Archivo de la etiqueta: Ucrania

CHOQUE DE CIVILIZACIONES EN LA GUERRA EUROPEA. ¿POR QUÉ TANTOS VEHÍCULOS DE LA OTAN ABANDONADOS INTACTOS?

Gabriel Camilli*

En primer lugar, como ejemplo, veamos un breve comunicado de prensa oficial de Moscú: “Soldados rusos han capturado un tanque AMX-10RC que Francia ha donado a Ucrania como parte de uno de sus paquetes de ayuda militar”. Así lo anunció en su canal oficial de Telegram el Ministerio de Defensa de la Federación Rusa. La publicación afirma que el vehículo de combate abandonado estaba ubicado cerca de uno de los asentamientos en la República Popular de Donetsk. Instrucciones detalladas para su funcionamiento yacían cerca en el suelo (el manual de instrucciones).

Según diferentes fuentes occidentales, sabemos que no fue el único vehículo de guerra abandonado y luego capturado por los rusos. “Hay más de 50 unidades de equipos enemigos inmovilizados en las afueras de Novodonetsk”, explicó el departamento, publicando un video filmado por uno de los combatientes.

Anteriormente se supo que un destacamento de aviones de ataque rusos de la Flota del Pacífico destruyó una unidad de las Fuerzas Armadas de Ucrania cerca de la aldea especificada (Ver https://riafan.ru/24114926-).

El experto militar francés Francis Goumain, irónico —pero no demasiado—, explica este hecho como un aspecto fundamental del Choque de Civilizaciones en curso. Según afirma: “Con cada reflujo de la marea (ida y vuelta de los ataques) descubren vehículos blindados de todo tipo varados en el campo de batalla; y estos no son cascos carbonizados; más bien, la vista que se ofrece es la de vehículos alerta estacionados al borde de la carretera, esperando la grúa, sus ocupantes lastimosamente atrincherados detrás de la barrera de seguridad, tratando de no parecer demasiado belicosos en sus chalecos fluorescentes que señalan la atención de todos, con los ojos pegados a las pantallas de sus computadoras portátiles o celulares, en un intento de escapar de la mirada irónicamente comprensiva de los automovilistas que pasan”.

El AMX10 RC encontrado por los rusos estaba perfectamente intacto: la causa no es su famoso blindaje demasiado débil y todavía tiene sus ruedas y su cañón. Un detalle, sin embargo, permite entender por qué sus ocupantes prefirieron retirarse a pie a pesar de que su coche puede circular a 110 km/h: el manual de a bordo con las instrucciones de uso del vehículo se encontraba sobre el asiento, abandonado, abierto en una página. Y en ella se detallaba el funcionamiento de una luz de advertencia, que se encendió en el tablero, y puso a salvo el vehículo. Y también lo bloqueó.

Aquí está el problema: los sensores y las consolas de diagnóstico que, al igual que nuestros coches modernos, desbordan en los vehículos blindados de la OTAN.

Supongamos que explota una granada a 100 metros, una astilla rompe un cable y, de repente, se enciende una luz y el vehículo se detiene, haciendo imposible volver a arrancar hasta que hayamos despejado la avería. Solo tenemos que esperar el vehículo de remolque, que sin embargo nunca llegará, la OTAN no ha pensado en enviar uno, y si llega uno será ruso, y ellos, con la solución manual de problemas, sabrán cómo reiniciar la máquina.

En un principio los rusos pensaron que estaban frente a una trampa, una especie de caballo de Troya. Se acercaron con cautela, dispuestos a disparar al menor movimiento sospechoso del animal, pero acabaron comprendiendo: los vehículos blindados de la OTAN están diseñados por los mismos multimillonarios histéricos que tienen miedo a todo, desde el queso de leche cruda hasta el vino, desde el terrible CO2 hasta las partículas finas, y no hablemos de los iones positivos, los rayos UV; como los chirridos de alarmas que nos arruinan los oídos cuando no nos abrochamos los cinturones de seguridad, carteles de instrucciones de seguridad por todas partes, órdenes de hidratarse (pero no con cerveza), tener cuidado al bajar del tren, etc.

