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LA ESTRATEGIA Y VON MOLTKE. LA FLEXIBILIDAD EN LA PLANIFICACIÓN ESTRATÉGICA.

Marcelo Javier de los Reyes*

Helmuth von Moltke

 

La planificación a largo plazo no es pensar en decisiones futuras,

sino en el futuro de las decisiones presente.

Peter Drucker (1909-2005)

El concepto de estrategia, si bien es propio del lenguaje militar, puede ser aplicado a diferentes ámbitos y nos permite evaluar entre un determinado número de alternativas cuál es la solución más conveniente y aplicable para los intereses nacionales. De forma más clara podría expresarse que la estrategia nos sugiere cómo llevar adelante determinados objetivos.

El vocablo estrategia proviene del griego y se origina en strategós στρατηγός— que traducimos por “general”. El diccionario la define como el arte de dirigir operaciones militares.

Es un término que en la actualidad ha sido muy aceptado por diferentes disciplinas y ha ocupado incluso espacio en la vida cotidiana: se habla así de estrategias de mercado, de estrategias publicitarias, de estrategia de vida, etc. Por ende la estrategia es una disciplina a la que tanto los militares, los políticos, los economistas, los profesionales de las ciencias sociales y de la ciencia política recurren para llevar a cabo sus respectivos objetivos y toman de ella la terminología necesaria para adaptarla a las diferentes ciencias o disciplinas.

La Estrategia Nacional no es una tarea restringida a los militares. Por el contrario, deben —o deberían— participar de ella los legisladores, los políticos y los hombres mejor preparados de una sociedad para delinear una planificación estratégica.

Ya Sun Zi ponderaba la importancia de la planificación:

Quienes son capaces de planear la victoria desde el templo, antes de empezar los combates, lo deben a sus completos y esmerados preparativos. Si presagian la derrota es porque aún no tienen planes ni preparativos adecuados y las condiciones para la victoria son insuficientes. Quienes planeen, se preparen por completo y cuenten con las condiciones adecuadas, podrán triunfar. Quienes no dispongan de planes y preparativos, o los tengan deficientes y condiciones insuficientes, sufrirán pérdidas. Aquí ya no es necesario hablar de aquellos que no hayan hecho planes, ni preparativos y no posean condición favorable alguna.

Cuando observo las cosas, basándome en estos cálculos, sé de quién será la derrota y quién el triunfador.[1]

Como bien expresa Edward Mead Earle en su famoso libro Creadores de la estrategia moderna,

La estrategia, por lo tanto, no es simplemente un concepto para tiempos de guerra, sino un elemento del arte de gobernar empleable en todo tiempo.[2]

La “gran estrategia” traza los objetivos nacionales en función de los recursos reales y potenciales de la Nación. Se sostiene sobre varios pilares: la diplomacia, el poder económico, la política y el poder militar, todos como instrumentos afinados para ejecutar una sinfonía: la estrategia.

Para ponerla en práctica la estrategia debe identificar actores, intereses —tanto propios como ajenos—, los obstáculos actuales o potenciales para el desarrollo de los objetivos. La estrategia constituye una habilidad o herramienta sumamente necesaria en materia de política exterior para que un Estado pueda imponer sus intereses en función de sus objetivos nacionales o saber cómo accionar ante estímulos externos.

Se le atribuye a Napoleón haber dicho: “Jamás he tenido un plan de operaciones”. Pero, ¿quién podría haberle creído? Una cuestión diferente es que el plan de operaciones pueda fallar en la práctica.

Como lo demuestra Edward Mead Earle, la estrategia se nutre también de la experiencia que la historia nos proporciona acerca de este arte. De ello se dio cuenta claramente Helmuth von Moltke (1800 – 1891) —apodado el viejo—, quien consideró que la historia podía favorecer de forma considerable a la estrategia, “siempre y cuando ésta fuera estudiada con el debido sentido de la perspectiva”[3]. En este sentido, fue un estudioso de la estrategia de Napoleón y de las ventajas que el francés había tenido en su empleo, pero también percibió que no lo habían protegido contra su derrota final. La batalla de Leipzig —16 al 19 de octubre de 1813—, precisamente, fue un serio revés para Napoleón.

Helmuth von Moltke, entonces, destacó que la historia no se identificaba con la estrategia:

La estrategia es un sistema de recursos ad hoc; es algo más que los conocimientos, es la aplicación de los conocimientos a la vida práctica, el desarrollo de una idea originaria adaptada a circunstancias continuamente cambiantes. Es el arte de la acción a ejecutarse bajo la presión de las condiciones más difíciles.[4]

La preparación de la estrategia insume mucho tiempo y esfuerzo pero como bien lo percibió von Moltke “nuestra voluntad no tardará en enfrentarse con la voluntad independiente del enemigo”[5]. De este modo, negó que la estrategia fuera una ciencia, lo que determinaba que los planes de operaciones eran relativos. De esta manera, von Moltke determinó que

Ningún plan de operaciones puede ser visto con alguna seguridad, más allá del primer encuentro con las fuerzas principales del enemigo.

