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¿EL OSO REGRESA AL DESIERTO? RUSIA ANTE EL NUEVO CONTEXTO GEOPOLÍTICO EN ORIENTE PRÓXIMO

Roberto Mansilla Blanco*

Foto: SANA

 

Los últimos movimientos entre Rusia y los países miembros de Oriente Próximo advierten la posibilidad de que el Kremlin esté reconfigurando sus prioridades geopolíticas en la región en un momento de difíciles equilibrios regionales para sus intereses geopolíticos. Entre estos equilibrios destacan el súbito retorno de EEUU como actor clave en la región y las dificultades existentes ante la expectativa rusa de concretar un foro con el mundo árabe que le permita recuperar iniciativas y capacidad de interlocución.

En septiembre pasado, la localidad rusa de Sochi acogió una cumbre entre el ministro ruso de Exteriores Serguéi Lavrov y miembros de la Organización de Cooperación del Golfo (OCG) adoptando un enfoque multilateral. Un mes después, el presidente Vladimir Putin recibió en Moscú al nuevo mandatario sirio Ahmed al Shara’a, abriendo así una nueva era en las relaciones ruso-sirias particularmente significativa tras la caída del régimen de Bashar al Asad en diciembre pasado. Exiliado desde entonces en la capital rusa, Bashar al Asad se erigía junto a Irán en el principal aliado ruso en Oriente Próximo.

La cumbre de Sochi y la visita de al Shara’a a Moscú podrían interpretar las aspiraciones del Kremlin por reacomodar sus intereses en la región ante los nuevos equilibrios geopolíticos y militares tras la incierta (y varias veces alterada) tregua en Gaza acordada en la cumbre de Egipto bajo la iniciativa del presidente estadounidense Donald Trump a mediados de octubre. De acuerdo con fuentes del Ministerio ruso de Exteriores, Moscú recibió de Egipto la invitación a esta cumbre con plazos muy ajustados, lo cual imposibilitó que finalmente Rusia pudiera estar presente.

 

El laberinto sirio

Siendo Gaza el catalizador de nuevas iniciativas de seguridad regional, el contexto sirio tras las elecciones parlamentarias de comienzos de octubre también define un nuevo modus operandi entre Rusia y los países árabes.

La caída del régimen de Bashar al Asad supuso un notorio revés geopolítico para Moscú, tomando en cuenta que está en juego el futuro de sus dos bases militares en Siria (Tartus y Jmeimim). Por tanto, la visita a Moscú de al Shara’a resultaba determinante para Putin a la hora de asegurar el control de estas bases militares, esenciales para monitorear los intereses rusos en el Mediterráneo, Oriente Próximo e incluso el Sahel, donde Rusia tiene fuertes lazos de cooperación económica, política e incluso de seguridad con países como Burkina Faso, Níger y Malí.

Por otro lado, la visita de al Shara’a también supone para el Kremlin asegurar equilibrios geopolíticos toda vez que el controvertido presidente sirio (no debemos olvidar su pasado yihadista vinculado a Al Qaeda) está siendo cortejado por Occidente y la comunidad internacional, tal y como se observó en mayo pasado durante su reunión en Riad con Trump y posteriormente en septiembre con su intervención ante la Asamblea General de la ONU. Así, Putin busca resetear la relación con Damasco manejar todo tipo de equilibrios políticos ante lo que pueda suceder en la nueva Siria post-Asad, tomando en cuenta que el exilio moscovita de Bashar al Asad le podría propiciar un rol relevante en una Siria donde miembros del antiguo régimen siguen teniendo peso político.

El contexto post-Asad en Siria implica otra variable estratégica para Moscú: Irán. El acuerdo estratégico por 20 años alcanzado entre Rusia e Irán en diciembre pasado aborda un nuevo equilibrio de fuerzas en un momento en que la administración Trump ha decidido recuperar el papel clave de Washington en la reconfiguración geopolítica de Oriente Próximo.

Teherán es un suministrador clave de drones y misiles para las fuerzas rusas en Ucrania mientras Rusia, junto con China y Corea del Norte, han sido importantes baluartes a la hora de cooperar con el programa nuclear iraní así como para crear mecanismos financieros y económicos que le permitan a la República Islámica sortear las sanciones occidentales. Si bien es cierto que Moscú mantuvo una posición notoriamente distante ante la breve guerra de doce días escenificada en junio pasado entre Israel e Irán, los lazos militares y geopolíticos siguen estando presentes, más aún ante el fortalecimiento del eje EEUU-Israel con Trump en la Casa Blanca.

