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DILEMAS ETICOS EN LAS RELACIONES INTERNACIONALES

Salam Al Rabadi*

Las complejidades y preguntas sobre el dialecto filosófico asociado con el patrón de valor normativo que debe adoptarse en la política global están aumentando. Esto se basa en el impulso de las repercusiones del reconocimiento de los principios éticos en el nivel de tendencias que giran en torno a:

    1. El desarrollo sostenible y la brecha entre ricos y pobres.
    2. El fenómeno del terrorismo y el choque de civilizaciones.
    3. Los dilemas de la Inteligencia Artificial.
    4. Amenazas a la ciberseguridad.
    5. Desarrollos de la ingeniería genética y la revolución biotécnica.
    6. Tendencia creciente del proteccionismo comercial y el nacionalismo económico.
    7. Los desafíos del tema ambiental y el cambio climático.
    8. Interrogantes relacionados con la pandemia de «Covid-19» a todos los niveles.

Lógicamente, estas tendencias se ensaran en el marco de enfatizar la necesidad de que las relaciones internacionales tengan un elemento normativo. Desafortunadamente, sin embargo, el intento de estudiar los estándares éticos de comportamiento que los países deberían adoptar sigue siendo un tema sin valor en la actualidad. Como los estudios académicos en relaciones internacionales especializados en filosofía y ética son actualmente (hasta cierto punto) raros y decepcionantes o sujetos a patrones intelectuales tradicionales derivados de la teocrática (religiosa) o derivadas de la filosofía literaria.

Además, los estándares de comportamiento político a la luz de las transformaciones económicas y culturales modernas ya no se basan en marcos y principios legales y filosóficos, sino más bien en el principio de que “todo está permitido, a menos que esté clara y directamente prohibido”. El lenguaje del mercado se ha infiltrado en todos los conceptos y estándares de pensamiento. Por lo tanto, queda claro hasta qué punto el sistema de valores actual está lejos de los estándares éticos básicos. Esta realidad plantea el dilema de hasta qué punto es posible establecer una ciencia ética capaz de derivar en un nuevo sistema de valores (político, económico y tecnológico), así como si ese sistema seguirá dependiendo de las siguientes cuestiones:

    • ¿Qué estándares producen valores y si son éticos o no? ¿Cuáles son los organismos encargados de decidir esto: la costumbre social, el derecho, la política, la ciencia o la realidad cultural?
    • ¿En qué patrones racionales se puede confiar para determinar un principio ético al que todos puedan adherirse? ¿Cuáles son los criterios racionales que rigen la relación entre la realidad política y el pensamiento moral?
    • ¿Cuáles son las implicaciones del conocimiento científico en las que se puede confiar para determinar los principios éticos?
    • ¿Son suficientes los códigos de conducta actuales, o debería establecerse un nuevo código ético o constitución global?

Todavía es demasiado pronto para proporcionar respuestas claras a estas preguntas a la luz de la realidad intelectual actual. También, esas preguntas relacionadas con lo que se puede llamar “una ciencia de la metaética”, que pueden dejarnos caer en la trampa del vórtice de la lógica (Epistemología), ya que responder a estas preguntas es mucho más difícil de lo que uno podría imaginar. Ya que nos moverá hasta el punto más lejano que se pueda alcanzar a nivel de determinar la naturaleza del conocimiento y comprender qué es, sin mencionar cómo se utilizan la mente y los sentidos en la investigación crítica sobre ideas políticas, sus temas e hipótesis, para resaltar su lógica y valor objetivo.

Por lo tanto, estas preguntas son específicas del pensamiento político del mundo post-humanidad y lo que contiene de una nueva filosofía científica crítica, no del pensamiento clásico que todavía es rehén de la teología.