En síntesis, concluyó que ningún plan sobrevive al primer contacto con el enemigo, lo que de ninguna manera implica que no debamos tener un plan o una estrategia. Lo que significa es que debemos estar preparados porque la realidad nos demostrará que la planificación puede —y seguramente será así— no resultar como la esperábamos. En este sentido, debemos tener en claro que el plan precisará ser monitoreado y ajustado en función de los contratiempos/inconvenientes/dificultades/problemas que puedan presentarse.

Entonces, el resultado táctico de ese primer enfrentamiento constituirá la base para nuevas decisiones estratégicas.

De este modo, puede afirmarse que “la estrategia de Moltke se caracterizó por su amplitud mental y por los cambios elásticos que llevaban de una disposición a otras”[6]. Helmuth von Moltke no instruía a sus subordinados con un plan minucioso sino que brindaba los lineamientos generales del plan y les daba libertad a sus comandantes, que eran quienes estaban en el terreno y quienes sabían cómo reaccionar en el escenario de batalla. Aquí también puede rescatarse otra enseñanza que es la de saber delegar responsabilidades en los líderes de nuestro equipo.

El pensamiento de von Moltke implica que no hay que apegarse estrictamente al plan, que por supuesto es importante, pero lo más relevante es alcanzar los objetivos, por lo que la planificación deberá ser ajustada en función de lograr los mismos. Por esa razón no debemos alarmarnos cuando la situación no responde exactamente a lo planificado y lo que debemos hacer, como todo buen navegante, es ajustar las velas y reconsiderar el rumbo para llegar a los objetivos.

Aferrarse a la planificación original puede llevarnos al fracaso de nuestros propósitos, tanto en el ámbito del Estado como en la actividad privada.

El escritor, autor de éxito de ventas, conferencista y consultor Veit Etzold, en su libro Strategie: Planen – erklären – umsetzen, afirma que el método Kaizen de Toyota tiene el espíritu de von Moltke y está en el slogan de la empresa, “Siempre Mejor”, porque esa es la mentalidad de la marca japonesa cuyo método se puede traducir por “mejora continua”, un método de gestión y optimización de procesos cuyo origen se remonta a los primeros años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial[7]. En verdad Kaizen —término compuesto por las palabras japonesas “Kai” y “Zen”, que hacen referencia a la acción del cambio y la mejora continua premia económicamente a los trabajadores de cualquier sector y, en la mayor parte de los casos, todo nace del conocimiento y la experiencia de los empleados. Ese conocimiento puesto en común se convierte en un generador de ideas. Kaizen puede definirse como un concepto filosófico que promueve la introducción contínua de mejoras que ahorren tiempo, material, etc., en la línea de producción. Este concepto fue implementado por varias empresas japonesas y básicamente apunta a escuchar a sus trabajadores y a animarlos a introducir novedades. Esa “mejora contínua” implica que la empresa sea mejor que ayer, pero peor que mañana.

Veit Etzold, del mismo modo, recuerda que el ex CEO de General Electric, Jack Welch (1935 – 2020) —considerado el CEO que convirtió a esa empresa en la más valiosa del mercado—, recordó el pensamiento de von Moltke en referencia a la puesta en ejecución del plan y destacó que con él el Estado Mayor de Prusia estableció solo los objetivos más amplios y puso énfasis en aprovechar las oportunidades imprevistas a medida que surgían. De ese modo, la estrategia no se constituía en un plan de acción largo, sino que “fue la evolución de una idea central a través de circunstancias continuamente cambiantes”[8].

Para tener en claro hacia dónde se quiere ir, debemos comenzar —en el marco de un equipo, tanto sea éste un equipo empresarial o de gobierno— por tener en claro “saber preguntar” e intercambiar preguntas y respuestas para optimizar los objetivos hacia los que queremos apuntar. Pero esto también requiere “saber escuchar” y respetar lo expresado por el otro. Esto está muy bien expresado por Licenciado en Economía y Doctor en Ciencias Económicas Alexis Codina[9]. Por tal motivo, la comunicación es esencial en el desarrollo y en la implementación de la estrategia, que no tendrá otro propósito fundamental que alcanzar los objetivos. Si no se establecen con suma claridad los objetivos, la estrategia de nada sirve. Lamentablemente, esto se advierte en el fracaso de muchas empresas y de muchos gobiernos.

Objetivos, comunicación, planificación estratégica, monitorización y corrección de la planificación —siguiendo a von Moltke— serán las claves del éxito en este mundo en el que impera la incertidumbre.

* Licenciado en Historia (UBA). Doctor en Relaciones Internacionales (AIU, Estados Unidos). Director de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG). Autor del libro “Inteligencia y Relaciones Internacionales. Un vínculo antiguo y su revalorización actual para la toma de decisiones”, Buenos Aires: Editorial Almaluz, 2019.

Referencias

[1] Sun Zi. El arte de la guerra. Beijing: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1996, p. 18.

[2] Edward Mead Earle. Creadores de la estrategia moderna (tomo I). Buenos Aires: Círculo Militar, 1968, p. 14.

