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LOS PRIMEROS VEINTE AÑOS DE PUTIN AL FRENTE DE RUSIA Y DESPUÉS

Alberto Hutschenreuter*

Imagen de Виктория Бородинова en Pixabay

El 7 de mayo se cumplieron veinte años desde que Vladimir Putin llegó a la presidencia de Rusia. Considerando que quien ocupó esa función entre 2008 y 2012 fue un hombre colocado allí por el mismo Putin, quien durante esos cuatro años se desempeñó como primer ministro (con poder), pues la Constitución le impedía ejercer un tercer mandato consecutivo, el hombre de San Petersburgo ha estado al frente del poder de manera prácticamente ininterrumpida durante las dos décadas que lleva el siglo.

Poco a poco, Putin se va acercando a la regularidad rusa en materia de tiempo de liderazgo: entre 25 y 35 años. Recordemos que en el siglo XIX solo cinco zares estuvieron al frente de Rusia, y en el siglo XX, tras la Revolución de Octubre, siete secretarios generales del PCUS gobernaron el país hasta su desaparición en 1991.

De acuerdo con las tendencias, es posible que la Constitución sea próximamente reformada y el presidente ruso quede finalmente habilitado para presentarse en las presidenciales de 2024, cuando tendrá 72 años. A partir de entonces dispondrá de muchos años en el poder, aun considerando un escenario en el que pierda las elecciones en 2030, situación que dependerá del mandatario superar o no “el gran reto ruso”. En el caso que Putin gobierne Rusia hasta 2036, habrá sido el líder que más tiempo estuvo al frente de Rusia desde el siglo XVII, cuando se inició la dinastía de zares Romanov, que se acabó en 1917 con la abdicación de Nicolás II.

Hasta hoy, el presidente Putin ha sido un líder al que podemos considerar un reparador estratégico de Rusia. Y decimos hasta hoy, porque si bien la tendencia indica que continuará así en los próximos años, podrían llegar a suceder hechos que pongan al líder ruso en aprietos. Esos hechos implicarían situaciones de naturaleza externa antes que interna (que también podrían suceder); por caso, si ocurriera que la OTAN finalmente se decidiera por realizar una “fuga hacia delante” e integrara a Ucrania y Georgia a su cobertura político-estratégica, ello implicaría la segunda victoria de Occidente sobre Rusia: mientras la primera fue sobre la Unión Soviética, esta otra victoria sería sobre su “Estado-continuador”, la Federación Rusa, y entrañaría una victoria final.

Entonces, Rusia quedaría en la peor de sus pesadillas geopolíticas: un país rodeado, encerrado y sin profundidad estratégica, dos situaciones que protohistóricamente los zares y los mandatarios soviéticos han logrado evitar, pues ello pondría en juego la propia supervivencia del Estado ruso. Salvando diferencias, una situación así sería el equivalente de una derrota soviética en la guerra contra Alemania. Claro que este último escenario habría sido extremo, pues hubiera supuesto la ocupación del país por parte de otro y el descenso de la población soviética a la condición de vasallaje.

Pero en términos de los nuevos conceptos relativos con la guerra, aquella hipótesis, que sin duda entrañaría un riesgo muy alto para la estabilidad internacional, pues en el menos peor de los casos Ucrania perdería la mitad de su territorio, y en el peor se desataría una confrontación militar entre la OTAN y Rusia con consecuencias impredecibles, habilitaría otras medidas que podrían debilitar sensiblemente a Rusia, por ejemplo, negar demandantes de sus bienes mayores: el gas y el petróleo, algo que se pretende hoy.

Ante tal situación, difícilmente Putin podría mantenerse en el poder: casi correría la misma suerte de Gorbachov. Mientras este líder terminó siendo el responsable del fin de la URSS, aquel sería el responsable del fin de las salvaguardas geopolíticas mayores de Rusia.

Pero se trata de una hipótesis. Es difícil que la OTAN llegue a desafiar a tal punto a la Rusia de Putin. Algo así se podría haber hecho Estados Unidos entre 1945 y 1949, cuando el poder de este país era determinante ante una URSS por entonces sin armas atómicas. Nunca volvió a disponer Occidente de una oportunidad así, ni siquiera en los años ochenta cuando la Unión Soviética no estuvo en condiciones de desafiar el ímpetu estratégico-tecnológico de su rival. Sí volvió a disponer en los años noventa, cuando el poder de Rusia sufrió una muy fuerte contracción.

No olvidemos que Rusia hoy puede transitar problemas económicos en parte estructurales y hasta tal vez su política exterior de proyección de poder se encuentra al límite de su sostenimiento; pero continúa siendo una superpotencia nuclear, una superpotencia en armas convencionales, una superpotencia regional, una superpotencia en la ONU y un actor con capacidades sensibles para provocar situaciones de caos, confusión y división, por ejemplo, en Europa, a través de lo que se denomina “guerra híbrida”.

Estas condiciones Rusia no las perdió nunca; ocurre que durante los años noventa, cuando una “Rusia que no era Rusia” se comportó de una extraña manera en el segmento internacional, particularmente en su relación con Estados Unidos, y el frente interno se derrumbó a niveles que no tenían precedentes, Rusia adquirió tal estado de formalidad como actor mayor en las relaciones internacionales, que el propio presidente Clinton sostuvo que las posibilidades que tenía Rusia de influir en la política internacional eran las mismas que tenía el hombre para vencer la ley de gravedad.

