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LA POBREZA ES MÁS LETAL QUE EL CORONAVIRUS

César Augusto Lerena*

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Entiendo, técnica y científicamente, que es posible retornar al trabajo si se toman determinadas precauciones para evitar el contagio con CORONAVIRUS COVID-19 y los argentinos somos responsables de cuidarnos. Es URGENTE resolver el problema de LA POBREZA que es más letal e indigno.

El Papa Francisco en el apartado 49 de la Encíclica Laudato Si’ “El Cuidado de la Casa Común” nos dice:

Quisiera advertir que no suele haber conciencia clara de los problemas que afectan particularmente a los excluidos. Ellos son la mayor parte del planeta, miles de millones de personas. Hoy están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral. De hecho, a la hora de la actuación concreta, quedan frecuentemente en el último lugar. Ello se debe en parte a que muchos profesionales, formadores de opinión, medios de comunicación y centros de poder están ubicados lejos de ellos, en áreas urbanas aisladas, sin tomar contacto directo con sus problemas…

Francisco refiere a los miles de millones de excluidos y sobre la forma que está siendo tratado el tema en los debates políticos o económicos y yo, ampliaría, en los sociales e incluso religiosos. No me referiré aquí a los excluidos o refugiados en el mundo, sino a los descartados que conviven con nosotros en la Argentina, porque a eso estoy apuntando en estas líneas: cómo nos alcanzan a nosotros las palabras del Papa y a que en lugar de ver la paja en el ojo ajeno, veamos la viga en el nuestro.

En la Argentina viven 18 millones de pobres y de estos 1,6 millones son indigentes. Pero los excluidos son muchos más: 5 millones de personas no tienen las necesidades básicas satisfechas; el 9,1% son desocupados; el 47% de la población que no alcanzó el nivel primario completo; 639.621 personas analfabetas; 499.467 jóvenes nunca concurrieron a un establecimiento de enseñanza formal; 648.845 hogares que viven cerca de basurales; 1.141.444 de los hogares están ubicados en zonas inundables; 27,8% de las personas carecen de vivienda propia, tienen viviendas precarias o viven hacinados; otros carecen de elementos de calefacción en zonas frías; 4.324.622 personas viven en viviendas con servicios de provisión de agua y desagüe insuficiente; 2,6% viven en hogares sin baño; 16,1% de los hogares no cuentan con agua de red pública para beber y cocinar; numerosos argentinos no tienen cobertura médica para atender sus enfermedades, no disponen de recursos para pagar los medicamentos y deben concurrir a servicios públicos que les otorgan turnos de atención para varios meses después; numerosos sufren de enfermedades crónicas derivadas de la falta de políticas sanitarias o medidas de saneamiento ambiental del Estado; personas discapacitadas no cuentan con los establecimientos de educación o de sanidad especializados; menores embarazadas o madres solteras no cuentan con el apoyo económico y psicológico adecuado; numerosos ancianos son recluidos en geriátricos lamentables, porque el apoyo económico del PAMI, IOMA y otras instituciones, es absolutamente insuficiente para atender adecuadamente a los adultos mayores; menores están internados en institutos a la espera de ser adoptados; otros argentinos padecen trastornos debido al consumo de psicotrópicos; esquizofrenia, trastornos esquizotípicos y delirantes; los alcohólicos; los que sufren enfermedades terminales sin ningún apoyo psicológico o padecen de enfermedades raras con serias dificultades para disponer del tratamiento específico o genéticas que no pueden evitar; los que sufren discriminación por su orientación sexual, obesidad, estéticas u otras razones; los que sufren bullying; los reclusos en cuya prisión están hacinados y sin posibilidad de recibir la instrucción y el apoyo necesario para la reinserción en la sociedad, etc. Pero, también, son excluidos los que por su disponibilidad económica o educación no pueden acceder a las expresiones culturales y artísticas, a la tecnología o los que no están motivados para la lectura, la música o el conocimiento de otros idiomas que les permita acceder al mundo con mayores probabilidades y lograr un mayor bienestar espiritual, social y económico.

Los que sufren por no poder alcanzar un “estado de completo bienestar físico, mental y social”.

Es muy interesante que estas cuestiones relativas a la exclusión social se aborden en convenciones, se efectúen acuerdos y se firmen tratados, pero no alcanza, como bien plantea la Encíclica Papal, el que sean incorporadas “casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral”. La exclusión, puede ser tratada en foros, en el campo académico o con funcionarios internacionales, pero, la exclusión la debe resolver cada gobierno, quien se supone que conoce las razones, las particularidades y la dimensión del problema; no es una cuestión de lamentarse, pasar estadísticas o hacer grandes enunciados y promesas en foros, como si el problema lo tuviesen otros —que también lo tienen— es una cuestión inherente a la responsabilidad del gobernante de alcanzar el bienestar de su pueblo.

Nos hemos cansado de escuchar en foros que para tal año aseguraríamos los derechos de las personas, reduciríamos el hambre y garantizaríamos el acceso al agua. Han pasado más de 70 años de las primeras declaraciones de buena voluntad y, en ese tiempo, han contraído enfermedades y muerto millones de personas.

En 1948, la Declaración Universal de Derechos Humanos afirmaba en su artículo 25º que “toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación…”. En 1966, en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales en su artículo 11º se afirmó: “el derecho de toda persona a estar protegida contra el hambre. Este derecho a la alimentación tiene incluso el carácter derecho fundamental. Es el primer derecho económico de la persona humana”.

En 1973 la FAO inscribió por vez primera el concepto de seguridad alimentaria en el orden jurídico internacional y en 1993, la Conferencia Mundial de Derechos Humanos, realizada en Viena, promovió “la necesidad de garantizar a todos el disfrute de un auténtico derecho a la alimentación”.

El Preámbulo del Código de Ética CAC/RCP-1979 indica que en el Comercio Internacional de Alimentos “La alimentación debe ser suficiente, inocua y sana”, siendo ello decisivo, para lograr un nivel de vida adecuado del hombre, la mujer y las familias.

En 1995 en Copenhague se celebró la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social, donde se expresó el decidido empeño en la lucha contra el hambre y la erradicación de la pobreza.

