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ISRAEL Y TURQUÍA: ¿LA PRÓXIMA GUERRA DE ORIENTE PRÓXIMO?

Roberto Mansilla Blanco*

Mientras Oriente Próximo se sumerge en una volátil dinámica de conflictos EEUU e Irán; Israel y Líbano), dentro del delicado escenario regional comienzan a calibrarse una crisis bilateral entre dos actores, Turquía e Israel, con fuertes repercusiones geopolíticas a tenor de la reciente escalada de acusaciones entre ambos gobiernos.

En marzo pasado, el líder opositor y ex primer ministro israelí Naftali Bennett declaró que Turquía se convertía, tras Irán, «en la mayor amenaza estratégica para Israel». Con anterioridad y en reiteradas ocasiones, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan no sólo ha condenado la masacre de civiles palestinos en Gaza a manos de las fuerzas israelíes sino que ha acusado directamente al primer ministro Benjamín Netanyahu de «genocida», «psicópata» y «colonialista», entre otros calificativos. Como respuesta, un artículo publicado por el think tank israelí Jerusalem Center for Security and Foreign Affairs no dudó en calificar a Erdogan de «presidente neo-otomano», señalando sus presuntas «ambiciones imperiales» y la amenaza que esto supondría para Israel.

Según el diario The Times of Israel, Erdogan tildó al gobierno de Netanyahu de «banda criminal sionista» toda vez que el ministro turco de Exteriores, Hakam Fidan, declaró que Israel «es un problema para la humanidad» y que Tel Aviv estaría «buscando un nuevo enemigo», en este caso con respecto a Turquía. La respuesta de su homólogo israelí Gideon Sa’ar fue igualmente categórica: «estas palabras enfermizas suponen un claro incitamiento al genocidio. Es el clásico lenguaje de los grandes persecutores de la historia».

Siguiendo con la escalada de acusaciones, Numam Kurtulmus, presidente de la Gran Asamblea Nacional, el poder legislativo turco, ha instado a la comunidad internacional a «detener la agresión israelí» como principal garantía para lograr «la paz mundial».

Este intercambio de acusaciones amenaza con provocar una nueva ruptura en las relaciones turco-israelíes. Debe recordarse que en 1949 Turquía fue el primer país musulmán en reconocer al Estado de Israel. Por otro lado, Ankara forma parte de la OTAN desde 1952, conservando una orientación geopolítica prooccidental que durante décadas le llevó a mantener fuertes lazos comerciales y militares con Israel.

Tras una breve crisis diplomática, Turquía e Israel restablecieron totalmente sus relaciones diplomáticas en agosto de 2022. Pero la invasión militar israelí a Gaza en octubre de 2023 retomó el empeoramiento de las relaciones bilaterales entre Ankara y Tel Aviv. En agosto de 2025 Turquía anunció la ruptura formal de relaciones económicas y comerciales con Israel.

La cuestión palestina se ha erigido como argumento clave y centro de gravedad de la actual confrontación turco-israelí. Pero no es el único factor de tensión.

La instrumentalización del relato histórico: del genocidio armenio a Gaza

Si bien a priori no existen factores inmediatos que puedan indicar una posible confrontación militar directa entre Turquía e Israel, comienzan a configurarse diversos movimientos en los planos geopolítico, geoeconómico e incluso militar que interpretan un contexto de escalada de tensiones y de pulsos geopolíticos por mantener esferas de influencia regional.

Entre ellas destacan el fortalecimiento de relaciones comerciales e incluso militares entre Turquía y Egipto, dos países que reconocen diplomáticamente a Israel pero que mantienen constantes tensiones con Tel Aviv. Toda vez que Israel ha respondido con un reconocimiento formal del genocidio armenio de 1915 cometido por las autoridades otomanas, como una evidente herramienta de presión contra Turquía.

Este reconocimiento israelí provocó inmediatas protestas por parte de Turquía y Azerbaiyán, históricos rivales armenios. En el caso azerí destaca igualmente que, sin reconocer oficialmente al Estado de Israel, en los últimos años Bakú ha mantenido estrechos vínculos comerciales con Tel Aviv, lo cual ha abierto una ventana de relación diplomática entre ambos países.

Este nuevo escenario de confrontación dialéctica entre Turquía e Israel se ve mediatizado por otra variable: la estrategia en clave geopolítica de «ganar la narrativa histórica», en este caso estableciendo paralelismos entre el genocidio armenio de 1915 con el de Gaza de 2025. Con ello se busca ejercer influencia en el ecosistema mediático y llevar el nivel de tensión hacia el espacio de la opinión pública.

El 28 de junio el gobierno israelí aprobó por unanimidad el proyecto presentado por el ministro de Asuntos Exteriores, Gideon Sa’ar, para el reconocimiento oficial del genocidio armenio de 1915.

Consciente de que dicho reconocimiento israelí implicaría una inmediata y airada respuesta por parte turca, el primer ministro de Armenia, Nikol Pashinyan, declaró que su país no ve la necesidad de responder al reconocimiento israelí de los sucesos de 1915 como «genocidio», evitando así la instrumentalización política de esta controversia.

Conflictos abiertos en el Oriente Medio de la «posguerra iraní»

Al margen de la instrumentalización política del relato histórico, la tensión entre Ankara y Tel Aviv augura nuevos equilibrios regionales. Este contexto revela un pulso geopolítico de poder entre ambos países dentro del nuevo escenario regional determinado por la «posguerra caliente» entre EEUU, Israel e Irán.

Con sus intermitentes roces y acercamientos diplomáticos, la relación entre Turquía e Israel, igualmente condicionada por los intereses estadounidenses, implicaba cierto nivel de equilibrio en la región, al menos en lo referente a la posibilidad de una confrontación armada a gran escala. No obstante, la llegada de Erdogan al poder en 2003 le permitió a Turquía ampliar regionalmente su perfil geopolítico, en este caso como líder islamista y socio económico y militar.