La llegada de Putin al poder en el 2000 implicó el inicio de una reversión y reparación estratégica que, salvando las diferencias, recuerda a Estados Unidos con la llegada de Ronald Reagan al poder en 1981. Estados Unidos venía de casi dos décadas de reveses internacionales frente a su principal rival, hasta que en 1979, cuando se produjeron en Irán acontecimientos límites (toma de la embajada norteamericana por los seguidores del régimen islámico), la potencia mayor dijo basta.

A partir de allí, Reagan repotenció la estrategia de reparación que comenzó un poco antes el demócrata James Carter, llevando a la URSS de Gorbachov a una situación estratégica comprometida. De todos modos, si bien es cierto que la presión estadounidense fue un factor importante para doblegar a la URSS, la caída de este gigante se debió más a causas internas que a causas externas, principalmente a los tempranos problemas de productividad.

En alguna medida, Putin ha sido a Rusia lo que Reagan ha sido para Estados Unidos: un presidente que ha puesto de pie al país.

Es cierto que contó con hechos notablemente favorables, pues el precio de sus principales productos de exportación se mantuvo muy alto: ello le permitió la reorganización económica del país, la que no hubiera sido posible si antes no lograba la reorganización política del país, es decir, que el poder político en Rusia habitara en los políticos y no en los hombres de poder económico avasallante, que en los noventa manejaron a discreción el país.

Básicamente, la rápida recuperación permitió a Putin desplegar una política exterior activa que combinó cooperación con Estados Unidos en materia de lucha contra el terrorismo, pero también enfrentamiento indirecto cuando la OTAN decidió proseguir su marcha hacia el “bajo vientre” ruso: el Cáucaso. La guerra en 2008 fue el recurso o técnica de ganancia de poder que restringió contundentemente aquella marcha de una Alianza que sin duda había subestimado la condición geopolítica de un poder terrestre real y vital.

Posteriormente, cuando la OTAN consideró que esta jugada de Rusia en el tablero no volvería a repetirse, decidió ir por Ucrania, decisión que implicó para este país de Europa oriental la pérdida de Crimea y la militarización en el este de su territorio, en la región del Donbáss. Es decir, Ucrania acabó siendo la víctima de una decisión occidental que nunca reparó, a pesar de las advertencias de realistas estadounidenses de escala, en la experiencia histórico-geopolítica rusa.

A partir de allí Putin solo supo de un respaldo social que llegó a rozar el 80 por ciento (en las elecciones presidenciales de 2018 fue reelegido con casi el 77 por ciento de los votos). Las cuestiones negativas de cuño socioeconómico, que se manifestaban desde un poco antes de 2014, fueron “apartadas” por ese renacimiento estratégico de Rusia, que inteligentemente el mandatario lo acompañó de la necesaria carga histórico-heroica-religiosa, una baza que siempre llega a la poderosa emotividad y ortodoxia del pueblo ruso; un recurso que el propio Stalin utilizó durante la Gran Guerra Patriótica, suspendiendo la ideología marxista-leninista, para dotar de vigor nacional a los soldados que enfrentaban al invasor alemán.

Es importante destacar que esa baza, que hace de Putin un líder con rasgos más tradicionales que soviéticos, lleva en paralelo una reprobación a Occidente, en el sentido de territorio donde se ha ido afirmando un patrón de entrega a una vida “plena” de consumo e individualismo y cada vez más débil de culto y moral.

Hacia fines de la segunda década del siglo, los reflejos de los años de pujanza económica rusa quedaron atrás y el bajo crecimiento económico comenzaron a afectar la figura de Putin, quien, a pesar de ello y a una legislación muy resistida que elevó la edad jubilatoria de los trabajadores, mantuvo el respaldo social por encima del 55 por ciento.

La intervención en Siria significó que la política exterior había ingresado en un ciclo post-activo, esto es, Rusia se proyectaba más allá de sus zonas adyacentes y lograba ganancias. Pero también ello implicaba un preocupante principio de sobrecarga en los compromisos internacionales de Moscú.

En un trabajo publicado en la revista “Foreign Affairs” en 2018, el especialista Chris Miller describió que el “modelo Putinomics” había comenzado a sufrir un desbalance: de los tres componentes de dicho “modelo”, control político, estabilidad social y eficiencia y ganancias, el último se encontraba cada vez más afectado, pues la capacidad para financiar aquellos segmentos que no formaban parte del segmento estratégico-militar, esto es, salud, educación, consumo, etc., afrontaba crecientes problemas.

En buena medida, reflotaron en la Rusia de Putin aquellas cuestiones que en tiempos de la Unión Soviética terminaron por erosionar la economía: la primacía de una economía de los asuntos militares, según el “modelo Brezhnev”, hizo imposible que la potencia preeminente pudiera competir con su rival e incluso sostenerse a sí misma.

Por ello, el desafío mayor de Putin en los años venideros es evitar que Rusia siga ese camino. Si no lo logra, el mandatario quedará en la historia como “el nuevo zar”, como lo denomina Steven Lee Myers en una interesante biografía, que sacó a los rusos de los terribles años noventa y como el reparador estratégico frente a Occidente, sin duda, pero no como el mandatario que condujo a Rusia a un estatus de actor preeminente cabal, es decir, un país con un papel creciente en todos los segmentos de poder internacional, esto es, el estratégico-militar, por supuesto, pero también el comercial, el tecnológico, el energético, el sanitario, el cultural, el de alianzas estratégicas, etc.