Vida opulenta

Cuando se logran estándares de la vida opulenta, parecería claro, no se debe poner un pie en un campo de combate. La cultura de la sociedad opulenta no quiere sacrificios, ni esfuerzos, quiere la vida fácil. ¿Pero cómo no lo piensan? Es terriblemente temerario: hay minas por todas partes, dientes de dragón antitanques, zanjas, cañones al acecho, drones que se ciernen sobre la cabeza y parecen conocernos muy bien aunque nunca los hayamos visto antes, misiles que nos atacan, helicópteros agresivos como tábanos, aviones a reacción a baja altura, bombas, comunicación interferida, no más música, y no hay buena cubierta para ir a orinar o tomar café, y sin mencionar a los enemigos que no parecen muy inclusivos ni amigables.

Los ingenieros rusos con estos temas, intuimos que han resuelto el enigma de la mentalidad de los actuales recursos humanos y materiales de Occidente. Según nuestras fuentes, están evaluando seriamente un nuevo método de combate para capturar intactos los medios de Occidente: con lo cual bastaría poder dar información falsa a los sensores del vehículo para que se detenga, por ejemplo. La estrategia sería la siguiente: “Encender uno u otro de los testigos o alarmas de fallas: como por ejemplo una pinchadura de cubiertas, una fuga de aceite, una falla de temperatura en el motor, o bien simular un plazo de inspección técnica superado, etc.”

Primer llamado de atención especial para nuestras lecciones aprendidas a la hora de comprar material. ¡No es estúpido pensar algo así, puede funcionar! A quien le compremos puede “intervenir” en el ingenio militar interfiriendo sus sistemas. Algo de eso supimos en la Gesta de 1982 con los misiles Exocet.

Ante una pausa

Volodymyr Zelensky, en una entrevista con la BBC difundida el miércoles 21 de junio, reconoció que el avance de la contraofensiva ucraniana es “más lento de lo esperado”. De acuerdo con nuestros análisis, en los últimos días la serie de ataques ucranianos en el frente sur no está teniendo los efectos deseados: incluso el avance inicial en la zona sur de Velyka Novoselivka parece haber terminado cuando se enfrentaron con la segunda línea de defensa rusa.

En términos más generales, toda la línea del frente está sustancialmente estable: incluso en su parte oriental, en el Donbass, los ataques y contraataques de rusos y ucranianos no conducen a ganancias territoriales significativas, pero la lucha sigue siendo feroz. Por lo tanto, es posible que el Estado Mayor General de Kiev suspenda temporalmente esta nueva fase ofensiva a la luz de las pérdidas sufridas y el estancamiento de las operaciones.

Según el ISW ((Instituto para el Estudio de la Guerra), “Ucrania aún no ha comprometido la mayor parte de sus fuerzas disponibles y aún no ha lanzado su ataque principal” (agregamos una observación personal: esta opinión de ISW puede estar sesgada). Hemos visto en estos días comentarios de analistas occidentales que hablan de la posibilidad de que solo se tratara de “operaciones de exploración o distracción” y no de una verdadera contraofensiva, ya que numéricamente no hemos asistido a una movilización de fuerzas y tácticamente parecía evidente que no había una dirección principal ni una actividad preparatoria digna de ese nombre. Es decir, ausencia de artillería pesada, bombardeos o el uso de otros recursos como municiones merodeadoras o drones de mayor tamaño, que también se vieron en las acciones del pasado verano. Repetimos, esto puede ser discutible.

Sin embargo, las pausas operacionales son una característica común de las grandes ofensivas, y esta pausa, según el ISW, no significa el final de la contraofensiva ucraniana. Sin embargo, seguimos dudando, como lo hemos expresado en otros artículos, respecto de la posibilidad real que Ucrania tiene de lanzar una «gran operación militar». Durante todo el curso de la guerra, Ucrania lanzó contraofensivas sólo con motivo de la que condujo a la liberación de Jerson -que en realidad fue reconquistada sólo gracias a la completa retirada controlada rusa ante los ataques ucranianos- y en la región de Jarkiv, donde el frente cedió provocando el avance ucraniano en las defensas rusas que, entonces, no estaban tan organizadas como lo están hoy.

Cabe señalar que los propios ucranianos, a través de la voz de su viceministra de Defensa, Hanna Malyar, informaron que los rusos han desplegado importantes fuerzas para detener los ataques, lo que dificulta el avance. Curiosamente, la viceministro Malyar agregó que las operaciones ucranianas en curso tienen varias tareas que no se centran únicamente en la liberación del territorio y que el ejército aún debe comenzar la fase principal de las operaciones de contraofensiva.