En la Cumbre Mundial sobre la Alimentación realizada en 1996 en Roma, el presidente de la República Italiana Oscar Luigi Scalfaro, entre otras cosas manifestó:

Se trata de una Asamblea política que quiere afrontar un problema humano gravísimo, en el que la justicia está sometida a una dura prueba: el problema de los que tienen suficientes medios de vida, quienes no los tienen, de quienes pueden derrochar y derrochan y quienes mueren de hambre y desnutrición. Hoy, pues, en la primera Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno dedicada al tema de la seguridad alimentaria, debe quedar claro para todos, que el objeto de nuestras reflexiones y de nuestro compromiso, es el reconocimiento de un derecho natural de la persona humana, del cual se deriva el deber común de tutelarlo, de hacerlo realidad, para que no quede reducido a una proclamación inútil y vacía. No se puede admitir que siga habiendo hoy más de 800 millones de personas que no están en condiciones de satisfacer sus necesidades nutritivas elementales. Esto es inaceptable para nosotros, Jefes de Estado y de Gobierno, responsables de la vida de la comunidad internacional, pero es aún más inaceptable en el plano de la responsabilidad moral, de la cual nadie puede sustraerse. El llamamiento que surge de la desesperación de una parte muy grande de la humanidad va dirigido no sólo a los gobiernos, sino también a todos los miembros de la sociedad civil, comenzando por quienes disponen de las mayores posibilidades económicas y financieras, en muchos casos excesivas.

El Secretario General de las Naciones Unidas Boutros-Ghali en la misma Cumbre expresó:

El problema del hambre no es sólo una cuestión económica, social o política, sino también una cuestión ética y moral. Porque el hambre es un atentado directo no sólo contra la integridad física de la persona humana, sino también contra su dignidad misma. El hambre es un insulto a los valores fundamentales de la comunidad internacional. Y somos perfectamente conscientes de que una sociedad se condenaría al oprobio y el descrédito si, a finales del siglo XX, siguiera manteniendo lo que Su Santidad ha llamado tan acertadamente ‘las estructuras del hambre’. Sabemos que quedan por realizar muchos esfuerzos. Porque perdura el escándalo del hambre. ¡Todavía hoy, una de cada cuatro personas padece hambre! ¡Ochocientos millones de personas sufren desnutrición crónica! En este mismo instante, 200 millones de niños menores de cinco años padecen malnutrición y carencias alimentarias. ¡Esto es inadmisible! Es totalmente inaceptable ver cómo ciertas partes del mundo rebosan de alimentos, mientras que otras carecen de productos alimenticios de primera necesidad. Pues el problema del hambre no es sólo un problema de producción. Es también un problema de distribución. Esto supone un rudo golpe para nuestro concepto de la igualdad y la justicia social. Al señalar a la atención de todas las amenazas que plantean el hambre y la malnutrición para países y regiones enteras de nuestro planeta, la Cumbre Mundial coloca claramente el problema del hambre entre las principales prioridades presentes y futuras de la comunidad internacional.

El Papa Juan Pablo II, dirigió una nota al Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, con motivo de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación realizada entre el 13 y 17 de noviembre de 1996 en Roma (Italia), recordándole que el lema de la Organización era Fiat panis, y que este lema evoca la oración más querida a todos los cristianos, la que les ha enseñado Jesús mismo: “Danos hoy nuestro pan de cada día. Así pues, trabajemos juntos sin descanso para que todos, en cualquier lugar, puedan poner sobre su mesa el pan para compartir”.

En la Asamblea General de las Naciones Unidas (A/RES/55/2, 13.09.2000, 8a. sesión plenaria, 8 de septiembre de 2000) se aprobó por Res. 55/2 la “Declaración del Milenio” que en sus puntos más salientes indicaba:

Que nosotros, Jefes de Estado y de Gobierno, nos hemos reunido en la Sede de las Naciones Unidas en Nueva York del 6 al 8 de septiembre de 2000, en los albores de un nuevo milenio, para reafirmar nuestra fe en la Organización y su Carta, como cimientos indispensables de un mundo más pacífico, más próspero y más justo… Reconocemos que, además de las responsabilidades que todos tenemos respecto de nuestras sociedades, nos incumbe la responsabilidad colectiva de respetar y defender los principios de la dignidad humana, la igualdad y la equidad en el plano mundial. En nuestra calidad de dirigentes, tenemos, pues, un deber que cumplir respecto de todos los habitantes del planeta, en especial los más vulnerables y, en particular, los niños del mundo, a los que pertenece el futuro. Que no debe negarse a ninguna persona ni a ninguna Nación la posibilidad de beneficiarse del desarrollo. Debe garantizarse la igualdad de derechos y oportunidades de hombres y mujeres. Que los problemas mundiales deben abordarse de manera tal que los costos y las cargas se distribuyan con justicia, conforme a los principios fundamentales de la equidad y la justicia social. Los que sufren, o los que menos se benefician, merecen la ayuda de los más beneficiados. Que resolvemos, en consecuencia, crear en los planos nacional y mundial un entorno propicio al desarrollo y a la eliminación de la pobreza. Que no escatimaremos esfuerzos para liberar a nuestros semejantes, hombres, mujeres y niños, de las condiciones abyectas y deshumanizadoras de la pobreza extrema… Estamos empeñados en hacer realidad para todos ellos el derecho al desarrollo y a poner a toda la especie humana al abrigo de la necesidad. Que el logro de esos objetivos depende, entre otras cosas, de la buena gestión de los asuntos públicos en cada país… Que decidimos, asimismo: Reducir a la mitad, para el año 2015, el porcentaje de habitantes del planeta que padezcan hambre; igualmente, para esa fecha, reducir a la mitad el porcentaje de personas que carezcan de acceso a agua potable o que no puedan costearlo.

Cinco años después de la Declaración de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, en la Alianza Internacional contra el Hambre, los Jefes de Gobierno ratificaron “la voluntad política y su dedicación común y nacional a conseguir la seguridad alimentaria para todos y a realizar un esfuerzo constante para erradicar el hambre de todos los países, con el objetivo inmediato de reducir el número de personas subnutridas a la mitad de su nivel no más tarde del año 2015”; reconociendo (punto 3) “que los progresos hechos no son suficientes para alcanzar el objetivo de la Cumbre. Reconociendo que la responsabilidad de garantizar la seguridad alimentaria nacional incumbe a los gobiernos nacionales en cooperación con la sociedad civil y el sector privado…” y subrayando (punto 4) “que las estrategias de reducción de la pobreza y la seguridad alimentaria deberían, entre otras cosas, incluir medidas encaminadas a aumentar la productividad agrícola y la producción y distribución de alimentos. Acordando promover el acceso de los hombres y las mujeres en condiciones de igualdad a los alimentos, el agua, la tierra, el crédito y la tecnología, lo que ayudará también a generar ingresos y a crear oportunidades de empleo para las personas pobres y, en consecuencia, contribuirá a reducir la pobreza y el hambre”.

