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AFGANISTÁN, EL GOBIERNO TALIBÁN Y EL PRECIO PAGADO POR PAKISTÁN

Isabel Stanganelli*

Imagen de Chickenonline en Pixabay 

Luego de la conmoción mundial ante el atentado contra los Estados Unidos en septiembre 2001, cuando aún se encontraban registrando el costo en vidas, económico, estratégico, comenzaron los planes para castigar a los supuestos responsables. Esa misma tarde se señaló al villano: Afganistán. Y mientras seguían los recuentos de víctimas, la remoción de escombros, el replanteo de la utilidad de las organizaciones que debieron prevenirlo, evitarlo —y también las que debían crearse—, se iba armando el plan de ataque a Afganistán.

Desde mediados de la década de 1990, Arabia Saudí, Pakistán y Emiratos Árabes Unidos —ya sin los soviéticos en el terreno—, sostenían a los talibán mientras neutralizaban a Irán y la ruta del petróleo desde Asia Central. Además Pakistán continuaba ayudando a grupos armados contra Irán e India. Debido a este soporte foráneo, muchos efectivos de las fuerzas talibán en Afganistán eran extranjeros, destacándose la organización de Al-Qaeda que contaba en sus altos mandos con árabes, uzbekos, chechenos y pakistaníes además de europeos e incluso algunos estadounidenses.

Pero el ataque a Afganistán planeado por Washington en 2001 cambió todas estas estrategias: requería bases y puntos de apoyo en Asia. Y la colaboración de Pakistán era clave. E inmediatamente Washington la solicitó perentoriamente.

Independientemente de la inminencia de una guerra vecina, Pakistán debía actuar de manera opuesta a sus intereses nacionales.

Y tuve ocasión de presenciar este grave dilema. Entre el horror de lo ya ocurrido y las acciones que se estaban preparando como represalia ante lo considerado como un ataque de guerra, la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) invitó al entonces Embajador de Pakistán en Argentina, Dr. Saeed Khalid, a dar detalles de lo que se avecinaba. Sentada a su lado mirábamos a los espectadores, muchos de ellos comunicadores sociales.

El diplomático habló de su Pakistán: su pueblo, su economía, el paso de Alejandro Magno. Obviamente debía abstenerse de hacer comentarios sobre Washington. Entonces lo observé y fue notorio que no podía expresarse libremente. Luego fue mi turno y como académica podía decir todo lo que él debía callar como diplomático. Y lo hice. Luego comenzaron las preguntas. Y recuerdo una respuesta suya: “Accedimos al pedido de los Estados Unidos pero esperamos que su presencia no se extienda… porque cada muerto nos duele”. Era el 18 de octubre de 2001.

La guerra contra el terrorismo

En la primera etapa de la guerra actual, Pakistán perdió margen de maniobra en Afganistán, principalmente con la toma de Kabul por la Alianza del Norte. Irán, Rusia e India lo incrementaron y Estados Unidos tuvo un rol limitado. Por ello, luego del soporte inicial a la Alianza del Norte, se comenzó a desarrollar la idea de colocar a un pashtu moderado en el gobierno, propuesta resistida por Rusia e Irán y especialmente por la Alianza del Norte cuyo su objetivo, además de retener Kabul, era limitar el avance de Pakistán y de Estados Unidos, logrado a través de los talibán.

Irán y Rusia asistían a la Alianza del Norte en su tarea de recuperar gran parte del territorio de Afganistán. La entrada en Kabul era clave. Si se enfrentaban Estados Unidos y Pakistán contra Irán, India y Rusia, la posibilidad de un gobierno duradero en Afganistán se esfumaba, si es que no se desencadenaba una nueva guerra civil e inestabilidad en y con sus vecinos.

La cuestión es que las lealtades afganas nunca respondieron al Estado sino a su grupo étnico, a su versión del Islam (sunnita, chiíta o ismailí) y a los líderes tradicionales de sus propios clanes u tribus, en ese orden. En ese contexto la mitad meridional del país siempre resultó difícil de controlar. Por ello tomar Kandahar era indispensable para la coalición contra el terrorismo —lo que no hizo feliz a Pakistán— y Mazar i-Sharif, ambas ciudades meridionales en territorio relativamente llano, y destruir además los cultivos de opio. Washington dispuso para esta etapa de 30.000 a 40.000 efectivos, en tanto que la Alianza del Norte se ocuparía del resto del país.

