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LO REAL ES BIOPOLÍTICO, Y EL FALSO DILEMA ENTRE ABRAZAR LA PESTE O NEGAR EL PODER

Juan José Borrell*

Fuente: Imperial College London, <https://www.imperial.ac.uk/>.

Hay “un fantasma” que recorre el mundo, y no pareciera ser el espectro del capitalismo. Mientras que los enfermos por el virus COVID-19 continúan aumentando en todo el planeta, avanza también algo, una “cosa” que ha adquirido entidad, configurándose en una fantasía real. Han denominado ese algo —de manera superficial— a partir del soporte microbiológico y por su nebulosa espacialidad: “pandemia de coronavirus”. Pero la dimensión microfísica, no visible de la cosa, apenas cuantificable por el número de infectados y muertos —de nuevo superficialmente—, opaca la sustancia de eso real.

La sustancia de ese algo, que como arriba menciono no es sinónimo del virus observable con microscopio, viene vorazmente alimentándose no sólo de vidas humanas sino que también de toda suerte de especulación, imaginario y construcción discursiva. Ha logrado captar la atención mundial y está hoy en el epicentro de los asuntos internacionales. Algunos formulan analogías con la peste negra que asoló Europa en el siglo XIV, mientras que otros refieren a un arma biológica plantada intencionalmente por potencias de la OTAN en China (incluso diplomáticos del gigante asiático así lo infirieron). Varios señalan laboratorios secretos y la agenda de una élite eugenésica para reducir la población mundial más vulnerable. Para unos pocos no es más que pura paranoia y los índices son apenas los de una gripe común.

Lo cierto es que por la naturaleza no perceptible de la cosa —sino que a través de los efectos letales en el cuerpo humano— su ubicuidad mundial y sorpresivo ataque, ha llevado a que algunos refieran a un “enemigo invisible”. Una suerte de caballo de Troya nanométrico que subrepticiamente vulnera el factor de poder más importante de una nación: su población. Aunque esto en sí mismo no es evidencia de que estemos frente a un arma biológica, en cierto modo se ajusta a lo que anunciaban estrategas de décadas atrás sobre la evolución de las generaciones de la guerra hacia formas asimétricas e irrestrictas. De ser la situación, ¿qué tipo de conflicto se estaría librando y quién sería el enemigo? Ese algo que nos ataca: ¿es el autor de la agresión o apenas el instrumento? Existen antecedentes de elevar al rango de amenaza y atribuirle carácter ontológico a un proceso o fenómeno singular, es decir confundir el medio y tomarlo como la entidad agresora. Desde el anuncio del fin de la Historia e inicio de la era globalista pos-nacional, lo amenazante se presenta en tanto universal.

El mismo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica (EEUU), Donald Trump, refirió días atrás que esto «es una guerra»[1]. Canceló todos los vuelos desde y hacia China, y cerró parcialmente sus fronteras con México y Canadá. También el presidente Emmanuel Macron, haciéndose eco del análisis del Director General de Salud durante la crisis del SARS, William Dab[2], anunció el lunes 15 de marzo que la situación es tal «como un estado de guerra». Por lo que Francia, uno de los pilares de la Unión Europea, cerró unilateralmente sus fronteras nacionales. Otros países del espacio Schengen como Italia y España con elevados niveles de contagio habían cerrado ya sus fronteras y prohibido la circulación interna de personas con una estricta cuarentena. Bruselas como furgón de cola anunció la restricción de ingresos innecesarios al espacio de la Unión, y Rusia cerró también sus fronteras.

A principios de marzo, Foreign Affairs afirmaba ya que «la pandemia es una amenaza para la seguridad nacional»[3]. Por su parte el Centre for Global Infectious Disease Analysis del Imperial College London, ponderaba unas semanas después en un reporte que la «actual amenaza para la salud pública» a causa del Covid-19 representa la más seria desde la pandemia de gripe del año 1918 (H1N1) mal llamada “gripe española”, la cual llevó a la muerte en sólo un año entre 20 y 40 millones de personas[4]. La prognosis proyectada del ritmo de contagios para el próximo trimestre (en el hipotético caso de ausencia total de medidas gubernamentales de mitigación), alcanzaría a más del 80% de la población del Reino Unido y EEUU con un escenario de víctimas fatales de más de medio millón y de 2 millones de personas respectivamente. De aquí la recomendación de los especialistas de que es vital toda acción para ralentizar la curva de contagio, lo cual implica medidas de aislamiento durante casi un año y eventualmente la inoculación masiva de alguna vacuna que llegue a aparecer.

Al ritmo de los medios masivos de comunicación preanunciando la inminencia de la amenaza global y recomendando distancia social, en las grandes urbes las personas se amontonaban en supermercados para compras compulsivas de alimentos e insumos de higiene. La singular reacción de miles de estadounidenses pareciera indicar que la guerra que se avecina sería de tipo civil: la venta de armas y municiones fue récord en cuestión de días[5]. Curiosa forma de prepararse para el día después del desembarco del monstruo, seguramente influenciada por años de bombardeo de películas apocalípticas con ciudades saqueadas, falta de suministros, estado colapsado, zombis correteando y el regreso a un estado de naturaleza pre-hobbesiano. En aquel caso, el conciudadano es el posible enemigo que se teme, más que al propio virus.

Al momento, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) el número confirmado de personas contagiadas supera ya las 230.000 en más de 170 países y territorios, y los decesos ronda la cifra de 10.000 (y contando)[6]. Varios epidemiólogos de centros universitarios consideran que el número de infectados y muertos es significativamente mayor[7], ya que en algunos países no existen centros especializados para analizar las muestras de todo su territorio o bien hay numerosos casos de contagio que no se han tomado muestras.

Así y todo, no es posible predecir el número final de infectados y muertos que tendrá el virus, menos las pérdidas económicas a escala mundial. Pero lo que resulta evidente a primera vista es que a medida que avanza globalmente ese “algo” amenazante, paradójicamente las fuerzas que impulsan el globalismo parecieran retraerse. El sistema financiero mundial se derrumba como un castillo de naipes poniendo en evidencia que su soberbia riqueza posee escasa sustancia material. Precios inflados de commodities, cotizaciones en bolsas, acciones, ventas a futuro, bonos, swaps, intereses de intereses… toda una espuma evanescente a medida que avanza “eso”. Tras su paso, ¿modificará los circuitos financieros de forma definitiva o la sacudida sería insuficiente para lograrlo? Mientras tanto, la tendencia de adquirir grandes empresas y bienes estratégicos a precio de ganga, ¿llevará a un mundo más multipolar o a la definitiva hegemonía de una única superpotencia mundial?

Otros pilares también del globalismo como los organismos internacionales demuestran nuevamente su inutilidad para hacer frente a crisis extraordinarias: las mismas OMS y FAO tipifican de pandemia (no infecciosa) a la obesidad, cuando la cantidad de niños menores de 5 años con retraso del crecimiento y emaciación por hambre supera los 200 millones en el mundo. Verdaderos muertos en vida que no movilizan ninguna alarma planetaria.