[3] Ibídem, tomo II, p. 58.

[4] Ídem.

[5] Ibíd., p. 55.

[6] Ibíd., p. 67.

[7] Christian Benjumea. “Kaizen, el método que explica el «Siempre Mejor» de Toyota”. Conches.com (Madrid, España), 16/04/2018, <https://noticias.coches.com/noticias-motor/kaizen-toyota/289878>, [consulta: 29/07/2020].

[8] Veit Etzold. Strategie: Planen – erklären – umsetzen. Offenbach am Main: GABAL Verlag GmbH, 2018, p. 220.

[9] Alexis Codina. “Saber preguntar. ¿una herramienta gerencial?” DeGerencia.com, 17/12/2004, <https://degerencia.com/articulo/saber_preguntar_una_herramienta_gerencial/>, [consulta: 20/05/2007].

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VIDAS O ECONOMÍA. ¿ES ESA LA CUESTIÓN?

Elio Prieto González*

 

Imagen de zhugher en Pixabay

Para encontrar un grado de conmoción similar al que esta pandemia ha causado a escala global, es común hacer referencia a las guerras mundiales. La primera que terminó en el curso de la llamada Gripe española y la segunda en la que prácticamente no hubo una región del planeta que escapara a sus efectos.

Esta pandemia tiene muchos puntos de analogía con una guerra, pero es bien distinta porque la guerra como epidemia de traumas mata por decenas de millones y destruye los bienes materiales y el hábitat en muchas regiones, pero no en todo el planeta.

Pero, ahora, a diferencia de lo que ha ocurrido en las guerras mundiales, o guerras globales los efectos negativos sobre las economías se producen sobre prácticamente todas. Es un fenómeno que afecta la producción de bienes, el comercio, las industrias de servicios y el empleo, en absolutamente todo el mundo. Países productores de bienes de alto valor, otros con economías primarizadas. La parada ha sido general. Un ejemplo es la merma global de la industria turística que podría alcanzar hasta un 80% en el curso del presente año, según datos de la Organización Internacional del Turismo. 

Pandemia (cuarentena) o caída económica. No existe tal dilema

El daño a las economías al margen de las distintas posibilidades de recuperación, es global, es vertical y es profundo. En un documento del Banco Mundial, se lee que la economía puede caer un 5.2% en 2020, siendo el mayor descenso desde la II GM. El número de economías en las que el PBI per cápita ha descendido no es tan grande desde 1870[1]. Los pronósticos para América Latina son devastadores en especial por el crecimiento de la pobreza.

La economía está siendo afectada, pero ¿alguien puede afirmar que con decenas de miles de muertes no ocurrirá lo mismo? En tal caso la indignación de los que consideran la cuarentena dictatorial podría ser sustituida por el pánico. Porque en los procesos autorregulados, no hay otra lógica que la de la teoría de probabilidades y es sabido que no hay probabilidades hacia atrás. Una vez tomado un camino, corregir el rumbo se hace más difícil. Las vidas no pueden reponerse, la economía sí.

Las propuestas y demandas económicas deben ser atendidas, porque son perentorias, pero deben serlo en la medida en que la situación lo permita y es lo que está ocurriendo, a mi entender. Los equipos de trabajo a diferentes niveles desarrollan un monitoreo permanente, para poder informarse de lo que ocurre en los territorios, aportar la información y responder con decisiones políticas con base científica. Esto a veces implica marchas y contramarchas. Requiere ajustarse a los cambios de situación en el país y a las evidencias obtenidas sobre las peculiaridades de esta enfermedad, en una de las mayores carreras por la información científica que puedan recordarse.

En países como China, Corea del Sur y Nueva Zelanda entre otros, ha sido necesario retroceder hacia la cuarentena por rebrotes de la enfermedad. La cinética de los contagios, la dinámica de los aerosoles, la carga viral, la respuesta inmune, son algunas de las variables de este enorme rompecabezas y la conducta humana, no es la menos impredecible.

Nuevos tratamientos se prueban, se aceptan o desechan a un ritmo que es más lento que lo que la urgencia reclama. Las vías de contagio son discutidas y reanalizadas, trascienden los probables mecanismos por los que el virus mata. El público se enfrenta a modos de pensar la realidad que solamente han sido familiares para los que se dedican a la investigación científica. La necesidad de verificar, de confirmar y volver a hacerlo para poder afirmar que un medicamento cura. Eso genera una gran tensión. Las consecuencias en este mundo interconectado y vibrante de desinformación, no habilitan los pronósticos tranquilizadores a plazo fijo y si la incertidumbre.

La pobreza aumenta y la vulnerabilidad al contagio se dispara por las dificultades para mantener el aislamiento social cuando las personas salen a buscar o realizar algún trabajo.