En este contexto, si las normas éticas se caracterizan por ser vagas problemáticas de naturaleza filosófica y representan cuestiones complejas, sin embargo, deben reconocerse como de su importancia esencial. Donde, las normas éticas siguen siendo un elemento esencial para comprender y evaluar las políticas y las relaciones entre los estados, las sociedades y los individuos. En consecuencia, existe una necesidad urgente de un sistema político y cultural crítico basado en el estudio del pensamiento ético (que es indispensable en la política global) para encontrar enfoques lógicos a muchos desafíos y dificultades políticas, económicas, culturales, tecnológicas y ambientales (actuales y futuras), incluyendo:

    1. Establecimiento de normas éticas para la evaluación de los avances científicos.
    2. Frente a las repercusiones políticas y culturales altamente complejas asociadas con la revolución de la inteligencia artificial.
    3. Descubrir la relación dialéctica entre el hombre y el medio ambiente.
    4. Determinar los criterios que rigen la relación entre ciencia, política y conocimiento.

En general, independientemente de la metodología de las preguntas críticas que tienen una raíz filosófica, que no se puede responder fácilmente, debe enfatizarse que sigue siendo una necesidad urgente para comprender y enmarcar los problemas modernos en el turbulento mundo de las relaciones internacionales. Donde las cuestiones contemporáneas expresan un nuevo patrón intelectual y lo que se requiere es encontrar una filosofía ética desde una perspectiva puramente humana distinta a la perspectiva tradicional basada en la racionalidad en las relaciones internacionales. No es necesario, por ejemplo, que la literatura racional basada en las dimensiones de seguridad, políticas y económicas conduzca a la paz y la estabilidad mundiales, sino que puede conducir a un aumento de la propagación de las armas nucleares, la contaminación ambiental y el terrorismo. etc.

Lógicamente, la cuestión ética seguirá siendo una fuente de debate filosófico, político, jurídico, económico y cultural a nivel de conceptos, métodos, herramientas e implementación. Así, la metodología del enfoque filosófico ético puede ser capaz de cerrar la brecha entre las diversas ciencias, además de crear visiones multidimensionales que nos permitan formar teorías y definir conceptos y términos, que hoy se han convertido en una riqueza en sí mismas en una era que se basa en el conocimiento. En este contexto, y para comprender, interpretar y abordar el patrón de cambios y desafíos globales, es necesario:

    1. No confiar en las herramientas de la teorización clásica para comprender y enmarcar las variables globales aceleradas.
    2. Tratar el conocimiento como un proceso dinámico sin fin, límites ni tabúes.
    3. Prestar más atención a lo que es cultural en lugar de lo que es puramente económico y político.
    4. Formular un nuevo patrón en el análisis e interpretación de las relaciones internacionales, incluyendo sus complejidades éticas.

A la luz de lo anterior, y a partir del reconocimiento de la realidad de la ausencia de valores normativos y la difusión de corrientes intelectuales basadas en proposiciones del fin o muerte de la moral, se puede decir que el pensamiento político (en la era de la posverdad o la era de la poshumanidad) ya no es capaz de explicarse ni determinar su dirección. Por lo tanto, esto inevitablemente requiere hacer muchas preguntas políticas sobre las prioridades asociadas conmigo:

    • El problema de la contradicción o la inminente colisión entre la tecnología y la humanidad, que inevitablemente está llegando, especialmente a nivel de todos los desarrollos relacionados con la inteligencia artificial y la revolución biotécnica.
    • La dialéctica de los estándares éticos a través de los cuales se pueden establecer prioridades, especialmente a la luz del conflicto entre la ideología de la inevitabilidad del desarrollo tecnológico y las teorías de humanización de las relaciones internacionales.

Ciertamente, la definición de estas prioridades requiere, en primer lugar, una discusión de las razones de las diferencias en los estándares de acuerdo con la naturaleza de la sociedad, la cultura y los actores, sin mencionar las razones por las cuales la ética sigue siendo un campo de conflicto entre la ciencia y la filosofía. Tal vez la primera de estas prioridades radica en la importancia del compromiso de los estudiosos (es decir, la ciencia) con los límites de los hechos materiales, dejando la tarea de establecer y analizar los valores morales a los filósofos y pensadores (es decir, la filosofía y el pensamiento).