Por lo pronto la tendencia mundial es hacia una reafirmación del Estado en la toma de decisión. Declarar el estado de excepción o emergencia ha suspendido hasta el discurso de la libertad y fraternidad universal. De aquí que varios gobiernos portaestandartes del aperturismo cierran temporariamente sus fronteras, suspenden el transporte por buques, trenes y aviones (nacionalizan empresas como Alitalia), ordenan sacar fuerzas armadas y policiales a la calle para vigilar el cumplimiento de la contención, y en definitiva se ven obligados a planificar, controlar y decidir en pos del bienestar del soberano. Los bandos políticos aparentemente opuestos se presentan juntos frente a la crisis y emiten postales de unidad republicana de cara al electorado. Ministerios y secretarías de Salud Pública cobran imponderable valor y la situación de los sistemas domésticos de sanidad pasa a ser el termómetro de ultima ratio de la efectiva gestión del presupuesto estatal. Ninguna facción nacionalista o cataclismo político —ni siquiera el colapso de la Unión Soviética— logró tanto en tan poco tiempo como ese algo amenazante.

En el hormiguero urbano se suspende lo superfluo (y mucho más también). El consumo narcisista, el spleen del shopping, feriados, melifluos panfletos, marchas reivindicativas, y paritarias sindicales. Hasta suena reconfortante atrincherarse en el propio domicilio a esperar que el ángel exterminador pase, y que todo fragor se limite a disputarse rollos de papel higiénico en el supermercado con un anónimo vecino que mira con cara de: “¿y tú cuántos virus letales vienes fermentando?”. No hay estruendos, no hay fuego, los enfermos caen silenciosamente y los muertos son una cifra en pantalla. Este singular “estado de guerra” no parece ser lo que comúnmente se representa como tal. Incluso da lugar a la negación: ¿está esto realmente pasando? O peor aún, como algunos defensores light de los buenos valores religiosos plantean: ¿por qué tanto bullicio si afecta “nomás” a los grupos de riesgo? (ancianos, personas de tercera edad y con afecciones cardíacas previas, hipertensión, inmunodeprimidos, etc.). Para los neo-utilitaristas (disfrazados de creyentes o no) ese algo monstruoso es una inevitable oportunidad para sacarse de encima los indeseables y “menos aptos”. Una eutanasia accidental y limpieza natural que la cancelación de la “ética indolora del nuevo tiempo democrático” —en palabras de Gilles Lipovetsky— permite dejar aflorar en tiempo de guerra. Ese algo puede implicar incluso el riesgo de comprobar amargamente que hasta el civismo, las buenas maneras y valores tradicionales del tiempo de paz también se cancelan como algo superfluo.

Pero la más álgida de las negaciones frente a ese algo aterrador, que saca a flote la estulticia y la ciega creencia en la responsabilidad de aquellos que llamamos gobierno en la periferia, es cuando mella la capacidad de toma de decisión que le fue atribuida mediante el ritual del sufragio. El filósofo Slavoj Zizek en su libro Irak. La tetera prestada (2006), interpreta la lógica del poder a partir de un viejo chiste en una secuencia argumentativa: «1) Jamás me prestaste una tetera; 2) te la devolví intacta; 3) la tetera ya estaba rota cuando me la prestaste». La inoperancia e hipocresía en los discursos recientes de algunos ministros nacionales se pueden leer bajo la misma figura: 1) “No tenemos ninguna posibilidad de que exista el coronavirus en el país”; 2) “Todos los casos detectados han sido casos leves”; y 3) “Yo creí que iba a llegar más tarde”…

Como mencioné públicamente en ocasiones anteriores[8], si los que tienen a su cargo la toma de decisión de la alta política estatal no comprenden o ignoran la profundidad de los asuntos estratégicos y la dimensión geopolítica donde interactúan diversos poderes, el costo para la defensa nacional será muy alto. Como los momentos de crisis nos vienen a recordar, está puesta a examen la calidad y solidez institucional, donde el costo no es perder una votación sino la vida de miles de personas. Vale reiterar que la población es el principal factor de poder a defender de una nación; y que en teoría, el tiempo de la paz es el tiempo político de preparación para el tiempo excepcional de la guerra.

Frente a la amenaza de ese algo invisible y monstruoso que se ha configurado, que realmente puede transformar el cuerpo en un campo de batalla microfísico, se presenta una ventana histórica de oportunidad para retomar la senda de un proyecto nacional. Prescindir de lo superfluo, contar con lo básico: territorio, población y… ¿gobierno?

El momento es ahora.

* El autor es Profesor Titular de Geopolítica en la Universidad de la Defensa Nacional (ESG, UNDEF), Buenos Aires.

 

Referencias:

[1] “Coronavirus: Trump puts US on war footing to combat outbreak”. En: BBC News, 19/03/2020, <https://www.bbc.com/news/world-us-canada-51955450>.

[2] Vey, Tristan. “Coronavirus: “Il faut prendre conscience que nous sommes en état de guerre”. En: Le Figaro, 15/03/2020, <https://www.lefigaro.fr/sciences/coronavirus-il-faut-prendre-conscience-que-nous-sommes-en-etat-de-guerre-20200315>.

[3] Monaco, Lisa, “Pandemic disease is a threat to national security”, en Foreign Affairs, 03/03/2020,

<https://www.foreignaffairs.com/articles/2020-03-03/pandemic-disease-threat-national-security?utm_medium=promo_email&utm_source=promo_2&utm_campaign=st020-camp2-registr-panel-b&utm_content=20200319&utm_term=st020-camp2-registr-panel-b>.

[4] Ferguson, Neil et. al., “Impact of non-pharmaceutical interventions (NPIs) to reduce COVID19 mortality and healthcare demand”. En: Imperial College COVID-19 Response Team, 16/03/2020, <https://www.imperial.ac.uk/media/imperial-college/medicine/sph/ide/gida-fellowships/Imperial-College-COVID19-NPI-modelling-16-03-2020.pdf>.

[5] Oberg, Ted, “Guns and ammunition sales soar amid coronavirus panic buying”. En: ABC13 News, 16/03/2020, <https://abc13.com/society/guns-and-ammunition-sales-soar-amid-coronavirus-panic-buying-/6026047/>.

[6] World Health Organization. Novel Coronavirus (COVID-19) situation (actualización 19/03/2020), 

<https://experience.arcgis.com/experience/685d0ace521648f8a5beeeee1b9125cd>.

[7] Johns Hopkins University COVID-19 Resource Center (actualizado 21-03-2020),<https://www.arcgis.com/apps/opsdashboard/index.html#/bda7594740fd40299423467b48e9ecf6>.

