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EL ORDEN INTERNACIONAL DE AYER, LA DISRUPCIÓN DE HOY Y LOS HÁBITOS DE SIEMPRE

Alberto Hutschenreuter*

Imagen de Vicki Hamilton (flutie8211) en Pixabay

 

El final de un año siempre resulta pertinente para realizar un balance o «verificación» estratégica internacional y mundial que nos sea de utilidad para contar con un estado de situación a partir del cual se puedan considerar escenarios.

Hace tiempo que los hechos internacionales implican un verdadero reto para los analistas y tomadores de decisiones, y ello, en buena medida, se debe a la inexistencia de una configuración u orden internacional.

Un orden internacional supone un acuerdo mayor establecido y respetado por los actores «que cuentan», el que, además, debe fundarse (sobre todo hoy) en el reconocimiento de los enfoques sobre orden internacional de los diferentes actores. Esto último implica una «novedad», pues hasta el presente los órdenes internacionales conocidos han sido creados o surgidos en Occidente (de allí que el «modelo Westfalia» resulte insuficiente o limitado como pauta para pensar un orden internacional).

Los últimos tres órdenes internacionales no siguieron tanto aquella definición, pues la configuración bipolar predominante entre 1945 y principios de los años noventa se basó en el resultado de la Segunda Guerra Mundial, cuando el poder se fue de Europa para concentrarse en los polos estadounidense y soviético.

El segundo orden, el de la globalización, entre principios de los noventa, surgió como consecuencia de la predominancia del modelo económico neoamericano, que fue el que determinó el espíritu, contenido y ejercicio de la globalización.

El régimen de aquella globalización supuso no sólo una forma suave de ejercicio de poder, sino un cambio en el uso de sus instrumentos, los que se basaron en propuestas y activos geoeconómicos más que geopolíticos (de hecho, en el actor que impulsó la globalización, Estados Unidos, el nervio más importante del gobierno se ubicó en la Secretaría de Comercio).  

El tercer orden o régimen internacional tampoco se basó en pacto alguno, pues fue resultado del ataque perpetrado por el terrorismo transnacional a los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. A partir de entonces, la hegemonía militar norteamericana prácticamente identificó el sistema internacional con la seguridad y los intereses de la potencia.

En 2008 arrasó la crisis financiera, considerándose los esfuerzos para salir de ella como la última vez que hubo una genuina cooperación internacional. Desde entonces, no sólo no hubo orden internacional, sino que se afianzó un desorden internacional confrontativo o disruptivo, pues los actores con capacidades para configurar un orden fueron rivalizando cada vez más, como China y Estados Unidos, e incluso a partir de la denominada «Operación Militar Especial» rusa en Ucrania en febrero de 2022, Rusia y Occidente se encontraron en una situación de tensión creciente o de «no guerra» que persiste hasta hoy.

Antes de la Segunda Guerra Mundial también hubo órdenes internacionales: mientras la pactada configuración interestatal posnapoleónica se propuso evitar el surgimiento de un nuevo desafío al sistema de monarquías europeas y fue exitoso hasta la segunda mitad de siglo, el orden de Versalles u «orden de los vencedores», tras la Primera Guerra Mundial, se consagró con el fin de conseguir la paz por medio de una organización internacional basada en el mecanismo de seguridad colectiva, obteniéndose resultados favorables hasta casi fines de los años veinte, para volverse cada vez más irrelevante en la década siguiente.

Por tanto, un orden no asegura la concordia ni la paz (un concepto abstracto) entre los Estados, sin duda, pero hasta hoy se ha revelado como el único modo que permite sofrenar las consecuencias de la situación de anarquía que existe entre los Estados, la gran «tragedia de los grandes poderes políticos», según el experto estadounidense John Mearsheimer.

Si es posible hallar alguna definición que sintetice el estado actual del mundo, no estaríamos muy equivocados en sostener lo siguiente: el poder, la geopolítica y el interés nacional arriba, el comercio en el centro y el multilateralismo abajo.

En tiempos de orden, no cambiaría mucho esa ecuación, pero la existencia de un pacto «honroso» entre los poderes mayores proporcionaría previsibilidad (por caso, en materia de armas de exterminio masivo), se amortiguarían los conflictos entre poderes intermedios, el comercio fluiría acusando menos el impacto de los riesgos geopolíticos y el multilateralismo o sistema de instituciones internacionales contaría con mayor margen para realizar misiones habituales y fortalecerse, es decir, ser más proactivo, frente a «nuevos retos» como los brotes epidémicos.

