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LA OBSESIÓN OCCIDENTAL POR EL «CAMBIO DE RÉGIMEN» EN IRÁN

Roberto Mansilla Blanco*

En medio de la guerra directa con Irán, Israel y EEUU vienen instigando a un cambio de régimen en el país persa. En una inédita aparición el hijo del defenestrado Shah de Persia, Reza Pahlavi, transmitió un video pidiendo a los iraníes alzarse contra el régimen teocrático asegurando tener en sus manos un proyecto de transición democrática. Desde Tel Aviv, el primer ministro Benjamín Netanyahu habla abiertamente de «eliminar» al Guía Supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei. En Washington, el presidente estadounidense Donald Trump parece secundar esta pretensión israelí al instar a un cambio de régimen en el país persa.

La respuesta iraní no se hizo esperar. En Teherán, el ayatolá Jamenei rechazó categóricamente cualquier posibilidad de cambio de régimen mientras los iraníes, simpatizantes y detractores de la teocracia islamista, parecen unir fuerzas ante el enemigo agresor común, Israel y su aliado estadounidense. No obstante surgen informaciones sobre el repentino ascenso de su hijo Mojtaba Jamenei como eventual sucesor en caso de materializarse un atentado contra su progenitor.

Este excesivo foco mediático sobre las secuelas que para el gobierno iraní causan los bombardeos israelíes parecen intentar ocultar otra realidad: son aparentemente escasas las expectativas de que este conflicto termine generando un cambio de régimen en Irán, al menos si la pretensión de Israel y de EEUU es generar un levantamiento popular en medio de una agresión exterior.

Por otro lado, el permanente bombardeo iraní sobre ciudades israelíes desmonta un mito aún presente en el imaginario colectivo: el de la presunta invencibilidad israelí. Su joya defensiva, la Cúpula de Hierro, se ha visto superada ante un constante acoso diario de cientos de misiles iraníes, algunos de ellos con capacidad hipersónica, un aspecto que puede revelar la posibilidad de una cooperación militar rusa. A pesar de las dificultades generadas por los bombardeos israelíes, esta capacidad de respuesta militar iraní parece presagiar un reforzamiento del nacionalismo en el país persa.

Así mismo, la destrucción de infraestructuras militares, financieras y hasta del cuartel general del mítico Mossad en Tel Aviv parecen estar ejerciendo confusión y posible malestar entre los ciudadanos israelíes, hartos de una prolongada guerra en Gaza que aparentemente no ha terminado de fructificar en cuanto a los objetivos iniciales (eliminar a Hamas y recuperar a los rehenes) a pesar de la retórica triunfalista del gobierno de Netanyahu mientras la imagen internacional de Israel se ha visto severamente dañada y deteriorada, a diferencia del apoyo mundial hacia Palestina, cuando menos a nivel social.

La estructura de poder en Irán

La constante difusión mediática occidental de epítetos degradantes hacia la naturaleza del poder en Irán, destacando aquí el de «régimen teocrático», intenta procrear la matriz de opinión orientado a difundir la percepción de que el sistema de poder imperante en el país persa tras la revolución de 1979 carece de legitimidad y de popularidad.

La óptica sobre la realidad iraní obliga a enfocar otra mirada. La estructura del poder en Irán define un sistema básicamente rígido y jerárquico donde predomina el poder del Líder Supremo, el ayatolá Alí Jamenei. En un renglón más secundario están el presidente de la República Islámica, actualmente Masoud Pezeshkian; el Poder Judicial; el Consejo de Guardianes, un órgano asesor y electivo que controla el Parlamento; las Fuerzas Armadas, que tienen bajo su mando al Ejército, la Policía (que también controla la denominada Policía de la Moral designada para preservar en las calles los preceptos constitucionales islámicos); y la Guardia Revolucionaria Islámica, un órgano militar y empresarial que tiene bajo su control las poderosas milicias Basij y cuyo peso se acrecienta ante el hecho de  controlar el programa nuclear iraní.

El país persa realiza frecuentes elecciones presidenciales y parlamentarias. No obstante, el Consejo de Guardianes tiene la potestad de depurar las respectivas candidaturas aduciendo su compatibilidad con los preceptos estatales, un factor que obviamente limita la libertad y transparencia de nominación de ciertas candidaturas. De acuerdo con el investigador Luciano Zaccara, experto en asuntos iraníes, «Irán no es un Estado gobernado por un partido único, por una cúpula militar o por una dinastía, sino que está controlado por una élite político-clerical con diversos individuos y grupos que se disputan el control político del sistema y cuyas alianzas internas son flexibles en función de los intereses de cada grupo. El juego político es muy intenso aunque las reglas establecidas por la élite sean muy restrictivas para aquellos grupos o personajes periféricos a la misma».

