Todas las entradas de: SAEEG

DOBLE NELSON

Iris Speroni*

La inflación ocasiona inestabilidad y angustia.

Inflación

Esta semana el gobierno informó que el índice de inflación minorista para octubre 2021 fue de 3,5% mensual y 52,1% interanual.

 

Me detendré sobre dos puntos respecto a la inflación:
Es responsabilidad del gobierno.

  • Es disruptiva de la vida de todos nosotros.

Los gobernantes (los actuales y los anteriores y los anteriores de los anteriores) se refieren a la inflación como algo fuera de su dominio.  Algo que les sucede y de la cual son víctimas.

Nada más lejos.

Es la casta política

Rafael, Psique es recibido en el Olimpo, Villa Farnesina, Roma.

La inflación existe pura y exclusivamente porque el BCRA emite. Y así lo entendieron los constituyentes de 1994 que ponen en cabeza del gobierno —y sólo del gobierno— mantener la estabilidad del valor de la moneda. No sólo eso, para liberarle las manos al eventual presidente, responsabilizan al Congreso con tamaña tarea.

Cuando el presidente de la Nación sostiene que la inflación es multicausal, lo que hace es evitar asumir las consecuencias de sus propios actos. 

Veamos los informes del BCRA. Compararé el de octubre 2021 contra el de octubre 2021.

Octubre 2020

http://www.bcra.gob.ar/Pdfs/PublicacionesEstadisticas/Bol1020.pdf 

Octubre 2021

http://www.bcra.gob.ar/Pdfs/PublicacionesEstadisticas/Bol1021.pdf 

En el último año la inflación fue de 51% y la emisión del 48%. 

Para que no queden dudas sobre la responsabilidad gubernamental.

Una nota adicional, antes de abandonar el tema. El incremento de la base monetaria no es un costo para el Estado; lo es únicamente para los privados (el sueldo nos alcanza para comprar menos cosas mes a mes; aquello que dejamos de comprar es un “impuesto” informal que le entregamos al Estado). Si la inflación de un mes es un 3%, quiere decir que el Estado me cobró un impuesto sobre mi sueldo; en este ejemplo, un impuesto del 3% sobre mi remuneración o si soy un comerciante, un 3% del cheque que debo cobrar. A eso lo llamamos “impuesto inflacionario” y se suma a todos los otros que ya pagamos[1].

Sin embargo, la segunda columna (“Pasivos Remunerados”) es una verdadera vaca en brazos. En efecto, está integrada por diversos rubros que abonan entre 32% y 38% anual (varía día a día y semana a semana). En un número MUY grueso e impreciso, el costo de la actual deuda del BCRA por este ítem sería de $ 1.342.783.000.000 anual o $ 111.899.000.000 mensuales. Todo eso el Estado lo abonará a los bancos con emisión. Lo cual significará reducciones de nuestros sueldos, jubilaciones y pensiones adicionales al 3% mensual de impuesto inflacionario que ya pagamos.

A estos montos de pago de intereses debemos agregar los que corresponden a bonos del Tesoro, que son, como su nombre indica, erogaciones del Tesoro Nacional. Con ambos números tenemos gran parte del costo de la deuda del Estado federal.

Informe BCRA Octubre 2021.

Este cuadro de “Agregados monetarios” es otra manera de ver lo que el BCRA emite. Nuevamente, supera el 40% anual. No hay forma que la inflación baje mientras el BCRA continúe con esta conducta.

Las consecuencias para nosotros, los mortales

 

La inflación tiene enormes consecuencias en la vida diaria de las personas. Todos nosotros somos veteranos en estas lides.

En primer lugar ocasiona inestabilidad y angustia. No sabemos cuánto va a salir ninguna cosa. Uno va a comprar una lata de pintura, tejas, gasoil o una docena de facturas y no sabe cuál va a ser el costo. Hace imposible planificar la economía familiar. Peor aún están las familias con saldo deudor en la tarjeta de crédito.