El tema palestino ha sido una constante en los niveles de confrontación política de Erdogan con Israel, consciente del efecto emotivo que genera en el mundo islámico. Pero también está la cuestión kurda, de enorme sensibilidad para Turquía. Desde la caída del régimen de Saddam Hussein en Irak en 2003, Tel Aviv ha mantenido una creciente cooperación económica y en materia de inteligencia con la Autoridad Regional del Kurdistán iraquí, cuyo grado de autonomía con respecto a Bagdad es evidente. Ankara ha protestado este acercamiento israelí hacia los kurdos iraquíes y su radio de implicación regional hacia las comunidades kurdas en Turquía, Siria e Irán.

Por otro lado, la preponderancia de posiciones supremacistas y revisionistas presentes en el actual gobierno de Netanyahu ha profundizado el nivel de confrontación política con Ankara. En este apartado destaca la reconfiguración de la idea del «Gran Israel» y su expansionismo regional hacia Siria, Líbano e incluso Turquía.

Ankara ha decidido mover fichas regionales para contrarrestar las posiciones israelíes. Un caso particular ha sido la eventual configuración de un eje Turquía-Egipto, el cual altera las prioridades geopolíticas israelíes y estadounidenses en Oriente Medio. En Tel Aviv interpretan que este eje turco-egipcio implicaría una especie de tenaza contra Israel en su flanco noroccidental con Gaza como epicentro, toda vez que Irán lo hace desde el flanco oriental vía proxy wars en Líbano y Yemen.

Mientras EEUU e Israel viven igualmente una coyuntura de perfil bajo en sus relaciones, explicadas por el fracaso de la intervención militar contra Irán, Turquía busca aprovechar este contexto para ganar esferas de influencia regionales.

Ankara mantiene intereses directos en Siria, Líbano, el Mediterráneo Oriental y África Occidental, un escenario donde Israel también ha comenzado a jugar sus cartas. Turquía abrió una base logística militar en Port Sudán y mantiene una estrecha cooperación económica y humanitaria en Sudán, Israel reconoció recientemente la legitimidad estatal de Somalilandia, un Estado de facto hasta ahora sin reconocimiento oficial internacional. Con este reconocimiento, Tel Aviv pretendería consolidar a Somalilandia como centro logístico y «cabeza de puente» con influencia en el Cuerno de África, el mar Rojo y el golfo de Adén, en especial a la hora de repeler los ataques que desde Yemen realizan las fuerzas hutíes, aliadas de Irán, contra objetivos israelíes.

Por otro lado, Turquía mantiene en Somalia su principal base militar en el exterior, la CAMP TurkSom, convirtiéndose al mismo tiempo en un socio comercial importante para Mogadiscio, cuyo gobierno reclama la soberanía sobre Somalilandia. Por tanto, Ankara y Mogadiscio acercan posiciones y alianzas mientras Israel busca crear nuevas esferas de influencia vía Somalilandia, orientadas igualmente a contener estos intereses turcos.

En el Mediterráneo Oriental, Israel mantiene acuerdos militares con Chipre y Grecia, enemigos históricos de Turquía. En Oriente Medio, Turquía, Pakistán y Arabia Saudita han avanzado hacia una alianza militar que muchos catalogan como un embrión de «OTAN islámica», cuya capacidad operativa parece por ahora incierta. No se debe pasar por alto el eficaz papel de la diplomacia paquistaní que, con apoyo turco, ha sido significativo para iniciar las negociaciones de intermitentes altos al fuego entre EEUU e Irán.

La disuasión nuclear también entra en escena. El ministro turco de Exteriores Hakan Fidan anunció que Ankara se reserva la opción nuclear. Con apoyo ruso, Turquía ha avanzado en la creación de la central nuclear de Akkuyu, la cual abastecerá un 10 % de la demanda energética turca. Moscú suministrará el uranio necesario para esta infraestructura que colocaría a Turquía como una nueva potencia nuclear, un escenario delicado tomando en cuenta las tensiones existentes en torno al programa nuclear iraní y el fait accompli que supone el hecho de que Israel es la principal potencia nuclear regional, aunque Tel Aviv, muy probablemente persuadido por Washington, se reserve el derecho a reconocerlo.

Las infraestructuras también entran en juego en el pulso turco-israelí. El pasado 9 de junio, Turquía y Arabia Saudita firmaron acuerdos para revivir el ferrocarril del Hejaz, una línea histórica de la era otomana que una vez conectó Estambul con Medina. El proyecto, al cual Israel ya reaccionó considerándolo como una amenaza estratégica, supone una ruta desde Bulgaria a través de Estambul, Damasco, Ammán y las ciudades saudíes, llegando finalmente a Sohar en Omán y la entrada del estrecho de Ormuz.

El ministro turco de Comercio, Omer Bolat, fue mucho más enfático al declarar que la intención del proyecto implica «la reducción de la influencia de Israel en la región» para afianzar «la prosperidad económica, paz y estabilidad a Oriente Medio». Para Turquía, el cierre del estrecho de Ormuz derivado de la guerra de EEUU e Israel contra Irán implicó la búsqueda de rutas comerciales alternativas. Por tanto, el proyecto del ferrocarril del Hejaz supone una alternativa regional ante la vulnerabilidad geoeconómica derivada de la guerra de Irán.

Israel le ha pedido al presidente estadounidense Donald Trump que bloquee este proyecto argumentando que «viola el espíritu de los Acuerdos de Abraham» de 2020 y representa un «realineamiento geopolítico hostil». Para Tel Aviv, este proyecto reduce el valor estratégico del puerto israelí de Haifa y socava el corredor económico India – Oriente Medio – Europa que posiciona a Israel como un centro de tránsito central que conecta el golfo Pérsico con Europa.

Otro escenario de conflicto es Siria. El régimen sirio del islamista Ahmed al Shar’aa, ex líder de una facción armada vinculada con Al Qaeda, es una pieza geopolítica clave para Ankara que, al mismo tiempo, se ha convertido en un rival incómodo para Israel.