Si bien diferente al sistema multipartidista occidental, en Irán coexisten partidos y movimientos políticos que básicamente se definen en torno a dos grupos principales: los conservadores defensores del status quo; y los reformistas que buscan ampliar las libertades civiles y políticas mediante cambios graduales.

Esta división genérica no oculta la existencia de formaciones como el Movimiento de Liberación de Irán; el Frente Nacional: de carácter nacionalista; el Partido Tudeh, que es el Partido Comunista de Irán; el Partido Democrático del Kurdistán de Irán, defensor de los derechos de la minoría kurda y la autonomía regional; el Partido de la República Islámica; el Movimiento Reformista Iraní; los Muyahidines del Pueblo (MEK) y los Fedayines del Pueblo, éstas últimas organizaciones armadas opuestas al gobierno iraní.

No obstante, cabe destacar que, si bien Irán ha observado diversas manifestaciones populares, como las acaecidas en 1999, 2009 y 2022 (esta última tras la muerte de la activista Masha Amini) que han llevado a una fuerte represión por parte de las autoridades, resulta escasamente perceptible que el contexto actual pueda generar una nueva explosión de descontento social, especialmente tomando en cuenta que el país está siendo agredido por sus dos principales enemigos, Israel y EEUU.

Desde hace varios años y especialmente tras la caída del régimen de Saddam Hussein en Irak (2003), EEUU e Israel han intentado por diversos medios acosar a la República Islámica de Irán con la finalidad de propiciar un quiebre de poder en Teherán. La invasión a Irak de 2003 ha sido un ejemplo clave que, infructuosamente para los intereses occidentales e israelíes, más bien lo que ha propiciado una mayor influencia iraní en la política iraquí vía la mayoritaria comunidad chiita en ese país, calculada en un 60% de la población iraquí.

Por otro lado, Washington y Tel Aviv han avivado organizaciones opositoras como el Consejo Nacional de Resistencia de Irán (pro-monárquico aunque también acusado de ser una tapadera del anteriormente mencionado MEK y de otros grupos integristas) así como inéditos grupos armados de carácter secesionista aparentemente afiliados al Ejército de Liberación de Baluchistán, que opera entre Pakistán, Irán y Afganistán.

El contexto regional: ¿puede contar Irán con sus aliados?

Debe igualmente acotarse que el actual enfrentamiento con Irán es el primero que Israel realiza militarmente contra un país de la región desde la guerra de Yom Kippur de 1973. Ya no son Egipto, Siria, Líbano o Jordania; ahora es Irán, un rival de mayor peso militar, geográfico, demográfico (82 millones de habitantes), con importantes recursos naturales (petróleo y gas natural) e industriales y con esferas de influencia regionales (Hizbulá, hutíes del Yemen, el propio Hamás, chiítas de Irak) y otros aliados con capacidad nuclear (Pakistán), sin menoscabar potencias globales (Rusia y China) que han mostrado su solidaridad con Teherán en caso de intervención directa de Israel y EEUU.

Con intermitentes momentos de alianza y rivalidad con Teherán, Turquía también se ha erigido como un actor importante a la hora de condenar la agresión israelí contra Irán, lo cual implica un importante giro geopolítico tomando en cuenta que Turquía es un país miembro de la OTAN.

No obstante, está por ver si movimientos como Hizbulá y Hamás, diezmadas sus cúpulas dirigentes a través de asesinatos selectivos por parte de Israel, tendrán capacidad efectiva para asistir a su aliado iraní a través de ataques directos contra Israel, tal y como han demostrado en anteriores ocasiones. El jefe de Hizbulá, Naim Qassem, anunció este 20 de junio su «apoyo total» a Irán pero resulta una incógnita si el movimiento islamista realizará ataques directos contra Israel desde sus bases en el sur del Líbano.

En este sentido, Israel se enfrenta a un rival de entidad como Irán, capacitado para aguantar el equilibrio militar, y no contra grupos armados y poblaciones civiles como han sido los casos de palestinos, libaneses y sirios. El eje regional iraní, si bien aparentemente distante ante el contexto actual del conflicto, se erige como el único capacitado para contrarrestar ese mito perenne y mediático de la invencibilidad militar israelí.

Independientemente de las razones que le han llevado a atacar Irán, Netanyahu puede volver a enfrentarse al malestar interno vía protestas sociales toda vez los partidos de extrema derecha sionista y la línea dura presentes en el establishment político y militar que apoyan su gobierno podrían recrear fisuras en la coalición gubernamental ante la escasa materialización de los objetivos trazados, en este caso el eventual colapso del régimen iraní

El contexto internacional también se observa fragmentado. La UE, atrapada en la discusión sobre 5% de gasto militar del PIB que exige Washington a cada país miembro de la OTAN, ha mostrado de momento una leve condescendencia a favor de la legítima defensa israelí, en gran medida mediatizada por los acuerdos comerciales y los negocios en la venta de armas.