En respuesta a esto, las acciones para disminuir el ritmo de propagación, incorporan dentro de paquetes de medidas, la ayuda económica y alimentaria, tal como ocurre en la Argentina. Cierto es que no a todos puede llegar y que no es un sistema perfecto. No existe tal, pero los resultados de una política orientada a la disminución del número de contagios han sido evidentes. La cuarentena ha logrado que el incremento de casos diarios se mantuviera por semanas en límites aceptables para la capacidad de atención del sistema de salud, que por otra parte, ha experimentado una expansión notable en poco tiempo. El curso de las acciones de la dirigencia, gobierno y buena parte de la oposición ha sido correcto. Ha logrado achatar la curva, lo que significa que se ha ganado tiempo y ahorrado vidas humanas. En la Argentina han ocurrido 31,7 muertes por millón de habitantes. Brasil y Chile se sitúan por encima de 200. El lenguaje de los dirigentes políticos, en esos países, así como el de economistas y comunicadores que les siguen, parece anclado en una visión de los procesos socioeconómicos que se piensan casi como fenómenos naturales. En este discurso se alega que habrá más muertos por el hambre que por la virosis y la actividad económica se propone como enajenada de la vida.

La falsedad de este discurso, es evidente, porque no se toman en cuenta las acciones del Estado tendientes a mitigar los efectos económicos. En muchos medios locales se pretende ignorar que organismos internacionales y medios de prensa de alcance global, mencionan a la Argentina como uno de los países que mejor está gestionando las crisis. Un ejemplo, la OPS ha declarado que la cooperación con Argentina ha permitido que “el país se mantenga por delante de la curva en su capacidad de prueba para rastrear efectivamente la transmisión y tomar medidas”. Hace unos días el New York Times publicó una columna en la que se afirma que “Uruguay, Paraguay y Argentina son los países latinoamericanos que obtuvieron las mejores calificaciones por su respuesta al coronavirus, según una encuesta realizada en la región…, mientras que Brasil fue etiquetado como el de peor desempeño”. Una difusión equilibrada de los errores y aciertos es imprescindible para el ejercicio de la democracia.

Es una función de los gobiernos defender a sus pueblos. La eficacia de las medidas es variable y necesariamente debe ser mejorable. Pero el panorama hay que mostrarlo en la mayor extensión posible. La realidad indica lo contrario, el manejo mediático es hipercrítico y en este juego los perdedores son los que al oponerse en bloque a lo que propone el gobierno, puesto en el rol de villano antidemocrático, se protegen menos, aumentan sus riesgos y el de las personas con quienes se relacionan. El sesgo informativo es muy peligroso para la vida en la pandemia.

Estamos mejor que otros, pero las situaciones pueden cambiar

En la Argentina no se ha erradicado el virus, no puede lograrse en este lapso y sólo se puede con el aislamiento. Abandonarlo antes de tiempo puede disparar el número de casos y de muertes. Escuché a un manifestante increpar al gobierno porque está esperando que aparezca la cura o la vacuna. En el inventario de teorías, algo nuevo. Se critica al gobierno por hacer lo único que se debe hacer. Esperar todo lo que se pueda soportar con la menor cantidad de muertes.

Entre todos los científicos que opinan sobre la efectividad de las medidas de aislamiento, son seleccionados para ser entrevistados los que están en contra de las cuarentenas, se enfatiza en la parte de sus discursos en los que dicen, pongamos por caso, que al final se sabrá si los resultados serán mejores entre los países que la adoptaron temprano o aquellos que optaron por continuar “apostando a la economía”. La selección de los países a mencionar excluye a los que lograron disminuir las muertes, si se mencionan Alemania, Noruega o Nueva Zelanda es como de pasada. Porque muchos medios relativizan los criterios del éxito del aislamiento. El número de muertes, “no incluye la multi dimensionalidad de los daños producidos por la pandemia”, “ese número no es lo único que hay que evaluar” proponen algún epidemiólogo y muchos economistas convenientemente citados.

Nadie pretende que sea este indicador, el único. Pero nadie debería discutir que es el indicador de éxito más importante. Lo asombroso es que en muchos comentarios de las “redes de arrastre” sociales, muchos que no se autoperciben como desechables, adoptan ese punto de vista.

Las muertes son aceptables. Porque hay que activar la economía. Las medias verdades anulan la relación entre las medidas de reconexión económica y las consecuencias en el número de contagios. No se habla de la marcha atrás. Se privilegia la idea de la nueva normalidad, de la vuelta al tiempo pre pandemia. Los deseos se asimilan a los hechos. Se insiste en aquellos lugares que abrieron cafés y paseos. Detrás de estas aldeas potemkinianas virtuales, hay fotos que se eluden y estadísticas que muestran el resultado fatal de ciertas prisas. En la dinámica de lo posible y lo deseable, empujar en función de lo último es lícito. Educar al público, para sostener la posibilidad de estas aperturas es imperativo. Informar los resultados de las marchas y contramarchas es ético. 

Abrir los cafés y correr es hermoso, pero ¿cuándo?

Ocurre que se pretende disminuir los controles, al punto de que el aislamiento social no constituya un impedimento para la deseada reactivación de la economía. En una situación como la que se ha vivido en regiones con altísimo desarrollo, lo que puede esperarse es la explosión de contagios y de muertes, por el virus y por otras afecciones que serían intratables. La economía no podría recuperarse así. No ha ocurrido en los países donde el golpe de hoz de la pandemia ha sesgado no solo vidas sino, productores y consumidores. Bajo este criterio las sociedades deberían esperar la destrucción de parte de su base funcional y de sectores de la población (en especial los mayores improductivos y menos consumidores) en un rebrote del darwinismo social.

