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WASHINGTON ENTRE TEL AVIV Y TEHERÁN: LA POLÍTICA EXTERIOR DE EE.UU. ANTE LA GUERRA

Mateo Patelli*

Introducción

«En el mundo anárquico del sistema internacional, es mejor parecerse a Godzilla que a Bambi».

John Mearsheimer

 

T. S. Eliot escribió alguna vez «el mundo no terminará con un estruendo, sino con un gemido». Pero en los márgenes ardientes del Medio Oriente, el gemido y el estruendo parecen confundirse en un mismo eco. Desde la academia se han ensayado múltiples intentos por explicar la pugna —casi teológica— entre Israel e Irán. Sin embargo, muchas de esas interpretaciones tienden a agotarse en lecturas ideológicas antes que estructurales, más preocupadas por imputaciones morales que por desentrañar los equilibrios de poder y las lógicas de interés que configuran el sistema internacional.

En ese panorama, sobresale una obra que, pese a su escasa presencia en las cátedras de política internacional, ha provocado un profundo debate en la academia y los círculos de formulación de política exterior: The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy, escrita por John Mearsheimer y Stephen Walt. En la misma los autores ―referentes de la escuela neorrealista― desandan los hilos del paternalismo automático de los Estados con su par israelí y buscarán dar respuesta a una de las preguntas más inquietantes de la política mundial contemporánea: ¿por qué Estados Unidos mantiene un apoyo incondicional hacia Israel, incluso cuando dicho vínculo parece contradecir sus intereses estratégicos más amplios?

La guerra entre Israel e Irán devuelve a primer plano las tesis centrales de dicha obra publicada en 2006, al reavivar interrogantes sobre el verdadero alcance del alineamiento estratégico entre Washington y Tel Aviv. En un escenario atravesado por una peligrosa escalada regional, la intervención ―ya sea directa o por interpósitos actores― de Estados Unidos parece responder menos a un cálculo racional de intereses nacionales que a la persistencia de una alianza profundamente enraizada en factores culturales, políticos y lobbies domésticos. Mearsheimer y Walt anticiparon precisamente este tipo de dinámicas: una política exterior condicionada no solo por las exigencias del realismo clásico, sino por la influencia persistente de un entramado de actores con capacidad de incidir en la toma de decisiones del Congreso, el Ejecutivo y los medios de comunicación estadounidenses.

La guerra no solo confirma aquel diagnóstico, sino que lo intensifica y lo proyecta sobre nuevas coordenadas geopolíticas. En un escenario internacional que pensadores como Aleksndr Dugin han caracterizado como el advenimiento de un «mundo multipolar», la escalada bélica ha reactivado ―contra lo que suele asumirse en los análisis convencionales― los impulsos mesiánicos de Washington en las tierras santas de Oriente Próximo. Estos impulsos, de raigambre histórica y cultural, aparecen precisamente en el momento en que Estados Unidos se enfrenta a una redefinición estratégica de su rol global, alimentando una tensión constitutiva entre su legado hegemónico y la pretensión, al menos declarativa, de contención geopolítica.

Este dilema encuentra una expresión particularmente nítida en el interior del universo ideológico del trumpismo. El repliegue estratégico de los Estados Unidos respecto del orden liberal internacional forjado tras la Segunda Guerra Mundial constituyó, sin lugar a duda, la promesa más audaz ―y acaso la más coherente― del proyecto político de Donald Trump en su regreso a la Casa Blanca. Esta agenda contó con un respaldo sólido por parte del núcleo duro del nuevo Partido Republicano, representado por figuras como Steve Bannon, así como por corrientes conservadoras de orientación aislacionista, encarnadas en referentes como Peter Navarro o Tulsi Gabbard. Incluso Elon Musk, entonces un actor clave dentro del ecosistema trumpista, desempeñó un rol significativo en la reconfiguración de la proyección internacional estadounidense, al promover el desmantelamiento de buena parte de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), lo que derivó en el cierre de aproximadamente el 83 % de sus programas de asistencia exterior.

La esperada restricción de la política intervencionista de los Estados Unidos en los asuntos mundiales, sin embargo, se enfrenta hoy a una encrucijada tan decisiva como incómoda. La política exterior del trumpismo oscila entre dos impulsos en abierta tensión: por un lado, la voluntad declarada de desinversión militar en escenarios de conflicto crónico como Medio Oriente; por el otro, la persistencia de una retórica beligerante, muchas veces alentada por la presión de aliados estratégicos de Israel profundamente insertos en los engranajes del sistema político estadounidense.

No obstante, a medida que se intensifica la estrategia de guerra preventiva emprendida por Israel ―justificada en el presunto desarrollo de capacidades nucleares por parte de la teocracia iraní―, los Estados Unidos parecen cada vez más cerca de reinsertarse activamente en el complejo y volátil tablero de Medio Oriente. Al momento de redactar este artículo, el presidente Donald Trump ha confirmado el bombardeo con aviones B2 de tres instalaciones nucleares iraníes ubicadas Fordo, Natanz e Isfahan, lo que sugiere una posible escalada del involucramiento estadounidense en el conflicto. Esta inclinación responde en parte a la inercia histórica de su rol como potencia hegemónica; sin embargo, las profundas fracturas internas que atraviesan su política exterior dotan de incertidumbre y ambivalencia a cada decisión. El dilema excede con creces el plano estrictamente militar: lo que se encuentra en disputa es, en última instancia, la arquitectura misma del orden internacional. En este contexto, se vuelve cada vez más evidente la contradicción estructural que aqueja al poder estadounidense: una potencia que aspira a sostener su liderazgo global mientras, simultáneamente, ensaya formas de repliegue estratégico frente al ascenso chino, en un intento por recomponer su fuerza desde adentro.

A los fines de vislumbrar los horizontes estratégicos, me propongo delinear al menos tres niveles de análisis que permitan una aproximación al laberinto en el que hoy se debate la proyección global del poder estadounidense.

Capas del poder: una anatomía del laberinto estratégico de Estados Unidos

El primer nivel de análisis remite a la dinámica interna de la agenda pública en los Estados Unidos. Desde una perspectiva neorrealista, resulta central observar cómo los factores domésticos ―tradicionalmente considerados secundarios en el análisis estructural del sistema internacional― pueden condicionar de manera significativa la conducta externa de una superpotencia. Tal como sostienen John Mearsheimer y Stephen Walt, la arquitectura institucional del régimen político estadounidense ―caracterizada por una división de poderes robusta, un federalismo competitivo y una notable apertura a la influencia de actores no estatales― configura un entorno especialmente receptivo a la acción de grupos de presión.

En este marco, los intereses organizados cuentan con múltiples vías para incidir en el proceso de formulación de políticas exteriores: desde el cabildeo directo sobre legisladores y funcionarios del Ejecutivo, hasta el financiamiento de campañas, la movilización electoral o las estrategias de modelado de la opinión pública. Esta influencia se vuelve decisiva cuando el grupo movilizado se compromete con una causa específica que no despierta una atención proporcional por parte de la ciudadanía general. En tales escenarios, los responsables políticos tienden a responder a las demandas del sector más activo, seguros de que el electorado mayoritario no impondrá un castigo político.

En este contexto, el israel lobby no se distingue por prácticas conspirativas ―como postulan algunos discursos antisemitas―, sino por su eficacia organizativa y estratégica. Su lógica operativa no difiere sustancialmente de la de otros grupos de presión sectoriales o identitarios; su excepcionalidad reside en su capacidad para construir consensos bipartidarios, movilizar recursos a gran escala y asegurar un alineamiento sostenido entre los intereses israelíes y la política exterior de Washington. Esta eficacia se ve amplificada por la ausencia de un contrapoder proárabe de escala comparable que pueda equilibrar el debate o disputar el sentido común en los ámbitos legislativo y mediático.