De acuerdo con el medio Israel Hayom citando fuentes sirias, en Damasco existe preocupación por la intensa actividad de Turquía en este país árabe. Estas fuentes señalan al ministro turco Fidan como la «mano derecha de Erdogan en Siria», con especial comunicación directa con el presidente Ahmed al Shara’a.

Un caso concreto de la influencia turca en Siria ha sido el despliegue a comienzos de 2026 en el Aeropuerto Internacional de Damasco del sistema de seguridad HTRS-100 de fabricación turca. Si bien Ankara ha declarado el uso civil del mismo, este despliegue confirma el estrecho vínculo militar entre Turquía y Siria, motivo de preocupación para Israel en caso de eventualmente realizar ataques aéreos contra objetivos sirios.

No se debe pasar por alto las repercusiones que pueden tener en Siria los combates entre Israel y el movimiento islamista libanés Hizbulá, toda vez que Tel Aviv también tiene intereses dentro del complicado rompecabezas sirio, tal y como se observó en julio de 2025 con los combates entre fuerzas leales al régimen de al Shar’aa contra milicias de la comunidad drusa, tradicional aliado israelí, en la provincia de Sweida.

Otro escenario de tensión es el pulso geoeconómico, específicamente el control de las redes de corredores energéticos regionales. Israel impulsa el proyecto del Gasoducto Eastmed con el foco en el Mediterráneo Oriental, aspecto que podría colocar a Gaza como un epicentro logístico de estos intereses israelíes hacia Egipto, Chipre y Grecia

Por su parte, Turquía avanza en la construcción de un gasoducto que le conecte con Qatar, Siria, Arabia Saudita y Bulgaria, un ambicioso proyecto de US$ 15 mil millones con elevados costes de inversión en infraestructuras. Ambos proyectos, el turco e israelí, intensifican su importancia estratégica ante la crisis energética y comercial suscitada por los constantes cierres del estrecho de Ormuz bajo la confrontación militar entre EEUU e Irán.

La «OTAN 3.0» tras la cumbre de Ankara: ¿disuasión o punto de inflexión en las tensiones turco-israelíes?

La Cumbre de la OTAN realizada los días 7 y 8 de julio en Ankara, la primera que realiza la Alianza Atlántica en territorio turco, debe igualmente analizarse dentro del contexto de tensiones previas entre Turquía e Israel.

La posibilidad de una confrontación armada con Israel determina un escenario de preocupación en el establishment de poder en Ankara. La cumbre de Ankara determinó el compromiso de la Alianza Atlántica por reforzar la cláusula mutua establecida por el artículo 5 que estipula que el ataque contra un país miembro de la OTAN implica la defensa mutua a ese país por parte de todos los demás miembros del organismo. En Ankara, el objetivo de la OTAN se concentró en Rusia en un momento de escalada de ataques con drones en los territorios ruso y ucraniano y ante el aumento del gasto militar en Europa.

Siendo Turquía miembro de la OTAN, el establishment político y militar y la opinión pública turca especulan sobre la aplicación de esta cláusula de defensa mutua en caso de un eventual ataque militar israelí, país que cuenta con convenios de cooperación con la OTAN en materia de seguridad y antiterrorismo, entre otros. Una encuesta en Turquía dictaminó que un 72% de los turcos desconfían de que la OTAN salga en su defensa en caso de ataque israelí.

Previo a la cumbre de Ankara, el secretario de Defensa estadounidense Peter Hegseth declinó reafirmar el principio de defensa colectiva de la OTAN. Estas declaraciones reforzaron la percepción en Turquía ante el contexto de tensiones entre Trump y la OTAN. En Ankara especulan que una eventual salida o disminución de compromisos por parte de EEUU con la Alianza Atlántica podría implicar un eventual apoyo a Israel en caso de guerra contra Turquía.

No obstante, la cumbre de Ankara significó un éxito rotundo para Erdogan en medio de las tensiones entre Trump y la OTAN. Turquía ha logrado reconducir su condición de socio militar fiable para Occidente, aspecto que causa preocupación en Israel.

El entendimiento entre Trump y Erdogan generó una inmediata inquietud en Tel Aviv en un momento de cierto estancamiento en las relaciones con Washington toda vez que la Casa Blanca acelera su retirada táctica dentro de la OTAN para concentrar sus prioridades en Asia-Pacífico mientras Turquía refuerza su papel geopolítico y militar para Europa y la Alianza Atlántica. Debe recordarse que, tras EEUU, Turquía es el principal ejército dentro de la OTAN en número de efectivos.

Por ello, Israel teme que Turquía gane fuerza tras esta cumbre de Ankara, reforzando así sus esferas de influencia regionales y sus presiones hacia Tel Aviv. Al mismo tiempo que Ankara aumenta sustantivamente su peso en Europa, también ha conseguido mejorar su relación con Washington.

Trump ha declarado públicamente su propósito de readmitir a Turquía al programa de aviación F-35, a pesar de las quejas de Israel. Tel Aviv reclama que Ankara es una amenaza y que debe preservarse su Ventaja Militar Cualitativa (QME) Previo a la cumbre de Ankara, Turquía criticó las palabras de Netanyahu sobre la posible adquisición de los cazas estadounidenses F-35 como «desinformación».

En Ankara, Erdogan ha sabido jugar su tradicional papel de «actor bisagra» y de interlocutor y mediador entre potencias geopolíticas en confrontación como son los casos de EEUU, China y Rusia. Los equilibrios de Ankara poseen una lógica geopolítica estratégica, tomando en cuenta su posición en el espacio euroasiático, Oriente Medio, Magreb, Sahel y Cuerno de África.

Este papel de interlocución de Turquía le ha permitido convertirse en un actor emergente con capacidad para manejar equilibrios entre actores en conflicto como Rusia y Ucrania y EEUU, Israel e Irán. Las relaciones turcas con China son igualmente fluidas toda vez que la influencia turca en Siria ha sido igualmente determinante para que Trump anunciara la revocación a la designación de ese país árabe como «Estado patrocinador del terrorismo».