 

* Doctor en Filosofía en Ciencia Política y en Relaciones Internacionales. Actualmente preparando una segunda tesis doctoral: The Future of Europe and the Challenges of Demography and Migration, Universidad de Santiago de Compostela, España.

 

Artículo traducido al español por el Equipo de la SAEEG. Prohibida su reproducción. 

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GUAYANA ESEQUIBA: NI DE BRAZOS CRUZADOS, NI BOCAS SILENTES

Abraham Gómez R.*

A cada instante y en todas partes nos preguntan que, si con la decisión que tomó la Corte Internacional de Justicia, el 18 de diciembre del año pasado, mediante la cual se atribuyen jurisdicción y competencia, para conocer forma y forma, de este asunto litigioso, estaríamos corriendo el riego de perder de manera definitiva, la Zona en Reclamación.

Sobre el particular, comienzo por señalar que vienen aflorando bastantes inquietudes; y que estamos, en la medida de nuestras posibilidades, impelidos a dar respuestas para concienciar, como siempre, a la opinión pública nacional, sobre este álgido caso de Derecho Internacional.

Admitamos, de entrada y sin lugar a elucubraciones, que tenemos una seria amenaza en ciernes.

A raíz de tal pronunciamiento, con carácter sentencial, que emitió el Alto Tribunal de La Haya —en la fecha arriba mencionada— sobre el caso confrontado entre Venezuela y Guyana; por cierto, veredicto escabroso y raro, que escuchamos (hace casi un año) con detenimiento; inmediatamente nos propusimos contactar a nuestros amigos esequibistas, para comparar opiniones y conjeturas.

Establecimos comunicación, además, con estudiosos de los vericuetos y de los otros caminos estrechos y difíciles de transitar en el Derecho Internacional Público.

Lo hicimos adrede para saber si tenemos puntos de coincidencias, en nuestros respectivos análisis, sobre lo que decidió la Corte, con base a la contención centenaria, por todas conocidas.

Sin lugar a dudas que Guyana aguardó la ocasión, casi como una emboscada jurídica, para demandar a Venezuela ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ); yéndose, directamente al “arreglo judicial”, como una solución —no precisamente la inmediata— que contempla el artículo (33) de la Carta de las Naciones Unidas.

Voy a repetirlo una vez más, si ya el litigio tomó el rumbo y calificación que la propia Corte le confirió; qué nos queda entonces, sino apertrecharnos con nuestros recursos históricos; con los Justos Títulos que poseemos; absolutamente irrebatibles, que no admiten pruebas en contrario (iuris et de iure) para exponerlos y defendernos con justeza el 08 de marzo del año 2023, cuando nos corresponderá asistir ante la entidad juzgadora.

En el marco de una Política de Estado, que concite la solidaridad de todo el país; una vez más, sugiero a nuestra Cancillería (recibidas las debidas instrucciones desde la Presidencia de la República) insistir en todo lo concerniente a un Referendo Consultivo, con dos o tres preguntas muy precisas; considerando que es una materia de especial trascendencia, conforme al artículo (73) de nuestra Constitución Nacional: “…Serán sometidos a referendo los tratados, convenios o acuerdos internacionales que pudieran comprometer la soberanía nacional o transferir competencias a órganos supranacionales…” (Omissis).

A partir de un Referendo Consultivo el pueblo venezolano se expresará libremente, y dirá si está de acuerdo que vayamos a la sede del Alto Tribunal donde se dirime nuestra contención y hagamos las alegaciones que en justicia nos asisten.

Guyana se siente envalentonada y soberbia. Se cree que ya su mandado está hecho.