Además le roba el capital de trabajo a las empresas, comercios y profesionales que viven de honorarios – al encarecer la financiación, el cambio de cheques, los descuentos de tarjetas, etc. -. Lo peor: no saber qué va a pasar. No saber ni precios ni disponibilidad de productos (los comercios o industriales o importadores empiezan a no reponer, a no fabricar, a no importar).

La calidad de vida de todos nosotros se deteriora. A pasos agigantados.

Esto es un “caos” provocado por el Estado. A pesar de que los diferentes funcionarios —y no quiero recargar las tintas sobre los actuales, porque sería injusto: todos hacen lo mismo— tratan de no hacerse cargo de sus actos.

El Estado argentino, dirigido por una casta de políticos que no sabemos cómo sacárnoslos de encima, es el gran generador de angustia. Por orden de importancia, la inflación, que es una acción (no una omisión sino una acción positiva) gubernamental. Lo mismo sucede con la inseguridad —que es una política de Estado desde 1983 —; esto es, que nos sintamos todos inseguros y a merced de la delincuencia común. Podemos seguir con la educación, donde, pre-pandemia, nunca sabíamos si iba a haber clases o no; por huelgas, jornadas de actualización docentes, congresos educativos, o directamente, como en Chubut y Santa Cruz, falta de pago de sueldos. Salud: hospitales a los que hay que ir a las 5 de la mañana para pedir turno en los consultorios externos, huelgas de médicos, guardias desactivadas, etc.

El régimen actual está empeñado en dificultarnos la vida, contrario al mandato constitucional de “…consolidar la paz interior,…promover el bienestar general…”. Y eso lo vivimos a diario, ya sea cuando vamos al almacén, esperamos el colectivo para ir a trabajar o llevamos los chicos a la escuela.

Tal vez sea hora de no delegar nuestras vidas, nuestros patrimonios y nuestra libertad en estas personas que sólo se preocupan por su interés personal y ver cómo en el 2023 reemplazarlos por quienes representen a los trabajadores, comerciantes, industriales, profesionales, productores agropecuarios, transportistas, desarrolladores de sistemas, profesionales, cuentapropistas. En fin, que quienes se ganan el pan día a día tengan más lugar en los órganos colegiados de nuestro país (concejos deliberantes, legislaturas y HCN). Y lo más importante: que lean la constitución y asuman sus atribuciones tal como están diseñadas y no se la endosen a otros.

¿Cuántos candidatos a diputados o senadores escucharon en estas últimas semanas decir que en caso de asumir se harían cargo de la inflación o del tipo de cambio, ambas de competencia de los legisladores acorde al artículo 75 (incs. 11 y 19) de la Constitución Nacional? Nadie.

Esperemos que el año 2023 sea más promisorio. Para nuestra paz diaria.

Nuestra doble Nelson no es la deuda del BCRA ni la deuda pública ni el déficit fiscal.

Nuestra doble Nelson no es no crecer en los últimos 10 años, o la falta de inversiones, o el costo de la comida, o la pobreza, o el desempleo, o el trabajo informal, o el costo financiero, o la falta de predictibilidad en el horario de trenes, o la estabilidad de las alícuotas impositivas. Nuestra doble nelson es todo el grupo de personas que ponemos en posiciones de autoridad para que creen las condiciones que nos permitan buscar nuestro bienestar y felicidad, y por el contrario generan todo lo descripto al principio del párrafo.

Lo que deben hacer no es otra cosa que: «…constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad…».

Nuestra doble Nelson son ellos. La casta.

Otro Sí Digo:

El tipo de cambio está atrasado, lo que provoca transferencia de dinero de las provincias al poder central, le resta rentabilidad a los productos agropecuarios y constituye competencia desleal contra la industria local. En esa situación estamos desde hace 10 años.

Actualmente el dólar se está depreciando, al igual que el euro y el real. Sostener el tipo de cambio respecto a nuestros socios comerciales es suicida y demencial.

