PROPICIAN PESCAR CALAMAR CON REDES DE ARRASTRE

César Augusto Lerena*

Perfil, 10 de marzo de 2026.

 

Si la Subsecretaría de Recursos Acuáticos (Pesca) autoriza la “captura objetivo” del Calamar (Illex argentinus) al norte del paralelo 41°S con buques arrastreros en la Zona Económica Exclusiva (ZEE) Argentina ―atrasando sostenible y ambientalmente― sería una decisión que atentaría contra el crédito internacional de la calidad del calamar argentino capturado en forma dirigida con buques poteros (jigging); desalentando la pesca selectiva y, la Argentina estaría convalidando la pesca extranjera en Malvinas y alta mar que usa este tipo de artes de pesca en la captura de calamar.

Según los dictámenes para el Consejo Federal Pesquero 11/2025; las campañas de evaluación (enero-febrero 2026) y, el Informe Técnico 5/2026 del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP) y, con el objeto de divulgar popularmente las características del calamar, vale la pena destacar que esta especie tiene un ciclo de vida anual, es de crecimiento rápido y de madurez sexual temprana.

Para facilitar la lectura del tema, el artículo de la Revista Puerto (5/10/2016) resulta interesante para tener una idea del hábitat de esta especie: «en verano el calamar se distribuye entre las isobatas de 50 y 400 m. especialmente entre los 80-150 metros. Las mayores concentraciones se detectan en dos áreas entre los paralelos de 44º y 48º, de los reproductores desovantes de verano y otra entre los de 49° y 52° de los sud-patagónicos pre-adultos inmaduros o iniciando la maduración. Entre diciembre y febrero se produce el desove de los desovantes de verano sobre la plataforma intermedia y externa entre los paralelos de 42º y 48º. En otoño se observan concentraciones a lo largo de la plataforma externa y el talud continental. Entre marzo y junio al sur del paralelo 44º se encuentra al sud-patagónico y entre abril y julio en el mismo lugar, al bonaerense nor-patagónico. Se trata de adultos que iniciaron la maduración o están maduros, paso previo a la emigración a aguas más profundas donde tiene lugar la reproducción y muerte. El sud-patagónico se reproduce entre abril y junio a lo largo del talud entre 48º y 45º».

Para que alcancemos a entender las connotaciones estratégicas y económicas de este recurso y la necesidad de una administración eficiente, recordamos que cuando en 2024 el Consejo Federal Pesquero (CFP) iba camino a autorizar las investigaciones en aguas argentinas del buque británico James Cook, además de rechazar la idea, porque nosotros entendíamos que el CFP no tenía suficientes facultades, un experto en la materia consideró “escandalosa” esa autorización, ya que «le permitiría a los británicos conocer el reclutamiento del stock sub-patagónico, que es el único que entra en la zona de protección (FOCZ) de Malvinas (y) la migración de las crías/juveniles es predominantemente de oeste a este, por lo tanto, los británicos, necesitan saber cuánto calamar ingresará a esa área para otorgar las licencias ilegales».

En una prueba más, de que el manejo adecuado de esta especie supera la cuestión biológica, este mismo especialista precisaba: «es de especial interés para los británicos conocer qué pasa con la corriente circumpolar antártica, ya es la “madre” o fuente de las dos corrientes que se desprenden de ella. La corriente de Malvinas, que se divide en dos. Una entre el continente y Malvinas y la otra, al Este de Malvinas. Entre esas dos se genera el transporte de huevos hacia el Norte, condicionando la próxima temporada de captura».

Entre los aspectos claves de las campañas recientes del INIDEP (2025/6) precisamente se puso foco en la abundancia y distribución del stock sud-patagónico en la plataforma y el talud patagónico (46°-51°S, 100-500m.) para estimar el reclutamiento; la abundancia relativa: variable interanual; en temporadas previas (ej. 2025) alta, en el sur del 44°S y en la heterogeneidad poblacional y la necesidad de monitoreo escalonado según stocks y reclutamiento. La ciencia parece tener suficientemente claro las particularidades de esta especie, aunque no parecen verlo del mismo modo, algunas empresas y, el Consejo Federal Pesquero.

El 15/12/2025 se presenta ante el CFP el Consejo de Empresas Pesqueras Argentinas (CEPA) solicitando operar con buques congeladores arrastreros para “la pesca objetivo del calamar” al norte del paralelo 41°S, e incrementar en un 20% la capacidad de bodega de “pesca incidental” de merluza común. (hubbsi). Igual pedido formularon luego las Cámaras Pesqueras AEPCyF; UdIPA y CAABPA (Acta CFP 2/26).

Consultado el INIDEP, en síntesis contestó: «…para los buques congeladores que “operen exclusivamente en pesca objetivo de calamar”, no implicaría un impacto significativo sobre la sostenibilidad del stock (…) pero, dadas las circunstancias biológicas actuales y la fragilidad del stock reproductivo de merluza común, no resulta aconsejable aumentar el esfuerzo de pesca sobre este efectivo (…) y elevar el margen de una “captura incidental” del 10% al 20% podría profundizar la declinación del recurso (ya que) el efectivo de merluza común al norte de los 41°S atraviesa una situación biológica crítica…», decidiéndose por unanimidad dar respuesta negativa a la petición de CEPA en los términos expuestos por el INIDEP.