[8] Borrell, Juan José, “Formar en estrategia y geopolítica para la defensa nacional”. En: Infobae, 05/02/2019, <https://www.infobae.com/opinion/2019/02/05/formar-en-estrategia-y-geopolitica-para-la-defensa-nacional/>.

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IMPOSIBLE VIVIR CON TRANQUILIDAD ABSOLUTA

Agustín Saavedra Weise*

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

En el fondo de cada ser humano residente en ciudades (hoy la inmensa mayoría mundial) existe el deseo de encontrar un sitio soñado dónde pueda vivir sin sobresaltos. Algunos eligen islas del Pacífico, otros pequeñas poblaciones en el interior de Europa o de Estados Unidos y Latinoamérica. Asia y África no son continentes muy apetecidos por los occidentales para vivir, pero tal vez sea más por ignorancia que por conocimiento. Sin ir muy lejos, en Asia está Singapur, un pequeño país con elevado estándar de vida y mucha seguridad. El Japón ofrece seguridad, pero no tranquilidad; en cualquier momento un tsunami o un terremoto le pueden alterar drásticamente la vida a cualquiera o, peor, quitársela.

El tema del Chile de hoy es dramático. En algún momento fue considerado como “país modelo” para los emergentes por sus índices de crecimiento e inclusión social, pero está visto que algo andaba mal por debajo de la capa de aparente satisfacción. Ya van varias semanas de acciones violentas, con destrucción generalizada de infraestructura y servicios públicos. La prístina imagen del Chile pacífico y ya “casi” desarrollado (cuyas élites querían compararse con Finlandia, no con América Latina) se fue al tacho, como vulgarmente se dice. Costará mucho tiempo revertir lo que ahora se muestra. No es normal que un país arrastre tanto tiempo de convulsión. Los costos son astronómicos y el deterioro de la imagen de Chile sigue en picada.

Tiempo atrás comentaba con varios amigos acerca de qué país latinoamericano elegirían para vivir en paz. La mayoría eligió dos países: Chile y Uruguay. Es obvio que el Chile actual ha quedado descartado por un buen tiempo… Por otro lado, cuando residía en Suiza durante el conflicto entre Argentina y Reino Unido por las Islas Malvinas (1982) leí una anécdota en el Herald Tribune de la época que la recuerdo hasta hoy. Una pareja de jubilados ingleses escrudiñó el globo terráqueo en busca del lugar más pacífico para vivir. Los ancianos esposos decidieron —tras una minuciosa preselección— radicarse en las “Falklands” (Malvinas) justo una semana antes de la invasión ordenada por Galtieri y compañía… El sueño de una vida tranquila se esfumó. Moraleja: uno no sabe en qué parte del mundo en algún instante surgirá un atentado, otra invasión, desastres naturales, actos vandálicos, etc. El mundo se encuentra agitado desde hace décadas y ahora lo es más. El terrorismo organizado golpea en cualquier lugar y momento. Los llamados “lobos solitarios” atacan en supermercados o escuelas estadounidenses con máxima crueldad patológica. Es más, ya es tristemente rutinario el leer que cada semana algún loco dispara en locales públicos norteamericanos y causa estragos. Por otro lado, tornados, huracanes, movimientos telúricos e inundaciones, son cosa rutinaria casi en todas partes. Es prácticamente imposible concretar el sueño de vivir en un lugar apacible.

A medida que hay progreso crece la criminalidad y crece la posibilidad de ser víctima de hechos violentos. El caso de Santa Cruz de la Sierra se presta al tema. Cuando era un pequeño villorrio primaban armonía, seguridad y hospitalidad. Ahora que la capital oriental se transformó en urbe cosmopolita, han venido en patota la delincuencia organizada, el caos vehicular, la droga, etc. Accidentes y crímenes son cosa de todos los días. Aun así, estamos mejor que los del desarrollado hemisferio norte y varios vecinos. Nunca —en toda Bolivia— hemos tenido disturbios de la magnitud de los sufridos por Chile ahora. Existe entre nosotros una lamentable cuota de violencia e inseguridad, pero aun así son cifras bajas en comparación con otros países.

No en vano el escritor tarijeño William Bluske escribió en 1976 su libro “Subdesarrollo y Felicidad”, que ya lleva 22 ediciones. Hay algo de agradable en el atraso y eso se traduce en tranquilidad, buena vida con pocos recursos, sencillez, seguridad, etc. El incesante progreso nos hace avanzar sí, pero al unísono nos brinda un mundo cada vez más histérico, violento e inseguro.

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Tomado de El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://www.eldeber.com.bo/159008_imposible-vivir-con-tranquilidad-absoluta

EL ANTIGUO VÍNCULO ENTRE INTELIGENCIA Y RELACIONES INTERNACIONALES

Marcelo Javier de los Reyes Giménez*[1]

 

Introducción

Normalmente suele observarse a la Inteligencia y a las Relaciones Internacionales como disciplinas de las Ciencias Sociales que transitan por caminos separados y, quizás, inconexos. Nada más alejado de eso, como podrá apreciarse cuando se aborde la evolución de la inteligencia a lo largo de la Historia.

Como bien afirma el profesor Gustavo Díaz Matey, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y MA en estudios de Inteligencia y Seguridad por la Universidad de Salford, Manchester, “es curioso comprobar como el estudio de la inteligencia, que en último término es una de las herramientas claves para la toma de decisiones, está ausente en los inicios de la teoría de las Relaciones Internacionales”[2].

El mismo Díaz Matey sostiene que esto se debió a que, hacia 1948, cuando Hans Morgenthau escribió su libro Politics among Nations[3], solo hacía tres años que había finalizado la Segunda Guerra Mundial y que sus protagonistas, los militares, eran homenajeados en todos los países que salieron victoriosos de la contienda. Agrega que por esos años se iniciaba la confrontación entre los Estados Unidos y la Unión Soviética por lo que todo lo inherente a lo militar “cubría gran parte de todo lo que tenía que ver con la inteligencia”[4], a lo que se debe agregar la cultura del secretismo que imperaba sobre esa actividad.

De este modo, la inteligencia no tuvo su lugar en los estudios teóricos de relaciones internacionales sino que debió ir abriéndose un nuevo camino a partir de la teorización que Sherman Kent comenzó a desarrollar sobre esa actividad[5].

Desde sus orígenes la Inteligencia, entonces considerada como la actividad de espionaje, estaba íntimamente vinculada al arte militar, a la guerra, y así permaneció durante siglos. Esa actividad contribuyó a la expansión y a la seguridad de las entonces ciudades-Estado, reinos e imperios, por lo cual desde esos tiempos estuvo vinculada a las relaciones internacionales —aunque éste, como se verá más adelante, no sea el concepto apropiado para la historia antigua— como un elemento fundamental de la estrategia.

