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AUSENTISMO ELECTORAL

Santiago González*

La reconstrucción de la democracia argentina, y la recreación de la confianza en ella, pasa por la regeneración de los partidos políticos.

 

En el sistema democrático, una consulta electoral es una pregunta que los ciudadanos se hacen a sí mismos para conocer de manera amplia, sistemática y ordenada su evaluación sobre la marcha de los asuntos comunes hasta el momento del comicio, y su opinión sobre el rumbo futuro que deberían tomar esos asuntos, con atención a un menú de opciones ofrecido por los partidos políticos que seguramente ha de incluir la continuidad de lo presente junto con diversas alternativas para cambiar el derrotero. En nuestro ordenamiento institucional, la respuesta a esa consulta es obligatoria, y sus resultados son vinculantes: quiere decir que el manejo de la cosa pública deberá emprender el camino decidido por los votantes.

La República Argentina adhirió formalmente a este arreglo republicano en la Constitución de 1853, comenzó a aplicarlo de manera más o menos sistemática a partir de la organización nacional de 1880 y lo perfeccionó con el sufragio universal de 1912, ampliado con la inclusión del voto femenino en 1952. Sobre esta base, la Argentina acostumbra describirse a sí misma como una nación democrática, pero el sistema republicano raras veces funcionó normalmente entre nosotros, y nunca lo hizo con la continuidad necesaria como para adquirir solidez. Primero lo sabotearon los golpes militares, después las proscripciones políticas y por último, ya desde los setenta pero acentuadamente desde los ochenta, la desintegración de los partidos. Ahora, casi como lógica consecuencia, aparece la deserción ciudadana.

En los 14 comicios provinciales celebrados este año, la suma de ausentismo, voto anulado y voto en blanco ronda en promedio el 40 por ciento, una proporción nunca vista en la historia electoral del país. El desglose de esa proporción resulta todavía más alarmante: los votos anulados y en blanco, que implican una disconformidad con la oferta pero no con el sistema ya que el votante se tomó la molestia de acercase a la urna, representan una cuarta parte. El resto, un 30 por ciento de los empadronados, prefirió quedarse en su casa: no discute la oferta, se desentiende del sistema. No encuentra allí un instrumento útil para resolver los problemas de su vida o perfilar el futuro de sus hijos. Peor aún, no se siente parte de un conjunto, la nación, cuya expresión visible y vital es la participación política, tarea de todos y cada uno.

Estos datos, que marcan una tendencia continua y creciente por lo menos desde la crisis del 2001, han despertado la preocupación de algunos observadores de la escena política, que en general la han resuelto con apelaciones escolares a la responsabilidad ciudadana. “El voto no es solamente un derecho, sino una obligación, y desentendernos de la cuestión cívica no nos exonera del compromiso ciudadano”, advierte un editorial del diario La Nación. Agrega que la abstención “nos sitúa en la categoría de meros espectadores de una realidad que no asumimos como propia.” Con un poco más de enjundia, la consultora Shila Vilker, también citada por el diario, atribuye al ausentismo un “nihilismo activo”, un “hacer destructivo” motorizado por la “bronca”: desconfianza y pérdida de fe en la política.

Incumplimiento de un deber, falta de compromiso, nihilismo, destrucción: estos observadores, y probablemente también otros, describen el fenómeno en términos de reproche e incluso de condena. Pero votar en blanco o no votar envía un mensaje político tan valioso como el voto positivo, y ese mensaje debería ser leído correctamente, sin rechazo ni subestimación. Para muchos ciudadanos no votar, votar en blanco o depositar alguna leyenda ofensiva en la urna puede ser un modo de expresar de la manera más clara posible, y en la única oportunidad en que se lo consulta, su fuerte disconformidad con el estado de las cosas, con las opciones que se le ofrecen para reencauzarlas, y con el sistema que hace posible y tolera todo lo anterior.

Además, ¿qué instrumentos le ofrece ese sistema al votante para que pueda ejercer responsablemente y a conciencia su derecho y su obligación? La primera herramienta de la ciudadanía es la información. Hoy casi toda la prensa es militante, vale decir que es parcial y sesgada y lo es de manera tan amplia y evidente como para que nadie confíe demasiado en lo que dice. Se la ha visto involucrada en operaciones para destruir o encumbrar a tal o cual personaje, y se la ha visto detener su cobertura cuando llega al límite de los negocios oscuros, a los que no suele ser ajena. Cruzado ese límite se ingresa a una región de entendimientos, complicidades y transacciones que el votante nunca ve en los medios pero cuya existencia intuye, porque de lo contrario las cosas nunca habrían podido ir tan mal, durante tanto tiempo, en diferentes contextos y bajo cualquier gobierno.

El ciudadano, con su ausencia, quiere decir mal y pronto que está harto de que le tomen el pelo. Ya se dio cuenta de que todo es un juego con suculentos premios del que él no participa y de cuyas alternativas se entera apenas a medias, aunque su presencia sea imprescindible para que el juego pueda desarrollarse. Su situación recuerda a la de esos policías que suelen verse apostados en los estadios de fútbol de espaldas al campo: tienen que estar ahí pero no pueden ver el partido. Los políticos y sus voceros reclaman la presencia del ciudadano en las urnas pura y exclusivamente porque sus votos son los que les dan legitimidad para llegar al poder del estado, del que se valen para engordar sus cuentas bancarias y las de sus amigos, o para imponer a los demás sus berrinches ideológicos, o para cobrar de agencias extranjeras por imponerlos, o para todo eso junto.