Rusia dijo el 20 de junio, a través del ministro de Defensa, Sergei Shoigu, que la “contraofensiva” comenzó el 4 de junio y que las tropas ucranianas han lanzado 263 ataques contra posiciones rusas desde esa fecha, pero negó que el Ejército de Kiev haya logrado avances territoriales en cualquier parte del teatro de operaciones.

Como siempre, con una mirada analítica y profesional es bueno hacer dos aclaraciones: las defensas rusas están organizadas en, al menos, tres líneas defensivas dotadas de diversos obstáculos y campos minados que se extienden a lo largo de 30 kilómetros, dificultando mucho el avance y, desde un punto de vista táctico, si se lograra un avance a través de las líneas después de los ataques, Ucrania debería empeñar las unidades mantenidas “en reserva” para poder obtener un éxito contundente, como sucedió el verano pasado en la región de Jarkiv.

Segunda atención especial. Nosotros hablamos de “defensa móvil” o defensa elástica, según vemos están aplicando los rusos. Es interesante destacar que esto es de aplicación en los frentes amplios de la Patagonia y la Pampa Húmeda, siempre y cuando se tengan los recursos humanos y tecnológicos necesarios como: vigilancia de todo el campo de combate, redes satelitales de comunicaciones y contar con unidades suficientemente adiestradas debido a la necesidad de una coordinación muy ajustada y previamente preparada. Si vis pacem para bellum. ¡Basta de dormir la siesta!

 

* Coronel Mayor del Ejército Argentino. Director del Instituto ELEVAN.

 

Artículo publicado el 24/06/2023 en La Prensa, https://www.laprensa.com.ar/531357-Por-que-tantos-vehiculos-de-la-OTAN-abandonados-intactos.note.aspx

EL VIEJO REALISMO COMO HOJA DE RUTA DEL «NUEVO» MUNDO

Alberto Hutschenreuter*

Imagen geralt en Pixabay

 

Cuando echamos una mirada a los acontecimientos que tienen lugar en el mundo actual, difícilmente podríamos sostener que los mismos respaldan la predominancia de enfoques centrados en el multilateralismo, los valores colectivos y la cooperación desinteresada.

Desde hace tiempo que el denominado modelo relacional, es decir, el que se funda en el poder, la jerarquía, las capacidades, el interés nacional y la incertidumbre de las intenciones entre Estados, predomina en el mundo, llegando incluso a establecerse hoy un inquietante estado de beligerancia latente o de no guerra entre los principales actores preeminentes, esto es, los centros que deberían dar forma a una estructura o configuración internacional.

El estado de disrupción internacional es tal que hasta se podría dudar si hay posibilidades de llegar alguna vez a un orden, pues incluso entre aquellos poderes mayores que tienden hacia una alianza, como China y Rusia, las concepciones relativas con un orden internacional son diferentes. En estos términos, sólo quedaría como garantía relativa de un orden el comercio entre Estados, un sustituto de un orden, pero que no llega a serlo.

¿Estamos, por tanto, en un estado de retroceso en las relaciones internacionales? La pregunta resulta pertinente, pues desde 2014, cuando se produjo la anexión o recuperación de Crimea por parte de Rusia y la desconfianza y fragmentación internacional se profundizó, se habló, primero, del retorno de la geopolítica y luego, del regreso de la guerra; dos cuestiones vinculadas a la obtención de ganancias de poder por parte de los Estados, es decir, «sustancias» de la concepción realista en política internacional, que deprime la cooperación desinteresada entre los Estados mientras que afirma la competencia y la rivalidad entre los mismos. Pero ello no supone ninguna novedad. De modo que, más que retroceso, tal vez sería más apropiado referirnos a una regularidad.

El final de la contienda bipolar, la desaparición de la URSS, la reacción internacional contra la invasión iraquí a Kuwait y el fenómeno de la globalización fueron cuatro hechos que fundaron un clima favorable en relación con el curso de las relaciones internacionales y ello se constató en las hipótesis esperanzadoras que se desplegaron por entonces. Además, la contundencia de las tres victorias estadounidenses (Guerra Fría, guerra del Golfo y modelo económico) afirmó la percepción sobre el triunfo de cierta idea de benevolencia frente a los dogmas casi totalitarios que capitulaban o se encontraban en fase terminal.