La consecuencia de este desequilibrio no es menor: la centralidad de la causa israelí en la política exterior de Washington ha devenido en una forma de paternalismo diplomático que, lejos de obedecer a una lógica de intereses estratégicos estrictamente definidos, parece responder a un patrón de compromisos automáticos. Esta dinámica, argumentan Mearsheimer y Walt, erosionan la capacidad de cálculo racional de la política exterior estadounidense, dado que el respaldo sistemático al Estado de Israel no ha redundado, en términos empíricos, en beneficios tangibles o sostenibles para los intereses nacionales de Estados Unidos. Por el contrario, ha contribuido en muchos casos a comprometer su legitimidad internacional, deteriorar sus relaciones con el mundo árabe y arrastrarlo a conflictos de baja rentabilidad geopolítica. En última instancia, se trata de una anomalía sistémica que socava la racionalidad estructural que el realismo pretende preservar en el análisis de la política internacional.

El respaldo sistemático al Estado de Israel configura lo que podría denominarse un proceso de securitización selectiva, en el que ciertos intereses particulares son elevados al estatus de amenazas existenciales para el conjunto del sistema político. Esta lógica, conceptualizada por Barry Buzan y los teóricos de la Escuela de Copenhague, permite comprender cómo intereses privados o sectoriales pueden desplazar la agenda de seguridad nacional a través de prácticas discursivas y presión institucional.

Robert Gilpin advierte que los sistemas internacionales tienden a entrar en crisis cuando las potencias dominantes, en lugar de ajustar sus compromisos a su poder real, adoptan agendas que comprometen su estabilidad y aceleran su declive. En este sentido, el alineamiento automático con Israel no parece obedecer a un cálculo estratégico basado en la maximización del poder relativo, sino a una forma de captura institucional que distorsiona el equilibrio entre intereses globales y presiones domésticas.

La magnitud del respaldo estadounidense a Israel ilustra empíricamente esta anomalía. Desde la guerra de octubre de 1973, Washington ha proporcionado a Israel un nivel de apoyo que supera con creces al destinado a cualquier otro Estado. Desde 1976 ha sido el principal receptor anual de asistencia económica y militar directa, acumulando —solo hasta 2004— más de 140 mil millones de dólares (a valores constantes), lo cual representa aproximadamente una quinta parte del presupuesto de ayuda exterior de Estados Unidos. A modo ilustrativo, esta transferencia equivale a cerca de 3 mil millones de dólares anuales, o unos 500 dólares por ciudadano israelí, a pesar de que Israel es una economía avanzada, con un ingreso per cápita comparable al de países como Corea del Sur o España.

La Primera Guerra del Golfo (1990–1991) reveló hasta qué punto Israel se estaba convirtiendo en una carga estratégica: Washington no podía utilizar bases israelíes sin arriesgar la cohesión de la coalición árabe contra Irak, y se vio obligado a desviar recursos ―como baterías de misiles Patriot― para evitar una reacción unilateral de Tel Aviv que pudiera desestabilizar la alianza. La situación se repitió en 2003. Aunque Israel presionaba por una intervención estadounidense en Irak, el presidente George W. Bush no podía aceptar públicamente su colaboración militar sin provocar una reacción adversa en el mundo árabe. En consecuencia, Israel se mantuvo al margen una vez más, evidenciando que su involucramiento directo podía restar más de lo que sumaba en términos de capital diplomático.

En segundo término, las disputas internas que atraviesan al universo ideológico del trumpismo configuran un escenario particularmente complejo para el ejercicio del liderazgo presidencial. Esta tensión fue advertida tempranamente por el filósofo ruso Aleksandr Dugin en The Trump Revolution, donde esboza tres grandes incertidumbres que marcarían el rumbo de la nueva era inaugurada por la irrupción de Donald Trump. Si bien el análisis de Dugin merecería un tratamiento específico en otro trabajo, resulta pertinente señalar que una de esas incertidumbres alude, precisamente, a la fragilidad estructural del liderazgo trumpista y a la encrucijada histórica del movimiento Make America Great Again (MAGA).

En el interior del movimiento MAGA pueden identificarse al menos dos niveles de conflicto ideológico que estructuran su dinámica interna y condicionan sus márgenes de proyección estratégica.

    • En un primer nivel, se evidencia una fractura doctrinaria entre dos grandes corrientes: por un lado, la derecha tecno-optimista, asociada a una visión postnacional, disruptiva e impulsada por la innovación tecnológica, representada emblemáticamente por figuras como Elon Musk; por el otro, la derecha tradicionalista, nacionalista y antiprogresista, encarnada por Steve Bannon y por sectores del paleoconservadurismo cristiano.
    • En un segundo plano analítico, emerge una tensión de naturaleza geopolítica más profunda: la histórica contraposición entre intervencionismo y aislacionismo, dos corrientes que han moldeado la tradición republicana desde los inicios del siglo XX. Mientras que el intervencionismo ―representado históricamente por figuras como Lindsey Graham, George W. Bush o John McCain― postula una proyección global activa, legitimada por imperativos de seguridad y una vocación universalista de cuño wilsoniano, el aislacionismo ―cuyo referente paradigmático puede hallarse en Ron Paul― defiende una retirada selectiva del escenario internacional.

Sin embargo, la estrategia de política exterior impulsada por la administración Trump desborda esta dicotomía tradicional. En efecto, su primer mandato (2017–2021) articuló una praxis de repliegue estratégico, que no se inscribe ni en el aislacionismo clásico ni en el intervencionismo hegemónico. Ejemplos como la reducción sustancial de tropas en Afganistán o la apertura de un canal diplomático sin precedentes con Corea del Norte ilustran este giro: un desplazamiento desde el universalismo liberal hacia una racionalidad geopolítica transaccional, donde las alianzas se subordinan a la reciprocidad material y los compromisos se renegocian bajo una lógica de costo-beneficio.

En términos prospectivos, la proyección discursiva del trumpismo durante su segunda gestión tiende a profundizar esta orientación. Su narrativa exhibe un desapego creciente respecto del andamiaje institucional del orden liberal internacional, gestado en los acuerdos de Bretton Woods y sostenido por organismos multilaterales como las Naciones Unidas, el FMI o la OTAN. Desde esta perspectiva, el liderazgo estadounidense en ese orden ya no es percibido como un activo estratégico, sino como una carga onerosa que compromete los intereses vitales de la nación. Lejos de reproducir la doctrina wilsoniana de expansión democrática y gobernanza global, el trumpismo postula una reconfiguración profunda del rol de Estados Unidos en el sistema internacional, centrada en tres pilares: la primacía del interés nacional como principio rector, una desconfianza estructural hacia las instituciones multilaterales y una lógica transaccional en las relaciones exteriores.

Sin embargo, esta estrategia de repliegue selectivo y recentramiento soberano encuentra hoy, ante la intervención estadounidense en Irán, un quiebre significativo. La creciente presión ejercida por sectores favorables a la defensa irrestricta de Israel mina toda posibilidad de sostener una política exterior plenamente coherente con los postulados no intervencionistas que ciertos sectores del trumpismo ―incluso Trump mismo― ha reivindicado.