Un ejemplo podríamos identificarlo en la utilización por parte iraní de misiles hipersónicos durante los bombardeos a Tel Aviv y otras ciudades israelíes en esa breve confrontación directa. Estos misiles iraníes son muy similares al misil Oreshnik ensayado oficialmente hace casi un año en el frente ucraniano durante un ataque ruso a una fábrica de armamentos en la ciudad de Dnipró.

Rusia debe igualmente nivelar sus expectativas ante la influencia creciente de otro actor con intereses en Siria como es la vecina Turquía. Ankara acrecienta su influencia ante las nuevas autoridades en Damasco incluso en el plano militar.

Miembro de la OTAN, Turquía también mantiene una agenda propia para convertirse en un actor de peso regional. Debe manejar igualmente toda seria de equilibrios y rivalidades regionales con interlocutores como Israel, Irán, Arabia Saudita y Qatar y actores exógenos como Rusia, China, EEUU y Europa. Moscú es consciente de que un acercamiento a al Shara’a implicará igualmente equilibrar sus relaciones con Ankara, con frecuencia intermitentes en cuanto a períodos de sintonía y roces.

 

El Kremlin, entre sus intereses y la «pax americana» de Trump

La reunión en Sochi con miembros de la OCG podría interpretar otro interés para el Kremlin: aprovisionarse de nuevos socios militares para la industria militar rusa, muy condicionada por la dinámica del esfuerzo bélico en el frente ucraniano, así como a la hora de afianzar estrategias de cooperación económica ante la viabilidad de proyectos energéticos relevantes que le permitan a Moscú sortear las sanciones occidentales.

Con respecto al Golfo Pérsico, Rusia ha preferido apostar por una visión integral global con Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, tomando en cuenta su peso energético, diplomático y cada vez más militar. A pesar del histrionismo de Trump con respecto al plan de paz en Gaza, fueron más bien Arabia Saudita y Qatar los actores decisivos en las negociaciones con Hamás para alcanzar la tregua. Putin entiende a la perfección el papel estratégico que ocupan Riad y Doha en los nuevos equilibrios regionales.

Ampliando horizontes más allá del Golfo Pérsico, Rusia mantiene fluidas relaciones con Sudán que han permitido la apertura de una base militar y logística en Port Sudán. Con ello, Moscú ejerce un radio de influencia en el Golfo de Adén, Cuerno de África, el Mar Rojo y el Canal de Suez, estratégico para el comercio mundial por el paso de mercancías desde Asia pero también delicado en cuanto a la seguridad internacional por los conflictos armados (Sudán del Sur, Yemen, Somalia), crisis humanitaria y la presencia de una importante actividad de piratería marítima contra las embarcaciones rusas y occidentales. Desde 2022 Rusia mantiene ejercicios navales con China e Irán para repeler la actividad de la piratería.

Ya ubicados en África Oriental y en el océano Índico, la reciente crisis política en Madagascar tras el golpe militar contra el presidente Andry Rajoelina el pasado 12 de octubre, implicó una inmediata reacción desde Moscú llamando a la moderación hacia las nuevas autoridades militares advirtiendo a sus ciudadanos a no viajar a este país. El interés ruso en Madagascar está enfocado por los contactos existentes para abrir una base militar y logística similar a la de Port Sudán y al Centro Logístico abierto en la vecina Eritrea. El contexto post-golpe podría dejar en el aire esta posibilidad.

Por otro lado, y volviendo a Oriente Próximo, Moscú ha apostado por aplicar un enfoque menos integral y homogéneo en sus relaciones con varios países de Oriente Próximo, adoptando más bien una posición pragmática con tendencia a focalizar en aspectos concretos de carácter bilateral con cada uno de los actores de la región.

Un ejemplo de ello es la cuestión palestina. Si bien oficialmente ha defendido la tesis de los «dos Estados» reconociendo la legitimidad del Estado de Palestina, Putin ha hecho juego de un notable pragmatismo ante los delicados equilibrios regionales. Tres semanas después de los ataques de Hamás contra Israel del 7 de octubre de 2023, el Kremlin recibió a una delegación del movimiento islamista palestino, lo cual provocó la previsible protesta israelí, cuya posición ha sido de neutralidad en el conflicto ucraniano y ante las sanciones occidentales. En agosto pasado mantuvo conversaciones telefónicas con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu.