Para quienes no están familiarizados con el tema; puede ser interesante conocer que el calamar Illex es un molusco de gran cabeza y tentáculos alrededor de la boca, ojos desarrollados y cuerpo alargado, cilíndrico y hueco donde se alojan los órganos; aletas triangulares anchas y cortas y, brazos con ventosas. El término “buque potero”, deriva de “pota” el nombre que los españoles le dan al calamar. Los poteros los inventaron los japoneses en el siglo XV y, si bien hacia el siglo XIX ya se usaban, es a partir de 1960/70 que este país y Corea del Sur lideraran el desarrollo de estos buques comercialmente. China lo hace a partir del 80 y es hoy la flota más grande del mundo. En la Argentina en la década del 90 y, es, a través del régimen de “charteo” de poteros (Decretos 1493/92 y 1285/99) que -si bien fue un régimen cuestionado- es clave para el desarrollo de este tipo buques; aunque el primer potero, se adecúa en el país en 1999, originario de Nagasaki, Japón.

Los buques poteros son aquellos que usan sistemas selectivos para pescar únicamente calamar mediante máquinas poteras con tres elementos: el sedal; una máquina automática e iluminación potente para reunir el cardumen. La potera en su extremo lleva los anzuelos de distintos colores y, éstos y la luz atraen al calamar que se concentra bajo la sombra del buque donde las poteras se mueven imitando a los pequeños peces. Es decir, esta combinación de luz-supuestas presas, permite la captura de esta especie.

Por otra parte, los buques de arrastre tienen redes de polietileno o poliamida, y sus diseños dependen de los distintos tipos de buques; por ejemplo, las redes de tangón (para la pesca de langostino); pero, en términos generales, tienen una forma de embudo que el buque arrastra y permite la captura de las especies objetivo junto a la pesca incidental de especies asociadas. Entendiéndose por “especie objetivo” a «aquella sobre la cual se focaliza el esfuerzo de un buque y, la “pesca incidental” a aquella no selectiva que se realiza con redes de arrastre u otras artes de pesca para la captura de una especie objetivo, donde –accesoria e inevitablemente- se pescan otras especies» (cesarlerena.com.ar “Pesca. Industria y Soberanía”, 2026).

Pese, a que en el mundo hay un fuerte movimiento de ataque a la pesca con redes de arrastre (muchas veces se lo hace sin suficiente rigor científico o sin propuestas alternativas), resulta notable en este caso que, disponiendo de métodos selectivos para la pesca de calamar, alguien plantee la posibilidad de capturar como “especie objetivo” el calamar con estas artes de pesca, con la consecuente necesidad de aumentar la pesca incidental de merluza para ello. Es decir, buques arrastreros y/o tangoneros congeladores que están destinados a la pesca de langostino, merluza y otras especies, entrarían en competencia con aquellas empresas que realizan una pesca selectiva de calamar y, lo que resulta muy llamativo es que hasta el propio INIDEP, garante de la sostenibilidad y promotor de las nuevas tecnologías de capturas, entienda como viable la pesca objetivo de calamar con redes de arrastre (¿?).

Diversas fuentes (CAPA, SeaFood Media FIS; Revista Puerto, Pescare) indican que en las temporadas recientes (2025/26) unos 80 buques poteros nacionales realizaron el 85/90% de las capturas de calamar en la ZEE, con capturas que superan las 96 mil toneladas en las primeras semanas operando principalmente al sur de 44°S en verano-otoño, y migrando al norte (39-42°S) en etapas posteriores, con base en los puertos de Mar del Plata, Puerto Madryn y, Puerto Deseado. Por su parte, los buques arrastreros que realizan el 10/15% de las capturas, pescaron en forma incidental calamar (unas 17 mil toneladas en 2026).

A los 80 buques poteros nacionales (70% de capital extranjero) que pescan calamar en la ZEE se suman unos 65/80 arrastreros nacionales que pescan incidentalmente; a los que -seguramente- se habrían de incrementar su número de autorizarse la captura como “pesca objetivo” al norte del paralelo 41°, ya que la flota arrastrera total argentina ronda los 120 buques, de empresas con una gran participación de capitales extranjeros; mayoritariamente español, chino y otros. 

La investigación del INIDEP se realiza centralmente sobre las capturas de calamar con redes de arrastre (INIDEP 033/22; 014/25); pese a aceptar que «el arrastre se reconoce como método secundario para Illex argentinus (…) es más industrial y vulnerable a variabilidad interanual de cohortes (grupos etarios), con riesgos de sobreexplotación si no se regula el esfuerzo (pero) el INIDEP no expresa opiniones adversas ni críticas directas a la pesca de calamar con redes de arrastre (aunque) rechaza expansiones de arrastre en zonas sensibles por impacto en otras especies (ej. merluza norte), no por el calamar en sí (y) no hay evidencias de que el INIDEP promueva reemplazar la pesca de arrastre por poteros por más selectivo».

