LA DESMALVINIZACIÓN DE ARGENTINA

César Augusto Lerena*

Publicado en Perfil, el 31 de marzo de 2026.

 

La desmalvinización y desculturalización de la Cuestión Malvinas en la Argentina fue planificada mediante una serie de decisiones políticas, ideológicas y estratégicas que se consolidaron con Tratados, Acuerdos y Leyes, la desatención del tema y la invisibilización de parte de los organismos competentes.

Se le atribuye al politólogo y sociólogo francés Alain Rouquié, el término “desmalvinizar” en la etapa entre la dictadura militar y la transición democrática tras la Guerra de Malvinas (1982). Este término entendió como necesario separar la Causa Malvinas de la política argentina para evitar que las Fuerzas Armadas la usaran para destacar el rol de los militares en la recuperación de los archipiélagos argentinos; de modo tal, que éstas se rehabilitaran en la sociedad y les permitiera volver a tener un rol protagónico en la escena política. Un temor que estaba fundado no solo por el recientemente concluido Proceso Militar, sino por los numerosos golpes durante el siglo XX.

Supongamos por un instante, que la “desmalvinización” en ese momento hubiese tenido fundamentos políticos atendibles; sin embargo, su instalación promovida desde el gobierno, no tuvo una estrategia integral, porque invisibilizó a los 649 héroes caídos en Malvinas y despreció a quienes, habiendo combatido con valor en las islas, eran merecedores de un gran reconocimiento por parte de la sociedad argentina y, por el contrario, debieron volver al continente “con pena y sin gloria”; además de no tenerse en cuenta, que la Cuestión de Malvinas para ese entonces estaba inserta en la cultura popular. Se privilegió una hipótesis temerosa por sobre el sentimiento nacional, denigrándose para ello el rol sobresaliente -en las condiciones disponibles- de los oficiales, suboficiales y soldados que combatieron en Malvinas. 

Ahora bien, ¿cuál es el argumento para, después de esos primeros años y hasta la fecha seguir “desmalvinizando” la Argentina? Ya que no hay militares al acecho y, más bien, esta práctica se sostiene, en la vocación que han tenido y tienen algunos altos dirigentes de privilegiar la economía, subordinándonos a los intereses extranjeros, sin importándoles para nada la soberanía nacional.

Antes y después que se institucionalizara el término “desmalvinización” en la práctica ya se usaba cuando los gobiernos argentinos “cooperaron” en forma unilateral con los gobiernos ilegales isleños británicos en las islas. El caso más emblemático fue durante el gobierno del presidente de facto Alejandro Lanusse que firmó la Declaración Conjunta de 1971, a partir de la cual, se les construyó la pista de aterrizaje y proveyó de correo, teléfonos, gas, asistencia médica, etc., y de la llamada política de seducción de Carlos Menem donde se priorizó el interés de los isleños sin avanzar sobre la soberanía.

Desmalvinizar es contribuir al desaliento de los argentinos que han puesto en ese objetivo de liberación irredento la esperanza de un país unido y feliz. Se trata, como la pérdida del “unicornio azul” (1982) de Silvio Rodríguez, ya que las islas son nuestras y las queremos. Sin embargo, importantes dirigentes, carentes de todo fundamento político, histórico, económico y jurídico, contribuyen a fortalecer la “desmalvinización” y hemos debido escuchar en abierta violación a lo prescripto en la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional (1994) que: “las Malvinas son inglesas y no son ni serán argentinas” (Diputada Sabrina Ajmechet); “habría que cambiarlas con vacunas del COVID” (Senadora Patricia Bullrich); reconociendo “la soberanía británica de facto y el derecho de autodeterminación de los isleños británicos” (Ex diputado y actual Embajador en la Unión Europea y Bélgica Fernando Iglesias); además de quien fue el responsable principal del Pacto Foradori-Duncan como Presidente de la nación (Mauricio Macri) que manifestó: “Nunca entendí los temas de soberanía en un país tan grande como Argentina” y “recuperar Malvinas sería un gasto” o, por último, las expresiones vertidas en el aniversario de la gesta de Malvinas de que “Tendría en cuenta la “decisión de los isleños” a sabiendas que no son parte según la ONU (Presidente Javier Milei y ex Canciller Diana Mondino), etc.  

