LA DEFENSA NACIONAL DEL ATLÁNTICO SUR

César Augusto Lerena*

Foto Gaceta Marinera, https://gacetamarinera.com.ar

El Atlántico Sur Argentino está siendo internacionalizado, como Medio Oriente con el petróleo. Dos países —el Reino Unido y China— con poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y España, que es el principal socio del Renio Unido en Malvinas y destino principal de los recursos pesqueros argentinos capturados con licencias ilegales. En algún momento también Rusia e inversionistas americanos haciéndose de las principales empresas pesqueras. Las grandes potencias vienen por nuestros recursos naturales, algunas de ellas, —asombrosamente— mantienen con nosotros una relación de amistad y comercio y otras lo hacen desnacionalizando la industria nacional o apropiándose de los recursos nacionales por la fuerza o por presión frente a nuestra debilidad comercial. No es la guerra tradicional, son las formas de dominación modernas.

Los buques nacionales son amenazados de ser embestidos por buques extranjeros para desalentarlos en la pesca de altura. Se trata de una confrontación marítima para hacerse de los recursos, como si tuviesen “patentes de corso”, mientras la defensa argentina y la Subsecretaría de Pesca están ausentes, pese a la mayor presencia extranjera en la región, provocándonos un daño inconmensurable a nuestra soberanía política, económica y alimentaria. ¿Quién no entiende que la primera defensa del territorio continental nacional es el mar argentino y no el litoral terrestre? Bastaría con ver las fuerzas navales de Estados Unidos, China, Rusia y del Reino Unido desplegadas en el mundo para entenderlo. El sistema vertical que impera en las fuerzas militares y en la cancillería nos priva de un debate amplio sobre el daño de no tener controlado el Atlántico.

Con en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) se denominó a los países con mar “Estados Ribereños”. Cuando en 1995 se ratificó por Ley 24.543 en la Argentina, yo, modestamente —ante la mirada absorta de oficialistas y opositores— puse reparos, pero nunca entendieron que el mar, es parte de nuestro territorio y que más allá de las 200 millas se prolonga hasta el fin de la plataforma continental. La palabra “Ribera” del latín riparĭa, deriva de ripa (orilla) y al igual que “Litoral”, es la franja de tierra que está junto al mar (o río)” y no alcanza a definir a “el mar formando parte íntegra e indivisible del territorio nacional continental hasta las 200 millas marinas y, más allá de estas, sobre su lecho y subsuelo hasta límite exterior de la Plataforma Continental Argentina” y que el Código Civil y Comercial de la Nación refiere a la línea de ribera (Art. 235) como la “porción de las tierras que las mareas bañan y desocupan ordinariamente durante las más altas y más bajas mareas…” y desde el punto de vista literario Rodrigo Costoya (“El enigma de Colón”, 2019) nos cuenta: “…la mujer de Pinto seguía en la Ribera, mirando fijamente el mar”.

La Argentina, más que un “Estado Ribereño” debe tipificarse como un “Estado Marítimo”, más aún cuando la Argentina cuenta con una superficie continental de 2.791.810 Km2 mientras que el territorio marítimo argentino dentro de las 200 millas alcanza a los 3.146.345 km2 y más allá de ellas la Plataforma Continental Argentina asciende a los 1.784.000 km2 (firmes 351.633 km2), a lo que habría que sumar los 965.597 Km2 de la Antártida Argentina, la parte correspondiente de los 20.237.000 Km2 del Océano Antártico que se encuentra comprendido en el marco del Tratado Antártico y los 30.212 km2 del Río de la Plata (Mar Dulce, Juan Díaz de Solís, 1516), cuya navegación y explotación se acordó con Uruguay; a lo que debemos agregar el extenso litoral argentino de 6.816 km de costa según los últimos estudios del CONICET. La Argentina es —sin duda alguna— un Estado Marítimo, por lo que nos agravia aún más nuestra identidad, el tener ocupados y explotados por el Reino Unido de Gran Bretaña, 1.639.900 km2 de territorio marítimo e insular nacional.