Formación del “nuevo gobierno”

Estados Unidos debió responder ante Pakistán por el avance de la Alianza en Kabul. Una respuesta fue la cumbre de Bonn, que debía consagrar al ex monarca Mohammed Zahir Shah pero que, finalmente, nombró a Hamid Karzai —pashtún— como Presidente interino por seis meses, aunque retuvo su cargo hasta 2004.

La Loya Jirga o parlamento, formado por 21 líderes étnicos, religiosos y tribales, denunció presiones para la elección del gabinete ante el enviado de la ONU —Lajdar Brahimi— señalando que no descansó en la decisión de Karzai sino que fue tomada por la ONU.

El éxito en el proceso de organización institucional requería desarmar a algunos grupos y armar a otros, tarea que requería imparcialidad. Si la ONU y otras organizaciones internacionales fallaban, Pakistán podría apoyar a los pashtún y hacer fracasar la reconstrucción nacional. Era una empresa muy difícil construir un ejército de diferentes milicias que no quieren ir a la guerra y no se quieren entre sí. Pakistán continuaba bajo presión internacional.

¿Reconstrucción de Afganistán?

Las ofertas de ayuda para la reconstrucción del Estado fueron tentadoras. Pero no se trata de Europa —Plan Marshall mediante— o del Japón con su “nueva” Constitución de 1952. Reconstruir la infraestructura afgana —rutas, aeropuertos, plantas de energía y telecomunicaciones— era, sin duda, indispensable. Pero los nuevos ataques a Iraq (2003), postergaron los planes para esta región.

En este contexto se fortaleció un eje chino-ruso, ya institucionalizado a través de la Organización de Cooperación de Shanghai y la firma de un tratado bilateral ya firmado entre ambos Estados en julio de 2001.

El rol de Pakistán fue importante. El esfuerzo por erradicar a los talibán destruyó algo por lo que había trabajado por mucho tiempo. La solidaridad tribal, étnica y religiosa de gran parte de la población pakistaní con los pashtu logró transformar la situación en explosiva. Aun habiendo sido exitosa la misión de apartar a los talibán del gobierno, aparecieron otros extremismos con alianzas más peligrosas que las forjadas por Al-Qaeda

Y a casi 20 años, los que hemos vivido en Asia central, los que hemos seguido de cerca los acontecimientos e iniciativas adoptadas, hemos observado el horror de un Afganistán destruido, que en este 2021 sería desalojado de efectivos extranjeros pero cuyo futuro no está ni cerca de ser claro. Pero Pakistán también ha pagado precios muy altos. Las tribus sedentarias de la frontera con Afganistán han sido bombardeadas, acusadas de colaborar con terroristas. Obras milenarias de la ingeniería humana, acueductos que les permitían una agricultura de subsistencia fueron totalmente destruidos como parte de los primeros ensayos con drones. Sus zumbidos aterradores obligaron al exilio a los sobrevivientes ya sin medios de subsistencia. A la impotencia le siguió la furia. Y fue tal que los combatientes pakistaníes en Cachemira (en litigio con India), abandonaron ese frente de batalla para dirigirse a la frontera con Afganistán.

En mayo 2021 Pakistán descartó la posibilidad de volver a proporcionar sus bases militares a Estados Unidos para futuras operaciones antiterroristas en Afganistán. El ministro de Relaciones Exteriores Shah Mehmood Qureshi estableció que en adelante serán “sólo socios en paz”, que no se unirán a futuras guerras estadounidenses y no se están transfiriendo bases [estadounidenses] a Pakistán aunque Joe Biden ha reconocido que está examinando dónde reposicionar tropas para evitar que Afganistán vuelva a albergar grupos como Al-Qaeda.

Por el momento el espacio aéreo y terrestre de Pakistán solo se utiliza para transportar suministros militares no letales a Afganistán y facilitar el proceso de retirada de tropas estadounidenses en curso.

De todos modos, los últimos 20 años se sumaron a décadas previas de guerras. Ninguna intervención logró pacificar al país, invento del colonialismo británico que también pagó con guerras.

Y como burla del destino, luego de 20 años de guerra para derrocar a los antaño demonizados talibán, ahora se confía en que sean ellos quienes logren pacificar el país.