La reacción de los ciudadanos que deciden no prestarse al juego, y que preocupa a los observadores, se distribuye como ya dijimos en dos categorías que podríamos describir ahora con más precisión valiéndonos de esa oposición entre “apocalípticos” e “integrados” que Umberto Eco aportó al análisis sociocultural. Los “integrados” rechazan las opciones que les plantea el comicio, pero preservan el sistema, lo ratifican con su asistencia, con la emisión del voto. Los apocalípticos creen que nada de lo que hay puede mejorarse, y que es necesario hacer volar todo por el aire y empezar de nuevo. Entonces optan por no votar, o bien se inclinan por alguna opción disruptiva cuya llegada al poder produciría, eso creen, el mismo efecto dinamitero. Lo suyo, antes que un “hacer destructivo” como dice Vilker, se parece más a esa virtuosa “destrucción creativa” que suele atribuirse al sistema capitalista.

Sin embargo, las cosas son más complicadas y no se resuelven mediante un rechazo, más o menos violento. Al enumerar las amenazas y distorsiones que sufrió nuestro sistema democrático mencionamos al principio los golpes de estado, las proscripciones y el eclipse de los partidos. Las dos primeras se resolvieron, la tercera no, y en ella reside el meollo del problema. La reconstrucción de la democracia argentina, y la recreación de la confianza en ella, pasa por la regeneración de los partidos políticos. En una sociedad de masas no hay política sin partidos, no hay partidos sin participación popular, y no hay participación popular sin conciencia nacional. En la Argentina no hay partidos, no hay participación popular, no hay conciencia de pertenencia a un todo llamado nación, y en consecuencia hay deserción ciudadana en los comicios, porque la oferta se muestra ajena, distante y sospechosa como si la hiciera un proveedor de servicios.

Pero las siglas políticas no son empresas de servicios especializadas en administrar el Estado. Podrían serlo, pero en ese caso el contrato sería otro e incluiría garantías de cumplimiento y eficacia. Los partidos son, deberían ser, agrupaciones de ciudadanos, unidos por una misma convicción sobre cómo debe administrarse la nación y cuál debe ser su lugar en el mundo, y que persiguen el poder para llevar esas convicciones a la práctica. Y la participación no se limita, no debería limitarse, a mirar por televisión las trifulcas entre candidatos, ni a simpatizar con uno o con otro. La participación política consiste en informarse, estudiar, acudir todas las semanas al comité, la unidad básica o lo que sea, pagar la cuota, poner el cuerpo, y discutir, promover a los mejores y separar a los oportunistas, y todo lo que supone la vida partidaria. Se habla con razón de la distancia entre la política y los ciudadanos, pero se omite decir que el eslabón faltante entre unos y otros es justamente el partido.

Políticos y publicistas acostumbran criticar el asistencialismo diciendo que a la gente no hay que regalarle pescado sino enseñarle a pescar. Pero nunca dicen que a la gente no hay que ofrecerle servicios políticos sino enseñarle a participar en la vida política y facilitarle esa participación. Defienden lo primero porque aspiran a quedarse con más de la mitad de lo que el ciudadano pesque, y omiten lo segundo porque no quieren competencia en esa rapiña. El sistema no sólo no entrena para la vida política, sino que ha impuesto un sinnúmero de trabas, requisitos y regulaciones absurdos para la inscripción y el reconocimiento de nuevos partidos, como lo han comprobado a su costo José Luis Espert, Javier Milei, Juan Gómez Centurión, y otros que han pretendido últimamente promover alternativas diferentes.

 

* Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y se inició en la actividad periodística en el diario La Prensa de la capital argentina. Fue redactor de la agencia noticiosa italiana ANSA y de la agencia internacional Reuters, para la que sirvió como corresponsal-editor en México y América central, y posteriormente como director de todos sus servicios en castellano. También dirigió la agencia de noticias argentina DyN, y la sección de información internacional del diario Perfil en su primera época. Contribuyó a la creación y fue secretario de redacción en Atlanta del sitio de noticias CNNenEspañol.com, editorialmente independiente de la señal de televisión del mismo nombre.

 

Artículo publicado el 30/06/2023 en Gaucho Malo, el sitio de Santiago González, https://gauchomalo.com.ar/ausentismo-electoral/

CENSURA KIRCHNERISTA PARA SEGUIR MINTIENDO EL PASADO, CONTROLAR EL PRESENTE Y DOMINAR EL FUTURO

Ariel Corbat

«La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro.

Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados».

George Orwell, 1984.

 

Por aquello de que no se puede engañar a todos todo el tiempo, cuando los kirchneristas, que construyeron poder a base de mentiras, se sienten debilitados inexorablemente intentan usar la fuerza coercitiva del Estado para censurar verdades.

