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LA ÚLTIMA VICTORIA DE OCCIDENTE: LA LEGITIMIDAD ESTRATÉGICA DE LA OTAN

Alberto Hutschenreuter*

Imagen: daniel_diaz_bardillo en Pixabay.

 

El 24 de febrero de 2022, el día que Rusia lanzó su «Operación Militar Especial» sobre Ucrania, la OTAN completó su legitimidad estratégica, es decir, quedó justificada su pervivencia más allá del final del reto que impulsó su nacimiento en 1949.

En buena medida, su prolongación no sólo una vez terminada la contienda bipolar, sino desaparecida la misma Unión Soviética, implicaba una anomalía estratégica: no existe en la historia un solo caso de una liga o alianza político-militar que, terminada la causa que hiciera posible su creación, continuara su existencia. La OTAN ni siquiera se reinventó, pues continuó con la misma denominación y, a juzgar por su marcha o movimiento hacia el este, con el mismo viejo propósito pos-1945: contener y vigilar a la «nueva» Rusia.

Su ampliación a los países de Europa central, a los denominados «huérfanos estratégicos», Polonia, República Checa y Hungría, y más tarde a los países del Báltico, Rumania, Bulgaria, Albania, Eslovenia, Eslovaquia y Macedonia del Norte, y recientemente a Finlandia, confirmó el cambio de orientación militar que realizó la Alianza en los años ochenta cuando consideró que podía llevar adelante una ofensiva en el teatro del Pacto de Varsovia, su rival, y lograr allí la decisión. Es decir, el incremento de capacidades a partir de la denominada revolución en los Asuntos Militares (RAM) la habilitó hace tiempo pasar de la condición defensiva a una condición de ataque.

La cuestión relativa con la continuidad de la OTAN más allá del final de la Guerra Fría siempre ha motivado preguntas, particularmente en relación con su ampliación, una decisión que se habría tomado incumpliendo «pactos de caballeros» entre Estados Unidos y la URSS hacia fines de los ochenta. Según la especialista Mary E. Sarotte, hubo por entonces hombres, por ejemplo, el ministro de Exteriores germano Hans Dietrich-Genscher, que pensaron la seguridad en términos de algún concepto común pos-alianzas. Pero Estados Unidos se oponía a la desaparición de la OTAN.

Entonces ocurrió la primera ampliación de la Alianza: el 3 de octubre de 1990 se reunificó Alemania, implicando ello que la OTAN se expandiera al este de Alemania, más allá de la que fuera la principal línea divisoria de la Guerra Fría. Por tanto, no sólo no desaparecía la OTAN, sino que se extendía sin ningún tipo de negociación con Moscú, ni siquiera, como sostiene la citada experta, en relación con las armas nucleares estacionadas en Alemania Occidental.

Estados Unidos jamás dejó de enfocar a Rusia como un eventual gran poder euroasiático que volviera a desafiarlo. Entre la inercia de la desconfianza del pasado reciente y la necesidad de contar con un nuevo enemigo, la OTAN fue considerada no sólo como el emblema de la victoria, sino como el instrumento de reaseguro estratégico y de unidad atlanto-occidental.

Aunque se crearon instancias estratégicas entre Occidente y Rusia para mantener algo así como una convivencia entre ambos basada en la consulta frente a situaciones de crisis, las mismas acabaron teniendo una existencia formal: de hecho, cuando ocurrió lo de Kosovo jamás hubo consulta estratégica alguna. Occidente había ganado la contienda y consideraba que esa victoria otorgaba derechos. Y nunca dejó de ejercer o rentabilizar esos derechos, al punto que en ningún momento reparó en alcanzar equilibrio u orden geopolítico en Europa.

De modo que el código geopolítico ruso, es decir, eso que Stephen Kotkin denominó «geopolítica perpetua» de Rusia, fue la amenaza que legitimó la existencia y la expansión de la OTAN. Nunca hubo otra razón que Rusia. Incluso el despliegue del escudo antimisiles de la OTAN fue establecido considerando el reto de las armas rusas, si bien siempre se sostuvo que estaba pensado para neutralizar eventuales ataques provenientes de «Estados-armas» como Corea del Norte e Irán.

La adopción de una política exterior más afirmativa por parte de Rusia, particularmente tras los sucesos internos en Ucrania que determinaron la anexión de Crimea por parte de aquella, fue el epítome para que Occidente, sin ambages, considerara a Rusia como la principal amenaza a la seguridad europea. En la silenciosa guerra que tuvo lugar en el este de Ucrania entre las fuerzas regulares de este país y la insurgencia filo-rusa del este tras la anexión de Crimea, confrontación que fue la antesala de lo que ocurriría a partir de febrero de 2022, militares de la OTAN entrenaron a las fuerzas ucranianas.