En efecto, en el marco de esta reconfiguración doctrinaria, la cuestión israelí no remite a un cuerpo ideológico unificado, sino que revela un clivaje interno persistente. Aunque el respaldo a Israel ha constituido, durante décadas, un punto de convergencia bipartidista dentro del establishment político estadounidense, el trumpismo ha introducido una fractura relevante en esa tradición. En su seno coexisten ―en tensión permanente― dos vertientes claramente diferenciadas: por un lado, una corriente nacionalista de orientación no intervencionista, escéptica de todo tipo de proyección militar exterior, crítica del gobierno israelí y partidaria de una geopolítica centrada en el repliegue soberano; por el otro, una facción evangélico-sionista, estrechamente alineada con los intereses del Estado de Israel, al que no solo consideran un socio estratégico en Medio Oriente, sino también un actor providencial dentro de una narrativa teológico-mesiánica de matriz milenarista. Mearsheimer y Walt en su libro advertían sobre este tipo de interpretación escatológica del cristianismo evangélico sobre Israel. Los autores incluso citan una declaración de Benjamin Netanyahu, quien en 2005 sostuvo que los «cristianos sionistas serían los mejores aliados de Israel en el futuro».

Esta fisura doctrinaria se manifestó con particular nitidez en una entrevista reciente protagonizada por Tucker Carlson ―ex comentarista de Fox News y figura central del ecosistema mediático conservador― y el senador Ted Cruz, uno de los portavoces más vehementes del alineamiento proisraelí en el seno del Partido Republicano. El intercambio, de tono frontal desde sus primeras líneas, puso en evidencia la profundidad del desacuerdo:

«Usted ha apoyado un cambio de régimen en Irán, no sólo la eliminación de instalaciones nucleares. ¿Cómo luciría ese cambio?», preguntó Carlson.

A lo que Cruz respondió sin ambages:

«Alguien más a cargo. A Estados Unidos le va mejor con un país que tenga un líder que quiera ser nuestro amigo, no uno que quiera matarnos.»

Este episodio no solo visibiliza el clivaje interno que atraviesa al trumpismo en relación con la política hacia Medio Oriente, sino que también expone las crecientes dificultades para articular un consenso sostenido dentro del Partido Republicano en torno al lugar estratégico que debe ocupar Israel en el diseño de la política exterior estadounidense.

Más allá del caso puntual, el intercambio evidencia la tensión estructural entre dos concepciones antagónicas del orden global: una, centrada en la defensa de un sistema internacional moldeado a imagen de los intereses estratégicos estadounidenses; otra, cada vez más inclinada a desmontar ese mismo orden en nombre de la autonomía soberana, el bilateralismo selectivo y la contención del sobreextensión imperial.

La guerra en curso reactualiza ―de forma tan paradójica como sintomática― las tensiones latentes en el mainstream de la política exterior estadounidense y, al mismo tiempo, revive los viejos reflejos ideológicos del neoconservadurismo articulado durante la administración de George W. Bush. Lejos de constituir un fenómeno marginal, este retorno discursivo y doctrinario sugiere la persistencia de una matriz intervencionista que, si bien fue desacreditada tras los fracasos en Irak y Afganistán, conserva una capacidad latente de reorganización ante contextos de crisis internacional.

En este marco, incluso las recientes declaraciones del senador Ted Cruz evocan los postulados más duros de aquella doctrina. Su apelación a un «cambio de régimen» en Irán remite a la lógica transformacional que estructuró la visión estratégica de figuras como Paul Wolfowitz, quien en plena efervescencia post-11S llegó a afirmar que «tiene que haber un cambio de régimen en Siria», o de Richard Perle, quien declaró a un periodista que se podía enviar un mensaje breve, de dos palabras, a otros regímenes hostiles de Medio Oriente: «Son los siguientes».

Donald Trump está, sin lugar a duda, en el epicentro de esta encrucijada geopolítica. El día posterior al 16 de junio ―fecha que marcó el inicio de las hostilidades israelíes contra objetivos iraníes―, su equipo de campaña emitió un comunicado en el que se aclaraba que los Estados Unidos no habían dado su consentimiento a dicha operación militar. Apenas 48 horas más tarde, el propio Trump rechazó públicamente el plan presentado por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, para ejecutar un ataque selectivo contra el ayatolá Alí Khamenei, dejando en evidencia la ambigüedad ―y, en cierto sentido, la fragilidad― de su posicionamiento frente a la cuestión iraní.

El posicionamiento de Trump en la región ha experimentado incluso un quiebre respecto a su primer mandato. En 2018 ordenó la retirada de las tropas estadounidenses de Siria, lo que provocó la renuncia de su secretario de Defensa, James Mattis, quien se opuso a dicha decisión, considerando que dejaba a los aliados kurdos en una situación vulnerable y debilitaba la postura de Estados Unidos frente a Rusia e Irán. Si bien el trumpismo se ha inclinado hacia un repliegue estratégico, al menos en comparación con las administraciones anteriores, su intervención en Irán marca una clara desviación de esa tendencia. Este episodio cristaliza con nitidez el dilema político y geoestratégico que enfrenta el expresidente: Trump oscila entre su impulso por desmarcarse del intervencionismo tradicional y las exigencias de una política exterior que continúa operando bajo coordenadas estructurales de hegemonía.

Por último, el factor estratégico a nivel sistémico. Un incremento de la intervención estadounidense en un conflicto abierto entre Israel e Irán tendría implicancias que trascienden lo regional, reconfigurando potencialmente las coordenadas del sistema internacional. En un escenario caracterizado por una transición hegemónica incipiente, tal como ha sido conceptualizado por el político chino Shiping Tang ―uno de los referentes teóricos del neorrealismo defensivo― las potencias dominantes tienden a interpretar las crisis regionales no como episodios aislados, sino como expresiones sintomáticas de un orden en declive. Esta percepción suele inducir respuestas sobredimensionadas ―intervenciones de alta intensidad o compromisos desproporcionados― que, lejos de consolidar su primacía, aceleran el desgaste de sus capacidades materiales y simbólicas. Es lo que Organsky denomina el síndrome de la sobrerreacción sistémica: una tendencia de las potencias declinantes a actuar de forma excesiva frente a amenazas percibidas, a menudo incentivadas por presiones internas o alianzas estratégicas asimétricas.

La reciente operación militar ordenada por la administración Trump puede ser interpretada como una victoria pírrica del lobby israelí y de las corrientes intervencionistas que aún persisten en el aparato gubernamental estadounidense. Esto supone, en esencia, una colusión entre el primer aparataje ideológico del trumspimo respecto a Irán, y los sectores neoconservadores que aún conviven en tensa relación con el nuevo Grand Old Party. Si bien representa una concesión simbólica a las presiones crecientes por adoptar una postura más agresiva frente a Irán, sus efectos estratégicos son, en el mejor de los casos, limitados, y refuerzan la imagen de una potencia atrapada entre compromisos contradictorios y presiones exógenas.

No se trata, en modo alguno, de una alarma novedosa. Desde al menos 2003, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu ha sostenido reiteradamente que Irán se encuentra «a pocos pasos» de adquirir capacidad nuclear. Más de dos décadas después, la insistencia en esa inminencia plantea legítimas dudas respecto de la veracidad o al menos la proporcionalidad de dichas afirmaciones. Esta estrategia de sobredramatización no solo ha buscado movilizar apoyos diplomáticos, sino que también ha servido como herramienta para justificar una agenda regional agresiva por parte del Estado israelí.

El renovado envalentonamiento de Israel ha venido acompañado de un activismo intensificado del lobby proisraelí en Estados Unidos, particularmente en torno a la necesidad de frenar ―por medios coercitivos si es necesario― el avance del programa nuclear iraní. Sin embargo, pese al cúmulo de medidas adoptadas ―incluyendo sanciones multilaterales, ciberoperaciones como el ataque con Stuxnet, y diversas iniciativas diplomáticas fallidas―, la política exterior estadounidense ha cosechado logros escasos y fragmentarios. Teherán, lejos de ceder ante la presión, ha mostrado una voluntad sostenida de desarrollar sus capacidades nucleares, articulando dicho proceso dentro de una estrategia de disuasión racional frente a un entorno regional crecientemente hostil. A fin de cuentas, lejos de desalentar el comportamiento revisionista de Irán, la presión unilateral de los Estados Unidos ha consolidado su percepción de vulnerabilidad estratégica, reforzando los incentivos internos para la nuclearización.