Por otro lado, Europa pretende que Turquía sea un socio fiable para impulsar una reactivación más amplia de la industria de defensa del continente y aportar efectivos militares para la Alianza Atlántica. Durante la cumbre de la OTAN, Turquía firmó con Reino Unido un acuerdo de defensa y seguridad, que obliga a ambos países a apoyarse mutuamente en todas las cuestiones relacionadas con la defensa, incluida la cooperación en sus respectivas industrias, la lucha contra el terrorismo, las amenazas híbridas y la ciberseguridad.

La adquisición turca del sistema F-35 implica a otro actor, Rusia, un intermitente aliado turco que se convierte en el principal dolor de cabeza para la OTAN y la Unión Europea. Turquía adquirió en 2019 el sistema defensivo ruso S-400, provocando una enorme preocupación en el seno de la Alianza Atlántica.

En la cumbre de Ankara, la decisión de Trump de suspender las sanciones contra Turquía supuso una evidente presión hacia Erdogan para aceptar los cazas F-35 en detrimento del sistema ruso S-400. Se especula con que Turquía ha comenzado a retirar los S-400 aparentemente vendiéndolos a países como Qatar o Emiratos Árabes Unidos.

La cumbre de la OTAN de Ankara arrojó un escenario concreto: Washington maneja nuevos equilibrios que no necesariamente pasan por seguir manteniendo a Israel como su prioridad inalterable a nivel regional. Este cambio ha recolocado a Turquía como un aliado estratégico alternativo para Washington en el nuevo sistema de equilibrios y tensiones en Oriente Próximo.

En este sentido, Erdogan ha ganado un pulso geopolítico a un Netanyahu que se somete a elecciones generales el próximo 27 de octubre con un contexto de guerras abiertas con Irán y Líbano, degradación de interés por parte de su principal aliado estadounidense y conflictos en marcha con Turquía y Siria.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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ARMENIA: ¿UNA «NUEVA GEORGIA» PARA RUSIA Y OCCIDENTE?

Roberto Mansilla Blanco*

El pulso entre Rusia y Occidente por el control de las esferas de influencia en el Cáucaso vuelve a escena. Tanto Moscú como Europa preparan sus cartas con el foco en las elecciones parlamentarias de Armenia a celebrarse el próximo 7 de junio, donde se renovarán 101 escaños para el periodo 2026-2031.

Estos comicios suponen un test decisivo para medir la gestión del primer ministro Nikol Pashinián, cuya orientación prooccidental manifiesta un distanciamiento histórico con Rusia, el tradicional aliado armenio en el Cáucaso. Por otro lado, Pashinián deberá medir en las urnas el sentir popular ante la pérdida del enclave armenio de Nagorno Karabaj a manos de su rival histórico, Azerbaiyán, en la breve guerra acaecida entre ambos países a finales de 2023. Desde entonces unos 100.000 armenios huyeron del Karabaj para refugiarse en Armenia.

Macron cantando «La bohème» de Charles Aznavour acompañado a la batería por el primer ministro de Armenia Nikol Pashinyan. Imagen: Agnès Vahramian.

Por otro lado, este 4 de mayo dio inicio en Ereván, la capital armenia, la Cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE), donde los principales líderes europeos, visiblemente liderados por el presidente francés Emmanuel Macron (impulsor de esta iniciativa en 2022) además de la presencia de Canadá, país con una importante diáspora armenia, han dado su visto bueno al europeísmo y atlantismo de Pashinián, manifestado en las intenciones armenias de ingresar en la UE y la OTAN. La inclusión de Canadá en este esquema no es casual: supone un toque de atención de Bruselas hacia Washington ante la necesidad de resetear la relación transatlántica o bien apostar por otros socios.

Rusia ya había advertido a Armenia de las consecuencias que supone este giro prooccidental. Moscú indicó la «incompatibilidad» a la que podría someterse Armenia que, como miembro de la Unión Económica Euroasiática (UEE), aspira a ingresar en la UE. Pero la desconexión rusa de Pashinián sigue adelante. En agosto pasado, Armenia anunció su intención de retirarse de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), coloquialmente calificada como la «OTAN rusa». En marzo de 2025, el Parlamento armenio aprobó abrumadoramente iniciar el proceso de adhesión a la UE.

El factor energético entra en el juego electoral

Así, Armenia se ha convertido en la nueva «frontera» geopolítica entre Rusia y Occidente. En este complejo juego de intereses el presidente ruso Vladimir Putin ya ha movido fichas. La derrota militar armenia frente a Azerbaiyán implicó para el Kremlin alienarse a favor de Azerbaiyán como disuasión contra los intereses prooccidentales de Pashinián. Con Nagorno Karabaj en proceso de reinsertarse dentro del territorio de Azerbaiyán, ambos países firmaron la paz en Washington en agosto de 2025, bajo la iniciativa del presidente Donald Trump.

Desde el punto de vista energético, Armenia es casi absolutamente dependiente de Rusia a través de la filial de la multinacional rusa Gazprom toda vez que la infraestructura gasífera armenia está prácticamente integrada a la rusa. Al mismo tiempo, Rusia es el principal socio comercial armenio y principal surtidor de energía. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), las importaciones armenias de gas y petróleo representan aproximadamente el 77% del suministro energético total. Moscú también posee una base militar en la localidad armenia de Gyumri, otro elemento disuasivo para sus intereses geopolíticos por el control del Cáucaso Sur.

Con la llegada de Putin al poder en 2000, Moscú ha utilizado, con notable asertividad, el factor energético como herramienta geopolítica de influencia en el espacio euroasiático. Esta política no ha estado exenta de tensiones como ha sido el caso de las denominadas «revoluciones de colores» en Ucrania y Georgia (2003), influyendo en diversas dimensiones el pulso ruso-occidental por el control de las rutas energéticas desde el mar Caspio.