Años antes, en 2008, en la cumbre de la OTAN en Bucarest, se aprobó una declaración relativa con el futuro ingreso de Georgia y Ucrania a la Alianza. Con ello quedaba claro que el propósito de la OTAN era contener a Rusia en sus mismas fronteras, un enfoque de pos-contención que no dejaba margen alguno para la existencia de aquello que la OTAN siempre sostuvo defender: la seguridad indivisible, pues una OTAN en las adyacencias del frente norte, centro y sur ruso suponía que todas las ganancias las conservaba la OTAN en detrimento de la seguridad de Rusia.

La invasión rusa el 24 de febrero de 2022 fue el acontecimiento que selló la justificación de la continuidad de la OTAN tras el final de la Guerra Fría treinta años antes. En clave de política de poder, fue el hecho que fungió funcional no solo para la legitimación de la OTAN, sino para señalar a Rusia como el principal problema para la seguridad regional y continental. A partir de entonces, la Alianza no necesitaría ninguna excusa para adoptar medidas que afectaran el poder territorial ruso.

Sin embargo, el punto muerto en que se halla la guerra está provocando divisiones en la Alianza entre aquellos partidarios de dar el paso final, es decir, otorgar a Ucrania la membresía, y aquellos que consideran que ello sería la peor de las decisiones.

Los primeros recurren al modelo Alemania, es decir, así como se sumó Alemania Occidental a la Alianza en 1955, se podría sumar la parte de la Ucrania soberana, es decir, la parte no ocupada por Rusia, a la Alianza; los segundos consideran que no hay que tomar ninguna medida hasta que cese la guerra, pues un eventual ingreso de Ucrania a la OTAN significaría la guerra directa entre Occidente y Rusia.

Considerando lo delicado del tema y que en la OTAN las decisiones implican la unanimidad de los miembros, es prácticamente imposible pensar que en la reunión de la Alianza en Lituania se adoptará alguna medida. Lo que probablemente sucederá, siempre en esta cuestión, será continuar con el incremento de capacidades en el frente oriental, pues, más allá del desenlace que tenga la guerra, la línea que se extiende desde el norte de Finlandia hasta Turquía será por mucho tiempo una de las zonas de mayor tensión y acumulación militar del mundo.

La OTAN ha justificado su existencia y ello ha significado una suerte de extensión de la victoria de Occidente en la Guerra Fría. Pero ello no ha resultado en un orden geopolítico en Europa del este y, por tanto, en toda Europa. Por el contrario, no solo no se alcanzó orden alguno, sino que hay guerra. Y no sabemos qué escenarios podrían ocurrir.

Cuánta razón tenía el prusiano Carl von Clausewitz cuando advertía que nunca hay que ir más allá de la victoria.

 

* Alberto Hutschenreuter es miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre, Almaluz, CABA, 2023.

 

Artículo publicado el 11/07/2023 en Abordajes, http://abordajes.blogspot.com/

 

CHOQUE DE CIVILIZACIONES EN LA GUERRA EUROPEA. ¿POR QUÉ TANTOS VEHÍCULOS DE LA OTAN ABANDONADOS INTACTOS?

Gabriel Camilli*

En primer lugar, como ejemplo, veamos un breve comunicado de prensa oficial de Moscú: “Soldados rusos han capturado un tanque AMX-10RC que Francia ha donado a Ucrania como parte de uno de sus paquetes de ayuda militar”. Así lo anunció en su canal oficial de Telegram el Ministerio de Defensa de la Federación Rusa. La publicación afirma que el vehículo de combate abandonado estaba ubicado cerca de uno de los asentamientos en la República Popular de Donetsk. Instrucciones detalladas para su funcionamiento yacían cerca en el suelo (el manual de instrucciones).

Según diferentes fuentes occidentales, sabemos que no fue el único vehículo de guerra abandonado y luego capturado por los rusos. “Hay más de 50 unidades de equipos enemigos inmovilizados en las afueras de Novodonetsk”, explicó el departamento, publicando un video filmado por uno de los combatientes.

Anteriormente se supo que un destacamento de aviones de ataque rusos de la Flota del Pacífico destruyó una unidad de las Fuerzas Armadas de Ucrania cerca de la aldea especificada (Ver https://riafan.ru/24114926-).