La globalización fue, acaso, el epítome, del nuevo clima: una idea cuya práctica aseguraba velozmente el ascenso hacia el desarrollo. Nunca hubo por entonces posiciones que concibieran la globalización como un proceso de oportunidades, que era algo cierto, pero también como un fenómeno no neutro, es decir, como un régimen de poder, algo que era más cierto todavía. Sin duda, si se hubiera considerado la experiencia, seguramente se habría concluido que eran necesarios más reparos por parte de los países frente a las expectativas desmedidas.

En este contexto, las corrientes de pensamiento que consideraban que las relaciones internacionales cambiaban hacia formas menos descentralizadas y más regimentadas, sintieron que sus esperanzas en la afirmación de una sociedad internacional eran prácticamente irreversibles. Si hasta hacía poco el mundo mantenía características hobbesianas, es decir, de ineluctable pugna por el poder, el nuevo escenario tendría rasgos más lockeanos y kantianos, es decir, de creciente comercio y cooperación, y allí todos (poderosos, intermedios y débiles) lograrían márgenes de ganancias. Consecuentemente, se afirmaría «la paz», es decir, el orden.

A pesar de numerosas situaciones, que examinadas con rigor estratégico resultaban categóricas en relación con aquellos fundamentals del realismo, por caso, expansión de la OTAN, proyección regional y global de poderes mayores, movimientos internos en países ubicados en zonas selectivas, etc., tuvieron que suceder los hechos en Siria y en Ucrania-Crimea para que se reconsideraran premisas y se admitiera que la geopolítica estaba de regreso, lo cual era un desacierto, pues nunca podía estar de vuelta aquello que nunca se había marchado.

Desde entonces, aquellas pocas, pero convincentes explicaciones que proporcionaba el realismo, para exponerlo casi en las mismas palabras de Kenneth Waltz, se hicieron frecuentes cuando se hablaba del estado o panorama estratégico del mundo. Los documentos e informes de foros internacionales, organizaciones intergubernamentales y de actores preeminentes describían contextos cada vez más inquietantes (por ejemplo, los Global Risks Report del World Economic Forum, o las Global Trends de las agencias de inteligencia de Estados Unidos).

Finalmente, la pandemia, el nacionalismo de las vacunas, la rivalidad chino-estadounidense y la guerra en Ucrania terminaron por recentrar al realismo en la política internacional y mundial, quedando apenas, como se dijo antes, el comercio internacional, afectado por las tensiones provocadas por tales acontecimientos, como un frágil esquema de relativo orden.

En cuanto a los nuevos tópicos, esto es, conectividad, robótica, biogenética y, particularmente, inteligencia artificial, sin duda que se trata de tecnologías mayores que aportan oportunidades para muchas situaciones, por caso, una diplomacia (quizá) menos equívoca y más precisa para resolver crisis. Pero también existe aquí un ancho margen de posible conflictividad (en buena medida, con desenlaces desconocidos).

La experta australiana Kate Crawford ha venido advirtiendo lo aterrador que sería que un programa de IA adopte decisiones en materia de empleos a partir del reconocimiento emocional de las personas en función de su rostro. Estaríamos ante nuevas y tal vez incontrolables formas o pautas de desigualdad social. Y esto es solo una hipótesis, por no referirnos a otras que nos harían considerar los riesgos que corren las mismas democracias.

Pero desde nuestro lugar (las relaciones entre Estados), la posesión de tecnología mayor profundizaría la desconfianza, la competencia y la rivalidad entre Estados, al punto que se reafirmaría una de las principales marcas del realismo: la anarquía internacional; precisamente, una de las cuestiones que más ha sido criticada por las corrientes que consideran que se trata de una obsesión del realismo, pues ante la vitalidad de nuevos movimientos sociales conscientizantes de nuevas cuestiones colectivas, cuya incesante actividad va erosionando la autoridad del Estado y creando una nueva arena no internacional sino global, la anarquía se habría vuelto una realidad cada vez más anacrónica; un hecho que ha sido útil para explicar el mundo de ayer, pero que no se ha modernizado.