Los gobiernos han puesto por delante del proceder heroico y patriótico de quienes combatieron en Malvinas, la calificación de aventura belicista, dejando de lado el reclamo histórico de soberanía y presentando a los combatientes como víctimas y no como héroes nacionales que pelearon para expulsar al invasor británico del territorio argentino de Malvinas.

Todo ello, también estuvo influido por el lamentable objetivo de debilitar el reclamo, con tal de lograr la reinserción de Argentina en los mercados de la Unión Europea y Estados Unidos. Política que centralmente estuvo dirigida por los Cancilleres Dante Caputo y su apoyo a la “fórmula inglesa del Paraguas”; Domingo Felipe Cavallo y su rol protagónico en los Acuerdos de Madrid y otros y, Guido Di Tella, con su célebre frase de “relaciones carnales” con Washington en los años 90; aunque esta última quedó minimizada con la relación más profunda e incondicional aún que lleva este gobierno presidido por Javier Milei con el Presidente Donald Trump de Estados Unidos y el Primer Ministro de Israel Benjamín Netanyahu.   

Por cierto, en materia de invisibilizar la Cuestión Malvinas los Acuerdos de Madrid (1989-90) son centrales, ya que congelaron la soberanía de Malvinas mediante la fórmula del Paraguas y, es obvio, que ésta fue el eje central de la política de desmalvinización; porque lleva técnicamente a cero -en las condiciones y estrategias utilizadas- la posibilidad de discutir sobre la soberanía plena de Malvinas. Ello se profundizó con el Pacto de “Foradori-Duncan” (2016) donde se acordó “eliminar todos los obstáculos (léase entre otros la Disposición Transitoria Primera de la CN) para desarrollar Malvinas”, como si los archipiélagos ya estuviesen siendo administrados por la Argentina.

Dentro de los pocos actos de “malvinización” se encuentran las leyes de educación y capacitación de funcionarios (Ley 27.671); pero, no ha habido vocación del gobierno que la sancionó ni los siguientes de capacitar y, distintas organizaciones y Universidades han tenido que hacer un gran esfuerzo para aplicar la ley.

El poder político y los medios en general trataron a la guerra como un hecho lamentable -argumento inglés que deja de lado sus invasiones previas del territorio- y, perdieron de vista que, por fuera de la confrontación militar y la pérdida de combatientes nacionales, la Argentina, que hasta 1982, tenía invadidos unos 20.000 Km2 de su territorio, con posterioridad a la guerra, el Reino Unido amplió su invasión a 1.639.900 Km2 de territorios marítimos y, extrae anualmente 250.000 toneladas de recursos pesqueros valuados en unos mil millones de dólares FOB, a la par de iniciar las exploraciones petroleras a través de la empresa israelí Navitas-Petroleum.

La auto limitación de utilizar los medios diplomáticos en la negociación junto a “la fórmula del Paraguas” que congela la soberanía, es de por sí una estrategia que restringe y debilita las acciones que deberían llevarse adelante para desalentar al Reino Unido a mantener la invasión y, constituye un desmalvinización.

Todas estas cuestiones, acompañadas de una falta de difusión popular y formación en todos establecimientos educacionales y, la capacitación de los funcionarios públicos respecto a los derechos nacionales sobre los archipiélagos, las aguas correspondientes y la Antártida, han desculturalizado a los argentinos en estas cuestiones relativas al ejercicio pleno de la soberanía de Malvinas; que entonces, eran parte de acervo cultural de los argentinos.

En el otro extremo, a pesar de la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional se admite la designación de funcionarios y la aprobación de los pliegos de legisladores que sostienen que las Malvinas son inglesas o las han perdido después de la guerra desconociendo al mismo tiempo la Res. 37/9 de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 4 de diciembre de 1982 que indica todo lo contrario.