Durante la Edad Media y, en general, durante la Moderna, la Inteligencia estuvo vinculada a las misiones de los emisarios y diplomáticos que respondían en forma directa a los monarcas. Se trataba entonces, no de un funcionario que actuaba en el marco de un organismo estructurado sino prácticamente en solitario y por una relación personal. Si bien los monarcas recurrían a enviados, emisarios o embajadores, con el correr del tiempo algunos Estados fueron dando, paulatinamente, lugar a la creación de organismos que fueron tomando forma, principalmente, hacia el siglo XIX. El siglo XX fue el siglo de los servicios de inteligencia, los cuales se consolidaron durante las dos guerras mundiales y durante la Guerra Fría.

“Espionaje” y “situación internacional”

En los orígenes de esta interrelación no se puede hablar ni de “inteligencia” ni de “relaciones internacionales” ya que, por un lado, los orígenes de lo que hoy se conoce como “inteligencia” fue el “espionaje” y, por el otro, en el mundo antiguo no existían naciones, ya que por ejemplo si bien la Biblia habla de “nación” y “naciones”, no lo hace en el mismo sentido que ha alcanzado el término luego de la firma del tratado de Westfalia que, en 1648, puso fin a la guerra de los Treinta Años. En ese sentido, el mundo antiguo no conformaba un “sistema internacional”, sino lo que el Doctor Manfred Wilhelmy considera una “situación” internacional, habida cuenta que no existían naciones[6].

El término “inteligencia” es mucho más amplio que la mera actividad realizada por los espías. Las más antiguas informaciones respecto a esta actividad las podemos encontrar en numerosas citas de la Biblia, por ejemplo, en Josué 2:1-7, Números 13:1-2 y también encontramos referencia a los espías en el Génesis, cuando luego de los siete años de abundancia en Egipto comenzaron los siete años de escasez que generaron hambre en la población de Canaán. En ese libro leemos que Jacob, enterado de que en Egipto había alimentos, envió a sus hijos a comprar trigo y fue donde se encontraron con José, su hermano y señor de la tierra. Aunque éste los reconoció no lo demostró y, en cambio, les dijo: “Vosotros sois unos espías, que habéis venido a reconocer las partes no fortificadas de la tierra” (Génesis 42:1,17.).

La Biblia también nos da cuenta de otro elemento importante de la inteligencia: el mensaje encriptado. En el libro del Apocalipsis o libro de la Revelación, el objetivo es comunicar la revelación de Dios a su pueblo en una etapa trágica de la historia, entre el 92 y el 96 d.C., durante una de las persecuciones romanas a los cristianos. A raíz de ello, el libro debía enviar un mensaje a través de símbolos que fueran comprensibles solo para un grupo de gente, usando un lenguaje secreto para evitar que los representantes del imperio consideraran el texto como una amenaza e intensificaran la persecución. Algunos símbolos provenían del Antiguo Testamento, mientras que otros los explica el mismo escrito. Por ejemplo, los “siete candeleros” son las “siete iglesias”; los colores también tienen su significado: “blanco” implica “victoria” y “rojo” “derramamiento de sangre”. El “Cordero” es “Jesús resucitado”, “la Bestia” es el “Imperio romano” y el número “666” es “Nerón” ya que en “Nerón César” cada consonante de sus palabras tiene un valor numérico en hebreo y todas juntas suman “666”. La “otra bestia” que se parece a Jesús son los “falsos profetas”. Estos son algunos ejemplos de los que existen en este libro.

Alvin Toffler menciona que en El libro de los muertos del antiguo Egipto se describió el espionaje como uno de los más graves pecados del alma[7].

Sun Zi ―más conocido en Occidente como Sun Tzu― en El arte de la guerra (1996), una obra que ya tiene 2.500 años, se refiere a la actividad de los espías, como se menciona en el capítulo III, y en el cual expresa: “Quienes no sean muy sensatos y sabios no pueden valerse de espías; quienes no sean bondadosos y generosos no pueden dirigir a espías, quienes no sean minuciosos y bien calculadores no pueden discernir las informaciones verídicas, proporcionadas por espías”[8].

La utilización de los espías también era conocida en la época de Alejandro Magno, rey de Macedonia, quien vivió entre el 356 y el 323 a.C. En vísperas de la batalla de Gaugamela (Tell Gomel, a unos 35 kilómetros al noroeste de Mosul, norte de Asiria), el 1º de octubre de 331[9], Alejandro Magno se estableció a unos cinco kilómetros de las tropas persas. A sabiendas de la existencia de espías entre sus tropas, Alejandro Magno hizo correr el rumor de que llevaría a cabo el ataque esa misma noche. Esta información se trasmitió a las fuerzas persas, que recibieron la orden de mantenerse atentas a la espera de los macedonios, pero, en cambio, Alejandro ordenó a sus soldados que descansaran y procedió a atacar en la mañana siguiente aprovechando el cansancio de los persas[10]. Este ejemplo nos permite apreciar que Alejandro Magno no solo utilizó la contrainteligencia sino que echó mano de otra herramienta de la inteligencia: la desinformación.

Además de la reunión de información de inteligencia, contrainteligencia, acciones encubiertas y operaciones clandestinas, técnicas, códigos y sistemas de cifrado, en el mundo antiguo también se recurrió al asesinato político, se apeló al escape y a la evasión, a la creación de disfraces, al uso de tinta que desaparecía, entre otras[11]. Textos de escritores de la antigüedad, como Eneas el Táctico, Polibio, Polyaenus ―autor macedonio del siglo II d.C., quien escribió Estratagemas en la guerra, dedicada a los emperadores romanos Marcos Aurelius y Lucius Verus―, Sextus Julius Africanus y Vegetius ―autor del siglo IV d.C., cuya obra principal es Epítoma rei militaris, también conocida como De re militari (“Compendio de técnica militar) y autor, asimismo, de Digesta Artis Mulomedicinae, tratado de veterinaria sobre las enfermedades de caballos y mulos―, contienen menciones acerca del uso de la información de señales.

Eneas el Táctico escribió un tratado acerca de las medidas que conviene adoptar en ocasión del sitio de una ciudad. Se estima que lo escribió entre 357 y 340 a.C. y en ese tratado “traza una interesante imagen de una pequeña polis de la metrópoli, imagen que resulta mucho más realista que todo lo que puede extraerse de las demás fuentes literarias de dicha época”[12]. Eneas ha proporcionado el primer instructivo en el que recomienda qué hacer ante la inminencia de una guerra: desde recomendaciones sobre provisiones y esclavos hasta medidas sobre seguridad en las comunicaciones[13]. Describió en detalle dieciocho métodos diferentes de envío de mensajes, algunos de ellos empleando sistemas de encriptado[14]. Proponía una vigilancia especial para que entre la ciudad y los exiliados que vivían fuera de ella —considerada una fuente permanente de agitación— no se estableciera ningún tipo de enlace, para lo cual aconsejaba la implementación de la censura en la correspondencia. Del mismo modo proponía un estricto control de ingreso y egreso de la ciudad y que las autoridades debían tomar conocimiento acerca de los forasteros que entraban a la ciudad, dónde se alojarían, además de tener un registro de todos los moradores de la ciudad. Consideraba que, aunque para mantener la ciudad debían reclutarse mercenarios, cuando se efectuasen los ejercicios de alarma los forasteros y mercenarios debían ser trasladados a un área preventivamente asignada por motivos de seguridad[15]. En su tratado se refiere también a la forma correcta de cerrar las puertas de la ciudad, al servicio de la guardia y al sistema de señales, entre otras cosas[16].