Otros países árabes como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Siria y Bahréin mantienen distancia ante un conflicto donde pretenden ganar peso geopolítico ante el posible debilitamiento de su rival iraní.

Mediación en medio de misiles

Por otro lado, Trump ha pasado de lanzar amenazas directas de derrocar a Jamenei como medida de presión sobre el programa nuclear iraní (no queda claro quién se levantó primero de la mesa en las conversaciones que se llevaban a cabo en Omán antes del ataque israelí pero diversas fuentes acusan a Washington de torpedear la posibilidad de un acuerdo) a anunciar, tras abandonar súbitamente la Cumbre del G7, un espacio de meditación de dos semanas sobre si decide intervenir militarmente en el conflicto probablemente con la intención de ganar tiempo para su aliado israelí y ver si tiene éxito algún tipo de mediación que implique una tregua.

El ministro iraní de Exteriores, Abbas Araghchi, declaró que Teherán evalúa las opciones diplomáticas una vez Israel suspenda sus ataques. Con ello, la diplomacia iraní intenta arrojar la pelota en el tejado de un Netanyahu más próximo a prolongar la escalada del conflicto, a la espera de la respuesta definitiva de Trump.

En este apartado de la mediación destaca la posición del presidente ruso Vladimir Putin, quien ya ha declarado su intención de ser el artífice de esta posible negociación tras hablar precisamente con Trump y el presidente chino Xi Jinping. Francia, Gran Bretaña y Alemania también manejan escenarios de negociación con Irán tras encuentros informales en Ginebra.

Viendo el contexto sólo Putin y Xi se anuncian como los únicos líderes capacitados para acabar con este enfrentamiento anunciándose como interlocutores para negociar con Irán e Israel una tregua, la misma que podría darse en Ucrania pero ahora bajo las condiciones de Putin. Por otro lado, confiando en su capacidad de mediación ante la posibilidad de observar un desgaste en el conflicto entre Tel Aviv y Teherán, el presidente ruso toma distancia en cuanto a la posibilidad de asistir militarmente a su aliado iraní toda vez observa que la confrontación con Israel podría limitar el suministro iraní de drones Shahed para las tropas rusas en Ucrania.

La promesa de meditación de Trump revela otro factor que confirma el cambio geopolítico que estamos viviendo: EEUU ya no se observa como el único interlocutor capacitado para solucionar conflictos, salvo que esa «solución» se materialice mediante amenazas de intervención militar directa. Incapaz de articular una solución diplomática que hoy sí pueden hacer Rusia y China, EEUU corre el riesgo de convertirse más en el problema que en la solución.

En este escenario, un Netanyahu contrariado por los efectos de su huida hacia adelante contra Irán puede verse igualmente atrapado en un laberinto sin salida, sólo determinado por una fuerza militar que hoy ha encontrado en Irán a un rival de peso. Obsesionado por la caída de Jamenei y del régimen teocrático que a priori se observa sumamente difícil, Netanyahu también corre el riesgo de ver erosionado su poder, propiciando un escenario que anuncie su eventual eclipse y caída política.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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RUSIA ANTE LA GUERRA ISRAEL-IRÁN: ¿EXISTE UNA «TRAMPA ATLANTISTA» PARA ABRIR UN «SEGUNDO FRENTE» TRAS UCRANIA?

Roberto Mansilla Blanco*

En diciembre de 2024, pocos días después de la caída del régimen de Bashar al Asad en Siria y previo al regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Rusia e Irán, los dos principales aliados del extinto régimen sirio, firmaron un acuerdo de asociación estratégica defensiva por 20 años que profundiza el elevado nivel de relaciones geopolíticas y de seguridad entre Moscú y Teherán.

La reciente escalada del conflicto directo entre Israel e Irán iniciada por Tel Aviv el pasado 13 de junio implica para Rusia un delicado escenario a tenor de su estratégica alianza con Teherán. El pulso para Moscú es netamente estratégico: tras la caída de Bashar al Asad, el Kremlin no puede permitirse observar impávido otro revés geopolítico en Oriente Próximo. Si bien los informes sobre la inevitable ofensiva israelí contra Irán eran cada vez más frecuentes semanas atrás, debe recordarse que Washington y Teherán negociaban en Omán los términos sobre el programa nuclear iraní, abruptamente paralizados días antes de los bombardeos israelíes.

El contexto geopolítico y de seguridad tras la transición siria persuade al Kremlin a concretar pactos con otros socios mientras busca reacomodar el futuro de sus bases militares en Siria (Tartús y Khemeimin). En este sentido, en marzo pasado, Rusia alcanzó un acuerdo con Sudán para abrir una base militar que tendría un radio de operatividad sumamente estratégico, ampliando la posibilidad de alcanzar para Rusia nuevas esferas de influencia entre el canal de Suez, el mar Rojo, el Cuerno de África, el golfo de Adén y el océano Índico, espacios por donde transita aproximadamente el 12% del comercio mundial.

