis doctoral: The Future of Europe and the Challenges of Demography and Migration, Universidad de Santiago de Compostela, España.

Artículo traducido al español por el Equipo de la SAEEG.

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ENTRE LA FE, LA RAZÓN Y LA IRRACIONALIDAD

Agustín Saavedra Weise*

La fe y la razón son relativamente inconciliables. Con respecto a la fe tenemos que creer sin ver ni razonar, solo confiar y fortalecer un algo que está más allá de nuestro ser. La razón, en cambio, nos dice que debemos investigar todo y encontrar el origen de las cosas mediante los métodos de la lógica formal.

El ser humano es el rey de la creación, ya sea por obra de Dios o —para los ateos— por simple derivación de su intelecto superior con respecto al resto de los seres de este planeta. Pero también es muy cierto que el hombre es el primer gran depredador, es el primate más cruel, el único animal que mata por placer y voluntariamente deteriora el propio medio ambiente en donde vive.

Hay muchos ejemplos de destrucción de fauna y flora; en esta breve nota baste citar como víctimas inocentes del desbarajuste ambiental —fruto de la propia humanidad— al magnifico jaguar, hoy en peligro de extinción por su implacable cacería. En otras partes del globo podemos citar al tigre de Bengala y al oso blanco. En siniestras ocasiones y para colmar la copa de la crueldad, los humanos han matado masivamente a otros humanos o se han matado entre sí por millones. No existe una sola especie —ni siquiera entre los insectos— que cometa actos tan atroces y devastadores.

Se dice del ser humano que es “racional”; más vale decir que es un ser lleno de emociones y que sí, claro, tiene un raciocinio que lamentablemente pocas veces lo usa. Esa falta de racionalidad en alguien que la tiene y que nació con ella es aberrante, pero explica -con simples ejemplos- tragedias ocasionadas por conducir y al mismo tiempo hablar o enviar textos mediante el teléfono celular. Asimismo, hemos percibido otras múltiples, absurdas e incomprensibles irracionalidades, hasta el punto de hacernos dudar seriamente acerca de la definición del humano como un ser racional.

En la Academia de Platón se estaba discutiendo en una oportunidad cuál era la mejor definición del hombre y se lo llegó a calificar como un “bípedo implume”. Ante esta situación, al día siguiente —desde las afueras de la Academia— el cínico Diógenes lanzó por encima de los muros del ilustre recinto ateniense un pollo desplumado…. Aristóteles por su lado definió al hombre como un “zoon politikon”, como un animal de la “polis”, de la ciudad, del lugar en el que se desempeñaba socialmente y transcurría su vida. Y esa es una definición bastante correcta que muchos la han tergiversado al expresar que el hombre es un “animal político” y se refieren por tal a la actividad política como la entendemos hoy. Craso error. El humano es un ser de la polis (ciudad); allí vive, lucha, prospera, se empobrece, muere, etc. El gran estagirita definió al humano como un ser social cuya vida transcurre en comunidad, no en solitario. En la polis el hombre podía interactuar con otros humanos en diversos ámbitos y acciones, no solamente en la acción política, como se entiende hoy (erradamente) a la expresión aristotélica.

En definitiva —aunque siempre habrán polémicas al respecto que nunca terminarán— mi modesto criterio prefiere reiterar en una visión objetiva de la realidad la definición más correcta del humano: especie provista de una avanzada capacidad de razonar pocas veces utilizada, ya que mayoritariamente sus acciones son impulsadas por emociones e irracionalidades.

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Nota original publicada en El Debe, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/opinion/entre-la-fe-la-razon-y-la-irracionalidad_195245  

HUMANIDAD Y CONFLICTO

Marcos Kowalski*

Imagen de Devanath en Pixabay

Primero, yo encuentro que el esfuerzo humanitario de oponerse al sufrimiento que viene con la guerra es altamente apreciable. Pero la paz eterna es un sueño y no ciertamente bello. La guerra es parte del orden mundial de Dios. Dentro de esta se despliegan las nobles virtudes de los hombres, el coraje, la renunciación, la lealtad al deber y la disposición al sacrificio ante el azar de la vida.