Nosotros ―por el contrario― creemos que no se puede admitir la pesca de calamar (Illex argentinus) como especie objetivo con redes de arrastre, salvo cuando el objetivo de captura es otro y se pesca calamar incidentalmente, en las condiciones máximas acordadas, ya que, de otro modo, obtendríamos varios efectos negativos.

En primer lugar, se han registrado casos de sobreexplotación de calamar por la utilización de redes de arrastre en distintos países. Por ejemplo, en Nueva Zelanda (1980-1990). De la misma forma con la pesca de buques extranjeros en alta mar del Atlántico Sur cuando no se realiza con poteros. También en el Pacífico Sudeste (Perú, Chile, Ecuador) donde “habría señales de depleción y riesgo de colapso por pesca industrial descontrolada en alta mar”. Al igual que en México (Baja California, jumbo squid) donde hubo colapso documentado en la pesquería de los 2000-2010. Como, podemos apreciar, se detectaron casos de depredación de calamar con el uso de redes de arrastre y no en una pesca administrada con poteros.

En segundo lugar, la Argentina debe llevar adelante todas las acciones necesarias para promover y aplicar los avances tecnológicos disponibles para realizar una pesca selectiva y de mayor calidad. La calidad al momento de envasarse a bordo el calamar capturado con redes de arrastre es inferior al capturado con poteras. Mientras que el primero presenta mayor daño; estrés; carne blanda y una menor calidad organoléptica; las poteras permiten la llegada del calamar vivo a bordo; menor estrés, piel intacta, carne más firme y mejor apariencia; obteniéndose, si se realizan buenas prácticas de manufactura una calidad superior.

En tercer lugar, se facilitaría el acceso a este recurso a empresas que se están dedicando -con importantes ingresos- a la captura del langostino y, otras especies, en lugar de incentivar a las empresas nacionales que han aplicado su esfuerzo económico a la pesca selectiva de esta especie.   

En cuarto lugar, no podríamos cuestionar a los buques extranjeros que utilizan estas artes de pesca para la captura del calamar fuera de las 200 millas en alta mar o en Malvinas.

Para profundizar los fundamentos sobre la inconveniencia de usar redes de arrastre recurrimos al mismo experto que nos efectuó la siguiente opinión esclarecedora: «El calamar Illex ha sido muy estudiado en Argentina desde la década del 70. Se sabe desde esa época que, una vez más: “Dios es argentino” ¿por qué? Porque las hembras de esta especie desovan en la profundidad por fuera de la plataforma continental; donde es difícil capturarlas con arrastreros e imposible con poteros. En menores profundidades la eficiencia de los arrastreros aumenta exponencialmente, como pudo demostrarse en Nueva Zelanda y Canadá. Las hembras anualmente desovan en la profundidad. Sus huevos son arrastrados por la corriente de Malvinas, que es un desprendimiento de la corriente Circumpolar Antártica que sube pegada al talud. Esos huevos llegan -en circunstancias normales- hasta el frente marítimo y ahí encuentran la corriente cálida de Brasil que baja siguiendo la costa uruguaya a unas 200 millas de la costa. Ya en contacto con esas aguas templadas eclosionan y se inicia el ciclo de vida anual, descendiendo gradualmente, hasta llegar a aguas de las costas patagónicas (Norma Brunetti “Contribución al conocimiento…del calamar argentino…”, 1988)».

«¿En qué momento del ciclo biológico del calamar pescan con mayor éxito los arrastreros?: cuando se produce el apareamiento que se convierten en masas densísimas, luego del cual mueren los machos y, cuando las hembras se pegan al fondo para desovar y morir. Ergo en estas dos etapas, cada tonelada capturada por los rastreros significa miles de toneladas perdidas, para el año próximo. En cambio, los poteros no tienen ninguna posibilidad de capturar en el apareamiento o en el desove cuando las hembras se pegan al fondo y carecen de toda agresividad para intentar atacar los señuelos de los poteros. Motivo por el cual, es imposible que los poteros exterminen el recurso; en cambio, dejar a los arrastreros como “especie objetivo” es criminal e irresponsable».

Recordemos “La noche del Calamar” de Jacques-Yves Cousteau, o “cuando las hembras descansan en el fondo”. Es necesario poner racionalidad y, existiendo sistemas selectivos para asegurar la sostenibilidad de los recursos, hay que descartar todo retroceso al pasado. Pescar con redes de arrastre calamar “como especie objetivo” debe ser considerada una Pesca Ilegal y, lo es por el artículo 21° inc. g) de la Ley Federal de Pesca 24.922.

 

* Experto en Atlántico Sur y Pesca. Ex Secretario de Estado. Presidente del Centro de Estudios para la Pesca Latinoamericana (CESPEL). cesarlerena.com.ar  

OPERACIÓN EPIC FURY: IRÁN, VENEZUELA Y LA LÓGICA DEL PODER RELATIVO FRENTE A CHINA

Charles Louis de Montmort*

La operación conjunta entre Estados Unidos e Israel, denominada «Operation Epic Fury», culminó con la muerte del Líder Supremo de Irán, Alí Jamenei, y de otros altos funcionarios del régimen, y tuvo también como objetivo la degradación de instalaciones militares y energéticas en distintas ciudades del país. Más allá del grado exacto de daño infligido, la ofensiva desencadenó una escalada regional, con represalias contra países del Golfo, ataques sobre objetivos estadounidenses y el cierre del estrecho de Ormuz, arteria por la que transita alrededor de una quinta parte del petróleo mundial y grandes volúmenes de gas natural licuado, con consecuencias inmediatas sobre los mercados energéticos globales.