La propuesta en octubre de 2001 del entonces candidato a presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva del Proyecto Fome Zero expresó la voluntad de “transformar en prioridad nacional el tema del hambre y abordarlo desde la acción planificada y decisiva del Estado, impulsada por la participación social. Con la victoria en 2003 se transformó en la principal estrategia gubernamental a partir de la cual orientar las políticas económicas y sociales, y se inició la implementación del Programa Fome Zero bajo la coordinación del Ministerio Extraordinario de Seguridad Alimentaria y Lucha contra el Hambre, a partir de un gran esfuerzo jurídico de elaboración de los instrumentos de la política de seguridad alimentaria. Entre estos, la creación del Programa Tarjeta Alimentación, destinado a la compra de alimentos por parte de las familias, que permitió unificar las transferencias de renta a las familias en situación de inseguridad alimentaria y nutricional”.

Por su parte, el Papa Francisco, en su carta del 16 de octubre de 2013 dirigida al Director General de la FAO Sr. José Graziano, en ocasión de realizarse la Jornada Mundial de Alimentación calificó de “un escándalo que exista el hambre y malnutrición en el mundo” y criticó “el consumismo, el desperdicio y el despilfarro de alimento”.

En el 2015 venció el plazo impuesto en el 2000 en las Naciones Unidas por los gobiernos, entre ellos el argentino, para reducir en un 50% del hambre. El plazo se cumplió y, el drama crece, mueren y viven en la exclusión millones de personas y, aumenta el número de refugiados.

Los gobiernos argentinos han incumplido sus obligaciones y la ley: la Constitución Nacional en su artículo 41º indica que “Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano…” y en el artículo 42º establece que “los consumidores y usuarios de bienes y servicios tienen derecho en la relación de consumo a la protección de su salud, seguridad e intereses económicos; a condiciones de trato equitativo y digno”, para lo cual “Las Autoridades proveerán a la protección de esos derechos…”. En el Capítulo IV artículo 75º inc. 23, se da facultades al Congreso para “Legislar y promover medidas de acción positiva que garanticen la igualdad real de oportunidades y de trato, y el pleno goce y ejercicio de los derechos reconocidos por esta Constitución y por los tratados internacionales vigentes sobre derechos humanos…”, donde el alimento y el agua -elementos indispensables para la vida- deben estar al alcance de todos, sin discriminación, para asegurar el desarrollo del hombre y la mujer, y garantizar su salud y la de su familia.

Este Derecho Constitucional no es una dádiva. No puede ser confundido con una dádiva.

Y ello, se agrava en nuestro país, porque, insólitamente, aunque nos sobran alimentos para exportarlos, nos faltan para que los consuman las poblaciones vulnerables de nuestro país. Es doblemente indigno que un país con recursos alimenticios tenga ciudadanos desnutridos, con hambre, expuestos al mal desarrollo físico e intelectual. Una vergüenza nacional. Representa, como diría, Bernardo Kliksberg, un verdadero escándalo ético.

Pese a que hay que destacar el trabajo encomiable que realizan numerosas ONGs para paliar el hambre en la Argentina, tratando de cubrir las carencias nutricionales de las personas más vulnerables, supliendo la obligación del Estado de generar trabajo para que se cumplan aquellos versos de José Hernández: “debe trabajar el hombre para ganarse su pan”; es indigno, que hombres, mujeres, niños y ancianos deban recibir un alimento de subsistencia como una limosna y no como un derecho previsto en la Carta Magna, hasta tanto se les provee un empleo a todos los conciudadanos, conforme a las capacidades e incapacidades que el propio Estado ha provocado con sus políticas de educación, salud y desarrollo nacional.

Ya me he referido al Plan de Alimentación que lleva el gobierno nacional a través del otorgamiento de una Tarjeta Alimentaria, la que, si bien es un importante paliativo, su aplicación —a mi entender— debiera reformularse, porque se limita a ser asistencial, concentra las compras en los grandes supermercados y no provoca el desarrollo productivo e industrial de la pequeñas y medianas empresas (PYMES) para generar nuevas fuentes de empleo.

“El reto del hambre y de la malnutrición no solo tiene una dimensión económica o científica, que refiere a los aspectos cuali-cuantitativos de la cadena alimentaria, sino también y, sobre todo, una dimensión ética y antropológica”.

El Cuidado de la Casa Común es indelegable, aumenta la degradación de los pueblos el solo exponer a terceros a su exclusión social y, deja de manifiesto, la incapacidad del gobernante para iniciar un camino esforzado y sostenido, destinado a poner fin —definitivamente— a esta vergüenza.

Cuidar la Casa Común, es como refiere el Papa Francisco, “escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”. Es imposible en un ambiente inapto, con pobres comiendo de la basura y, una sociedad que transita imperturbable la miseria y la exclusión.
Cuidémonos del Coronavirus y aprestémonos a resolver definitivamente el problema de la pobreza que, con el avance de la tecnología, será creciente, si no buscamos nuevas formas de generación de empleo.

  

* Experto en Atlántico Sur y Pesca. Ex Secretario de Estado, ex Secretario de Bienestar Social (Provincia de Corrientes). Ex Profesor Universidad UNNE y FASTA. Asesor en el Senado de la Nación. Doctor en Ciencias. Consultor, Escritor, autor de 24 libros (entre ellos “Malvinas. Biografía de Entrega”) y articulista de la especialidad.

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XI JINPING: SOLIDARIDAD, COOPERACIÓN Y COMUNIDAD GLOBAL DE SALUD

Agustín Saavedra Weise*

Por su importancia glosaremos el discurso de Xi Jinping, presidente de la República Popular China (RPC), emitido el pasado 18 de mayo durante la inauguración de la Asamblea de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Sus palabras representan un hito insoslayable en la actual coyuntura.

El mandatario expresó su condolencia ante esta peste del coronavirus, que ya cuenta mundialmente con más de 300.000 muertos; este virus no sabe de fronteras ni razas. Luego explicó que —tras arduos esfuerzos— la RPC pudo revertir internamente la situación. Agregó que Beijing compartió informaciones con la OMS y otros países, siempre tratando de ayudar. 

Xi Jinping presentó propuestas concretas. En primer lugar, maximizar esfuerzos para el control y tratamiento del Covid-19 como prioridad, movilizando trabajadores médicos e insumos para tomar efectivas medidas de protección, cuarentena, detección, tratamiento y rastreo, con el fin de frenar la propagación. Se debe potenciar el intercambio de experiencias y seguir apoyando la investigación para aclarar por completo el origen y las vías de transmisión del virus. 

En segundo lugar, el mandatario considera que debe reconocerse el liderazgo de la OMS en la lucha contra la pandemia. En esta fase de esfuerzo conjunto, pidió que se aumente el apoyo político y financiero a la OMS para ganar esta guerra contra la enfermedad. 

Lo tercero consiste en proseguir colaborando con los países africanos. 46 equipos médicos de la RPC están ahora en ese continente.