Helmuth von Moltke

 

La Guerra, los Conflictos y la Sociedad

El hombre tal cual es, como creatura de Dios, en su eterna búsqueda de realización a través de la familia y en unión a otros en sociedades políticas desde épocas antiguas, en su afán de defenderse, o guiados por interés de poder o territoriales o ambos, vivió y vive en conflictos de diferente magnitud.

Estos conflictos y desde la más remota antigüedad a la actualidad, produjeron enfrentamientos, luchas armadas entre dos o más contendientes, al principio entre personas, o familias, dando lugar a actos violentos que generalmente culminaban con la huida o el sometimiento de una de las partes.

Cuando el hombre se organizó políticamente, primero en Ciudades Estados y después en Naciones, la lucha pasa a ser de enfrentamientos armados prolongados entre dos o más naciones durante la cual se producen diversas batallas, se producen las guerras.

Como dice el axioma universal militar, “No hay guerra parecida a la anterior, y toda guerra es única e irrepetible”. Pero ¿cómo definimos la guerra? El asunto es que una respuesta a esa pregunta debe darse de tal manera que no pueda prescindirse de cómo intervienen los conflictos en la vida de los seres humanos y en el desarrollo de su historia.

La respuesta no puede referirse y culminar en la simple definición de “enfrentamiento armado” entre dos o más partes o en el consabido criterio, negativo, de que “la guerra es la ausencia de paz”. Definiciones de ese tipo, si bien son válidas, hay que advertir que son muy restringidas.

Las definiciones simplistas no dicen nada acerca de la magnitud de los daños de todo tipo que causa la guerra; tampoco dicen cómo interviene ésta en el transcurrir de la historia ni en la disposición humana para hacerla; y no hablan acerca del sino trágico que ella entraña en la existencia humana.

Desde los tiempos más remotos tenemos pensadores que han estudiado las guerras y como, mal que les pese a los filósofos modernos el hombre no cambio en su esencia ontológica desde su aparición en la tierra, esos pensamientos tienen hoy plena vigencia.

Hace 2.500 años Sun Tzu, un doctrinario y estratega chino escribió El Arte de la Guerra que, con vigencia actual, es el libro de estrategia, que inspiró a Napoleón, Maquiavelo, Mao Tse Tung y muchas más figuras históricas. Es uno de los más importantes textos clásicos chinos, en el que, a pesar del tiempo transcurrido, ninguna de sus máximas ha quedado anticuada, ni hay un solo consejo que hoy no sea útil.

El arte de la guerra llegó por primera vez a Europa en el periodo anterior a la Revolución Francesa, en forma de traducción realizada por el sacerdote jesuita J. J. M. Amiot. En las diversas traducciones se nombra ocasionalmente al autor como Sun Wu o Sun Tzu.

El núcleo de la filosofía de Sun Tzu sobre la guerra descansa en estos dos principios: Todo el Arte de la Guerra se basa en el engaño. El supremo Arte de la Guerra es someter al enemigo sin luchar.

No es, por tanto, un libro sobre la guerra; es una obra para comprender las raíces de un conflicto y buscar una solución. “la mejor victoria es vencer sin combatir”, nos dice Sun Tzu, “y ésa es la distinción entre el hombre prudente y el ignorante”.

Nicolás Maquiavelo, subordinando por primera vez la guerra a la política formuló la propuesta, en los “Discursos sobre la primera década de Tito Livio”, “si la guerra se somete a la política, tomará de forma natural su carácter y que, por tanto, si la política es grandiosa, la guerra lo será también y podrá alcanzar las cimas de las que adquiere”.

Clausewitz introduce el concepto de “Nación” en la formulación de Maquiavelo: “Cuanto más grandiosos y poderosos son los motivos de la guerra, más afectan a la existencia misma de la Nación, más violenta es la tensión que precede a la guerra y más se conforma la guerra a su forma abstracta”.

Lenin primero y Mao-Tse-Tung después, desde la visión izquierdista, llevarían más lejos la definición al establecer la enemistad en el terreno de las visiones del hombre y de la sociedad.