Se desmalviniza cuando en el cumpleaños (14/11/1948) del Rey Carlos III, “por la Gracia de Dios, del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y de sus otros Reinos y Territorios, Rey, Jefe de la Mancomunidad y, Defensor de la Fe” (título que incluye a Malvinas) los funcionarios argentinos concurren al “besamanos” de la embajada del Reino Unido en Buenos Aires a saludar al monarca y celebrar los 200 años de relaciones diplomáticas (2025), en una muestra de sumisión total a un país invasor; a pesar, del Acta definitiva de la Declaración de nuestra Independencia que reza “libres de toda dominación extranjera” y, de las posteriores invasiones inglesas de 1806, 1807, 1833 y 1982 y, la ocupación nuestros espacios y explotación de nuestros recursos.

Igualmente, se desmalviniza, cuando se dicta la Ley 24.184 de protección y promoción de la inversión inglesa y se le da privilegios por sobre todos los países y, que encontrándose vencidos los plazos de la ley, no se la deroga.  

De la misma manera, se desmalviniza, cuando se crea un Consejo Nacional de Malvinas (Ley 27.558/20) y no se le otorga facultades para elaborar una estrategia destinada a ejecutar la Política de Estado definida en la Constitución Nacional y, cuando no se provee a las Fuerzas Armadas y de Seguridad de un presupuesto acorde a la necesidad de disuadir la ocupación y explotación del mar y los archipiélagos argentinos.          

También, se desmalviniza, cuando el gobierno no tiene políticas de integración con Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay y los Estados de África occidental, ni se llevan adelante políticas nacionales marítimas, mercantes, portuarias, pesqueras, de explotación offshore de hidrocarburos y relativas a la Antártida destinadas a aislar al Reino Unido en el Atlántico Suroccidental. Mientras ello ocurre, la embajada británica en la Argentina, grotescamente, promueve la relación con nuestros países vecinos e invita a estudiantes argentinos y de éstos a “conocer a sus vecinos” los isleños británicos, ocupantes ilegales de nuestro territorio insular y marítimo.

Además, se desmalviniza, al generar agobio nacional e internacional, cuando por toda política en más de 60 años, la Cancillería Argentina no ha hecho otra cosa que reclamar infructuosamente al Reino Unido que se disponga a negociar con la Argentina, mientras en paralelo, el gobierno se alinea con los países de la OTAN que en general no han apoyado a la Argentina en esta materia; a punto tal, que en su oportunidad admitieron al momento de aprobarse en 1907/9 el Tratado de Lisboa donde la Unión Europea reconoce los auto-llamados territorios británicos de ultramar, donde se incluían a las Malvinas, la Antártida, etc.

En la práctica, la malvinización ha sido mantenida y promovida centralmente por aquellos intervinientes en la Guerra de Malvinas que lograron superar esa dolorosa gesta y, se asumen no solo como Veteranos de la Guerra, sino como combatientes activos de la Causa Malvinas, entendiendo que la rotura de la integridad territorial nacional por parte del Reino Unido es una afrenta a la dignidad de todos los argentinos; un desprecio a todos los patriotas que dieron su vida -en especial los que cayeron defendiendo la nación en Malvinas- y una humillación inadmisible a la Patria.

 

* Experto en Atlántico Sur y Pesca. Ex secretario de Estado. Presidente del Centro de Estudios para la Pesca Latinoamericana (CESPEL). cesarlerena.com.ar

TRUMP Y EL «MÉTODO DELCY» PARA CUBA

Roberto Mansilla Blanco*

La activista y disidente cubana Rosa María Payá declaró que no hace falta «una Delcy Rodríguez» en Cuba para una transición. No obstante, los medios internacionales van asomando en La Habana un nombre que puede ser clave en caso de se produzca, eventualmente, esa posible transición. Es el de Óscar Pérez-Oliva Fraga, viceprimer ministro y ministro de Comercio Exterior además de sobrino-nieto de Fidel y Raúl Castro. Se habla incluso de «perestroika» a la cubana, con medidas de liberalización económica y expectativas, aún inciertas, de apertura política.