Podría sostenerse que el Estado de Israel y su red de apoyos en Washington no han sido los únicos factores determinantes de la política estadounidense hacia Irán, dado que existen razones estructurales para que Estados Unidos busque impedir la nuclearización de la República Islámica. En efecto, el control de la proliferación ha sido históricamente un eje central de la estrategia de seguridad nacional estadounidense. Sin embargo, incluso concediendo ese punto, debe reconocerse que las ambiciones nucleares de Irán no constituyen, en términos estrictamente estratégicos, una amenaza directa para la seguridad continental de Estados Unidos. A lo largo del siglo XX, Washington ha aprendido a coexistir ―aunque con tensiones― con potencias nucleares de mucho mayor envergadura e ideología hostil, como la Unión Soviética o la República Popular China. Incluso en el caso de Corea del Norte, cuya retórica beligerante excede ampliamente la de Irán, la disuasión mutua ha logrado evitar una conflagración abierta.

Desde esta perspectiva, resulta verosímil suponer que, en ausencia del lobby, la política exterior estadounidense hacia Irán sería sustancialmente más moderada. El enfrentamiento persistente, la retórica maximalista y, sobre todo, la posibilidad de contemplar una guerra preventiva, difícilmente serían opciones serias sin la presión sostenida ejercida por este entramado de actores que operan tanto en el Congreso como en la opinión pública, los medios y los organismos de seguridad.

No resulta sorprendente, por ende, que tanto Israel como sus aliados dentro del sistema político estadounidense aspiren a que Estados Unidos se haga cargo de las principales amenazas percibidas por la seguridad israelí. Si sus esfuerzos por moldear la política exterior estadounidense resultan exitosos, los rivales estratégicos de Israel ―como Irán, Hamas o incluso sectores del aparato estatal sirio― serán debilitados o directamente eliminados, allanando el camino para que Tel Aviv consolide su hegemonía regional y expanda unilateralmente sus márgenes de acción en los territorios palestinos, sin enfrentar presiones diplomáticas significativas.

La conclusión es más que clara. Estados Unidos está asumiendo, al momento, no sólo la responsabilidad de la ofensiva militar, sino también los costos políticos de una nueva intervención. Incluso si ese objetivo no se cumple plenamente ―es decir, aunque Washington no logre una reconfiguración integral de Medio Oriente a imagen y semejanza del statu quo deseado por Israel―, el balance seguiría siendo aceptable para Tel Aviv: la protección del escudo militar estadounidense y el mantenimiento de su superioridad cualitativa frente a cualquier adversario regional están, en última instancia, garantizados por la alianza estratégica con la superpotencia, no por su propia supervivencia.

Este no sería, sin duda, el escenario ideal para los sectores más maximalistas, pero sigue siendo preferible a una alternativa en la que Estados Unidos decidiera distanciarse de la agenda de seguridad israelí o utilizar su peso diplomático para presionar a Israel a alcanzar un acuerdo duradero con los palestinos. En ese eventual viraje, el Estado israelí no sólo perdería margen de maniobra geopolítica, sino que quedaría expuesto a mayores costos reputacionales, estratégicos y normativos ante la comunidad internacional.

En definitiva, la política exterior estadounidense atraviesa una fase crítica de dispersión estratégica, donde la superposición de frentes ―Europa del Este, Medio Oriente, Indo-Pacífico― ha puesto en jaque la posibilidad misma de sostener, como señala Posen, una grand strategy coherente. En 2023 John Mearsheimer advirtió, durante una conferencia ofrecida en el Center for Independent Studies, que el principal desafío geopolítico que enfrenta Estados Unidos no proviene ni de Moscú ni de Teherán, sino del ascenso sostenido de China. En este sentido, resulta revelador el planteo del académico chino Zhang Yunling, quien sostiene que «las restricciones externas ―siempre que no conduzcan a la confrontación directa ni busquen la destrucción de China― pueden resultar, en realidad, beneficiosas para nuestro país».

«American grand strategy is losing focus», dijo Mearshimer en 2023. Siguiendo aquel diagnóstico, la persistente implicación de Washington en conflictos periféricos ―ya sea en Ucrania o en Medio Oriente― dificulta el necesario pivote hacia Asia y erosiona la capacidad estadounidense de ejercer un liderazgo global racional y focalizado.

La intervención actual en el conflicto entre Israel e Irán se inscribe en esta deriva. Aunque Israel haya empujado a Estados Unidos hacia una escalada, lo cierto es que Washington también comparte un interés estructural en mantener a Irán debilitado. Pero de ahí no se sigue que una estrategia de cambio de régimen sea funcional a los intereses estadounidenses. En efecto, si el régimen iraní concibe ―como probablemente lo haga― que su supervivencia depende del desarrollo de un arsenal nuclear, una política de presión maximalista podría precipitar exactamente lo que busca evitar: la radicalización del sistema político iraní, la regionalización del conflicto y una dinámica de disuasión asimétrica, similar a la que hoy representa Corea del Norte. En términos simples: el desarme es un suicidio y sobrevivir significa mantenerse armado hasta los dientes. 

Reflexiones finales

En 2012, pocos meses antes de su muerte, Kenneth Waltz ―el padre fundador del neorrealismo estructural― publicó un artículo provocador en Foreign Affairs titulado «Why Iran Should Get the Bomb». Allí sostenía, en abierta disonancia con el consenso predominante, que un Irán nuclear no constituiría una amenaza para la estabilidad regional, sino más bien sería un factor de equilibrio. Su argumento era tan simple como subversivo: la proliferación, lejos de ser inherentemente desestabilizadora, podía generar una relación de disuasión mutua que inhibiera conductas aventureras. En otras palabras, el verdadero peligro no residía en que Irán adquiriera capacidades nucleares, sino en que se le negara ese derecho en un entorno donde sus rivales ―como Israel― ya poseen ese tipo de armamento.

Como advertía Waltz:

«Lo más importante es que los formuladores de políticas públicas y los ciudadanos del mundo árabe, de Estados Unidos, de Europa y de Israel deben tener el consuelo de que la historia ha demostrado que ahí donde surgen las capacidades nucleares, también surge la estabilidad. Ahora más que nunca, cuando se trata de armas nucleares, más puede ser mejor».

El verdadero dilema, entonces, no radica en el potencial armamentístico de Irán, sino en la negativa occidental a aceptar un nuevo equilibrio regional. Cuando Israel adquirió la bomba en la década de los sesenta, se encontraba en guerra con muchos de sus vecinos. Sus armas nucleares eran una amenaza mucho mayor para el mundo árabe que la que representa el programa de Irán hoy en día. En ese marco, si Washington persiste en una estrategia punitiva, sincronizada con la lógica preventiva que anima la ofensiva israelí, y avala ―aunque sea de manera implícita― una escalada progresiva sobre territorio iraní, incluso de baja intensidad en las próximas semanas, corre el riesgo de convertirse, una vez más, en el garante involuntario de los intereses de un aliado cuyo horizonte estratégico no necesariamente se alinea con los objetivos estructurales de Estados Unidos.