Esto último es muy importante, pues las enfermedades infecciosas no son algo nuevo; pero la globalización, la conectividad y el «achicamiento» del mundo las han convertido en un fenómeno nuevo en relación con el alcance de sus secuelas multidimensionales.

Aquí nos encontramos con solo una de las razones que llevan a lo que el especialista Fareed Zakaria denomina un «trilema» internacional y mundial: el mundo actual es abierto, rápido pero inestable. Es decir, en casi todos los segmentos muy difícilmente se pueden lograr simultáneamente las tres cualidades: apertura, velocidad y seguridad.

Ello no deja de ser una preocupante curiosidad estratégica en el desorden internacional disruptivo de hoy, pues podemos acaso llegar a comprender que las armas nucleares impliquen un riesgo mayor porque hay rivalidad o competencia interestatal en liza, «políticas como de costumbre» diría Stanley Hoffmann. Pero en el caso de las enfermedades virales, descartando el hecho relativo con una diseminación deliberada de virus, se trata de un reto que no llega a ser suficiente para impulsar un nuevo sistema de valores asociados con la cooperación internacional.

En el mundo actual, el poder, la geopolítica y la primacía de los intereses nacionales son tan categóricos que (en no pocos casos) relativizan el principio de la incertidumbre en las relaciones internacionales, por ejemplo, cuando el mandatario estadounidense se refiere, aduciendo cuestiones de seguridad, a la necesidad de que Groenlandia y el Canal de Panamá pasen a ser parte de la soberanía estadounidense. Tampoco se preocupa en ocultar sus propósitos geopolíticos Rusia cuando advierte que «Ucrania no existe». Asimismo, China en relación con Taiwán. Israel sobre los territorios palestinos. Cuestiones en África… En fin, casos que van más allá de la misma soberanía poswestfaliana a la que se refirió Stephen Krasner.

Aquí resultan pertinentes algunos enfoques sobre temas internacionales que, como la guerra y la geopolítica, entre otros, se consideraban perimidos en el mundo conectado, pospatriótico y tecnopolar del siglo XXI: las esferas de influencia y las conquistas territoriales, conceptos de profunda naturaleza geopolítica.

En efecto (y aunque pueda parecer repetitivo), cuando el presidente Trump advierte sobre la necesidad de que aquellos territorios sean parte de la soberanía estadounidense, o cuando moviliza capacidades navales y de inteligencia en el Caribe para presionar al régimen de Venezuela, lo hace porque no tiene la menor duda sobre la soberanía limitada que tienen los actores ubicados en zonas geopolíticas selectivas, es decir, plazas del mundo en las que los actores situados allí son independientes mientras sostengan una diplomacia de deferencia frente al actor mayor regional o continental. (Es oportuno aclarar que la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, de diciembre de 2025, señala a América Latina como «área de prioridad estratégica», al tiempo que remarca la necesidad de fortalecer la hegemonía estadounidense y contrarrestar la influencia de actores extra-hemisféricos).

En cuanto a las conquistas territoriales, siendo las políticas de primacía del interés nacional y el declive de la norma internacional fuertes características del estado actual de disrupción internacional, no resulta extraño que hayan surgido debates relativos con el «regreso de la conquista territorial». Más allá del caso de Ucrania, que fue lo más rústico, aunque no es el único en relación con capturas territoriales por parte de los Estados, la especialista Tanisha Fazal lo plantea de esta manera: «Si la conquista territorial vuelve a ser un tema de debate, será menos probable que los Estados respeten otros elementos de la soberanía, como los derechos marítimos. Cuando los pequeños Estados insulares reclaman derechos de pesca y minería en zonas económicas exclusivas, otros países de la región podrían simplemente ignorar sus reclamaciones. El poder ignorará el derecho».