Esta dinámica no pierde vigencia este 2026. El gobierno armenio anunció recientemente la posibilidad de retirarse de la OTSC y la UEE ante el alza del precio del gas ruso provocado por la crisis bélica entre EEUU e Irán. De cara a las elecciones parlamentarias armenias, y ante el giro prooccidental de Pashinián, el tema de la dependencia energética de Rusia muy probablemente se afianzará como un debate electoral en Armenia, con capacidad para influir en los apoyos políticos y electorales.

En esta perspectiva, el Kremlin muy probablemente agitará a su favor a sus aliados prorrusos en el país caucásico, desde sectores empresariales hasta la propia Iglesia Ortodoxa armenia. En los últimos meses se han observado tensiones entre el gobierno de Pashinián y la Iglesia Apostólica Armenia, liderada por Karekin II. Desde Rusia, la diáspora armenia ha reaccionado a favor de la Iglesia armenia, contando con el beneplácito del gobierno ruso, incluso a través de manifestaciones en Moscú, San Petersburgo, Krasnodar y Sochi, entre otras ciudades con numerosa presencia de la diáspora armenia.

Para el Kremlin, que mantiene una relación muy estrecha y políticamente estratégica con el patriarcado de la Iglesia Ortodoxa rusa, la instrumentalización de la polémica de Pashinián con la Iglesia armenia se erige como un argumento de peso para incitar a la diáspora armenia en Rusia a defender los «valores nacionales tradicionales» de Armenia y el reconocimiento de la «paternal tutela» de Moscú sobre Ereván.

En un país, Armenia, donde el peso político del lobby de su diáspora es relevante, este factor puede ejercer una influencia determinante en los comicios parlamentarios, en este caso hacia opciones tendientes a «suavizar» las relaciones con Rusia y condicionar la opción «prooccidental» del gobierno de Pashininán.

Las elecciones armenias y el precedente georgiano

Las elecciones parlamentarias armenias de junio próximo poseen un símil con las ocurridas en octubre pasado en la vecina Georgia, cuyo gobierno de Salomé Zhurabishvilli también manifestó un giro prooccidental y se jugaba estas cartas en unas elecciones parlamentarias.

A pesar de varios días de protestas en la capital Tbilisi contra lo que se catalogó como «interferencia rusa» en las elecciones parlamentarias, la opción vencedora fue la del partido Sueño Georgiano, el mismo al que pertenece Zhurabishvilli, pero ahora bajo el liderazgo de Míjeil Kavelashvili más proclive a reorientar sus prioridades geopolíticas hacia Moscú.

Kavelashvili, un ex futbolista de elite que abandonó Sueño Georgiano para fundar el Partido Popular, fue posteriormente elegido en votación indirecta como el nuevo presidente georgiano. Desde entonces, Tbilisi ha iniciado un proceso de distanciamiento con Europa, congelando las negociaciones de admisión iniciadas en 2023. De este modo, el Kremlin aseguró sus intereses en mantener a Georgia dentro de sus esferas de influencia y, al menos momentáneamente, fuera del alcance occidental.

Moscú aspira reproducir ese mismo prisma en las elecciones parlamentarias armenias. El partido de Pashinián, Contrato Civil, tiene como principal contrincante electoral a Samvel Karapetyan, un empresario líder del partido Armenia Fuerte, considerado afecto al Kremlin. Karapetyan se encuentra actualmente encarcelado por intento de sedición contra Pashinián y por presuntos vínculos de corrupción y mercenarios paramilitares.

Putin ha solicitado la participación de Karapetyan en las elecciones, pero la legislación armenia prohíbe la concurrencia electoral de personas con doble nacionalidad considerando que cuenta con pasaporte armenio y ruso.

El cordón sanitario de Putin

En Armenia, Putin espera lograr un triunfo geopolítico similar al acontecido en abril pasado en las elecciones parlamentarias en Bulgaria, que le dieron la victoria al prorruso ex presidente Rumen Radev. Toda vez que la reciente caída del gobierno conservador y europeísta de Illie Bolojan en Rumanía tras una moción de censura puede igualmente ser interpretado como una ganancia indirecta para Moscú.

Rumanía, miembro de la UE y la OTAN, lidera una posición favorable a la ayuda militar y financiera a Ucrania así como una tendencia antirrusa que puede revertirse en caso de nuevas elecciones. El Kremlin tiene intereses muy concretos en propiciar cambios de gobierno igualmente en la vecina Moldavia, país candidato a la adhesión a la UE con un gobierno europeísta y con el conflicto de Transnistria como un posible efecto expansivo del existente en Ucrania.

Con ello, Rusia intenta asegurar un «cordón sanitario» prorruso y «anti-UE y OTAN» desde el mar Caspio hasta el mar Negro, propiciando así un corredor estratégico para sus intereses y concretando una especie de Mare Nostrum ruso precisamente en el mar Negro, con la base naval de Sebastopol en Crimea como motor militar y ante las expectativas de controlar el puerto de Odesa, bajo soberanía ucraniana. En este esquema se incluye igualmente el acercamiento ruso al nuevo gobierno sirio como principal proveedor de petróleo. A pesar de las reticencias occidentales, Moscú y Damasco inician una relación más estrecha en la que Rusia preserva sus intereses en el país árabe, donde tiene dos bases militares y un acceso importante a aguas mediterráneas.

Este contexto motiva a Europa a apresurarse a mover fichas en Armenia. La cumbre en Ereván de la Comunidad Política Europea ha atendido las prioridades armenias en cuanto a la supresión de los visados para los armenios que visitan la UE con el fin de facilitar los intercambios tanto turísticos como comerciales. La cuestión es fundamental para el gobierno armenio dado que los europeos no precisan de visado para visitar Armenia.

Por otro lado está EEUU. La pax de Trump en Nagorno Karabaj se interpreta como la intención de Washington por retornar con fuerza al siempre inestable tablero geopolítico caucásico y jugar con fuerza sus cartas para atraer esferas de influencia con la intención de reducir la capacidad operativa de sus rivales ruso y chino.

