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PENSAMIENTO ESTRATÉGICO Y ESTADISTA

Agustín Saavedra Weise*

Imagen de FelixMittermeier en Pixabay

Los manuales definen al pensamiento estratégico como el enfoque que mira con amplitud el hoy en función de perspectivas hacia el futuro. En otras palabras, implica ser capaz de anticipar el efecto de acciones a largo plazo orientadas hacia objetivos puntuales. El pensamiento estratégico ausculta hacia adelante y mide resultados o consecuencias antes de iniciar acciones. Esa mirada de águila implica el establecimiento planificado de un conjunto amplio de cosas por hacer con márgenes alternativos de flexibilidad, tomando en cuenta además determinadas variables (controlables y no controlables), las que a su vez provocarán pautas de acción en los campos militares, sociales, económicos diplomáticos, psicológicos, etcétera.

Se trata, en síntesis, de pensar en grande, algo que parece haber sido olvidado o dejado de lado por quienes lo consideran “pasado de moda”. Nada de eso, el pensamiento estratégico en términos de vastos horizontes sigue siendo el instrumento básico de todo estadista o de quien aspire seriamente a serlo. El ámbito comentado no se restringe ni a la política ni a la fase militar; puede darse también en empresas y en negocios diversos, inclusive en la propia lucha permanente por la auto superación personal.

Como bien señaló Henry Kissinger en su obra “Un Mundo Restaurado” (FCE, México) todo estadista debe tratar de conciliar lo que considera justo con lo que considera posible. Lo justo depende de la estructura interna de cada estado y lo posible depende de los recursos, de la posición geográfica y de múltiples factores más. La medida del equilibrio del pensamiento estratégico del auténtico estadista es la que en su momento lo pondrá en un lugar destacado de la historia. Si intenta ser conquistador o profeta podrá tener destellos populistas y hasta momentos de gloria, pero su obra —tarde o temprano— se derrumbará sin dejar mayores huellas. Lo efímero es siempre de corto aliento.

En la historia mundial abundan episodios de conquistadores y profetas de toda laya. Algunos dejaron su marca, otros ya ni siquiera son recordados. Los grandes estadistas —aunque no hayan sido populares en su tiempo o hubieran tenido momentos muy difíciles— surgen nítidamente en el campo histórico como seres que forjaron parte esencial del rumbo de la humanidad, defendieron a sus países, los mantuvieron unidos, superaron injusticias e hicieron crecer a sus naciones, incrementando su potencial y viabilidad. Hombres de la talla de Washington, Lincoln, Roosevelt, Metternich, San Martín, Bolívar, Juárez, Mandela (y varios otros que por falta de espacio no nombramos) cruzaron con holgura el umbral grande; allí han dejado su sello para siempre mediante acciones concretas. Y tales acciones nunca hubieran podido ser ejecutadas si estos seres singulares no hubieran tenido el privilegio de contar con un pensamiento estratégico, con un sentido de dimensión panorámica que les permitió avizorar problemas, como también programar la mejor manera táctica de enfrentarlos y resolverlos, para así obtener resultados acordes con la estrategia definida. El conquistador conquista pero pocas veces perdura. El profeta predica y tiene carisma, tal vez hasta arrastre multitudes en cierto momento, pero también su estela es fugaz. Los resultados de ambos casi siempre terminan siendo nulos o negativos. A la larga, el estadista visionario es el que sobresale. Siempre resulta más atractivo y tentador el conquistar o profetizar; contrariamente, el ser estadista implica soportar vastos sacrificios, no es algo fácil. Pero la diferencia cualitativa al final resulta ser concluyente: el estadista hace Estado de verdad; los aspirantes a meros profetas y conquistadores —una vez superado su fugaz momento de auge— destruyen o debilitan al estado de turno dejando poco o nada para la posteridad. Así ha sido, así será.

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com 

Tomado de El Deber, Santa Cruz de la Sierra, https://eldeber.com.bo/opinion/pensamiento-estrategico-y-estadista_222432

 

“COVID-19”, ESTADOS UNIDOS Y CHINA: EL PANTANO DE LA DIALÉCTICA ESTRATÉGICA EN LAS RELACIONES INTERNACIONALES

 

Salam Al Rabadi*

No existe un método científico que permita predicciones precisas sobre el futuro del sistema global, ya que todas las propuestas que indican y predicen el declive o el ascenso de las potencias mundiales siguen estando sujetas al debate y a la incertidumbre. En consecuencia, la crisis de la pandemia “Covid-19” logra volver a plantear interrogantes sobre el equilibrio del poder global, pero aquí debe tenerse en cuenta (contrariamente a lo que es común entre muchas élites académicas) que los cambios a nivel de las relaciones internacionales, ya no están sujetos en gran medida a un juego de suma cero.