Por su parte, por demás interesante resulta la reflexión del experto Paul Poast cuando sostiene que «Los humanos vivimos en un planeta finito en tierra y espacio, e históricamente el medio más eficaz para controlar ese espacio o expulsar a otros de él es la amenaza y, de ser necesario, el uso de la violencia. Esto no significa que todas las guerras se deban a la necesidad de mantener y controlar territorio. Pero centrarse en la competencia por el territorio puede explicar en gran medida la persistencia de la guerra».

La relación entre intereses políticos y territorios con fines asociados al incremento de poder resultan categóricos cuando observamos que en las guerras y tensiones que tienen lugar hoy en las grandes placas geopolíticas del mundo, esto es, Europa del este, Oriente Medio, Asia del sur y el arco que se extiende desde este último sitio  hasta el norte de Asia-Pacífico, el tema territorial es, en buena medida, determinante. Incluso la tensión entre China y Estados Unidos está atravesada por esa variable, pues, más allá de las expansiones de Pekín hacia dentro del continente (a través de la Iniciativa de la Ruta y la Franja) y hacia el mar y zonas costeras en el Índico y África, la contención estadounidense sobre China abarca múltiples dimensiones, desde la estratégica-militar hasta la económica, pasando por la tecnológica o war-chip.

En este contexto, el comercio internacional no deja de ser un dato esperanzador, pues en tiempos de ausencia de orden internacional y declive del derecho internacional, el comercio mismo funge como un «orden internacional sustituto». Y lo es aún bajo el impacto del arancelismo o guerra comercial, más otros impactos o riesgos sobre este «bien público internacional».

En suma, no sucede que están de regreso el poder, la guerra, la geopolítica el ascenso de nuevos poderes, entre los principales «hábitos» o «conocidos de siempre» en la política internacional. Siempre han estado allí. Sucede, para decirlo de nuevo, que su preponderancia y riesgo se multiplican al no existir una configuración internacional.

Aunque algunos de esos componentes o regularidades de la política pueden modificar su naturaleza, siempre permanecen. Considerando la cantidad de cuestiones que tienen lugar en la política internacional, hay quienes advierten que la próxima década del cuarenta podría ser una década estratégica de hostilidad mayor, pues para entonces la mayoría de esas cuestiones, por caso, crisis climáticas, tensiones interestatales mayores, entre otras, alcanzarían sus puntos de saturación. En otros términos, un desenlace trágico de la situación de disrupción actual.

Pero más allá de ello, hay que decir que los hábitos o regularidades de siempre en la política internacional y mundial son acompañadas por sucesos que no tienen precedentes, y que implican un posible punto de inflexión o de escala en la historia de la humanidad.

Nos referimos a todo lo que viene ocurriendo en materia tecnológica, particularmente en el segmento de la inteligencia artificial. En otros momentos de adelantos tecnológicos, como los que sucedieron en la segunda mitad del siglo XVIII o hacia fines del siglo XIX, los mismos eran acompañados o estaban fundados a partir de marcos filosóficos (la Ilustración, el empirismo, el utilitarismo, el positivismo) que terminaban por fortalecer un clima esperanzador en buena parte de la humanidad. Sin embargo, a pesar de lo extraordinario de los adelantos tecnológicos que vienen teniendo lugar desde los años noventa, hoy no nos encontramos ante un clima resplandeciente ni ha surgido ningún sistema de ideas o filosofía que promueva optimismo frente al porvenir.

Sin duda que la disrupción internacional y mundial extensa lo impiden, pero también es cierto que los rápidos adelantos tecnológicos no llegan a generar confianza. Por un lado, el modelo actual de poder predominante implica que los polos mayores concentran y concentrarán activos tecnológicos mucho más de lo dedicado a la cooperación internacional, como de hecho podemos apreciar en la rivalidad entre Estados Unidos y China. Pero, por otro lado, la aproximación hacia una estación «poshumana» tiende a ser percibida más como admonición que como un alivio o recurso favorable mayor para el hombre.

Las crecientes advertencias que vienen haciendo autorizados expertos sobre las consecuencias deletéreas en materia de IA no se refieren mayormente al segmento estratégico-militar, que es donde se tiende a pensarlas y donde existen realidades y proyecciones o escenarios notables, sino a campos como el de la salud, del aprendizaje, entre otros.