 

* Profesora y Doctora en Geografía (UNLP). Magíster en Relaciones Internacionales (UNLP). Secretaria Académica del CEID y de la SAEEG. Es experta en cuestiones de Geopolítica, Política Internacional y en Fuentes de energía, cambio climático y su impacto en poblaciones carenciadas. 

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JOE BIDEN Y SUS PRIMEROS MOVIMIENTOS CONTRADICTORIOS DE POLÍTICA EXTERIOR

Giancarlo Elia Valori*

Joe Biden, presidente de los Estados Unidos. Foto: The White House.

Aquellos que pensaban que el anciano presidente estadounidense, ex vicepresidente de Barack Obama, entraría en el centro de atención internacional como el sabio y moderado estadista que había sido durante la campaña electoral han tenido que revisar su juicio.

Apenas unas semanas después de asumir el cargo, Joe Biden llevó abruptamente a Estados Unidos de vuelta a los escenarios de Medio Oriente con una doble maniobra político-militar que ha despertado una considerable perplejidad y protestas en los Estados Unidos y en el extranjero.

Como señaló el portavoz del Pentágono, John Kirby, la primera medida sorpresa decidida directamente por el presidente fue ordenar un bombardeo aéreo contra dos bases de milicianos que se cree están cerca de Hezbolá e Irán, ubicadas en Siria cerca de la frontera con Irak.

Se informa que entre 22 y 27 personas, ya sean milicianos o civiles, murieron en el ataque, que tuvo lugar durante la noche del 25 de febrero.

La orden de atacar a las milicias pro-iraníes estuvo motivada por la necesidad de Biden de reaccionar a un ataque en Erbil, en el Kurdistán iraquí, a principios de febrero contra una base logística del ejército estadounidense, que resultó en la muerte de un empleado filipino de la base.

Al comentar sobre el incidente, el portavoz del Pentágono Kirby dijo: “Los ataques aéreos han destruido almacenes y edificios utilizados en la frontera por las milicias pro-iraníes Kathaib Hezbollah y Kataib Sayyid al Shuhaba y han transmitido el mensaje inequívoco de que el presidente Biden siempre actuará para proteger al personal estadounidense. Al mismo tiempo, la acción tiene por objeto perseguir deliberadamente el objetivo de desescalar la tensión tanto en el este de Siria como en Irak”.

Aparte del hecho de que suena ambiguo justificar un ataque sorpresa en el territorio de un Estado soberano (todavía) como Siria con la necesidad de “reducir la tensión” en la región, la iniciativa del presidente Biden no ha despertado pocas perplejidades también en Estados Unidos, además de las protestas obvias del gobierno en Damasco.

Mientras que muchos senadores republicanos y congresistas han aprobado las acciones de Biden porque, como ha argumentado el senador republicano Pat Toomey, “Biden tiene derecho a responder con armas a los recientes ataques apoyados por Irán contra intereses estadounidenses”, los miembros de su propio partido no han ocultado sus críticas y perplejidad porque supuestamente el presidente no respetó las prerrogativas exclusivas del Congreso en términos de «acciones de guerra».

El senador demócrata Tim Kane fue muy duro y explícito: “una acción militar ofensiva sin la aprobación del Congreso es inconstitucional”.

Su colega del mismo partido, Chris Murphy, dijo a CNN que “los ataques militares requieren la autorización del Congreso. Debemos exigir que esta Administración se adhiera a las mismas normas de comportamiento que hemos exigido a las administraciones anteriores…

Exigimos que siempre haya justificación legal para todas las iniciativas militares estadounidenses, especialmente en un teatro como Siria, donde el Congreso no ha autorizado ninguna iniciativa militar”.

Con el fin de subrayar la inconsistencia de la justificación de la Casa Blanca de que los ataques iban a “reducir la tensión” en la región, el congresista demócrata Ro Khana intensificó públicamente las críticas diciendo: “Tenemos que salir de Medio Oriente. Me pronuncié en contra de la interminable guerra de Trump y no me callaré ahora que tenemos un presidente demócrata”.

Como podemos ver, las críticas al presidente Biden han sido duras y muy explícitas, marcando así el final prematuro de la “luna de miel” entre la Presidencia y el Congreso que, según la tradición estadounidense, marca los primeros cien días de cada nueva Administración.

La demostración militar de fuerza del presidente Biden parece estar marcada no sólo por las dudas sobre la constitucionalidad planteadas por los principales miembros de su propio partido, sino también por la naturaleza contradictoria de las motivaciones y justificaciones.