En una primera lectura, la campaña parece responder a un doble objetivo. Por un lado, degradar las capacidades materiales de Irán para impedir que alcance un umbral nuclear operable y limitar el incremento de su arsenal de misiles balísticos, reforzando lo que, en la teoría estratégica, retomada por Glenn Snyder, se denomina disuasión por negación (deterrence by denial). En este sentido, al reducir la capacidad del adversario para ejecutar un ataque exitoso, se altera su cálculo de costo-beneficio, disminuyendo así el riesgo de agresión directa contra Estados Unidos o sus aliados. No se trata solo de reducir capacidades militares, sino también de modelar la voluntad del adversario. Por otro lado, la campaña busca ejercer presión política suficiente para forzar una reconfiguración de la fisonomía del poder en Teherán, demostrando que el costo de desobedecer puede ser mayor que el de ceder.

Esa reconfiguración podría seguir dos trayectorias: un levantamiento popular que acelere el colapso del régimen, opción que Trump promueve abiertamente, pero que resulta compleja debido a la falta de conectividad digital y de organización social en el país; o, de forma más verosímil, la emergencia de una figura más moderada dentro del propio aparato estatal, dispuesta a negociar y ofrecer las concesiones necesarias para alcanzar un acuerdo favorable con Washington. Ambas opciones, sin embargo, tienen un problema de fondo: lo que una parte del pueblo iraní puede exigir es un liderazgo situado por fuera del Cuerpo de Guardianes de la Revolución, mientras que lo que el sistema puede generar es un interlocutor funcional a los intereses estadounidenses, pero surgido del mismo entramado de poder. Washington necesita lo segundo; los iraníes pueden querer lo primero, especialmente si se considera que las protestas masivas de 2026 reflejan aspiraciones ciudadanas más amplias: según Gamaan, el 89 por ciento opta por una democracia secular que garantice libertad, seguridad jurídica y mejora económica. Esa brecha entre lo que Estados Unidos puede obtener y lo que parte de la sociedad iraní aspira a construir constituye, en sí misma, una fuente potencial de inestabilidad futura.

Desde una segunda lectura, más estratégica y estrechamente vinculada a la política exterior estadounidense, la operación ha sido interpretada por diversos analistas como un movimiento ofensivo imprudente que reabre el dilema clásico del costo de oportunidad al que Estados Unidos se ha enfrentado recurrentemente en sus intervenciones en Medio Oriente: al comprometerse militarmente en esa región, tras haber sostenido previamente a Ucrania con un arsenal que incluyó misiles HIMARS (High Mobility Artillery Rocket System), drones y sistemas de defensa aérea Patriot, y después de haber ejercido también presión estratégica en el hemisferio occidental, Washington dispersaría recursos, atención y capacidad de concentración precisamente en el momento en que su principal rival sistémico, China, consolida poder e influencia a escala global.

Ese análisis remite, asimismo, al diagnóstico que el historiador Paul Kennedy formuló en su obra clásica sobre el ascenso y la caída de las grandes potencias: la sobreextensión imperial. Cuando una potencia hegemónica destina más recursos a mantener su posición en el sistema internacional de los que su base económica puede sostener, comienza a erosionar la misma capacidad que pretende preservar. Desde esa perspectiva, el declive relativo no siempre proviene de una derrota estratégica, sino también del desgaste acumulado por haber abierto múltiples frentes sobre una base de recursos finita. En esa línea, las afirmaciones de Trump acerca de que Estados Unidos dispone de «municiones ilimitadas» contrastan con las advertencias formuladas por funcionarios del propio gobierno ante el Congreso sobre el elevado consumo de municiones en el conflicto. Sin embargo, esas declaraciones también forman parte de la lógica de la representación del poder, ya que ninguna gran potencia puede admitir abiertamente una imagen de agotamiento sin afectar su credibilidad disuasiva. De hecho, Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia militar del mundo por su escala logística para desplegar y sostener fuerzas y bases alrededor del mundo, así como por su primacía en tecnología militar, capacidad de comando y dominio aéreo.

Ahora bien, aunque la crítica de la sobreextensión y la dispersión estratégica capta una dimensión real del problema, no agota por completo la racionalidad de la campaña en curso, que articula el uso militar de la fuerza con una política exterior más transaccional. Las dos principales operaciones impulsadas por Trump en 2026 —Irán y Venezuela— pueden leerse menos como fines en sí mismos que como movimientos inscriptos en un cálculo más amplio, cuya premisa, a mi ver, parecería relativamente simple: hacer que Washington gane más y que China gane menos.