El resultado sería, así, una paradoja estratégica: mientras Israel avanza en la eliminación de sus amenazas inmediatas, Estados Unidos asume los costos globales de una confrontación prolongada en un teatro que no es prioritario. El alto al fuego vigente al terminar esta nota no cambia las capas geológicas que moldean la política exterior estadounidense, al menos en el corto-mediano plazo. En un escenario de transición hegemónica y multipolaridad creciente, donde cada recurso cuenta, este desvío no solo revela una pérdida de enfoque, sino una erosión profunda del juicio estratégico. La historia sugiere que las grandes potencias no suelen caer por debilidad, sino por agotamiento. Tal vez ese sea su destino: no sucumbir por lo que las supera, sino por olvidar lo que las sostiene.

 

* Estudiante avanzado de la Licenciatura en Relaciones Internacionales. Alumni del Programa virtual para el Fortalecimiento de la Función Pública en América Latina de la Fundación Botín y del Programa «Estados Unidos en el Siglo XXI» de la UCA. Coordinador del Instituto de Análisis Políticos y Electorales.

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«HOMOPLOUTIA» ENTRE LA FILOSOFÍA POLÍTICA Y EL PENSAMIENTO ECONÓMICO

Salam Al Rabadi*

Monumento «Canto al Trabajo». Grupo escultórico, obra del artista argentino Rogelio de Yrurtia (1879-1950), realizado en París en 1907. Se encuentra emplazado en la Av. Paseo Colón al 800 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

 

Los cambios políticos, económicos y tecnológicos globales plantean numerosos interrogantes sobre la problemática relación entre el mundo laboral, el desarrollo sostenible y el capital. Por ejemplo, la realidad de la economía agrícola depende de inversiones en vastas extensiones de tierra e innovaciones tecnológicas controladas por corporaciones transnacionales; es decir, se trata de un proceso de abolición gradual del sistema tradicional de producción agrícola, mediante el cual el agricultor pierde su identidad social, cultural y económica como productor y trabajador, para convertirse en un mero consumidor. Este hecho plantea la siguiente pregunta:

¿El desarrollo de la economía y la tecnología conduce al logro del desarrollo social sostenible deseado?

En principio, el concepto amplio de trabajo no se limita al empleo, sino que lo trasciende para profundizar su conexión con el concepto de trabajo sostenible, basado en políticas de ampliación de oportunidades laborales y la preservación de los derechos y el bienestar de los trabajadores. Esto con el fin de tener la capacidad de enfrentar los desafíos asociados a la dialéctica de la «brecha entre capital y trabajadores», pues aumentan las dudas sobre la posibilidad de alcanzar la igualdad y la justicia social.

En base a esto, ya no es aceptable abordar la realidad de las crisis del mercado laboral desde la perspectiva del rechazo basado únicamente en consideraciones ideológicas, sin una visión práctica. Hoy en día, es evidente que lo que más preocupa a las fuerzas del mercado es su absoluta incapacidad para ignorar la necesidad de definir una posición clara sobre un proyecto global socialmente sostenible.

En este contexto, existen movimientos laborales y sociales que inciden y trabajan para confrontar la dominación del sistema capitalista y crear un estado de relativa independencia respecto a las fuerzas del capital. Por ejemplo, las negociaciones en curso en la Organización Mundial del Comercio (OMC) para otorgar a los trabajadores de países en desarrollo mayor libertad de movimiento en los mercados de los países desarrollados pueden considerarse un paso positivo en términos de:

    • consolidar los derechos de los trabajadores y aumentar sus ingresos.
    • reequilibrar el capital y el mundo laboral.

Aunque hasta el momento no se ha cristalizado ninguna alternativa estratégica que pueda competir con el modelo político y económico capitalista, podemos afirmar que el margen de maniobra de la sociedad siempre es mucho mayor que el de la economía. La influencia económica en la formación y adaptación de la sociedad es lógica y muy eficaz, pero ciertamente no puede determinarla.

Así pues, las sociedades pueden reconstruirse según una visión política y económica sostenible que, como mínimo, sea capaz de responder a las preguntas que giran en torno a la dialéctica de: ¿por qué hay tantas ideas sobre cómo distribuir el ingreso pero no tantas sobre cómo crearlo o cómo obtenerlo?

En este contexto, incluso si decidiéramos obviar la dialéctica de cómo generar ingresos e intentar adoptar la tesis de la distribución del ingreso, no podemos ignorar la problemática de la desigualdad moderna basada en:

    • la expansión del capital privado y el aumento desproporcionado de los ingresos de los ricos. La brecha entre ellos y la clase trabajadora es muy profunda y difícil de superar.
    • la desigualdad sistémica «Homoploutia». Observamos la expansión del segmento de capitalistas adinerados y trabajadores con salarios altos (como directores ejecutivos, analistas financieros, médicos, deportistas, celebridades, personas que heredaron grandes patrimonios, etc.). Se trata de una nueva élite capitalista compuesta por los capitalistas más ricos y los trabajadores más ricos (empleados de alto nivel).

Lógicamente, es improbable que estas brechas se reduzcan fácilmente como resultado de los avances en inteligencia artificial que conllevan una reducción de la mano de obra y un aumento de la participación acumulada del capital. Si la única solución a estas brechas reside en una distribución más equitativa del capital privado mediante el aumento de los tipos impositivos o el compromiso de aumentar la tasa de empleo de la fuerza laboral, en la práctica no se observa ningún movimiento tangible en esta dirección, ni en las economías desarrolladas ni en las emergentes. Este hecho plantea interrogantes sobre:

¿Cómo es políticamente posible maximizar las oportunidades económicas y tecnológicas de una manera sostenible que sirva a los intereses de las sociedades, en particular de los grupos marginados más desfavorecidos y empobrecidos?

Los desafíos básicos están en cómo filtrar a los ricos y enfrentar las brechas que caracterizan a las economías. Aquí es necesario reconocer que la pobreza no se erradicará sin reflexión política. La naturaleza del sistema económico está fuertemente influenciada por estrategias políticas capaces de cambiar radicalmente la estructura de los mercados. Esto puede ayudar a reducir estas brechas y lograr la igualdad, sin mencionar permitir que todas las clases se beneficien de un crecimiento económico sostenible.

A la luz de lo anterior, resulta claro que es extremadamente peligroso para los economistas y tecnócratas tratar las cuestiones de desarrollo sustentable como si no tuvieran relación con las ideas políticas ni con la filosofía de la gobernanza, y como si fueran meros ejercicios de economía aplicada y econometría. Es hora de cambiar esta lógica y avanzar hacia la integración y vinculación de la filosofía política con el pensamiento económico y financiero,  para que los países puedan ser más productivos en términos de la calidad de sus sociedades, que sean más sostenibles y justas, en lugar de centrarse en desarrollar cosas, números y datos.

En definitiva, y basándonos en el principio de la interacción crítica con el liberalismo económico y el desarrollo tecnológico, debemos plantear el dilema político fundamental, basada en la siguiente pregunta:

¿Cómo podemos combatir la existencia real y regresiva de la pobreza y la desigualdad en lugar de escondernos detrás de datos financieros secos y estadísticas que apuntan a los supuestos beneficios del crecimiento económico y el desarrollo tecnológico?

 

* Doctor en Filosofía en Ciencia Política y en Relaciones Internacionales. Actualmente preparando una segunda tesis doctoral: The Future of Europe and the Challenges of Demography and Migration, Universidad de Santiago de Compostela, España.

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HACIA EL ORDEN POST-LIBERAL

Roberto Mansilla Blanco*

Cada vez se hace más perceptible que un nuevo orden mundial está cobrando forma. No sabemos con exactitud cuál será su carácter sistémico pero muy probablemente se podrá interpretar que sus equilibrios de poder y sus conflictos condicionarán la realidad internacional a corto y mediano plazo.