Una invasión y explotación de nuestros recursos, en abierta violación a la Res. ONU 31/49, con la pretensión ilegal de acogerse a lo reglado para los “Estados Ribereños”, sobre lo cual, la propia directora ilegal de Recursos Naturales de Malvinas Dra. Andrea Clausen convalidó nuestra titularidad sobre los recursos al manifestar que “…la zona en que se ha denunciado todas estas capturas ilegales es muy al norte de la ZEE de Falklands. Y, si bien la captura del calamar Illex pertenece a la misma biomasa, la verdad es que las Falklands han tenido una zafra…”, pese a lo cual la Argentina no ha hecho nada sobre los recursos migratorios y nos surgen varios interrogantes:

¿No le llama la atención a nuestras autoridades que buques chinos pesquen lejos del área bajo control británico rica en recursos? ¿No es sorprendente que en 40 años solo se detuvieron 80 buques extranjeros, con una presencia en esos años en el Atlántico Sur de 12.000 buques ilegales?

¿No es irregular que el Consejo Federal Pesquero (CFP) y el Subsecretario de Pesca, siendo los Administradores del Recurso, a pesar de ingresar al mar argentino 100 buques extranjeros no se hayan reunido para tratar esta invasión y, nunca el CFP haya actuado para impedir la pesca ilegal, violando su deber de funcionarios públicos? La asignación del Fondo Nacional Pesquero lo dice todo: Según Actas del CFP 4 y 5 (12/3/20), de los saldos de 2019 y de los existentes en 2020 se asignaron para la administración el 75,7% de los fondos ($ 30.451.957) y para patrullaje y control un 24,3% ($ 7.400.000), dejando claro el interés de controlar y malgastar los fondos públicos, porque es sabido que los gastos administrativos no deben alcanzar entre el 17% y el 30% de los operativos.

La ocupación del mar argentino y la explotación de nuestros recursos es gravísima. Lo hacen dentro de la ZEE y la plataforma nacional (buques con licencia ilegal británica y, plataformas petroleras dentro del área de Malvinas); extracción de nuestros recursos pesqueros dentro de la ZZE y fuera de ella a especies migratorios que la funcionaria británica reconoce como de la misma biomasa (de dominio Nacional) y lo que resulta aún más insólito y, sobre lo que el Estado Nacional ha permanecido indiferente desde 1994 a la fecha, es el establecimiento del Reino Unido al noroeste de las islas, por fuera de la zona de exclusión pesquera ilegalmente impuesta por este Reino (FICZ) y dentro de la ZEE Argentina, de un Área “GAP” de 1.400 Km2, para proteger importantes capturas de calamar. El GAP es un espacio 7 veces más grande que la ciudad de Buenos Aires (203 km2), casi 3 veces el tamaño de la isla de los Estados (534 km2) o algo más de 3,5 veces lo que miden las islas Picton (105 km2), Nueva (120 km2) y Lennox (171,5 km2) que carecen del valor económico que el GAP y que casi nos llevan a una guerra contra Chile. Cualquier ciudadano podría ver en alguno de los localizadores disponibles la concentración de buques extranjeros a la pesca del calamar en ese punto para confirmar la ocupación británica de nuestro territorio.

Ante el conocimiento de la invasión de buques chinos al mar argentino, la Armada el 6 de mayo sumó al control al destructor ARA Argentina con un helicóptero Fennec para agregar al patrullero oceánico ARA Bouchard P51 y al guarda-costa GC-27 Prefecto Fique de la Prefectura Naval y alistó un avión naval antisubmarino Tracker.

Recordemos que la ZEE Argentina tiene 3.146.345 km2, por lo que este aparente refuerzo, como dijo un amigo (JCP), es como calentar el océano con una pava de agua caliente” y, al pasar, recordemos también, que tanto las patrulleras oceánicas francesas (¿con nuestras finanzas, recibirá la Armada las tres faltantes?), como los guardacostas españoles, que podrían haberse construido en la Argentina, si fuésemos un país que promoviésemos nuestra defensa y la industria nacional.

Con las fuerzas disponibles, los buques extranjeros seguirán pescando y escapándose, como lo han hecho en los últimos 40 años. Las cuestiones inherentes a la defensa nacional, de eso se trataría frente a la ocupación y explotación extranjera en el Atlántico Sur, deben estar en manos de la Armada Argentina apoyadas con la Prefectura Naval si fuera necesario, ocupándose o empezando a ocuparse esta, de las cuestiones contravencionales de los buques nacionales, ya que resulta muy llamativo, por ejemplo, que no haya sanciones derivadas de las 300 mil toneladas/año que se descartan de recursos o que salgan a la pesca buques que terminan en trágicos naufragios.