Por caso, Daron Acemoglu, último premio Nobel de economía, advirtió a principios de 2025 que «Debido a su profundo potencial, la IA también representa una de las amenazas más graves que la humanidad ha enfrentado jamás. El riesgo no es solo (ni siquiera principalmente) que máquinas superinteligentes algún día nos dominen: es que la IA socavará nuestra capacidad de aprender, experimentar, compartir conocimientos y extraer significado de nuestras actividades. La IA nos debilitará enormemente si elimina constantemente tareas y trabajos, centraliza excesivamente la información y desalienta la investigación humana y el aprendizaje experiencial, empodera a unas pocas empresas para que controlen nuestras vidas y crea una sociedad de dos niveles con enormes desigualdades y diferencias de estatus. Incluso podría destruir la democracia y la civilización humana tal como la conocemos. Temo que ésta sea la dirección en la que nos dirigimos».

La propia IA considera que «[…] nos enfrentamos al reto de escoger entre un futuro de posibilidades sin parangón o uno de peligros inimaginables. El destino de la humanidad pende de un hilo y las decisiones que tomemos en los próximos años y décadas determinarán si estamos a la altura de estas tecnologías o si, en cambio, somos víctimas de sus peligros».

En conclusión, no hay orden en las relaciones internacionales del siglo XXI. Los últimos órdenes tuvieron lugar hace tiempo y no fueron resultado de pactos. Esto nos lleva a preguntarnos si es posible que pueda configurarse el mundo en los próximos tiempos. No solo hacen falta liderazgos de escala para ello, sino disposición para reconocer concepciones diferentes de orden internacional.

La situación de disrupción actual no solo se debe a que el lugar de un orden internacional ha sido ocupado por políticas basadas en el poder e interés nacional ante todo, sino a que los poderes mayores se hallan enfrentados entre sí, incluso en estado de «no guerra» entre algunos de ellos, OTAN-Rusia, concretamente.

Este contexto difumina la posibilidad de existencia de una «cultura estratégica» entre «los que cuentan», un activo o «bien estratégico mundial» que reduce el margen de incertidumbre de intenciones entre aquellos y torna menos inseguros segmentos como el las armas nucleares, pues garantiza lo que se conoce (irónicamente) como MAD (la «Mutua Destrucción Asegurada»).

En este desorden o estado de disrupción, los hábitos protohistóricos de las relaciones internacionales prueban prácticamente a diario su fuerte condición de «regularidades», al tiempo que se extienden a las nuevas temáticas que sin duda dominarán el siglo: las tecnologías mayores, segmento que hasta el momento no encuentra la necesaria contención internacional que relativamente limite su utilización en clave de poder y predominancia.

 

* Miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula La Geopolítica nunca se fue, Editorial Almaluz, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2025.

 

Bibliografía

Bruno Tertrais. La guerra de los mundos. El retorno de la geopolítica y el choque de los imperios. Madrid: Oberon, 2024.

Alberto Hutschenreuter. La geopolítica nunca se fue. Los grandes acontecimientos mundiales en clave política, territorial y de poder. Buenos Aires: Almaluz, 2025.

Alberto Hutschenreuter. «Geopolítica y posgeopolítica en el mundo del siglo XXI». Global Overview Magazine, diciembre de 2025, https://www.globaloverviewmagazine.com/2025/12/geopolitica-y-posgeopolitica-en-el.html

Yan Xuetong, Fang Yuanyuang. The Essence of Interstate Leadership. Bristol University Press, 2024.

Tanisha M. Fazal. «Conquest is Back», Foreign Affairs, March 21, 2025.

Paul Poast. «As Long as there is Territory to Fight Over, War will be with As». World Politics Review, December 20, 2024, https://www.worldpoliticsreview.com/war-conflict-territory/

Federico Tobar. «En medicina, el futuro llegó como vos no lo esperabas»,  https://www.linkedin.com/pulse/en-medicina-el-futuro-lleg%C3%B3-como-vos-lo-esperabas-federico-tobar-2n2he/

Daron Acemoglu. «Will We Squander the AI Opportunity?» Proyect Syndicate, Feb 19, 2025, https://www.project-syndicate.org/commentary/ai-on-a-socially-harmful-path-by-daron-acemoglu-2025-02

Mustafa Suleyma., La ola que viene. Tecnología, poder y el gran dilema del siglo XXI. Buenos Aires: Debate, 2025.