Para comprender esa lógica de búsqueda de poder y seguridad en el sistema internacional, conviene retomar el marco conceptual de John Mearsheimer. Mearsheimer distingue entre poder absoluto y poder relativo, una diferencia clave para entender la competencia entre grandes potencias. El primero remite exclusivamente al propio balance: ¿obtuve algo? El segundo observa la brecha: ¿quedé mejor o peor posicionado respecto de mi rival? Esa diferencia no es trivial, sino que surge de la propia estructura del sistema internacional y de la dinámica competitiva que lo atraviesa. ese sistema es anárquico: carece de una autoridad supranacional capaz de garantizar la seguridad de los Estados. A diferencia de lo que ocurre dentro de los Estados, donde las instituciones políticas y el orden jurídico pueden contener el conflicto y hacer cumplir reglas comunes, en el plano internacional no existe una instancia superior que regule de manera efectiva el comportamiento estatal. En ausencia de esa autoridad, los Estados no pueden descansar por completo en las intenciones ajenas y se ven obligados a acumular poder para sobrevivir. Bajo esa lógica, los Estados pueden aceptar, en cierta medida, algunos costos —en armamentos y recursos— si con ello logran mejorar su posición relativa frente al rival sistémico y reducir, aunque sea parcialmente, las condiciones de poder del adversario, por ejemplo, encareciendo su base material de expansión y restringiendo, en alguna medida, su acceso a recursos estratégicos.

En Venezuela, el blanco son los hidrocarburos y los minerales estratégicos. Tras la captura de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez asumió como presidenta encargada mientras Washington presionaba por una apertura total del sector energético. El resultado fue inmediato: los envíos venezolanos de petróleo a Asia cayeron 67% en febrero respecto de enero, hasta 48.000 barriles diarios, mientras aumentaban las exportaciones hacia Estados Unidos y Europa bajo autorizaciones estadounidenses. Washington pasó a controlar más el esquema exportador venezolano y desvió parte de los cargamentos previamente destinados a China hacia mercados occidentales. En ese contexto, el secretario de Energía Chris Wright fue explícito al señalar que Estados Unidos no permitiría que Pekín ejerciera un control dominante sobre Venezuela. Esa frase traduce al lenguaje político la lógica del poder relativo: la métrica no es solo lo que Washington acumula, sino también lo que Pekín pierde en acceso, influencia y capacidad de proyección. Al mismo tiempo, la operación interrumpe el avance de inversiones estratégicas chinas en infraestructura, recursos naturales y presencia naval en lo que Washington considera su área de influencia irrenunciable, reafirmando la Doctrina Monroe en su versión actualizada.

Irán muestra un patrón parecido, aunque en una escala más peligrosa y con efectos más sistémicos. Asia depende fuertemente del crudo de Medio Oriente, del que obtiene alrededor del 60% de su suministro y China queda especialmente expuesta a una interrupción prolongada del estrecho de Ormuz, dado que obtiene aproximadamente la mitad de sus importaciones marítimas —unos 5,4 millones de barriles diarios— de esa región. En ese sentido, Ormuz se convierte en un punto de presión indirecta sobre Pekín: su bloqueo no constituye un shock periférico, sino una perturbación potencial sobre la base material del poder industrial asiático y chino. No se sigue necesariamente de ello que la operación haya sido concebida para afectar a China, pero sí que sus efectos sistémicos pueden leerse en esa dirección. Los indicios empíricos respaldan, al menos en parte, esta interpretación. Reuters informó que refinadores como Zhejiang Petrochemical y Fujian Refining comenzaron a reducir sus corridas de producción, y que los refinadores asiáticos más dependientes del crudo de Medio Oriente podrían verse forzados a recortar su actividad hasta un 20% si la crisis se prolonga. Asia dispone de pocas alternativas inmediatas: reemplazar esos flujos con crudo proveniente de Brasil, África Occidental o Estados Unidos implica tiempos de tránsito más largos, fletes más altos y mayores costos logísticos. En consecuencia, debilitar a Irán no solo altera el equilibrio regional: también reduce el margen de maniobra energético de China y expone una vulnerabilidad estructural que favorece a Washington en términos relativos.

De lo anterior, El efecto agregado parece opera en tres planos. En el económico-industrial, China pierde parte de su ventaja de costos: sin acceso fluido a crudo iraní y venezolano a precios preferenciales, suben sus costos de refinación, petroquímica, transporte y manufactura de escala. En el geoestratégico, Pekín queda más expuesta a chokepoints marítimos que no controla y que, en escenarios de tensión, pueden ser utilizados como palancas de presión. En el político, el patrón se repite: presionar para sustituir actores hostiles por interlocutores más dispuestos a ceder, redirigir recursos estratégicos fuera de la órbita de Pekín, y enviar una señal inequívoca de que ninguna potencia extracontinental consolidará presencia estable en el entorno inmediato de Estados Unidos.

