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PUTIN Y LA MULTIPOLARIDAD: «ASIANIZACIÓN» Y «SUR GLOBAL» COMO EJES GEOPOLÍTICOS CONTRA EL «OCCIDENTE COLECTIVO»

Roberto Mansilla Blanco*

«Rusia está sola frente al Occidente Colectivo». Con estas palabras pronunciadas el pasado 12 de junio, el presidente ruso Vladimir Putin definió el estado de las relaciones ruso-occidentales al mismo tiempo que profundizaba en un nuevo concepto, el del «Occidente Colectivo».

El término «Occidente Colectivo» ha generado cierto interés mediático precisamente en Occidente por las reiteradas ocasiones en las que ha sido utilizado por el presidente ruso. En realidad, su autoría se le atribuye a Ilya S. Fabrichnikov, profesor del Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú (MGIMO) y miembro del Consejo de Política Exterior y de Defensa, un influyente grupo de expertos a cuyas reuniones asiste regularmente el propio Putin.

No obstante, y más allá del «Occidente Colectivo», Fabrichnikov más bien se refirió a la «Europa Colectiva» en un artículo escrito para la revista Russia in Global Affairs en febrero de 2025 intitulado «El Saqueo de Europa». Su tesis se basaba en el fracaso de las elites europeas en la guerra de Ucrania, subordinadas a los imperativos geopolíticos de EEUU, toda vez estimaba que Rusia debía redefinir el equilibrio de fuerzas en Europa.

Las ideas de Fabrichnikov y su aparente influencia en Putin en cuanto al imaginario del «Occidente Colectivo» como principal rival para Rusia aparecen en un contexto determinado por la proliferación, principalmente en Europa, de informaciones sobre supuestas luchas intestinas en el Kremlin y del aparente aumento del malestar social ante el estancamiento de la guerra en Ucrania y su elevado costo socioeconómico para la sociedad rusa.

Este 2026, Rusia se prepara para elecciones, en este caso elecciones parlamentarias para la Duma Estatal que Putin anunció se realizarán el próximo 20 de septiembre. Con ello, el presidente ruso afirma su pretensión de mantener la iniciativa política y convertirse en una especie de moderador del clima político, buscando con ello equilibrar los intereses de las diversas elites rusas ante cualquier síntoma de descontento social, blandiendo la idea de los intereses nacionales para profundizar la cohesión social y la necesidad de contrarrestar la presión desde Occidente. El Kremlin calcula que la actual coyuntura se prevé conflictiva con Europa y la OTAN, cuyas actuaciones cobran cada vez mayor intensidad militar operativa dentro del territorio ruso, utilizando a Ucrania como teatro de operaciones.

Esta presión occidental contra Rusia vía sanciones y medidas de aislamiento se evidenciaron en la reciente cumbre del G-7 realizada en Evián (Francia), que reforzó el apoyo militar a Ucrania. La presidente de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, instó a acelerar la admisión en la Unión Europea de Ucrania indicando que «la marea está cambiando» en la guerra ruso-ucraniana, con especial referencia al ataque con drones realizado el pasado 18 de junio contra una refinería en Moscú.

Tres días antes, Bruselas había aprobado el inicio formal de negociaciones de admisión a la Unión Europea para Ucrania y Moldavia. Paralelamente se mantienen ciertos canales de negociación entre la UE y Rusia, así confirmados por fuentes del Consejo Europeo.

Dos escenarios clave: el «Davos ruso» y el Foro Rusia- ASEAN

Bajo este clima de tensiones ruso-occidentales, Putin definió sus prioridades geopolíticas en dos escenarios estratégicos: el Foro Económico de San Petersburgo celebrado entre el 3 y el 6 de junio, coloquialmente denominado como «el Davos ruso»; y el primer Foro Rusia-ASEAN en Kazán el 17 de junio. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, ASEAN, está conformada por Filipinas, Singapur, Camboya, Malasia, Vietnam, Indonesia, Tailandia, Brunéi, Laos, Birmania y Timor Oriental.

En el Foro de San Petersburgo, en el que participaron representaciones de 130 países destacando la presencia de delegaciones africanas, del espacio euroasiático y de América Latina, Putin enfatizó en la soberanía nacional, la autonomía estratégica en materia económica y tecnológica y en «la transición gradual de un modelo jerárquico vertical a un modelo más complejo, distribuido y multipolar».

El leitmotiv de las nuevas prioridades geopolíticas y geoeconómicas para Putin se concentra en reducir la dependencia económica y tecnológica con Occidente y acelerar la conexión de Rusia hacia un mundo multipolar, con Asia y el denominado «Sur Global» como ejes vertebradores. Como herramientas clave anunció la intención de aumentar la capacidad de los puertos marítimos rusos, lo que se podría interpretar como la intención por aumentar el control del mar Negro y el impulso al corredor de transporte transártico, al que Putin espera convertir en una «una verdadera arteria mundial».

En San Petersburgo, Putin anunció el «deterioro acelerado de la posición de Europa en la economía mundial» y cómo «el sistema comercial mundial deja de estar centrado en Occidente». Informó sobre la Estrategia Nacional para el Desarrollo de la Inteligencia Artificial y el Foro de Tecnologías del Futuro, argumentando que suponen las herramientas que Rusia impulsa para garantizar la autonomía estratégica en materia tecnológica.

Finalmente, explicó el modelo de «plataformización» del ecosistema digital con el que Rusia se relaciona con sus socios económicos vía plataformas como Yandex, Ozon, VKontakte, Wildberries o los sistemas de pago de Sberbank. Una realidad no menos contradictoria tomando en cuenta las cada vez mayores restricciones al uso de Internet dentro de Rusia, oficialmente bajo el argumento de la seguridad nacional, así como la dependencia tecnológica de China.