Nuestros Políticos

* * *

Lecturas recomendadas

Constitución Nacional

Preámbulo

«Nos los representantes del pueblo de la Nación Argentina, reunidos en Congreso General Constituyente por voluntad y elección de las provincias que la componen, en cumplimiento de pactos preexistentes, con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia: ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitución, para la Nación Argentina».

Artículo 75

«CAPITULO CUARTO – Atribuciones del Congreso – Artículo 75.- Corresponde al Congreso:

  1. Legislar en materia aduanera. Establecer los derechos de importación y exportación, los cuales, así como las avaluaciones sobre las que recaigan, serán uniformes en toda la Nación.

  1. Contraer empréstitos sobre el crédito de la Nación.
  2. Disponer del uso y de la enajenación de las tierras de propiedad nacional.
  3. Establecer y reglamentar un banco federal con facultad de emitir moneda, así como otros bancos nacionales.
  4. Arreglar el pago de la deuda interior y exterior de la Nación.

  1. Hacer sellar moneda, fijar su valor y el de las extranjeras; y adoptar un sistema uniforme de pesos y medidas para toda la Nación.

  1. Proveer lo conducente… a la defensa del valor de la moneda

Proveer al crecimiento armónico de la Nación y al poblamiento de su territorio; …».

 

INFLACIÓN

http://restaurarg.blogspot.com/2021/05/inflacion.html

CAOS

http://restaurarg.blogspot.com/2021/10/caos.html

ARGENTINA: PAÍS SIN MONEDA

http://restaurarg.blogspot.com/2021/05/argentina-pais-sin-moneda.html


* Licenciada de Economía (UBA), Master en Finanzas (UCEMA), Posgrado Agronegocios, Agronomía (UBA).

 

Referencia

[1] En palabras de depreforever (@depreforever): “…el peor de todos los impuestos, el impuesto no legislado.

 

Artículo publicado originalmente el 13/11/2021 en Restaurar, http://restaurarg.blogspot.com/2021/11/doble-nelson.html

ALEMANIA Y UNA PRETENSIÓN INTERNACIONAL QUE MAQUIAVELO DESACONSEJARÍA

Alberto Hutschenreuter*

Tras los comicios celebrados el pasado 26 de septiembre, los partidos tradicionales alemanes se abocaron a formar una coalición política para el próximo ciclo de gobierno.

De no ser porque el retiro de la canciller Angela Merkel marcó este momento político de Alemania, la trascendencia del evento habría sido menor, incluso cuando (con la formación de un nuevo gobierno) se produzca el fin del ciclo político que desde 2005 tuvo a la Unión Demócrata Cristiana (CDU) al frente del comando político del “país-pivote” de la Unión Europea, es decir, el “primus inter pares” del emprendimiento pos-estatal (aunque no pos-patriótico) más logrado en materia de integración en las relaciones internacionales.

Como lo que signa a los centros desarrollados son las políticas de Estado, es decir, las continuidades relativas con los grandes propósitos nacionales, no se aguardan cambios de escala con un gobierno encabezado por los socialdemócratas, menos todavía considerando que las dos grandes fuerzas políticas, la CDU y el Partido Socialdemócrata (SDP), prácticamente han “co-gobernado” Alemania por años; basta recordar que el presumible próximo Canciller Federal, Olaf Scholz, se ha desempeñado en cargos públicos clave (secretario de Trabajo, ministro de Finanzas y vicecanciller).

En buena medida, ello se debió al “intercambio del ropaje ideológico” de ambos partidos al momento de las proposiciones como estrategia para cortar el drenaje de votos, sobre todo desde las filas de la socialdemocracia, pues uno de los fenómenos más notables en la política alemana durante los últimos tiempos ha sido el componente social que ha incorporado la centroderecha, y el conservadorismo que ha sumado la izquierda, una mixtura que, siempre que se afronten las necesidades de modernización que reclama la economía germana, particularmente en sectores como el digital y el de inteligencia artificial, asegura el rumbo crucero de estabilidad y prosperidad nacional que supo imprimirle Merkel.