Lo que sí se observa con mayor nitidez es que, sin menoscabar la incertidumbre en torno a qué nuevo sistema está alumbrando, la estructura de balanzas y equilibrios de poder vía consensos heredera del legado liberal plasmada después de 1945 está llegando a su fin.

Este sistema procreó organizaciones globales, normativas y reglas que, a pesar de las tensiones de la «guerra fría» y las incógnitas de la «posguerra fría», logró mantener un equilibrio de poderes vía consensos institucionales. Desplazada por la realpolitik y la visión personalista que imprimen los principales líderes mundiales, la naturaleza de la actual realidad del poder a menudo gira hacia la verticalidad, la deriva autoritaria, el desprecio por los consensos institucionales, su cooptación y neutralización, la noción de «libertad sin democracia» y el predominio de los intereses de elites «oligocráticas» cada vez más globalizadas.

La pretensión de la administración de Donald Trump por desmantelar el sistema económico internacional imperante desde hace ocho décadas implica repensar en qué quedó ese legado del liberalismo clásico que, compatibilizado con la socialdemocracia, ha estado vigente desde entonces. Sin ánimo de realizar analogías históricas que suelen interpretarse como recurso de atracción mediática, el momento que vive actualmente la democracia «social-liberal» es ligeramente similar al que experimentó el comunismo y buena parte de la izquierda mundial en su particular “travesía por el desierto” tras la desaparición de la URSS y del bloque socialista en Europa del Este entre 1989 y 1991.

En ese momento se exhortaba la tesis del «fin de la historia» proclamada por el politólogo estadounidense Francis Fukuyama y que exclamaba el triunfo definitivo del liberalismo sobre los totalitarismos. Hoy la realidad es, a grandes rasgos, distinta. Los liberales de hoy se ven aturdidos ante el afán proteccionista y «patriotero» de un empresario ícono del capitalismo global como Trump, quien en dos ocasiones ha logrado convertirse en presidente de EEUU, precisamente el centro de ese «imperio liberal».

El vuelco es significativo. El personalismo y la tendencia «trumpista» parece dar curso a una democracia de carácter delegativo que gana terreno por encima del sistema de reglas y de instituciones internacionales hasta ahora vigente. No es un modelo nuevo: ya lo instauró Hugo Chávez en Venezuela en 1999, aunque obviamente con otras perspectivas ideológicas muy diferentes a las que pregona Trump. No obstante, lo que estamos observando en este sistema internacional de 2025 aprecia otras expectativas: opciones de carácter más efectistas y cortoplacistas, que no requieran de las complicadas negociaciones propias del sistema de contrapesos de poder.

Esto no significa necesariamente que los liberales observen hoy una especie de «caída de Roma», el final de su predominio ideológico y de su imaginario colectivo. El fenómeno sigue encarnado (Javier Milei en Argentina) pero reconstruido en torno a una plataforma neoconservadora, reaccionaria y fuertemente nacionalista y proteccionista que gana terreno en EEUU, Europa y América Latina. Sea vía preservación de la seguridad (Nayib Bukele en El Salvador) o para contrarrestar la «agenda progresista e izquierdista», se está conformando lo que podríamos denominar mediáticamente como una «Internacional trumpiana», una plataforma que cobra cuerpo bajo un «cadáver» liberal cuyo «ethos» es invocado a conveniencia, aunque muchas veces con escasa convicción, sea para preservar una realpolitik que beneficia a unas determinadas elites.

Conviene igualmente reflexionar sobre la naturaleza de ese liberalismo que pregonan algunos de sus propulsores: ¿es realmente tan liberal un Milei que ha llegado a impulsar el gasto en seguridad del Estado, probablemente persuadido por mantener el apoyo de un estamento militar fuertemente asentado en diversos círculos de poder? Las opciones electorales derechistas de Kast y Káiser en Chile y la reciente victoria electoral de Noboa en Ecuador ¿implica catalogarlos de liberales clásicos o serán más bien la continuidad de este fenómeno trumpista?

La crisis del liberalismo en los tiempos «post-normales»

En el mundo de la prospectiva estratégica es común utilizar la teoría de los «tiempos post-normales» como mecanismo para explicar la realidad que actualmente domina la geopolítica. Acuñado por el investigador Ziauddin Sardar, director del Centro para Política Post-Normal y Estudios del Futuro, esta teoría ofrece un marco de reflexión a través de una serie de características que definen los nuevos tiempos que corren: imprevisibilidad, necesidad de entender mejor la complejidad y la teoría del caos, escenarios no lineales alejados del equilibrio, dificultad para la anticipación y prevalencia de contradicciones.

Se exponen así cuatro claves para entender en qué se basan los «tiempos post-normales»:

    1. Hechos inciertos;
    2. Valores en disputa y en crisis. Lo nuevo no acaba de surgir («ya no más»; «lo viejo se agota pero no termina de irse»; «no sabemos qué viene»; «lo nuevo no termina por venir»);
    3. Apuestas altas;
    4. Decisiones urgentes. El tiempo apremia, lo que establece un clima de presión sobre los analistas. Cambios muy rápidos y de alcance global; efectos multimodales y no lineales; réplicas simultáneas.

Mirando con lupa estas claves, la realidad actual aborda varias interrogantes sobre la crisis del «socio-liberalismo»: ¿estamos asistiendo al final del liberalismo clásico como ideología y modelo imperante?; ¿tiene cabida la socialdemocracia?; ¿por qué avanza en el mundo este modelo populista trumpiano?; ¿tiene pretensiones sistémicas o más bien corresponde a una simple política reaccionaria ante los inevitables (e imprevisibles) cambios que la hegemonía occidental está observando ante el ascenso de competidores como China?; la democracia liberal, los contrapesos de poder, ¿están cediendo definitivamente ante una nueva ola autoritaria y «oligocrática» que busca imponer su agenda? En tiempos «post-normales», ¿estamos observando la asunción de una era «post-liberal»?

Más allá del creciente éxito de liderazgos de talante autoritario que crecen precisamente en el seno de sistemas democráticos liberales cobra especial significado el papel de la nueva «oligocracia» tecnócrata global, cuyos máximos exponentes en la actualidad son Elon Musk, Bill Gates, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg. Todos ellos también se han visto beneficiados por la expansión del capitalismo liberal a nivel global a tal punto de conforman un oligopolio donde el conocimiento científico vía nuevas tecnologías (informática, redes sociales, Inteligencia Artificial, robótica) adquiere un valor primordial. Más allá de los cortocircuitos que puedan existir entre ellos mismos así como con la administración Trump, queda claro que su protagonismo anuncia una nueva era de poder «oligocrática» que desafía claramente los cimientos de la democracia «social-liberal».

La reveladora investigación del sociólogo Peter Phillips (2019) sobre las elites que dominan el mundo adopta un concepto clave: la «Clase Capitalista Transnacional» (CCT) que, como si se tratase de un émulo de la «clase trabajadora», actúa «con conciencia de clase» en la que están integrados «ejecutivos corporativos, burócratas, líderes políticos, profesionales y élites consumistas globalizadoras» bajo la creencia compartida de que «el crecimiento continuado a través del consumismo impulsado por los beneficios acabará solucionando por sí mismo la pobreza mundial, las desigualdades y el derrumbe medioambiental».

De acuerdo con Phillips y otros investigadores como David Rothkopff, esta CCT «representa los intereses del 1% del top de la elite más rica a nivel mundial». Sus características son igualmente notorias: «un 94% son hombres, de raza blanca, predominantemente estadounidenses y europeos» cuya capacidad de influencia les permite manejar las agendas de organismos de poder como el G7, el G20, la OTAN, la OMC, el FMI y el Club Bildenberg, entre otros.