Según la Casa Blanca, en vista de la reducción de la tensión en Siria, es necesario enviar bombarderos, sin perjuicio de la necesidad de «transmitir una señal amenazante» a Irán, en el mismo momento en que el propio presidente está declarando que quiere reabrir el «acuerdo nuclear» con Irán, es decir el diálogo sobre la cuestión nuclear abruptamente interrumpido por su predecesor.

En resumen, los movimientos iniciales del nuevo Presidente en la región de Medio Oriente no parecen diferir demasiado de los de sus predecesores que, como él, pensaban que la acción militar —incluso sangrienta y brutal— siempre podría considerarse una opción útil como sustituto de la diplomacia.

Esta acción militar, sin embargo, apenas parece justificable en sus motivaciones si es cierto que el presidente Biden tiene la intención de reducir la tensión en las relaciones con Irán, que se han vuelto cada vez más tensas debido a iniciativas como las de su predecesor, Donald Trump, quien a principios del año pasado ordenó el asesinato del miembro de más alto rango de la jerarquía militar iraní, Qassem Suleimani, que fue tiroteado por un dron cerca de Bagdad.

La otra medida del presidente Biden en un teatro delicado y sensible como el Cercano Oriente, parece al menos inoportuna: fue autorizar a la CIA a desclasificar el informe sobre el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi, asesinado en 2018 en las instalaciones del consulado saudí en Turquía.

El informe de la CIA acusa sin rodeos al príncipe heredero Mohammed Bin Salman de ordenar el asesinato del periodista disidente. Su publicación, autorizada por el presidente Biden, ha desatado una tormenta de controversia dentro y fuera de Estados Unidos, poniendo así en duda la relación estratégica entre Estados Unidos y Arabia Saudí, que a lo largo de los años se ha construido minuciosamente con el doble objetivo de contrarrestar la presencia e influencia de Irán en el Líbano, Siria e Irak, así como controlar los impulsos extremistas de socios regionales ricos y peligrosos como Qatar.

El príncipe Bin Salman, ahora firmemente establecido como único heredero al trono saudí, es una contraparte obligatoria de los Estados Unidos.

En vano (e imprudentemente), el presidente Biden ha declarado públicamente su preferencia por un diálogo directo con el rey Salman. 

El Rey, de 85 años, sin embargo, no sólo se encuentra en malas condiciones de salud, sino que también ha dicho claramente a los estadounidenses que tiene la máxima confianza en “su único y legítimo heredero” a quien ya ha delegado realmente la gestión de los asuntos del Reino.

La Administración del presidente Biden, y su nuevo secretario de Estado, Antony Blinken, nunca han ocultado que prefieren a otro príncipe heredero como posible homólogo, a saber, Mohammed Bin Nayef, que es muy cercano a la CIA gracias a los buenos oficios del ex jefe de los servicios de inteligencia saudíes, Saad Al Jabry. Sin embargo, en el complicado mundo de la Corte Saudí, las cosas no siempre avanzan de la manera simple y directa preferida por los estadounidenses.

Mohammed Bin Najef está actualmente en prisión por cargos de corrupción y por lo tanto está definitivamente fuera de la carrera por el trono, mientras que su enlace con la CIA, Al Jabry, se ha autoexiliado en Canadá para escapar de la “persecución” que cree que ha sido orquestada por los cortesanos saudíes.

Si los Estados Unidos quieren seguir desempeñando un papel en Medio Oriente y posiblemente ejerciendo una función estabilizadora en una región que fue muy desestabilizada por la desafortunada aventura iraquí de George W. Bush, que efectivamente entregó a Irak a los chiítas cercanos a sus “hermanos” iraníes y le dio a Irán las claves para controlar el golfo Pérsico, el Presidente y su Secretario de Estado tendrán que confiar en una buena dosis de realismo político, dejando fuera del diálogo con Arabia Saudí las consideraciones éticas que, aunque justificadas, no parecen apropiadas, también porque Estados Unidos nunca ha parecido haber tenido muchos escrúpulos a la hora de eliminar físicamente a sus “adversarios” con métodos muy apresurados, ya sea un general iraní, dos docenas de milicianos sirios no identificados o sus familiares.

En resumen, las primeras etapas de la Presidencia de Biden no parecen muy prometedoras. Tanto los aliados como los adversarios están esperando que Estados Unidos vuelva al terreno en las zonas más sensibles con pragmatismo y realismo, dos factores que parecen bastante escasos en las medidas preliminares de política exterior de Joe Biden.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Artículo traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción. 