Considerando las nuevas tecnologías en relación con el terreno militar, ¿qué garantiza que las mismas no dejarán al mundo más cerca de una catástrofe como consecuencia de decisiones equivocadas?

En un reciente artículo publicado en la revista Foreign Affairs, la investigadora del Consejo de Relaciones Exteriores, Lauren Khan, se refiere al incidente que tuvo lugar en marzo pasado sobre el Mar Negro, cuando un dron estadounidense MQ-9 Reaper fue seguido y acosado por dos aviones de combate rusos. El Reaper arrojó combustible sobre las alas y sensores de uno de ellos, el caza cortó la hélice del dron dejándolo inoperante y obligando a sus controladores a precipitar el dron sobre el mar.

Todos los movimientos del dron, incluida su destrucción, fueron supervisados y dirigidos por fuerzas norteamericanas desde una muy lejana sala de control. La experta se pregunta qué hubiera sucedido si el dron no fuera piloteado por humanos, sino por un software independiente con inteligencia artificial. «¿Y si ese software hubiera percibido el “toque” del caza ruso como un ataque?». La pregunta planteada es aterradora.

Como vemos, no parece que quedara demasiado lugar para abordar estos temas desde categorías que no partan y se analicen desde aquellas que nos proporciona el realismo, es decir, desde aquello que muy bien Stanley Hoffmann ha denominado «políticas como de costumbre», es decir, planteos y respuestas que nunca se alejan del poder, las capacidades, el interés nacional, el multipolarismo, el temor, la ambición, la geopolítica, la jerarquía y las vacilaciones sobre las intenciones.

Al menos en lo que queda de la tercera década del siglo XXI, pensar el mundo fuera de esas categorías es pensar un mundo que no es. En otros términos, se corre el alto riego de realizar diagnósticos fallidos.

 

* Alberto Hutschenreuter es miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre, Almaluz, CABA, 2023.

 

Artículo publicado el 12/06/2023 en Abordajes, http://abordajes.blogspot.com/

ENTRE LA JUNGLA Y LA CIUDAD. EL MUNDO EN TIEMPOS DE INSEGURIDAD

Alberto Hutschenreuter*

Imagen de Prawny en Pixabay

Hace unos meses, el representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Políticas de Seguridad, Josep Borrell, advirtió que la jungla que existía más allá de la UE podría, finalmente, extenderse a este territorio de normas, centralización y cohesión social. Es decir, el lugar donde predomina la lucha por la supervivencia, aquel donde sobrevive el más apto, terminaría invadiendo el sitio de orden posestatal del globo.

El alto funcionario terminó reconociendo que sus palabras no fueron las más convenientes y se disculpó. Seguramente, cuando se refirió a la jungla estaba pensando en Rusia, China, las migraciones, los territorios de fisión, las guerras, las pandemias, el deterioro medioambiental, entre otros. Fue casi como decir, «nosotros y, allá afuera, los bárbaros. Precavamos».

Hay mucho más que podría haber dicho Borrell para traer cierto equilibrio, por ejemplo, que cuatro de los mayores vendedores de armas del mundo pertenecen a esa zona «superada» o «jardín» que es la UE y otros países europeos (Francia, Alemania, Italia y Reino Unido); también podría haber dicho que si la muerte se extiende desde hace más de un año en Ucrania es porque nadie en Europa parece dispuesto a que se imponga un cese de fuego (logrado éste se deberá trabajar por un acuerdo). Esta última observación es pertinente, pues si Europa  se precia de ser la urbanidad moderna en un mundo bajo el imperio del darwinismo, su diplomacia debería ser la más influyente.

En rigor, el mundo no es una jungla, o para decirlo en términos «hobbesianos», un mundo en estado de naturaleza donde todos luchan contra todos para lograr sobrevivir. Es cierto que, a diferencia de lo que sucede en los Estados donde predomina la centralización, es decir, existe un centro o gobierno que establece normas o pautas de convivencia, en la relaciones internacionales predomina la descentralización, esto es, no existe ningún gobierno que, con carácter imperativo, regule o norme dichas relaciones. En términos de Raymond Aron, un pensador desafortunadamente cada vez más olvidado, se trata de «relaciones entre unidades políticas, cada una de las cuales reivindica el derecho de hacerse justicia a sí misma y de ser la única dueña de la decisión de combatir o de no hacerlo».