Vista esta concentración de poder claramente occidental y «atlantista», y ante la nueva realidad de cambio de poder que se anuncia, ¿aceptarían estas elites el ascenso inevitable de nuevos ricos y hombres de poder no occidentales, principalmente asiáticos como China, India e incluso Rusia?; ¿cómo lograrán equilibrar los contrapesos de poder en este reparto geopolítico y geoeconómico cada vez más «post-liberal»?; sus ideas ¿pueden convertirse en referencias en otras latitudes? Aquí partimos de un dato a tomar en cuenta. El modelo del ministerio de la Eficiencia Gubernamental de Musk ya gana adeptos en el exterior: en Portugal, que irá próximamente a elecciones generales, este modelo es defendido por la candidatura de Chega!, tildado de ser el «VOX luso» y, por tanto, un entusiasta simpatizante de esa «internacional trumpista». 

China, la «nueva URSS» del «trumpismo»

Todas estas interrogantes abordan un debate estructural sobre el futuro de una democracia liberal aprisionada por los embates de la geopolítica y de la realpolitik. Huyendo de los simplismos y de la necesidad existente en diversos círculos de poder por aprovisionarse de un «enemigo conveniente», resulta perceptible que, para las elites occidentales que están concentrando el poder, ese papel de «enemigo conveniente» lo ocupa China.

Así, China se erige como el rival emergente que contrarresta esa hegemonía de la «oligocracia» occidental que, sin necesariamente diluirse en las expectativas de un declive histórico, sí que observa una fuerte contestación de otro polo de poder, en este caso asiático, con importantes alianzas estratégicas a nivel mundial.

La obsesión china persigue a Trump y a la elite «oligocrática». En las primarias republicanas de 2016, Trump ganó en 89 de 100 condados precisamente afectados por la competitividad económica china. Este cambio de ciclo hegemónico y de la hasta ahora supremacía tecnológica occidental se ha visto superada por la desindustrialización en EEUU y en Europa como consecuencia de la vertiginosa industrialización de China y de su capacidad competitiva en materia tecnológica y laboral.

Como indica un estudio de los economistas David Autor y Gordon Hanson, la competitividad de las exportaciones chinas fueron responsables entre 1999 y 2014 de la pérdida de 2,4 millones de puestos de trabajo industriales en EEUU. Por tanto, la actual «guerra comercial de aranceles» lanzada por Trump supone un imperativo de carácter disuasivo con la finalidad de asestar un agresivo viraje geoeconómico estratégico, aunque sus consecuencias son bastante imprevisibles y puede que terminen siendo contraproducentes para los intereses de Trump y sus elites.

En este envite, tal y como hemos visto recientemente, China ya ha dado muestras de tener capacidad suficiente de respuesta para contrarrestar los aranceles de Trump precisamente aplicando mayores medidas proteccionistas mientras avanza en negociaciones con otros actores (Europa, África, América Latina) con la finalidad de mantener la cooperación económica y la interconexión del comercio global. China esperaba crecer un 5% este 2025 pero con la guerra arancelaria de Trump, estas expectativas se reducen a un 3,5%, un índice aún óptimo pero que no esconde las dificultades que estas medidas proteccionistas desde Washington afectan no sólo a la economía china sino también a la economía global.

Afianzado en su naturaleza de economía netamente exportadora, con importantes recursos laborales, alianzas geoeconómicas (BRICS, OCS, África, América Latina, sureste asiático, Europa) y la certificación de su capacidad tecnológica para afrontar los nuevos retos (Inteligencia artificial DeepSeek), Beijing, donde no olvidemos el poder está en manos del Partido Comunista en calidad de Partido-Estado, parece apostar más por la globalización que precisamente Washington. El efecto contraproducente de las tarifas arancelarias de Trump muy probablemente acelerará la cooperación económica entre China y el sureste asiático, reforzando así las expectativas de Beijing de conservar sus esferas de influencia regionales.

El impacto tecnológico de China ya comienza a generar irritación en las elites occidentales. En las últimas semanas, las empresas chinas han lanzado más de una decena de nuevos modelos o actualizaciones de Inteligencia Artificial. Baidu presentó Ernie X1, un sistema de conversación ideado para competir con ChatGPT. Este nuevo modelo desarrolla las respuestas más personalizadas e incorpora tratamiento de imágenes, una innovación clave para incorporarla a su buscador, el más importante de China y competidor global de Google.

El gigante tecnológico Tencent también ha anunciado que está desarrollando varios modelos de Inteligencia Artificial para incorporar a diferentes negocios como videojuegos. Alibaba tiene su modelo Tongyi Qianwen, una IA generativa que también procesa imágenes o vídeos. La empresa ha incorporado este sistema para mejorar el proceso de compra en sus plataformas, ofreciendo recomendaciones personalizadas para cada usuario. Por ejemplo, el sistema permite mantener una conversación con la IA para afinar la búsqueda que permiten al comprador conocer productos nuevos. 

«Tambores de guerra» y el declive liberal

Las «expectativas de conflicto» y la recuperación de la noción del «enemigo conveniente» propia de los tiempos de la «guerra fría» contra la URSS y el bloque socialista son otros factores que anuncian el advenimiento de estos tiempos «post-liberales», donde los derechos sociales que tanto esfuerzo han costado en las últimas décadas corren un riesgo importante de verse degradados y suplantados en aras de la «seguridad nacional» o «colectiva».

Si observamos los titulares, declaraciones e imágenes diarias en diversos medios de comunicación en Europa parecieran persuadir de que es inevitable una especie de apocalipsis bélico, en este caso colocando de nuevo a Rusia como enemigo. A tal magnitud ha llegado este nivel de inquietud que Bruselas ha anunciado un «kit de supervivencia» de 72 horas que le permita a la ciudadanía sobrevivir ante un «desastre natural, una guerra nuclear o una pandemia».

En el Kremlin observan expectantes las secuelas del «terremoto» geoestratégico impulsado por Trump tanto a la hora de degradar su apoyo a Ucrania como en la guerra comercial de aranceles contra casi todo el mundo. EEUU y la UE están en el peor momento de su relación transatlántica toda vez Europa va preparando el camino para una «expectativa de guerra» contra Rusia, cuyo desenlace es tan imprevisible como las medidas (y contramedidas) que viene aplicando Trump con sus sanciones.

Mientras intenta recuperar el consenso comunitario ante la agresiva política arancelaria de Trump, la reacción europea ante este divorcio trumpiano parece más bien apostar por el rearme ante la presunta «amenaza rusa» como motor de desarrollo para el complejo militar-industrial que encarne una «nueva Unión Europea» absolutamente diferente a la instaurada a partir de 1951 con la creación de la Comunidad del Carbón y del Acero (CECA), germen institucional que ha propiciado la creación de la actual UE. En Europa ya se habla abiertamente de retomar el servicio militar obligatorio.

Observando a Rusia como su «eterno rival-enemigo conveniente», en la UE comienzan a tantear a China como un socio económico alternativo ante la guerra comercial arancelaria de Trump. Si bien este viraje europeo hacia China es igualmente impredecible, su expresión trastoca la naturaleza de la tradicional relación transatlántica con EEUU vigente desde 1941 en plena II Guerra Mundial.

Más allá de las circunstancias propiciadas por la arbitraria guerra arancelaria de Trump, Europa se ve atrapada en el pulso hegemónico de poder entre EEUU, China y Rusia, buscando recuperar margen de maniobra ante los vertiginosos cambios que se anuncian en el equilibrio geopolítico global. No obstante, acercarse a China a consecuencia de la guerra arancelaria de Trump mientras acelera el rearma contra Rusia, socio estratégico de Beijing, puede anunciar contextos aún más complejos y dilemáticos para Europa. Y aquí, el lobby “atlantista” siempre activo en la UE y la OTAN intenta cobrar protagonismo con la intención de abortar cualquier acercamiento europeo hacia un eje euroasiático sino-ruso que derrumbe los imperativos «atlantistas» vigentes desde la II Guerra Mundial.