El experto militar francés Francis Goumain, irónico —pero no demasiado—, explica este hecho como un aspecto fundamental del Choque de Civilizaciones en curso. Según afirma: “Con cada reflujo de la marea (ida y vuelta de los ataques) descubren vehículos blindados de todo tipo varados en el campo de batalla; y estos no son cascos carbonizados; más bien, la vista que se ofrece es la de vehículos alerta estacionados al borde de la carretera, esperando la grúa, sus ocupantes lastimosamente atrincherados detrás de la barrera de seguridad, tratando de no parecer demasiado belicosos en sus chalecos fluorescentes que señalan la atención de todos, con los ojos pegados a las pantallas de sus computadoras portátiles o celulares, en un intento de escapar de la mirada irónicamente comprensiva de los automovilistas que pasan”.

El AMX10 RC encontrado por los rusos estaba perfectamente intacto: la causa no es su famoso blindaje demasiado débil y todavía tiene sus ruedas y su cañón. Un detalle, sin embargo, permite entender por qué sus ocupantes prefirieron retirarse a pie a pesar de que su coche puede circular a 110 km/h: el manual de a bordo con las instrucciones de uso del vehículo se encontraba sobre el asiento, abandonado, abierto en una página. Y en ella se detallaba el funcionamiento de una luz de advertencia, que se encendió en el tablero, y puso a salvo el vehículo. Y también lo bloqueó.

Aquí está el problema: los sensores y las consolas de diagnóstico que, al igual que nuestros coches modernos, desbordan en los vehículos blindados de la OTAN.

Supongamos que explota una granada a 100 metros, una astilla rompe un cable y, de repente, se enciende una luz y el vehículo se detiene, haciendo imposible volver a arrancar hasta que hayamos despejado la avería. Solo tenemos que esperar el vehículo de remolque, que sin embargo nunca llegará, la OTAN no ha pensado en enviar uno, y si llega uno será ruso, y ellos, con la solución manual de problemas, sabrán cómo reiniciar la máquina.

En un principio los rusos pensaron que estaban frente a una trampa, una especie de caballo de Troya. Se acercaron con cautela, dispuestos a disparar al menor movimiento sospechoso del animal, pero acabaron comprendiendo: los vehículos blindados de la OTAN están diseñados por los mismos multimillonarios histéricos que tienen miedo a todo, desde el queso de leche cruda hasta el vino, desde el terrible CO2 hasta las partículas finas, y no hablemos de los iones positivos, los rayos UV; como los chirridos de alarmas que nos arruinan los oídos cuando no nos abrochamos los cinturones de seguridad, carteles de instrucciones de seguridad por todas partes, órdenes de hidratarse (pero no con cerveza), tener cuidado al bajar del tren, etc.

Vida opulenta

Cuando se logran estándares de la vida opulenta, parecería claro, no se debe poner un pie en un campo de combate. La cultura de la sociedad opulenta no quiere sacrificios, ni esfuerzos, quiere la vida fácil. ¿Pero cómo no lo piensan? Es terriblemente temerario: hay minas por todas partes, dientes de dragón antitanques, zanjas, cañones al acecho, drones que se ciernen sobre la cabeza y parecen conocernos muy bien aunque nunca los hayamos visto antes, misiles que nos atacan, helicópteros agresivos como tábanos, aviones a reacción a baja altura, bombas, comunicación interferida, no más música, y no hay buena cubierta para ir a orinar o tomar café, y sin mencionar a los enemigos que no parecen muy inclusivos ni amigables.

Los ingenieros rusos con estos temas, intuimos que han resuelto el enigma de la mentalidad de los actuales recursos humanos y materiales de Occidente. Según nuestras fuentes, están evaluando seriamente un nuevo método de combate para capturar intactos los medios de Occidente: con lo cual bastaría poder dar información falsa a los sensores del vehículo para que se detenga, por ejemplo. La estrategia sería la siguiente: “Encender uno u otro de los testigos o alarmas de fallas: como por ejemplo una pinchadura de cubiertas, una fuga de aceite, una falla de temperatura en el motor, o bien simular un plazo de inspección técnica superado, etc.”

Primer llamado de atención especial para nuestras lecciones aprendidas a la hora de comprar material. ¡No es estúpido pensar algo así, puede funcionar! A quien le compremos puede “intervenir” en el ingenio militar interfiriendo sus sistemas. Algo de eso supimos en la Gesta de 1982 con los misiles Exocet.