Pero más allá de estos fenómenos sociológico-políticos y de las peticiones económicas, es pertinente realizar algunas apreciaciones en relación con el enfoque internacional de la “próxima Alemania”, pues, si bien durante los debates previos a las elecciones la política exterior no tuvo demasiado espacio, Berlín defiende y promueve, tanto en las ideas como en la práctica, una singular posición internacional para convertirse en un actor preeminente en el siglo XXI.

Dicha posición es la de una “potencia civil” (Zivilmacht, un término utilizado por Hanns Maull en 2001), es decir, un actor que centra su política exterior “en valores que considera no negociables”, por caso, evitar (cuando no rechazar) el uso de la fuerza militar, más los demás grandes principios del derecho internacional; promover el proceder pacífico (cuando no pacifista); mantener el “código Adenauer” (es decir, la preferencia política y militar atlantista); defender y promover el multilateralismo; incrementar el “onusianismo” (es decir, las misiones multidimensionales de paz); alentar el regionalismo, etc.

Asimismo, inspirada seguramente por el pensamiento de John Locke, Alemania concede una importancia enorme al comercio internacional, algo que lo refleja el porcentaje de sus exportaciones en relación con su PBI, más del 30 por ciento, y la diversificación de socios comerciales: la UE es el principal socio, pero luego sigue China (que ha desplazado a Estados Unidos), países del Asia- Pacífico, Rusia (vínculo que se ha resentido significativamente por efecto de las sanciones occidentales), etc. Es decir, lo que para otros es considerado una vulnerabilidad (alta relación exportaciones-PBI), para Alemania el comercio no solo implica prosperidad nacional, sino un instrumento que favorece la estabilidad puesto que inhibe el conflicto internacional.

No obstante este empuje alemán del comercio internacional, y más allá de la fragilidad que supone una excesiva orientación hacia los mercados externos, hay un dato por demás interesante que no siempre surge y que recientemente el especialista Guntram Wolff se ha encargado de recordarlo: la UE y Alemania tienen pocas empresas jóvenes, y entre las 50 principales empresas globales, 22 son de Estados Unidos, 12 de China y solamente siete de la UE (tres de Alemania, Volkswagen, Daimler y Allianz).

Sin duda se trata de una concepción loable por parte de Alemania. Va de suyo que, si los actores preeminentes tuvieran una concepción similar a la de Alemania, las relaciones internacionales ingresarían en una fase normativa superadora de todos los obstáculos y causas de guerras derivados de la condición del estado de anarquía interestatal, competencia, ambición, intenciones, capacidades, etc.

Una fase normativa y supra-geopolítica desconocida hasta el momento, en la que los Estados poderosos prácticamente permitirían que ¡las organizaciones multilaterales adoptaran decisiones por ellos!

Un contexto bajo esas características podría ir dando lugar a lo que Immanuel Kant denominó “república mundial” (Weltrepublik), que “representa el culmen jurídico de toda la elaboración conceptual” del filósofo de Königsberg; una instancia de paz que acabaría para siempre con todas las guerras.

Pero sabemos que el mundo de hoy se halla muy lejos de esta situación. Tal vez en el seno de la UE está ocurriendo algo del patrón kantiano, pero fuera de este proceso (excepcional) de integración el mundo continúa siendo el de siempre, más las nuevas complejidades. Basta con echar una mirada a lo que sucede en las adyacencias de la UE para concluir que ningún orden normativo e institucional tiene lugar. Por el contrario, hay un fuerte declive del multilateralismo.

Lo curioso es que en la misma Alemania han surgido hace ya tiempo voces que reclaman un enfoque más realista de las relaciones internacionales; más aún, de boca de autoridades mayores ha reaparecido la palabra geopolítica, es decir, considerar que por más que los alemanes intenten olvidarse de cuestiones relativas con intereses políticos sobre territorios, poder nacional, zonas de influencia, etc., tales cuestiones se aproximan a los alemanes. Porque es imposible renunciar a un fenómeno que siempre ha estado y estará presente entre los Estados. Ello recuerda lo que decía el polemólogo francés Gaston Bouthoul sobre la voluntad de los políticos de querer reglamentar o prohibir la guerra mediante medidas jurídicas, una cosa “tan vana como castigar, por medio de una ley, el hecho de contraer la peste o la fiebre tifoidea. El pacto Briand-Kellog, por ejemplo, podría calificarse de pacto de la renuncia a las enfermedades”.