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LAS RAZONES DE LA GUERRA EN SIRIA (2011-2019)

Giancarlo Elia Valori*

Imagen de Carabo Spain en Pixabay

Han pasado diez años desde que comenzó la guerra civil siria en 2011. Siria ha pasado de la rápida destrucción del país a la de la victoria, recordando Vietnam en las décadas de 1960 y 1970. Muchos, de hecho, se preguntan por qué Siria, un Estado tradicionalmente secular y socialista y multipartidista (también hay dos partidos comunistas representados en el Consejo Popular Sirio, el parlamento en Damasco), no se ha derrumbado, en comparación con los otros dos países socialistas, Irak primero y Libia después, consumidos más tarde por las guerras civiles.

En primer lugar, tenemos que entender por qué Siria es importante.

Geográficamente, Siria está en el corazón de todos los oleoductos desde Oriente Medio hasta Europa. Así que si Estados Unidos hubiera ganado en Siria, habrían sido capaces de controlar la única fuente de energía de Europa. En cambio, hace unos días se da la noticia de que The North, Blue, Turk and South Stream, Yamal y Nord Stream 2 son los gasoductos “no alineados”, los que traen gas a Europa desde Rusia. Y ahora la historia del más temido de todos, el gasoducto que quiere llevar el gas iraní al Mediterráneo pasando a través de Irak y Siria.

Es el mismo gasoducto del que se habían elaborado los protocolos de entendimiento de 2011: al año siguiente los gestores petroleros de Irán, Irak y Siria firmaron un tratado para pasar el crudo de Teherán por los tres Estados al Líbano, y luego a nuestro continente.

Este proyecto eliminó automáticamente el plan estadounidense que prefería el gasoducto Qatar-Turquía (Qatar – Arabia Saudí – Jordania – Siria-Turquía). Cuando Bashar al-Assad optó por el gas iraní, la llamada primavera árabe golpeó Siria y libró una terrible guerra civil. Algunos jefes de Estado europeos recibieron la orden de la Casa Blanca de retirar los honores otorgados al presidente al-Assad. Y personalmente recuerdo que la televisión estatal siria que transmitía por satélite no funcionaba.

Una caída en el precio del petróleo golpearía duramente a la economía interna de Rusia, que depende de las exportaciones de energía, con Washington esperando una caída en una “Unión Soviética”-bis.

Por lo tanto, cuando EIIL y los rebeldes sirios, respaldados por los atentos estadounidenses y europeos, golpearon Damasco, el precio internacional del crudo cayó de 147 dólares por barril a un mínimo de 30 dólares, y la economía rusa sufrió. Al mismo tiempo, la caída del precio del crudo no sólo significó un aumento de la deflación importada, sino que también redujo los precios de otros productos industriales en China. La caída del precio del crudo causó una caída sustancial en los ingresos comerciales de las exportaciones chinas, ya que al pagar también con los bienes, vieron caer su producción nacional.

Más tarde, China y Rusia firmaron un acuerdo de petróleo y gas de 400.000 millones de dólares, y Beijing pagó 25.000 millones de dólares por adelantado a Rusia. En ese momento, Rusia, viendo comprometidos sus intereses derivados de la crisis de los precios del petróleo, entró en el campo de batalla sirio para no permanecer inerte frente a las iniciativas estadounidenses.

Al principio algunos se quejaron de que China había comprado petróleo crudo ruso a un precio tan alto (más de 70 dólares por barril), pero ahora que el precio del crudo ha subido por encima de ese nivel, resulta que fue un acuerdo de ganar-ganar.

Pero volvamos a la guerra civil.

Aunque Siria es chiíta, hay un gran número de sunitas en el país. Después de la llamada primavera árabe, las sunitas Turquía y Arabia Saudí presionaron para infiltrarse en Siria y apoyar fuertemente a la oposición sunita siria supuestamente democrática (Ejército Sirio Libre) que tomó dinero de la retrógrada monarquía wahabí.

Por supuesto, Estados Unidos y sus aliados aprovecharon el fuego para apoyar a quienes luchan contra el gobierno legal de Siria. Damasco fue inicialmente incapaz de hacer frente a la situación. Frente a la escalada, Damasco acudió por primera vez a Teherán, Bagdad y otras fuerzas chiítas para obtener apoyo externo. Irán e Irak ofrecieron ayuda para defender el arco chiíta común, ayudando al gobierno sirio al máximo: en ese momento estalló la verdadera guerra civil siria.