 

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EL NUEVO DOMINIO ESTRATÉGICO: EL CIBERESPACIO REDEFINE EL PODER GLOBAL

Martín Rafael López*

Imagen de geralt en Pixabay

Artículo publicado el 15 de diciembre en La Nación**

 

Durante siglos, el espacio estratégico fue concebido esencialmente como una superficie plana y terrestre. Con el progreso de las tecnologías de navegación marítima y aérea y el consecuente paso de la era agrícola a la era industrial, se convirtió en un espacio tridimensional.

En la década de 1950, este proceso sempiterno incorporó el espacio exterior como una cuarta dimensión. Tras la conquista de esa «alta frontera», comenzó una nueva transformación impulsada por las tecnologías de redes de información, que delinearon una quinta dimensión, de carácter intangible, en la que hoy operan tanto los actores tradicionales ―como los Estados― como los nuevos actores transnacionales ―como las empresas multinacionales o el terrorismo internacional―.

Por lo tanto, la concepción tradicional del espacio estratégico como una mera superficie terrestre hoy resulta obsoleta. En un mundo regido por datos y algoritmos, un análisis pertinente debe dar paso a una nueva visión del espacio estratégico que combine no solo lo local con lo global sino también lo visible con lo virtual. Este enfoque integral debe contemplar la proyección del poder y la protección de los intereses estratégicos de todas las dimensiones en las que hoy se disputa la influencia: desde la tierra y el mar hasta el aire y el espacio exterior, y desde las infraestructuras físicas (como cables submarinos, centros de datos o satélites) hasta aquellas arquitecturas intangibles que sostienen el funcionamiento de internet (como los estándares, los protocolos, los sistemas de nombres de dominio y los regímenes normativos).

En este escenario, la gobernanza del ciberespacio aparece no sólo como un asunto técnico, sino como un componente central de la actual competencia estratégica global en el segmento tecnológico.

Si en el pasado una nación debía proteger su territorio hasta donde lo permitieran sus barreras naturales, hoy está obligada a proyectar su poder mucho más allá de esos límites, extendiéndose hacia dominios físicos y virtuales que trascienden cualquier frontera tradicional.

El desafío es claro: ampliar la profundidad estratégica, resguardar la infraestructura crítica y participar activamente en la gobernanza de los bienes comunes globales en todas sus dimensiones, físicas y digitales.

En efecto, estos bienes ―el espacio, las profundidades marinas, las regiones polares y las redes cibernéticas― ya no son «espacios vacíos», sino que son los nuevos «puntos calientes» de la competencia global. Allí, las grandes potencias tecnológicas proyectan sus capacidades para marcar límites, imponer reglas y, las más de las veces, dificultar el acceso a quienes llegan tarde.

Con el desarrollo acelerado de una nueva revolución científica y tecnológica, y con la globalización como telón de fondo, el ciberespacio se ha convertido en un nuevo espacio de poder propenso a generar tensiones y desacuerdos.

El término «ciberespacio» ―acuñado por William Gibson en Neuromante (1984)― hoy es sinónimo de internet, pero lo excede. Abarca las infraestructuras físicas, los sistemas de información y los espacios sociales donde interactúan usuarios, empresas y Estados. Es un entorno donde lo humano ocupa un lugar central: cada clic, cada transacción y cada intercambio contribuyen a dar forma al ecosistema digital.

En esta nueva territorialidad emergen múltiples flujos ―informativos, económicos, financieros, culturales― que redefinen la interacción global. Pero este escenario, además de generar oportunidades, abre la puerta a nuevas dinámicas de competencia y conflicto.

Por su enorme valor económico, militar y político, el ciberespacio se ha convertido en un campo de disputa global que atrae a cada vez más países y organizaciones internacionales a intervenir en la definición de un orden cibernético global.

En este marco, la gobernanza del ciberespacio deja de ser una tarea exclusivamente institucional y se convierte en un componente central de la gobernanza global y de la seguridad nacional.

Los problemas de seguridad en el ciberespacio mundial se entrelazan con las disputas por soberanía, competencia tecnológica y la lucha por la llamada «ciberhegemonía». Estos procesos impactan en los límites tradicionales de la política internacional, tensionan sus marcos regulatorios y plantean nuevos desafíos inéditos para los Estados, que deben proteger tanto su infraestructura crítica física como sus intereses estratégicos en el ecosistema digital.

