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LA INTELIGENCIA SANITARIA. UNA INTELIGENCIA SECTORIAL DE LA INTELIGENCIA ESTRATÉGICA.

Marcelo Javier de los Reyes*

Introducción

La actividad de inteligencia debe desarrollarse para anticipar las amenazas, para la adecuada toma de decisiones para la prevención y la resolución de conflictos que pudieran derivar en crisis.

Por su parte, la Inteligencia Estratégica requiere de información de diversas fuentes y su producto contribuirá a la Planificación Estratégica Nacional, la que tiene por propósito el largo plazo, vinculando la información de todas las áreas de inteligencia interior y de inteligencia exterior, así como las provenientes de otras áreas sectoriales de la inteligencia, con el objetivo de poner en manos del gobierno los elementos fundamentales para la toma de decisiones.

Entre esas inteligencias sectoriales que nutren a la Inteligencia Estratégica deben mencionarse la Inteligencia Estratégica Militar, la Inteligencia Criminal y la Inteligencia Competitiva. La Inteligencia Médica se halla dentro de la Inteligencia Militar pero a los efectos de optimizar la Planificación Estratégica —y como consecuencia de la pandemia de coronavirus que se ha expandido por el planeta— la Inteligencia Sanitaria debería ser considerada como parte esencial de la Inteligencia Estratégica.

La Inteligencia Médica

Jonathan D. Clemente, en su artículo Medical Intelligence nos dice que “la intersección de la medicina, la inteligencia y la seguridad nacional data de los primeros días de la Segunda Guerra Mundial”[1].

Ante la inminencia de la guerra, los oficiales médicos estadounidenses de la Subdivisión Quirúrgica de Medicina Preventiva General del Ejército (Army Surgeon General’s Preventive Medicine Subdivision) debieron abocarse a escribir sobre salud pública en los territorios ocupados para su inclusión en un manual de campo del ejército[2]. Estos oficiales también debieron realizar encuestas sanitarias en las bases militares en Terranova, América Central y del Sur y en las Antillas, pues se consideraban esenciales para la defensa del hemisferio occidental[3].

En junio de 1941 el Ejército de los Estados Unidos estableció una “Inteligencia Médica” separada de la mencionada Subdivisión[4], si bien cuando los Estados Unidos ingresaron a la guerra, en diciembre de 1941, la Inteligencia Médica aún no estaba preparada para realizar eficazmente su labor. Era importante contar con una extensa lista de las principales enfermedades que podían aquejar a los militares así como de aquellas de menor importancia que podían afectar a las tropas y, en segundo lugar, a la población civil.

Este fue el origen del National Center for Medical Intelligence (NCMI), un componente de la Defense Intelligence Agency (DIA).

La Segunda Guerra Mundial fue la primera guerra en la historia de los Estados Unidos, en la que el número de los heridos en combate superó a los de aquellos con enfermedades y lesiones contraídas fuera del campo de batalla[5].

La evolución de la guerra fue incrementando el desarrollo de la Inteligencia Médica y la captura de un equipo médico enemigo y sus drogas se constituían en una fuente de información valiosa. Así fue como la antecesora de la CIA, la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) fue recabando información sobre los planes militares del adversario, sus capacidades para desarrollar una guerra biológica así como los propios conocimientos en medicina del enemigo. En verdad, la separación de las líneas de defensa entre los adversarios no significaba un obstáculo para la propagación de las enfermedades, entre las que se pueden mencionar el tifus y las ocasionadas por el piojo[6].

Creada la CIA, ya en 1947 comenzó a producir informes de inteligencia médica focalizados en el bloque comunista y durante la guerra de Corea (1950-1953), la comunidad de inteligencia reestructuró sus actividades dedicadas a la inteligencia científica y técnica para delimitar responsabilidades y evitar duplicaciones innecesarias.

La Inteligencia Médica se ha desarrollado, entonces, en el marco de la Inteligencia Militar y no es de interés de este artículo considerar sus vaivenes históricos sino ponderarla en función de las actuales circunstancias en las que la humanidad se encuentra enfrentando la pandemia de coronavirus que ha condenado a buena parte de la población, según las modalidades implementadas por cada país, a la supresión total o parcial, por tiempo no siempre determinado, de actividades sociales, laborales, etc.

Esa unidad de Inteligencia del Ejército —que examina enormes volúmenes de información en busca de pistas sobre acontecimientos globales de salud, ubicada en la base de Fort Derrick, en Frederick, Maryland— fue la que a finales de febrero hizo sonar la alarma mientras el presidente Donald Trump exhortaba a los estadounidenses a no atemorizarse por el nuevo coronavirus. Los miembros de esa unidad, profesionales de inteligencia, ciencia y medicina, son quienes monitorean y siguen las amenazas globales de salud que pudieran poner en peligro a los estadounidenses[7].

El 25 de febrero —quince días antes que la Organización Mundial de Salud definiera al brote como una pandemia global—, cuando aún había pocos casos en Estados Unidos, la unidad de Inteligencia Médica elevó su nivel de alerta, considerando que el coronavirus podía convertirse en una pandemia en 30 días[8]. Por su parte, el presidente Trump tuiteaba desde Nueva Delhi que “El coronavirus está bajo control en Estados Unidos”.