En Washington apuran las presiones contra la isla caribeña. Fiel a su retórica neo-imperial, el presidente Donald Trump ha declarado sin tapujos que «sería un gran honor tomar Cuba». La «Doctrina Donroe» con el «Corolario Trump» a la Estrategia de Seguridad de EEUU adoptada en diciembre pasado, tiene a Cuba en la mira como pieza clave para ser derribada. Como ya hiciera con la famosa «Doctrina Monroe» de 1823, Washington no quiere interferencias de potencias exteriores (China y Rusia) en un hemisferio occidental concebido como su esfera de influencia.

Como era de esperar, en La Habana la reacción de la dirigencia cubana ante las presiones de Trump fueron inmediatas aunque aderezadas con síntomas de preocupación tras lo sucedido en Caracas el pasado 3 de enero con la captura del ex presidente venezolano Nicolás Maduro. Ese día murieron en Caracas unos 32 efectivos militares cubanos que formaban parte del anillo de seguridad de Maduro. La acción de los Delta Force estadounidenses fue un mensaje claro hacia Cuba, cuyo predominio político y de inteligencia en Venezuela ha sido súbitamente sustituido por el poder estadounidense.

Toda vez que el mandatario cubano Miguel Díaz-Canel afirmaba que «toda agresión contra Cuba chocará con una resistencia inexpugnable», al mismo tiempo reconocía que su gobierno abrió canales de negociación con Washington para afrontar la crisis económica en la isla, derivada de la desconexión energética venezolana bajo presión de Trump. La estructura de poder en La Habana, cuyos bastiones son el Partido Comunista (PCC) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba (FARC), se afana en mantener la iniciativa ante una posible «perestroika» que no necesariamente debe ser tutelada por interferencias exteriores.

¿Y en Caracas? Predomina el silencio sobre lo que pasa o pueda suceder en Cuba. La presidenta encargada Delcy Rodríguez, a la que el propio Trump ha elogiado considerando que tiene «una relación muy buena», sigue avanzando en la nueva era de distensión con Washington. En esta ruta ya comienzan a caer piezas clave del poder: tras doce años en el cargo fue destituido Vladimir Padrino López como ministro de Defensa, sustituido ahora por Gustavo González López, un perfil más tecnocrático.

Ante el escenario abierto en Venezuela de «chavismo post-Maduro» tutelado por Trump, el foco de atención mediática se ha dirigido inevitablemente hacia Cuba, que parece encarnar la condición de «eterno aspirante» a ser derribado por parte de Washington.

La relación iniciada por Caracas y La Habana en el año 2000 con el Acuerdo de Asociación Estratégica se ha venido abajo súbitamente en este frenético 2026 de cambios y convulsión. La crisis energética cubana se ha profundizado con la presión de Trump sobre Delcy Rodríguez para cortar el suministro de petróleo venezolano que, durante más de dos décadas, ha beneficiado a La Habana con precios preferenciales a cambio de cooperación sanitaria, cultural y deportiva. Ante esta coyuntura sólo México y Rusia están en capacidad de asistir energéticamente a la maltrecha isla caribeña, que vuelve a presentar un clima de malestar y protestas. Una sede del Partido Comunista fue saqueada y quemada en la localidad de Morón.

Atascado en la guerra de Irán, Trump busca evitar en Cuba un «nuevo Haití» que implique una incómoda crisis migratoria en el Caribe mientras rompe el cordón umbilical energético y político entre Caracas y La Habana. Trump se la juega este 2026 electoral en EEUU, con comicios mid-term en noviembre para renovar la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Las encuestas no le favorecen toda vez que Trump observa una crisis interna en su movimiento MAGA, profundizada ahora por la guerra de Irán, el irrestricto apoyo a Israel y el alza de los precios del petróleo derivada de esta guerra con escaso apoyo popular. A esto debe sumarse que las medidas anti-inmigración de Trump y la arbitraria actuación de las fuerzas del ICE han polarizado el debate político estadounidense.