Es el mecanismo que utilizaron a comienzos de 2017, pleno interregno macrista, llevando a la Legislatura Bonaerense un proyecto para obligar a mentir 30.000 desaparecidos. Proyecto del Frente Para la Victoria que fue hecho Ley 14.910 con voto del bloque cambiemita que con la sola excepción de Guillermo Castello alzó las manos tal como lo había ordenado la gobernadora María Eugenia Vidal.

Saben los kirchneristas que su poder depende de sostener la mentira de los 30.000 desaparecidos, piedra fundacional de su relato y manto útil para cubrir la más descarada corrupción que ha padecido la República Argentina. Y saben también que progres como Vidal y sus levantamanos son lo suficientemente idiotas como para aceptar las mentiras kirchneristas como verdades dogmáticas, porque la sola idea de que los puedan llamar “fachos” les causa estupor.

Tenían entonces miedo de no volver al gobierno, porque en el 2015 se votó para que no vuelvan jamás, tal como podría ser que se vote en este 2023. Y no fue casualidad que a partir de la fecha de sanción de esa ley, 23 de Marzo de 2017, el kirchnerismo y el resto de la izquierda exacerbaran su activismo con la abierta intención de impedir que el Presidente Mauricio Macri completara su mandato.

Y es que con su mentira fundacional resguardada por los mismos que habían prometido terminar con el kirchnerismo y el curro de los derechos humanos, tenían claro que iban a volver; por militancia propia y por la traición cambiemita a sus votantes. Gobernó Cambiemos tratando de congraciarse con quienes nunca les iban a apoyar, haciendo kirchnerismo de buenos modales, lo que no podía terminar bien en ningún escenario. Se desperdició así una oportunidad histórica que tal vez no se repita.

Los cuatro años de Alberto de la Fernández haciendo de Presidente en la tercera presidencia de Cristina Fernández salieron tan mal para el kirchnerismo que llevan como candidato a Sergio Massa y vuelven los cambiemitas a tener la chance de acceder al gobierno.

Por eso vuelve el kirchnerismo, esta vez anticipándose a la pérdida del poder, a intentar blindar ya no solamente su mentira fundacional, sino su relato todo. Cuentan para ello con las bancas propias y las de aquellos cambiemitas más preocupados por consensuar con el kirchnerismo que por combatirlo, porque “superar la grieta” y toda esa sarasa. Y uno podría suponer que serían esos los afines a Horacio Rodríguez Larreta, pero no cabe descartar a muchos de los afines a Patricia Bullrich.

En efecto, la mecánica se repite. El lunes 26 de Junio el gobierno hizo la presentación del avión Skyvan PA-51 que se habría utilizado en los llamados “vuelos de la muerte”, una exhibición de derroche de dinero público para sostener una memoria parcializada. Encabezaba el acto, sentada junto a Sergio Massa, ese al que definía como un “hijo de puta”, una Cristina Fernández aún en el poder pero con serias dudas sobre su futuro dejó caer, como al pasar aunque cumpliendo parte de un plan sincronizado, que: “Resulta increíble que algo que es reconocido como una tragedia de la humanidad en todo el mundo haya gente de nuestro país que lo niega”.

Horas después, el 28 de Junio, la diputada nacional por Jujuy Carolina Moises, del Frente de Todos, presentó un proyecto de ley para penar el “negacionismo” basado en otro que ella misma presentó dos años atrás. Según Moises “Es inaceptable seguir siendo testigos de cómo se tergiversa nuestro pasado común negando las evidencias. El Estado debe velar ayer, hoy y siempre por nuestra verdad histórica”.

Curiosa frase la de la diputada porque está destinada a proteger las mentiras sobre los años de plomo que el kirchnerismo pretende hacer pasar por verdades dogmáticas contra toda evidencia.

Este afán kirchnerista por blindar sus mentiras para imponer su relato, debe recordarnos las enseñanzas de George Orwell en su novela «1984»: porque si aceptamos que 2+2 no es igual a 4, sino lo que el partido devenido gobierno y Estado nos diga que es, entonces ya no tendremos ninguna libertad, ni siquiera la libertad de pensar.

Por ello es necesario alzar la voz en defensa de la Libertad que es, entre tantas otras cosas, la capacidad de preservar la racionalidad frente al fanatismo de los adoctrinados y no resignar bajo ninguna circunstancias que 2+2=4.

El relato del kirchnerismo sobre los años de plomo, en tanto omite groseramente los crímenes del terrorismo castrista, sólo puede sostenerse desde la ignorancia fomentada por el uso faccioso de los recursos del Estado. Es, literalmente, un relato para idiotas.

Los años de plomo no fueron para nada agradables. Y justamente por eso deberíamos preocuparnos por mantener una memoria cierta, de las que apoyan los documentos y testimonios reales de la época que dan cuenta de una guerra revolucionaria, guerra contrasubversiva, guerra sucia o como quieran llamarla pero siempre guerra. Negar la existencia de la guerra es mantener abierta la posibilidad de repetirla.

Después de los juicios a las juntas militares y las cúpulas de las organizaciones terroristas, el Presidente Carlos Menem promovió un proceso de pacificación que aspiraba a superar el pasado. Sin embargo las minorías hiperactivas de izquierda, afines al terrorismo castrista, aprovechando los coletazos de la profunda crisis del 2001 encontraron en el kirchnerismo el vehículo para romper ese contexto superador del pasado bajo el afán revanchista por la guerra perdida.