Además de Sudán, el Kremlin está negociando acuerdos con Libia y Chad para abrir también bases militares en esos países, con lo cual conformaría un triángulo estratégico en torno al Mediterráneo, África Central y el Sahel, donde Moscú tiene importantes aliados en Burkina Faso, Mali y Níger. En este triángulo, específicamente en Sudán y Chad, Irán también juega sus cartas geopolíticas, a menudo con cierta sintonía con Moscú.

En el conflicto directo israelo-iraní, Rusia comienza a apostar por la mediación diplomática consciente de la necesidad de mantener en pie a su aliado iraní ante una ofensiva israelí que cuenta con el apoyo estadounidense, según fuentes iraníes. Con todo, Trump también avala esta posible mediación rusa pero observando con atención hasta qué punto la ofensiva israelí puede debilitar (e incluso hipotéticamente derribar) al régimen iraní, un diagnóstico que hasta ahora resulta prematuro evaluar.

Cómo Occidente aspira llevar a Rusia a un “segundo frente bélico” (e Israel le puede ayudar)

Ante el atasco que se observa en el frente ucraniano y la desilusión occidental por los avances militares rusos y la consolidación de sus posiciones, el eje «atlantista» vía OTAN parece intentar abrir un «segundo frente» bélico para Rusia, en este caso en su flanco sur. En este sentido, Irán puede ser el escenario clave a tenor de su reciente acuerdo estratégico con Rusia.

Pero antes existieron tácticos intentos por parte del «atlantismo» para arrastrar a Rusia hacia ese «segundo frente». Primero lo intentó con Armenia, cuyo presidente prooccidental Nikol Pashinyán inició negociaciones de admisión en la UE en diciembre de 2023 para, posteriormente, oficializar la salida armenia de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) en agosto pasado. Coloquialmente denominada como la «OTAN rusa», la OTCS es un mecanismo de seguridad euroasiático dirigido desde Moscú.

Pashinyán argumentó las razones de la salida armenia ante la escasa efectividad de la OTSC para atender sus demandas ante el breve conflicto con Azerbaiyán en Nagorno Karabaj (2023) y que llevó a la caída de este enclave armenio en manos azeríes. Con destreza diplomática, el presidente ruso Vladimir Putin aceptó la salida armenia de la OTSC en una táctica orientada a reducir tensiones para evitar una intromisión exterior.

Sin salir del Cáucaso, la perspectiva «atlantista» de abrir este «segundo frente» continuó en Georgia, donde las elecciones parlamentarias de octubre pasado registraron la posibilidad de recrear un nuevo «Maidán» en el Cáucaso que finalmente resultó infructuoso: el nuevo gobierno georgiano dirigido por Mijaíl Kavelashvilii está alineado con Moscú y ha congelado las negociaciones de admisión de Tbilisi con la UE y la OTAN.

El tercer intento fue la caída de Bashar al Asad en Siria en diciembre pasado, un revés geopolítico que Rusia ha sabido gestionar con destreza, sin caer en la trampa del «segundo frente» que el eje atlantista que domina buena parte de las decisiones en Occidente le había tendido. La gira de Trump por Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos le llevó a una fugaz reunión con el nuevo jefe de gobierno sirio, Ahmed al Shara’a, a quien le instó a «reconocer el Estado de Israel».

Asegurada cierta reorientación prooccidental en una Siria donde Turquía, Arabia Saudita e Israel juegan sus cartas geopolíticas, ya con Rusia e Irán fuera de actuación de facto, la guerra entre Israel e Irán parece arrojar un nuevo contexto para este imperativo geopolítico «atlantista» de abrir un «segundo frente» contra Rusia. El Kremlin se erige como interlocutor de mediación en este conflicto con la intención de ganar tiempo a favor de su aliado iraní y ante el riesgo de una escalada regional del conflicto entre Tel Aviv y Teherán.

¿Una «receta siria» para Irán?

Occidente e Israel buscan reproducir en Irán el «ejemplo sirio» determinado por la caída de Bashar al Asad. Golpear a un aliado clave del eje euroasiático sino-ruso es un imperativo geopolítico para Netanyahu y Trump pero tanto su operatividad como sus consecuencias se observan igualmente imprevisibles.

Con velada intención propagandística para crear una matriz de opinión en Occidente, son cada vez mayores los análisis en think tanks estadounidenses e israelíes sobre «el momento que se abre para desmantelar al régimen iraní» como aparente objetivo principal de esta ofensiva israelí, conscientes de que esta posibilidad asestaría un nuevo revés geopolítico para Rusia en Oriente Próximo.

Para fortalecer esta perspectiva de debilidad iraní y un posible colapso del régimen de los ayatolás comienzan a aparecer en los principales mass media informaciones sobre el aparente descontento en la población iraní ante la presunta indefensión por parte de sus autoridades a la hora de asistir a las víctimas civiles de los ataques israelíes, intentando con ello procrear un tono rayando en el desconcierto y la confusión.