En cuarto lugar, expresó que debe reforzarse la gobernanza global de la salud pública. Ante las insuficiencias expuestas por el problema del Covid-19, dicha gobernanza deberá mejorarse a nivel planetario. China es partidaria de un minucioso examen sobre la respuesta global al virus; una vez el mal esté bajo control, cabrá resumir experiencias y subsanar debilidades.

La quinta propuesta consiste en reestimular el desarrollo socioeconómico. Los países podrán retornar progresivamente a sus actividades normales, pero sin aflojar controles. Además, deberá reforzarse la coordinación en materia de políticas macroeconómicas en aras de la plena recuperación de la economía mundial.

Por último y en sexto lugar, es necesario fortalecer la cooperación internacional puesto que la humanidad tiene un futuro compartido. China se adhiere a esa visión y asume la responsabilidad no sólo de proteger vida, seguridad y salud de sus habitantes; también apoyará la causa de la salud universal. En ese contexto, China ofrecerá durante dos años una asistencia de dos mil millones de dólares para apoyar a países emergentes en el combate contra el virus y en la recuperación socio-económica; China también cooperará con la ONU para construir un centro de respuesta humanitaria que garantice el abastecimiento de insumos anti epidémicos básicos. Las vacunas chinas —una vez probada su eficacia— serán bienes públicos mundiales. La RPC propiciará además —junto con miembros del G20— la suspensión del servicio de la deuda en favor de los estados más pobres y apoyará a quienes sufren impactos financieros para que superen sus dificultades.

Concluyó Xi Jinping reiterando que la Tierra es el hogar de la humanidad y por eso debe construirse una comunidad global de salud. En la próxima se-mana comentaré todas las expresiones y propuestas del primer mandatario chino.

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Tomado de El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/181600_xi-jinping-solidaridad-cooperacion-y-comunidad-global-de-salud

ESTADOS UNIDOS: SISTEMA POLÍTICO Y PODER DISCURSIVO EN TIEMPOS DE ELECCIONES Y CRISIS

Gleydis Sanamé Chávez*

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Por años los estudios teóricos de la comunicación han confirmado, tras el constante devenir de corrientes y escuelas, la importancia de los medios de comunicación masiva en el engranaje de los sistemas políticos de los estados, e incluso, más allá de las fronteras de los mismos.

Estados Unidos de América (EE.UU) exhibe una larga, sólida y hasta elogiada historia; representa una nación de trascendentales hitos políticos: colonización, racismo, esclavitud, sangre, dinero, chantajes, ilegalidad, gloria, éxito, libertad, etc.; sin embargo, la mayoría constituye el resultado de profundos y bien meditados trabajos de convencimiento.

No debe olvidarse cómo ya desde temprana edad nacional, hacia 1828, Andrew Jackson, el séptimo presidente de dicho país, experimentó, como aspirante, la articulación por vez primera de una campaña electoral (Sánchez-Parodi, 2014: 43), donde los resultados exhibieron un aumento al doble, del número de votantes de años anteriores.

Una consecuencia de dichas acciones de Jackson fue la conformación, sin antecedentes, de partidos políticos en el país, pero también, y no debe ser obviado, la conformación embrionaria de pequeños medios de comunicación a disposición de los intereses de las diversas posiciones, lo cual tejió el fundamento de lo que sería la actual y monstruosa maquinaria de discursos en función de alianzas.

La guerra mediática entre Pulitzer y Teodore Herlz a fines del siglo XIX; las campañas de convencimiento popular para la entrada de EE.UU. en la Primera Guerra Mundial; los mensajes lanzados para justificar los ataques a Pearl Harbor en 1941; la propaganda antisoviética; la entronización del Macartismo; la justificación ante la opinión pública de hechos como la guerra en Vietnam, el golfo Pérsico, Afganistán, Iraq, Libia o Siria; y hasta las exorbitantes inversiones económicas sobre intereses partidistas, son ejemplos de lo que devino de aquel experimento político.

Tratándose de un fenómeno transversal y complejo en dicha realidad nacional, vale la pena disertar sobre el mismo; por ello, teniendo en cuenta el importante papel instrumental de los Medios de Comunicación Masiva en el alcance de objetivos políticos, el presente estudio intentará dilucidar cómo se manifiesta la relación medios de comunicación – opinión pública – poder político en los Estados Unidos.

Discurso mediático: arte de supervivencia

Michel Foucault (1992) en una intervención académica en el Collége de France, dijo que “el discurso, por más que en apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy pronto… su vinculación con el deseo y con el poder. Y esto no tiene nada de extraño: ya que el discurso —el psicoanálisis nos lo ha mostrado— no es simplemente lo que manifiesta el deseo; es también lo que es el objeto del deseo; y ya que —esto la historia no cesa de enseñárnoslo— el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse” (Foucault, 1992: 6).

A través de los siglos, los medios de comunicación han conquistado un puesto medular en la gestión y consolidación del poder en los distintos estadios sociales y para las clases en regencia. En el mismo sentido en que la Iglesia Católica de Roma, durante el Medioevo, hizo de los periódicos y anuncios un mecanismo de proliferación de fe y reafirmación de ésta en la conciencia social, o la Revolución Francesa trajo con el jacobinismo las gacetillas de inspiración revolucionaria y sentimiento de clase (burguesa), hoy hasta la publicación que se dice más neutral y objetiva es transversalizada por una cosmovisión, esparcida desde una ideología que busca afianzar un estatus.

El mecanismo más cimentado en el juego de los discursos, como legitimadores de una razón, es aludir a que el mensaje expresado es lo verdadero y el del contrario, lo falso. A propósito Foucault (1970) acota que “esta voluntad de verdad, como los otros sistemas de exclusión, se apoya en un soporte institucional… reforzada y acompañada por una densa serie de prácticas como la pedagogía, como el sistema de libros, la edición, las bibliotecas, como las sociedades de sabios de antaño, los laboratorios actuales. Pero es acompañada también… por la forma que tiene el saber de ponerse en práctica en una sociedad, en la que es valorizado, distribuido, repartido y en cierta forma atribuido” (Foucault, 1970: 10).

Con esta percepción “foucaultneana” de la parcialidad y mercantilidad del conocimiento, cabe destacar que la relación entre medios de comunicación y receptores es dialéctica, donde estos últimos no son entes pasivos sino que también tributan a la conformación de agendas.

La función primordial de dar a conocer, de los medios y del ejercicio del periodismo, se sostiene en la creciente necesidad por los destinatarios de la comprensión de los hechos que definen su existencia, de ahí la prestancia de un diseño claro para escoger los acontecimientos de interés para el público y la coincidencia de los deseos de este con los de los emisores.