Modernización del propio complejo de las materias primas, que representan un importante porcentaje de los ingresos, y modernización de la economía, es decir, diversificación de la producción, son los retos que necesariamente debe acometer Putin.

Los otros componentes del “modelo Putinomics”, el control político y la estabilidad social, no parecen estar en liza por ahora, sobre todo desde la reciente aprobación de una legislación aprobada por la Duma Estatal que penaliza a personas que cometieron delitos (incluso leves), las que quedan privadas de participar en eventos electorales durante un lapso de cinco años. De este modo, queda obstaculizada la denominada “oposición no deseada”.

En breve, el reto del mandatario será lograr un equilibrio entre compromisos externos y proyección de poder, y transformación interna con mejora del nivel de vida de los rusos (muy deteriorado en los últimos años).

No será fácil, sobre todo considerando las tremendas secuelas que causa y dejará la pandemia del Covid-19 hacia dentro y a nivel internacional. Pero Putin, a pesar de las adversidades, ha logrado hasta hoy ser el mandatario que Rusia necesita. Ha demostrado que ejerce el poder con condiciones de estadista. Le resta demostrar, por sobre todo a sus compatriotas, pues afuera ya lo saben, que es un estadista indubitable. Aparte, una Rusia fuerte hacia dentro será clave para que Rusia sea uno de los polos de poder real en la aún lejana configuración del mundo del siglo XXI.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales. Su último libro se titula “Un mundo extraviado. Apreciaciones estratégicas sobre el entorno internacional contemporáneo”, Editorial Almaluz, 2019.

HAITÍ. UNA GOTA DE ESPERANZA EN MEDIO DEL DESASTRE, LA ADVERSIDAD Y LA BUROCRACIA. LA HISTORIA DE LA RECONSTRUCCIÓN DE UN ORFANATO.

Omar Martin Tejada Pérez*

El orfanato antes de su reconstrucción. Vista exterior. 

Era la mañana de un día a inicios de mes de marzo del 2014 cuando recibí la llamada de Sarah, una amiga estadounidense, quien me estaba invitando a acompañarla a visitar un orfanato donde ella solía llevar ropa, comida y un poco de alegría a los casi 80 niños y niñas que vivían en una estructura de dos pisos hecha de madera sobre un pequeño montículo en una pendiente del barrio de Delmas en Puerto Príncipe, Haití.

En ese entonces, yo era el Comandante de la Compañía “Perú” en la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití, más conocida como MINUSTAH por sus siglas en inglés, y por las características de mis funciones asistía a un sinnúmero de reuniones de trabajo y sociales en las que me relacionaba con muchas personas del gobierno haitiano y de la comunidad internacional que, por una u otra razón, trabajaban en medio de la situación de inestabilidad e inseguridad de un país históricamente devastado por la naturaleza, pero más aún por la mano del hombre y su codicia.

Fue en una de esas reuniones que conocí a Sarah, una chica de Ohio que vivía su propia aventura haitiana entre los vaivenes de la empresa transnacional para la cual trabajaba y sus constantes cuestionamientos sobre las ironías, injusticias y sufrimiento de un pueblo que dista menos de una hora de vuelo desde Miami y que alguna vez fue refugio de afroamericanos que huían de la discriminación, la esclavitud y la guerra en el siglo XIX, así como también una de las economías más prosperas del Caribe colonial por su producción y exportación de caña de azúcar durante la dominación francesa del país entre el siglo XV hasta inicios del siglo XIX. Hoy, lamentablemente, la tierra de las montañas, Ayiti como se le llama en creole, es la nación más pobre del hemisferio occidental y una de las más pobres del mundo a pesar de todos los esfuerzos de la comunidad internacional para estabilizarla políticamente y lograr su tan ansiado despegue económico en medio de una dinámica perversa, y hasta inverosímil, de intereses mundanos y desastres naturales que parecieran ser teledirigidos a solo la porción occidental de la tan famosa isla “La Española”, la cual es compartida por Haití y República Dominicana.

En medio de toda esta mezcla confusa de riqueza; paisajes y playas paradisíacas; gente linda y alegre que te hace sentir como en casa; música e idioma que te enamoran; vudú que te hipnotiza; historias de piratas que te hacen alucinar; frijoles, bananas y pescado que hacen morderte los labios y rechuparte los dedos una y otra vez; y ron que alimenta la euforia y refuerza los lazos con la cultura local; así como también terremotos; huracanes; tráfico ilegal de casi todo lo imaginable; corrupción, que como una metástasis cancerígena invade sin control todo el aparato estatal; pugnas de poder de grupos criminales que alguna vez fueron aplacados por las fuerzas de cascos azules de la ONU pero que hoy reemergen poco a poco, es como llegué al Sens Universal et Damabiah Orphanage, un orfanato ubicado relativamente cerca al aeropuerto internacional de la ciudad, subiendo una pendiente y siguiendo unos caminos serpenteantes y pintorescos que me hacían respirar confianza y respeto y me daban a la vez la tranquilidad de sentir que estaba en un lugar de amigos, algo que he aprendido a percibir cada vez que he estado en una zona en conflicto, no solo por leer las noticias o lo que se dice de ese sitio, sino también por decidirme a caminar y ver por mí mismo lo que pasa en cada lugar y conocer a su gente.