La situación relativa con la ampliación de la OTAN y las secuelas que ello trajo para Ucrania es un claro ejemplo de intentar llevar un orden normativo a un lugar donde predominaba un orden geopolítico. A pesar de ello, hasta el momento Alemania no ha dado muestras de reconsiderar la situación, por lo que una eventual nueva insistencia por colocar el derecho sobre la geopolítica y no al revés, llevaría la situación entre Occidente y Rusia a un plano prácticamente de guerra.

Paradójicamente, el impulso del modelo jurídico-institucional que supone una “potencia civil” no cuestiona el “orden del confort estratégico” que implica el poder y la influencia del “pacificador” estadounidense en Europa. Y aquí la geopolítica más la geoeconomía podrían en los próximos años exigir a Berlín una definición más contundente en relación con la iniciativa China conocida como BRI u OBOR. ¿Qué haría eventualmente Alemania? ¿Privilegiaría su papel de potencia civil y defendería dicha iniciativa, hecho que posiblemente la confrontaría con su aliado atlántico? ¿O se mantendría en su condición subestratégica (es decir, de vasallo) ante Washington cediendo intereses nacionales?

Podemos continuar con otras cuestiones, por caso, la situación encontrada entre miembros de la comisión de defensa del Parlamento que provocó la publicación de las “Directrices Políticas para el Indo-Pacífico” en septiembre de 2020, que exigía una mayor presencia naval alemana en la región. De acuerdo con trascendidos, Berlín finalmente optó por evitar irritar a China. Entonces, ¿se trata la política entre Estados de relaciones de poder o de relaciones de derecho?

No está mal aspirar a ser una potencia civil, pero sería un error de escala intentar serlo sin considerar que, sin otros atributos, nunca se podrá ser una potencia real. Ser potencia civil podrá traer prestigio; pero una potencia completa traerá, aparte, seguridad y deferencia.

Las aspiraciones no dejan de ser ejercicios loables y apreciables. Pero en las relaciones interestatales la experiencia es la única guía estratégica con la que contamos. Por ello, bien harían los alemanes y sus socios de la UE en recordar a Nicolás Maquiavelo cuando en su obra maestra, “El príncipe”, dice: “(…) siendo mi intención escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente buscar la verdadera realidad de las cosas que la simple imaginación de las mismas. Y muchos se han imaginado repúblicas y principados que nunca se han visto ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta diferencia de cómo se vive a cómo se debe vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su salvación (…)”.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Ha sido profesor en la UBA, en la Escuela Superior de Guerra Aérea y en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Su último libro, publicado por Almaluz en 2021, se titula “Ni guerra ni paz. Una ambigüedad inquietante”.

©2021-saeeg®

 

GUERRAS, ARMAS Y PROHIBICIONES

Marcos Kowalski*

Imagen de Michal Jarmoluk en Pixabay 

Muchísimas veces se ha escuchado decir que en las guerras todo vale, pero no es así. En la comunidad internacional hay un marcado rechazo a los conflictos sin restricciones, los tratados internacionales del último siglo demuestran que en el frente de batalla no todo vale. Incluso las armas “convencionales” (las que no son nucleares, por ejemplo) tienen regulaciones.

Todos los días vemos conflictos armados, están a la orden de la historia, pero las armas y las formas de usarlas han evolucionado volviéndose más letales, sobre todo en los últimos doscientos años. A partir del siglo XIX, ejércitos cada vez más grandes y mejor equipados han provocado más destrucción y muertes de militares, pero también de civiles. Ante esa escalada de víctimas, la comunidad internacional ha intentado fijar “reglas” para la guerra, con mayor o menor éxito.