Por el contrario, los medios occidentales, mayoritariamente alineados con los intereses israelíes y estadounidenses y que se han esforzado en «victimizar» las bajas israelíes por encima de las iraníes, dilatan cualquier información que implique observar la posibilidad de que ese descontento pueda también acontecer dentro de la sociedad israelí, muy probablemente desgastada tras casi dos años de guerra en Gaza con resultados a grandes rasgos infructuosos. Destaca así el hecho de que Hamás, sin bien eliminada su cúpula dirigente, sigue en pie con rehenes israelíes en su poder mientras la imagen internacional de Israel se ha deteriorado. Así mismo, los ataques iraníes han golpeado fuertemente la capacidad de resistencia de la famosa Cúpula de Hierro israelí, creando así confusión sobre el mito de la invencibilidad militar israelí.

En un análisis sobre cómo la guerra entre Israel e Irán afecta a los intereses rusos en la región, especialmente ante la posibilidad de un cambio de régimen en Teherán, el experto en temas iraníes Rajab Safranov expone lo siguiente:

«Si Irán se vuelve prooccidental, los problemas que surgirán serán tan enormes, tan graves para Rusia, que tendrá que concentrarse únicamente en resolverlos y dedicar miles de millones de dólares a ello, en lugar de desarrollar su economía, su industria, resolver cuestiones internacionales y participar en la política global. Tendrá que emplear todas sus fuerzas para protegerse de estas consecuencias negativas».

Visto en perspectiva geopolítica, este escenario supondría para Rusia un enorme desgaste de recursos y atención que se añaden a lo que está sucediendo en el frente ucraniano. Previo a los ataques israelíes en territorio iraní, Moscú ordenó la salida inmediata de su personal diplomático y civil en Teherán, cerrando momentáneamente su consulado en la capital iraní.

Más allá del intercambio de bombardeos con misiles aéreos y de la puesta a prueba de sus respectivos escudos de defensa, ¿es posible una confrontación directa entre Israel e Irán en términos convencionales de combate terrestre? Salvo que este escenario implique una intervención directa de la OTAN y EEUU para asistir a su aliado israelí, resulta poco probable que acontezca esta confrontación bélica tomando en cuenta las capacidades militares de ambos contendientes (capacitados para una destrucción mutua) y la expectativa de estar abriendo una nueva guerra regional cuyas consecuencias son impredecibles en materia militar y geopolítica.

Una guerra a gran escala entre Israel e Irán involucrará directa o indirectamente a los actores regionales en Oriente Próximo, así como a EEUU, Rusia y China en aras de preservar sus respectivas esferas de influencia.

¿Caerá el régimen de los ayatolás iraníes como sucedió con el de Bashar al Asad en Siria? Otro escenario hipotético a priori de escasa probabilidad tomando en cuenta que la población iraní y sus aliados regionales interpretan el contexto como una «agresión israelí» que aumenta la impunidad de Netanyahu, ya suficientemente inflamada con el genocidio en Gaza.

El intercambio de bombardeos entre Israel e Irán confirma cierto equilibrio militar entre fuerzas que, aunado a sus apoyos exteriores (EEUU, Europa y la OTAN en el caso israelí, Rusia y China en el de Irán) y sus aliados regionales en cuanto esferas de influencia (Hizbulá en Líbano; chiíes de Irak, Siria y Bahréin, hutíes de Yemen) permite considerar que una guerra a gran escala, o bien un intento abrupto de cambio de régimen en Teherán, implica grandes e inciertos riesgos para todos estos actores.

No obstante, los riesgos de esta posible escalada podrían alentar a EEUU e Israel, probablemente con el apoyo de otros actores regionales rivales de Irán (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos), a propiciar un cambio de régimen en Teherán más inclinado a los intereses prooccidentales.

En el pasado, Washington ha alentado a grupos opositores iraníes exiliados en EEUU y Europa, factor que podría cobrar peso en el contexto actual de la guerra israelo-iraní incluso vía grupos armados dentro de Irán. No obstante, no existe una plataforma unitaria entre estos grupos opositores, donde las divisiones son notorias. El principal de todos ellos es el Consejo Nacional de Resistencia de Irán, básicamente monárquico, así como la Organización de Muyahidines del Pueblo de Irán. Otros son comunistas, anarquistas, sindicalistas, liberales, socialistas, republicanos, yihadistas, paniranistas y partidos nacionalistas árabes, azeríes, baluchíes y kurdos.

Si bien interpreta la situación con un tono quizás excesivamente catastrofista, vale la pena atender el análisis del politólogo ruso Serguéi Markov, ex diputado, fundador y director del Instituto de Investigaciones Políticas, muy cercano a Putin. Markov considera que, a través de la escalada militar entre Israel e Irán, los países occidentales están fomentando el colapso del régimen iraní. De este modo, pronostica que:

«En primer lugar, se producirán intercambios de misiles durante varias semanas.