La izquierda castrista quería venganza, y el kirchnerismo se la ofreció al alzar la bandera de los derechos humanos como franquicia para encubrir sus negociados (desde la vocación por apropiarse de fondos públicos y abalanzarse en éxtasis sobre cajas fuertes), estrategia bien definida por Jorge Asís como “roban pero encarcelan”.

Son los contextos los que definen el significado de los actos, y en este contexto de daño institucional, degradación cultural y miseria intelectual que ahonda deliberadamente el régimen kirchnerista, cualquiera que se preste al afirmacionismo de la mentira, al falseamiento histórico y al negacionismo del ataque marxista contra la Nación Argentina, colabora con el enemigo y traiciona a la Patria.

Y ninguna ley podrá callarme, seguiré diciendo estas cosas que puedo fundamentar en hechos documentados y en documentos indubitables. Ninguna ley puede obligarme a ser un afirmacionista de la mentira. Porque si “negacionista” es defender la verdad entonces llevaré el título con altivez.

No hay ninguna ley mordaza que vaya a impedirme seguir explicando esa parte trágica de la historia argentina en la que, para desgracia de todos, se mantiene al país empantanado de pasado.

La guerra revolucionaria declarada por las organizaciones terroristas dirigidas desde Cuba, no fue una guerra convencional, de cara a cara, con ejércitos a bandera desplegada como se combatió en Malvinas.

Fue lo que son las guerras revolucionarias: mugre y clandestinidad.

El terrorismo castrista desplegó su ofensiva con ataques solapados tras infiltrar distintos ámbitos de la sociedad, hasta en hogares familiares poniendo bombas debajo de las camas. Y su violencia traía un mensaje: “Somos más malos que ustedes. Ríndanse a nuestra voluntad”.

Pues bien, los argentinos no nos rendimos ante la agresión comunista, y nuestros soldados se adaptaron al escenario de guerra sucia que instaló el enemigo; para dejar bien en claro que podíamos ser más malos que ellos y sostener nuestro estilo de vida. Así se hizo lo necesario.

¿Errores, excesos y horrores? Por supuesto. No tiene propósito negarlos. Las guerras de Inteligencia, las que se libran desde la clandestinidad para definir la supremacía entre estilos de vida de convivencia imposible, se combaten sin piedad y sin reglas. Porque la única regla es no perder.

¿Cometimos crímenes? Sí. Para no cometer el mayor de los crímenes: que terroristas como Firmenich o Santucho se salieran con la suya y a precio de matar un millón de argentinos nos impusieran otra dictadura con pretensión de eternidad a imagen y semejanza de la de Cuba (que sigue siendo hoy día la misma dictadura que lanzó contra nosotros sus organizaciones terroristas).

Se pueden cuestionar los métodos, obviamente que sí, pero no al extremo de ser funcional al enemigo. En tal sentido, incluso disertando en ámbitos como el Círculo Militar he formulado severas críticas a determinadas conductas implementadas durante la guerra, pero nunca olvido el contexto criminal propio de la época, presente en los míos y en los otros, tal como lo manifesté hace largos años en la entrevista que recuerda este fragmento de video:

Entonces, ¿somos criminales los argentinos por haber eliminado terroristas? No. ¿Debemos sentir alguna culpa por los terroristas neutralizados? Ninguna. Que los lloren en Cuba.

Veamos ahora la cuestión de los desaparecidos como táctica de guerra.

Téngase presente que antes del golpe de Estado de 1976, en el interregno “democrático” del peronismo, los terroristas que estaban presos conforme a Derecho fueron amnistiados y que esa amnistía sólo sirvió para que sintiéndose con mayor impunidad retomaran la lucha armada.

Las organizaciones terroristas que operaban en Argentina eran de una dimensión mucho mayor que las Brigadas Rojas, y si Italia las pudo combatir con la ley en la mano fue porque no tenían ni el despliegue ni el grado de infiltración de Montoneros y ERP. Aquí además del terrorismo urbano, las organizaciones castristas atacaron cuarteles y coparon ciudades, por sólo señalar dos tipos de acciones que definen un estado de guerra.

Muchas veces se pretende poner el caso italiano como ejemplo de lo que debió hacerse, pero es una comparación que carece de todo realismo.

En los setenta, la información circulaba a mucho menos velocidad que hoy, eso era determinante para que capturado un enemigo se tuviera tiempo de sacarle información y golpear por sorpresa a su organización. Lo cual no hubiera ocurrido de iniciarse un proceso penal. Cosa que sólo hubiera traído aparejada mayores vulnerabilidades para las fuerzas del Estado argentino, pues cabe recordar que al Juez Quiroga lo mataron los terroristas por haber dictado sentencia contra ellos en procesos legales.

Y subrayo este punto, porque a pesar del evidente prevaricato con que los militares han sido condenados por combatir y vencer al terrorismo castrista nunca mataron a ningún juez. Entre otras razones porque esos jueces, pueden serlo gracias a que los militares ganaron la guerra y con socrático patriotismo soportan las injusticias judiciales del revanchismo. El obsceno prevaricato de los jueces que condenan militares es también un acto de alevosa hipocresía, porque si pueden jugar a ser jueces sólo es gracias a que los militares ganaron la guerra. De ganar Firmenich o Santucho no se hubieran atrevido a juzgar a los vencedores, ni se los hubieran permitido.