Cerca de los dilemas existenciales, de las oposiciones excluyentes (es él o yo, uno de las dos sobras en el mundo, un sistema no puede coexistir con otro) Las guerras tienden a ser de avallasamiento antes que de aniquilación: es decir, de condicionamiento de la voluntad oponente, no de eliminación de las condiciones de existencia de otra voluntad.

Para Clausewitz la guerra es una acción política, una continuidad de la política, la conducción es política, la estrategia es política, los militares solo se ocupan de las batallas, pero no deciden sobre las guerras, es la continuación de la política por otros medios.

Sin política, es decir, sin la capacidad de estructurar el conflicto, es imposible salir de la guerra, lo que explica por qué algunos países se encuentran hoy en un estado de guerra permanente, de allí la vigencia actual del pensamiento de este militar prusiano.

Expresa en el libro De la Guerra: “La guerra es, por lo tanto, no solo de carácter camaleónico, porque cambia su color en algún grado en cada caso particular, sino que también, en su conjunto, está en relación con las tendencias predominantes que hay en ella”.

En la contemporaneidad, algunos teóricos ven un oscurecimiento de la vigencia de Clausewitz porque no corresponden a una relación entre conflicto armado y política de Estado nacional, estrictamente.

Pero la política no debe ser considerada, sólo bajo su forma “real”; debe ser comprendida también bajo su forma “absoluta”, como el campo de los conflictos de intereses en sí, sean de la política nacional del Estado o de la política de partidos o grupos supranacionales.

Si se sigue a Clausewitz de cerca, se verá que siempre tiene presente el concepto “puro” de la política, lo mismo que el de la guerra y quedará claro que la política del Estado es solamente una de las formas que puede tomar la política “real”.

Los pensadores actuales están presentando doctrinas sobre la guerra en donde se plantea la evolución de la naturaleza, propósito y forma de conducir la guerra y, básicamente, se la categoriza en generaciones: la guerra de masas, el predominio del fuego, la guerra relámpago y la guerra del débil contra el fuerte.

Más recientemente doctrinarios chinos calificaron formas de guerras lineales y no lineales, donde el esfuerzo principal es la sublevación de la población con la influencia de los medios de comunicación, las fuerzas especiales y las operaciones cibernéticas, en tanto las fuerzas convencionales se reservan para finalizar el conflicto.

Esta nueva forma de hacer la guerra la aplicó Rusia en la Guerra de Georgia del 2006 y en la Guerra de Ucrania del 2012 con la posterior anexión de Crimea, que le dio a la Federación Rusa una salida al mar Mediterráneo.

Quien describe esta nueva doctrina bélica, bajo el título “El valor de la ciencia radica en la anticipación”, es el comandante en jefe de las Fuerzas Rusas general, Valery Gerasimov, en 2013, y se la conoce en Occidente como doctrina Gerasimov, aunque en realidad es una visión de la guerra del futuro.

En febrero de 2016, Gerasimov ha vuelto a hablar ante la Academia de Ciencias Militares (Rusia) sobre las características de las guerras contemporáneas, La caracterización que hace Gerasimov es muy similar a la que hacía en 2013.

La única novedad importante es su utilización de expresiones como “guerra híbrida” o “métodos híbridos”, ausentes hasta ahora del léxico militar (oficial) ruso.

Uno de los estudiosos de esta supuesta nueva forma de guerra híbrida es Frank Hoffman, antiguo oficial del Cuerpo de Marines estadounidense, al que algunos han llamado “el padrino intelectual de la guerra híbrida”

El adjetivo híbrido se ingresó en el lenguaje de los expertos en asuntos de defensa para calificar lo que muchos consideran como un nuevo tipo de conflicto, diferente tanto de la guerra tradicional o convencional como de la guerra irregular, y que, en líneas generales, sería la resultante del empleo simultáneo de ambas formas de lucha.

Hoffman utiliza diversos ejemplos históricos que representarían la evolución del conflicto asimétrico desde las guerras del Peloponeso, pasando por la guerra de la Independencia española, como ejemplo de la que denomina “guerra compuesta”, y finalmente llegando al conflicto árabe-israelí del año 2006 en El Líbano como paradigma del nuevo tipo de guerra.