Solo aquellas personas que puedan retirarse de las zonas de alta circulación viral estarían a reguardo en alguna medida. Sin embargo con la propagación del virus y la aparición de olas sucesivas de contagios. ¿Cuántos de los no protegidos deberán morir antes de que la enfermedad se auto limite por el agotamiento de los susceptibles?

En nuestro país, aumenta el número de casos y de muertes en la capital y el Conurbano. Paradójicamente es en este momento en que se agudiza la oposición a la única medida de contención comprobada. Hay reclamos que surgen de la necesidad, los que buscan adaptar los protocolos para trabajar e incorporar actividades que se presumen pueden controlarse mejor. Otros son inconducentes y politizan la cuarentena. Para los primeros hay respuestas, pero las demandas crecen y requieren más, no todos resultan satisfechos y no todos pueden serlo, ni al mismo tiempo.

Terminar la cuarentena antes de tiempo es igual a no haberla tenido

Si planteáramos dos escenarios contrapuestos. En el primero se levanta la cuarentena, se abren los negocios y las fábricas, se libera el transporte en la zona del AMBA, donde es mayor la velocidad de contagios y el número de casos. Por otro lado, a los que no creen, en la pandemia, se les exime de la obligación de distanciarse y usar barbijos.

La consecuencia que debe esperarse es el aumento de los casos, algo que ya ocurrió después de una relajación leve del rigor del aislamiento.

La severidad de las medidas deberá corresponder a la severidad de la pandemia, porque al menguar el control, la tendencia alcista debe resultar en mayor ocupación de camas en salas generales y de terapia intensiva, el aumento de la cifra de prestadores sanitarios enfermos y muertos, como se ha visto en Europa y EU. Esto desemboca en la reducción de la capacidad del sistema de salud para tratar los enfermos de Covid y los de otras afecciones, como las respiratorias que siempre son más frecuentes en invierno. Los cánceres, infartos, úlceras sangrantes, cirrosis descompensadas y traumas no podrían ser tratados.

La inmunidad de rebaño es un camino abandonado para esta etapa de la pandemia. Los casos más llamativos son los de Inglaterra y Suecia donde ha sido considerado un error por quienes lo recomendaron. La proporción de aproximadamente 60% de infectados, que se considera necesaria para alcanzarla, sólo en la región del AMBA implicaría 8,8 millones contagios. A partir de una población de 14,8 millones de habitantes (www.buenosaires.gob.ar ›gobierno›que-es-amba). Si consideramos una conservadora tasa de letalidad general, entre 0.5 y 1%[2].  Los muertos probables hasta que, (en caso de alcanzarse) la inmunidad de rebaño pudiera frenar la propagación, podrían ser entre 44.400 y 88.800.

La única certeza continua siendo el aislamiento, alternado con el distanciamiento, cuantas veces sea necesario, hasta el momento en el que se logre una terapia eficaz, o una vacuna. La economía quedara muy dañada en los dos casos. Es un hecho. Los que optaron por la economía, no lograron rescatarla. La diferencia objetiva está en el número de muertes.

Hasta mediados de julio se ha vuelto a un aislamiento más severo. Según palabras del ministro Ginés Gonzalez García “Hemos vuelto a tener la responsabilidad que tuvimos. Mucho más que una medida del Gobierno, es una medida de la sociedad para proteger”.

El virus no va a desaparecer. Pero los tratamientos van a mejorar, ya está ocurriendo. Es cierto que la economía se resiente. Es cierto que hay que actuar para que aquellas regiones donde se pueda reabrir se continúen haciéndolo, mientras que en las que no sea posible, hay que ayudar para que las necesidades sean satisfechas. Es una situación excepcional, requiere una mentalidad y acciones inéditas. Puede parecer ingenuo, pero no hay otra salida.

Las oposiciones  a la cuarentena, al barbijo, al distanciamiento…, las conspiraciones

Existe una oposición a las medidas anti contagio que cuando se expresa muchas veces, muestra su origen absurdo. Descansa en una ignorancia que asombra cuando no molesta. Hay reclamos egoístas, dónde se trastocan las escalas y es lo mismo correr que mantener una familia. Hay protestantes del llano y hay irresponsables que no pueden explicar la raíz de su disgusto porque disfrazan de oposición a las medidas del gobierno la oposición al gobierno.

En ese grupo heterogéneo hay quienes se oponen a las cuarentenas, a las vacunas, a flexibilizar, a no flexibilizar, a las radiaciones, al nuevo orden mundial y a cuánto monstruo esté dando vueltas en las redes. Es bueno para la salud pública que la comunicación sea responsable. Los formadores de opinión, deben serlo, porque las interpretaciones erróneas y los bulos, inducen a conductas nocivas para el conjunto de la sociedad. .