Esta recepción a Hamás en Moscú puede igualmente interpretarse como una toma de contacto por parte del Kremlin con el objetivo de convertirse en un interlocutor eficaz ante las tensiones crecientes en Gaza así como para intentar repeler cualquier reactivación de células yihadistas dentro de Rusia adoptando un enfoque más proactivo vía movimientos islamistas.

Si bien es cierto que, más allá de la situación en Palestina, la conversación telefónica entre Putin y Netanyahu muy probablemente se concentró en propiciar una toma de contacto con la intención de reducir las tensiones entre Israel e Irán, aliado ruso, el Kremlin no deja pasar el hecho de que en Israel existe una numerosa comunidad judía de origen ruso.

Se estima que en Israel, 1,3 millones de personas hablan ruso, constituyendo aproximadamente el 15% de la población total israelí. Incluso en la década de 1990, estos judíos rusos crearon en Israel un partido político sionista y nacionalista de derechas, B’Aliya. Pero también existen importantes comunidades de judíos ucranianos en Israel, estimada en unas 170.000 personas, un 3% de la población israelí.

Más alejado geográficamente, el Magreb constituye para Moscú un escenario de creciente interés por su proximidad mediterránea, clave para los intereses de seguridad rusos.

Un caso relevante ha sido el tema saharaui. La abstención rusa en la reciente votación en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre el nuevo plan para el Sáhara Occidental impulsado por Marruecos, el cual otorga una autodeterminación bajo soberanía de Rabat, provocó un vuelco histórico en el tema saharaui que favorece los intereses marroquíes y de aliados como EEUU y Francia.

Se esperaba que Rusia utilizara su poder de veto en el Consejo de Seguridad para bloquear esta votación, toda vez que Argelia, histórico aliado saharaui pero también socio militar y energético ruso, decidió no votar a pesar de ser miembro rotativo del Consejo de Seguridad, con voto pero sin veto. Con todo, Rusia ha expresado sus fuertes reservas sobre el proyecto de resolución redactado por EEUU y aprobado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para prorrogar el mandato de la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental (MINURSO), calificando el texto de la resolución de “desequilibrado” y constitutivo de una desviación de las prácticas establecidas.

A pesar de estas críticas, la abstención rusa en el tema saharaui puede igualmente interpretarse ante los reacomodos de equilibrios geopolíticos desde el Magreb hasta Oriente Próximo probablemente tendentes a reducir las tensiones con Occidente (y particularmente con EEUU) tomando distancia de un conflicto, el saharaui, que no resulta excesivamente prioritario para Moscú.

Por otro lado, los estratégicos acuerdos de defensa y seguridad adoptados por Trump con el príncipe heredero saudita Mohammed bin Salmán en mayo pasado implican un nuevo equilibrio de fuerzas que Rusia debe observar con atención no sólo dentro del contexto regional en Oriente Próximo sino igualmente hacia el Cáucaso y Asia Central, tradicionales esferas de influencia rusas que ahora observa un nuevo equilibrio de alianzas desde Oriente Próximo hasta el Cáucaso y Asia Central ante la pax americana de Trump.

El reciente acuerdo de paz suscrito en Washington entre Armenia y Azerbaiyán para solucionar el conflicto en el enclave de Nagorno Karabaj fue obviamente vendido por Trump como un triunfo diplomático cuyas repercusiones alcanzan al Kremlin, hasta ahora el histórico árbitro de resolución de controversias en la región.

De este modo, Washington estaría buscando desplazar a Rusia de su tradicional esfera de influencia caucásica muy probablemente vía Azerbaiyán, el visible ganador del conflicto en Nagorno Karabaj. En los últimos tiempos se han observado roces entre el presidente azerí Ilham Aliyev y Putin, toda vez que Bakú, un importante productor de petróleo y gas natural con importantes conexiones de oleoductos y gasoductos en la región, es también un aliado estratégico para Arabia Saudita.