Hemos venido escuchando con detenimiento todas las intervenciones del presidente guyanés Irfaan Ali, donde rechaza plenamente la creación del Territorio para el Desarrollo de la Fachada Atlántica de la República Bolivariana de Venezuela; y lo hizo en los términos más desconsiderados. Además, continúa entregando concesiones —a diestra y siniestra— en la zona disputada, a empresas transnacionales

En cada discurso, percibo al primer mandatario de la excolonia británica engreído y prepotente; inclusive asoma la posibilidad de esperar una sentencia definitiva, presuntamente favorable para ellos, por parte de la Corte Internacional de Justicia, con lo cual piensan que se avalará como válido y vinculante (y con carácter de Cosa Juzgada) la nula e írrita tratativa tramposa que nos despojó de una séptima parte de nuestra geografía venezolana.

Que quede claro que no estamos rehuyendo la confrontación jurídica; por cuanto, poseemos los Justos Títulos traslaticios, que confieren carácter posesorio sobre los disputados 159.500 km2 y su proyección atlántica, desde el 8 de septiembre de 1777, con la Cédula Real de Carlos III, al crearse la Capitanía General de Venezuela; donde quedaron integradas las provincias de Caracas, Maracaibo, Nueva Andalucía (Cumaná), Guayana hasta el río Esequibo, Margarita y Trinidad.

Nacimos al mundo como Capitanía General de Venezuela, teniendo al río Esequibo como nuestro costado limítrofe por el este.

Nada de quedarnos callados o inertes. El Estado Venezolano debe invocar su absoluta soberanía para decidir (a través de un Referendo Consultivo) si admite la Jurisdicción de la Corte; esta vez con nuestros coagentes presentes en la Corte, para defender lo que nos arrebataron con vileza.

Aprovechemos que ya ha pasado el clima electoral, en nuestro país.

¿Saben por qué? Porque el juicio —ya emprendido— no se paralizará, por ausencia de la delegación de Venezuela.

Que quede claro, no hemos despojado nada a ningún país, ni pretendemos hacerlo. Fue a nuestra Nación a la que se le perpetró, con alevosía, un desgajamiento de una séptima parte de nuestra posesión geográfica.

* Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua. Miembro del Instituto de Estudios Fronterizos de Venezuela (IDEFV).

1991: EL ÚLTIMO AÑO ESTRATÉGICO DEL SIGLO XX

Alberto Hutschenreuter*

El 25 de diciembre de 1991, Mijaíl Gorbachov renunció como presidente de la URSS. Para entonces, el dirigente que en 1985 había sido encumbrado por el Partido-Estado para dirigir y revitalizar a la gran potencia, se encontraba políticamente débil, aislado y desamparado. Si bien durante los días previos había realizado importantes esfuerzos para evitar la disolución del país proponiendo nuevas estructuras continuadoras, por caso, una Comunidad Euroasiática de Estados Independientes, ya era muy tarde.

El proceso final del derrumbe tuvo lugar el 8 de diciembre en una localidad de Bielorrusia próxima a Brest Litovsk (la ciudad donde en marzo de 1918 los bolcheviques, para salir de la guerra, firmaron un humillante tratado ante los alemanes).

Allí, en la localidad de Belavezha, el presidente del Soviet Supremo de la República Socialista Soviética de Bielorrusia, Stanislav Shushkiévich, el presidente de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, Boris Yeltsin, y el presidente de la República Socialista Soviética de Ucrania, Leonid Kravchuk, firmaron un tratado que contenía los siguientes términos: “Nosotros, las repúblicas de Bielorrusia, Rusia y Ucrania, en calidad de Estados fundadores de la URSS y firmantes del Tratado de Unión de 1922, en adelante designados como altas partes contratantes, constatamos que la URSS como sujeto de derecho internacional y realidad geopolítica deja de existir”. Seguidamente, las partes fundaron la Comunidad de Estados Independientes (CEI).