Ante este contexto, Trump necesita en Cuba una repetición del éxito alcanzado en Venezuela, un golpe de timón que mantenga intacto el apoyo electoral y político del influyente lobby cubano en EEUU, que tiene en el secretario de Estado Marco Rubio a su principal baluarte. Trump espera ver en Cuba una reproducción de la tutela que ejerce sobre Delcy Rodríguez en Caracas. Conoce que la situación puede ser propicia ante el evidente debilitamiento estratégico cubano determinado por la desconexión petrolera venezolana así como por la sustitución de su influencia política y de inteligencia en Venezuela, en este caso a favor de EEUU. El restablecimiento de la embajada estadounidense en Caracas y las visitas de altos cargos de seguridad estadounidenses a Venezuela son síntomas que dan a entender este «cambio de era» en Caracas.

Con todo, ¿es posible reproducir en La Habana una situación similar a la de Delcy Rodríguez en Venezuela?; ¿Seguirá Cuba el camino de Venezuela tras la caída de Maduro?; ¿Tienen Trump y Marco Rubio un plan específico para Cuba?; ¿O será el propio sistema cubano el que abra el compás de una «perestroika» con la vista puesta en una transición pactada bajo la coercitiva presión de Washington? Interrogantes que cobran fuerza en este frenético e incierto 2026.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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PUTIN ENTRA EN ESCENA EN IRÁN

Roberto Mansilla Blanco*

Imagen generada con IA.

 

Durante días observamos en los medios de comunicación en Europa una idea preconcebida sobre la supuesta «traición» de Rusia a Irán en el cometido de asistir militarmente al país persa ante la agresión militar lanzada por EEUU e Israel el pasado 28 de febrero. El objetivo de esta estrategia mediática resultaba evidente: crear una matriz de opinión sobre la supuesta debilidad rusa y su aparente incapacidad para reaccionar ante la ofensiva contra su aliado iraní.

Pero el contexto del conflicto ha cambiado drásticamente tras casi dos semanas de ataques militares directos. Teherán no sólo ha resistido sino que ha demostrado tener una eficiente capacidad militar de respuesta atacando objetivos militares israelíes y estadounidenses en la región e incluso fuera de las fronteras de Oriente Próximo, en este caso el espacio mediterráneo de la OTAN.

Por otro lado, la crisis iraní ha generado inevitables consecuencias para el mercado energético y económico global, ya anteriormente afectados por la agresiva política arancelaria de la administración de Donald Trump, con especial incidencia hacia Europa y China. Mientras la guerra se extiende por Oriente Próximo, los precios del petróleo oscilaron entre US$ 120 y 90 el barril. Irán ha activado un arma geopolítica de enorme alcance: la posibilidad del cierre del Estrecho de Ormuz, vital para el transporte comercial y energético a nivel mundial. Un factor que evidencia la capacidad de Teherán para generar efectos globales ante esta agresión militar exterior.

El poder in crescendo de la CGRI

Desde el punto de vista geopolítico, la ofensiva de EEUU e Israel contra Irán observa sus contrariedades en cuanto a la pretensión de ambos gobiernos por derrumbar al régimen en Teherán. Washington y Tel Aviv han experimentado en el terreno no sólo la capacidad de respuesta de Teherán sino el reforzamiento de poder del que podríamos considerar como su principal rival: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI).

Condicionados por la capacidad de respuesta militar iraní toda vez que el factor tiempo ya comienza a jugar en su contra, EEUU e Israel han desempolvado planes de invasión militar, en este caso indirecta, dentro del territorio de la República Islámica de Irán. En este apartado se determinó la posibilidad de agitar el irredentismo kurdo contra Teherán como una especie de «quinta columna».