Sin pretensiones de psicoanálisis pareciera que junto a las motivaciones políticas, de algunos anti cuarentena, existe la tentación de buscar certezas fabricando enemigos visibles, sobre todo porque los virus para muchas personas son solo una palabra con un significado simbólico, pero no saben en realidad que son.

Aceptar que un virus ha detenido el mundo, es más difícil que enfrentar una cantidad infinita de enemigos creados al efecto de poner en la otra esquina un contrincante merecido. Digamos uno a la altura. Pareciera que este enemigo no puede ser un virus, que no es más que una molécula de ácido nucleico con unos pocos bits de información, encapsulada dentro de otras y que ni siquiera está viva, aunque se reproduzca en nuestras células.

* El autor es médico genetista. Investigador en Genética Toxicológica y profesor universitario.

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Referencias

[1] Banco Mundial. Coronavirus: La respuesta del Grupo Banco Mundial ante la emergencia mundial de hacer frente a la pandemia. https://www.bancomundial.org/es/news/press-release/2020/06/08/covid-19-to-plunge-global-economy-into-worst-recession-since-world-war-ii

[2] Nature News. Smriti Mallapaty. How deadly is the coronavirus? Scientist are close to an answer. https://www.nature.com/articles/d41586-020-01738-2

 

LA INTELIGENCIA SANITARIA. UNA INTELIGENCIA SECTORIAL DE LA INTELIGENCIA ESTRATÉGICA.

Marcelo Javier de los Reyes*

Introducción

La actividad de inteligencia debe desarrollarse para anticipar las amenazas, para la adecuada toma de decisiones para la prevención y la resolución de conflictos que pudieran derivar en crisis.

Por su parte, la Inteligencia Estratégica requiere de información de diversas fuentes y su producto contribuirá a la Planificación Estratégica Nacional, la que tiene por propósito el largo plazo, vinculando la información de todas las áreas de inteligencia interior y de inteligencia exterior, así como las provenientes de otras áreas sectoriales de la inteligencia, con el objetivo de poner en manos del gobierno los elementos fundamentales para la toma de decisiones.

Entre esas inteligencias sectoriales que nutren a la Inteligencia Estratégica deben mencionarse la Inteligencia Estratégica Militar, la Inteligencia Criminal y la Inteligencia Competitiva. La Inteligencia Médica se halla dentro de la Inteligencia Militar pero a los efectos de optimizar la Planificación Estratégica —y como consecuencia de la pandemia de coronavirus que se ha expandido por el planeta— la Inteligencia Sanitaria debería ser considerada como parte esencial de la Inteligencia Estratégica.

La Inteligencia Médica

Jonathan D. Clemente, en su artículo Medical Intelligence nos dice que “la intersección de la medicina, la inteligencia y la seguridad nacional data de los primeros días de la Segunda Guerra Mundial”[1].

Ante la inminencia de la guerra, los oficiales médicos estadounidenses de la Subdivisión Quirúrgica de Medicina Preventiva General del Ejército (Army Surgeon General’s Preventive Medicine Subdivision) debieron abocarse a escribir sobre salud pública en los territorios ocupados para su inclusión en un manual de campo del ejército[2]. Estos oficiales también debieron realizar encuestas sanitarias en las bases militares en Terranova, América Central y del Sur y en las Antillas, pues se consideraban esenciales para la defensa del hemisferio occidental[3].

En junio de 1941 el Ejército de los Estados Unidos estableció una “Inteligencia Médica” separada de la mencionada Subdivisión[4], si bien cuando los Estados Unidos ingresaron a la guerra, en diciembre de 1941, la Inteligencia Médica aún no estaba preparada para realizar eficazmente su labor. Era importante contar con una extensa lista de las principales enfermedades que podían aquejar a los militares así como de aquellas de menor importancia que podían afectar a las tropas y, en segundo lugar, a la población civil.

Este fue el origen del National Center for Medical Intelligence (NCMI), un componente de la Defense Intelligence Agency (DIA).

La Segunda Guerra Mundial fue la primera guerra en la historia de los Estados Unidos, en la que el número de los heridos en combate superó a los de aquellos con enfermedades y lesiones contraídas fuera del campo de batalla[5].

La evolución de la guerra fue incrementando el desarrollo de la Inteligencia Médica y la captura de un equipo médico enemigo y sus drogas se constituían en una fuente de información valiosa. Así fue como la antecesora de la CIA, la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) fue recabando información sobre los planes militares del adversario, sus capacidades para desarrollar una guerra biológica así como los propios conocimientos en medicina del enemigo. En verdad, la separación de las líneas de defensa entre los adversarios no significaba un obstáculo para la propagación de las enfermedades, entre las que se pueden mencionar el tifus y las ocasionadas por el piojo[6].

Creada la CIA, ya en 1947 comenzó a producir informes de inteligencia médica focalizados en el bloque comunista y durante la guerra de Corea (1950-1953), la comunidad de inteligencia reestructuró sus actividades dedicadas a la inteligencia científica y técnica para delimitar responsabilidades y evitar duplicaciones innecesarias.