Conviene precisar, sin embargo, el alcance real de ese daño. Las operaciones no afectan a China principalmente en su núcleo tecnológico avanzado —el diseño de chips de punta, por ejemplo, responde a otras cadenas de dependencia—, sino en algo más amplio: la base material que permite escalar ese poder. La tecnología china no flota en el aire; requiere energía abundante, feedstocks petroquímicos, logística industrial estable y una industria pesada operando sin shocks. Al restringir el acceso chino a crudo iraní y venezolano —dos fuentes de barriles descontados que en 2025 representaban respectivamente cerca de 1,38 millones y 389.000 barriles diarios de importaciones chinas, Washington no destruye la capacidad tecnológica de Pekín, pero sí puede encarecer y tensionar los cimientos que permiten expandirla. Las refinerías independientes chinas, que dependen en gran medida de ese crudo barato y sancionado para mantener márgenes y flexibilidad operativa, son particularmente vulnerables. Y dado que la IEA proyecta que el crecimiento de la demanda petrolera china hacia 2030 estará impulsado principalmente por feedstocks petroquímicos —insumos para plásticos, químicos industriales, materiales sintéticos y sectores de doble uso militar-civil—, la restricción no es marginal: golpea una arteria de la expansión industrial y tecnológica que Pekín necesita mantener abierta.

Lo que una lectura cortoplacista interpreta como dispersión estratégica puede entenderse, bajo esta óptica, como una forma de contención indirecta: no escalar frontalmente con China en el Indo-Pacífico asumiendo costos militares directos, sino estrechar su espacio de acción y degradar algunos de los nodos materiales de su proyección global. Estados Unidos, en cambio, puede amortiguar mejor el golpe: se mantuvo como el principal productor mundial de crudo desde 2018, produjo alrededor de 13,2 millones de barriles diarios en 2024 y alcanzó un récord de 13,6 millones en 2025, con un papel central de la cuenca del Pérmico en esa expansión.

Ahora bien, si esta estrategia más amplia parece favorecer a Washington sin costos significativos, esa lectura no se corresponde del todo con la realidad económica y política de Estados Unidos. En la política doméstica de Estados Unidos, el aumento de los precios, y, en particular, su traducción en una percepción de encarecimiento del costo de vida constituye una de las variables más corrosivas para cualquier gobierno. Aunque la inflación general había mostrado cierta moderación a comienzos de 2026, seguía siendo un problema sensible, y la reciente escalada en Medio Oriente introdujo un nuevo factor de presión en dos dimensiones: económica, a través del alza del petróleo y la energía; y política, por la marcada aversión de la opinión pública estadounidense al conflicto —el 59 por ciento de los estadounidenses rechazan la intervención contra Irán, según una encuesta de CNN.

En ese contexto, una estrategia exterior que ofrezca ventajas geopolíticas frente a China o Irán tiene consecuencias reales en el plano interno: si el conflicto contribuye a encarecer combustibles, transporte y bienes de consumo, el eventual rédito estratégico externo puede verse compensado —o incluso neutralizado— por costos económicos y electorales dentro de Estados Unidos. De hecho, no sería prudente ni racional para el presidente estadounidense sostener una operación de esta naturaleza durante más de cuatro o cinco meses. Con las elecciones de mitad de mandato previstas para noviembre, y en un contexto de rechazo público a la intervención y de eventual aumento del costo de vida, la prolongación del conflicto podría traducirse en costos electorales concretos y erosionar la gestión de Donald Trump.

En suma, Operation Epic Fury puede interpretarse menos como una reacción contingente frente a la amenaza iraní que como una manifestación de una lógica más profunda de competencia entre grandes potencias, en la cual la fuerza militar, la presión energética y la reconfiguración de espacios periféricos convergen en una misma estrategia de poder relativo. Desde esta perspectiva, Irán y Venezuela dejan de ser teatros aislados y pasan a formar parte de un dispositivo más amplio orientado a restringir, encarecer y desacelerar las condiciones materiales del ascenso chino. Ello no implica negar los riesgos de sobreextensión, ni subestimar los límites que la inflación, la fatiga estratégica y la política doméstica imponen a Washington; implica, más bien, reconocer que incluso estrategias costosas pueden resultar racionales si deterioran en mayor medida la posición estructural del adversario.

 

* Magíster en Estudios Internacionales por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). Sus áreas de interés se centran en la geopolítica, las tecnologías emergentes aplicadas al ámbito de la defensa y el análisis de los conflictos internacionales.

 

Referencias

  1. Glenn H. Snyder.,Deterrence by Denial and Punishment. Research Monograph No. 1, Center of International Studies, Princeton University, 1959; y Deterrence and Defense, Princeton University Press, 1961.
  2. Paul Kennedy.The Rise and Fall of the Great Powers: Economic Change and Military Conflict from 1500 to 2000. Random House, 1987.
  3. John J. Mearsheimer.The Tragedy of Great Power Politics, W. W. Norton & Company, 2001 (ed. actualizada 2014).
  4. Reuters, 6 ene. 2026, acuerdo EE.UU.-Venezuela y desvío de petróleo destinado a China. 
  5. Reuters, 26/27 feb. 2026, control estadounidense de exportaciones y ventas petroleras venezolanas. 
  6. Reuters, 3 mar. 2026, caída de 67% de los envíos venezolanos a Asia.
  7. Reuters, 4 mar. 2026, refinadores asiáticos y recortes.
  8. Reuters, 6 mar. 2026, 60% del crudo asiático desde Medio Oriente.
  9. Reuters, 13 ene. 2026, 1,38 millones bpd de crudo iraní comprados por China.
  10. Reuters, 7 ene. 2026, 389.000 bpd de petróleo venezolano importados por China.
  11. International Energy Agency.Oil 2025: Analysis and forecast to 2030.
  12. S. EIA,Today in Energy, 16 abr. 2025.
  13. Reuters,8 jul. 2025, récord de 13,41 millones bpd en 2025.
  14. CNN/SSRS,2 mar. 2026, 59% desaprueba la intervención contra Irán.