En otras palabras, un aumento de la influencia y el poder de un país no significan necesariamente que otros países pierdan su influencia. Además, el hecho de que un país sea el más poderoso del mundo, ya no significa que detente el monopolio del poder, ya que se ha vuelto fácil para individuos y grupos acumular y emplear un poder influyente. En este contexto, podemos abordar los intentos de las élites intelectuales y políticas de investigar la problemática de la realidad mundial emergente a la luz de las repercusiones del brote de Covid-19, relacionadas con la comparación dialéctica entre el poder en ascenso de China y la disminución de la posición de los Estados Unidos.

Aquí hay que llamar la atención sobre el hecho de que esta disminución se debe al cambio en la naturaleza del orden mundial, más que a la debilidad militar o política de los Estados Unidos (o ambos). A medida que este sistema se ha vuelto no polar, y esto inevitablemente, no sólo es el resultado del creciente poder de otros países y del fracaso de los Estados Unidos (que sigue siendo la mayor comunidad única de poder) para gestionar el sistema global, sino que también es una consecuencia inevitable de esta serie de cambios profundos que han afectado a la estructura de la sociedad global. Por lo tanto, todas las repercusiones de la pandemia “Covid-19” llegaron a confirmar la verdad y el realismo de estos cambios.

A la luz de lo anterior, las relaciones internacionales contemporáneas se basan en un patrón de poder distribuido en lugar de concentrado. Por lo tanto, muchas potencias dependen de este patrón para su bienestar económico y estabilidad política. Por lo tanto, estas fuerzas lógicamente no favorecen confrontar y perturbar un régimen que sirve a sus intereses, ya que hay una intersección y entrelazamiento de influencia. En consecuencia, este es un patrón en el que los Estados Unidos siguen desempeñando un papel central que trabaja para reducir los conflictos entre las principales potencias y que, definitivamente, producirá soluciones basadas en ecuaciones distintas de cero. Sin embargo, con todos estos hechos lógicos, no podemos ignorar los signos de interrogación:

¿Cómo se estabiliza la verdadera influencia del poder de los Estados Unidos, no estabilizada por más de 20 o 25 años?

Y a juzgar por la conclusión basada en la extrapolación de las causas de la caída de los imperios y la realidad de la política global actual, es evidente que la disminución relativa a largo plazo del poder de los Estados Unidos continuará independientemente de los intentos de restaurarla. En consecuencia, la cuestión lógica puede convertirse (al menos en el ámbito de la investigación científica y académica):

No si China se convertirá en la primera superpotencia del mundo, sino ¿cuándo?

En conclusión, aunque tratemos de no entrar en el enfoque empantanado de investigación de cuestiones estratégicas fundamentales relacionadas con la predicción del futuro de las potencias mundiales, parece que no hay escapatoria para nosotros de sumergirnos en medio de estos pantanos. Estos llevan en cada una de sus profundidades el placer adicional de extrapolar el futuro de las relaciones internacionales. En consecuencia, con respecto a China y en el caso de que trascendamos algunos de los conceptos académicos antes mencionados, el profundo e importante atolladero estratégico académico que debe ser buceado (que muchas élites políticas y académicas evitan de profundizar) es:

¿Realmente China quiere (o está pensando) en asumir la responsabilidad de liderar el mundo? y si tiene este deseo, ¿está listo para hacerlo? y ¿sirve eso a sus intereses estratégicos en el momento actual?

Este atolladero estratégico, según las repercusiones de la pandemia Covid-19 y los cambios que se están produciendo a nivel de las relaciones internacionales, plantea muchas dialécticas relacionadas con el intento de extrapolar el futuro de la política global y de los principales actores de la misma. En medio de esta realidad, es posible abordar la problemática de la clasificación del sistema global relacionada con los términos unipolar, bipolar o multipolar, etc., que se han vuelto sin sentido. Sobre la base del realismo de los enfoques intelectuales, parece algo difícil ver un sistema global controlado por un polo, o incluso varios polos. Esto se debe a muchos factores cualitativos, ya sean culturales, económicos o políticos, que se han convertido en uno de los determinantes más importantes de las relaciones internacionales:

  • No hay un solo Estado que disfrute de superioridad en todos los elementos de poder[1].
  • Las repercusiones de la era del conocimiento (cruzando fronteras políticas, culturales y de seguridad).
  • El surgimiento del fenómeno del terrorismo en todas sus manifestaciones.
  • Problemas de las cuestiones medioambientales, la demografía y los problemas migratorios.
  • El ritmo de los desarrollos científicos y tecnológicos a todos los niveles.
  • El entrelazamiento de la economía mundial y la multiplicidad de la influencia de muchas fuerzas dentro de ella[2].
  • Cambios en los criterios para medir la capacidad militar[3].