En cuanto a Armenia, su presidente Nikol Pashinyan ha mantenido una posición pro-occidental tendiente a alejarse de la órbita de influencia rusa, abriendo negociaciones con Bruselas para una eventual admisión en la UE sin menoscabar sus acuerdos de cooperación con la OTAN. En marzo de 2025, el Parlamento armenio autorizó el inicio de negociaciones de admisión con la UE.

En junio de 2024 Armenia anunció su decisión de retirarse de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTCS), comúnmente señalada como la «OTAN rusa» en el espacio euroasiático ex soviético. No obstante, Armenia sigue siendo miembro de la Unión Económica Euroasiática (UEE), otro organismo dirigido desde Moscú.

Para desnivelar estos giros geopolíticos que afectan sus intereses, Moscú ha reforzado aún más sus relaciones con un gobierno en Georgia más afecto a sus prioridades geopolíticas, ayudando incluso a abortar cualquier repetición de las «rebeliones de colores» que desde hace dos décadas han estado presentes en varios países ex soviéticos.

A pesar de la alianza histórica con Israel, Trump ha optado por balancear este eje unilateral colocando a Arabia Saudita como un interlocutor estratégico ante el «nuevo juego» en Oriente Próximo que le permita establecer una especie de «cordón sanitario» contra Irán. En un cálculo estratégico similar, Putin también ha apostado por la misma ecuación de equilibrios, que pasan no sólo por reforzar las relaciones con Riad sino también con Qatar, buscando con ello desviar las inquietudes regionales en el mundo árabe por su alianza con Irán, el principal rival regional de Israel.

Este retorno ruso a Oriente Próximo acontece en un momento de máxima tensión entre Rusia y Occidente, particularmente en torno a la dinámica del conflicto en Ucrania con las escaramuzas de vuelos aéreos y de drones entre Rusia y la OTAN en los países bálticos, Polonia y Rumanía, la súbita suspensión de la cumbre de Budapest que debía reunir a Trump y Putin así como otros escenarios más alejados de este radio geopolítico como la presión militar estadounidense en el mar Caribe, que afecta a un aliado ruso como Venezuela, y la breve confrontación militar entre Pakistán y Afganistán, países donde Rusia y China poseen intereses.

En este contexto de tensiones y de conflictos abiertos muy próximos a sus esferas de influencia, en Kremlin ha apostado por el pragmatismo, a veces disuasivo, en sus relaciones con los países de Oriente Próximo. El objetivo ruso es evitar verse arrastrada a una especie de «segundo frente bélico» con Occidente más allá de Ucrania, en este caso Oriente Próximo y el Cáucaso, el histórico «extranjero contiguo» de la geopolítica rusa. El delicado rompecabezas regional implica serios problemas de seguridad para Rusia, muy condicionada por su esfuerzo bélico y diplomático en Ucrania y las tensiones con la OTAN.

Con todo, la incierta pax trumpiana en Oriente Próximo ha abierto para el Kremlin nuevas expectativas de implicación geopolítica, aunque su capacidad de iniciativa se haya visto condicionada, incluso de manera reactiva, por las expectativas de Washington de regresar como actor decisivo en la región.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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PUTIN «RECONQUISTA» ALASKA

Roberto Mansilla Blanco*

No hay que ser un experto para analizar que, observando lo que sucedió en la cumbre de Alaska entre Vladimir Putin y Donald Trump este 15 de agosto, el verdadero ganador de este encuentro es el Kremlin.

Más allá de las expectativas sobre lo que se había hablado de Ucrania, incluso sin declaración oficial en lo relativo a la posibilidad de alcanzar un acuerdo para su resolución, queda claro que Putin rompió en esta cumbre con más de tres años de aislamiento internacional por parte de Occidente. Hasta el propio mandatario ucraniano Volodymir Zelenski acepta ahora una cumbre trilateral con Putin y Trump.

La puesta en escena estaba servida para el triunfo diplomático, geopolítico y propagandístico de Putin. Como procede en el caso del anfitrión, Trump lo recibió con «alfombra roja» e incluso aplausos al único actor con cartas de poder clave para definir el equilibrio en el conflicto ucraniano; un tema que por cierto pasó prácticamente desapercibido, degradado en su atención cuando menos oficialmente, lo cual evidencia las expectativas a priori de Trump y Putin por propiciar un clima de distensión.