Para que el control —en principio— disuasivo sea efectivo, los recursos militares anunciados no alcanzan. La Armada Argentina debería disponer al menos de cinco buques clase Gowind similares al Bouchard con cañones de 40 mm (hay otros países que tienen patrullas con piezas de 76 mm), y dos ametralladoras manuales de 12,7 mm, de modo que puedan actuar en forma efectiva si el buque ilegal intentara escapar y, efectuar el relevo correspondiente sin desatender la zona de conflicto. Las naves equipadas con helicópteros bimotor polivalentes ligeros artillados del tipo AS 555 Fennec 2. A ello, hay que agregar unos cuatro aviones de vigilancia naval P-3 Orion o S-2 Tracker. Por supuesto que esto supone además dotar a la Armada del presupuesto necesario para las operaciones y mantenimiento, ya que es conocido los efectos de la desinversión y falta de mantenimiento que llevan a que, en Puerto Belgrano, haya varias corbetas fuera de servicio.

Accesoriamente a ello, pero muy importante, se deberían quintuplicar las multas y actualizarlas por el precio del gasoil, si las ilegales son chinas, siendo estatales, expulsar las empresas radicadas de origen estatal en el país, al igual que las españolas si tienen relación societaria; y la flota congeladora nacional debiera ir a pescar con apoyo militar, en las condiciones subsidiadas ya explicadas en mi artículo “El Atlántico Sur Argentino ocupado por Britania, España y China”, fuera de las 200 millas y, muy especialmente en el GAP y el área adyacente a la de exclusión británica; iniciar contactos con empresarios españoles y chinos, con la intervención necesaria del sector empresario nacional y comenzar el proceso de denuncia de los Acuerdos de Madrid, por el que la pérfida falange de Albión tiene en sus manos el control del Atlántico Sur Argentino entre el paralelo 46º S (altura Comodoro Rivadavia, Chubut) y el 60º S (altura de las islas Orcadas).

Cumpliéndose el 207º aniversario de la aprobación del Himno Nacional, tal vez sea el momento de plantear reincorporar a éste la estrofa: “se levanta a la faz de la Tierra una nueva y gloriosa Nación” y otras, sacadas de nuestra Canción Patria a sugerencia de Inglaterra, para recordarles a los argentinos, el espíritu original con el que se construyó nuestra Nación.

Ceterum censeo Carthaginem esse delendam.

 

* Experto en Atlántico Sur y Pesca. Ex Secretario de Estado, ex Secretario de Bienestar Social (Provincia de Corrientes). Ex Profesor Universidad UNNE y FASTA. Asesor en el Senado de la Nación. Doctor en Ciencias. Consultor, Escritor, autor de 24 libros (entre ellos “Malvinas. Biografía de Entrega”) y articulista de la especialidad.

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ANALIZAR PARA DECIDIR: LA DIMENSIÓN ÉTICA

Fernando Velasco Fernández*

Imagen de John Hain en Pixabay

Es el pensador Juan Buridán el que nos plantea el problema del asno que lleva su nombre, cuando nos cuenta que “un asno que tuviese ante sí, y exactamente a la misma distancia, dos haces de heno exactamente iguales, no podría manifestar preferencia por uno más que por otro y, por lo tanto, moriría de hambre”. El asno se moriría por ser incapaz de decidir. La pregunta es: ¿y nosotros los humanos? ¿Nos cruzamos también de brazos porque no sabemos qué decidir ni qué dirección tomar en muchas situaciones de nuestra vida?

La dimensión antropológica de la toma de decisiones

Estamos en este mundo, entre otras cosas, determinados por la supervivencia. Este objetivo de sobrevivir y de adaptarnos es el que nos ha llevado a ir tomando decisiones desde las más elementales a las más complejas a través del acierto y del error. Nuestra vida se basa en tomar continua y constantemente decisiones: grandes o pequeñas, divertidas o aburridas, interesantes o rutinarias, etc. Toda nuestra vida es decisión. Desde decidir levantarnos, ir o no ir al mercado, dar un paseo o cómo educar a nuestros hijos, pasando por decisiones políticas, laborales, económicas o de seguridad. Decidir es inherente al ser humano. Decidir sobre qué decimos y qué no decimos, sobre qué hacemos y qué no hacemos… es algo consustancial a la naturaleza humana. Paradójicamente, siendo algo natural, fácil y en muchas ocasiones espontáneo, resulta extraordinariamente difícil la mayor parte de las veces. El tener que decidir, implica elegir. No podemos ir por dos caminos a la vez. De ahí que la primera decisión que debemos tomar es qué queremos decidir y a través de qué medio.