Luego, en el fragor de la guerra, a más de capturar, interrogar (bajo tortura, sí) e ir desmantelando células enemigas en sucesivos operativos, había que devolver la gentileza del miedo: que sintieran los terroristas la incertidumbre de no conocer la suerte de sus combatientes.

Y es que la guerra revolucionaria, en su total falta de convención, tiene un rasgo psicológico más fuerte que en otros conflictos; es una guerra de crueldad y miedo contra miedo. Por lo que la derrota de cualquier bando queda sellada cuando en lugar de causar miedo, tiembla de miedo. Y los terroristas temblaron.

Cuando una organización de tipo militar no tiene certeza sobre la disposición de sus tropas, ni puede determinar si sus faltantes han sido capturados, están muertos o desertaron, se produce el desbande. Ante ese desbande, Montoneros intentó la locura de una contraofensiva idiota en la que, como si la consigna hubiera sido “animémonos y vayan”, no se arriesgó ningún jefe.

¿Qué esperaban los terroristas que mataron a militares y sus hijos en sus casas o en las puertas de sus casas? ¿Qué una vez capturados se les iba a ofrecer un café con medialunas y otra amnistía?

No iba a pasar. Por lo que cayó encima de los subversivos castristas todo el odio que generaron con su proceder artero.

Es un estribillo común de la prédica izquierdista de posguerra decir que aquí no hubo guerra sino genocidio y que la apropiación de hijos de terroristas fue una práctica aberrante. Pues bien, al respecto es preciso contestar con toda claridad: cada uno de los llamados «nietos recuperados» demuestra dos cosas.

Primero demuestra el sentido humanitario de quienes adoptaron como propios a los hijos de terroristas (terroristas que, dicho sea de paso, eran horribles padres y solían usar a su prole como escudo humano). Supusieron los militares que de esa forma se evitaría que crecieran odiando como odiaban sus padres.

Segundo demuestra la inexistencia del tal mentado genocidio: los nazis no preservaban vidas de bebés judíos, ni los turcos a los armenios, ni los hutus a los tutsi.

Ese rasgo humanitario de los militares argentinos, en el marco de una guerra sin ningún tipo de convenciones, confirma que su objetivo no era exterminar personas sino aniquilar el accionar terrorista. Es el mismo motivo por el que pulula tanto “sobreviviente”.

Más aún, los militares argentinos impidieron el genocidio que sí planificaba el terrorista castrista Roberto Santucho, jefe del ERP, quien calculaba tener que matar a un millón de argentinos para imponer el “socialismo”. Sí, leyó bien, Santucho dejó por escrito su pretensión de matar a un millón de argentinos.

Por esa misma razón es una completa aberración la recurrente e interesada búsqueda de equiparar los desaparecidos con los muertos del nazismo. Es ofensivo igualar víctimas exterminadas en razón de lo que eran y con total prescindencia de cual fuera su conducta,  con aquellos que en el marco de una guerra revolucionaria que ellos mismos declararon fueron muertos por ser integrantes de organizaciones terroristas que no tenían ningún prurito en matar inocentes.

Nada de esto se dice en el relato oficial impuesto sobre los años de plomo, es algo que la imposición cultural de la “corrección política” impide manifestar, porque con “el diario del lunes” se ha olvidado la realidad del domingo. Las teorías sobre la posibilidad de haber lidiado con los terroristas aplicando algún otro criterio, meramente policial y por ende ajustado estrictamente a la ley penal, olvidan que Argentina no era Suiza. Ese pequeñito detalle no puede pasarse por alto sin una hipocresía descomunal, como la que campea desde hace décadas en Argentina.

Una vez más expreso mi agradecimiento a quienes combatieron y vencieron al terrorismo castrista impidiendo que nos arrebataran Patria y Libertad.

Un país que condena implacable e impiadosamente a sus defensores entrega su futuro al enemigo. Es lo que hizo Argentina para hundirse en la decadencia a la vista de todos. Brego entonces por la libertad de Alfredo Astiz y todos los vencedores de la guerra contra el terrorismo castrista que, prevaricato mediante, se encuentran prisioneros.

Y afirmo: No fueron 30.000, no fue genocidio, fue guerra.

No acato ni acataré, por inconstitucional, ninguna ley que pretenda hacerme decir que 2+2 no son 4.

 

Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,

un liberal que no habla de economía.

 

Artículo publicado el 29/06/2023 en La Pluma de Derecha, https://plumaderecha.blogspot.com/2023/06/censura-kirchnerista-para-seguir.html

UNA VISIÓN PARA LA NACIÓN ARGENTINA

Iris Speroni*

Llenemos el país de familias propietarias.

Antecedentes:

EQUILIBRIO INESTABLE

LA PARTICIPACIÓN DEL CAMPO EN LA VIDA PÚBLICA ARGENTINA

 

Estamos en los momentos previos a una nueva elección.

Los precandidatos junto a su equipo de “expertos” exponen al público cómo piensan arreglar la economía en caso de ser electos.