Ante una pausa

Volodymyr Zelensky, en una entrevista con la BBC difundida el miércoles 21 de junio, reconoció que el avance de la contraofensiva ucraniana es “más lento de lo esperado”. De acuerdo con nuestros análisis, en los últimos días la serie de ataques ucranianos en el frente sur no está teniendo los efectos deseados: incluso el avance inicial en la zona sur de Velyka Novoselivka parece haber terminado cuando se enfrentaron con la segunda línea de defensa rusa.

En términos más generales, toda la línea del frente está sustancialmente estable: incluso en su parte oriental, en el Donbass, los ataques y contraataques de rusos y ucranianos no conducen a ganancias territoriales significativas, pero la lucha sigue siendo feroz. Por lo tanto, es posible que el Estado Mayor General de Kiev suspenda temporalmente esta nueva fase ofensiva a la luz de las pérdidas sufridas y el estancamiento de las operaciones.

Según el ISW ((Instituto para el Estudio de la Guerra), “Ucrania aún no ha comprometido la mayor parte de sus fuerzas disponibles y aún no ha lanzado su ataque principal” (agregamos una observación personal: esta opinión de ISW puede estar sesgada). Hemos visto en estos días comentarios de analistas occidentales que hablan de la posibilidad de que solo se tratara de “operaciones de exploración o distracción” y no de una verdadera contraofensiva, ya que numéricamente no hemos asistido a una movilización de fuerzas y tácticamente parecía evidente que no había una dirección principal ni una actividad preparatoria digna de ese nombre. Es decir, ausencia de artillería pesada, bombardeos o el uso de otros recursos como municiones merodeadoras o drones de mayor tamaño, que también se vieron en las acciones del pasado verano. Repetimos, esto puede ser discutible.

Sin embargo, las pausas operacionales son una característica común de las grandes ofensivas, y esta pausa, según el ISW, no significa el final de la contraofensiva ucraniana. Sin embargo, seguimos dudando, como lo hemos expresado en otros artículos, respecto de la posibilidad real que Ucrania tiene de lanzar una «gran operación militar». Durante todo el curso de la guerra, Ucrania lanzó contraofensivas sólo con motivo de la que condujo a la liberación de Jerson -que en realidad fue reconquistada sólo gracias a la completa retirada controlada rusa ante los ataques ucranianos- y en la región de Jarkiv, donde el frente cedió provocando el avance ucraniano en las defensas rusas que, entonces, no estaban tan organizadas como lo están hoy.

Cabe señalar que los propios ucranianos, a través de la voz de su viceministra de Defensa, Hanna Malyar, informaron que los rusos han desplegado importantes fuerzas para detener los ataques, lo que dificulta el avance. Curiosamente, la viceministro Malyar agregó que las operaciones ucranianas en curso tienen varias tareas que no se centran únicamente en la liberación del territorio y que el ejército aún debe comenzar la fase principal de las operaciones de contraofensiva.

Rusia dijo el 20 de junio, a través del ministro de Defensa, Sergei Shoigu, que la “contraofensiva” comenzó el 4 de junio y que las tropas ucranianas han lanzado 263 ataques contra posiciones rusas desde esa fecha, pero negó que el Ejército de Kiev haya logrado avances territoriales en cualquier parte del teatro de operaciones.

Como siempre, con una mirada analítica y profesional es bueno hacer dos aclaraciones: las defensas rusas están organizadas en, al menos, tres líneas defensivas dotadas de diversos obstáculos y campos minados que se extienden a lo largo de 30 kilómetros, dificultando mucho el avance y, desde un punto de vista táctico, si se lograra un avance a través de las líneas después de los ataques, Ucrania debería empeñar las unidades mantenidas “en reserva” para poder obtener un éxito contundente, como sucedió el verano pasado en la región de Jarkiv.

Segunda atención especial. Nosotros hablamos de “defensa móvil” o defensa elástica, según vemos están aplicando los rusos. Es interesante destacar que esto es de aplicación en los frentes amplios de la Patagonia y la Pampa Húmeda, siempre y cuando se tengan los recursos humanos y tecnológicos necesarios como: vigilancia de todo el campo de combate, redes satelitales de comunicaciones y contar con unidades suficientemente adiestradas debido a la necesidad de una coordinación muy ajustada y previamente preparada. Si vis pacem para bellum. ¡Basta de dormir la siesta!

 

* Coronel Mayor del Ejército Argentino. Director del Instituto ELEVAN.