La unidad, generalmente, envía sus apreciaciones a las autoridades de Defensa y de Salud pero se desconoce si el presidente u otros funcionarios del gobierno tomaron conocimiento de las mismas[9]. Para elaborar sus consideraciones se nutre tanto de fuentes públicas (Open Source Information Intelligence, OSINT) como de fuentes cerradas. De este modo, la Inteligencia Médica procede a procesar la información médica, biocientífica, epidemiológica, ambiental, relacionadas tanto con la salud humana como con la salud animal, con énfasis en la actividad militar.

La Inteligencia Sanitaria

Una Inteligencia Médica, confinada a una estructura militar para realizar inteligencia sobre enfermedades infecciosas o traumas derivados de la guerra parecería que hoy, ante los numerosos desafíos que afectan al mundo, resulta insuficiente; aunque en realidad ya lo era si se tiene en cuenta la amenaza de las armas biológicas y que las guerras no se libran en campos sino que son principalmente urbanas.

Sus funciones deberían ser ampliadas para convertirse en una inteligencia sectorial que suministre información a la Inteligencia Estratégica. La Inteligencia Sanitaria, como toda inteligencia, recoge información, la evalúa y procede a elaborar informes que permitan tomar decisiones con el objetivo de optimizar la salud de los pacientes y de la sociedad.

Dados los mencionados desafíos, la Inteligencia Sanitaria debe poner la mira en numerosos retos que afectan a las sociedades actuales y trabajar conformando un equipo multidisciplinario de profesionales.

Cabe aquí considerar algunos de esos retos: con motivo de la disolución de la Unión Soviética y de la expansión de la globalización sobre sus espacios, a partir de la década de 1990 se incrementaron las migraciones, lo que llevó consigo una creciente preocupación respecto de la propagación de enfermedades infecciosas, de enfermedades que hasta ese momento eran endémicas. La actual pandemia de COVID-19 ha demostrado cómo, debido a la interconexión global, una enfermedad se puede propagar con rapidez, ocasionando una saturación de los servicios de salud, provocando serias dificultades tanto para los estados afectados como para las empresas de transporte y las sociedades en general.

El cambio climático y la interconexión mundial también han provocado la migración de los agentes portadores de enfermedades. Así por ejemplo, puede mencionarse que en Nueva York, en el verano de 1999, se detectó por primera vez el virus del Nilo Occidental —que es transmitido por un mosquito—, enfermedad identificada en Uganda en 1937. Desde ese verano, la enfermedad se ha propagado a lo largo de los Estados Unidos.

En 2016, también en Nueva York, se ha documentado el primer caso de transmisión sexual de mujer a hombre del virus de Zika, lo cual aumenta las posibilidades de que la enfermedad pueda extenderse mucho más allá de los países en los que ya es endémica y donde los mosquitos son la fuente de contagio más importante[10].

En resumen, la propagación de las enfermedades infecciosas se ha facilitado por una mayor resistencia de los organismos a los medicamentos, por la degradación ambiental, por una infraestructura de salud insuficiente en áreas en desarrollo y por la mayor facilidad de los viajes internacionales.

La actual situación de la pandemia de coronavirus, como los ataques con ántrax en septiembre de 2001, también han despertado las sospechas de que estas enfermedades pueden ser producto de creaciones de laboratorios, con lo cual deben ser objeto de análisis más minuciosos de la inteligencia.

En este sentido, un ejemplo y un avance lo constituye, en el ámbito agropecuario, la definición de las bases del sistema de inteligencia sanitaria y fitosanitaria conjunta por parte de Argentina y Chile[11]. En función de ello, representantes del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) y del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) de Chile se reunieron en junio de 2019 en Mendoza, Argentina, a los efectos de definir conceptos y objetivos, así como también de identificar herramientas y trazar líneas de trabajo iniciales. El propósito es optimizar “la vigilancia fitosanitaria a través del desarrollo de tecnologías, la elaboración de reportes sobre amenazas internacionales y la generación de modelos epidemiológicos para plagas de interés”[12]. Las autoridades intervinientes del encuentro manifestaron que estas definiciones son esenciales “para contar con un sistema que permita alertar sobre las amenazas fitosanitarias, priorizarlas para su atención y brindar alternativas para su abordaje”, es decir que son fundamentales para la toma de decisiones[13].

Como los alcances de una Inteligencia Sanitaria como la que se propone son amplios, en el sentido de salvaguardar la salud pública tanto de una región como del territorio nacional, deberían incluirse cuestiones de fundamental importancia como el acceso al agua o una educación sanitaria que les permita a los ciudadanos adquirir conocimientos, aptitudes e información acerca de opciones saludables. Del mismo modo, que contemple qué elementos debe producir el país para estar preparado ante situaciones dramáticas pero previsibles. 

Algunas consideraciones finales

Quizás la Inteligencia Sanitaria podría ser considerada como excesiva pero debe verse como una inversión necesaria para evitar costos mayores. La pandemia de coronavirus ha expuesto la insuficiencia de los servicios de salud en numerosos países y la falta de producción de elementos imprescindibles para la protección no solo del personal de la salud sino también de la población en general. Eso ha llevado a compras de elementos que, en numerosos casos, no respondieron a las necesidades sanitarias, ocasionando un dispendio innecesario de recursos.

La pandemia ha demostrado que puede hacer estragos en determinados sectores de la población con mayor virulencia: las personas mayores y los pobres. Una de las recomendaciones es lavarse las manos, pero en muchas zonas las personas carecen de acceso al agua. ¿Servirá esta triste experiencia para que los tomadores de decisión asuman qué significa “inversión” en estos casos? Porque las enfermedades, los lisiados y las muertes implican un costo para el Estado. Esto bien vale para aquellos que están involucrados en el debate “economía o vida”.