En otro alarde de simbolismo propagandístico en clave de poder, el ministro de Exteriores ruso Serguéi Lavrov llegó a Alaska portando una sudadera con las siglas «CCCP», en referencia a la URSS. La presentación ante los medios tras casi tres horas de cumbre entre Trump y Putin reforzó aún más esta sintonía entre dos líderes que solo entienden el lenguaje del poder: «espero poder verlo pronto», le dijo Trump a Putin. «La próxima vez en Moscú», replicó un Putin que sale de Alaska con póquer ganador en su mano.

Ese lenguaje de poder que Trump y Putin tanto saben manejar evidencia porqué Ucrania no tiene la capacidad de decidir su destino ni siquiera con el apoyo de la UE y de la OTAN. Obviamente, Trump buscará manejar equilibrios geopolíticos entre Rusia, Ucrania, la UE y la OTAN para intentar asegurar lo que espera sea un triunfo diplomático de su gestión, quien sabe si pensando en que le den el Premio Nobel de la Paz.

Por su parte, Putin consigue de facto que EEUU, hasta ahora el principal apoyo de Zelenski, reconozca los dominios territoriales rusos obtenidos en el frente ucraniano. Está por verse si la apertura exterior de Trump vía cumbre de Alaska verificará también la posibilidad de la reducción de las sanciones estadounidenses contra Rusia en aras de beneficiar una economía rusa que, fuera del colapso como vaticinaban en Occidente con el comienzo de la guerra en 2022, sigue en pie aunque obviamente sin no menores problemas. No es por tanto casualidad que el Kremlin, previo a la cumbre de Alaska, adelantara que las conversaciones tratarían principalmente las oportunidades económicas que se abren para Rusia y EEUU dentro del nuevo contexto.

La cumbre Trump-Putin también tendrá incidencia en otras latitudes geopolíticas, especialmente China. Es por todos conocido que el estridente mandatario estadounidense busca crear un quiebre en la relación estratégica entre Moscú y Beijing, un eje euroasiático con capacidad suficiente para contrarrestar la hegemonía estadounidense y «atlantista». El objetivo de Trump es intentar romper esa alianza sino-rusa atrayendo a Putin a su redil para distanciarlo del gigante chino. Ya lo intentó en 2017 cuando llegó a la presidencia. Pero en 2025 con una guerra prácticamente directa entre Rusia y OTAN en Ucrania, el contexto es visiblemente distinto. Putin, hábil negociador, muy seguramente intentará manejar los equilibrios con su irrestricto aliado chino, principal apoyo ruso durante estos años de guerra en Ucrania, evitando que el actual clima de distensión con EEUU implique un alejamiento innecesario en la relación sino-rusa.

Para el Kremlin, el espacio euroasiático es su «extranjero contiguo», su «patio trasero» que mantiene bajo influencia con su aliado chino para intentar repeler la presencia occidental. Mientras Trump y Putin se daban a mano en Alaska se celebraba en Kirguistán un estratégico Consejo Intergubernamental Euroasiático en la que Rusia tiene un papel protagónico.

Por cierto, el pasado 8 de agosto en la Casa Blanca, Armenia y Azerbaiyán sellaron su compromiso de firmar un tratado de paz, un éxito diplomático de Trump que Putin, el líder chino Xi Jinping e incluso Irán, el otro actor de este eje euroasiático, observan con lupa intentando interpretar si EEUU quiere volver a ocupar un rol protagónico en Eurasia, complicando así los intereses del eje euroasiático.

En 1867, el zar Alejandro II vendió Alaska a EEUU. Entonces el Imperio ruso argumentó dificultades económicas y expectativas de que ese inmenso territorio rico en petróleo y minerales no terminara cayendo en manos del Imperio británico, para entonces el principal enemigo ruso. En 2025, Putin, el nuevo «zar», se convierte en el primer líder ruso en pisar ese territorio para precisamente asegurar los imperativos geopolíticos de la nueva Rusia que quiere volver a pisar con fuerza en el escenario internacional.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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EL REPARTO DE UCRANIA Y EL NUEVO «RAPTO DE EUROPA»

Roberto Mansilla Blanco*

Un sinfín de expectativas comienzan a aparecer en torno a la cumbre entre Donald Trump y Vladimir Putin a celebrarse en Alaska este 15 de agosto. Si miramos el contexto internacional, el clima no invita precisamente al optimismo. Mientras Perú y Colombia viven un conato de tensión fronteriza en torno a la soberanía sobre la isla de Santa Rosa en el Amazonas, Israel acelera los preparativos de anexión de Gaza y de expulsión de los palestinos ante el oprobio de la mayor parte de la comunidad internacional que, irónicamente, tampoco toma cartas en el asunto.