La toma de decisiones es una de las obligaciones a las que está “condenado” el género humano. Si solo tuviéramos una posibilidad para elegir no tendríamos ningún problema. El conflicto surge cuando nos enfrentamos al conjunto de opciones posibles para elegir a la hora de decidir. Este es nuestro “drama”. De ahí que el ser humano se sienta más cómodo en la seguridad, en la certidumbre. El abanico de posibilidades que se nos presentan nos produce inestabilidad e incertidumbre porque conlleva riesgo de equivocación. Esto es, que la decisión tomada no sea la acertada. Nos encontramos más seguros (o con cierta seguridad) en la certidumbre. Las posibilidades que se nos abren normalmente, tanto en la vida personal como profesional, nos afectan como amenaza o como posibilidad. Toda decisión implica una elección y toda elección marca la dirección de los acontecimientos futuros con sus correspondientes consecuencias. Las decisiones que vamos tomando a lo largo de la vida modelan nuestro carácter y personalidad, como también lo modelan el hacer y la cultura de las instituciones y las organizaciones en las que trabajamos. Ante esta situación descrita el ser humano necesita valentía. La decisión necesita coraje. Se trata de la valentía interior necesaria para decidir entre varias posibilidades.

Por último, no queremos dejar de señalar que no sólo de racionalidad vive el ser humano. En la toma de decisiones que le es inherente por naturaleza no sólo cuenta como valor absoluto y único factor determinante la racionalidad. El ser humano no es algo que se pueda abstraer y aislar de la infinidad de sentimientos y de emociones que tiene. No venimos al mundo diseñados únicamente con racionalidad. A la hora de tomar decisiones no sólo cuenta el dato frío. En el análisis riguroso también influyen las pasiones, las emociones y los sentimientos. Muchas veces lo que influye en el ser humano para tomar una decisión no es prioritariamente el dato objetivo o la información rigurosa, sino los principios, los valores y sentimientos de esa persona. De ahí que siempre tengamos que tener en cuenta no sólo la cabeza sino también el corazón. Como no sólo de racionalidad vive el ser humano, necesitamos a la hora de decidir de un análisis tanto de la dimensión racional (datos, hechos, información…), como del factor emocional (valores, principios, sentimientos…). En consecuencia, optar únicamente por una de las dos partes es tomar una decisión “incompleta”. Ni el puro análisis ni las puras emociones son buenas consejeras para decidir. 

Qué implica y qué supone decidir

Como hemos venido apuntando, tomar decisiones, al ser algo consustancial a la naturaleza humana, es relativamente fácil. Tomar decisiones acertadas y éticas es lo difícil. Si nos fijamos en las decisiones que tomamos a lo largo del día de forma consciente o inconsciente, ¿cuántas decisiones son inevitables, cuántas son arbitrarias, cuántas son acertadas y que aporten valor y den sentido? ¿Con qué amplitud de miras nos va a dejar la decisión que tomamos?; ¿con qué consecuencias tanto hacia el presente como hacia el futuro?; ¿qué aporte va a realizar nuestra decisión? etc… Somos conscientes de que hay decisiones que restringen nuestras posibilidades y son tóxicas y existen otras decisiones que abren posibilidades y son liberadoras; hay decisiones que potencian la riqueza de percepción y otras que las restringen… Sólo se puede decidir si se comprende lo que significa decidir: ganar independencia, conseguir seguridad, lograr mejores certezas y siempre reducir las incertidumbres. El poder de la decisión es su capacidad de cambiar y de ser útil. Una pequeña decisión puede cambiar radicalmente el aspecto y la trayectoria de un asunto, de un problema o de una situación. Seguir una decisión solo requiere obediencia y cierta voluntad. Pero decidir es otra cosa. Es tomar posesión de algo y eso es algo más profundo. Al decidir, el objeto y el objetivo se convierten en tu responsabilidad y su futuro queda en tus manos.