Es en estos casos en que se debe aprender de las experiencias y cambiar el rumbo. Nuevamente el costo de la prevención puede resultar menor que el de intentar dar soluciones cuando ya es tarde. Precisamente, la Inteligencia trabaja en la prevención, en la anticipación de los problemas o de las crisis y para reducir la incertidumbre.

Dicho esto y a partir de esta coyuntura, entonces, se hace necesario repensar en que es necesario desarrollar una Inteligencia Sanitaria abarcativa. Sólo se precisa de un equipo reducido de personal multidisciplinario, que participe de una comunidad ampliada de Inteligencia que se vincule con numerosas oficinas gubernamentales (municipales, provinciales y nacionales), con empresas privadas como así también con asociaciones científicas.

La información recabada a partir de esa comunidad coadyuvaría en la Planificación Estratégica regional y nacional, es decir, en la adopción de una correcta política sanitaria y en la toma de decisiones —el curso de acción a seguir— ante situaciones de emergencia.

Se trata de ponderar lo que se denomina el capital humano de la Nación, recurso tan importante como los naturales.

Por todo lo expresado, la Inteligencia Sanitaria debería sumarse a las otras inteligencias sectoriales que nutren a la Inteligencia Estratégica para favorecer y aportar a la toma de decisiones políticas. 

 

* Licenciado en Historia egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (1991). Doctor en Relaciones Internacionales, School of Social and Human Studies, AIU, Estados Unidos. Director de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG). Autor del libro “Inteligencia y Relaciones Internacionales. Un vínculo antiguo y su revalorización actual para la toma de decisiones”, Buenos Aires, Editorial Almaluz, 2019.

Referencias

[1] Jonathan D. Clemente. “Medical Intelligence”. The Intelligencer Journal of U.S. Intelligence Studies, volumen 20, number 2, Fall/Winter 2013, Association of Former Intelligence Officers (AFIO), [consulta: 13/08/2015].

[2] Ídem.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] “EEUU: Unidad de inteligencia médica advirtió de coronavirus”. Infobae, 17/04/2020, <https://www.infobae.com/america/agencias/2020/04/17/eeuu-unidad-de-inteligencia-medica-advirtio-de-coronavirus/>. [consulta: 20/04/2020].

[8] Ídem.

[9] Ídem.

[10] Marc Santora. “Twist in Zika Outbreak: New York Case Shows Women Can Spread It to Men”. The New York Times, 15/07/2016,<https://www.nytimes.com/2016/07/16/nyregion/zika-virus-female-to-male-sexual-transmission.html>, [consulta: 12/06/2020].

[11] “Agropecuario. Argentina y Chile definen las bases de sistemas de inteligencia sanitaria conjunta”. Grupo de Noticias La Provincia, 25/06/2019, <https://www.grupolaprovincia.com/agropecuario/argentina-y-chile-definen-las-bases-de-sistemas-de-inteligencia-sanitaria-conjunta-315871>, [consulta: 22/06/2020].

[12] Ídem.

[13] Ídem.

 

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9 DE JULIO: UN RECORDATORIO DE UNA ASPIRACIÓN QUE NO FUE

Marcelo Javier de los Reyes*

 

Yo espero que los buenos ciudadanos de esta tierra trabajarán

para remediar sus desgracias. ¡Ay Patria mía!

Manuel Belgrano

Una impensada independencia

El proceso que desencadenó en nuestra independencia respecto del Reino de España tuvo su origen en factores externos a los que se vivían en el Virreinato del Río de la Plata. Entre ellos la Revolución Francesa que con sus ideales contagió a amplios sectores de la dirigencia de América. Sin embargo no se percibía por entonces la emergencia de un movimiento independentista.

Otros factores a mencionar fueron las confrontaciones de las potencias en Europa; en esas idas y venidas de la corona de España, en 1805 la encontró como aliada de Francia. Los británicos, por entonces enemigos, destrozaron las flotas francesa y española en Trafalgar, lo que redujo las comunicaciones de la metrópoli con sus territorios americanos, que quedaron librados a su suerte.

Las invasiones de las fuerzas británicas a Buenos Aires, en 1806 y 1807, forzaron a los habitantes de la ciudad a organizar la defensa que no podía proporcionarle la metrópoli. Los británicos debieron rendirse ante las improvisadas fuerzas criollas. Como bien expresa el historiador, nacido en Canadá en 1913, H. S. Ferns, el comandante británico Sir Home Popham incurrió en un error de apreciación:

La idea de independencia respecto de España ni se hallaba difundida ni era popular. Popham y sus admiradores en Londres se habían inclinado a creer que los criollos anhelaban ser libres, y nada los sorprendió más que el descubrimiento de que la idea —a diferencia de la práctica— de la independencia no tenía importancia para la población rioplatense. La independencia como objetivo político surgió de la reacción a las invasiones inglesas, y no las precedió. Esa reacción fijó también la pauta y la modalidad de la política argentina, pauta y modalidad que pueden discernirse aún en la Argentina moderna.[1]

Ferns afirma que el día que nació la independencia fue cuando el virrey español, el marqués de Sobremonte, huyó de la ciudad de Buenos Aires. Aunque los hombres leales a España, como el comandante francés Jacques Antoine Marie de Liniers et Bremond —Santiago de Liniers para la historia argentina— o el comerciante y alcalde Martín de Álzaga, fueron urgidos por la situación para asumir grandes responsabilidades, en adelante la actividad política pasó a manos de los criollos. Las denominadas “invasiones inglesas” dieron paso a la creación de unidades militares que recuperaron la ciudad.