Las Conferencias de la Haya de 1899 y 1907 y las dos primeras Convenciones de Ginebra de 1929 fueron esfuerzos pioneros para mitigar los daños de los conflictos armados. La “ley de la Haya” regulaba los principios y límites de la guerra, mientras que la “ley de Ginebra” buscaba proteger a las víctimas y a los más vulnerables.

Con el tiempo, la unión de ambas dio paso al derecho internacional humanitario para la guerra. Mediante distintos tratados, este derecho ha amparado a los “no combatientes”, como civiles, prisioneros de guerra y heridos, mientras limita el desarrollo o uso de armas para así evitar o reducir el impacto de los conflictos en los seres humanos.

Recordemos, como antecedente a estas prohibiciones, a la declaración de San Petersburgo de 1868. Tras el desarrollo de balas explosivas, el Imperio ruso las consideró demasiado violentas y evitó usarlas, así que sugirió una prohibición universal para que otros Estados tampoco las fabricasen. Por primera vez se prohibía un arma antes de haber sido probada en combate.

Surge así la idea que armas de ese estilo, que agravan los sufrimientos de los combatientes heridos o hicieran inevitable su muerte, iban en contra de la idea extendida de que el propósito de la guerra era debilitar la fuerza militar del enemigo, no destruirlo. Para finales del siglo XIX y ante una creciente rivalidad de las potencias militares de la época, se celebraron las Conferencias de la Haya de 1899 y 1907.

No pudieron evitar el conflicto pero de allí surgieron iniciativas para limitar distintas armas que estaban en desarrollo o que empezaban a usarse, como los proyectiles que difunden gases asfixiantes o nocivos, o los proyectiles que se expanden o deforman en el cuerpo humano, conocidas como balas “Dum-dum” y que incluyen las de punta hueca y punta blanda.

Estas prohibiciones no incluyeron otros avances de la industria militar, como el tanque, los bombarderos o los submarinos, proyectos de sistemas de armas que siguieron su curso e incluso se desplegaron a gran escala en la experiencia traumática de la primera guerra mundial, llamada la “gran guerra” conflicto que provoco millones de muertos entre militares y civiles.

Es en estas circunstancias que se creó la Sociedad de Naciones en 1920, con el objetivo de propiciar la paz y prevenir futuras guerras. Esta organización promovió la reducción y el control del armamento militar convencional de sus Estados miembros, que resultaron en varios acuerdos durante el periodo de entreguerras hasta 1939. Pero, una vez más, estas iniciativas fracasaron con el rearme generalizado y la Segunda Guerra Mundial.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se produce la denominada “Guerra Fría”, con la aparición de las armas atómicas, desviando los esfuerzos internacionales por el control armamentístico hacia la cuestión nuclear. No obstante, en la recién creada Organización de las Naciones Unidas, ONU, se forma la Comisión sobre armas que precisó en 1948 el concepto de “armas de destrucción masiva”.

Empezarían así a diferenciarse las armas Nucleares, Biológicas y Químicas, como armas de destrucción masiva, cuyo uso, incluso limitado, puede causar estragos a toda la población, civil o militar, del resto de armas que equipan a los ejércitos del mundo, las armas denominadas convencionales. La ONU clasifica estas últimas armas en Pesadas o Livianas.

Las primeras, armas convencionales pesadas, incluyen siete tipos de armamentos de gran tamaño, desde tanques hasta helicópteros de combate o navíos de guerra, mientras que las segundas, armas convencionales livianas, son aquellas que equipan a los soldados aislados, las patrullas e incluso las unidades de combate, sean armas de “puño”, como pistolas y sub fusiles, de “hombro” como rifles de asalto, o “ligeras”, como lanzagranadas, ametralladoras y morteros.

Durante la Guerra Fría, la rivalidad entre Estados Unidos y la URSS por la hegemonía mundial contribuyó a distintos conflictos armados en otros países que les evitaron un enfrentamiento directo. Como era demasiado peligroso desplegar armas nucleares en combate, la proliferación de armas convencionales encontró en Corea, Vietnam o Afganistán oportunidades para probar nuevos modelos y sistemas.