Al llegar al orfanato, fui recibido por Levy, un moreno de contextura delgada, alto y de una energía calma como si de un monje caribeño se tratara, y por Guelmo, un poco más bajo, atlético y con una sonrisa contagiante, sonrisa con la cual me iba recibiendo cada niño y niña con los que me encontraba, pero que no estaba alineada con lo que sus ojos expresaban. Y es que muchos de ellos eran huérfanos que habían perdido a sus padres durante el terremoto del 2010 y otros, simplemente no podían ser atendidos por estos no teniendo otra opción que entregarlos a la organización y conformarse con visitarlos de vez en cuando, ya que tenían que dedicar su tiempo para salir a ganarse la vida y sobrevivir en una ciudad tan desigual y despiadada donde se puede encontrar una tienda de autos Ferrari en medio de una calle llena de mendigos.

Mis anfitriones me recibieron muy bien y me llevaron a conocer cada rincón del local, con la firme convicción de que por ser un funcionario de la ONU podría lograr conseguir algo de víveres o ropa usada para los niños. En realidad, eso también estaba en mi cabeza, hasta que comencé a darme cuenta de que aquella infraestructura de madera en la que dormían y estudiaban los niños, estaba literalmente despedazándose por la humedad y las inclemencias del tiempo y que, en cualquier momento, se vendría abajo con el potencial de sepultar a todos sus habitantes. En ese instante me pregunté a mí mismo: “¿Para qué estoy acá?, ¿Mi misión es traer un caramelo o tratar de curar una enfermedad? … ¡Tengo que hacer algo!” Así que decidí dos cosas. Una, efectivamente, conseguir ropa, medicinas y atención médica para los niños y niñas, así como también llevarles un poco de alegría con el grupo que la unidad militar peruana había formado con sus hombres y mujeres, los cuales preparaban presentaciones infantiles con música, juegos, disfraces y globos, y en las que esos militares daban todo de sí, en especial su amor, a los niños que corrían a pedirles sus brazos para que los carguen. Y dos, llamé a un amigo, el Comandante de la Compañía de Ingeniería Militar de Paraguay, Coronel German Torres, para pedirle que me asigne un grupo de ingenieros para evaluar la situación y empezar a hacer los estudios de ingeniería a fin de crear un Proyecto de Impacto Rápido (Quick Impact Proyect) y así tumbar la edificación y construir una de material noble.

A los dos días recibí otra llamada, esta vez era Patricia, una española sin pelos en la lengua que sin conocerme me dijo que se había enterado de mi visita al orfanato y que quería apoyar. Ella era representante de la ONG española “Acoger y Compartir” y que, a pesar de no tener personal a su cargo para implementar la obra, tenía un monto considerable de dinero que podía ofrecer para la misma. Yo no podía creerlo, en dos días había conseguido iniciar los estudios de ingeniería que estarían listos en una semana, los cuales incluían los planos, la lista de materiales y mano de obra requerida para ejecutar el plan y, por otro, tenía el dinero que se necesitaba para hacer realidad el mismo… ¿que más podía pedir?… solo necesitaba la autorización de la ONU para poner en marcha lo planeado.

Así pasaron los meses… marzo, nada… abril, nada…, Patricia me rompía el teléfono mañana, tarde y noche para que le diga cuándo desembolsaría el dinero, y los amigos del orfanato me llenaban la bandeja de email con mensajes de desesperanza por algo que no caminaba y que inevitablemente los había llenado de ilusión; mayo, nada… junio, el proyecto ya iba pasando algunos filtros en la ONU… julio, era mi último mes en el país y yo veía con desconcierto como la mayor obra que me había planteado como casco azul durante mi misión en Haití se iba desvaneciendo y yo no entendía el porqué. Al final, cinco días antes de irme, la ONU me informó que el proyecto había sido rechazado porque la licencia de funcionamiento del orfanato no había sido renovada y había expirado hace más de un año, ante lo cual yo no podía hacer nada. No me quedó otra opción que hablar con Patricia y decirle lo ocurrido y luego encerrarme en mi oficina y desfogar mi frustración ante la insensible burocracia que no conoce de crisis humanitarias, y llorar desconsoladamente terminando de preparar mi discurso de despedida que me tocaba dirigir a unos 300 invitados de todos los países que conformaban la misión y autoridades locales que asistirían a mi ceremonia. En ese momento, hubiera preferido no haber hecho tantos amigos y solo esperar mi avión con el desconsuelo que implica no haber cumplido una misión autoimpuesta, más aun tratándose de la ilusión de unos niños.

Al llegar a casa en Lima, comencé a reaccionar y ver que mi misión no había sido en vano, si bien la construcción del orfanato no se había podido concretar, la unidad que tuve la dicha de comandar y el personal que tuve el honor de liderar hicieron mucho por la población haitiana. En seis meses, habíamos realizado más de 600 patrullajes en la provincia de Ouest, nuestra área de responsabilidad que abarcaba unos 3500 kilómetros cuadrados. Apoyamos a la policía haitiana en operaciones contra el crimen organizado y en diversas actividades donde su limitada capacidad requería de nuestra presencia. Brindamos seguridad a diversas delegaciones de la ONU, incluyendo la visita del aquel entonces Secretario General, Ban KI Moon. Resguardamos la integridad del Hospital Argentino de la ONU que, dentro de sus limitaciones, era una de las facilidades médicas mejor acondicionadas para enfrentar cualquier desastre en la capital, así como también de algunos campos de desplazados como los de Coreil Celesse, Jerusalem y Cannan. Llevábamos atención médica a muchos orfanatos y alegría con el grupo “Peru Funny Times”, nombre que le fue puesto a ese grupo de hombres y mujeres que sacaron lo mejor de sí para poder robarles una sonrisa y brindarles calor humano a cada niño y niña que los veía. Pero, a pesar de mi reflexión ya en suelo peruano, todo esto no era suficiente y el vacío que sentía por solo haberles dado un “caramelo” a esos niños y no haber “curado la enfermedad” pudiendo hacer que se construyan las nuevas instalaciones, no dejaba de taladrar mi pecho cada que alguien me preguntaba sobre mi experiencia en Haití.