Un segundo desafío se presentó cuando el emperador Napoléon Bonaparte, en junio de 1807, instaló en el trono de España a su hermano José. Esto influyó profundamente en la política de las provincias americanas pero en Buenos Aires el “hombre fuerte” era francés, el virrey interino Santiago de Liniers. A pesar de haber sido cuidadoso al momento de recibir al enviado del nuevo monarca español —en realidad enviado por el propio Napoleón—, el marqués de Sassenay, las suspicacias por su origen francés pesaron más que su heroísmo ante los británicos. La situación se tensó entre las fuerzas formadas por los peninsulares, al mando de Álzaga y del gobernador de Montevideo, Francisco Javier de Elío, y las fuerzas criollas —los húsares al mando de Juan Martín de Pueyrredón y los patricios al mando de Cornelio Saavedra— quienes rodeaban a Liniers. Mientras tanto, en España se formó la Junta Central, con sede en Sevilla, para gobernar en nombre de Fernando VII, y Buenos Aires acató a la nueva autoridad y el almirante Baltasar Hidalgo de Cisneros reemplazó al virrey interino Liniers, quien rechazó lo ordenado por la Real Orden del 13 de abril de trasladarse a la metrópoli y se retiró a Alta Gracia, Córdoba.

Los hechos se precipitaron en la península y el virrey Cisneros llamó a un Cabildo Abierto para el 22 de mayo 1810 —en la que nuevamente terciaron peninsulares y criollos—, que llevó a que el 25 de mayo el virrey cesara en su gobierno y se creara una Junta autorizada por el Cabildo de Buenos Aires para gobernar en nombre de Fernando VII y cuyo presidente elegido fue el coronel Cornelio Saavedra —nacido en Potosí, actual Bolivia—, comandante del Regimiento de Patricios. Estos son los hechos que llevaron a la denominada “Revolución de Mayo”, que le juró fidelidad al rey depuesto. Por su parte Liniers, desde Córdoba, “no creía que el pueblo de estos territorios hubiera alcanzado la madurez para gobernarse”[2]:

Su condición de militar español afortunado, sus principios monárquicos y de fidelidad a lo constituido, el cumplimiento ético de su concepción ya casi arcaica del honor en nuestro país, sus sentimientos contrarios al desorden, a la disgregación y a la anarquía, que Liniers sintetizó siempre en la creación de cualquier Junta de Gobierno local, lo impulsaron irremediablemente a adoptar su decisión romántica lindante, una vez más, con los mayores riesgos que algunas veces estimula la aventura.[3]

Con esa convicción, Liniers comenzó a formar en Córdoba, con otras autoridades españolas, una milicia con el fin de abortar la revolución que se gestaba en la Junta de Buenos Aires. Por su parte, ésta despachó una expedición militar a Córdoba que lo capturó y lo ejecutó, convirtiendo al “conde de Buenos Aires”, en lo que el embajador Mario Corcuera Ibánez considera la “primera víctima de la violencia política argentina”.

El proceso estaba lanzado y el vacío de poder generado en España había depositado el poder en las juntas que se organizaron en América, las que habían formado sus ejércitos e intentaban llevar adelante gestiones diplomáticas ante Francia, el Reino Unido, los Estados Unidos y la propia España. En esa faena se encontraban Bernardino Rivadavia y Manuel Belgrano en 1815, cuando tentaban a Carlos IV —desterrado por Fernando VII— para sus planes de una monarquía austral[4].

La “revolución” pronta a definirse

Mientras los diferentes enviados seguían con sus gestiones, el 24 de marzo de 1816 se reunió el Congreso de Tucumán enmarcado por el renacimiento del conflicto en el litoral y por una fuerte hostilidad hacia la influencia que ejercía la ciudad de Buenos Aires. A pesar de estas tensiones, el porteño Juan Martín de Pueyrredón fue elegido como Director Supremo el 3 de mayo.

La restauración de Fernando VII implicaba una gran presión tanto para el norte como para Buenos Aires, habida cuenta de la expedición española que acechaba al poder central del Río de la Plata. La “revolución casi autonegada” asumió en ese momento la necesidad de proclamar la independencia para dar lugar al nacimiento de una nueva Nación.

Ante la presión del general José de San Martín, se logró que la independencia fuera votada el 9 de julio, pero ya antes había disidencias en cuanto a la forma de gobierno. El 6 de julio Manuel Belgrano defendía la restauración de la monarquía incaica, lo que traía aparejada una reconciliación con el ámbito americano y una aspiración a lograr un movimiento continental[5]. La propuesta de Belgrano encontró resistencia en el diputado fray Justo Santa María de Oro de San Juan, quien pidió que se consultara a los pueblos. ¿Estaban los pueblos en situación de ser consultados ante la urgencia? Quizás, visto desde hoy, una monarquía hubiera sido más acertada para nuestro país, pero eso es un debate para otra ocasión.

Fuera como fuere, el 9 de julio se proclamó la independencia.