La posibilidad de que la cumbre Trump-Putin implique eventualmente un cese al fuego en Ucrania (aunque sin presencia ucraniana en este encuentro) abre el compás para una posible resolución, al menos a priori, del conflicto ruso-ucraniano iniciado en 2022 y que, con el paso del tiempo, se ha convertido prácticamente en una confrontación entre Rusia, la OTAN y la Unión Europea (UE).

Debemos recordar que es la primera vez que ocurre un encuentro entre un mandatario ruso y otro estadounidense desde 2021. Entonces la cumbre fue en Ginebra, que acogió a Putin y al antecesor de Trump, Joseph Biden.

Cuatro años después el contexto ha cambiado drásticamente. Las guerras en Ucrania y Gaza han trastocado el equilibrio de la seguridad mundial toda vez que la alianza euroasiática entre Rusia y China y el regreso de Trump han contrariado severamente la unidad «atlantista» de la OTAN como factor predominante de la hegemonía occidental. Incluso Europa se encamina a afrontar su futuro de seguridad vía rearme sin depender del paraguas militar estadounidense. Biden se ha convertido en un suspiro al lado de la estridencia del retorno de un Trump más convencido de saltar por los aires el (des) orden internacional de la «posguerra fría».

Por otro lado, debe destacarse el papel protagónico del enviado estadounidense Steve Witkoff como artífice diplomático de esta cumbre Trump-Putin. Sus constantes viajes a Moscú para tantear el escenario con el mandatario ruso han permitido avances significativos como las reuniones en Estambul entre emisarios rusos y ucranianos a la hora de negociar intercambios de prisioneros y ceses esporádicos de las hostilidades.

¿Una cumbre antecesora de otra posible guerra europea?

Previo a esta cumbre de Alaska, el pasado 8 de agosto se formalizó en Washington, en presencia de Trump, un acuerdo de paz aún preliminar entre Armenia y Azerbaiyán en el que se comprometen a renunciar a sus reivindicaciones territoriales (Nagorno Karabaj). Este conflicto caucásico implica igualmente a Rusia, expectante ante este nuevo escenario de paz entre Bakú y Ereván que, visto en perspectiva, contribuye a priori en recrear un clima de distensión previa a la cumbre de Alaska.

No obstante, este borrador de acuerdo armenio-azerí determina igualmente una vía de presencia y de influencia de Washington en el Cáucaso, el tradicional «patio trasero» ruso, en un contexto de tensiones entre EEUU e Israel con Irán en Oriente Medio; un escenario que crea obvias preocupaciones en Teherán. Este acuerdo podría fortalecer la posición regional de Azerbaiyán, incluso mirando con perspectivas geopolíticas el conflicto en Ucrania. Bakú ya anunció el envío de ayuda humanitaria a Ucrania, probablemente negociada con anterioridad con Trump.

Pero vayamos al quid de la cuestión. Independientemente de cuál sea el resultado efectivo de esta cumbre, en Alaska de alguna u otra forma se decide el futuro de Ucrania. Y se decide precisamente sin la parte ucraniana presente. Trump y Putin entienden un lenguaje claro: el del poder. Saben que tienen las claves («las cartas ganadoras», Trump dixit) para dar un vuelco a un conflicto que, pese a los avances rusos y a la derrota de facto ucraniana, determina una situación de estancamiento en el frente bélico.

La cumbre Trump-Putin no escapa del paralelismo histórico, un recurso a veces obsesivo y frecuentemente erróneo que busca explicar (y en ocasiones legitimar) un status quo determinado, así como ciertas acciones del presente que no pasarán desapercibidas en esta cumbre.

Algunos han intentado «animar» el carácter histórico de esta cumbre buscando referencias en pactos como el de no agresión establecido entre Hitler y Stalin en 1939 previo a la II Guerra Mundial y en el que la Alemania nazi y la URSS se repartieron Polonia y Europa Oriental en zonas de influencia.