Como lo viene siendo para Rusia después de la breve guerra en Nagorno Karabajo, el actor clave para EEUU es Azerbaiyán. En medio de la ofensiva estadounidense e israelí contra Irán, el vicepresidente D.J. Vance estuvo de visita en Bakú, un gesto simbólico que refuerza el papel de Azerbaiyán como actor de equilibrio en el Cáucaso. Para Bakú resulta esencial este peso geopolítico que le confiere ganancias en sus relaciones con Rusia, EEUU, Turquía e incluso Irán y China.

El fortalecimiento de Azerbaiyán es observado con recelo por su histórico rival, Armenia, razón por la que Pashinián ha acelerado los contactos con Europa para asegurar aliados que le permitan equilibrar el nuevo juego de poder en el Cáucaso al tiempo que le garantice los apoyos exteriores para una victoria en los comicios parlamentarios.

Y Europa, consciente de que no puede quedar atrás ante los nuevos equilibrios de poder global, busca en Armenia revitalizar su posición sin condicionantes desde Washington. Mientras Trump, fiel a su estilo manipulador, anuncia la retirada de 5.000 efectivos militares estadounidenses de Alemania profundizando la crisis interna en la OTAN mientras advierte de que va a reforzar la seguridad del transporte de mercancías en el estrecho de Ormuz, la UE busca en Armenia el «camino de Damasco» que le devuelva a la relevancia incluso recreando una nueva relación transatlántica vía Canadá ante la intransigencia de Trump. Pretensión tan legítima como ambiciosa pero sumamente compleja en este nuevo sistema de poder mundial donde un «neo-imperialismo» 2.0 comienza a cobrar forma.

Pero volviendo a la siempre turbulenta e imprevisible dinámica caucásica: ¿se convertirá Armenia en el nuevo peón occidental para reducir la influencia regional rusa?; por el contrario, ¿Moscú finalmente logrará reproducir una especie de «plan Georgia» que le permita recuperar su peso geopolítico en el Cáucaso? Con una Europa que busca su reivindicación (y reinvención) ante la crisis transatlántica y las amenazas de desconexión de Trump con la OTAN, ¿se advierte como inevitable un conflicto militar directo entre Europa y Rusia en un contexto que anuncia un nuevo tipo de guerra, menos convencional y más digital vía drones, IA y misiles hipersónicos?

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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¿EL OSO REGRESA AL DESIERTO? RUSIA ANTE EL NUEVO CONTEXTO GEOPOLÍTICO EN ORIENTE PRÓXIMO

Roberto Mansilla Blanco*

Foto: SANA

 

Los últimos movimientos entre Rusia y los países miembros de Oriente Próximo advierten la posibilidad de que el Kremlin esté reconfigurando sus prioridades geopolíticas en la región en un momento de difíciles equilibrios regionales para sus intereses geopolíticos. Entre estos equilibrios destacan el súbito retorno de EEUU como actor clave en la región y las dificultades existentes ante la expectativa rusa de concretar un foro con el mundo árabe que le permita recuperar iniciativas y capacidad de interlocución.

En septiembre pasado, la localidad rusa de Sochi acogió una cumbre entre el ministro ruso de Exteriores Serguéi Lavrov y miembros de la Organización de Cooperación del Golfo (OCG) adoptando un enfoque multilateral. Un mes después, el presidente Vladimir Putin recibió en Moscú al nuevo mandatario sirio Ahmed al Shara’a, abriendo así una nueva era en las relaciones ruso-sirias particularmente significativa tras la caída del régimen de Bashar al Asad en diciembre pasado. Exiliado desde entonces en la capital rusa, Bashar al Asad se erigía junto a Irán en el principal aliado ruso en Oriente Próximo.

La cumbre de Sochi y la visita de al Shara’a a Moscú podrían interpretar las aspiraciones del Kremlin por reacomodar sus intereses en la región ante los nuevos equilibrios geopolíticos y militares tras la incierta (y varias veces alterada) tregua en Gaza acordada en la cumbre de Egipto bajo la iniciativa del presidente estadounidense Donald Trump a mediados de octubre. De acuerdo con fuentes del Ministerio ruso de Exteriores, Moscú recibió de Egipto la invitación a esta cumbre con plazos muy ajustados, lo cual imposibilitó que finalmente Rusia pudiera estar presente.

 

El laberinto sirio

Siendo Gaza el catalizador de nuevas iniciativas de seguridad regional, el contexto sirio tras las elecciones parlamentarias de comienzos de octubre también define un nuevo modus operandi entre Rusia y los países árabes.

La caída del régimen de Bashar al Asad supuso un notorio revés geopolítico para Moscú, tomando en cuenta que está en juego el futuro de sus dos bases militares en Siria (Tartus y Jmeimim). Por tanto, la visita a Moscú de al Shara’a resultaba determinante para Putin a la hora de asegurar el control de estas bases militares, esenciales para monitorear los intereses rusos en el Mediterráneo, Oriente Próximo e incluso el Sahel, donde Rusia tiene fuertes lazos de cooperación económica, política e incluso de seguridad con países como Burkina Faso, Níger y Malí.

Por otro lado, la visita de al Shara’a también supone para el Kremlin asegurar equilibrios geopolíticos toda vez que el controvertido presidente sirio (no debemos olvidar su pasado yihadista vinculado a Al Qaeda) está siendo cortejado por Occidente y la comunidad internacional, tal y como se observó en mayo pasado durante su reunión en Riad con Trump y posteriormente en septiembre con su intervención ante la Asamblea General de la ONU. Así, Putin busca resetear la relación con Damasco manejar todo tipo de equilibrios políticos ante lo que pueda suceder en la nueva Siria post-Asad, tomando en cuenta que el exilio moscovita de Bashar al Asad le podría propiciar un rol relevante en una Siria donde miembros del antiguo régimen siguen teniendo peso político.

El contexto post-Asad en Siria implica otra variable estratégica para Moscú: Irán. El acuerdo estratégico por 20 años alcanzado entre Rusia e Irán en diciembre pasado aborda un nuevo equilibrio de fuerzas en un momento en que la administración Trump ha decidido recuperar el papel clave de Washington en la reconfiguración geopolítica de Oriente Próximo.