Hernando Cuadrado plantea que “los hechos existen porque los publican los medios de comunicación” (Cuadrado, 2002: 262); afirmación a raíz de la cual la periodista Jessica Rivero en su Trabajo de Diploma inserta que “aunque algunos sucesos no cumplen los requisitos necesarios para ser de interés público, se convierten en noticia al ser seleccionados por los medios”. (Rivero, 2014:17)

A propósito, dicha autora agrega que los mismos “son un negocio, principalmente en sociedades de modelo económico capitalista, por lo tanto, se tienen que regir por variables del mercado. Deben priorizar algunos temas o acontecimientos por sobre otros. En esta jerarquización priman motivaciones inherentes a los partidos o gobiernos a los que responden, y no siempre cuestiones relacionadas con lo que realmente interesa a los destinatarios”. (Rivero, 2014:17)

Entonces, no escapa de ese mundo mostrado en noticias lo transversal de las percepciones del propio periodista, quien se convierte en constructor de una realidad que se pretende objetiva, cuando no es más que objetivada.

En igual sentido, Lorenzo Gomis concuerda que “en la gama de percepciones que se dan en la vida cotidiana hay que acotar la percepción periodística del entorno, pues lo que los medios escogen y montan es lo que laboriosamente forma la imagen periodística de la realidad que ellos ofrecen: su imagen del presente social”. (Gomis, 1991: 14)

Los medios de comunicación pueden llamarse articuladores de lo entendido como actualidad, desde el mismo momento donde se escoge qué noticias publicar y cómo, se incide en la caracterización de circunstancias.

Al fenómeno de conocimiento articulado entre los destinatarios se le conoce como opinión pública, definido por Elisabeth Noelle Neumann como “la opinión dominante que obliga a la conformidad de actitud y comportamiento, en la medida en que amenaza con el aislamiento al individuo disconforme o con la pérdida de apoyo popular al hombre político”. (Neumann, 1974: 44)

Mientras, para el filósofo italiano Antonio Gramsci: “La opinión pública es el contenido político de la voluntad política pública que podría ser discordante: por eso existe la lucha por el monopolio de los órganos de la opinión pública; periódicos, partidos, parlamento, de modo que una sola fuerza modele la opinión y con ello la voluntad política nacional, convirtiendo a los disidentes en un polvillo individual e inorgánico.” (Gramsci, 1976: 196)

Por ello, en todo el entramado de estudios de la comunicación se ha establecido una relación prácticamente inmutable: la del discurso mediático con la ideología y el poder político.

A todo lo anterior se suma la existencia de estrategias discursivas, las cuales se emplean para lograr en la opinión pública la influencia anhelada con los mensajes. ¿Modos de llevarlas a cabo?:

  • Los temas (macroestructuras semánticas) organizan globalmente el significado del discurso. Las proposiciones relevantes serán colocadas en una posición más alta, en la jerarquía del modelo, que las proposiciones menos importantes.
  • Los esquemas discursivos (superestructuras, esquemas textuales) organizan primariamente las categorías convencionales que definen la entera «forma» canónica de un discurso, y por tanto parecen menos relevantes para la construcción de modelos. (Titulares y conclusiones, por ejemplo)
  • El estilo. Las estructuras léxicas y sintácticas de superficie son susceptibles de variar en función del contexto.
  • Los recursos retóricos como los símiles, las metáforas, los eufemismos, etc., al igual que los esquemas globales, no influencian directamente el significado. Más bien lo hacen resaltar o lo difuminan, y con ello también la importancia de los acontecimientos en un modelo. (Van Dijk, 1997: 32)

A propósito de dicha correspondencia entre los mensajes y los intereses políticos, Louis Althusser[1], heredero de la filosofía marxista, en su obra Ideología y aparatos ideológicos del Estado (1969), establece que la ideología es esparcida por el Estado a través de lo concebido como Aparatos Ideológicos del Estado, que incluye: sistema de las distintas iglesias; sistema de escuelas públicas y privadas; familia; sistema jurídico; sistema político – formado por los diversos partidos-; sindicatos; medios de comunicación; sistema cultural (literatura, artes, deportes, etc.)

El concepto de ideología que este autor instaura se vincula con la noción gramsciana de hegemonía. La definió como “el terreno de la lucha por el control de los significados (…) el campo de la lucha por la conquista de la hegemonía en el terreno de las representaciones simbólicas.”

A todo ello se vinculan las nociones de sistema político, legitimación y consenso, así como una gran resultante: la estructura de medios como un subsistema dentro del político.

Para el reconocido historiador e investigador cubano Dr. Ernesto Domínguez López “el sistema político, el económico, el simbólico y la estructura sociodemográfica son subsistemas de la sociedad en su conjunto, del complexus cultural”; sobre el sistema político específicamente apunta que es “complejo, dinámico, adaptativo y abierto. Es el subsistema formado por las relaciones específicamente políticas, la gestión del poder, y se interpenetra con sus homólogos económico, jerárquico y simbólico[2].

Igualmente, agrega que “el sistema político está abierto a las influencias del medio en el cual existe, y está integrado por una amplísima y diversa red multidimensional de relaciones entrecruzadas e implicadas, de la cual participa una gran diversidad de agentes, con posiciones relativas diferentes dentro de un amplio ordenamiento jerárquico[3].

Vale aclarar que dentro de los agentes activos dentro del ordenamiento jerárquico están incluidos los medios de comunicación, incluso como actores definitorios en la reproducción del propio sistema político.

En relación con ello, Domínguez López puntualiza quela incorporación de sectores crecientes de las poblaciones en las procesos políticos… hicieron necesario reforzar los mecanismos de legitimación de los regímenes políticos, incluyendo la resignificación e implementación de la representación[4].

Y es precisamente en ese proceso de legitimación y representación donde juegan papel los Medios de Comunicación; a propósito, en el año 1993, en su libro Ideología y Cultura Moderna, el estudioso británico John B. Thompson definió la legitimación como  “la acción de  manejar el discurso en el sentido que logre legitimar las relaciones de dominación existentes, busca la manera en que todo parezca normal y socialmente aceptado.” (Thompson, 1993: 30)

Dentro de esa voluntad emisora  de hacer coincidir puntos de vista en los receptores se impulsa intencionadamente la creación de un consenso, cuyo punto más elevado es el estado de normalidad perceptiva, donde la retórica y los puntos de narrativización crean una representación mental de la realidad social que propicia, a través de intereses y con el paso de los años, el fortalecimiento del sistema político.