Debido a que desde la antigüedad muchas de las operaciones de inteligencia se desarrollaron en forma encubierta, existen pocos registros a los que puedan recurrir los historiadores. Sin embargo, las fuentes conocidas nos permiten apreciar que los decisores en la antigüedad entendieron que las actividades de inteligencia formaban parte del arte de la guerra y que eran muy necesarias para quien ejercía el gobierno. La reunión de información de inteligencia era fundamental al momento de conquistar una ciudad, de ejercer el dominio sobre poblaciones rivales o, como se mencionó en el caso del imperio persa, para controlar a sus propias poblaciones con el objetivo de perpetuar el régimen. 

La inteligencia en la Edad Media y Moderna

En la Edad Media los monarcas también se valieron de emisarios y de informantes que hacían las veces de espías y que se infiltraban entre los enemigos.

Las repúblicas italianas y otros monarcas europeos apelaron al uso de embajadores, quienes representaban a sus gobiernos ante otros estados pero quienes, además, cumplían con la misión de reunir información y noticias de interés que era enviada a sus respectivos gobiernos.

Eavesdroppers, “fisgones”

Las coronas tenían sus eavesdroppers[17], que deriva de eavesdropping, término inglés que se traduce al español por “escuchar secretamente” y que, en la actualidad, pasó a ser utilizado en ámbitos relacionados con la seguridad para referirse, por ejemplo, a las escuchas telefónicas. En español traduciríamos eavesdroppers por “fisgones”. Eaves son aleros en inglés y eavesdropping se refiere al hecho de quedarse en la zona entre la caída del agua de los aleros y la pared de la casa para espiar lo que ocurre dentro.

El período entre 1500 y 1800 puede definirse como de transición. En Occidente los monarcas y los diplomáticos empleaban espías pero éstos no formaban parte de un servicio permanente de inteligencia[18]. Por esos años, el arte de lo secreto y del espionaje estaba más desarrollado y extendido en Oriente, particularmente durante el imperio mogol en India, aproximadamente entre 1550 y 1750, y en China[19]. Emperadores mogoles como Akbar —quien se propuso reivindicar su soberanía sobre los reinos locales para construir un imperio poderoso a partir de una administración centralizada—, su hijo Jahangir (1605-1627), el hijo de éste, Shah Jahan (1627-1658), quien amplió el imperio creado por Akbar y pasó a la historia como el constructor del Taj Mahal, y Aurangzeb (1658-1707), financiaron personalmente un cuerpo de espías con redes entre recolectores de basura, mendigos y comerciantes que reportaban sobre conspiraciones y complots[20].

En Occidente la inteligencia asumió un papel relevante durante dos conflictos: el primero entre Inglaterra y Escocia; el segundo entre Inglaterra y España, conducidas por Isabel I y Felipe II, en las décadas ochenta y noventa del siglo XVI.

Por esos años también Francia desarrolló un entramado de inteligencia tanto dirigido hacia el interior del reino como hacia otras potencias. Fue una de las grandes preocupaciones del cardenal Richelieu (1586-1642) durante su gestión de gobierno. Esta experiencia llevó a que, en torno de 1700, los franceses alcanzasen la reputación de clever spymaster, tal como lo expresa el profesor de Historia de la Univesity of New Hampshire Douglas L. Wheeler[21]. Por este motivo, muchas palabras de esta profesión pasaron al idioma inglés —como cita Wheeler— desde el francés: reconnaissance, reconnoitre o reconnoiter, surveillance, espionnage, aunque esta última se escribe con una sola “n” en inglés, espionage.

En el siglo XVIII se profesionalizó la diplomacia y se estructuraron los ejércitos y las armadas regulares que acompañaron la consolidación del Estado nación. Hasta entonces la actividad de inteligencia dependía directamente de los gobernantes y de los jefes militares. 

La inteligencia en la Edad Contemporánea

Las revoluciones políticas y tecnológicas que tuvieron lugar a partir de 1800 motivaron a los líderes y comandantes a utilizar la inteligencia para propósitos cotidianos y recurriendo a medios tradicionales. Así, en tiempos de paz, bancos, compañías de seguros y mercaderes procuraban información para proteger sus respectivos negocios y expandir sus inversiones. A partir del siglo XIX, acompañando la industrialización, las innovaciones tecnológicas también favorecieron a la inteligencia. El desarrollo de las comunicaciones y de los transportes más rápidos contribuyó en la recolección y diseminación más rápida de la información de inteligencia[22].

En tiempos de guerra se realizaban exploraciones de reconocimiento en cercanías del enemigo, se enviaban espías para descubrir los planes del adversario y se interceptaban mensajes y documentos, entre otras actividades[23].

Es la época de la aparición de los primeros organismos. En 1825 se creó en Rusia la Okhrana, Servicio de Seguridad de los zares rusos que tenía por objetivo descubrir a los opositores: los primeros servicios estaban más destinados a la represión interior y al espionaje con respecto a otras potencias. El caso de Rusia no fue el único. La inteligencia prusiana fue desarrollada por Wilhelm Stieber, al cual el canciller Otto von Bismarck le encargó la creación de una red de espías en el interior de Austria[24]. Bismarck tenía como propósito la unificación de los estados germano parlantes para lo cual debía debilitar el poder del Imperio austrohúngaro. Stieber, quien se recibió de abogado en 1844 y había decidido incorporarse a la policía de Berlín, resolvió casos de alto perfil recurriendo a disfraces para obtener información e infiltrarse en las bandas criminales. Otras técnicas que utilizó fueron la observación cuidadosa, la interceptación de correspondencia y las operaciones encubiertas. Puso en su mira a grupos subversivos, enfrentó a los revolucionarios de 1848[25] y en su mira estuvieron Karl Marx y otros líderes socialistas[26]. Para llevar a cabo la tarea encargada por Bismarck estableció una agencia de noticias como pantalla y desarrolló una amplia red de espías en Austria y “fue el primero en observar que era más seguro usar cientos de hombres, cada uno de los cuales obtenía fragmentos de información, que basarse en unos pocos espías estrella que trabajaran en profundidad”[27]. Su red de espionaje fue la que facilitó las victorias de Prusia en la guerra contra Austria (1866) y contra Francia (1870-1871).