Aquí es el punto en el que se debe evaluar ese camino que arrancó con una “revolución casi autonegada” que le juró fidelidad al rey —lo que se ha dado en llamar la “máscara de Fernando VII”—, una fidelidad de la que Liniers dudó y por dudar pagó con su vida. La “revolución”, como toda revolución, implicaba cambios sociales fundamentales y cambios en la estructura de poder. Entre sus bondades pueden destacarse lo establecido en la Asamblea del año XIII al declarar la “libertad de vientres”, es decir, la libertad de los hijos de esclavos nacidos a partir del 31 de enero de 1813, aunque la abolición de la esclavitud fue definitivamente proclamada en la Constitución Nacional de 1853. No obstante, lo dispuesto por la Asamblea del año XIII fue todo un mensaje respecto a la esclavitud y un marcado contraste con referencia a lo que sucedió en los Estados Unidos que, habiendo proclamado su independencia del Reino Unido en 1776, debió enfrentar una cruenta guerra de Secesión (1861-1865), motivada en la difícil coexistencia de dos modelos de producción, uno de ellos basado en la esclavitud. Es importante destacar que el presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln (1808-1865), no tuvo como objetivo luchar contra la esclavitud. Howard Temperley, académico de la Universidad de East Anglia, Norwich, cita que Lincoln le escribió a Horace Greeley, director del New York Tribune, dejando en claro cuál era su objetivo:

Mi objetivo principal en esta lucha es salvar la Unión, y no salvar la esclavitud ni destruirla; si pudiera salvar la Unión al precio de no libertar a un solo esclavo, lo haría; si pudiera salvarla libertando a todos los esclavos, lo haría; y si pudiera salvarla libertando a unos y abandonando a otros, también lo haría.[6]

Contrariamente a lo que en general se considera, por sobre todas las cosas Lincoln sólo pensaba en la integridad de la Unión. Podrá ser esto debatible pero su decisión también marca una diferencia respecto a lo que consideraba una clase dirigente basada en el caudillaje, como ocurría en las Provincias Unidas del Sur.

La Asamblea del año XIII también sancionó la igualdad ante la ley, suprimió los títulos de nobleza, puso fin a los tributos pagados por los indígenas (encomiendas, mitas y yanaconazgos), eliminó la inquisición y la tortura, adoptó los símbolos patrios y ordenó la acuñación de moneda.

En lo que respecta al aspecto militar, la guerra devastó la economía de lo que fuera el virreinato y en lo político la autoridad central se vio resquebrajada. Los intereses y los personalismos impidieron el avance del proceso iniciado en 1810 y la unidad territorial del ex virreinato se quebrantó en varios territorios dominados por caudillos.

En su famoso libro Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, el historiador Tulio Halperín Donghi nos dice:

En 1820, el espacio sobre el cual la guerra había asegurado el predominio político de los herederos del poder creado por la revolución porteña de 1810 no hacía figura de estado ni apenas de nación; los distintos poderes regionales que se repartían su dominio estaban casi todos ellos marcados de una confesada provisionalidad; el marco institucional, estaba desigualmente —pero en todos los casos incompletamente— esbozado en las distintas provincias[7].

El año 1820 fue el inicio de la anarquía. El 20 de junio de ese año pasó a la historia como el día de los tres gobernadores de Buenos Aires, pero aún más por el fallecimiento de Manuel Belgrano, quien intentó dar unidad a la nueva Nación en torno de un monarca.

¿Qué celebramos el 9 de Julio de 2020?

El 9 de Julio debió ser el punto de partida para un crecimiento ilimitado de la Nación en todos los órdenes. Es cierto que recién en la segunda mitad del siglo XIX, luego de décadas de conflictos internos, la dirigencia logró darle una dirección que pareció muy promisoria pero que bien pronto se mostró inconclusa. Ya avanzado el siglo XX, en la dirigencia argentina nuevamente afloró el caudillismo con un alto costo para la República que constantemente pierde poder, a escala internacional, regional y nacional. ¿Cómo se pierde poder a escala nacional? Descuidando dos áreas que deben ser vertebrales para la Nación, que deben ser consideradas una inversión y no un gasto: la educación y la salud. Más recientemente quedó en evidencia que no son las áreas prioritarias ya que —en la década de 1990— el Ministerio de Educación de la Nación pasó a ser prácticamente un ministerio sin escuelas y el Ministerio de Salud de la Nación prácticamente un ministerio sin hospitales. Para más inri, en 2018 el Ministerio de Salud fue convertido en Secretaría.

En verdad, todo el esfuerzo que haga el Estado para alcanzar la felicidad de su población —que incluye imperiosamente los esfuerzos en materia de Seguridad y Defensa— debería ser considerado una inversión … o una obligación. Frente a ello nos encontramos con alarmantes niveles de deterioro económico y de incremento de la pobreza.

Que un país rico en recursos naturales y en alimentos muestre estos niveles escandalosos de pobreza, resulta preocupante y vergonzoso.

Deberíamos hoy conmemorar con orgullo un nuevo aniversario de nuestra independencia. Sin embargo, la Argentina pareciera festejar un cumpleaños propio de un adolescente, quien aún no ha tomado conciencia del paso del tiempo y que no tiene en claro que quiere hacer con su vida.