  

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KARBALA: LA DIGNIDAD DE LOS QUE RESISTEN

Bruno Carpinetti*

La primera vez que viajé a Irán fue en enero de 2023. Llegué con la curiosidad de quien quiere comprender un país sobre el que Occidente habla mucho, pero escucha poco. La segunda vez regresé en octubre de 2025, en un contexto regional muy distinto, marcado por la reciente escalada militar en Medio Oriente y por una atmósfera de tensión que se percibía incluso en las conversaciones más cotidianas.

Entre esos dos viajes entendí algo que no aparece en los informes de inteligencia ni en los análisis geopolíticos tradicionales. En esos textos suele dominar una mirada fría: mapas, misiles, alianzas militares, capacidad tecnológica. Pero hay guerras que no pueden comprenderse únicamente con ese instrumental.

En Medio Oriente, el conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán revela algo más profundo: la persistencia de imaginarios históricos que moldean la forma en que los pueblos conciben el sacrificio, la justicia y el tiempo.

Para comprender la resiliencia iraní —y la capacidad de ese país para sostener una resistencia prolongada frente a adversarios militarmente superiores— es necesario mirar hacia un episodio ocurrido hace más de trece siglos: el martirio de Hussein ibn Ali en la Batalla de Karbala.

En esa escena fundacional del islam chiita se condensa una postura existencial y una ética política que atraviesa la historia iraní contemporánea: la convicción de que la justicia puede exigir sacrificio, que la derrota inmediata no es necesariamente el final de la historia y que la dignidad puede sobrevivir incluso frente a fuerzas aparentemente invencibles.

El Golfo en guerra

El conflicto actual se desató tras los ataques coordinados de Israel y Estados Unidos contra instalaciones militares y nucleares iraníes el 28 de febrero de 2026, en una operación denominada Operación Furia Épica.

Los bombardeos alcanzaron diversas ciudades iraníes y eliminaron a varios dirigentes políticos y militares del país. La respuesta iraní fue inmediata: misiles balísticos y drones golpearon objetivos militares israelíes y bases estadounidenses desplegadas en la región.

En pocos días, el conflicto se extendió a otros escenarios: enfrentamientos con «Proxys» o milicias aliadas de Irán —entre ellas Hezbollah—, ataques contra infraestructuras militares en el Golfo y tensiones crecientes en el estratégico Estrecho de Ormuz.

La muerte del líder supremo iraní Ali Khamenei durante los ataques elevó el conflicto a un plano aún más simbólico.

Desde un punto de vista estrictamente militar, el desequilibrio es evidente. La potencia tecnológica y aérea de Estados Unidos e Israel supera ampliamente a las capacidades convencionales iraníes. Pero esa asimetría no es una novedad para la historia de Irán. Y precisamente allí radica uno de los rasgos más notables de su cultura política: la capacidad de transformar la vulnerabilidad en perseverancia y virtud.

Karbala: el origen de una ética

El episodio fundacional del chiismo ocurrió en el año 680, cuando Hussein ibn Ali ―nieto del profeta Muhammad― decidió enfrentarse al ejército del califa omeya Yazid I.

El conflicto no fue simplemente una batalla militar. Fue, ante todo, una disputa por la legitimidad moral del poder en la joven comunidad islámica. Tras la muerte del profeta, el liderazgo del mundo musulmán había pasado a manos de diferentes califas, pero una parte de la comunidad consideraba que la autoridad debía permanecer en la familia del profeta. En ese contexto, Hussein rechazó reconocer el gobierno de Yazid, a quien consideraba un gobernante injusto y carente de legitimidad espiritual.

La confrontación culminó en una batalla, en la llanura de Karbala, en el actual Irak. Allí, Hussein y un pequeño grupo de familiares y seguidores ―entre ellos miembros de su propia familia― fueron rodeados por un ejército muy superior en número. Durante días fueron privados de agua y finalmente aniquilados.

Desde una perspectiva estrictamente militar, la batalla fue breve y desigual. Pero en la memoria del chiismo el episodio adquirió un significado completamente distinto.

Karbala dejó de ser una derrota para convertirse en una epifanía moral: el momento en que un hombre decidió sostener la justicia incluso sabiendo que esa decisión lo conduciría a la muerte.

En la interpretación chiita, el gesto de Hussein no fue un error estratégico ni un acto de imprudencia. Fue un acto deliberado de testimonio moral. Su sacrificio estableció un principio que atravesaría siglos de pensamiento religioso y político: la legitimidad moral puede ser más importante que la victoria material.

Por eso, en la tradición chiita, Hussein no aparece simplemente como una víctima, sino como un modelo ético. Su figura encarna la idea de que la fidelidad a la justicia exige, en ciertos momentos, una disposición radical al sacrificio.