Más allá de que a las palabras se las lleva al viento, es interesante ver qué nos proponen para los siguientes problemas:

    • inflación,
    • aumento de empleo,
    • mejora del salario promedio,
    • crecer la economía,
    • exportaciones,
    • Leliqs.

La única forma que tenemos hoy de salir de este callejón es con el aumento de las exportaciones. Por la simple razón de que la clase política eliminó otras herramientas posibles como motor de la economía (mercado interno, inversiones, gasto público).

El sistema vigente actual, que tiene décadas de funcionamiento se puede resumir así: se le quita la rentabilidad al campo, al punto de dejarlo en el mínimo de cubrir sus gastos corrientes (por lo tanto se lo descapitaliza) y se inhiben numerosas explotaciones por no llegar al punto de equilibrio (*).

Todo ese dinero se destina a otros agentes de la economía argentina. Los beneficiarios han cambiado con el tiempo. No son los mismos los beneficiarios de la década del ‘50 que los actuales. Lo único constante es: a) el Estado como el instrumento para sacarle a algunos y darle a otros, por lo que se vuelve imperativo para los agentes beneficiados controlar el Estado; b) el que pone la plata es b.1.) siempre el campo y b.2.) intermitentemente los trabajadores.

Por lo que podemos hablar de una política de Estado que se mantiene vigente en gobiernos radicales, peronistas, conservadores/militares por las últimas décadas.

Ésta es la razón por la cual el discurso tanto de FdT como de JxC, con matices, es el mismo. “Sáquemosle el dinero al campo y gastémoslo en…”. La segunda parte de la fórmula cambia, pero no mucho. Como JxC, en particular el PRO, busca el voto del productor agropecuario, entonces disfraza sus intenciones. Pero eso queda descubierto con escarbar un poco.

El gobernante para justificar el expolio debe vender un discurso público y una imagen del damnificado (b.1. y b.2.) por el cual el abusado “merece” el tratamiento (**).

Para construir la imagen de “campo malo”, distintas facciones del partido político único “VIVAMOS TODOS DEL CAMPO”, usa diversas justificaciones. Las mismas se generan y se expanden primero en las facultades (todas las nacionales y la mayoría de las privadas) y luego los repiten los políticos y lo reproducen los medios de comunicación [del pensamiento del poder]. (***).

Luego hay apelaciones al imaginario de la década del ‘30, hablando de las 1.000 familias, en desconocimiento de la historia de hace 100 años atrás (****).

Hoy al campo —desde Jujuy-Misiones a Tierra del Fuego— el Estado le quita ingresos mediante (*****):

1) diferencia de tipo de cambio;

2) DEX;

3) impuestos generales;

4) peajes, tasas, permisos.

Los beneficiarios son hoy, por orden de magnitud: 

a) la banca local y externa;

b) los contratistas del Estado —los que proveen al Estado— dentro de los cuales están las constructoras y las farmacéuticas entre otros;

c) los concesionarios públicos (transporte, rutas, distribuidoras de energía —gas y luz—);

d) las automotrices, terminales extranjeras;

e) los empresarios subsidiados (subsidios directos, préstamos a tasa inferior a la inflación, compra de dólares a mitad de precio);

f) la burocracia estatal que tiene sueldo promedio el doble de los trabajadores del sector privado;

g) las familias beneficiarias sociales. (A la que se les compensa por el desastre que los anteriores —de la a) a la f)— generan).

En fin, las excusas son numerosas y habría que hacer un compendio de las mismas. Lo importante es el futuro y acá quiero entrar.

Las próximas elecciones

Actualmente hay una política de Estado, que es VIVAMOS TODOS DEL CAMPO.

Este esquema es sustentado por todos los beneficiados, pero el responsable del sostén ideológico y discursivo es la UIA (******).

Igual, todo es posible, porque el Estado recauda y el club de los beneficiarios (EQUILIBRIO INESTABLE) es quien gobierna.

La pregunta es: ¿alguno de los postulantes quiere realmente acabar con esto?

El FdT claramente quiere seguir como está. El ministerio de Massa es el ministerio de la UIA, es el ministerio de VIVAMOS TODOS DEL CAMPO, donde Tombolini da permisos para importar cosas a mitad de precio y De Mendiguren reparte créditos blandos —por ejemplo para comprar maquinaria agrícola brasileña— y Massa hace negocios con canje de deuda y LELIQs que pagan tasas superiores al 100%.

Es “más de lo mismo”.

Es lo de siempre.

Con matices, es lo que postula gente como Vallejos o Kicillof (fue lo que hizo durante su ministerio). No pareciera que otras vertientes como Scioli, pensaran diferente. En resumen, más de lo mismo. Ni siquiera atisban a escuchar a algún gobernador de su propio partido que proponga eliminar las DEX. A todos los gobernadores les conviene un tipo de cambio libre y eliminación de DEX. Es más actividad económica en las provincias y mayor recaudación de IIBB provinciales y de IVA y Ganancias (coparticipables). A lo que debemos agregar que ninguno de los gobernadores participan en el mega curro de las LELIQs.