El clima de «neo-guerra fría» entre la UE y Rusia es cada vez más latente: la vicepresidenta y Alta Representante europea para Asuntos Exteriores, la ex primera ministra estonia Kaja Kallas, advirtió a varios países de no asistir a la invitación de Putin a participar en Moscú el próximo 9 de mayo en la celebración del 80º aniversario del Día de la Victoria contra el fascismo en lo que en Rusia se conmemora como la Gran Guerra Patriótica.

Pero las fisuras en el seno de la UE también son notorias en este aspecto. El presidente eslovaco Robert Fico ya anunció que asistirá a esta invitación. Un candidato a la admisión en la UE como Serbia, el presidente Aleksandr Vučic, también confirmó su asistencia. Al desfile en Moscú también asistirán los mandatarios de China, Cuba, Brasil y Venezuela.

Por mucho que Trump intente alterarlos, los nudos transatlánticos son difíciles de desenredar. EEUU es un mercado clave para la UE, con una relación comercial que alcanza intercambios diarios de bienes y servicios por más de 4.200 millones de euros. Europa también se enfrenta a una situación delicada en términos políticos y estratégicos: tras romper su dependencia del gas ruso por la invasión de Ucrania, la UE depende ahora en gran medida del gas natural licuado estadounidense, lo que limita su capacidad para aplicar represalias en ese sector.

Los aranceles de Trump para Europa tienen más variables, como la posibilidad de que los mismos redirijan las exportaciones de China hacia el mercado europeo, inundándolo con productos baratos y generando nuevas presiones económicas. Esto podría obligar a Bruselas a tomar medidas proteccionistas adicionales, elevando aún más las tensiones comerciales internacionales. En perspectiva, proteccionismo sobre el libre comercio.

Como elemento irónico, las sanciones occidentales impuestas a Rusia desde 2022 con la invasión de Ucrania le permiten a Moscú, por el momento, ser uno de los pocos países inmune a la ofensiva arancelaria de Trump. Mientras la inquietud y la incertidumbre domina la relación transatlántica, el equipo negociador de EEUU y Rusia sigue reuniéndose en Arabia Saudita y Turquía con la finalidad de normalizar la relación diplomática y avanzar en la resolución ad hoc de conflictos como el de Ucrania.

Por cierto, en lo que en Moscú califican como la «nueva realidad» determinada por el regreso de Trump, poco se habla del eventual alto al fuego en Ucrania. Putin anunció que no negociará si no se toman en cuenta las demandas rusas, cuyos intereses en Ucrania permanecen intactos mientras la población asume como improbable el final del conflicto a corto plazo.

Por otro lado, desde 2023 crecen las denuncias sobre el autoritarismo del presidente ucraniano Volodymir Zelensky quien, con la excusa de la guerra, ya suspendió en mayo de 2024 las elecciones presidenciales en su país. En este contexto, poco atendido por los mass media internacionales entre los que destacan la matriz de opinión de la «oligocracia», y más allá de los compromisos militares y geopolíticos con Kiev, el irrestricto apoyo europeo y de la OTAN a Zelensky también pone en entredicho la calidad democrática de los líderes de la UE.

Pero no es sólo Ucrania, si cabe, el único centro de atención geopolítico y militar. El conflicto en Yemen llama también la atención por su ubicación geoestratégica en el Mar Rojo, lo cual confirma la deriva belicista que se está observando en Occidente. Por allí transita el 12% del comercio marítimo mundial y el 30% del petróleo crudo.

Yemen vuelve a escenificar un conflicto regional con repercusiones globales. Los hutíes, un grupo insurgente, son respaldados por Irán y luchan contra un gobierno central apoyado por Arabia Saudita. En solidaridad con los palestinos de Gaza, los hutíes han lanzado ataques de misiles contra Israel. En represalia, Trump ha prometido «exterminar a los hutíes» como un émulo de la limpieza étnica que Netanyahu, su aliado irrestricto, realiza contra los palestinos en Gaza y Cisjordania.

Así mismo, Trump ha amenazado a Irán con represalias militares si la milicia hutí Ansar Allah no deja de atacar territorio israelí y a los buques que surcan el Mar Rojo y el estrecho de Bab el Mandeb, próximo a los estratégicos Cuerno de África y el Golfo de Adén. Como respuesta inmediata, el jefe de los pasdarán, Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, Hosein Salami, ha advertido que si EEUU se atreve a dar ese paso la respuesta será «dura, decisiva y devastadora». Si bien Washington ha asestado golpes tácticos contra Ansar Allah, ha evitado realizarlos directamente contra Irán, a pesar de la insistencia de su aliado israelí, el primer ministro Benjamin Netanyahu.

En este contexto dominado por la realpolitik, el pragmatismo táctico parece imponer también su ritmo: bajo el argumento de la amenazada del programa nuclear iraní y la tensión regional, emisarios estadounidenses e iraníes negocian directamente en Omán muy probablemente sin dejar de mirar a Yemen como un foco de convulsión geoeconómica. Los negociadores iraníes también se han dirigido a Moscú para coordinar acciones conjuntas (Rusia e Irán firmaron en diciembre pasado un acuerdo de cooperación estratégica por 20 años) antes de afrontar la nueva ronda de negociaciones con EEUU a celebrarse en Roma este 19 de abril. Dejando Oriente Medio, y para mantener en pie sus intereses en esferas de influencia como Asia Central, Rusia acelera los preparativos para reconocer la legitimidad del régimen Talibán en Afganistán.

Más allá de estas tensiones geopolíticas y el nuevo reacomodo mundial, el desprecio por la legalidad internacional incentiva la impunidad, otra variable que degrada esa herencia «social-liberal» hoy cuestionada por líderes políticos cada vez más autoritarios.

Tras recibir en Budapest a Netanyahu, el presidente húngaro Viktor Orbán ha anunciado el retiro de Hungría de la Corte Penal Internacional (CPI). Netanyahu tiene una orden de arresto internacional por crímenes de guerra en Gaza. La Hungría de Orbán, como otros países europeos, ha sido prolífica en denuncias de violaciones de derechos humanos contra refugiados sirios y de otros países durante la crisis migratoria de 2015.

Fuera de estas fronteras, el gobierno nacionalista hindú de Narendra Modi en India también ha iniciado políticas coactivas hacia las minorías religiosas, especialmente musulmanas, otro aspecto que socava los principios liberales de respeto a la diversidad religiosa y comunitaria.

Trump, Orbán, Xi, Netanyahu, Putin, Musk, Modi. Nombres propios que parecen anunciar la pretensión por enterrar el orden «social-liberal» que hasta ahora ha definido la realidad internacional. El mundo entra en una nueva era donde los populismos «iliberales» buscan reorganizar el mundo y los equilibrios de poder en este nuevo siglo.

Volviendo a las analogías históricas tan controvertidas, el historiador inglés Timothy Snyder comparó los tiempos actuales «con la Europa de la década de 1930», una época condicionada por la depresión económica de 1929 y el auge de los totalitarismos que presagió la II Guerra Mundial. Mucho ha cambiado el mundo desde entonces pero el orden «post-liberal» aún en ciernes anuncia una colisión y repartición de poder entre la troika de grandes potencias (EEUU, China, Rusia) y elites «oligocráticas» por mantener y ampliar sus esferas de influencia geopolíticas y geoeconómicas, donde el pulso por el control de los avances tecnológicos (IA, robótica) adquirirán un peso cada vez más preponderante incluso por encima de las tensiones políticas.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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