Considerando el propósito de la declaración, el “contrato” de Belavezha es uno de los momentos estratégicos del siglo XX, pues el mismo no solo puso fin a un Estado, sino a uno de los dos poderes mayores que desde 1945 (cuando no desde 1917) habían reducido la casi totalidad de las relaciones internacionales a su granítica razón ideológica y de poder.

En clave pertinente, allí también se manifestó lo que ha sido una “regularidad” en las relaciones entre Ucrania y Rusia: la oposición y desconfianza de la primera en relación con las ambiciones centralizadoras de la segunda (hay que recordar que, a principios de diciembre de 1991, el 90,3 por ciento de los ucranianos votó por la independencia). Como bien señala la experta Hélène Carrère d’Encausse en “Seis años que cambiaron el mundo. 1985-1991, la caída del imperio soviético”, una obra imprescindible para comprender detalladamente lo que sucedió en los años terminales de la URSS, el mandatario ucraniano se preocupó en dejar en claro que cuando se hablaba de “comunidad”, en ningún caso se trataba de una estructura de integración, sino de una fórmula de “divorcio civilizado”.

Por otro lado, había que resolver la cuestión relativa con las armas nucleares desplegadas en las repúblicas de Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán. Para ello, un acuerdo alcanzado el 21 de diciembre entre Rusia y estas repúblicas estipuló que dicho armamento sería transferido a la RSFS de Rusia durante los meses siguientes.

Ese mismo día, otras ocho repúblicas siguieron lo que Bielorrusia, Ucrania y Rusia habían pactado en Belavezha, en tanto que los Estados Bálticos y Moldavia ya habían elegido antes la independencia (los primeros no adhirieron a la CEI).

Pero la CEI (de la que finalmente no formaron parte Ucrania y Georgia) no fue la sucesora de la URSS. El “Estado-continuador” fue la Federación Rusa, es decir, la nueva entidad estatal mantuvo su condición “V3” en la ONU (voz, voto y veto) y la relación o la membresía con otras instituciones; finalmente, Rusia retuvo las armas estratégicas y tácticas.

El experto Leon Aron definió de un modo preciso a la Federación Rusa tras el final de la URSS: una superpotencia nuclear, una superpotencia regional y un gran poder mundial. Claramente, el notable descenso interno y externo de Rusia en los años noventa la alejó de cualquier status de superpotencia.

Durante su primera década de vida, Rusia transitó dos situaciones: la primera, durante 1992-1994, fue una Rusia extraña, desconocida. Los funcionarios y asesores del presidente Yeltsin, sobre todo, su ministro de Exteriores, su primer ministro y el propio mandatario, consideraron que había que transformar a Rusia en un país moderno y, para ello, no había que repetir ninguna nueva transformación extraña (recordando lo que consideraban el horror bolchevique). Y para ello era necesario tener las mejores relaciones con Occidente, al punto de “seguir a Occidente”. La segunda situación fue cuando Moscú cayó en la cuenta de que su política exterior romántica no implicaba ninguna reciprocidad de la otra parte. Pero su condición general era muy comprometida; por tanto, su reacción no fue más allá de la retórica.

Pero Occidente, que había ganado la Guerra Fría, no estaba interesado en ningún tipo de cogestión internacional rusa-occidental. Por ello: ¿implicó el final de la Guerra Fría que Occidente dejara de considerar a Rusia como un eventual nuevo desafío? A juzgar por lo que ha sucedido desde el mismo final de la contienda, la respuesta es no.

Por tanto, lo que tenemos desde entonces hasta la crítica situación actual es una nueva rivalidad. En gran medida, el desenlace del estado actual de “ni guerra ni paz” entre ambos actores determinará el curso internacional en los próximos lustros.