Así pasaron cuatro meses sin entender mi misión en el Caribe. Así pasaron cuatro meses sin poder librarme de esa frustración y sentimiento de haber fallado. Así pasaron 4 meses en los cuales trataba de entender las contradicciones de Sarah, el desencanto de Patricia, la desesperación de Levy y Guelmo y la desesperanza de los 80 niños y niñas a los que un día les di un caramelo y muy probablemente sabían que era uno más de los que les dan muchos como forma temporal y limitada de suprimir su dolor, al final yo era eso, un extranjero más que pasaba por allí tratando de ser el buena gente del barrio o dándose auto terapia a costa de la desgracia de ellos. Y yo me seguía resistiendo a ser eso.

Llegó diciembre del 2014 y la Navidad avecinaba, las ofertas desbordaban internet, las calles de Lima se iban llenando cada vez más de compradores compulsivos y no compulsivos, los panetones empezaban a llenar las mesas desde el desayuno hasta la cena, bronceador, playa y todas las conversaciones sobre las fiestas de año nuevo y los viajes de verano solo hacían que no terminara de entender si en realidad vivía en el lugar adecuado y con la gente adecuada… solo quería regresar y terminar lo que no acabé en Haití. Hasta que el día 13 recibí un email, y no una llamada, de Patricia. La verdad, no sabía si abrirlo. Pensé que era uno más de esos mensajes sin sentido que se escriben por compromiso en estas épocas del año. Me demoré unos minutos hasta que decidí leerlo y … ¡oh sorpresa!

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De: Patricia

Para: Omar

Asunto: Orfanato Damabiah 

Querido Omar,

¿Cómo estás? ¿Te quedaste en el Perú o has vuelto a viajar? Espero que estés bien.

Llevo mucho tiempo queriendo escribirte para contarte que finalmente hicimos el orfanato. Mi organización encontró dinero y nos pusimos en marcha. Lo inauguramos el 29 de octubre del 2014.

Yo al día siguiente me volví a España y ahora me han contratado en la MONUSCO como civil. Llegué hace una semana y estaré basada en Lubumbashi. Si, por alguna casualidad, vienes por el Congo no dejes de avisarme.

Te mando las fotos del orfanato. Gracias por tu apoyo y entusiasmo. Sin tu ánimo creo que lo hubiese dejado por imposible desde el principio. Tú has contribuido enormemente a que finalmente se hiciera realidad. Espero que te llene de alegría y orgullo.

Un abrazo,

Patricia

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Fue el mejor regalo de Navidad que jamás haya recibido, sentí que la vida volvía a tener un sentido, que todo había valido la pena y que todas las personas que se me habían cruzado en esta historia tenían algo que ver con esto; que yo solo era una pequeña parte de un engranaje que se unía con otro y quizás con muchos más para que esto haya pasado. Simplemente, ¡no podía creerlo!

El interior del orfanato luego de la reconstrucción

El 4 de octubre del 2016 el huracán Matthew golpeó Haití dejando a su paso alrededor de 1000 muertos y devastación por todo el país. Yo me encontraba en otra misión, esta vez en la selva del Perú, y al ver las noticias sobre como la naturaleza se ensañaba una vez más con el pequeño país caribeño solo miré el verde paisaje que tenía al frente, respiré profundamente y pensé en los niños que esta vez estarían a buen recaudo dentro de las nuevas instalaciones de aquel lugar donde reciben amor, educación, y la posibilidad de crecer alejados de los peligros de la ciudad, dándoles la oportunidad de estar sanos y fuertes para que algún día ellos mismos puedan cambiar el destino de su hermoso país. Aquel día, en medio de la situación tan crítica que vivía Haití y los peligros propios de la misión que yo enfrentaba en mi país, solo atiné a dar gracias a la vida por ponerme donde me pone.

 

*Oficial de la Marina de Guerra del Perú en situación de retiro. Graduado con mérito de la Maestría de Seguridad Internacional de la Universidad de Leicester en el Reino Unido. Ha trabajado en la Organización de las Naciones Unidas como Observador Militar en Sudán, Comandante del Contingente Militar Peruano en Haití y como Oficial de Asuntos de Operaciones de Paz en la sede principal de la ONU en Nueva York. Es escritor de artículos profesionales y conferencista en asuntos relacionados a la seguridad y defensa a nivel nacional e internacional.

 

CUANDO EL VIRUS NOS HAYA CORONADO

Juan José Santander*

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

El panorama de fondo es la globalización.