Sin definir un destino de gloria, como lo soñaron algunos próceres como Manuel Belgrano y otros visionarios del siglo XX, como Enrique Mosconi o Manuel Savio, los argentinos estamos sometidos a vivir esa “revolución autonegada”, la revolución por un verdadero cambio político, social y económico capaz de poner nuevamente a nuestra bendita Argentina entre los primeros países dentro de la comunidad de naciones.

Vale aquí recordar la frase de José Ingenieros en El hombre mediocre:

Nuestra vida no es digna de ser vivida sino cuando la ennoblece algún ideal.

 

* Licenciado en Historia egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (1991). Doctor en Relaciones Internacionales, School of Social and Human Studies, Atlantic International University (AIU), Honolulu, Hawaii, Estados Unidos. Director de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG). Autor del libro “Inteligencia y Relaciones Internacionales. Un vínculo antiguo y su revalorización actual para la toma de decisiones”, Buenos Aires, Editorial Almaluz, 2019.

Referencias

[1] H. S. Ferns. La Argentina. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1973, p. 54-55.

[2] Mario Corcuera Ibánez. Santiago de Liniers. Primera víctima de la violencia política argentina. Buenos Aires: Librería Histórica, 2006, p. 315.

[3] Ibídem, p. 313.

[4] Tulio Halperin Donghi. Historia Argentina. De la revolución de independencia a la confederación rosista. Buenos Aires: Paidós, 1980, p. 108.

[5] Ibíd., p, 112-113.

[6] Howard Temperley. “Regionalismo, esclavitud, guerra civil y reincorporación del Sur, 1815-1877”. En: Adams, Willi Paul (comp.). Los Estados Unidos de América. (Historia Universal Siglo XXI, vol. 30). Madrid: Siglo XXI, 1980, p. 99-100.

[7] Tulio Halperín Donghi. Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Argentina Editores, p. 395.

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LA BANDERA NACIONAL, SU CREADOR Y SU TIEMPO

Marcelo Javier de los Reyes*

El miedo sólo sirve para perderlo todo

Manuel Belgrano

 

El 20 de junio se conmemora la creación de la Bandera Argentina pero en verdad esa fecha rememora el día del fallecimiento de su creador, Manuel Belgrano, el máximo prócer de nuestra Historia Nacional.

Este año se cumplen doscientos cincuenta años de su nacimiento, ocurrido el 3 de junio de 1770, y doscientos de su fallecimiento en la pobreza.

La declaración del 20 de junio como Día de la Bandera se remonta al 8 de junio de 1938, cuando el Senado y Cámara de Diputados de la Nación Argentina, reunidos en Congreso, sancionaron con fuerza de ley: “Declárese Día de la Bandera, el 20 de junio, que será feriado en todo el territorio de la República”. De este modo entró en vigencia la Ley N° 12.361.

La bandera actual, ¿es la bandera creada por Belgrano?

Se sabe que la bandera creada por nuestro prócer a principios de 1812 era celeste y blanca, pero se desconoce la intensidad del color celeste y si tenía dos o tres franjas, si eran verticales u horizontales. La elección de los colores también es una cuestión que no está clara. Algunos consideran que se deben a los reyes de la casa de Borbón en España, para su presea o condecoración más significativa otorgada en aquel tiempo, la Orden de Carlos III. Esos colores fueron los adoptados durante las Invasiones Inglesas para la escarapela y para el penacho del Cuerpo de Patricios en Buenos Aires. Otros sugieren que esos colores fueron tomados del margen de la Virgen María, en su advocación de la Inmaculada Concepción, de quien Belgrano era devoto.

En 1883, en una capilla de Titiri, Macha —un poblado cercano a Potosí—, en la actual Bolivia, fueron encontradas dos banderas que se cree que acompañaron a Manuel Belgrano en la campaña del Norte y que han sido motivo de debate por parte de los historiadores. Algunos creen que una de ellas fue la primera bandera que izó a orillas del Paraná, mientras que otros consideran que la documentación con que se cuenta es insuficiente para determinar si esa es la que su creador izó en ese lugar.

Bandera de Macha

Una tiene tres franjas, una superior blanca, una celeste central y una inferior blanca. Mide 2,25 m por 1,60 m. En la actualidad se encuentra en la ciudad boliviana de Sucre, en el Museo Casa de la Libertad. Fue restaurada por un equipo de profesionales argentinos y bolivianos en 2016.

La otra es de seda con tres franjas de igual ancho, una superior celeste, una blanca central sin sol y una inferior celeste. Mide aproximadamente 2,32 m de largo por 1,53 m de alto. Se la llama “Bandera de Ayohuma” ya que toma su nombre de la batalla de Ayohuma, en la que Belgrano fue derrotado por las fuerzas realistas al mando del general Joaquín de la Pezuela. Ambas banderas forman parte del patrimonio del Museo Histórico Nacional desde 1896.

Belgrano izó la bandera por primera vez el 27 de febrero de 1812, a orillas del río Paraná.

Con certeza se sabe que Belgrano, a la sazón comandante de las tropas destacadas en Rosario, solicitó al Primer Triunvirato —el 13 de febrero de 1812— que se estableciera una escarapela para identificar a las tropas patriotas para distinguirlas de las realistas, dado que por esa época ambas partes combatientes utilizaban la cucarda encarnada —de color rojo—, de los soldados españoles. Cinco días después el gobierno accedió a lo peticionado por Belgrano e instituyó la escarapela “blanca y azul celeste”.