De igual forma que las opiniones pueden ser honestas o hipócritas y los juicios verdaderos o falsos, las decisiones pueden también ser erróneas o acertadas. Es muy importante tomar conciencia de que el fracaso forma parte del proceso de decisión, aunque no sea lo más deseable. Como el jugador de ajedrez, las mejores decisiones son aquellas capaces de calcular muchas jugadas anticipadamente sin perder de vista la situación inmediata. Mantienen el equilibrio entre el detalle y el conjunto. Tomar decisiones, buenas decisiones es también un “arte” que no se improvisa. De ahí que las decisiones nacidas de la ignorancia o las decisiones poco maduras son siempre endebles, cuando no inútiles o perjudiciales. No hay nada peor que la consecuencia nítida de una decisión confusa.

En definitiva, la toma de decisiones la forja la seguridad y la certeza. Y ambas se construyen desde el conocimiento, desde la experiencia y desde el análisis. Lo contrario es la decisión arrogante que surge cuando solo se escucha uno a sí mismo, lo que a la larga, solo produce aislamiento y conlleva malas decisiones. 

Inteligencia y toma de decisiones: la importancia del análisis

El ser humano es alguien que necesita entender para orientarse, que necesita analizar para comprender y así analizar para decidir. Al ser humano le agobia la decisión y esta le inquieta por las posibilidades que se le abren al tener que escoger. Para el ser humano estar en el mundo significa estar decidiendo y, por lo tanto, estar entendiendo (analizando) y comprendiendo para poder orientarse y decidir. Cuando no sucede así, el tener que decidir se convierte en desconcierto. El ser humano necesita para decidir (para decidir bien) observar y comprender la realidad. Necesita la capacidad de analizar para comparar las distintas posibilidades que tiene ante sí. Muy pocas cosas tienen una sola perspectiva, una visión unidireccional. Ante el abanico de posibilidades que se le presentan al ser humano, el análisis ayuda a decidir y a escoger en cada momento, ofreciendo una comprensión mucho mejor de la realidad y de los problemas a los que se enfrenta. El proceso analítico no está pensado para complicar la toma de decisiones sino todo lo contrario: sirve para aportar claridad y reducir incertidumbre.

Durante mucho tiempo se ha pensado que la intuición del decisor y su “olfato” eran garantía suficiente para una buena decisión. Hoy estamos muy lejos de esa actitud, ya que estamos rodeados de información y de datos y el principal objetivo del análisis es darle sentido. La información puede estar en cualquier sitio pero la inteligencia y la decisión solo están en la mente de la persona, modelada con las herramientas oportunas y plasmadas en un buen análisis.

Igual que la capacidad de decidir, la capacidad de analizar es inherente al ser humano. A lo largo de la historia las personas han inventado numerosos tipos de análisis: político, económico, social, internacional, de inteligencia, de la seguridad, etc., cada uno de los cuales ha moldeado la manera de estar y de entender el mundo, así como nuestras relaciones en él. Por tanto, analizar nuestros pensamientos, actos, sentimientos, decisiones, problemas, etc., ha sido y es algo consustancial a la naturaleza humana. Y como ya apuntamos con la capacidad de decidir, siendo algo natural, resulta extraordinariamente difícil hacerlo bien. En la sociedad actual, esta necesidad del decisor a favor de buenos análisis alcanza el nivel de necesidad. Hay que primar lo importante sobre lo urgente, poniendo el énfasis en el análisis elaborado frente a la precipitación. El decisor debe saber que una cosa es analizar y otra tener ocurrencias. Casi nadie duda de que analizar es bueno. Pero esto es solo el 50 por ciento de la verdad. La otra parte es analizar bien; es analizar en el momento oportuno, con los datos imprescindibles, con las preguntas adecuadas…

Si como hemos venido señalando nuestro mundo se caracteriza por la incertidumbre, por la imperfección, por la ingente cantidad de información, etc., en este contexto, ¿qué decisión es la deseable? ¿Qué decisión es la posible? ¿Cuáles son las dificultades? ¿Es la decisión tomada la más satisfactoria? ¿Para quién? ¿Qué consecuencias acarrea?… El análisis debería ayudar a responder a estas cuestiones y a comprender que no existe la decisión óptima. Tenemos que aprender a gestionar lo imperfecto y a decidir en este contexto. Nunca se da la certeza al cien por cien y es cierto que tener toda la información puede llevar a paralizar la decisión. Es aquí donde el análisis juega un papel clave pues es el que nos tiene que decir qué es lo que nos hace falta saber para decidir. Decidir entre varias posibilidades exige analizar; y analizar exige jerarquizar, priorizar y establecer cuál es el elemento que aglutina el máximo de mejoras para nuestro objetivo.