Del mismo modo, debe considerarse la importancia de la inteligencia durante la guerra de Secesión estadounidense (1861-1865). Por ese entonces en los Estados Unidos no existía ninguna organización dedicada a la inteligencia y esa actividad fue manejada de forma descentralizada tanto por la Unión como por la Confederación. Tampoco se utilizaba el término “inteligencia” sino “servicio secreto” y sus oficiales aprendieron acerca de la inteligencia a través de la historia militar[28]. Ambas partes obtuvieron información mediante la interceptación de documentos del enemigo y del correo, a través de la decodificación de mensajes e interrogación de prisioneros[29].

Las telecomunicaciones militares brindaron oportunidades únicas de recopilación de información. Ambos bandos progresaron en las operaciones de interceptación y señales de telégrafo, así como en el criptoanálisis y la criptografía.

El uso del telégrafo constituyó un elemento primordial para el sistema de comunicaciones en tiempos de guerra y el “cifrado” y el “criptoanálisis”, para descifrar el texto cifrado interceptado, estuvieron a la orden del día en este conflicto.

En general, los organismos de inteligencia fueron constituyéndose durante el siglo XX. En el caso de Alemania, su servicio de inteligencia sentó las bases sobre el organismo creado en Prusia en 1866, Amt Auslands und Abwehr o simplemente denominado Abwehr[30]. El organismo quedó fuera de servicio con motivo de la derrota del Imperio alemán en la Primera Guerra Mundial, pero fue reestructurado y abierto nuevamente en 1921, pocos años después de proclamarse la República de Weimar. Cabe destacar que, en las últimas semanas de la guerra, el servicio alemán se abocó a la construcción de una red de espionaje alemana en Argentina con el objetivo de fortalecer la presencia del capital alemán en el mercado argentino y recobrar la importante presencia económica adquirida antes de 1914. Esta operación fue denunciada por los hombres de negocios estadounidenses, quienes observaron una declinación en el número de pedidos de bienes norteamericanos en el mercado argentino.

Abwehr

La Abwehr, organización de inteligencia militar alemana, estuvo operativa hasta la caída de la Alemania Nazi.

Por su parte, la inteligencia británica encuentra sus orígenes en su ejército, más precisamente en el Departamento topográfico. En 1909, con posterioridad a la guerra contra los bóers, fue fundado el Secret Service Bureau que luego dará lugar a la creación del MI5 (Military Intelligence, Section 5)[31]. Hasta ese momento no existió una oficina de inteligencia militar formalmente organizada[32].

Como ya fuera mencionado, por esos años los Estados Unidos no contaban con un servicio de inteligencia, el cual comenzará a ser organizado recién a partir de la Segunda Guerra Mundial. Fue precisamente este conflicto el que potenció la actividad de la inteligencia, la cual fue acompañada por el desarrollo de las comunicaciones y de las tecnologías asociadas. Por esos años, el Reino Unido aún era un imperio colonial expandido por todo el mundo, presencia que le facilitaba obtener información de inteligencia casi en cualquier lugar del planeta, en el marco de los recursos humanos disponibles y de los adelantos tecnológicos que existían por esos años. Cabe agregar que ese conflicto permitió el desarrollo de nuevas tecnologías o la mejora de otras ya existentes.

Los lazos entre la inteligencia británica y la estadounidense encuentran hitos fundamentales durante la Segunda Guerra Mundial. En este sentido, uno de los puntos cruciales de esa cooperación en materia de inteligencia se encuentra en el descifrado de la máquina Enigma, utilizada por las fuerzas alemanas para la transmisión de mensajes utilizando la criptografía (del griego κρυπτος —kryptos— = oculto, secreto, disimulado; γραφη—graphé— = escritura), disciplina científica que tiene por propósito encubrir mensajes a través de la utilización de un algoritmo que, posteriormente, debe permitir volver ese mensaje a su escritura original.

A los efectos de desarrollar la actividad de inteligencia destinada a la interceptación y análisis de información transmitida por medios electromagnéticos (SIGINT), en 1939, los británicos crearon una base militar en una mansión victoriana en Bletchley Park, Buckinghamshire. En la misma llevaron a cabo la tarea de descifrar los códigos que utilizaban los alemanes durante la guerra. En ese sitio desarrollaron e instalaron la primera computadora denominada Colossus bajo la dirección del matemático, filósofo y criptógrafo Alan Turing, considerado uno de los padres de la informática moderna. A juicio de Stephen Hawking fue el matemático más brillante del siglo XX. No obstante, el descifrado del código Enigma se atribuye también a la labor de tres criptógrafos polacos: Marian Rejewski, Henryk Zygalkski y Jerzy Rozycki. Desde 1928 los polacos se encontraban abocados a descifrar el código Enigma, para lo cual utilizaban cuatro estaciones de escucha en Varsovia, Starogard, Poznam y Krzeslawice. Ante la imposibilidad de lograrlo, los militares polacos recurrieron a la asistencia de matemáticos de la Universidad de Poznam, liderados —precisamente— por Marian Rejewski. Con ese propósito los polacos echaron mano a una máquina Enigma comercial, pues originariamente ese invento tenía ese propósito[33].

En vísperas de que estallara la guerra, en julio de 1939, el teniente general Waclaw Stachiewicz —a la sazón, jefe del Estado Mayor de Polonia—, permitió que los secretos acerca del descifrado de Enigma fueran compartidos con los servicios de inteligencia aliados. De este modo, los polacos entregaron a las inteligencias británica y francesa, copias de las máquinas Enigma.

El trabajo realizado en forma conjunta entre británicos y estadounidenses para el descifrado de la máquina Enigma fue el inicio de una colaboración, en materia de inteligencia, que trascendió la Segunda Guerra Mundial y se mantuvo durante la Guerra Fría.

Las fuerzas armadas establecieron una estrecha relación en materia de SIGINT (signals intelligence) que dio origen a la firma de un acuerdo entre los Estados Unidos y el Reino Unido que, originariamente, fue denominado BRUSA, ahora conocido como UKUSA, United Kingdom-United States Security Agreement (National Security Agency, 1940-1956). El objetivo ya no era la Alemania Nazi sino la Unión Soviética, la potencia que había integrado la “extraña alianza” que salió victoriosa de la guerra. Ciertamente, la desconfianza de Churchill durante el conflicto fue confirmada y los entonces aliados bien pronto se abocaron a la tarea del espionaje de sus ex socios. Precisamente, la vigilancia masiva se consolida a partir de este tratado entre el Reino Unido y los Estados Unidos, cuyo objetivo era y es recolectar información de inteligencia en el marco de un sistema bipolar liderado por Estados Unidos y por la Unión Soviética. Demás está decir que fue realizado en forma absolutamente secreta.