La Inteligencia Médica se ha desarrollado, entonces, en el marco de la Inteligencia Militar y no es de interés de este artículo considerar sus vaivenes históricos sino ponderarla en función de las actuales circunstancias en las que la humanidad se encuentra enfrentando la pandemia de coronavirus que ha condenado a buena parte de la población, según las modalidades implementadas por cada país, a la supresión total o parcial, por tiempo no siempre determinado, de actividades sociales, laborales, etc.

Esa unidad de Inteligencia del Ejército —que examina enormes volúmenes de información en busca de pistas sobre acontecimientos globales de salud, ubicada en la base de Fort Derrick, en Frederick, Maryland— fue la que a finales de febrero hizo sonar la alarma mientras el presidente Donald Trump exhortaba a los estadounidenses a no atemorizarse por el nuevo coronavirus. Los miembros de esa unidad, profesionales de inteligencia, ciencia y medicina, son quienes monitorean y siguen las amenazas globales de salud que pudieran poner en peligro a los estadounidenses[7].

El 25 de febrero —quince días antes que la Organización Mundial de Salud definiera al brote como una pandemia global—, cuando aún había pocos casos en Estados Unidos, la unidad de Inteligencia Médica elevó su nivel de alerta, considerando que el coronavirus podía convertirse en una pandemia en 30 días[8]. Por su parte, el presidente Trump tuiteaba desde Nueva Delhi que “El coronavirus está bajo control en Estados Unidos”.

La unidad, generalmente, envía sus apreciaciones a las autoridades de Defensa y de Salud pero se desconoce si el presidente u otros funcionarios del gobierno tomaron conocimiento de las mismas[9]. Para elaborar sus consideraciones se nutre tanto de fuentes públicas (Open Source Information Intelligence, OSINT) como de fuentes cerradas. De este modo, la Inteligencia Médica procede a procesar la información médica, biocientífica, epidemiológica, ambiental, relacionadas tanto con la salud humana como con la salud animal, con énfasis en la actividad militar.

La Inteligencia Sanitaria

Una Inteligencia Médica, confinada a una estructura militar para realizar inteligencia sobre enfermedades infecciosas o traumas derivados de la guerra parecería que hoy, ante los numerosos desafíos que afectan al mundo, resulta insuficiente; aunque en realidad ya lo era si se tiene en cuenta la amenaza de las armas biológicas y que las guerras no se libran en campos sino que son principalmente urbanas.

Sus funciones deberían ser ampliadas para convertirse en una inteligencia sectorial que suministre información a la Inteligencia Estratégica. La Inteligencia Sanitaria, como toda inteligencia, recoge información, la evalúa y procede a elaborar informes que permitan tomar decisiones con el objetivo de optimizar la salud de los pacientes y de la sociedad.

Dados los mencionados desafíos, la Inteligencia Sanitaria debe poner la mira en numerosos retos que afectan a las sociedades actuales y trabajar conformando un equipo multidisciplinario de profesionales.

Cabe aquí considerar algunos de esos retos: con motivo de la disolución de la Unión Soviética y de la expansión de la globalización sobre sus espacios, a partir de la década de 1990 se incrementaron las migraciones, lo que llevó consigo una creciente preocupación respecto de la propagación de enfermedades infecciosas, de enfermedades que hasta ese momento eran endémicas. La actual pandemia de COVID-19 ha demostrado cómo, debido a la interconexión global, una enfermedad se puede propagar con rapidez, ocasionando una saturación de los servicios de salud, provocando serias dificultades tanto para los estados afectados como para las empresas de transporte y las sociedades en general.

El cambio climático y la interconexión mundial también han provocado la migración de los agentes portadores de enfermedades. Así por ejemplo, puede mencionarse que en Nueva York, en el verano de 1999, se detectó por primera vez el virus del Nilo Occidental —que es transmitido por un mosquito—, enfermedad identificada en Uganda en 1937. Desde ese verano, la enfermedad se ha propagado a lo largo de los Estados Unidos.

En 2016, también en Nueva York, se ha documentado el primer caso de transmisión sexual de mujer a hombre del virus de Zika, lo cual aumenta las posibilidades de que la enfermedad pueda extenderse mucho más allá de los países en los que ya es endémica y donde los mosquitos son la fuente de contagio más importante[10].

En resumen, la propagación de las enfermedades infecciosas se ha facilitado por una mayor resistencia de los organismos a los medicamentos, por la degradación ambiental, por una infraestructura de salud insuficiente en áreas en desarrollo y por la mayor facilidad de los viajes internacionales.

La actual situación de la pandemia de coronavirus, como los ataques con ántrax en septiembre de 2001, también han despertado las sospechas de que estas enfermedades pueden ser producto de creaciones de laboratorios, con lo cual deben ser objeto de análisis más minuciosos de la inteligencia.