 

Artículo publicado el 24/06/2023 en La Prensa, https://www.laprensa.com.ar/531357-Por-que-tantos-vehiculos-de-la-OTAN-abandonados-intactos.note.aspx

EL VIEJO REALISMO COMO HOJA DE RUTA DEL «NUEVO» MUNDO

Alberto Hutschenreuter*

Imagen geralt en Pixabay

 

Cuando echamos una mirada a los acontecimientos que tienen lugar en el mundo actual, difícilmente podríamos sostener que los mismos respaldan la predominancia de enfoques centrados en el multilateralismo, los valores colectivos y la cooperación desinteresada.

Desde hace tiempo que el denominado modelo relacional, es decir, el que se funda en el poder, la jerarquía, las capacidades, el interés nacional y la incertidumbre de las intenciones entre Estados, predomina en el mundo, llegando incluso a establecerse hoy un inquietante estado de beligerancia latente o de no guerra entre los principales actores preeminentes, esto es, los centros que deberían dar forma a una estructura o configuración internacional.

El estado de disrupción internacional es tal que hasta se podría dudar si hay posibilidades de llegar alguna vez a un orden, pues incluso entre aquellos poderes mayores que tienden hacia una alianza, como China y Rusia, las concepciones relativas con un orden internacional son diferentes. En estos términos, sólo quedaría como garantía relativa de un orden el comercio entre Estados, un sustituto de un orden, pero que no llega a serlo.

¿Estamos, por tanto, en un estado de retroceso en las relaciones internacionales? La pregunta resulta pertinente, pues desde 2014, cuando se produjo la anexión o recuperación de Crimea por parte de Rusia y la desconfianza y fragmentación internacional se profundizó, se habló, primero, del retorno de la geopolítica y luego, del regreso de la guerra; dos cuestiones vinculadas a la obtención de ganancias de poder por parte de los Estados, es decir, «sustancias» de la concepción realista en política internacional, que deprime la cooperación desinteresada entre los Estados mientras que afirma la competencia y la rivalidad entre los mismos. Pero ello no supone ninguna novedad. De modo que, más que retroceso, tal vez sería más apropiado referirnos a una regularidad.

El final de la contienda bipolar, la desaparición de la URSS, la reacción internacional contra la invasión iraquí a Kuwait y el fenómeno de la globalización fueron cuatro hechos que fundaron un clima favorable en relación con el curso de las relaciones internacionales y ello se constató en las hipótesis esperanzadoras que se desplegaron por entonces. Además, la contundencia de las tres victorias estadounidenses (Guerra Fría, guerra del Golfo y modelo económico) afirmó la percepción sobre el triunfo de cierta idea de benevolencia frente a los dogmas casi totalitarios que capitulaban o se encontraban en fase terminal.

La globalización fue, acaso, el epítome, del nuevo clima: una idea cuya práctica aseguraba velozmente el ascenso hacia el desarrollo. Nunca hubo por entonces posiciones que concibieran la globalización como un proceso de oportunidades, que era algo cierto, pero también como un fenómeno no neutro, es decir, como un régimen de poder, algo que era más cierto todavía. Sin duda, si se hubiera considerado la experiencia, seguramente se habría concluido que eran necesarios más reparos por parte de los países frente a las expectativas desmedidas.

En este contexto, las corrientes de pensamiento que consideraban que las relaciones internacionales cambiaban hacia formas menos descentralizadas y más regimentadas, sintieron que sus esperanzas en la afirmación de una sociedad internacional eran prácticamente irreversibles. Si hasta hacía poco el mundo mantenía características hobbesianas, es decir, de ineluctable pugna por el poder, el nuevo escenario tendría rasgos más lockeanos y kantianos, es decir, de creciente comercio y cooperación, y allí todos (poderosos, intermedios y débiles) lograrían márgenes de ganancias. Consecuentemente, se afirmaría «la paz», es decir, el orden.

A pesar de numerosas situaciones, que examinadas con rigor estratégico resultaban categóricas en relación con aquellos fundamentals del realismo, por caso, expansión de la OTAN, proyección regional y global de poderes mayores, movimientos internos en países ubicados en zonas selectivas, etc., tuvieron que suceder los hechos en Siria y en Ucrania-Crimea para que se reconsideraran premisas y se admitiera que la geopolítica estaba de regreso, lo cual era un desacierto, pues nunca podía estar de vuelta aquello que nunca se había marchado.