En cuanto al porvenir de Rusia, el mismo está muy asociado a las medidas que finalmente se adopten en relación con la reestructuración de la economía rusa. En buena medida, hay paralelos con el tiempo de Gorbachov, pues la suerte de Rusia (y de Putin) depende de ese cambio (como pasó cuando Gorbachov fue encumbrado al poder soviético). Si finalmente hay un “Putin III”, su desafío será trascender al “Putin I”, el que logró ordenar Rusia hacia dentro y ser respetada desde fuera. El “Putin II” es el líder post-Crimea, el que está dispuesto a defender los intereses vitales rusos hasta las últimas consecuencias. Pero el contexto socioeconómico actual de Rusia es menos fuerte que hace una década. Por tanto, ¿podrá Rusia afrontar una nueva era de competencia militar sin que se resienta más su economía?

Breves sobre el curso de la URSS en el siglo XX

1991 fue el último año estratégico del siglo XX y tuvo, una vez más, a la URSS como protagonista. Hasta entonces, había cuatro eventos o acontecimientos de escala que permitían explicar el siglo: la Gran Guerra, la Revolución Rusa, la Segunda Guerra Mundial y el proceso de descolonización en Asia y África. En 1991 se sumó la ruptura de la Unión Soviética. Allí se acabó la centuria, la que se había iniciado con la guerra ruso-japonesa en 1904, la primera catástrofe de Rusia en el siglo XX, si dejamos de lado la tremenda hambruna que experimentó el país en la región del Volga en la última década del siglo XIX junto con epidemias de cólera y tifus. Para el historiador Orlando Figes, estos acontecimientos marcaron el comienzo de la descomposición de la autoridad del zarismo en Rusia.

A partir de la derrota frente a Japón y hasta la muerte de Stalin en 1953, Rusia transitó casi continuamente eventos disruptivos de violencia variable que hicieron del país euroasiático una desgraciada excepción en el mundo. Sólo consideremos los siguientes “impactos”.

1905-1907: disturbios internos.

2011: asesinato del primer ministro reformador Piotr Stolypin

1914: Primera Guerra Mundial, derrota ante las fuerzas alemanas.

1917: dimisión del zar, revolución, gobierno dual y toma del poder por los bolcheviques.

1918: Tratado de Brest Litovsk, capitulación y cesión de importantes territorios a Alemania.

1918-1921: guerra civil, comunismo de guerra y hambruna.

1919: exclusión de la Conferencia de Versalles y de la Liga de las Naciones.

1920: guerra con Polonia, pérdidas territoriales.

1923-1924: pugnas por el poder.

1927: comunismo de guerra II, socialismo en un solo país, colectivización forzosa de los campesinos.

Década de 1930: hambruna en Ucrania, industrialización forzosa, terror y persecución implacable a opositores y sospechosos.

1939: guerra con Japón. Segunda Guerra Mundial.

1941: invasión de Alemania y guerra de exterminio.

1945: victoria de la URSS (24 millones de muertos). Inicio de la Guerra Fría.

1945-1953: tercer ciclo de comunismo de guerra.

1953: muerte de Stalin.

Hay que señalar que la toma del poder por parte de los bolcheviques implicó un seísmo integral en Rusia, sobre todo porque la sociedad pasó a vivir bajo un régimen de violencia sin precedente (eso fue el comunismo de guerra). Se trató de un fenómeno político, social ideológico y económico nuevo, un experimento desde una alternativa cuyos resultados se desconocían (el economista John K. Galbraith decía que a principios del siglo XX las alternativas al capitalismo eran muchas y gozaban de respaldo). Asimismo, también fue novedosa la política exterior del nuevo régimen, pues la misma implicó una ruptura con la diplomacia clásica, la que suponía relaciones “de Estado a Estado”. Ahora, la relación era de Estado a clase trabajadora de Estados capitalistas, es decir, suponía una “diplomacia de subversión”, pues trabajaba para que dichas clases se levantaran contra el orden reinante, como había ocurrido en Rusia.