La mayoría de los errores que se producen en la toma de decisiones son fallos de análisis: por ver solo una parte del problema; por colocar el problema en un contexto inadecuado; por sacar unas conclusiones demasiado rápidas; por no considerar lo suficiente el factor humano (lo emocional)… De igual forma, existe el peligro que produce un análisis que paraliza, donde el analista se obsesiona tanto con analizar que nunca llega a terminar el proceso. En definitiva, el analista puede convertirse en un referente, por la reflexión y la calidad del análisis que realiza. Y desde esta actitud se gana la confianza de quienes le rodean. Sus análisis sirven para tratar de extraer certidumbre en la incertidumbre y está en su mano elegir qué tipo de análisis y herramientas utiliza para su trabajo. La forma en que analizamos marca las decisiones que tomamos.

Con todo ello sobre la mesa, y exigiendo buenos análisis, tenemos por delante el reto de superar la disyuntiva entre ser un decisor cínico o ser un decisor ingenuo; ser un decisor que da libertad y crea oportunidades, o ser el que las hace imposibles. 

Ética y decisiones: por qué debería importar a la inteligencia

Se suele decir que la política es la política, o la economía es la economía, o la seguridad nacional es la seguridad nacional, o los servicios de inteligencia son los servicios de inteligencia, como queriendo dar a entender que el aspecto ético no es ni debe ser en estos ámbitos el más relevante. Cuando uno pregunta por la ética, por ejemplo, en inteligencia, el resultado suele ser una sonrisa burlona como queriendo decir: decídanse por una cosa o por la otra. Sin embargo, si nos fijamos, existe el hecho innegable de que toda decisión en los ámbitos indicados trata de disfrazarse siempre de ética.

Como hemos venido apuntando, al ser humano a lo largo de su vida se le abren muchas posibilidades respecto a qué decidir y qué hacer. Y como tiene muchas posibilidades tiene que analizar para decidir; y decidir para elegir, pero para ello necesita dotarse de criterio. Tenemos que elegir con algún criterio. No podemos dejarlo todo a la suerte o al azar. Es aquí donde entra la ética como la encargada de los criterios de valoración y de elección. La ética analiza los criterios sobre los cuales valoramos y justificamos las decisiones que tomamos. La ética es el proceso racional que nos ayuda a tratar de descubrir qué es lo que se debe decidir y qué es lo que se debe hacer. La pregunta es: ¿qué quiero yo realmente decidir? No se trata solo de saber lo que está bien, se trata de elegirlo y ponerlo en práctica, sabiendo que las decisiones pueden ser acertadas o erróneas y las acciones buenas o malas. Lo cual implica que las cosas siempre pueden ser distintas de como son.

La ética representa lo que siempre está en nuestras manos y nadie puede sustituir. Nadie puede decidir por nosotros a no ser que renunciemos a nuestra dignidad. Toda decisión ética es siempre una decisión en relación con las consecuencias y con el otro. Desde estos planteamientos, nos preguntamos: ¿por qué debería importar la ética a la inteligencia? ¿Y a la toma de decisiones? ¿Se pueden tomar decisiones éticas? ¿No resulta inverosímil, incluso hipócrita, plantear estas cuestiones? ¿Cualquier decisión que se tome en nombre de “nuestro interés” o el “interés público” se vuelve aceptable por el mero hecho de considerarse necesaria? ¿Por qué no voy a decidir aunque no sea lo “correcto” si resulta ventajoso para mis intereses? Para contextualizar estas y otras posibles cuestiones, consideramos que podemos hacerlo a través, entre otros, de los siguientes “modelos”.

  • Las decisiones desde la ética del éxito: considera buena toda decisión que santifica los medios en función de los fines y sacraliza unos fines que justifican los medios. La máxima sería “gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones”.
  • Las decisiones desde la ética de la mera intención: se interesan por una motivación puramente interna de la decisión eliminando cualquier preocupación por las consecuencias. Lo que realmente cuenta son las intenciones.
  • Las decisiones desde la ética de la responsabilidad: se pregunta de forma realista por las consecuencias de las decisiones que toma y asume su propia responsabilidad. No es solo desde dónde decides sino adónde nos lleva lo que se decide. La cuestión no es tanto si una decisión es buena, sino más bien, si sus consecuencias son buenas para el momento que le toca vivir.
  • Las decisiones desde la ética de la convicción: son aquellas que se mueven solo por principios con independencia de los resultados derivados de su actuación. La autenticidad y la verdad están por encima de consideraciones de cualquier tipo.