El Comité Internacional de la Cruz Roja, a mediados del siglo XX había instado a prohibir las armas convencionales que no distinguen entre combatientes y no combatientes, y las que causen heridas o sufrimientos innecesarios. Una conferencia de expertos logró definir este armamento en 1974.

Sin embargo, en otra conferencia, esta vez realizada por la Diplomacia y que duró hasta 1977, surgieron diferencias entre Estados, como Suiza o Noruega, y los bloques militares de Estados Unidos y la Unión Soviética, que, más reacios a las prohibiciones, entendían que estas solo podían decidirse en la ONU.

Es de esa forma que se decide reunir la Asamblea General de la ONU para establecer una conferencia específica sobre estas armas. En 1980 nació el Convenio sobre la Prohibición y Restricción de Ciertas Armas Convencionales (CAC). El CAC, reúne reglas generales que llevan a que las armas se regulen mediante protocolos concretos, que en principio fueron tres.

El primero prohíbe las armas que hieren por fragmentos no detectables por rayos X como los explosivos de fragmentación, explosivos hechos de plástico o cristal. Esa prohibición se basa en la idea de que impedir o dificultar la asistencia médica a un combatiente herido y retirado del campo de batalla solo suma daños innecesarios. Dado el uso casi nulo de estas armas, la postura no tuvo opositores.

El segundo protocolo restringe distintos artefactos, como las trampas “caza-bobos”, que son aquellas que atraen a las personas y se activan cuando se acercan o las manipulan. Habituales en la guerra de guerrillas, como las utilizadas por el Vietcong contra los soldados norteamericanos. Una de las principales prohibiciones es su uso en lugares con civiles y dentro de objetos inofensivos. Durante guerra en Siria, el grupo terrorista ISIS llegó a utilizarlas contra civiles con explosivos improvisados dentro de juguetes o televisores.

Este segundo protocolo es el que trata, también, sobre las minas terrestres de gran efecto contra la población civil. Los campos de minas son fáciles de sembrar, pero difíciles de limpiar y décadas después de los combates todavía matan o mutilan. A pesar de la enmienda al Protocolo II en 1996, la falta de consenso para prohibirlas llevó a negociar un tratado aparte, la Convención de Ottawa de 1997.

El último de los tres protocolos originales trata sobre las armas incendiarias, que son aquellas que aparte de incendiar objetos causan quemaduras a las personas mediante llamas o calor, como el napalm o los lanzallamas. Se usaron durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, y volvieron a verse en las guerras de Corea y Vietnam. Su inclusión en el CAC planteó el rechazo por parte de Estados Unidos y el Reino Unido que defendían su uso para operaciones concretas, como, por ejemplo, contra objetivos militares.

La oposición de estos dos Estados, finalmente, impidió una prohibición total. Por tanto, este protocolo prohíbe atacar con armas incendiarias por medios aéreos a la población y a objetivos militares en zonas de concentración civil, pero sí pueden utilizarse contra fuerzas enemigas, siempre que se hayan adoptado todas las precauciones posibles para minimizar víctimas colaterales.

En los últimos tiempos con un resurgimiento de amenazas apareció una nueva “guerra fría” donde China y la Federación de Rusia, heredera de la URSS, aparecen como el principal desafío a la hegemonía militar estadounidense.

En la actualidad todas estas potencias han realizado grandes avances en la electróptica y fundamentalmente en las aplicaciones militares de los sistemas láser. Sistemas en pleno desarrollo, todavía experimental, pero que ya en los años noventa aparecían como armas láser antipersonales, provocaron un debate impulsado por el Comité Internacional de la Cruz Roja, donde se consensuó que no eran aceptables, pues con ellas se busca causar ceguera que puede ser permanente. El CAC sumó así un cuarto protocolo en 1995, siendo la primera vez desde aquellas balas explosivas del Imperio ruso que se prohibía un arma antes de haberse visto en combate.