Por lo tanto, se puede decir que el mundo de las relaciones internacionales está sujeto hoy a un sistema sin polaridad, como resultado del inevitable patrón de cambios que han aumentado las complejidades asociadas con las cuestiones de terrorismo, medio ambiente, tecnología, medios de comunicación, virus (reales y electrónicos) y problemas culturales, etcétera. Este patrón soporta el sistema no polar, de acuerdo con varias direcciones, incluyendo:

  • Muchos flujos tienen lugar fuera del control de los Estados y, por lo tanto, limitan la influencia de las principales potencias.
  • Algunos acontecimientos sirven a los países regionalmente y aumentan el margen de su eficacia e independencia[4].
  • La existencia de una enorme riqueza sujeta a las garras de individuos y nuevas fuerzas activas.

A la luz de lo anterior, podemos decir que actualmente estamos en una era alejada de las clasificaciones clásicas asociadas con el término polaridad, sin mencionar la dificultad de entender plenamente estos enormes cambios radicales en las relaciones internacionales (ya sea en términos de la estructura de la economía global o la realidad de la política global). Donde, ha quedado claro que la dinámica del sistema global continúa moviéndose y complicándose.

Por lo tanto, debe tenerse en cuenta, incluso si el sistema de no polaridad es inevitable, que merece precaución, ya que puede generar más aleatoriedad y vacío a nivel político mundial. Por lo tanto, aquí es necesario examinar el dilema de cómo encontrar ese tipo de equilibrio en torno a la formación del mundo no polar. ¿Pone esto inevitablemente en tela de juicio el alcance de la posibilidad de un consenso mundial en torno a estos nuevos equilibrios?

Aquí, cuando hablamos de equilibrios en las relaciones internacionales, invocamos el hecho de que el patrón de regularidad no surgirá por sí solo. Incluso si se deja funcionar el sistema global (no polar) de acuerdo con su propio enfoque, eso inevitablemente lo hará más complejo y se dirigirá hacia más caos. Esto es lo menos que se puede concluir de la confusión sobre cómo hacer frente a la crisis de la pandemia de Covid-19 y las llamadas guerras de máscaras médicas.

En consecuencia, la consideración debe orientarse hacia los riesgos potenciales, ya que el orden mundial (no polar) complicará la diplomacia política y las alianzas perderán gran parte de su importancia, porque requieren una visión estratégica para hacer frente a amenazas y compromisos predecibles. Pero inevitablemente no se espera que todo esto esté disponible en un mundo no polar.

Sobre la base de eso, esos riesgos (a pesar de la existencia de muchos problemáticas dialécticas a nivel de las tendencias de la evolución del sistema global, que hacen que predecir escenarios futuros sea una tarea científica desalentadora), ¿requieren plantear interrogantes sobre la naturaleza de las fuerzas capaces de tomar la iniciativa y sumergirse en las profundidades de asumir la responsabilidad de liderar la política global?

 

* Doctor en Filosofía en Ciencia Política y en Relaciones Internacionales. Actualmente preparando una segunda tesis doctoral: The Future of Europe and the Challenges of Demography and Migration, Universidad de Santiago de Compostela, España.

Artículo traducido al español por el Equipo de la SAEEG. Prohibida su reproducción.

 

Referencias

[1] El término superpotencia única ya no es apropiado a la luz de la realidad actual de múltiples centros de poder. Por ejemplo, China ha demostrado que Estados Unidos no puede abordar unilateralmente el expediente nuclear de Corea del Norte, y es el que tiene la influencia efectiva en esta cuestión. Además, la capacidad de Estados Unidos para presionar a Irán está en gran medida sujeta a su no conflicto con los intereses estratégicos directos de China y Rusia.

[2] Así lo demuestran las circunstancias de las negociaciones en la Organización Mundial del Comercio y la dificultad para llegar a acuerdos en la Ronda de Doha desde 2001.