El Congreso de Tucumán adoptó como símbolo patrio de las Provincias Unidas del Río de la Plata —mediante la ley del 26 de julio de 1816— la bandera de en tres franjas horizontales de igual tamaño, de color celeste la superior e inferior y de color blanco la central, a la que se le agregó el Sol de Mayo, instituido por la ley del 25 de febrero de 1818.

Su creador y su época

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano nació en una casa de la ciudad de Buenos Aires, ubicada en la actual avenida Belgrano 430, próxima al Convento de Santo Domingo y Basílica de Nuestra Señora del Rosario, en donde hoy descansan sus restos mortales.

Estudió derecho y tan solo con veinte años fue presidente de la academia de derecho romano, política forense y economía política de la Universidad de Salamanca. Lector de las obras de Jean-Jacques Rousseau, de Charles Louis de Secondat barón Montesquieu y de Gaetano Filangieri, asumió como propias las ideas del Iluminismo y de la Ilustración, caracterizadas por la división de poderes, la periodicidad de los cargos públicos, la libertad y la igualdad.

Bien pronto se percató de que la economía era una herramienta fundamental para el desarrollo de los pueblos.

En 1776 fue creado el Virreinato del Río de la Plata por orden de Carlos III —al principio de manera provisional y desde 1778 en forma definitiva—, el cual extendió su jurisdicción hacia los actuales territorios de Argentina, Bolivia, Uruguay, Paraguay, partes del sur de Brasil y del norte de Chile, así como hacia el Atlántico Sur, sobre las islas Malvinas, ya abandonadas por los británicos en 1774. Además la autoridad del Virreinato llegaba hasta África: incluyó las islas africanas de Fernando Poo (hoy Bioko) y Annobón en la actual Guinea Ecuatorial, cedidas por Portugal a España en 1777 mediante el Tratado de San Ildefonso.

Buenos Aires, gracias al intercambio marítimo se convirtió en un puerto importante del Atlántico Sur, si bien estaba sobre el Río de la Plata, lo que le permitió alcanzar una población de 45.000 habitantes en 1810.

En su Autobiografía, Belgrano escribió:

Como en la época de 1789 me hallaba en España y la revolución de la Francia hiciese también la variación de ideas y particularmente en los hombres de letras con quienes trataba, se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido.[1]

En 1794, a los veinticuatro años, fue designado Secretario del Consulado de Buenos Aires pero bien pronto se convertiría en militar y en uno de los padres fundadores de la Nación. Era un gran defensor de la educación. “Sin educación, en balde es cansarse, nunca seremos más que lo que desgraciadamente somos”, expresó Belgrano. Como consecuencia de esta convicción creó las Escuelas de Comercio, de Dibujo y de Náutica. Esta experiencia solo duró tres años pero contribuyó a que los jóvenes que recibieron instrucción pudieran conducir embarcaciones a diferentes lugares de América y Europa. Su propuesta fue cancelada por la Corte de Madrid que consideró que se trataba de un lujo para la colonia y ordenó cerrar esas escuelas.

Sus ideas eran de vanguardia para su época. En 1798 redactó el primer proyecto de enseñanza estatal, ya que a su juicio, era imposible mejorar las costumbres sin educación. Belgrano promovía las escuelas gratuitas, la educación para mujeres y niños de ambos sexos, así como clases de agricultura destinadas a los campesinos. Junto a la educación ponía en valor el trabajo, como un elemento fundamental del comercio y del desarrollo, así como un medio para superar la pobreza.

Pocos años después la ciudad fue el escenario de las invasiones británicas de 1806 y 1807, las que introdujeron al virreinato del Río de la Plata en el conflicto mundial. En 1806 mil quinientos soldados que días antes habían conquistado a los holandeses el Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África, se desplazaron sin instrucciones de Londres a través del Atlántico Sur a las órdenes del comodoro Popham y del brigadier general Beresford para dominar la capital del virreinato español. El 8 de junio los invasores estaban frente al cabo de Santa María, en la costa de la Banda Oriental, y el 25 desembarcaron en Quilmes, a pocos kilómetros de Buenos Aires.

Belgrano asistió a esos hechos y vio con indignación como las corporaciones urbanas se apresuraron a prestar adhesión al “nuevo orden británico”[2]. La resistencia quedó a cargo del Cabildo y del héroe de esa gesta, el francés Santiago de Liniers. Se procedió a la formación de las milicias urbanas y así Belgrano fue uno de los jefes del Cuerpo de Patricios de Buenos Aires.

Vencidos los británicos, nuevos desafíos, nuevos horizontes y nuevas motivaciones atrajeron a los hombres del virreinato tras la Revolución de Mayo de 1810. Sin éxito, Belgrano había promovido la emancipación de Hispanoamérica respecto de España en apoyo a las aspiraciones de la princesa Carlota Joaquina —infanta de España por nacimiento y reina consorte de Portugal y emperatriz titular de Brasil a través de su matrimonio con Juan VI de Portugal— en la región.

Belgrano se sumó a las fuerzas por la independencia y marchó a Paraguay y al Alto Perú. El 30 de diciembre de 1810, en el campamento de Tacuarí, redactó las bases del primer proyecto constitucional del Río de la Plata, el Reglamento para el Régimen Político y Administrativo y Reforma de los 30 Pueblos de las Misiones, el cual, en 1853, fue incorporado por Juan Bautista Alberdi como una de las bases de la Constitución Nacional.