A continuación, se acordará una tregua.

Irán aceptará un acuerdo nuclear basado en el modelo propuesto por Estados Unidos. Las líneas generales de este acuerdo nuclear serán sugeridas por Estados Unidos, Rusia y Arabia Saudí. Según los términos de este acuerdo, Irán deberá renunciar al enriquecimiento de uranio, a cambio de lo cual Estados Unidos levantará las sanciones contra Irán.

El combustible nuclear enriquecido destinado a Irán se producirá y almacenará en Rusia, en caso de que Occidente se retire del acuerdo nuclear, como ha hecho en el pasado.

Entonces comenzarán los preparativos para derrocar el poder de los mulás en Irán, en los que participarán Estados Unidos, Europa, Israel y los países árabes

Se producirá un golpe de Estado en Irán, que contará con el apoyo tanto de los liberales en las esferas del poder como de los opositores al régimen en el exilio.

No habrá una invasión terrestre de Irán sino disturbios internos y enfrentamientos

Después de eso, Irán quedará dividido».

De momento, Rusia y EEUU comienzan a apostar por la negociación y la tregua mientras Israel e Irán siguen en la escalada de intercambio de bombardeos aéreos cuya finalidad será calibrar las capacidades militares y el nivel defensivo-ofensivo de cada contendiente. Las próximas semanas serán relevantes para conocer, en qué medida, la capacidad asertiva de la predicción de Markov puede convertirse en una realidad.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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UCRANIA, RUSIA Y LA INCIERTA «PAX TURCA»

Roberto Mansilla Blanco*

Muchas expectativas y especulaciones han dominado el clima existente en torno a la infructuosa negociación sobre la paz en Ucrania prevista para este 15 de mayo en Estambul. Lo que podía constituir un escenario clave para acordar, cuando menos, un cese al fuego en la cada vez más estéril guerra ruso-ucraniana y que, al mismo tiempo, podría suponer para Turquía un papel protagónico como mediador diplomático e interlocutor válido, se ha súbitamente degradado en medio de las sinuosas arenas de los intereses geopolíticos.

Los precedentes al eventualmente fallido encuentro en Estambul entre los mandatarios Vladimir Putin y Volodimyr Zelenski anunciaban la posibilidad de apertura de una negociación. En una inédita conferencia de prensa en Moscú durante la madrugada del 11 de mayo, dos días después del histórico «Desfile de la Victoria» que conmemoraba el 80º aniversario de la «Gran Guerra Patriótica», Putin lanzó una propuesta de negociación directa con su homólogo Zelenski poniendo fecha el 15 de mayo en Estambul. El escenario estaba servido: Turquía, miembro de la OTAN, ha ejercido una relevante capacidad de interlocución entre Rusia y Ucrania.

La respuesta inmediata del mandatario ucraniano aceptando la propuesta de Putin también daba pie a la posibilidad de este histórico encuentro, con la única condición de que Moscú decretara un alto al fuego a partir del 12 de mayo, una propuesta que el Kremlin ha rechazado de plano.

El juego de intereses precedente a la cumbre

Desde entonces hemos asistido a un rifirrafe de declaraciones y presiones en torno a la posibilidad de este encuentro Putin-Zelenski en Estambul.

Tras la oferta del mandatario ruso, el presidente ucraniano se reunió en Kiev con su homólogo francés Emmanuel Macron, el canciller alemán Friedrich Merz y el primer ministro británico Kein Starmer. Este encuentro significó la puesta en escena de la «troika» europea de apoyo a Ucrania para intentar frenar las aspiraciones rusas de sacar la mejor tajada de una eventual negociación en Estambul sobre el final del conflicto.

Ante la persistencia de Putin de que la negociación sólo debía darse directamente con Zelenski, la cumbre de Kiev reveló que Europa y la OTAN no quieren quedar fuera del protagonismo, exigiendo también sus cartas. Mientras la atención estaba enfocada en la posibilidad de esa cumbre Putin-Zelenski en Estambul, los ministros de Exteriores de la OTAN se reunían los días 14 y 15 de mayo en la localidad turca de Antalya. En esta reunión, la Alianza Atlántica sentó las bases para aumentar a un 5% del PIB el gasto militar hasta el 2032, con la mira puesta en la presunta «amenaza rusa».

Desde Washington, Trump presionó a Zelenski con la finalidad de que aceptara la negociación pero también advirtiendo a Putin de no buscar atajos. El mandatario estadounidense es consciente de que la clave de la negociación es convencer al presidente ruso. «Si fracasa la negociación entre Trump y Zelenski, EEUU y Europa ya saben en qué condiciones está la situación y actuaremos en consecuencia», dijo Trump poco antes de iniciar una estratégica gira por Oriente Próximo que le llevó a Arabia Saudita y Qatar.