En este sentido, un ejemplo y un avance lo constituye, en el ámbito agropecuario, la definición de las bases del sistema de inteligencia sanitaria y fitosanitaria conjunta por parte de Argentina y Chile[11]. En función de ello, representantes del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) y del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) de Chile se reunieron en junio de 2019 en Mendoza, Argentina, a los efectos de definir conceptos y objetivos, así como también de identificar herramientas y trazar líneas de trabajo iniciales. El propósito es optimizar “la vigilancia fitosanitaria a través del desarrollo de tecnologías, la elaboración de reportes sobre amenazas internacionales y la generación de modelos epidemiológicos para plagas de interés”[12]. Las autoridades intervinientes del encuentro manifestaron que estas definiciones son esenciales “para contar con un sistema que permita alertar sobre las amenazas fitosanitarias, priorizarlas para su atención y brindar alternativas para su abordaje”, es decir que son fundamentales para la toma de decisiones[13].

Como los alcances de una Inteligencia Sanitaria como la que se propone son amplios, en el sentido de salvaguardar la salud pública tanto de una región como del territorio nacional, deberían incluirse cuestiones de fundamental importancia como el acceso al agua o una educación sanitaria que les permita a los ciudadanos adquirir conocimientos, aptitudes e información acerca de opciones saludables. Del mismo modo, que contemple qué elementos debe producir el país para estar preparado ante situaciones dramáticas pero previsibles. 

Algunas consideraciones finales

Quizás la Inteligencia Sanitaria podría ser considerada como excesiva pero debe verse como una inversión necesaria para evitar costos mayores. La pandemia de coronavirus ha expuesto la insuficiencia de los servicios de salud en numerosos países y la falta de producción de elementos imprescindibles para la protección no solo del personal de la salud sino también de la población en general. Eso ha llevado a compras de elementos que, en numerosos casos, no respondieron a las necesidades sanitarias, ocasionando un dispendio innecesario de recursos.

La pandemia ha demostrado que puede hacer estragos en determinados sectores de la población con mayor virulencia: las personas mayores y los pobres. Una de las recomendaciones es lavarse las manos, pero en muchas zonas las personas carecen de acceso al agua. ¿Servirá esta triste experiencia para que los tomadores de decisión asuman qué significa “inversión” en estos casos? Porque las enfermedades, los lisiados y las muertes implican un costo para el Estado. Esto bien vale para aquellos que están involucrados en el debate “economía o vida”.

Es en estos casos en que se debe aprender de las experiencias y cambiar el rumbo. Nuevamente el costo de la prevención puede resultar menor que el de intentar dar soluciones cuando ya es tarde. Precisamente, la Inteligencia trabaja en la prevención, en la anticipación de los problemas o de las crisis y para reducir la incertidumbre.

Dicho esto y a partir de esta coyuntura, entonces, se hace necesario repensar en que es necesario desarrollar una Inteligencia Sanitaria abarcativa. Sólo se precisa de un equipo reducido de personal multidisciplinario, que participe de una comunidad ampliada de Inteligencia que se vincule con numerosas oficinas gubernamentales (municipales, provinciales y nacionales), con empresas privadas como así también con asociaciones científicas.

La información recabada a partir de esa comunidad coadyuvaría en la Planificación Estratégica regional y nacional, es decir, en la adopción de una correcta política sanitaria y en la toma de decisiones —el curso de acción a seguir— ante situaciones de emergencia.

Se trata de ponderar lo que se denomina el capital humano de la Nación, recurso tan importante como los naturales.

Por todo lo expresado, la Inteligencia Sanitaria debería sumarse a las otras inteligencias sectoriales que nutren a la Inteligencia Estratégica para favorecer y aportar a la toma de decisiones políticas. 

 

* Licenciado en Historia egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (1991). Doctor en Relaciones Internacionales, School of Social and Human Studies, AIU, Estados Unidos. Director de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG). Autor del libro “Inteligencia y Relaciones Internacionales. Un vínculo antiguo y su revalorización actual para la toma de decisiones”, Buenos Aires, Editorial Almaluz, 2019.

Referencias

[1] Jonathan D. Clemente. “Medical Intelligence”. The Intelligencer Journal of U.S. Intelligence Studies, volumen 20, number 2, Fall/Winter 2013, Association of Former Intelligence Officers (AFIO), [consulta: 13/08/2015].

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] “EEUU: Unidad de inteligencia médica advirtió de coronavirus”. Infobae, 17/04/2020, <https://www.infobae.com/america/agencias/2020/04/17/eeuu-unidad-de-inteligencia-medica-advirtio-de-coronavirus/>. [consulta: 20/04/2020].

[8] Ídem.

[9] Ídem.

[10] Marc Santora. “Twist in Zika Outbreak: New York Case Shows Women Can Spread It to Men”. The New York Times, 15/07/2016,<https://www.nytimes.com/2016/07/16/nyregion/zika-virus-female-to-male-sexual-transmission.html>, [consulta: 12/06/2020].

[11] “Agropecuario. Argentina y Chile definen las bases de sistemas de inteligencia sanitaria conjunta”. Grupo de Noticias La Provincia, 25/06/2019, <https://www.grupolaprovincia.com/agropecuario/argentina-y-chile-definen-las-bases-de-sistemas-de-inteligencia-sanitaria-conjunta-315871>, [consulta: 22/06/2020].

[12] Ídem.

[13] Ídem.

 

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