Cada año, durante la conmemoración de Ashura, millones de creyentes recuerdan aquel episodio. Las ceremonias no son meros actos de memoria histórica. A través de procesiones, elegías, representaciones dramáticas y rituales colectivos, la comunidad revive simbólicamente la tragedia de Karbala y la transforma en una pedagogía moral transmitida de generación en generación.

En esas ceremonias, la historia se vuelve presente. El sufrimiento de Hussein y de sus compañeros no se recuerda como un acontecimiento distante, sino como un paradigma permanente de resistencia frente a la injusticia.

Ese relato ha moldeado durante siglos una sensibilidad política particular.

En esa sensibilidad, la relación de fuerzas no es el único criterio para juzgar la justicia de una causa. Una minoría puede tener razón frente a una mayoría poderosa. La derrota material puede convertirse en una victoria moral. Y el sacrificio puede adquirir un significado que trasciende la vida individual para inscribirse en una memoria colectiva.

Por eso Karbala no es simplemente un episodio de la historia islámica. Es, para millones de creyentes, una ética de la resistencia: la convicción de que incluso frente al poder más abrumador existe un deber de mantenerse fiel a la justicia.

Una ética que enseña que la dignidad no depende de la victoria inmediata, sino de la capacidad de permanecer de pie cuando todo indica que la derrota es inevitable.

La paciencia estratégica

En las guerras asimétricas, el tiempo se convierte en un arma.

Las potencias imperiales suelen apostar por campañas rápidas, decisivas, apoyadas en su superioridad tecnológica. Pero los movimientos de resistencia rara vez juegan bajo esa lógica. Su fuerza reside en la paciencia.

La historia reciente ofrece múltiples ejemplos.

Durante la Guerra de Vietnam, el liderazgo revolucionario encabezado por Ho Chi Minh sostuvo durante décadas una lucha contra la potencia militar más avanzada del planeta. La victoria vietnamita no fue producto de una superioridad tecnológica sino de una voluntad política que se negó a desaparecer.

Algo similar ocurrió en la Guerra de Independencia de Argelia, cuando el Frente de Liberación Nacional logró derrotar al colonialismo de Francia tras años de resistencia.

Incluso en el siglo XXI, las invasiones estadounidenses a Afganistán e Irak demostraron que la superioridad militar no garantiza la victoria cuando el adversario interpreta el conflicto como una lucha existencial.

En esos escenarios, el desenlace de las guerras dependió menos de la potencia de fuego que de la profundidad de las convicciones colectivas.

La arquitectura de la resistencia

Irán ha construido su estrategia precisamente sobre esa comprensión histórica.

En lugar de competir directamente con la superioridad tecnológica occidental, el país ha desarrollado una arquitectura de defensa basada en la dispersión y la resiliencia: misiles balísticos, drones, redes regionales de aliados y una compleja estructura de disuasión indirecta.

Este sistema —conocido como el Eje de la Resistencia— conecta actores en el Líbano, Irak, Siria y Yemen, creando una red que dificulta cualquier intento de neutralización rápida.

Pero detrás de esa arquitectura militar existe también una arquitectura simbólica.

La memoria de Karbala permite convertir la resistencia en un deber moral y el sacrificio en una forma de continuidad histórica.

La dignidad de los que no se rinden

Hay algo profundamente poderoso en ese imaginario.

En la historia de Karbala, el pequeño grupo de Hussein representa a una minoría que se niega a someterse al poder injusto. La debilidad material no es una vergüenza, sino una prueba de fidelidad.

Ese marco simbólico permite transformar la adversidad en dignidad.

Permite sostener la convicción de que incluso en los momentos más oscuros la historia no ha terminado.

Desde la Revolución de 1979, la historia contemporánea de Irán ha estado marcada por episodios de resistencia prolongada frente a presiones externas.

En cada uno de esos momentos, la narrativa de Karbala reapareció como una fuente de sentido colectivo.

Los combatientes muertos fueron recordados como mártires. Las dificultades materiales fueron reinterpretadas como pruebas de fidelidad. Y la continuidad de la comunidad se convirtió en una victoria en sí misma.

Esa memoria histórica ayuda a explicar por qué el país ha demostrado una capacidad notable para absorber golpes y reorganizarse.

El poder de las historias

Las guerras del siglo XXI siguen librándose con armas sofisticadas, inteligencia artificial y tecnología avanzada. Pero siguen dependiendo, en última instancia, de algo mucho más antiguo: las historias que los pueblos cuentan sobre sí mismos.

Cuando una sociedad cree que su causa es justa, que su sacrificio tiene sentido y que forma parte de una larga cadena de resistencia histórica, su capacidad de resiliencia puede superar cálculos puramente militares. La memoria de Karbala representa precisamente eso.

No sólo una tragedia del pasado, sino una forma de comprender el presente. Una forma de recordar que, en ciertas circunstancias, la dignidad de resistir puede ser tan poderosa como la victoria misma.

 

* Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires, y se Doctoró en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones. Ha ocupado distintos cargos en la administración pública, entre otros fue director de la Administración de Parques Nacionales y Subsecretario de Coordinación de Política Ambiental de la Secretaría de Ambiente de la Presidencia de la Nación durante los gobiernos de Eduardo Duhalde y Nestor Kirchner.

 

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