Visto el panorama, el Kremlin decidió dar un golpe de timón en torno a su presencia en Estambul, probablemente con la finalidad de no arrojar pistas sobre cuál sería la dinámica de la negociación. Horas previas al encuentro confirmó que ni Putin ni su ministro de Exteriores Serguéi Lavrov asistirían a Turquía al «cara a cara» con un Zelenski que ya viajaba a Estambul. Tras reunirse con el anfitrión, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, Zelenski decidió no reunirse con una delegación rusa de carácter técnico, probablemente persuadido por las presiones de sus aliados europeos. La cumbre, por tanto, ya no sería de alto nivel entre Putin y Zelenski sino que quedaría relegada a sendos equipos técnicos de negociadores.

Desde Riad, la capital saudita, Trump declaró su intención de asistir a Estambul probablemente con la expectativa de influir en el finalmente infructuoso «cara a cara» entre Putin y Zelenski. Previamente, la Casa Blanca anunció que a Estambul viajará el 16 de mayo el secretario de Estado Marco Rubio junto con el enviado especial para Oriente Próximo, Steve Witkoff, quien ya se había reunido con Putin semanas atrás en Moscú.

En medio de este clima de incertidumbre, la Unión Europea aprobó un nuevo paquete de sanciones contra Rusia, una decisión que lejos de acercar posiciones incrementó aún más la desconfianza y la tensión con Moscú.

La clave geoeconómica

Sin menoscabar las interpretaciones que puedan existir en torno a porqué lo que parecía una cumbre de alto nivel comenzó a desvanecerse hacia un resultado incierto, algunos eventos pueden ayudar a explicar qué podría estar detrás de lo que está por negociarse en Estambul.

El clima internacional ya venía condicionado por el impasse entre India y Pakistán que llevó al borde de la guerra entre estas dos potencias nucleares, finalmente abortado in extremis por la diplomacia de EEUU. Con un Israel preparándose para la anexión de Gaza, la atención estaba concentrada en la posibilidad de una reducción de tensiones entre Rusia y Ucrania que, al menos, implicara una tregua temporal de las operaciones militares.

El desfile del pasado 9 de mayo en Moscú con motivo del 80º aniversario de la «Gran Guerra Patriótica» en la II Guerra Mundial reunió en la capital rusa a más de 30 jefes de Estado y de gobierno, la mayor parte asiáticos, africanos y latinoamericanos. Ese mismo día en Kiev, los ministros de Exteriores de la UE renovaron públicamente su apoyo a Zelenski con la intención de contrarrestar el ambiente festivo en la capital rusa.

Con todo, la presencia de mandatarios internacionales en la Plaza Roja de Moscú le permitió a Putin obtener un importante as geopolítico orientado a retomar la iniciativa, esta vez en el terreno diplomático, para dar paso una negociación en Ucrania bajo sus condiciones. Un día después de este desfile, Putin sorprendió anunciando su propuesta de negociación con Ucrania en una conferencia de prensa ante corresponsales extranjeros. Ese mismo día, EEUU anunciaba un acuerdo con China para suspender por 90 días la guerra arancelaria iniciada por Trump meses atrás. El clima se veía, por tanto, distendido.

Aquí entran en juego algunas interpretaciones que podrían arrojar claves sobre cuál era el sentido real de la propuesta de Putin y que, más allá del terreno militar, tienen un olor a intereses geoeconómicos. Es posible que durante las reuniones bilaterales en Moscú entre Putin, el presidente chino Xi Jinping y mandatarios africanos (como fue el caso de Ibrahim Traoré de Burkina Faso, país estratégico para los intereses rusos en el Sahel) entre otros, se abordara esta posibilidad de propiciar una negociación de paz en Ucrania para intentar amortiguar la posible recesión económica que se avecina por la guerra comercial de Trump, en especial en lo relativo al alza del precio de los alimentos.

Siendo Rusia y Ucrania los principales productores de trigo y cereales, la eventual paralización del conflicto ruso-ucraniano podría suponer la normalización de la actividad comercial de los puertos rusos y ucranianos del mar Negro (Novorosísk y Odessa principalmente) para exportar estas materias primas, esenciales para varios países africanos y de Oriente Próximo ante la inminencia de un verano que anuncia sequías y posible desabastecimiento.

Y aquí entraría en juego Turquía y la razón de la cumbre en Estambul, más allá del hecho de su capacidad de interlocución entre Rusia y Ucrania, la OTAN y la UE. Erdogan observó en este contexto la posibilidad de fortalecer el peso geoeconómico turco como facilitador de unas negociaciones que podrían normalizar el transporte de alimentos y mercancías desde estos puertos rusos y ucranianos y su salida vía estrecho de los Dardanelos hacia el Mediterráneo, el Magreb, Oriente Próximo y el Atlántico para asegurar el abastecimiento alimenticio. Visto en perspectiva geoeconómica, Putin y Erdogan se aseguraban una jugada maestra que obligaba a Europa y la OTAN a reaccionar, bien aceptando el plan de paz de Putin o profundizando en el rearme a Ucrania.