Al menos uno de los adversarios recurre a una combinación de operaciones convencionales y guerra irregular mezclada esta última con acciones terroristas y conexiones con el crimen organizado.

En cualquier caso, Gerasimov entiende que la combinación de acciones tradicionales con lo que él llama “acciones híbridas” (es decir, la “guerra híbrida”, tal y como la entiende Hoffman) es una característica general de los conflictos armados contemporáneos.

Podemos añadir ahora que, en la práctica, Gerasimov llega casi a identificar “métodos híbridos” con “subversión”. De hecho, entiende que las “revoluciones de colores” de la denominada primavera árabe o similares, son magníficos ejemplos de acciones híbridas, la acción turca en Siria y Libia, también lo son.

Ninguno de los dos menciona las guerras moleculares, que son guerras civiles que estallan internamente sin necesidad aparente de ningún contagio extranjero y que tampoco parecen partir de una división de la sociedad en dos bandos.

Más se parecen a un asalto de actores no estatales contra un Estado ausente, bobo o fallido al que quieren reemplazar o, al menos, doblegar y someter, que algunos comparan con las revoluciones de colores (Siria).

Pero que no son lo mismo, es una guerra de todos contra todos, una guerra social, con una aparente naturaleza autista de los perpetradores e incapacidad de distinguir proyectos comunes y que pueden proceder la auto-destrucción de la nación misma.

Quizás debamos decir que este tipo de guerra, generalmente fraterna se propaga a una velocidad relativa y en función del nivel de deterioro del Estado Nación y de sus funciones.

Donde éste ha desaparecido, la violencia es total y muy extendida, mientras en los lugares en los que todavía hay un Estado disfuncional, la misma se manifiesta en forma espasmódica, aunque siempre creciente.

En este tipo de conflictos, guerra molecular, debemos incluir países como el mexicano, el colombiano, el brasileño y lamentablemente, el argentino, con serias dificultades para controlar determinados espacios internos, particularmente sus ciudades y cárceles, en manos de las organizaciones criminales del narcotráfico y con funcionarios y políticos proclives a un “buenismo” filosófico abolicionista de las leyes duras.

Finalmente, hay sociedades que, a pesar de disfrutar de un Estado fuerte, como es el caso de los EEUU, enfrentan violentas tensiones internas fundamentalmente raciales que esporádicamente se manifiestan en explosiones de violencia.

Este tipo de guerra aun cuando parece que practica una violencia que se ha liberado de la ideología, suele con el tiempo ser útil a intereses ajenos a la nacionalidad y terminan por mutar a enfrentamientos como se los describe en la guerra híbrida o en la doctrina Gerasimov, como en el actual medio oriente.

Esto hace evidente que la estrategia de la defensa en la Nación moderna requiere que, si los conflictos armados, con enfrentamientos sociales de diversa magnitud, en un mundo complejo, donde se mueven intereses de naciones, grupos económicos y difusos organismos supranacionales y donde la forma más frecuente de uso de la fuerza en los conflictos contemporáneos, se caracterizan por un amplio uso de los medios y procedimientos no específicamente militares, la organización de la defensa de una Nación, debe reflejar este hecho siendo multifacética y contemplando todas las hipótesis y tipos de conflicto que podrían plantearse.

En desconocimiento de los más elementales enfoques de guerra, conflicto y humanidad, de los políticos y un apego a un “pacifismo” irreal y desviado de la situación mundial deja en virtual estado de indefensión a las Naciones y hace que terminemos este artículo con las palabras de Helmuth von Moltke que completan a las de la introducción:

Sin la guerra el mundo se hundiría en el pantano del materialismo. Además, yo estoy completamente de acuerdo con los principios expuestos en el prefacio de que el progreso en la moralidad debe también reflejarse en el estremecimiento de la guerra. Pero yo voy más lejos y creo que es la guerra en sí misma y no en una codificación de la ley de la guerra, es lo que pudiera obtener este propósito.

* Jurista USAL con especialización en derecho internacional público y derecho penal. Politólogo y asesor. Docente universitario. Aviador, piloto de aviones y helicópteros. Estudioso de la estrategia global y conflictos. 

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