No obstante, la cuestión kurda con la posibilidad de instaurar una especie de entidad paraestatal genera sensibilidades geopolíticas en Oriente Próximo, especialmente para Turquía, país con la mayor cantidad de población de origen kurdo estimada entre 12 y 30 millones de personas, aproximadamente un 15% de su población. Para Turquía, un miembro de la OTAN que mantiene equilibrios geopolíticos con respecto al eje euroasiático conformado por China, Rusia e Irán, la cuestión kurda supone una prioridad para su seguridad nacional. Por tanto, resulta probable que la negativa de Ankara a respaldar la carta del irredentismo kurdo en Irán impulsada por Washington y Tel Aviv derivó en su aparente desarticulación, al menos por el momento.

Por otro lado, en Teherán se están reconstituyendo las estructuras de poder. Diversas fuentes aseguran que la elección de Mojtaba Jameneí como sucesor de su padre Alí Jamenei como el principal ayatolá del Consejo de Guardianes de la Revolución Islámica contó con el aval CGRI, cuyo peso político aumenta gradualmente dentro de la estructura de poder en Teherán.

En medio de la coyuntura bélica con EEUU e Israel, Irán muy probablemente se encamina hacia un pretorianismo militar en manos del CGRI, condicionando así la capacidad de maniobra de la estructura teocrática de los ayatolás, cada vez más enfocado hacia una simbólica tutela. En actitud desafiante y como una evidente respuesta a los planes de Trump y su aliado israelí Benjamín Netanyahu de concentrar el poder de decisión sobre la evolución del conflicto con Irán, la CGRI aseguró que será el actor «que determinará el final de la guerra». Con ello ha querido demostrar que esta guerra se decide en Teherán y no en Washington y Tel Aviv.

Tras diez días de conflicto abierto entre Irán, EEUU e Israel, Trump ha comprendido la complejidad de un problema geopolítico cuyo nivel más elevado significa invadir Irán, un país de elevado nivel de riesgo para la logística militar de invasión exterior tomando en cuenta sus más de 90 millones de habitantes, recursos militares y un territorio principalmente montañoso, que complica la operatividad militar.  Por otro lado, las distorsiones en el mercado energético en un año electoral en EEUU han profundizado este dilema para Trump. La opinión pública estadounidense no avala esta guerra contra Irán, lo cual supone un nuevo golpe para el poder de decisión del lobby israelí sobre la política y la seguridad de EEUU. 

La «paciencia estratégica» del Kremlin

En esta coyuntura, el presidente ruso Vladimir Putin entró en escena este 9 de marzo a través de una conversación telefónica con Trump, en la que ofreció una propuesta de «desescalada del conflicto» para poner fin a la guerra en Irán.

Ese mismo día, Putin expresó su «apoyo inquebrantable» a la elección de Mojtaba Jameneí como nuevo ayatolá en sustitución de su padre Alí Jameneí, cuya muerte fue tachada por el Kremlin de «asesinato cínico». La declaración oficial del Kremlin no pudo ser más directa ante el cruce de informaciones existentes en torno a la guerra en Irán y la respuesta rusa: «Rusia ha sido y seguirá siendo un socio fiable de la República Islámica».

Esta fue la primera conversación directa entre Putin y Trump en lo que va de 2026. De acuerdo con fuentes del Kremlin, la conversación fue «franca y constructiva». Tras esta conversación con Putin, Trump reaccionó afirmando que el conflicto contra Irán está «casi terminado» aunque «aún no hemos ganado lo suficiente». Una declaración que contrasta con la inicial retórica triunfalista de Washington que, vistos los acontecimientos, no corresponde exactamente con la realidad.

De este modo, la súbita aparición en escena de Putin en medio de la guerra abierta entre Irán, EEUU e Israel confirma la estrategia de «paciencia estratégica» aplicada por el Kremlin para asegurar sus intereses geopolíticos en espacios contiguos a sus esferas de influencia y ante la volátil y cada vez más conflictiva situación a nivel internacional. Al mismo tiempo, el Kremlin ha salido al paso de las constantes informaciones sobre su supuesta debilidad geopolítica y su aparente indolencia ante la agresión exterior contra su aliado iraní.