Los regimientos mercenarios (contratistas) y voluntarios de los países occidentales, todos los cuales formaban parte de Isis, también jugaron un papel decisivo. Tenían armas sofisticadas y una eficacia de combate extremadamente fuerte: las fuerzas gubernamentales se defendieron todo lo que pudieron, sin posibilidad de un contraataque. Basta leer La trampa de Ma’lula. Siria, 2013 en Guerra, guerra, guerra de Fausto Biloslavo y Gian Micalessin (Mondadori Electa, Milán 2018).

El ganador del Premio Nobel de la Paz de Estados Unidos, Obama, además de controlar el petróleo para mantener la hegemonía del dólar, amenazó a la Unión Europea kantiana con presionar, sólo para luego fijar los precios del oro negro a voluntad: si Siria caía, Washington podría expulsar a Rusia de Medio Oriente y defender aún más a los amigos de las monarquías e imponer sus precios del petróleo.

En el momento de la casi victoria, la Casa Blanca propuso que la solución a la crisis siria era que Bashar al-Assad renunciara para llevar a cabo el oleoducto Qatar-Turquía, pero la Ciudad Prohibida y el Kremlin votaron en contra, y lo que parecía ser un triunfo, resultó ser un punto de inflexión.

Al principio un gran número de personas ingenuas y formadores de opinión contratados y/o chantajeados creyeron y difundieron en los medios de comunicación los mitos de las elecciones libres y la democracia de Els y los terroristas de ISIS, pero las atroces acciones de estos últimosy los llamados “rebeldes” contra la población civil, cambiaron directamente al pueblo sirio e indirectamente a la opinión pública internacional que llegó a saber, incluso a través de satélites indiscretos, que las declaraciones del graduado de Princeton Webster Griffin Tarpley eran ciertas: “Estados Unidos creó el Estado y utiliza a los yihadistas como su ejército secreto para desestabilizar el Medio Oriente” (22 de febrero de 2015). ISIS en los territorios sirios llevó a cabo el exterminio de chiítas y cristianos, compró y vendió esclavos y colaboró con contratistas occidentales.

Más tarde Rusia, las fuerzas libanesas de Hezbolá, la brigada Al-Quds de Irán y voluntarios chiítas y unidades del ejército de la República Popular Democrática de Corea (Norte) repelieron a las fuerzas dirigidas por Isis y la coalición occidental.

Cuando Isis se retiró, Estados Unidos propuso al Consejo de Seguridad un acuerdo de armisticio en Siria, que fue rechazado conjuntamente por China y Rusia, ya que Isis debe ser expulsado completamente de Siria.

Ahora no queda nadie dispuesto a creer que Isis y Els luchaban por la libertad y el voto en Siria. El avance de la coalición legitimista y la presión del público estadounidense vieron dónde está la podredumbre y obligaron a la Casa Blanca a abandonar el campo de batalla sirio.

La guerra ruso-estadounidense en Siria ha terminado, pero la situación allí no se ha calmado, ya que las fricciones ruso-turcas pueden reanudarse en cualquier momento.

En última instancia, el rápido ascenso de Turquía en Medio Oriente es el mayor problema y desafío al que se enfrenta Rusia. Por ejemplo, la guerra civil que estalló en Libia también fue secretamente una disputa entre Rusia y Turquía. Ankara ha intervenido abiertamente y no ha tenido miedo de enfrentarse a Moscú. Esta es una necesidad para la expansión del poder turco: el sueño del nuevo Imperio Otomano.

La guerra civil en Libia puede no ser suficiente para que Rusia y Turquía logren hacer frente y resolver sus conflictos estratégico-militares, pero la colisión entre ambos en Siria puede conducir a un conflicto militar directo. Si estalla una guerra entre Rusia y Turquía en Siria, entonces los estadounidenses apoyarían a Erdogan, para tratar de arreglar el oleoducto a su gusto. Las ambiciones de Turquía han comenzado a ampliarse y los neo-otomanos no detendrán su expansión respaldada por Estados Unidos. Si Turquía aumenta la presión y el antagonismo, violará seriamente los intereses de Rusia, reeditando la eterna batalla entre el sultán y el zar.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Artículo traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción. 

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