Estados Unidos: medios y sistema político

Estados Unidos de América es una nación con gran número de emisores: periódicos, revistas, canales radiales, televisión, páginas webs, blogs o usuarios de redes sociales, que constantemente crean un inmenso número de contenidos; unos, cercanos a líneas políticas gubernamentales, otros, contrarios a estos, y algunos en puntos medios, ni conservadores, ni liberales.

En el ámbito de los estudios teóricos comunicológicos existe una disciplina nombrada Economía Política de la Comunicación que se encarga de investigar sobre los nexos entre medios de comunicación y empresas o emporios económicos, los niveles de concentración de aquellos en función de beneficios de privados, así como su conversión en actores políticos no formales al ser portavoces de intereses con prioridad para determinados poderes.

Acorde con los apuntes previos a este epígrafe, Bernadette Califano, de la Revista Mexicana de Opinión Publica afirma que “más allá de su lugar como intermediarios entre los hechos y las audiencias, los medios de comunicación son actores políticos con intereses particulares que se mueven en un campo atravesado por relaciones de poder… poseen un papel activo no sólo en la formación de la opinión pública, sino también en el desarrollo del proceso político. En este sentido… es posible rastrear algunas estrategias políticas trazadas por las empresas de medios de comunicación a partir del análisis de la selección, inclusión o exclusión de los acontecimientos en sus agendas mediáticas, y de la jerarquización y el tratamiento periodístico que reciben.” (Califano, 2015: 63)

Para demostrar esta tesis y llegar a una respuesta para el problema general de este escrito se impone la necesidad de exponer de manera general algunos datos sobre la relación en cuestión.

Primeramente, podemos decir en sentido general que, dentro el país más poderoso del mundo, la élite económica cada vez se imbrica más con la élite política; los sectores privados se agencian cada año llevar adelante el control de los órganos gubernamentales (ya sea a nivel estadual o federal), eslabón que significa un paso de avanzada, pues tributa a la garantía de control o actividad sobre la jurisdicción que pudiera otorgar ventajas corporativas[5].

Y, cíclicamente, al tomar cierta influencia sobre determinadas esferas de interés, se unen al apoyo financiero a determinados medios de comunicaciones que sean capaces primero de llevar mensajes de convencimiento sobre temas actuales “de interés”, y, segundo, en tiempos de comicios, preparar la opinión publica en función de determinado candidato por el cual dichas élites económico políticas se inclinan.

Teniendo siempre en cuenta que en Estados Unidos una campaña política no es nada sin una fuerte maquinaria mediática, y por consiguiente, una sólida financiación, Ana Isabel Segovia agrega que no podemos dejar de lado otras dos importantes formas de presión sobre el poder ejecutivo y legislativo: los lobbies y las contribuciones a las campañas de candidatos y partidos políticos. Por ejemplo, los datos de los que disponemos de las elecciones presidenciales de 1996 hablan de una donación de dos billones de dólares por parte de las corporaciones. En este sentido es interesante revisar la lista de los 400 contribuyentes más importantes que anualmente realiza la revista Mother Jones (desde el año 1996)[6].

Y continúa:En ella se dan cita empresarios, industriales y financieros de todos los sectores de la vida económica estadounidense, frecuentemente repetidos año tras año, aunque intercambiando sus posiciones[7]. Dos cosas llaman la atención a primera vista: la mayoría de las donaciones personales no se hacen a un solo partido, sino a ambos (aunque existan contribuciones únicamente a demócratas o republicanos), lo que pone de manifiesto no sólo cómo se «cubren las espaldas» salga quien salga elegido, sino también que esperan más o menos los mismos favores de marcos ideológicos supuestamente distintos.”

En la realidad especifica de los Estados Unidos, los medios con gran concentración de bienes, alcance, influencia discursiva y legitimidad social, son más que simples creadores y emisores de contenido intencionado, pasan a ser actores políticos; primero, por crear representaciones sobre el poder, y, segundo,  por el simple hecho de impactar en la agenda política a través del respaldo social otorgado a sus publicaciones, las cuales pueden convertirse en suntuosas proposiciones a debate.

Por ejemplo, como afirma Ana Isabel Segovia: “Cuanto más poder detente una empresa de medios de difusión tanto más tendrá que preocuparse el jefe de gobierno que llegue a disgustarla. Sus lobbies más importantes son la American Newspapers Publishers Association y la National Association of Broadcasters. Siguiendo esta regla, los resultados obtenidos son impresionantes: los periódicos han conseguido ser eximidos de leyes que regulan el trabajo infantil, o pagar aranceles a la importación de papel e impuestos favorablemente bajos; y los radiodifusores fueron capaces de detener la difusión del cable durante más de diez años y de obtener (como veremos) la progresiva desregulación del sector.” (Segovia, 2001: 89)

Otro ejemplo de influencia de las corporaciones mediáticas como actores políticos quedó expuesto en 1969 cuando Richard Nixon recibió de Hearst Corporation y otras seis compañías un trato donde le ofrecían darle apoyo a través de sus cadenas de transmisión si era capaz de eximirlos de la ley anti- monopolio; Nixon aceptó el acuerdo y la Ley de Protección de Prensa fue aprobada ese mismo año, lo cual le valió un extraordinario apoyo en la elecciones de 1972, a pesar del escándalo Watergate[8].

Otra realidad palpable del nivel de intromisión de los consorcios mediáticos en la actividad política lo constituye el alto número de proyectos de ley (sin aprobar) para reducir los costes de publicidad en campañas electorales.

Por ejemplo, en 1998 Clinton intentó llevar la propuesta a la Federal Communications Commission, tras hacer alusión en el Discurso sobre el Estado de la Nación, sin embargo, nada fructificó, la National Association of Broadcasters (NAB) acusó de anticonstitucional dicha aspiración por no estar a tono con la Primera Enmienda de la Constitución, cuyo texto hace referencia a la libertad de prensa[9].

A propósito, un momento cumbre, relativo al financiamiento de las campañas electorales, lo tuvo Barack Obama hacia 2008. Recordemos que el entonces candidato a presidente materializó con gran éxito, por vez primera, el empleo en campaña de las redes sociales digitales; para junio de dicho año su equipo comunicó no aceptar el dinero de los fondos federales equivalentes de acuerdo con lo establecido en la Ley Bipartidista de Reforma de Campaña (Electoral); según expertos dicho paso podría haber afectado los gastos directos de sus agentes a una cuantía de 170 millones de dólares, la idea para ellos era recaudar 500 millones, e incluso fue elevado a 750 millones. (Sánchez- Parodi, 2014: 177)

Pero las ambiciones de Obama implicaban poner las estrategias de las Redes Sociales en el centro de su campaña. Ya no sería un uso más de las mismas, sino un proyecto a través de ellas; no por cualquier cosa contrató al joven Chris Hughes[10], cofundador de Facebook, acto que demuestra como las grandes corporaciones mediáticas se unen a candidatos políticos y pasan a ser patrocinadores e ideólogos de proyectos discursivos con el objetivo explícito de impulsarlos al poder, cuyo logro implica recibir de vuelta el favor.