Por panorama de fondo entiendo varios aspectos:

El fondo es como las radiaciones que llegan desde los confines del universo y se atribuyen a las estrellas o astros más viejos o más jóvenes según se vea, recordándonos los rasgos propios del pasado: remoto, inmutable y vigente, constituyendo una continuidad hasta el hoy del presente. Lo que a la vez evoca Die Eule der Minerva de Hegel con su eco en Machado:

Nunca es triste la verdad,

lo que no tiene es remedio

O las perspectivas que aparecen hacia el horizonte tras el sitio de los personajes centrales en la pintura del renacimiento europeo, lo que también cabe a la idea de panorama.

O el bajo continuo en los tratados tradicionales de la música occidental, que determina la configuración de la armonía y guía las voces superiores; más o menos lo que hace la perspectiva desplegándose pero con superposición simultánea de los elementos. Es interesante recordar el nombre que recibe (siglos XVI y XVII) en España: ‘pedal’ —probablemente por el teclado de pedales del órgano— y en Inglaterra: ‘ground’, o sea suelo, ya que manifiesta la sensación de base y apoyo, tal que aunque no se oyera seguía tácitamente determinando el conjunto del acorde, y en cuanto a apoyo, recordemos que la cuerda más grave de la guitarra (también desarrollada en esos siglos) es la bordona, femenino de ‘bordón’ que es el cayado o bastón en que se apoyan los peregrinos en su marcha.

Estas aparentes digresiones apuntan a afianzar la idea de lo que significa fondo en este contexto.

La globalización no es nueva; las de mayor alcance planetario considero que son dos: la época llamada de los Descubrimientos que coincide aproximadamente con el Renacimiento europeo y el siglo XIX, incrementándose sobre todo en su último tercio, también aproximadamente.

Ha habido globalizaciones anteriores: la expansión e influencia del Imperio Romano, la del Islam, y a ambas se las circunscribe al decir que lo son ‘del mundo conocido’. Precisamente ahí está la singularidad de la globalización actual: nunca antes la globalización abarcó e implicó el conocimiento de sucesos lejanos inmediatamente y a efectos prácticos, en tiempo real.

Este saber qué pasa y dónde ahora mismo determina contraposiciones y contrastes a los que el ver simultáneamente confiere una fuerza de impacto intelectual y emocional de una vigencia y fuerza desconocidas por el hombre hasta el presente, teniendo al mismo tiempo en cuenta que ese ver y ese saber dependen para su elaboración por las personas de los rasgos de su cultura, formación, posición social y la propia sociedad tanto en la que vive como en la que fue criado y pueden no ser las mismas, por una parte y, por otra, a que el desarrollo de los medios de comunicación permiten no ser sólo espectador de lo que sucede y vemos que sucede sino también compartir nuestra opinión con otros salvando barreras de distancia, de cultura y hasta de idiomas.

En este marco panorámico con la globalización de fondo surge el corona virus.

Recordemos que ya Eric Hobsbawm, en su Historia del siglo XX y en sus últimas reflexiones y análisis deja planear, a partir de la excepcional e históricamente novedosa —nunca antes registrada— bonanza de los ’70 del siglo pasado —más acentuada en los países llamados occidentales— la amenaza de una reiteración de la crisis de 1929. Y es precisamente con ese episodio que se compara la situación actual. Para Hobsbawm, el crash se origina en la caída sucesiva y provocada en cadena de los intercambios comerciales, al modo del derrumbe de un castillo de naipes, que es precisamente también lo que empieza a columbrarse desde el inicio de la pandemia.

Pasaré revista a ciertos aspectos conflictivos que ya estaban presentes al momento de la aparición del virus y sobre los que éste ha actuado a mi entender como catalizador.

– Finanzas

La crisis financiera de 2008/9 puso en evidencia, a través del escándalo de las hipotecas ‘sub-prime’ lo artificioso y enteléquico de los manejos financieros. El despegue de las realidades económicas que comienza con la introducción del papel moneda que inventó, precisamente para financiarse, la Revolución Francesa y que a través de innovadores métodos cibernéticos de contabilidad en los que los montos son registros que se truecan y transfieren cada vez con menos apego a un fundamento real de valor ha llegado a alcanzar un nuevo culmen —que no será probablemente el último que experimentemos— excepto que una circunstancia imprevisible, como el sacudón que las consecuencias prácticas, efectivas, que en la economía real ha tenido la aparición y difusión hasta ahora imparable —salvo el poco halagüeño horizonte de todos contagiados por ende inmunizados y, diría Bécquer, ‘qué solos se quedan los muertos’— del virus provoque una transformación profunda cuyos rasgos y alcances estimo serán tan imprevisibles como su origen.

Otro aspecto importante de las finanzas es su incidencia en el ámbito bursátil, es decir, donde se manejan y establecen las cotizaciones de los productos y servicios —i.e., su precio— y el valor de las empresas que los producen y ofrecen al mercado. Esta incidencia suele asumir los mismos rasgos ya señalados de divorcio de la realidad entre lo financiero y lo económico, con el agravante crucial de que en este caso afecta directa y a veces perversamente la valoración de la riqueza real, concreta, del trabajo y su producto. Lo que inevitablemente afecta el comercio de esos bienes, cuestión decisiva en las actuales circunstancias.