Debe recordarse que Estambul ya acogió a mediados de 2022 una serie de negociaciones directas entre representantes rusos y ucranianos con la finalidad de alcanzar un alto al fuego y un acuerdo humanitario, que finalmente fueron abruptamente suspendidas. Algunas fuentes han argumentado presuntas presiones indirectas por parte de Europa y EEUU (entonces bajo la presidencia de Joseph Biden) para boicotear la posibilidad de un acuerdo entre Kiev y Moscú.

Tres años después el contexto militar y geopolítico ha cambiado drásticamente, con un conflicto estancado, una Ucrania si bien resiliente pero exhausta y cada vez más dependiente de unos aliados occidentales igualmente desgastados y defraudados con la guerra en Ucrania. Y en todo ello un Putin con cartas geopolíticas más a su favor, a pesar de las tensiones que sigue manteniendo con Occidente, manejando un sórdido juego de paciencia táctica con elementos disuasivos y de «tira y afloja», tendente precisamente a socavar el apoyo occidental a Ucrania. Por otro lado, mientras se discutía la posibilidad de la cumbre en Estambul, Washington y Moscú avanzaban en las negociaciones para restablecer el suministro de gas natural ruso hacia Europa.

Así mismo, Erdogan ha jugado a varias bandas en el conflicto ucraniano con la velada intención de mantener difíciles equilibrios y evitar posicionamientos incómodos. Mientras mantiene una táctica alianza geopolítica con Rusia, Ankara le ha vendido drones a Ucrania para ser utilizados en el frente. En 2023, Erdogan medió entre Moscú y Kiev en cuanto a la apertura de los puertos ucranianos y rusos en el Mar Negro para la exportación de cereales vía puertos turcos, un precedente que probablemente entró en juego en el actual contexto. Con ello, Erdogan mostraba su disposición para utilizar la diplomacia económica como factor disuasivo entre Rusia y Ucrania.

Trump vuelve a la escena: la alianza con Arabia Saudita

Con la atención enfocada en la infructuosa reunión Putin-Zelenski en Estambul, desde la capital saudita Riad, Trump y el príncipe Mohammed bin Salmán firmaron un estratégico acuerdo de defensa entre EEUU y Arabia Saudita con importantes implicaciones para el contexto geopolítico regional. Trump también anunció la suspensión de todas las sanciones contra Siria, con cuyo presidente Ahmed Hussein al-Shar’a se reunió en Riad en el que aprovechó para persuadirle a «reconocer a Israel».

La gira de Trump en Oriente Medio evidencia el imperativo de Washington por fortalecer la influencia saudita en la geopolítica regional y global y, al mismo tiempo, condicionar el emergente peso geopolítico turco en la Siria post-Asad. No se debe descartar que Trump espere resucitar los Acuerdos de Abraham de 2020 con la vista puesta en un histórico reconocimiento diplomático entre Arabia Saudita e Israel, con implicaciones geoestratégicas de elevado nivel para Oriente Próximo y, especialmente, para los intereses turcos y de Irán, ambos aliados de Rusia y China.

Ante los retrasos de Putin y Zelenski por materializar su plan de paz para Ucrania, Trump ha apostado por romper el equilibrio en Oriente Próximo estrechando lazos con Arabia Saudita para contrarrestar esa influencia turca vía cumbre en Estambul. Consciente del revisionismo de Erdogan en cuanto a sus relaciones con Israel y sus tácticos acercamientos con Rusia, Irán y China, Trump apuesta por ejercer contrapesos vía Arabia Saudita que le permitan mantener el escudo de apoyos a favor de Israel y de los intereses estadounidenses en la región.

Previo a la cumbre en Estambul, Erdogan se había anotado un histórico avance al certificarse oficialmente la disolución del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), lo cual pone punto final a casi cinco décadas de lucha armada contra el Estado turco. La disolución del PKK era un fait accompli desde que se iniciaron las negociaciones para su desarme en 2013 y que se confirmó el febrero pasado cuando su líder histórico Abdulah Oçalan (en cadena perpetua en una prisión turca) pidió abandonar las armas.

Neutralizado el PKK, Erdogan refuerza sus posiciones regionales con respecto a frenar el irredentismo kurdo y establecer un mecanismo de seguridad desde Siria hasta Irak, un escenario que podría contrariar los intereses de EEUU, Israel y Arabia Saudita. Falta ver si la cumbre de Estambul, ya sin Putin ni Zelenski, le permita a Turquía recuperar posiciones ante los vertiginosos cambios que observa en sus esferas de influencia.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE.UU. y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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