Desde entonces las partes colaboran en forma muy estrecha en el intercambio de información de inteligencia. Para llevar adelante su misión, los cinco miembros que conforma la red de espionaje global conocida como Five Eyes o red Echelon —Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda— se han repartido el planeta para rastrillar las comunicaciones a escala global y su funcionamiento fue vital durante la Guerra Fría para espiar al bloque comunista. A pesar de que el bloque comunista ha desaparecido tras la implosión de la Unión Soviética, acaecida en 1991, las actividades de inteligencia entre ambas partes continúan y la red Five Eyes está vigente.

Reunión de Five Eyes en agosto de 2018. El Ministro de Asuntos Interiores, Peter Dutton, el Ministro de Seguridad Pública de Canadá, Ralph Goodale, el Ministro de Justicia de Nueva Zelanda, Andrew Little, el Ministro del Interior británico, Sajid Javid, y el Secretario de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, Kirstjen Nielsen, en Gold Coast. En una declaración conjunta, los ministros dijeron que los gobiernos extranjeros, los actores y sus representantes estaban involucrados en “actividades coercitivas, engañosas y clandestinas” para “sembrar la discordia, manipular el discurso público, sesgar el desarrollo de políticas o perturbar los mercados”[34].

De una “desconocida seguridad” a un mundo incierto

El mundo bipolar que se inició poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial y que se extendió hasta 1991 se caracterizó por ser un período dominado por el potencial enfrentamiento bélico entre las superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, y por la amenaza nuclear. Sin embargo, fue un periodo de la historia en el que los escenarios internacionales podían ser previsibles.

El fin de la bipolaridad derivó en un mundo que tendió hacia una alta complejidad que no había sido prevista. Emergieron amenazas que se constituyeron en los principales temas de observación por parte de los organismos de seguridad y de inteligencia a escala global a partir de 1991. Se trata de amenazas que, en general, no provenían de otro Estado sino amenazas causadas por actores no estatales nacionales o transnacionales: terrorismo, narcotráfico, proliferación de armas livianas, de armas químicas o biológicas, de crimen organizado, etc.

A estas cuestiones preocupantes se suman las “guerras comerciales” y la puja entre globalismo y nacionalismo, lo que ha invertido la tradicional posición de los actores: Estados Unidos, presidido por Donald Trump se manifiesta contrario al globalismo, mientras que Rusia y China se constituyen como defensores del internacionalismo.

El considerado fin de la Guerra Fría de ninguna manera ha significado el fin de los conflictos y mucho menos de la incertidumbre. Por el contrario, los conflictos se incrementaron, sobre todo los regionales y los intraestatales

Quien ha puesto más en evidencia la fragilidad y la volatilidad de nuestra sociedad actual fue el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, particularmente al introducir el concepto de modernidad líquida. En su libro Modernidad Líquida explica que la diferencia entre los líquidos y los sólidos es que los primeros no conservan fácilmente una forma durante mucho tiempo y están continuamente dispuestos a cambiarla. Para los líquidos lo que cuenta es el flujo del tiempo y no el espacio que ―como los sólidos― puedan llegar a ocupar[35]. Considera que la “era de la modernidad sólida”, con sus certezas, ha llegado a su fin. Bauman se vale de esta metáfora de la liquidez para explicar la fase actual de la modernidad, caracterizada por la desregulación, la flexibilización, la liberalización de todos los mercados, la disolución de lo público en favor de lo privado, en síntesis, la inestabilidad.

Bauman continuó su elucidación con lo que podemos considerar más relevante desde la inteligencia: “La planificación del futuro desafía nuestros hábitos y costumbres, las capacidades que aprendimos para superar los escollos del camino”[36].

Nos encontramos ante una encrucijada y se hace difícil encontrar el camino a seguir ante un sinnúmero de alternativas que se nos presentan pero que no sabemos hacia dónde nos llevarán. De ahí que Bauman considera importante debatir acerca de la siguiente cuestión: “¿Cómo restablecer el equilibrio entre política y poder? Porque ahora la política es local y el poder global”[37].

En su libro La Sociedad Poscapitalista, Peter F. Drucker[38] también hace referencia a las profundas transformaciones del mundo actual y vaticina, entre otras cosas, que esa será una “sociedad de grandes organizaciones”, tanto oficiales como privadas, que necesariamente operarán en virtud del flujo informativo.

En este contexto de incertidumbres, han tenido lugar una suma de acontecimientos que no fueron percibidos con anterioridad por los servicios de inteligencia. Entre ellos pueden mencionarse el derrumbe del Muro de Berlín por parte de los alemanes (1989) ―parece impropio hablar de “caída” y aún más cuando lo hacemos desde la inteligencia―, la implosión de la Unión Soviética (1991), los ataques del 11 de septiembre (11-S) en Washington y Nueva York (2001), los atentados del 11 de marzo (11-M) en España (2004), la crisis de las hipotecas subprime o “hipotecas basuras” ―que terminó detonando en 2008 con consecuencias de alcance global―, por citar algunos ejemplos.

En esta “sociedad de grandes organizaciones” —como la ha definido Peter Drucker—, las correspondientes a la inteligencia han debido repensar sus funciones, reorganizarse, reestructurarse y adecuarse a la multiplicidad de actores que hoy se encuentran en la mira de las mismas. Parafraseando a Bauman, para la inteligencia, el mundo de la Guerra Fría ―si se considera su final con la implosión de la Unión Soviética, visión que no es compartida por el autor de este trabajo― era de una “realidad sólida” y el posterior de una “realidad líquida”.

A modo de conclusión

En el presente estudio se ha podido observar como la Inteligencia y las Relaciones Internacionales son dos disciplinas que desde la antigüedad han estado interactuando, a veces una sobre la otra, conforme a los escenarios mundiales que se fueron dando a lo largo de la historia. Los ejemplos brindados no dejan duda que ambas disciplinas se entrelazan desde sus orígenes y ha sido así desde entonces, aunque en la actualidad la inteligencia y particularmente la inteligencia estratégica deben considerarse como esenciales en un mundo complejo, diverso e incierto. Para ello, seguramente, deberá considerarse que los servicios tendrán que recurrir a la obtención de información por medios propios en mayor medida, quizás disminuyendo el porcentaje dedicado a las fuentes abiertas.

Un buen servicio de inteligencia debe anticiparse a los hechos a los efectos de evitar las sorpresas, por lo que puede ayudar a evitar que un conflicto escale y derive en una guerra o evitar un ataque terrorista. Incluso durante el transcurso de una guerra, la inteligencia también ayuda a minimizar los riesgos en vidas y en pérdidas materiales. La historia nos da muchos ejemplos de ello.

De ahí que debe ser ponderada por cada Estado que desee brindar seguridad y protección para sus ciudadanos, así como mantener intacta su soberanía nacional.