– Petróleo

Desde 1973/4 el precio del petróleo cobró una resonancia que no tenía en el ámbito internacional. Luego, dos novedades surgieron a partir del alza de ese precio: una, que muchos yacimientos tradicionales se volvieron rentables, como los del Mar del Norte, seguida de otra que fue el desarrollo técnico que permitió explotar los esquistos a través del ‘fracking’, aún más costoso que el anterior pero vuelto rentable por la mencionada alza. La otra es el desarrollo de fuentes alternativas, como los biocombustibles, por un lado y, por otro, las energías renovables: solar, eólica entre otras. De momento, los productores de petróleo a la antigua siguen teniendo primacía porque sus yacimientos les permiten aumentar su producción arrastrando los precios abajo y también porque las industrias que necesitan de esa energía no se han convertido masivamente al uso de esas ‘nuevas energías’ Por otra parte la agotabilidad del viejo recurso ha llevado al resurgimiento de viejos combustibles ya casi abandonados si no olvidados y mucho más contaminantes, como el carbón, y también a que los productores tradicionales —v.gr. Arabia Saudita— se planteen seriamente la necesidad imperiosa de obtener la mayor ganancia en el menor plazo posible, habida cuenta, además, que el horizonte temporal de agotamiento del recurso y/o de su rentabilidad no se cuenta en siglos sino en décadas. La disrupción de las economías y de los intercambios que ocasiona el virus agrega un matiz dramático a estos dilemas, de suyo preocupantes.

Cabe distinguir, por otra parte, el caso de los biocombustibles que, o dedican a la circulación de vehículos muchas veces de placer, productos que podrían ir a la alimentación o, con un efecto igualmente perverso, dedican tierras laborables a cultivos que cumplen ese propósito de ersatz energético restándolas a las dedicadas a producir alimentos. Todo esto para mantener una industria sobre la que el horizonte del agotamiento de las fuentes de combustible hasta ahora utilizadas cuelga su espada de Damocles. Y no tiene remedio, nos recuerda Machado.

Párrafo aparte merece la explotación del hidrógeno, el elemento más abundante en el universo conocido, pero cuya tecnología por costo y sofisticación no ha logrado arraigar —o no se ha permitido que arraigara— en el consumo energético y de combustible con alcance mundial, siendo que constituiría la fuente más barata y menos contaminante de las disponibles a la fecha. Es válido a mi entender preguntarse si el tumulto actual le brindará una oportunidad en el futuro subsiguiente.

– Energía nuclear

Más allá de los desaguisados técnicos del siglo pasado en EEUU y la URSS, un acontecimiento tan imprevisible como el virus sucedió en Fukushima en Japón, manifestando una cierta fragilidad aleatoria en la seguridad de las instalaciones nucleares. No obstante ello, debe considerarse que no es una fuente de energía insegura, si se toman los debidos recaudos, y también que es capaz de un desarrollo del que la explotación de petróleo y gas es incapaz o ha alcanzado su límite, a más del plazo de agotamiento del recurso impostergable por medios técnicos. Pero esta percepción de inseguridad ha determinado un repliegue del uso de esta fuente de energía, cuyo único inconveniente serio es la disposición de sus desechos. Asimismo, la mala prensa que este recurso ha recibido tanto desde el punto de vista de la contaminación —salvo desastres como los señalados y la cuestión de los desechos, menor que en el caso del carbón, el gas natural y el petróleo— como desde el ángulo de la posibilidad del desarrollo armamentístico de esta tecnología —caso Israel-EEUU vs Irán— y los recelos y percepción de riesgos que genera, han arrinconado casi con un sesgo de obsolescencia las posibilidades de utilización práctica y eficiente de la energía nuclear, cuyos usos, recuérdese, abarcan incluso técnicas médicas y terapéuticas entre otras.

– Cambio climático

Como hemos visto tanto en cuanto al petróleo como a la energía nuclear, la cuestión de la contaminación resulta central y en algunos casos decisiva según las políticas que se adopten al respecto. En tal sentido, es indudable —me parece megalomanía pretender sacar de la galera una nueva era geológica y denominarla, en nuestro honor o más bien deshonor, ‘antropoceno’: las consecuencias de la aparición del virus lo muestran de modo palmario— el impacto de la producción de gases de efecto invernadero sobre el clima del planeta es evidente y de continuar así como hasta ahora, catastrófico. Curiosa y singularmente, una de las implicaciones que para la vida cotidiana trajo el virus, como son la cuarentena y la brusca restricción de desplazamientos, generalmente en vehículos propulsados por alguna de las energías mencionadas, han traído consigo una notable disminución de esas emanaciones contaminantes con un resultado manifiesto en una mayor diafanidad del aire en las ciudades o del agua en ríos y lagos, por ejemplo. Es decir que el daño y el impacto nocivo de la contaminación sobre el medio ambiente se demuestra casi como un teorema. Espero que no ensayemos demostrarlo por el absurdo.

Agua

Además de lo que ya se sabía y venía viendo en cuanto a la posibilidad de una escasez de agua potable e incluso simplemente de agua no contaminada ni salobre, el virus viene a plantear la cuestión paladinamente: aparte del aislamiento físico de las personas, la principal prevención conocida y fehaciente contra el virus consiste en la medida higiénica decimonónica (Semmelwiss, Viena, 1846) de lavarse las manos concienzudamente con jabón. Frente a esto, el acceso al agua limpia se vuelve una cuestión de vida o muerte que agrava la del mismo acceso a agua potable, indispensable para la vida, virus o no virus.