Teherán es un suministrador clave de drones y misiles para las fuerzas rusas en Ucrania mientras Rusia, junto con China y Corea del Norte, han sido importantes baluartes a la hora de cooperar con el programa nuclear iraní así como para crear mecanismos financieros y económicos que le permitan a la República Islámica sortear las sanciones occidentales. Si bien es cierto que Moscú mantuvo una posición notoriamente distante ante la breve guerra de doce días escenificada en junio pasado entre Israel e Irán, los lazos militares y geopolíticos siguen estando presentes, más aún ante el fortalecimiento del eje EEUU-Israel con Trump en la Casa Blanca.

Un ejemplo podríamos identificarlo en la utilización por parte iraní de misiles hipersónicos durante los bombardeos a Tel Aviv y otras ciudades israelíes en esa breve confrontación directa. Estos misiles iraníes son muy similares al misil Oreshnik ensayado oficialmente hace casi un año en el frente ucraniano durante un ataque ruso a una fábrica de armamentos en la ciudad de Dnipró.

Rusia debe igualmente nivelar sus expectativas ante la influencia creciente de otro actor con intereses en Siria como es la vecina Turquía. Ankara acrecienta su influencia ante las nuevas autoridades en Damasco incluso en el plano militar.

Miembro de la OTAN, Turquía también mantiene una agenda propia para convertirse en un actor de peso regional. Debe manejar igualmente toda seria de equilibrios y rivalidades regionales con interlocutores como Israel, Irán, Arabia Saudita y Qatar y actores exógenos como Rusia, China, EEUU y Europa. Moscú es consciente de que un acercamiento a al Shara’a implicará igualmente equilibrar sus relaciones con Ankara, con frecuencia intermitentes en cuanto a períodos de sintonía y roces.

 

El Kremlin, entre sus intereses y la «pax americana» de Trump

La reunión en Sochi con miembros de la OCG podría interpretar otro interés para el Kremlin: aprovisionarse de nuevos socios militares para la industria militar rusa, muy condicionada por la dinámica del esfuerzo bélico en el frente ucraniano, así como a la hora de afianzar estrategias de cooperación económica ante la viabilidad de proyectos energéticos relevantes que le permitan a Moscú sortear las sanciones occidentales.

Con respecto al Golfo Pérsico, Rusia ha preferido apostar por una visión integral global con Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, tomando en cuenta su peso energético, diplomático y cada vez más militar. A pesar del histrionismo de Trump con respecto al plan de paz en Gaza, fueron más bien Arabia Saudita y Qatar los actores decisivos en las negociaciones con Hamás para alcanzar la tregua. Putin entiende a la perfección el papel estratégico que ocupan Riad y Doha en los nuevos equilibrios regionales.

Ampliando horizontes más allá del Golfo Pérsico, Rusia mantiene fluidas relaciones con Sudán que han permitido la apertura de una base militar y logística en Port Sudán. Con ello, Moscú ejerce un radio de influencia en el Golfo de Adén, Cuerno de África, el Mar Rojo y el Canal de Suez, estratégico para el comercio mundial por el paso de mercancías desde Asia pero también delicado en cuanto a la seguridad internacional por los conflictos armados (Sudán del Sur, Yemen, Somalia), crisis humanitaria y la presencia de una importante actividad de piratería marítima contra las embarcaciones rusas y occidentales. Desde 2022 Rusia mantiene ejercicios navales con China e Irán para repeler la actividad de la piratería.

Ya ubicados en África Oriental y en el océano Índico, la reciente crisis política en Madagascar tras el golpe militar contra el presidente Andry Rajoelina el pasado 12 de octubre, implicó una inmediata reacción desde Moscú llamando a la moderación hacia las nuevas autoridades militares advirtiendo a sus ciudadanos a no viajar a este país. El interés ruso en Madagascar está enfocado por los contactos existentes para abrir una base militar y logística similar a la de Port Sudán y al Centro Logístico abierto en la vecina Eritrea. El contexto post-golpe podría dejar en el aire esta posibilidad.

Por otro lado, y volviendo a Oriente Próximo, Moscú ha apostado por aplicar un enfoque menos integral y homogéneo en sus relaciones con varios países de Oriente Próximo, adoptando más bien una posición pragmática con tendencia a focalizar en aspectos concretos de carácter bilateral con cada uno de los actores de la región.

Un ejemplo de ello es la cuestión palestina. Si bien oficialmente ha defendido la tesis de los «dos Estados» reconociendo la legitimidad del Estado de Palestina, Putin ha hecho juego de un notable pragmatismo ante los delicados equilibrios regionales. Tres semanas después de los ataques de Hamás contra Israel del 7 de octubre de 2023, el Kremlin recibió a una delegación del movimiento islamista palestino, lo cual provocó la previsible protesta israelí, cuya posición ha sido de neutralidad en el conflicto ucraniano y ante las sanciones occidentales. En agosto pasado mantuvo conversaciones telefónicas con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu.

Esta recepción a Hamás en Moscú puede igualmente interpretarse como una toma de contacto por parte del Kremlin con el objetivo de convertirse en un interlocutor eficaz ante las tensiones crecientes en Gaza así como para intentar repeler cualquier reactivación de células yihadistas dentro de Rusia adoptando un enfoque más proactivo vía movimientos islamistas.

Si bien es cierto que, más allá de la situación en Palestina, la conversación telefónica entre Putin y Netanyahu muy probablemente se concentró en propiciar una toma de contacto con la intención de reducir las tensiones entre Israel e Irán, aliado ruso, el Kremlin no deja pasar el hecho de que en Israel existe una numerosa comunidad judía de origen ruso.

Se estima que en Israel, 1,3 millones de personas hablan ruso, constituyendo aproximadamente el 15% de la población total israelí. Incluso en la década de 1990, estos judíos rusos crearon en Israel un partido político sionista y nacionalista de derechas, B’Aliya. Pero también existen importantes comunidades de judíos ucranianos en Israel, estimada en unas 170.000 personas, un 3% de la población israelí.