Las reacciones a la conversación entre Putin y Trump fueron particularmente decisivas para Europa, preocupada ante su ostracismo en la coyuntura de cambios en el sistema internacional y ante la desconfianza y frecuente irritación en las relaciones ruso-europeas.

Durante una reunión en Bruselas ante embajadores de la Unión Europea, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, declaró que « para financiar su guerra contra Ucrania al tiempo que los precios en energía suben, se beneficia del desvío de las capacidades militares que en otro momento habrían sido enviadas para ayudar a Ucrania (misiles Patriot) y se beneficia de la atención reducida sobre el frente ucraniano al tiempo que es desplazado por el conflicto en Oriente Próximo».

Por su parte, la presidente de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, dio un giro copernicano sobe lo que constituye la esencia europeísta al considerar que «Europa no puede confiar en el sistema basado en reglas como la única forma de defender sus intereses. Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que se ha ido y no volverá».

En este «nuevo orden mundial», la captura por parte de Washington del ex presidente Nicolás Maduro en Venezuela a comienzos de enero y ahora la guerra contra Irán han convencido al Kremlin de la necesidad estratégica que supone fortalecer la disuasión militar, principalmente con respecto a Occidente, en un momento de volatilidad y desconfianza mutua.

El asesor ruso de Política Exterior Yuri Ushakov señaló que, en el actual contexto internacional de volatilidad e incertidumbre, con conflictos abiertos en distintos puntos del planeta, el poder nuclear supone «la mayor garantía de soberanía nacional», una percepción que ha aumentado su peso en Moscú tras el regreso de Trump a la Casa Blanca.

El Kremlin toma nota de los recientes acontecimientos escenificados en países aliados donde EEUU ha reforzado sus intereses vía cambio de regímenes o afianzamiento de esferas de influencia. Comenzó en 2011 con la caída y posterior asesinato del líder libio Muammar al Gadafi al calor de las denominadas Primaveras árabes. No obstante, Moscú ha mantenido una importante presencia geopolítica en la Libia post-Gadafi. La marea de cambios continuó en 2024 con la caída de Bashar al Asad en Siria, país donde Rusia tiene dos importantes bases militares; y en 2026 con la de Maduro en Venezuela.

Las presiones de Washington para un cambio de régimen en Cuba y la guerra contra Irán, todos ellos países que han concretado alianzas estratégicas con Rusia, dejaban en entredicho la capacidad de respuesta de Rusia a la hora de auxiliar a sus aliados. El caso iraní ha sido notorio tomando en cuenta el apoyo de Teherán al esfuerzo bélico ruso en Ucrania.

Así, la puesta en escena vía telefónica de Putin con Trump en plena efervescencia de la guerra contra Irán evidencia la capacidad del Kremlin para responder con asertividad dentro de sus esferas de influencia. Destacan aquí el espacio euroasiático vía Irán, muy próximo a las zonas contiguas de prioridad geopolítica rusa como son el Cáucaso y Asia Central, donde EEUU está intentando retomar sus posiciones vía nuevas alianzas (Armenia, Azerbaiyán, Kazajstán) con la finalidad de menoscabar los intereses del eje China-Rusia toda vez Moscú refuerza posiciones clave (Georgia).

A esto deben sumarse los intereses de Putin por afianzar vía Trump una pax rusa en Ucrania así como su perspectiva de no quedar fuera de contexto ante el «Consejo de Paz» impulsado por Trump como incipiente e incierto mecanismo de influencia de Washington para desarticular ese «viejo orden mundial» que Úrsula von der Leyen ya da por finalizado. En esta nueva era, Rusia mide su posición a la hora de mantener inalterables sus intereses geopolíticos en medio de arriesgados equilibrios entre Occidente y Oriente.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales

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