Las cifras son elocuentes. Según la medición del desarrollo digital realizada por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) a comienzos de la presente década, alrededor de 2.900 millones de personas permanecían sin conexión a internet.

En América Latina, la brecha digital sigue siendo profunda: mientras en áreas urbanas el 78% de la población cuenta con acceso estable, en zonas rurales esa cifra desciende al 42%. El acceso ―o la falta de acceso― redefine hoy el mapa del poder global: quien controle la conectividad influirá decisivamente en el desarrollo de cualquier comunidad.

En este tablero, las propuestas de modelos de gobernanza se enfrentan. Algunos defienden un internet abierto y descentralizado y gestionado por actores privados y organismos multilaterales. Otros promueven un enfoque soberanista, donde los Estados asumen un rol central en la administración de sus espacios digitales.

China, por ejemplo, impulsa la idea de una «Comunidad de Futuro Compartido en el Ciberespacio», centrada en la cooperación internacional, la soberanía digital y el respeto mutuo entre Estados. Occidente, en cambio, privilegia la libre circulación de datos y marcos regulatorios que apuntan a proteger y resguardar la información: la Unión Europea con el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) como estándar global de privacidad, y Estados Unidos con normas como la Ley CLOUD, que otorga autoridad al gobierno para acceder a datos almacenados en servidores de compañías estadounidenses incluso cuando se encuentran en otros países, lo que refleja su intención de asegurar alcance extraterritorial en el dominio digital.

América Latina no puede permanecer al margen de esta discusión. La región necesita construir una posición propia que combine inclusión digital, desarrollo tecnológico y soberanía informativa. Porque en la arquitectura del poder del siglo XXI, la gobernanza del ciberespacio ya no es un asunto técnico: es una decisión política, estratégica y civilizatoria.

 

* Lic. en Ciencia Política y Relaciones Internacionales (UCALP). Profesor de Relaciones Internacionales (UCALP). Especialista en Estudios Chinos (IRI-UNLP). Diplomado en Estudios Estratégicos Chinos (UNDEF). Coordinador Estudios Internacionales (IAPE-UCALP). Miembro Investigador del Centro de Estudios Chinos (IRI-UNLP).

** https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-nuevo-dominio-estrategico-el-ciberespacio-redefine-el-poder-global-nid15122025/

LA GEOPOLÍTICA DE LA SOJA: LA TRAMPA DE LA ALINEACIÓN ARGENTINA CON EE. UU. Y EL IMPACTO DE LA INJERENCIA FINANCIERA EN LA POLÍTICA INTERNA

Gabriel F. Urquidi Roldán*

Introducción: la soja como tablero geopolítico

La soja se ha transformado en mucho más que un cultivo o un commodity agrícola: constituye un factor estratégico de poder en la geopolítica mundial. En este escenario, Argentina, Brasil, Estados Unidos y China se posicionan como los principales actores, disputando influencia económica y control de mercados. No obstante, las recientes decisiones políticas y financieras adoptadas por el gobierno argentino muestran una creciente dependencia hacia los Estados Unidos, lo que podría estar debilitando su posición competitiva en el mercado asiático y afectando el ingreso de divisas genuinas al país[1].

La competencia por el mercado chino

De acuerdo con el informe «Cadenas de Valor Oleaginosas: Soja» elaborado por la Secretaría de Gobierno de Agroindustria, Argentina y Brasil concentraban más del 80% de las exportaciones de poroto y derivados de soja hacia China. Este liderazgo se consolidó durante la guerra comercial entre Estados Unidos y China (2018–2020), cuando las restricciones arancelarias impuestas por Washington impulsaron a Pekín a diversificar sus fuentes de aprovisionamiento, favoreciendo a los países sudamericanos.

Sin embargo, Bloomberg Línea[2] advirtió que la recuperación de Estados Unidos como actor clave en la exportación de soja a China amenaza el espacio conquistado por las economías del Cono Sur. Mientras Argentina y Brasil intentan sostener su participación en el mercado, la reactivación de los acuerdos bilaterales entre Washington y Pekín está modificando el equilibrio comercial regional.