La otra gran coalición es JxC. Arrancó en 2015 reduciendo parcialmente las DEX, pero continuó con la manipulación del tipo de cambio (no con cepo sino con sobreoferta de divisa) y tipos de interés del 80%. Esto es: continuó con la política de Cristina Fernández/Axel Kicillof. Además, para demostrar su falta de convicciones, volvió a subir las DEX en cuanto el FMI se lo solicitó. Cuando hoy sus principales exponentes (Larreta, Bullrich, Lousteau, Manes) sostienen: van a bajar las DEX pero poquito y en el tiempo, van a acabar con el cepo, pero no inmediatamente, nada dicen de las LELIQs. En el caso de Manes/Dal Poggeto directamente propone subir la alícuota de DEX.

¿Entonces?

Por último, el tercero en discordia, Milei. Con su “cierre del BCRA” dice lo siguiente: a) no voy a manipular el tipo de cambio, que sea lo que Dios quiera, b) no voy a seguir con el curro de las LELIQs. Ambas medidas no resuelven per se el problema de país, pero constituyen un paso imprescindible para el lado correcto. El tipo de cambio libre y eliminar las DEX es el combustible que necesitamos para: a) aumentar las exportaciones agropecuarias, b) bajar las importaciones industriales y comenzar a exportar productos industriales, c) poner a toda vela las inversiones en hidrocarburos sin necesidad de subsidios estatales. No es el todo, sólo el principio. Hay cosas que no me convencen, como que probablemente quieran privatizar YPF y Banco Nación, que los considero imprescindibles para el IMPERIO AUSTRAL. Dicho esto a) y b) son ineludibles para empezar a andar. Sobre el resto, me reservo opinión.

Un plan para la Nación Argentina

Hoy tenemos el Estado gobernado por los beneficiarios (*******) del status quo. En los últimos 20 años, la política económica la diseñó Lavagna que fue toda su vida un contratado de la UIA. Hoy tenemos un país cada vez más pobre, cada vez más descapitalizado y cada vez más endeudado.

Por lo tanto, la tarea de quienes no estamos conformes con el statu quo es:

    1. Arrebatarle el control del Estado a los beneficiarios del expolio.
    2. Demoler los instrumentos del saqueo (quitarles a unos para dárselo a otros; cobrar IVA para darle U$D 534 millones a Roggio y Macri, por ejemplo). En otras palabras, cambiar el sistema impositivo, cambiario y monetario y tener un diferente criterio para el gasto público (más armamento para las Fuerzas Armadas, menos para el Instituto del Cannabis).
    3. Demoler el aparato legal del statu quo el cual consiste en leyes, burócratas ubicados en lugares claves, procedimientos, reglamentaciones, aparatos de propaganda.
    4. Perseguir políticamente a los actuales beneficiarios, quienes no descansarán hasta voltear el gobierno resultante. No se equivoquen: la planificación del golpe de estado comienza el día de la asunción.
  1.  

Pero previamente hay que llegar a I. Por lo tanto hay que ofrecerle al país, a la ciudadanía, a la población, una visión que sea esperanzadora, apetecible y posible.

El productor agropecuario, lo que debe pedir es una sola cosa: tener el mismo tratamiento que sus pares paraguayos, brasileños y uruguayos. No pide la luna, pide que un tambero argentino gane como un tambero brasileño. Esa falta de igualdad de condiciones es lo que hace que no exportemos carne de oveja y los uruguayos, sí.

Para el productor, hay mucho que pedir, porque la cancha está inclinada, pero no es tan complejo: mismas condiciones que en países limítrofes en política cambiaria e impositiva, relaciones justas con la cadena de valor (abusos oligopsónicos, oligopólicos, carlelización de proveedores o clientes) y poco más. Pero eso no deja de ser un reclamo sectorial. Es como el sindicato de camioneros pidiendo mayores sueldos. Le sirve a los camioneros y a nadie más.

Un plan para el sector debe comprender buenos salarios para los trabajadores del rubro, una política de acceso a la propiedad de la tierra, riego en todo el país, inversiones en instalaciones (cobertizos para los animales en la Patagonia, por ejemplo), canales propios de comercialización, colocación de productos en el exterior, fabricación en Argentina de toda la cadena completa, desde los fertilizantes a los barcos mercantes al packaging de los productos finos. Producir maquinaria agrícola para nosotros y para el mundo. Todo, cuestión de que podamos sostener la actividad en la situación más adversa.

El país es más que los productores agropecuarios. 

Por lo cual debemos ofrecerle al país una visión.

Una imagen, un imaginario de una Argentina próspera y con lugar para todos.

Por un lado no es difícil proponer algo mejor. Tenemos a las actuales autoridades que ofrecen inflación al trabajador asalariado y al jubilado; que lo baleen en la parada del colectivo a un vecino; un salario basura a un enfermero, policía, médico, guardaparque; imposición sobre imposición para el pobre monotributista; imposibilidad de comprarse una casa o un palmo de tierra; es un dolor de muelas cambiar un cheque para cualquier pyme; inestabilidad monetaria y política; un país desguarnecido en la defensa; corredores abiertos para la droga; desatención de los familiares enfermos mentales; sistema de transporte horrible, ya sea las rutas, los trenes suburbanos o los colectivos y autobuses de larga y media distancia; un grupo de hippies al frente de la administración de justicia quienes nunca mueven un dedo y si lo hacen es para el lado incorrecto; la atención hospitalaria es deficiente; debemos soportar a una troupe de burócratas soberbios quienes en conjunto con periodistas a sueldo nos dicen a todos cómo tenemos que vivir y cómo debemos educar a nuestros hijos. Todo montado sobre altos impuestos y salarios de hambre.