En la época de Sherman Kent la inteligencia parecía limitarse a la reunión de información, pero ya desde fines del siglo XX la inteligencia comenzó a poner el peso en el análisis. Para ello debe recurrir a lo que se denomina “comunidad ampliada de inteligencia”, concepto por el cual los servicios de inteligencia deben incorporar para sus propósitos a los think tank, para lo que deberán constituir organismos que deberían trabajar como intermediarios entre ellos y esos centros de pensamiento académico, de modo tal de no mostrarse abiertamente en estas actividades.

Las relaciones internacionales y los diversos actores del escenario mundial presentan en la actualidad un dinamismo como nunca antes se ha visto. Los actuales virajes en ciertas posiciones que han sido tradicionales coadyuvan a un incremento de la incertidumbre.

Es evidente que los nuevos escenarios, nacionales, regionales y mundiales, harán aún más necesaria la actividad de la inteligencia estratégica a los fines de obtener la mayor información posible sobre las cuestiones que resulten necesarias, con el objetivo de ofrecer los elementos imprescindibles para proceder a la toma de decisiones. Esto requiere cada vez más equipos multidisciplinarios de profesionales en el seno de los servicios de inteligencia. La complejidad mundial, también demanda prestar atención a lo que expresan sociólogos, filósofos y hombres de otras disciplinas, escritores y artistas incluidos, respecto a sus observaciones del curso que toman las sociedades y las políticas a escala nacional, regional y mundial.

 

* Licenciado en Historia, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Doctor en Relaciones Internacionales, Atlantic International University (AIU), Estados Unidos. Fue docente de la Universidad del Salvador, de la Escuela Superior de Guerra del Ejército Argentino y profesor de “Inteligencia” en la Maestría en Inteligencia Estratégica Nacional de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

Referencias

[1] El presente artículo es una síntesis del libro: de los Reyes Giménez, Marcelo Javier. Inteligencia y Relaciones Internacionales. Un vínculo antiguo y su revalorización actual para la toma de decisiones. Buenos Aires, Argentina: Almaluz, 2019, 310 p.

[2] Gustavo Díaz Matey. “La naturaleza del concepto de inteligencia desde el estudio de las Relaciones Internacionales”. Intelligence Press, 21/08/2012, <https://www.intel.press/article3-La-naturaleza-del-concepto-de-inteligencia-desde-el-estudio-de-las-Relaciones-Internacionales>, [consulta: 12/04/2018].

[3] Hans J. Morgenthau. Politics Among Nations. New York: Alfred A. Knopf, 1948. 489 p.

[4] Gustavo Díaz Matey. Op. cit.

[5] Sherman Kent. Inteligencia estratégica. Buenos Aires: Pleamar, 1967, 249 p.

[6] Manfred Wilhelmy. Política internacional: enfoques y realidades. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano (GEL), p. 79.

[7] Alvin Toffler. El cambio del poder. Barcelona: Sudamericana, 1999, p. 345.

[8] Sun Zi. El arte de la guerra. Beijing: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1996, p. 95.

[9] Bengtson, Hermann. Griegos y persas. El mundo mediterráneo en la edad antigua I. Madrid: Siglo XXI Editores, 1979 (7ª ed.), p. 288 y 347.

[10] Gonzalo Ruiz. “Alejandro Magno: la batalla de Gaugamela, Parte IV”. Sobrehistoria.com, 20/12/2007, <https://sobrehistoria.com/alejandro-magno-la-batalla-de-gaugamela-parte-iv/>, [consulta: 12/01/2008].

[11] Rose Mary Sheldon. “A Guide to Intelligence from Antiquity to Rome”. En: The Intelligence, Journal of U.S. Intelligence Studies, vol. 18, number 3, Summer/Fall 2011, Association of Former Intelligence Officers (AFIO), Virginia, United States.

[12] Bengtson, Hermann. Op. cit., p. 240.

[13] Ídem.

[14] Rose Mary Sheldon. Op. cit.

[15] Bengtson, Hermann. Op. cit., p. 241.

[16] Ídem.

[17] Raúl Sohr Biss. Claves para entender la guerra. Barcelona: Mondadori, 2003, p. 215.

[18] Douglas L. Wheeler. “A Guide to the History of Intelligence in the Age of Empires, 1500-1800”. En: The Intelligencer, Journal of U.S. Intelligence Studies, vol. 18, number 3, Summer/Fall 2011, Association of Former Intelligence Officers (AFIO), Virginia, United States.

[19] Ídem.

[20] Ídem.

[21] Ídem.

[22] Douglas L. Wheeler. “A Guide to the History of Intelligence 1800-1918”. En: The Intelligencer, Journal of U.S. Intelligence Studies, vol. 19, number 1, Winter/Spring 2012, Association of Former Intelligence Officers (AFIO), Virginia, United States.

[23] Ídem.

[24] Wilhelm Stieber: el rey de los sabuesos”. Selecciones Reader’s Digest, 08/11/2017, <https://selecciones.com.mx/wilhelm-stieber-el-rey-de-los-sabuesos/>.

[25] Luego del Congreso de Viena de 1815, la Europa de la Restauración, impulsada por el canciller austríaco príncipe Klemens de Metternich, debió enfrentar tres oleadas sucesivas de revoluciones burguesas que se produjeron en 1820, 1830 y 1848, poniendo fin al denominado “sistema Metternich”.

[26] Ídem.

[27] Ídem.

[28] Edward J Glantz. “Guide to Civil War Intelligence”. En: The Intelligencer, Journal of U.S. Intelligence Studies, vol. 18, number 2, Winter/Spring 2011, Association of Former Intelligence Officers (AFIO), Virginia, United States.

[29] Ídem.

[30] Stephen Wade. Spies in the Empire: Victorian Military Intelligence. Londres: Anthem Press, 2007, p. 157.

[31] “The establishment of the secret service bureau”. Security Service MI5, <https://www.mi5.gov.uk/the-establishment-of-the-secret-service-bureau>, [consulta: 21/08/2018].

[32] Stephen Wade. Op. cit.

[33] “The Enigma: The Secret Weapon of World War II”. En: Polish American Journal (North Boston, NY), octubre de 1990, <http://www.polamjournal.com/Library/APHistory/enigma/enigma.html>.

[34] Primrose Riordan. “Five eyes speak as one on foreign interference”. Weekend Australian, 31/10/2018, <https://www.theaustralian.com.au/nation/foreign-affairs/five-eyes-speak-as-one-on-foreign-interference/news-story/7fcdd18e0cd2ddfc485f5e0f9e45f12d >, [consulta: 21/10/2018].

[35] Zygmunt Bauman. Modernidad líquida. Buenos Aires: FCE, 2004, 232 p.

[36] “Educación Líquida Bauman” (video). Think1.tv (Col·legi Montserrat), 12/03/2012, <https://www.think1.tv/es/video/zygmunt-bauman-educacion-liquida-es>.

[37] Ídem.

[38] Peter Drucker. La sociedad poscapitalista. Buenos Aires: Sudamericana, 1993, 276 p.

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