El nuevo acuerdo entre EE. UU. y China: un golpe al Cono Sur

El reciente anuncio de que Estados Unidos exportará 12 millones de toneladas de soja a China, resultado de la reunión entre Donald Trump y Xi Jinping en Corea del Sur, marca un punto de inflexión geopolítico y económico[3] (3). Este acuerdo restablece las exportaciones agrícolas norteamericanas que habían sido suspendidas durante la guerra comercial y reduce el espacio de maniobra de los exportadores argentinos.

La reactivación de la relación comercial sino-estadounidense implica que China reasigne parte de su demanda hacia Estados Unidos, desplazando a proveedores alternativos como Argentina. Esta dinámica conlleva una probable contracción en la entrada de divisas al país, con impacto directo en las reservas internacionales y en la estabilidad macroeconómica.

La trampa de la alineación con Washington

En el plano político y financiero, esta tendencia revela una dependencia creciente de la Argentina respecto del poder económico estadounidense. La influencia de entidades como JP Morgan, que participan activamente en la estructuración de la deuda pública y en la orientación de la política económica argentina, limita la soberanía nacional en materia de decisiones estratégicas.

Esta injerencia financiera tiene consecuencias prácticas en el sector agroexportador: la volatilidad cambiaria, el encarecimiento del crédito y la falta de estímulos fiscales afectan la competitividad del complejo sojero argentino. Al alinearse con Washington, el país pierde capacidad de negociación frente a China, su principal comprador, y se expone a un escenario de dependencia estructural.

Consecuencias económicas y geopolíticas
  1. Pérdida de divisas: la reducción del volumen exportado a China disminuye el ingreso de dólares genuinos, acentuando la escasez de divisas y la presión sobre la balanza de pagos.
  2. Desplazamiento regional: Estados Unidos recupera terreno en el mercado asiático, reduciendo la participación de Argentina en aproximadamente entre 15 y un 20 % según estimaciones de organismos técnicos.
  3. Dependencia financiera: la subordinación de la política económica nacional a actores financieros extranjeros erosiona la autonomía del Estado argentino.
  4. Erosión de soberanía: la alineación con Washington restringe la posibilidad de implementar una política exterior comercial autónoma y equilibrada.
Conclusión: entre la soberanía económica y la dependencia financiera

La geopolítica de la soja ilustra la tensión entre soberanía económica y dependencia financiera. Si bien Argentina posee ventajas comparativas notables en la producción oleaginosa, su alineación con los intereses geoestratégicos de Estados Unidos y la influencia de bancos de inversión como JP Morgan en la política económica interna amenazan con desplazar al país de su rol estratégico en el comercio mundial de soja.

El desafío radica en reconstruir una política de inserción internacional autónoma, que priorice los intereses nacionales, fomente la diversificación de mercados y fortalezca el vínculo con los socios comerciales de Asia, especialmente China. En caso contrario, la «trampa» de la alineación con Estados Unidos podría traducirse no solo en la pérdida del mercado chino, sino también en la renuncia silenciosa a la soberanía económica argentina.

 

* Licenciado en Seguridad. Especialista en Análisis de Inteligencia y Maestrando en Inteligencia Estratégica Nacional, con experiencia en estrategia, geopolítica, tasalopolítica, producción de información, así como en Seguridad y Protección de Infraestructuras Críticas.

 

Referencias

[1] Secretaría de Gobierno de Agroindustria. (2019). Cadenas de Valor Oleaginosas: Soja (Informe de septiembre 2019). Buenos Aires: Ministerio de Producción y Trabajo, https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/sspmicro_cadenas_de_valor_soja.pdf

[2] «Brasil y Argentina ganan terreno como exportadores de soja a China mientras EE.UU. retrocede». Bloomberg Línea, 12/06/2024, https://www.bloomberglinea.com/mundo/estados-unidos/brasil-y-argentina-ganan-terreno-como-exportadores-de-soja-a-china-mientras-eeuu-retrocede/.

[3] «Estados Unidos enviará 12 millones de toneladas de soja a China en un acuerdo que redefine el comercio agrícola». Infobae, 30/10/2025, https://www.infobae.com/america/mundo/2025/10/30/estados-unidos-enviara-12-millones-de-toneladas-de-soja-a-china-en-un-acuerdo-que-redefine-el-comercio-agricola/.

 

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