Todo este panorama nos lleva a tener que decir que la verdadera ética de la decisión nos lleva y nos obliga a tener en cuenta por igual tanto los resultados y las consecuencias (las decisiones desde la ética de la responsabilidad) como las intenciones que las motivan y los principios que las respaldan (las decisiones desde la ética de la convicción). Una verdadera ética de la decisión quiere que nuestras decisiones respondan no sólo de nuestros valores y de nuestros principios, sino también de las consecuencias de nuestras decisiones. Cuando se toman decisiones basadas únicamente en el puro pragmatismo, los principios y los valores (ética) tienden a contarse entre las primeras bajas. De igual forma, es cierto que decisiones con las mejores intenciones del mundo y los principios y las virtudes más puras, cuando se dan junto con la ingenuidad o desde la irresponsabilidad, pueden producir los peores efectos.

Conclusiones

  • Hay dos clases de decisores: los que deciden teniendo en cuenta las consecuencias globales; y los que deciden a favor de sí mismos.
  • Están los decisores convencidos de que buscar la mejor decisión siempre es junto con otros; y los que están convencidos de que ya la tienen.
  • La ignorancia y la falta de análisis en el decisor genera desconfianza, y por lo general suele acarrear burocracia.
  • Es una irresponsabilidad tomar decisiones sin ser consciente de las razones y los motivos que nos han llevado a ello. Es un error tratar de justificar a posteriori una decisión adoptada.
  • Las decisiones deben ajustarse a los análisis en lugar de obligar a los análisis a decir y justificar lo que el decisor quiere que diga. En este punto es muy ilustrativo analizar los relatos y justificaciones que los decisores adoptan de las decisiones que toman.
  • Toda decisión restringida estrictamente a lo pragmático es estrictamente incompleta.
  • Es un error que los decisores busquen pruebas para confirmar lo que ya piensan, más que información que les aporte una visión más consciente de la realidad y con ello, una mejor decisión.
  • La responsabilidad del decisor implica que se deja claro, por un lado, sobre qué quiere decidir y por otro, sobre qué se necesita decidir. Aunque esto último no sea lo que más le apetezca, es clave para marcar los objetivos de la inteligencia.
  • El decisor tiene la responsabilidad de explicar el proceso de toma de decisiones y el papel que juega en ese proceso la Inteligencia. La cuestión clave en este punto, es si se utiliza y se tiene en cuenta la Inteligencia o sólo es tenida en consideración cuando confirma nuestras decisiones previas o avala nuestros intereses.
  • El decisor no sólo tiene que tener la Inteligencia que necesita, también debe utilizarla. Tan irresponsable es utilizarla mal como no utilizarla. De igual forma es responsabilidad del decisor pedirle a la Inteligencia lo que ésta debe darle y no pedirle cosas que aunque pudiera hacer, no son de su competencia.
  • Es determinante tener claro que entiende el decisor por un error de decisión: ¿qué no se cumplen sus intereses? O ¿qué se produzcan consecuencias no deseadas para las personas y sus derechos, los intereses nacionales, internacionales, etc.? Debe y puede haber equilibrio entre ambas posturas, pero si no es así, ¿cuál prima?
  • Es importante saber si una vez tomada la decisión, el decisor tiene en cuenta sus consecuencias únicamente a corto plazo o se tiene también una visión estratégica a más largo plazo, aunque el ya no sea entonces el decisor.
  • El decisor debe responder de las decisiones que le competen. En un mundo como el actual, tan tecnológico y conectado, el decisor debe ser consciente de que las responsabilidades tienden a diluirse. Así, la responsabilidad de las consecuencias de lo decidido no las tiene la “máquina”, el “sistema”, la “coyuntura”, los “otros”, la “seguridad”, etc.
  • Un decisor con conciencia de Estado necesita Inteligencia estratégica. Debe ir más allá de la petición constante e “histérica” de la información puntual. Esa Inteligencia estratégica va más allá del periodo de tiempo que ocupa el decisor concreto. Se justifican muchas decisiones o se legitiman desde un cortoplacismo exasperante. La obsesión por el resultado inmediato nos impide hacer Inteligencia estratégica.
  • Es obligación y responsabilidad del decisor la retroalimentación. En Inteligencia, la información y el análisis no debe “morir” con la entrega. El decisor debe dar su valoración, debe orientar y dirigir.
  • En la toma de decisiones existe un factor que resulta determinante: el tiempo. Existe la necesidad imperiosa de decidir en tiempo.