El nuevo contexto de los conflictos desde fines del siglo XX hasta nuestros días, por ejemplo entre 1990 y 1999, se consideraban activos 118 conflictos armados de los cuales solo diez eran internacionales. Como respuesta a esa tendencia el CAC se amplió en 2001 a los denominados conflictos armados internos, los de conmoción interior de los Estados, que ganaron aún más protagonismo con la “guerra contra el terror” que promovió Estados Unidos tras los atentados del 11S. 

Finalmente, en 2003 se añadiría un quinto protocolo del CAC, sobre restos explosivos de guerra que abarca las municiones que el Convenio no contemplaba, como granadas, bombas aéreas o proyectiles de artillería que no explotaron durante los combates y que aún pueden amenazar la vida de las personas.

Con relación a otras armas como las municiones de racimo, que son aquellas que contienen numerosos proyectiles explosivos en su interior que se diseminan sobre un área extensa y que pueden convertirse en restos explosivos de guerra, los esfuerzos por acordar un nuevo protocolo para limitarlas o prohibirlas no han tenido éxito. La causa principal de este punto muerto son los intereses económicos de los fabricantes de municiones de racimo, como Estados Unidos, Rusia, China, Israel, India y Pakistán. Los cuatro primeros también están entre los mayores exportadores de armas del mundo.

Sobre este tema, Noruega inició en 2006 una negociación para prohibir estas armas. La iniciativa culminó en la Convención sobre municiones de Racimo de 2008 con la participación de 123 Estados hasta ahora. Se impulsaron nuevas obligaciones a los Estados miembros y medidas de asistencia a las víctimas. Pese a la ausencia de los grandes productores, la inversión estatal y de instituciones financieras para fabricarlas ha caído un 70% en los últimos años.

El CAC goza de flexibilidad, sus cinco protocolos están ratificados en distinto número por los 125 países que lo suscriben y se han podido revisar en las llamadas conferencias de examen. En los últimos años, por ejemplo, se está discutiendo como proceder con los sistemas de armas autónomos letales como drones o robots militares, pero la decisión está en el aire ante la nueva carrera armamentista y tecnológica entre potencias globales.

Por lo pronto, el uso creciente de aeronaves armadas no tripuladas, por parte de Estados Unidos, China, Rusia, Turquía y otros muchos países en conflicto o en acciones antiterroristas, perfeccionadas incluso con inteligencia artificial se viene incrementando en forma exponencial.

Aunque las armas convencionales provocan daños más limitados que las de destrucción masiva, el número de víctimas provocado en el mundo por estas armas es al día de la fecha muy superior. La Oficina de Asuntos de Desarme de Naciones Unidas estimó que casi el 50% de las muertes violentas entre 2010 y 2015, más de 200.000 al año, involucraron armas livianas.

Ocurre que las armas de destrucción masiva están más controladas. El derecho internacional es clave para limitar las armas convencionales más dañinas o de uso indiscriminado permitiendo a los Estados anticiparse a los desafíos que plantea la aparición de nuevos armamentos. Estas armas, ligadas a los conflictos bélicos y a las distintas amenazas de la actualidad no van a desaparecer, por el contrario, proliferarán.

El CAC, como todo acuerdo internacional, tiene puntos débiles que le restan efectividad, carece de mecanismos de verificación y aplicación así como de un proceso ante incumplimientos. Además, los nuevos protocolos suelen estancarse por los intereses opuestos entre los Estados parte. Estos vacíos han llevado a crear convenciones alternativas como las de Ottawa, sobre minas terrestres, u Oslo, sobre municiones de racimo, pero al final las guerras y los conflictos no desaparecerán y cada Estado deberá procurarse su propia defensa.

 

* Jurista USAL con especialización en derecho internacional público y derecho penal. Politólogo y asesor. Docente universitario. Aviador, piloto de aviones y helicópteros. Estudioso de la estrategia global y conflictos. 

©2021-saeeg®