Sin duda alguna, la guerra con Alemania entre 1941 y 1945 fue el reto mayor que afrontó el país. Si la URSS finalmente no hubiera prevalecido, Alemania habría conseguido «colonizar» el país, es decir, hacerse con sus recursos vitales y esclavizar a su población. Esto fue lo que estuvo en juego en la URSS durante aquellos años de “guerra de exterminio”, como bien la definió Laurence Rees.

La URSS comenzó a convertirse en superpotencia a partir de la Operación Ofensiva Bagration, en 1944, el equivalente soviético al desembarco en Normandía en el oeste. A pesar de la victoria en la Gran Guerra Patria, en 1945 la URSS se encontraba debilitada tras el tremendo esfuerzo de guerra. Pero, como sostiene Adam Ulam, Stalin no sólo hizo creer a Occidente que la URSS se mantenía fuerte, sino que incluso estaba dispuesta a enfrentarlo militarmente. Pero sabemos que entonces y hasta 1949, cuando la URSS tuvo su artefacto nuclear, Estados Unidos poseyó un poder incontestable.

En los años cincuenta, la URSS comenzó a “saltar” la barrera de contención que le impuso Occidente. Lo hizo a través de tres instrumentos: el aeroespacial, pues desde el momento que la URSS colocó el Sputnik en el espacio, quedó claro que la potencia preeminente poseía capacidad misilística intercontinental, una capacidad estratégica que preocupó sobremanera a Estados Unidos (ello explica el aumento notable del gasto militar en tiempos de Kennedy); el apoyo a los movimientos de liberación nacional; y, por último, estableciendo sistemas de cooperación con países que no coincidían ideológicamente con Moscú, pero se oponían a la influencia de los poderes coloniales, por caso, Egipto, Ghana, Indonesia, etc.

El otro dato en los años cincuenta fue que, con la desaparición de Stalin, desapareció el totalitarismo en la URSS. Como sostiene el francés Alain Besançon, a partir de 1953 ya no hubo en la URSS «comunismo de guerra». El régimen mantuvo el patrón autocrático, pero ya no hubo olas de violencia sobre la sociedad. Ello explica la publicación de obras literarias como las de Pasternak y, sobre todo, Solzhenitsyn.

Esto fue posible porque Krushev intentó cierta modernización de la URSS. Es cierto que algunos del “equipo de Stalin”, para usar palabras de Sheila Fitzpatrick, ya no estaban; pero la estructura del Partido, particularmente en relación con el segmento de jefes regionales, resistió la modernización. Ello y la crisis de los misiles definió la suerte de Krushev en 1964.

Siguiendo la estrategia del almirante Serguéi Gorshkov, en los años cincuenta la URSS comenzó a construir un poder naval de alcance oceánico (hasta entonces dicho alcance era costero), transformación que llevó a que el poder naval soviético se desplegara globalmente en los años setenta. En buena medida, Gorshkov sumó la condición geopolítica marítima a la predominante geopolítica terrestre rusa.

Esta última década fue estratégica para la URSS. Aunque el comunismo estaba lejos de ser alcanzado y en su lugar existía lo que Ulam denominó “comunismo de vitrina” (Brezhnev consideraba que había un “socialismo maduro”), la URSS fue reconocida por Estados Unidos como par estratégico y la incorporó al diseño interestatal de Kissinger, basado en el equilibrio de poder entre ambos poderes y China.

Pero la URSS continuaba siendo lo que había advertido tiempo atrás George Kennan: un actor igual a los demás, pero a la vez diferente a los demás. Por tanto, negociar con ella era prácticamente inútil, pues se trataba de una potencia ideológica que no aceptaba el statu quo. Se comprometió a respetarlo en Europa tras la Conferencia de Helsinki de 1975, pero no en el resto del mundo. Precisamente, en esta cuestión se fundó Brzezinski en sus memorias, “Power and Principle”, para objetar la política de equilibrio de poder pretendidas por las administraciones de Nixon y Ford.