Más alejado geográficamente, el Magreb constituye para Moscú un escenario de creciente interés por su proximidad mediterránea, clave para los intereses de seguridad rusos.

Un caso relevante ha sido el tema saharaui. La abstención rusa en la reciente votación en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre el nuevo plan para el Sáhara Occidental impulsado por Marruecos, el cual otorga una autodeterminación bajo soberanía de Rabat, provocó un vuelco histórico en el tema saharaui que favorece los intereses marroquíes y de aliados como EEUU y Francia.

Se esperaba que Rusia utilizara su poder de veto en el Consejo de Seguridad para bloquear esta votación, toda vez que Argelia, histórico aliado saharaui pero también socio militar y energético ruso, decidió no votar a pesar de ser miembro rotativo del Consejo de Seguridad, con voto pero sin veto. Con todo, Rusia ha expresado sus fuertes reservas sobre el proyecto de resolución redactado por EEUU y aprobado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para prorrogar el mandato de la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental (MINURSO), calificando el texto de la resolución de “desequilibrado” y constitutivo de una desviación de las prácticas establecidas.

A pesar de estas críticas, la abstención rusa en el tema saharaui puede igualmente interpretarse ante los reacomodos de equilibrios geopolíticos desde el Magreb hasta Oriente Próximo probablemente tendentes a reducir las tensiones con Occidente (y particularmente con EEUU) tomando distancia de un conflicto, el saharaui, que no resulta excesivamente prioritario para Moscú.

Por otro lado, los estratégicos acuerdos de defensa y seguridad adoptados por Trump con el príncipe heredero saudita Mohammed bin Salmán en mayo pasado implican un nuevo equilibrio de fuerzas que Rusia debe observar con atención no sólo dentro del contexto regional en Oriente Próximo sino igualmente hacia el Cáucaso y Asia Central, tradicionales esferas de influencia rusas que ahora observa un nuevo equilibrio de alianzas desde Oriente Próximo hasta el Cáucaso y Asia Central ante la pax americana de Trump.

El reciente acuerdo de paz suscrito en Washington entre Armenia y Azerbaiyán para solucionar el conflicto en el enclave de Nagorno Karabaj fue obviamente vendido por Trump como un triunfo diplomático cuyas repercusiones alcanzan al Kremlin, hasta ahora el histórico árbitro de resolución de controversias en la región.

De este modo, Washington estaría buscando desplazar a Rusia de su tradicional esfera de influencia caucásica muy probablemente vía Azerbaiyán, el visible ganador del conflicto en Nagorno Karabaj. En los últimos tiempos se han observado roces entre el presidente azerí Ilham Aliyev y Putin, toda vez que Bakú, un importante productor de petróleo y gas natural con importantes conexiones de oleoductos y gasoductos en la región, es también un aliado estratégico para Arabia Saudita.

En cuanto a Armenia, su presidente Nikol Pashinyan ha mantenido una posición pro-occidental tendiente a alejarse de la órbita de influencia rusa, abriendo negociaciones con Bruselas para una eventual admisión en la UE sin menoscabar sus acuerdos de cooperación con la OTAN. En marzo de 2025, el Parlamento armenio autorizó el inicio de negociaciones de admisión con la UE.

En junio de 2024 Armenia anunció su decisión de retirarse de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTCS), comúnmente señalada como la «OTAN rusa» en el espacio euroasiático ex soviético. No obstante, Armenia sigue siendo miembro de la Unión Económica Euroasiática (UEE), otro organismo dirigido desde Moscú.

Para desnivelar estos giros geopolíticos que afectan sus intereses, Moscú ha reforzado aún más sus relaciones con un gobierno en Georgia más afecto a sus prioridades geopolíticas, ayudando incluso a abortar cualquier repetición de las «rebeliones de colores» que desde hace dos décadas han estado presentes en varios países ex soviéticos.

A pesar de la alianza histórica con Israel, Trump ha optado por balancear este eje unilateral colocando a Arabia Saudita como un interlocutor estratégico ante el «nuevo juego» en Oriente Próximo que le permita establecer una especie de «cordón sanitario» contra Irán. En un cálculo estratégico similar, Putin también ha apostado por la misma ecuación de equilibrios, que pasan no sólo por reforzar las relaciones con Riad sino también con Qatar, buscando con ello desviar las inquietudes regionales en el mundo árabe por su alianza con Irán, el principal rival regional de Israel.

Este retorno ruso a Oriente Próximo acontece en un momento de máxima tensión entre Rusia y Occidente, particularmente en torno a la dinámica del conflicto en Ucrania con las escaramuzas de vuelos aéreos y de drones entre Rusia y la OTAN en los países bálticos, Polonia y Rumanía, la súbita suspensión de la cumbre de Budapest que debía reunir a Trump y Putin así como otros escenarios más alejados de este radio geopolítico como la presión militar estadounidense en el mar Caribe, que afecta a un aliado ruso como Venezuela, y la breve confrontación militar entre Pakistán y Afganistán, países donde Rusia y China poseen intereses.

En este contexto de tensiones y de conflictos abiertos muy próximos a sus esferas de influencia, en Kremlin ha apostado por el pragmatismo, a veces disuasivo, en sus relaciones con los países de Oriente Próximo. El objetivo ruso es evitar verse arrastrada a una especie de «segundo frente bélico» con Occidente más allá de Ucrania, en este caso Oriente Próximo y el Cáucaso, el histórico «extranjero contiguo» de la geopolítica rusa. El delicado rompecabezas regional implica serios problemas de seguridad para Rusia, muy condicionada por su esfuerzo bélico y diplomático en Ucrania y las tensiones con la OTAN.

Con todo, la incierta pax trumpiana en Oriente Próximo ha abierto para el Kremlin nuevas expectativas de implicación geopolítica, aunque su capacidad de iniciativa se haya visto condicionada, incluso de manera reactiva, por las expectativas de Washington de regresar como actor decisivo en la región.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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