Esta campaña de Barack Obama puso de manifiesto las ventajas que involucra el buen manejo del llamado Marketing Político y Electoral[11], el cual ha tenido varias etapas en la historia de los Estados Unidos, la primera de ellas entre 1952 y 1960, que “se caracterizó por ser la primera vez que los dos principales partidos en disputa destinan presupuesto en la comunicación política, además de hacer uso de medios como la televisión, también implementaron conceptos del marketing comercial. Por ejemplo, John F. Kennedy fue uno de los primeros en aceptar aprendizaje de ciertas técnicas de actuación para desenvolverse de una manera adecuada en televisión, lo que se convirtió en una ventaja en su famoso debate televisado por Richard Nixon. Por otra parte, en 1956 se crearon los “spots negativos” los cuales se refieren a la idea de presentar el candidato contrario de forma negativa.” (Yanquen, 2017: 21)

Por su parte, tampoco debe asombrar, para los momentos actuales, el inesperado ascenso al poder en 2016 de Donald Trump, teniendo en cuenta que ha sido un hombre de shows televisivos, con gran número de seguidores y años de experiencia, con una imagen pública cultivada, cuyo éxito de campaña no solo se le debe a los temas que llevó a debate y a los eslóganes de los cuales se apropió, sino también al personaje mediático que ya era y al trabajo que, behind curtains, le propiciaron otros conglomerados de la información.

Donald Trump, el coronavirus y la guerra discursiva

Todas las administraciones de los Estados Unidos, independientemente de los denominadores comunes, han portado su sello distintivo. Unas más diplomáticas, otras más agresivas; unas con presidentes excelsos, otras donde los excelsos eran los Secretarios de Estado (como Kissinger) o los Vicepresidentes (como Dick Cheeney); unas dentro de conflictos magnánimos (como la de Roosevelt), otras inmersas en crisis mundiales donde el fuego no fue protagonista (como la de Kennedy).

Sin embargo, aunque tiene sus hechos característicos, la presidencia de Donald Trump ha llegado para destacar, como nunca antes, el papel de los medios de comunicación en la conformación de una imagen pública, de la idea de un discurso nacional, de la existencia de uno o varios enemigos, o de la inoperancia de los organismos internacionales; en esencia, en la consolidación de una percepción de un orden mundial como contrario a los intereses administrativos, cuando en realidad es una materialización de los mismos.

Desde las primeras campañas de Trump, mucho antes de ser presidente, habían comenzado los estudios al fenómeno discursivo que protagonizaba; desde entonces hacia acá, son numerosas las cuartillas que sobre el mismo han sido escritas. No obstante, varios teóricos de la comunicación han asociado y reconocen la consolidación de dos herramientas fundamentales con el arribo de este personaje a la Oficina Oval: las fake news o noticias falsas y la posverdad.

Ambos fenómenos no surgieron en los comicios que llevarían a un nuevo gobierno a la Casa Blanca, pero sí alcanzaron, junto a las campañas para el proceso del Brexit, características notables como en ningún otro momento: la falta de credibilidad en los medios oficiales y otros tipos de instituciones, el protagonismo cada vez mayor de las redes sociales y su asunción como vías de acceso a la información, y el descrédito constante de figuras políticas y sus gestiones gubernamentales.

La posverdad constituye la estrategia por la cual el discurso político se ampara en las sensibilidades populares y los sentimientos, trata de decir lo que el electorado quiere escuchar, apela a las decepciones como alternativa única y de desmontaje del discurso tradicionalista; es antigua, pero tomó mayor auge a raíz de la creciente crisis sistémica y sus afluentes, como la no gobernanza y la no representación.

El estudioso George Lakoff (2004) en su libro “No pienses en un elefante”, a decir de la investigadora Priscilla Muñoz Sanhueza (2017: 16): “explica que la ciudadanía más allá de votar por lo que se relaciona con sus intereses, lo hace por la identidad y los valores con los que se identifica, ya que se activa un determinado modelo de comprensión de la política. Según explica, los marcos son el modo desde el cual se ve el mundo y por lo tanto para que la verdad sea aceptada debe encajar con estos marcos, sino los hechos son desechados.”

Mientras, el Diccionario de Oxford, asume que el término posverdad se refiere a “pertenecer a un tiempo en el cual el concepto especificado se ha vuelto insignificante o irrelevante”; algo así como que la verdad no es el centro de interés. (Muñoz Sanhueza, 2017: 17)

Entendiendo desde una relación teórico-práctica lo anteriormente expuesto, ¿Cómo no relacionar a la figura de Donald Trump con las falsas informaciones, el relativismo o las acusaciones y opiniones infundadas?

Desde sus inicios de campaña, y mucho antes —recordemos las acusaciones contra Barack Obama sobre su lugar de nacimiento—, este insólito Jefe de Estado (cuyo financiamiento de campaña devino en gran parte de su propio bolsillo) apeló a acusaciones sin pruebas de todo tipo: los inmigrantes como culpables de los problemas económicos internos de los Estados Unidos; el cambio climático como falso diagnóstico científico; China como el enemigo más grande que enfrenta el planeta; el Acuerdo Nuclear firmado con Irán (JCPOA, por sus siglas en inglés) como el peor convenio jamás logrado —valorado por analistas como un éxito diplomático—; el Estado Islámico como una creación de Hillary Clinton y Barack Obama; los gobiernos de Venezuela, Nicaragua, Corea del Norte y Cuba como las dictaduras más crueles; entre otros muchos.

En tiempos de pandemia —una fase de estricta prueba para su desempeño como político y para el sistema capitalista en general— el polémico Comandante en Jefe ha sido fructífero en la conformación de una imagen pública sobre la amenaza sanitaria.

Si ya no bastaba la guerra económica contra Beijing, las acusaciones por robo de tecnología, las advertencias por “amenaza” imperialista desde Pekín, etcétera, la situación en Wuhan de finales de 2019 se comportó como anillo para un dedo del magnate en aras de redireccionar la propaganda belicista contra el Gigante Asiático.

La primera y más contundente acusación fue responsabilizar a China por la enfermedad. Dicha posición se ha mantenido hasta la actualidad independientemente de que especialistas sanitarios han declarado que pudo haber surgido en cualquier otra nación, lo han asociado a un hecho de transmisión de animales a personas.