En el artículo 13º mostró nuevamente su interés en la educación: “El fondo que se ha de formar según los artículos 8º y 9º no ha de tener otro objeto que el establecimiento de escuelas de primeras letras, artes y oficios…”. Era respetuoso de los idiomas nativos, pero consideraba que era preciso alcanzar una “fácil comunicación para el mejor orden”, por lo que los individuos que fueran a integrar los Cabildos debían hablar el castellano “y particularmente el corregidor, el alcalde de primer voto, el síndico procurador y un secretario que haya de extender las actas en lengua castellana” (Art. 19º).

Para garantizar la seguridad interior como la exterior “se hace indispensable que se levante un cuerpo de milicias, que se titulará Milicia Patriótica de Misiones, en que indistintamente serán oficiales así los naturales como los españoles que vinieren a vivir en los pueblos, siempre que su conducta y circunstancias los hagan acreedores a tan alta distinción (Art. 24º).

Para evitar los excesos de la explotación, prohibió “que se pueda cortar árbol alguno de la hierba so la pena de diez pesos por cada uno que se cortare, a beneficio la mitad del denunciante y para el fondo de la escuela la otra” (Art. 27º).

Belgrano comprendió también el significado del desarrollo marítimo y a esto se abocó también durante los dieciséis años que formó parte del Consulado. Fomentó la Marina Mercante, para lo cual creó la Escuela de Náutica y esbozó el proyecto de creación de una compañía de Seguros Marítimos[3]. Fue el primero en reconocer la magnitud de nuestras riquezas marítimas, las que dio a conocer a sus compatriotas. Escribió sobre la pesca, los cetáceos, pinnípedos y otros animales del mar[4].

Las derrotas y las victorias lo acompañaron como civil y como militar. En Tucumán, tras la batalla homónima, fue nombrado “Padre de la Patria” pero esos mismos que lo encumbraron lo meterían preso y engrillaron, como se haría con cualquier reo.

Su alto nivel intelectual no estaba acorde con el ámbito en el que intentaba desplegar sus conocimientos e ideas. La metrópoli estaba en decadencia y la colonia debía emprender un rumbo propio, para lo cual la Revolución requería la acción militar. Belgrano fue un hombre de ideas pero también un hombre de acción, lo que queda demostrado al ponerse un uniforme y empuñar las armas.

Murió el 20 de junio de 1820 en la pobreza y en la tristeza. Sus últimas palabras fueron: “¡Ay, Patria mía!”

Belgrano nos dejó muchas enseñanzas pero los argentinos no hemos sido buenos alumnos. En una de sus frases dijo:

El estudio de lo pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y por venir.

Precisamente aquí encontramos que los argentinos hemos pecado por omisión. Somos un pueblo que no recurrimos al pasado para tomar enseñanzas y, en el peor de los casos, vivimos revisando el pasado para modificarlo y amoldarlo a nuestro presente.

El aria “Alta en el cielo”, perteneciente a la ópera Aurora (del compositor Héctor Panizza) es la canción oficial de la República Argentina para su Bandera Nacional. Se suele entonar en actos públicos el 20 de junio, cuando se celebra el Día de la Bandera.

Doscientos años después los argentinos podemos apreciar que hemos recorrido el camino inverso al que Belgrano nos proponía y que sus principios y su propuesta de igualdad nos parecen ajenos, se nos presenta como una tarea pendiente.

Belgrano fue un verdadero estadista, algo de lo que la Argentina de fines del siglo XX y de la de principios del XXI carece, motivo por el cual lleva décadas transitando el camino de su autodestrucción. Somos incapaces de seguir el ejemplo de Belgrano, incapaces de reinventarnos —como él— en las diversas circunstancias que nos tocan vivir con el objetivo de contribuir a la prosperidad de la Patria. Belgrano supo responder a los desafíos de la Patria y supo darle respuestas en los momentos más críticos.

Como ciudadanos estamos en deuda con nuestro prócer, al que recordamos un 20 de junio pero no durante todo el año para internalizar sus enseñanzas, entre ellas, la que hace al amor a la Patria. Su bandera fue tomada como modelo por numerosos países del continente, en buena medida cuando el corsario Hipólito Bouchard la llevó en su vuelta al mundo amando de la Fragata “La Argentina”.

En estas horas aciagas por las que atraviesa la República hago propio un sentimiento de nuestro gran prócer:

Me hierve la sangre al observar tanto obstáculo, tantas dificultades que se vencerían rápidamente si hubiera un poco de interés por la Patria.

 

* Licenciado en Historia egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (1991). Doctor en Relaciones Internacionales, School of Social and Human Studies, Atlantic International University (AIU), Honolulu, Hawaii, Estados Unidos. Director de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG). Autor del libro “Inteligencia y Relaciones Internacionales. Un vínculo antiguo y su revalorización actual para la toma de decisiones”, Buenos Aires, Editorial Almaluz.

 

Referencias

[1] Citado en: José Carlos Chiaramonte. La Ilustración en el Río de la Plata: Cultura eclesiástica y cultura laica. Buenos Aires: Sudamericana, 2007, 384 p.

[2] Tulio Halperín Donghi. Historia Argentina. De la revolución de independencia a la confederación rosista. Buenos Aires: Paidós, 1980, p. 23-24.

[3] Laurio H. Destefani Belgrano y el mar. Buenos Aires: Fundación Argentina de Estudios Marítimos, 1979, p. 45 y 46.

[4] Ídem.

 

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