Obviamente, el contexto de 2025 es diametralmente opuesto al de 1939 pero la dinámica geopolítica no descansa. Algunos líderes advierten sobre una posible nueva guerra en Europa en los próximos años, con Rusia como enemigo pretendido.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, declaró en junio que Rusia podría estar lista para atacar a la alianza en un plazo de cinco años. En mayo de 2025, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IIES) estimó un plazo más corto: Rusia podría representar una «amenaza militar significativa para los aliados de la OTAN» para 2027. Algunos economistas calculan que una guerra entre Rusia y la OTAN podría costar a la economía mundial US$ 1,5 billones.

La realpolitik del conflicto ucraniano en 2025 obliga a observar desde una perspectiva netamente realista las posibilidades existentes en cuanto a una resolución condicionada pero muy probablemente no definitiva. Por mucho que se esfuercen la OTAN y la UE, es altamente improbable una contraofensiva militar ucraniana para recuperar los territorios conquistados por Rusia. El propio alcalde de Kiev, Vitali Klichkó (un probable pretendiente a suceder a Zelenski en la presidencia) ya advirtió en abril pasado sobre la posibilidad de ceder territorios a cambio de la paz porque la «guerra está perdida». Dejando atrás su retórica de no retroceder ante el enemigo ruso, Kiev incluso ha ofrecido una especie de cese al fuego aéreo con Rusia, evidenciando así la superioridad de la aviación rusa en sus ataques en el frente.

Previo a la cumbre con Trump, Putin no pierde el tiempo para ganar posiciones territoriales con una ofensiva a gran escala para asegurar el control de Prókovsk y asegurar así el anillo de acero y el cinturón de seguridad en torno al Donbás y el corredor que lleva a Crimea, bajo control ruso desde 2014. Con esta realidad deberá negociar en Alaska un Trump que no esconde los artilugios efectistas y mediáticos al declarar previamente que tendrá claro «si habrá acuerdo o no en los primeros cinco minutos de reunión con Putin» y que, si las cosas salen bien, irá a una segunda cumbre ya con Zelenski.

El Kremlin, como la Casa Blanca, no juega a los dados y mucho menos cuando se le presenta una oportunidad propicia para asegurar sus intereses como lo es esta cumbre con Trump. Sabe bien que las cartas de poder, esas mismas que le espetó Trump a Zelenski en febrero pasado durante la rocambolesca comparecencia en la Casa Blanca, las tiene Rusia a su favor y no negociará nada por debajo de sus intereses estratégicos, definidos en torno a la necesidad de asegurar a Ucrania como bastión de seguridad y esfera de influencia lejos del alcance de la OTAN.

Por su parte, Trump busca degradar el «dossier Ucrania» heredado de Biden intentando desligarse de la ayuda a Kiev (y, por lo tanto, de la dependencia militar europea de EEUU que permite asegurar la ayuda a Zelenski) para concentrarse en el reto estratégico que le impone China, aliado de Rusia. Trump tiene también en la mesa la crisis de Oriente Medio, toda vez que Israel pretende la anexión completa de Gaza y la expulsión de los palestinos a Sudán del Sur mientras Francia y Gran Bretaña presionan a Netanyahu con reconocer al Estado palestino en caso de no alcanzarse un alto al fuego en Gaza.

Con todo, Trump no viaja a Alaska para congraciar a Putin. Fiel a su estilo chantajista, antes de esta cumbre advirtió de «severas consecuencias» para Rusia en caso de no aceptar la paz. Como medida de presión ajustó sanciones arancelarias a India por comprar petróleo ruso. Pero Trump sabe que cualquier arreglo en Ucrania pasa por la posibilidad de negociar con Putin un reparto de esferas de influencia y una salida del poder para un Zelenski cada vez más tratado como un paria y con escaso margen de maniobra.

Tras haber asegurado en la reciente cumbre de la OTAN de La Haya el aumento del gasto militar al 5% del PIB y de prácticamente humillar a Europa posteriormente con un acuerdo comercial impositivo y edulcorado ante los efectos de la guerra arancelaria, Trump está dispuesto a asestar a la UE el golpe geopolítico definitivo negociando con Putin el futuro de Ucrania … sin Ucrania ni Europa presentes.

La toma de contacto previa a la cumbre de Alaska por parte de Zelenski con Trump y posteriormente del cuestionado presidente ucraniano con los líderes europeos constituyó un «canto de cisne» de escaso eco para los oídos de Trump, consciente de la falta de realismo en cuanto a las demandas europeas de no negociar con Putin una paz en Ucrania «a cualquier precio».