Sin embargo, la notable extensión geopolítica de la URSS no estaba respetando la situación económica interna, situación que se volvió más preocupante cuando la superpotencia intervino en Afganistán, escenario que, como bien se dijo, acabó convirtiéndose en el “Vietnam soviético”, y cuando Estados Unidos brindó su asistencia a los movimientos que luchaban contra los gobiernos pro-soviéticos en todos los rincones del mundo.

Aunque el mundo ingresó a fines de los setenta en una era de nueva tensión bipolar, la URSS ya acusaba serias dificultades económicas, producto, en gran medida, de problemas relativos con la productividad económica, los que se iniciaron, como bien sostiene el economista Vladimir Kontorovich, en los años cincuenta.

El experto Severyn Bialer definió muy bien la crisis de la URSS en los ochenta: en su libro “The Soviet Paradox”, Bialer fundamenta los términos de esta ecuación que la URSS nunca pudo resolver. Lo paradójico fue que el hombre elegido para hacerlo, Mijail Gorbachov, el “séptimo secretario”, acabó siendo, como muy bien sostuvo un analista francés, el hombre responsable del fin de la URSS.

Pero a pesar de las dificultades, nadie podía imaginar que la URSS desaparecería. Hubo algunos pocos que se acercaron bastante con sus análisis, por ejemplo, el francés Emmanuel Todd y el economista austriaco Frederick Hayek, mas no tanto los sovietólogos, tal vez con la excepción de Carrère d’Encausse y Brzezinski, quienes se refirieron a los problemas que implicaban para el régimen político del Partido-Estado los nacionalismos en las repúblicas y los retos tecnológicos.

 

Pero la ruptura del país no parecía un escenario próximo. Cuesta creer que haya sucedido. Pero ocurrió, y por la dimensión del hecho y por lo que había sido la URSS, una de las dos potencias de escala sobre las que se fundó no solo el régimen internacional por casi medio siglo, sino la misma posibilidad de supervivencia de la humanidad, sin duda alguna 1991 fue un año estratégico, el último del siglo XX.

 

Referencias

Adam Ulam, La Unión Soviética en la política mundial 1970-1982, GEL, Buenos Aires, 1985.

Alain Besançon, Breve tratado de sovietología, Buenos Aires, 1977.

Alberto Hutschenreuter, Carlos Fernández Pardo, El roble y la estepa. Alemania y Rusia desde el siglo XIX hasta hoy, Editorial Almaluz, Buenos Aires, 2017.

Emmanuel Todd, La caída final. Ensayo sobre la descomposición de la esfera soviética, Emecé Editores, Buenos Aires, 1978 (la obra original en francés fue publicada en 1976).

Frederick Hayek, La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Unión Editorial, Madrid, 2011.

Hélène Carrère d’Encausse, Seis años que cambiaron el mundo.1985-1991, la caída del imperio soviético, Ariel, Barcelona, 2016.

Laurence Rees, Una guerra de exterminio. Hitler contra Stalin, Crítica, Barcelona, 2006.

Leon Aron, The Foreign Policy Doctrine of Postcommunist Russia and Its Domestic Context, en Michael Mandelbaum, The New Russian Foreign Policy, A Council On Foreign Relations Book, USA, 1988.

Orlando Figes, La Revolución Rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo, Edhasa,

Barcelona, 2000.

Orlando Figes, Revolutionary Russia, 1891-1991, Penguin Books, London, 2014.

Severyn Bialer, The Soviet Paradox. External expansion, internal decline, Alfred Knopf, New York, 1987.

Sheila Fitzpatrick, El equipo de Stalin. Los años más peligrosos de la Rusia soviética, de Lenin a Jrushchov, Crítica, Barcelona, 2016.

Vladimir Kontorovich, “The Economic Fallacy”, National Interest, Number 31, Spring 1993.

Zbigniew Brzezinski, Power and Principle. Memoirs of the National Security Adviser, 1977-1981, Farrar Straus & Giroux, 1983.

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