* Licenciado en Filosofía y Ciencias Morales. Doctor en Filosofía. Director de la Cátedra de Servicios de Inteligencia y Sistemas Democráticos de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Profesor titular de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Editor de “International Journal of Intelligence, Security and Public Affairs”.

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ANTES Y DESPUÉS DEL COVID-19 AL ESTILO DE ERIC HOBSBAWM

Agustín Saavedra Weise*

El historiador inglés Eric Hobsbawm (1917-2012) fue un notable pensador. En 1995 publiqué un comentario sobre su difundida obra La era de los extremos: el breve siglo XX, 1914-1991 y al poco tiempo de su muerte otro artículo alusivo.

Hobsbawm gozó de alta reputación académica y siguió hasta el final de su larga vida publicando ensayos. Él consideró que los siglos debían ser contabilizados en función de acontecimientos singulares que alteraron el rumbo de la humanidad y no necesariamente sobre la base del uno al cien. Un siglo podía tener más o menos de 100 años, en términos políticos, sociológicos y de sentido histórico. Siempre surgen acontecimientos clave que marcan una era.

La caída del Imperio Romano terminó con la Edad Antigua dando paso a la Edad Media. Con la controversia que hasta hoy subsiste, ya sea la toma de Constantinopla por los turcos (1453) o el descubrimiento de América por Colón en 1492, concluyen el medioevo e inician el Renacimiento. En 1789 la Revolución Francesa inaugura otra etapa, anticipándose en once años al inicio cronológico del siglo XIX, del que la toma de la Bastilla para Hobsbawm fue parte fundamental.

Según la interpretación del escritor británico, el siglo XIX terminó recién en 1914 al comenzar la Primera Guerra Mundial. Aquí observamos un siglo socio-político bastante largo: desde 1789 hasta 1914. 25 años extras se suman a los 100 formales del siglo XIX, en lo que se considera fue una etapa signada por doctrinas e ideologías, conflictos, colonialismos, revolución industrial, etc.

Al marcar Hobsbawm el inicio del “verdadero” siglo XX en 1914, consideró que éste concluyó con el colapso en 1991 de la Unión Soviética (1991), un hecho geopolítico impresionante precedido por los no menos espectaculares derrumbe del Muro de Berlín (1989) y la reunificación de Alemania en 1990.

Quedó así un siglo XX políticamente breve: apenas 77 años. Siguiendo la lógica de Hobsbawm este siglo XXI sui generis que lleva desde 1991 hasta 2020 apenas 29 años, tiene ahora otro punto de quiebra dado por el fenómeno de la pandemia declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en torno al Coronavirus o Covid-19, que tiene a la población planetaria prácticamente recluida desde hace más de un mes. ¿Cómo mediremos las épocas? ¿Será un Antes Coronavirus y un Después Coronavirus como expresó recientemente el columnista Thomas Friedman en el New York Times? ¿O tendremos que concluir —siguiendo la lógica de separar siglos por hechos relevantes— que el siglo XXI fue aún más corto que el pasado siglo XX y ya se agotó?

El siglo más breve de la historia, el pasado siglo XX, nos dejó ese legado y ahora transitamos un siglo XXI que no sabemos si ha terminado abruptamente o sigue aún su curso a la espera de otros inéditos acontecimientos que lo terminen de definir. Lamentablemente Hobsbawn ya no está entre nosotros para dar su propio veredicto en función de su teoría de los siglos sobre la base de grandes hechos y no de años. Sin su genialidad es aventurado definir lo que comienza y lo que termina, pero al menos podemos aseverar que una era sí ha concluido. No sería extraño que Hobsbawm —si viviera hoy— considere que ya ingresamos abruptamente al siglo XXII con el Covid-19 y que el siglo XXI superó en brevedad al siglo XX. El tema queda en suspenso, con un interrogante a futuro…

 

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Tomado de El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/178505_antes-y-despues-del-covid-19-al-estilo-de-eric-hobsbawm

 

Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales

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