Otra “gran” perspectiva del presidente fue asociar los números de víctimas mortales por coronavirus a la insignificancia. Por ejemplo, sobre los meses de marzo y abril declaró públicamente que si en Estados Unidos la tasa de muertos rondaba las 100 mil o 200 mil significaría la muestra de un buen trabajo de su gobierno; afirmación no poco díscola y que no supera la barbárica exhortación a las inyecciones “inmunizadoras” con desinfectantes.

Igualmente, como muestra de los intereses que representa, anunció la apertura precoz de la economía en tiempos de cuarentena, advirtiendo que la población norteamericana debería prepararse para tener más muertos ante la “impostergable necesidad” de comercialización.

Además, como materialización genuina de desinformación y apego a las fake news, su Secretario de Estado, Mike Pompeo, ha arremetido contra el personal médico cubano, asociando su humilde y humana actividad con esclavitud y subyugación ante el gobierno cubano.

Uno de los sociólogos británicos más importantes, John B. Thompson, incorporó una nueva forma de análisis de la relación ideología – contexto – medios de comunicación en los estudios comunicológicos bajo el modelo de la Hermenéutica Profunda.

Dentro de los modos (estrategias) que Thompson asume para la ideología en los discursos se encuentra la simulación, la cual define como: manejos de la mentira y el fingimiento sobre la realidad de las relaciones existentes de dominación para desviar la atención de las personas y lograr así la permanencia del estatus (Sanamé, 2018: 37). Dicho fenómeno discursivo tomó cuerpo en el nuevo intento de invasión a inicios del mes de abril a la República Bolivariana de Venezuela, bajo las crudas realidades traídas por la crisis pandémica, como un hecho que intentó desvirtuar el desastre sanitario interno de Estados Unidos, ya para esa época como epicentro del coronavirus con más de 50 mil muertos. También, no como estrategia aislada, se ha percibido la técnica autopresentación positiva de nosotros y la presentación negativa de los otros, recalcada por el ineludible Teun Van Dijk, la cual consiste en favorecer los intereses propios mediante la exposición de los hechos.

Habría que sumar además los constantes ataques verbales contra el gobierno de Irán o el recrudecimiento de sanciones hacia dicho país y también hacia Venezuela, actos que demuestran como lo importante va más allá de las necesidades de los pueblos; en tiempos de crisis los intereses son intocables. 

Conclusiones

El sistema político de los Estados Unidos, desde su fundación, ha permitido en su engranaje y funcionamiento la consolidación de relaciones de intereses entre élites del poder político y los medios de comunicación. Dicho binomio no ha gozado de igual fuerza en todas las épocas de la historia de la nación. Durante el siglo XIX, los esfuerzos mediáticos se concentraban más en el apoyo a campañas de partidos que no tenían el nivel de gastos que a partir del siglo XX comenzaron a ostentar.

Pero en la cosmovisión del poder estadounidense, tener el control económico es poseer el poder político, sin embargo, el primer paso viene desde el impulso dado por el control de medios; ahí es donde radica la maquiavélica relación.

El nexo trabaja en función de reproducir un establishment, una alegoría del pasado, una metáfora del futuro, un espejismo de la realidad; la constante acción propagandística y publicista posee la misión de asegurar en los destinatarios la visión de un país triunfador; donde la administración en turno se ocupa de criticar la anterior sin materializar verdaderos cambios; donde la historia nacional no es contada con todos sus matices; donde las guerras en el exterior no son vistas como provocadas por intereses económicos, sino como lucha contra el terrorismo; donde los filmes, las series, la McDonald, Mickey Mouse, el show de Oprah o cualquier otro, son más importantes que entender lo que realmente vive la infancia en Yemen o los verdaderos actos del gobierno de Tel Aviv en Cisjordania. Donde los números de muertes por pandemias son más asociadas a las enfermedades en sí mismas que a la inoperancia de los sistemas de salud.

Tales desatinos no son hijos de la casualidad. Responden a una élite que cada año garantiza la concentración de más emisores de información que sean capaces, desde su configuración como plataformas, de generar contenidos que reporten ganancia intelectual y también económica, cuyos fines no son otros, como un incansable ciclo, que el financiamiento de movimientos políticos, campañas y partidos, capaces de continuar legitimando y alimentando el ya bicentenario sistema que les da vida.

* Investigadora del Centro de Investigaciones de Política Internacional (CIPI) de Cuba, en el Departamento de África y Medio Oriente. Licenciada en Periodismo (2018). Maestrante en Historia Contemporánea y Relaciones Internacionales en Universidad de La Habana.

 

Bibliografía

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Referencias

[1] Para profundizar consultar: Althusser, L.: Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Freud y Lacan. p.24. Disponible en: www.philosophia.cl/EscueladefilosofíaUniversidadARCIS  

[2] Para profundizar consultar: Domínguez López, Dr. Ernesto y Barrera Rodríguez, Seida: Estados Unidos en transición. Cambios resistencias y realineamientos. Pág. 8. Versión Digital.

[3] Ídem, p. 9.

[4] Ídem

[5] Consultar en: Segovia Alonso, Ana Isabel (2001): La estructura de los medios de comunicación en Estados Unidos: análisis crítico del proceso de concentración de los multimedia. Tesis de Doctorado. Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Ciencias de la Información. Pág. 73. ISBN: 84-669-2229-6

[6] Idem: Pág. 76

[7] En 1998 los 10 primeros contribuyentes fueron: Richard y Helen DeVos (Armway Corp.), Peter Buttenwieser, Bernard e Irene Schwartz (Loral Space & Communications), Carl y Edyth Lindner (Chiquita Brands International), John Childs (finanzas), Daniel Abraham (Slim-Fast, Thompson Medical), Alan Solomon y Susan Lewis (sanidad), Julian y Josephine Robertson (Tiger Management), Orin Kramer (Kramer Spellman), David y Sylvia Steiner (negocios inmobiliarios). Información procedente de www.motherjones.com.

[8] Idem.

[9] Para más información consultar la Constitución de los Estados Unidos de América.

[10] Ver en: López Paredes, Marco y Cabrera Silva, Tatiana: Campaña política a través de redes sociales. Revista ComHumanitas. Vol. 5. No. 1 Año 5 · Págs.: 69

[11] Según  Herreros (1989: 197):  El marketing político, en general, debe entenderse como el conjunto de técnicas empleadas para influir en las actitudes y en las conductas ciudadanas en favor de ideas, programas y actuaciones de organismos o personas determinadas que detentan el poder, intentan mantenerlo y consolidarlo, o aspiran a conseguirlo. El marketing electoral se refiere con exclusividad al planteamiento, realización y difusión de unos determinados mensajes con ocasión de la puesta en marcha de procesos electorales, para designar el gobierno de una determinada comunidad política; se trata, por tanto, de una variante específica del marketing político.