Más allá de que la cumbre sea un éxito para la paz en Ucrania, un paréntesis o incluso un nuevo fracaso, la toma de contacto entre Trump y Putin augura cambios de mayor calado en la política mundial.

El tácito reparto de esferas de influencia entre EEUU y Rusia en Ucrania puede incluso alcanzar a Venezuela, donde la Casa Blanca ha vuelto a colocar precio a la cabeza del presidente Nicolás Maduro (aliado de Putin) por US$ 50 millones para su captura por delitos de narcotráfico. El Kremlin maneja con paciencia los tiempos y recursos y si bien no parece persuadido a dejar caer al aliado venezolano, la realpolitik puede finalmente dictar sentencia.

El tratado de paz armenio-azerí, un éxito para la diplomacia de Trump, también supone levemente una ventaja para Putin al asegurarse la estabilidad en el flanco sur caucásico, donde Occidente ha intentado perfilar un «nuevo Maidán» en Georgia toda vez Moscú que ha logrado fortalecer sus intereses vía gobierno prorruso en Tbilisi, paralizando las negociaciones georgianas de admisión a la UE iniciadas en diciembre de 2023.

Pero como se indicó con anterioridad, la perspectiva de una histórica paz entre Armenia y Azerbaiyán implica una especie de retorno de Washington a la hora de manejar sus intereses en el espacio contiguo ruso en el Cáucaso e incluso Asia Central, hasta ahora degradado en la atención geopolítica estadounidense. Un contexto que a mediano plazo (e incluso dependiendo de lo que se acuerde sobre Ucrania) puede significar cambios en los equilibrios de poder no necesariamente favorables para los intereses rusos.

De allí que para el Kremlin, la posibilidad de concretar con Trump en Alaska un acuerdo favorable sobre Ucrania signifique una victoria propagandística incluso dirigido hacia la propia sociedad rusa que, más allá de la retórica oficial y sus intentos por mediatizar la realidad, sufre y observa en silencio lo qué está sucediendo en el frente ucraniano.

El fin de la inocencia

Hace exactamente un año (agosto de 2024) los medios occidentales reproducían con algarabía la ofensiva militar ucraniana sobre la región rusa de Kursk. En ese momento, con una ofensiva en territorio ruso, las expectativas occidentales especulaban con que llevar la guerra de Ucrania a la propia Rusia serviría para la posible capitulación de Putin.

Un año después de esta surrealista ofensiva que significó más bien la «huida hacia adelante» de Zelenski alentado ingenuamente por la UE y la OTAN en vísperas del regreso de Trump a la Casa Blanca, el escenario es distinto. Putin y Trump negocian en Alaska el futuro de un país, Ucrania, en el que ni sus propios dirigentes ni sus aliados exteriores tienen actualmente capacidad efectiva para decidir su futuro, cada vez más laminado por los intereses geopolíticos de Rusia y de EEUU. Incluso las protestas han regresado a Kiev por parte de una población cansada de la guerra y de la corrupción rampante por parte de sus propias autoridades.

Pero esas protestas también vuelven a Tel Aviv impulsadas por sectores de la sociedad israelí descontentos con los resultados militares en Gaza y con un genocidio deliberado por parte de Netanyahu y sus aliados que ha provocado la consecuente pérdida de credibilidad y de caída de la imagen internacional de Israel. Incluso dentro del Alto Mando militar israelí comienzan a surgir grietas sobre la efectividad de la invasión total a Gaza, cuestionando incluso la draconiana narrativa oficial de Netanyahu y de la ultraderecha supremacista sobre el «legítimo derecho a la defensa» que lo mantiene en el poder pero que no tiene reparos en impulsar impunemente y en vivo y directo una limpieza étnica en Gaza.

En lo que respecta a Ucrania, probablemente no veamos en Alaska un acuerdo histórico más allá de una toma de contacto donde Moscú y Washington marcarán sus respectivas «líneas rojas», aunque ahora definidas en torno a una mayor capacidad de sintonía. Pase lo que pase, Trump y Putin habrán negociado puntos de conexión que permitirán trazar las directrices del nuevo equilibro geopolítico mundial que se está redefiniendo para las próximas décadas.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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