Algo tan inocuo y espiritual, intelectual y emocionalmente —¡tan de moda!— como el golf —por lo de competir consigo mismo— supone un consumo de agua para riego de los ‘links’ que se resta —como esas tierras de cultivo destinadas a producir combustibles— a cultivos generadores de alimentos, cuando no ya al consumo de agua de la población —recuerdo escándalos en Fez, Marruecos, por una circunstancia de esta índole a principios de este siglo. Y esto es sólo uno de tantos ejemplos, como el desperdicio de agua, y de alimentos, por la población de las sociedades llamadas desarrolladas.

Pongamos esto en el contexto de tener agua para lavarse las manos y resulta patéticamente lamentable y vergonzoso para la condición humana.

– Intercambios comerciales

Precisamente es éste el clavo donde más duro ha pegado el martillo del virus. A la manera de los naipes mencionados, montemos un parate en la producción determinado por las cuarentenas sobre la necesidad de aplicar recursos a la atención médica de los contagiados y a la prevención del contagio, agreguémosle encima la carta de la interrupción de los intercambios sosteniéndose sobre la de la supresión de desplazamientos, buscando dónde colocar las de la caída brusca del consumo y la de la ociosidad de las ofertas de servicio —exceptuadas aquellas electrónicas—, el as del caos financiero que se insinúa y… se nos cae el castillo, ¡con lo bonito que era!

Parábolas aparte, la situación requiere una seriedad, rigor de pensamiento y análisis y sobre todo, previsión, que en todo el mundo parece que brillan por su ausencia, como ha evidenciado el avance de la pandemia que no deja de recordar a cuando un chico desaprensivamente patea el montículo de un hormiguero. No creo que las hormigas se dediquen a echarse culpas entre ellas, pero sí —y ahí está el parecido— aplican aquello de chacun pour soi et Dieu pour tous.

Y no se diría el momento de —lo han demostrado todos los credos suspendiendo o reduciendo al mínimo los participantes de sus ritos o cibernetizándolos— pensar que Dios va a ayudarnos, si es que existe y le preocupa, si no nos ayudamos nosotros. Entre nosotros.

– Demografía y migraciones

Entretanto, y antes de la irrupción de la pandemia, la demografía ya indicaba tendencias que en unos años o a lo sumo a mitad de este siglo modificarían radicalmente la distribución poblacional en el planeta, con una mengua para prácticamente la totalidad de los países más poderosos y desarrollados, incluyendo a Europa, Rusia y Japón y la excepción de EEUU, fruto principalmente de flujos inmigratorios. Como es de esperar de seres humanos, todos queremos progresar y trataremos de hacerlo —ubi bene ibi patria— en el sitio, país, región, que más posibilidades ofrezca; es decir que es de esperar que esa mengua poblacional será volens nolens compensada con largueza por la inmigración, como el caso de EEUU pone de relieve.

A la vez, y no tanto catástrofes naturales —como podría considerarse el virus— sino conflictos prolongados y sangrientos han impulsado un flujo migratorio importante sobre todo hacia Europa con las peripecias y resultados de conocimiento general. Estos flujos han quedado frenados ahora por el virus, que ha determinado políticas de encierro y aislamiento, confinados a donde se encontraran en el momento de iniciarse estas medidas restrictivas de los desplazamientos, lo que probablemente y en la mayoría de los casos ha tenido el efecto de agravar y hacer más miserable su situación presente. Y hasta esa picardía ha infundido Madre Naturaleza en este virus: la mayor parte de ellos no morirán, así que como en aquel considerado el cuento más breve jamás escrito: Cuando despertó, el dinosaurio seguía ahí.

O sea que éste es un problema que habrá que abordar llegado el momento. Ése que no sabemos cuándo será.

– Terrorismo, variantes internacionales

Como participantes estelares de esos conflictos que han expulsado a tantos del hogar de sus ancestros y su origen hay varios grupos extremistas, terroristas algunos por su métodos y en todo caso cuyo propósito manifiesto es trastocar el orden o sistema establecido y mantenido hasta el presente. Esto no implica justificación alguna ni de atentados ni de masacres, sino una descripción de la realidad que debe asumirse porque, ésa sí, y vuelve Machado: ‘lo que no tiene es remedio’.

Varios de estos conflictos, la nómina de cuyos protagonistas e impulsores resultaría, además de incierta, en exceso prolija, continúan y continuarán cuando y si la crisis de la pandemia haya pasado.

Y como en todos los demás aspectos analizados, se hace más que nunca necesaria una acción global y consensuada de todos los actores internacionales ya que —y ésta es tal vez la lección más importante que aprender ante las consecuencias de la aparición del virus— la globalización es el panorama de fondo de nuestra humanidad, todos nosotros.

El mito del Diluvio, en todas sus variantes, aparte de la lección del castigo, nos enseña que se salva quien está preparado y salva consigo a otras especies y seres vivos, pero también impone otra enseñanza: la historia la escriben quienes duraron para contarla, y la historia, que responde a y por el pasado —ése remoto, inmutable y vigente—, se abre al porvenir de los sobrevivientes.

Tal vez hay que ensayar un pensamiento novedoso, a la manera de:

La primavera árabe se agostó, vino el corona virus y volvió a florecer.

O cualquier otro propósito que creímos mustio, tras esta tempestad renace renovado.

 

* Diplomático retirado. Fue Encargado de Negocios de la Embajada de la República Argentina en Marruecos (1998 a 2006). Ex funcionario diplomático en diversos países árabes. Condecorado con el Wissam Alauita de la Orden del Comendador, por el ministro marroquí de Asuntos Exteriores, M. Benaissa en noviembre de 2006). Miembro del CEID.

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