[3] Por ejemplo, los acontecimientos del 11 de septiembre demostraron cómo una pequeña inversión de individuos puede inclinar escalas globales a nivel militar, de seguridad, político e incluso económico. Del mismo modo, la victoria de Hezbolá en la guerra de julio de 2006 (que fue lanzada por el estado de ocupación israelí) demuestra que las armas modernas más avanzadas y caras no pueden ganar guerras, ya que un grupo entrenado de armas ligeras puede demostrar que son capaces de enfrentarse a los ejércitos más grandes y mejor armados.

[4] Por ejemplo, países como India y Pakistán (y recientemente Irán) pudieron imponer su entrada en el club nuclear, como un hecho consumado a la comunidad mundial.

 

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EL ESPACIO GEOGRÁFICO CONDICIONA A LA ESTRATEGIA

Agustín Saavedra Weise*

Las ideas estratégicas han variado en función del énfasis que se le ha dado a alguna de las particularidades geográficas. En este sentido, son clásicas las distinciones entre poder terrestre, aéreo y marítimo en la relación entre estrategia y geografía, sobre todo cuando esta se realiza a escala política y militar, a nivel de ‘gran estrategia’. Justamente John M. Collins, en su libro La gran estrategia (Círculo Militar, Buenos Aires, Argentina), señala: “Tanto los hombres vestidos de civil como los uniformados encarnan hoy asuntos estratégicos a nivel nacional”.

A continuación expresa: “La estrategia nacional emplea reunidos todos los poderes de la nación, tanto en la paz como en la guerra, para alcanzar los intereses y objetivos nacionales. Dentro de ese contexto, existe una gran estrategia política que comprende los principales temas internacionales e internos; una estrategia económica tanto interna como externa; una estrategia militar nacional y varias otras”. La suma de todas conforma la ‘gran estrategia’, que satisface la salvaguardia de la seguridad del Estado y el cumplimiento de las metas trazadas.

En todos los importantes enunciados de Collins subyace la geografía, ya sea en relación directa con la estrategia (‘geoestrategia’) o en términos de geopolítica: la vinculación entre el asentamiento geográfico y el poder político, el correlato entre decisiones políticas y medioambiente. Tres voceros visionarios —Mahan, Mackinder y Seversky— adelantaron conceptos estratégicos ligados a la geografía y que hasta hoy, y con las variantes que la tecnología ha impuesto, siguen teniendo cierta vigencia. Alfred T. Mahan centró su atención en los mares, en las aguas saladas que cubren tres cuartas partes del globo terráqueo; sostuvo que el dominio de los océanos era esencial para controlar la riqueza del mundo y dominar la Tierra. Halford J. Mackinder, a principios del siglo XX y poco después de Mahan, enfatizó la importancia estratégica de la masa terrestre en oposición a los mares.

Son clásicas ya en el pensamiento geopolítico las definiciones de Mackinder sobre ‘isla mundial’, área pivote o ‘heartland’, y sus conceptos sobre crecientes interiores y exteriores, aspectos sobre los cuales me explayé años atrás al cumplirse el centenario del célebre discurso de Mackinder ante la Royal Geographic Society. El advenimiento del poder aéreo insertó una tercera dimensión. Alexander Seversky propuso la teoría de que la supremacía aérea integral es posible y necesaria. Su libro fue escrito antes de la existencia de los cohetes balísticos intercontinentales; pronosticaba que “el destino manifiesto de EEUU está en los cielos”.

El tiempo probó que el dominio aéreo —importante como es— no resulta condición necesaria y suficiente. Estados Unidos dominó los cielos en Vietnam y aun así fue derrotado… Contemporáneamente, se ha hecho necesario integrar estas dimensiones en un enfoque estratégico interrelacionado, ya que la situación actual impone amplia flexibilidad en los tres dominios. Asimismo, hay combinaciones novedosas como las de los satélites, que son aéreos pero con conexión hacia servicios terrestres más los ya citados cohetes y misiles, ultramodernos y sofisticadísimos, que pueden ser lanzados por aire, mar y tierra. Agreguemos las ya inminentes naves espaciales y los submarinos nucleares, estos con capacidad devastadora de ataque y sorpresa desde el fondo del mar hacia la superficie y el espacio aéreo, y tenemos otra dimensión combinada de las tres ponencias tradicionales.

Lo que importa destacar es que mientras más avanza la tecnología y a medida que la imaginación estratégica también se hace más compleja, la geografía, el espacio interior y exterior que alberga a la humanidad, sigue siendo el término básico de referencia. Sin espacio no hay nada, sin espacio nada es posible.

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Nota original publicada en El Debe, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/opinion/el-espacio-geografico-condiciona-a-la-estrategia_212864