Sin embargo, a pesar de esa descentralización (de allí que se hable de anarquía internacional) y esa reivindicación que destaca Aron, los Estados han logrado construir un sistema o modelo basado en el multilateralismo, que tiende a sofrenar los instintos de poder, influencia e intereses de los mismos. Dicho modelo institucional, que es la cara opuesta del denominado modelo relacional o de poder, permite que las relaciones internacionales no sean una jungla ni tampoco una densa urbe sin semáforos, como suelen decir los expertos.

El profesor Fulvio Attinà describe con notable precisión lo relativo con la forma organizativa en la política internacional: «En su conjunto, las reglas o instituciones son los medios para realizar la mediación entre las tendencias situadas en los dos extremos posibles del sistema desigual y paritario de Estados: la tendencia jerárquica que llega hasta el dominio imperial del más poderoso; y la tendencia paritaria del respeto a la autonomía del Estado concreto».

El modelo institucional tiende a reforzarse cuando existe una configuración u orden internacional, que es lo más próximo a lo que habitualmente se conoce como paz. La paz internacional implica la predominancia de un orden internacional.

El problema que afronta el mundo en el siglo XXI es que hace tiempo no hay una configuración internacional, al menos desde 2008 cuando el impacto que produjo la crisis financiera impulsó lo que se considera fue el último esfuerzo de cooperación entre Estados para intentar superar una crisis. A partir de entonces, el multilateralismo fue descendiendo cada vez más y el modelo multipolar o de “Estados primero” volvió a ser la realidad predominante.

Pero, además de la ausencia de un orden, aquellos que deberían diseñarlo se encuentran en discordia, como sucede entre Estados Unidos y China, o bien en situación de confrontación indirecta, como sucede entre Occidente y Rusia, el nivel estratégico de la guerra en Ucrania. Asimismo, las discordias y querellas predominan entre los poderes intermedios, situación que restringe incluso aquello que parece considerar Henry Kissinger: «un concepto de orden dentro de las distintas regiones».

La tendencia del mundo hacia los extremos del modelo relacional lleva a que aumenten la inseguridad entre los Estados, no solo por cuestiones que atañen a retos propios de los Estados, sino en materia de amenazas que no provienen de ellos, por caso, los virus, pues en un mundo donde la concentración en la primacía nacional es cada vez más abrumadora se resiente la necesaria cooperación internacional. 

Es decir, pierden relevancia estratégica los regímenes internacionales, los «semáforos» de la gran urbe internacional. La inseguridad aumenta, los conflictos se disparan, se extienden los territorios desgobernados, se incumplen pactos relativos con el cuidado del planeta, las armas nucleares, etc. En otros términos, se «recarga» la característica central de las relaciones entre Estados: la condición anárquica que reina entre ellos.

En este contexto, que por ahora no presenta salidas, sobre todo considerando lo que puede ocurrir con la guerra en Ucrania, es decir, su posible escalada, pero también sus consecuencias ante un posible (aunque muy difícil) acuerdo, queda una luz encendida: la interdependencia económica, la conectividad, los vínculos transnacionales, etc.

Siempre nos quedará el factor comercio-económico, el que también sufre una serie de realidades disruptivas como consecuencia de la falta de orden, la pandemia y la guerra. En este sentido, dicho factor es un poco un sucedáneo de un orden internacional: solo basta considerar que los lazos económicos entre Estados Unidos y China y entre la UE y este último país ascienden a más de 1,2 billones de dólares.

Pero el factor comercio-económico no implica un orden internacional, es nada más que un «sustituto» para tiempos de incertidumbre e inseguridad. La globalización no supone la superación de la anarquía internacional, es decir, la competencia entre Estados. La experiencia nos dice que los verdaderos órdenes se lograron a partir de los Estados, pues éstos, más allá del avance tecnológico, la digitalización y la inteligencia artificial (nuevas temáticas que podrían implicar nuevas problemáticas), continúan configurando la estructura de las relaciones internacionales.

 

* Alberto Hutschenreuter es miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre, Almaluz, CABA, 2023.

 

Artículo publicado el 29/04/2023 en Abordajes, http://abordajes.blogspot.com/