Desde entonces, aquellas pocas, pero convincentes explicaciones que proporcionaba el realismo, para exponerlo casi en las mismas palabras de Kenneth Waltz, se hicieron frecuentes cuando se hablaba del estado o panorama estratégico del mundo. Los documentos e informes de foros internacionales, organizaciones intergubernamentales y de actores preeminentes describían contextos cada vez más inquietantes (por ejemplo, los Global Risks Report del World Economic Forum, o las Global Trends de las agencias de inteligencia de Estados Unidos).

Finalmente, la pandemia, el nacionalismo de las vacunas, la rivalidad chino-estadounidense y la guerra en Ucrania terminaron por recentrar al realismo en la política internacional y mundial, quedando apenas, como se dijo antes, el comercio internacional, afectado por las tensiones provocadas por tales acontecimientos, como un frágil esquema de relativo orden.

En cuanto a los nuevos tópicos, esto es, conectividad, robótica, biogenética y, particularmente, inteligencia artificial, sin duda que se trata de tecnologías mayores que aportan oportunidades para muchas situaciones, por caso, una diplomacia (quizá) menos equívoca y más precisa para resolver crisis. Pero también existe aquí un ancho margen de posible conflictividad (en buena medida, con desenlaces desconocidos).

La experta australiana Kate Crawford ha venido advirtiendo lo aterrador que sería que un programa de IA adopte decisiones en materia de empleos a partir del reconocimiento emocional de las personas en función de su rostro. Estaríamos ante nuevas y tal vez incontrolables formas o pautas de desigualdad social. Y esto es solo una hipótesis, por no referirnos a otras que nos harían considerar los riesgos que corren las mismas democracias.

Pero desde nuestro lugar (las relaciones entre Estados), la posesión de tecnología mayor profundizaría la desconfianza, la competencia y la rivalidad entre Estados, al punto que se reafirmaría una de las principales marcas del realismo: la anarquía internacional; precisamente, una de las cuestiones que más ha sido criticada por las corrientes que consideran que se trata de una obsesión del realismo, pues ante la vitalidad de nuevos movimientos sociales conscientizantes de nuevas cuestiones colectivas, cuya incesante actividad va erosionando la autoridad del Estado y creando una nueva arena no internacional sino global, la anarquía se habría vuelto una realidad cada vez más anacrónica; un hecho que ha sido útil para explicar el mundo de ayer, pero que no se ha modernizado.

Considerando las nuevas tecnologías en relación con el terreno militar, ¿qué garantiza que las mismas no dejarán al mundo más cerca de una catástrofe como consecuencia de decisiones equivocadas?

En un reciente artículo publicado en la revista Foreign Affairs, la investigadora del Consejo de Relaciones Exteriores, Lauren Khan, se refiere al incidente que tuvo lugar en marzo pasado sobre el Mar Negro, cuando un dron estadounidense MQ-9 Reaper fue seguido y acosado por dos aviones de combate rusos. El Reaper arrojó combustible sobre las alas y sensores de uno de ellos, el caza cortó la hélice del dron dejándolo inoperante y obligando a sus controladores a precipitar el dron sobre el mar.

Todos los movimientos del dron, incluida su destrucción, fueron supervisados y dirigidos por fuerzas norteamericanas desde una muy lejana sala de control. La experta se pregunta qué hubiera sucedido si el dron no fuera piloteado por humanos, sino por un software independiente con inteligencia artificial. «¿Y si ese software hubiera percibido el “toque” del caza ruso como un ataque?». La pregunta planteada es aterradora.

Como vemos, no parece que quedara demasiado lugar para abordar estos temas desde categorías que no partan y se analicen desde aquellas que nos proporciona el realismo, es decir, desde aquello que muy bien Stanley Hoffmann ha denominado «políticas como de costumbre», es decir, planteos y respuestas que nunca se alejan del poder, las capacidades, el interés nacional, el multipolarismo, el temor, la ambición, la geopolítica, la jerarquía y las vacilaciones sobre las intenciones.

Al menos en lo que queda de la tercera década del siglo XXI, pensar el mundo fuera de esas categorías es pensar un mundo que no es. En otros términos, se corre el alto riego de realizar diagnósticos fallidos.

 

* Alberto Hutschenreuter es miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula El descenso de la política mundial en el siglo XXI. Cápsulas estratégicas y geopolíticas para sobrellevar la incertidumbre, Almaluz, CABA, 2023.

 

Artículo publicado el 12/06/2023 en Abordajes, http://abordajes.blogspot.com/