No es difícil mejorar la oferta.

Quienes gobiernan hoy, los beneficiarios del desfalco, no se limitan con quedarse con el dinero, sino que hacen todo lo que está de su mano para dificultarle la vida a todos: jubilados, trabajadores, comerciantes, profesionales, propietarios por igual.

Por lo que todo plan que uno ofrezca a la ciudadanía debe ser lo contrario:

    • buenos sueldos,
    • actividad económica plena,
    • salud de las finanzas estatales (superávit, cero deuda, cero tasa, reservas en oro y plata),
    • crecimiento y progreso tecnológico,
    • inversiones privadas y públicas,
    • una familia, una vivienda propia (propiedad plena),
    • una familia, una hectárea propia (para el retiro y la vejez),
    • incentivar el ahorro de las familias,
    • control de áreas estratégicas (nuclear, patentes, insumos agropecuarios, farma),
    • reconstruir el aparato de Defensa, tanto las FFAA como FFMM,
    • jerarquizar y apoyar a las FFSS,
    • repagar la deuda pública en su totalidad,
    • acumular reservas de oro y plata,
    • cerrar la frontera a la droga,
    • atender a los enfermos mentales,
    • atender a todos los enfermos,
    • incentivar la natalidad,
    • pagar buenos sueldos al personal público de servicios (FFAA, FFSS, salud),
    • invertir en transporte interno, fluvial y de ultramar,
    • recuperar las Malvinas,
    • 200 millones de cabezas de ganado vacuno y 60 millones de ganado ovino,
    • montar un buen sistema de transporte,
    • riego para el desierto argentino,
    • ser el lugar de refugio para todos los cristianos perseguidos del mundo,
    • relaciones exteriores de potencia mundial,
    • ocupar nuestro lugar como octava potencia mundial, trabajar para ese objetivo.

* Licenciada de Economía (UBA), Master en Finanzas (UCEMA), Posgrado Agronegocios, Agronomía (UBA).

 

Notas

(*) Se denomina punto de equilibrio cuando una actividad económica gana para cubrir los costos. Por abajo del punto de equilibrio se pierde plata; por arriba se gana plata.

(**) Es en todos los órdenes. Las personas no están desocupadas o subocupadas porque el manejo de la economía es desastroso sino porque la persona es “vaga” (Obama, Macron). El expolio al productor es porque reciben unas imaginarias “rentas extraordinarias”, argumento que no enarbolan frente a Pfizer o frente al crecimiento patrimonial de los funcionarios.

(***) Cosas como “ganancias extraordinarias” repetidas hasta el hartazgo durante la controversia por la 125 (escuchamos hablar con absoluta suficiencia a diputados y concejales, a los cuales si les pidiéramos una definición, empezarían a balbucear; tienen la suerte de que los periodistas argentinos jamás repregunta). Sin embargo es un verso viejo, inventado en épocas de la CEPAL. La CEPAL, bien anticampo, es una organización inventada por el Departamento de Estado de EEUU, que tuvo por primera autoridad a Prebisch. Ellos hablaron de “ganancias extraordinarias” y “latifundios” como mal hispanoamericano. Quien bien desbarata las mentiras de la CEPAL es Osvaldo Barsky en su libro “Historia del Agro Argentino” que recomiendo enfáticamente.

(****) Nuevamente, mirar el estudio del registro de la propiedad de provincia de Buenos Aires que hace O. Barsky, que demuestra con claridad que la gran mayoría del campo bonaerense estaba en propiedades de entre 100 y 300 has.

(*****) Dejo en claro que no es el campo el único que paga impuestos. Los impuestos federales argentinos están en cabeza de los más pobres (IVA). Pero sí soportan, como agregado, cambio manipulado y DEX, que nadie más sufre.

(******) No quiere decir que todos sus socios estén implicados, ni que todos los industriales se vean beneficiados por este estado de cosas. Muy por el contrario, el Mercosur y las políticas cambiarias/impositivas de los últimos 40 años fueron el cementerio de varios de ellos. Ni siquiera los más beneficiados son los industriales argentinos, que no pueden crecer o deben vender sus firmas. Nadie más beneficiado, por ejemplo, que las terminales automotrices, 100% extranjeras. Es sólo para simplificar el argumento.

(*******) Y no me refiero a los beneficiarios de planes sociales, quienes, a cambio del silencio o la complicidad, reciben el 1%  de lo que muerden la banca o los contratistas del Estado. Me refiero a los beneficiarios a) a f).

 

Lecturas asociadas

Vivamos todos del campo

La participación del campo en la vida pública argentina

http://iris-speroni.blogspot.com/2020/03/la-participacion-del-campo-en-la-vida.html

 

Equilibrio inestable

http://restaurarg.blogspot.com/2019/12/2020.html

 

Artículo publicado del 10/06/2023 en Restaurar, https://restaurarg.blogspot.com/2023/06/una-vision-para-la-nacion-argentina.html