La declaración final del primer Foro Rusia-ASEAN subrayó la necesidad de fortalecer la cooperación en energía, transporte y logística, seguridad alimentaria, agricultura, digitalización, ciencia y tecnología, inteligencia artificial, turismo y producción innovadora. 

Las tensiones geopolíticas y geoeconómicas derivadas de las guerras de Ucrania e Irán, en este último caso particularmente por el cierre del estrecho de Ormuz, colocaron al factor energético como un tema clave en este Foro, aspecto que el anfitrión Putin logró manejar a su favor. Rusia ve a los países asiáticos, en especial China e India, como la alternativa a una Europa que suspendió las importaciones energéticas rusas casi en su totalidad tras la guerra en Ucrania.

El secretario general de la ASEAN, Kao Kim Hourn, informó sobre el interés del organismo por incrementar las importaciones de hidrocarburos de Rusia, pese a las nuevas amenazas de sanciones contra el petróleo y el gas rusos por parte del G7. «Las necesidades energéticas de la ASEAN siguen aumentando. Rusia dispone de una gran experiencia en la producción de energía eléctrica y el suministro de recursos energéticos», indicó Kim durante la apertura del foro.

En este sentido, y mientras EEUU e Irán negocian la apertura del estrecho de Ormuz y el fin de las hostilidades, Filipinas compró 2,4 millones de barriles de crudo ruso para ampliar sus reservas, tras declarar el estado de emergencia energética en el archipiélago. Asimismo, Vietnam y Laos firmaron acuerdos con Moscú para construir centrales nucleares.  

En clave geopolítica, la puesta en escena por parte de Putin de los Foros de San Petersburgo y de la ASEAN pueden levemente interpretarse como un émulo de su famoso discurso contra la unilateralidad hegemónica occidental realizado durante la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007.

El Kremlin observa la multipolaridad como una herramienta estratégica para fortalecer el poder de Rusia en el mundo tomando en cuenta que, a diferencia de lo que constituyó la URSS, Moscú actualmente no tiene la misma capacidad para ocupar ese lugar como poder global.

Por tanto, el «nuevo orden multipolar» de Putin parece implicar dos estrategias:

    1. La «des-occidentalización» geopolítica rusa para contrarrestar y reducir la presión del «Occidente Colectivo»;
    2. La «asianización». El viraje asiático de las relaciones exteriores rusas y la apuesta por el «Sur Global», con el foco en fortalecer y profundizar la asociación estratégica con China, su principal socio.

África y América Latina entran también en esta ecuación de ampliación de esferas de influencia por parte de Moscú. En el caso africano predominan la cooperación económica en materia energética y de alimentos así como la geopolítica «anti-occidental» (Malí, Burkina Faso), retrotrayendo la estrategia soviética de captación de alianzas en el denominado Tercer Mundo tras la descolonización posterior a la II Guerra Mundial.

Menos incidencia tiene el espacio latinoamericano, donde Moscú ha visto retroceder su presencia particularmente tras la captura del expresidente venezolano Nicolás Maduro en enero pasado y las actuales presiones de Washington por un cambio de régimen en Cuba. Sólo Nicaragua se mantiene como aliado firme para Rusia mientras otras potencias emergentes (México y Brasil) apuestan igualmente por esa visión multipolar. Por otro lado, los recientes cambios de gobierno hacia la derecha en Argentina, Bolivia, Ecuador, Chile y Panamá, a la espera de lo que pueda suceder en Colombia este 21 de junio, han condicionado la capacidad de influencia de Moscú.

«Des-occidentalización» para contrarrestar al «Occidente Colectivo»

Los primeros indicios de «des-occidentalización» geopolítica por parte de Putin se dieron en la ya anteriormente mencionada  participación en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007, donde arremetió contra la «unilateral hegemonía occidental», particularmente en el caso de EEUU y el expansionismo de la OTAN hacia las fronteras rusas.

Posteriormente, la breve guerra ruso-georgiana de agosto de 2008, que permitió la independencia de facto de las repúblicas de Abjasia y Osetia del Sur, y la reintegración de Crimea a la Federación rusa (marzo de 2014), no reconocida por Occidente, marcó el punto de inflexión en esa orientación «des-occidentalizadora» de la política exterior rusa. La invasión rusa de Ucrania (febrero de 2022) completó este proceso que actualmente entra en la fase de mayor tensión en las relaciones ruso-occidentales.

La popularización dentro de la opinión pública rusa del término «Occidente Colectivo» para referirse principalmente a EEUU, Europa y la OTAN, presentándolos como un bloque hegemónico hostil, supone otra variable de legitimación que complementa el proceso «des-occidentalizador» de Putin.

El Kremlin acusa a este bloque de presuntamente intentar frenar el desarrollo de Rusia como potencia global, aplicando al mismo tiempo una inherencia mayor en sus esferas de influencia euroasiáticas, desde Ucrania hasta Asia Central, bajo la perspectiva de acosar e incluso propiciar tensiones separatistas internas para eventualmente desintegrar al Estado ruso, buscando con ello neutralizarla hacia una situación de cierto vasallaje similar a lo acontecido en los primeros años de la Rusia post-soviética.

A finales de mayo, Moscú organizó el Foro Internacional de Seguridad, que fue interpretado en Occidente como un “desafío directo”. Ante el aislamiento exterior a Rusia por parte de las principales conferencias occidentales, el Kremlin anunció que este Foro se convertiría en la alternativa rusa a la Conferencia de Seguridad de Múnich.

El foro reunió a 4.500 invitados de 120 países, entre ellos jefes de agencias de inteligencia y fuerzas de seguridad, procedentes en su mayoría de África, América Latina, Asia y Oriente Medio. A ojos occidentales, la magnitud internacional de esta convocatoria determinaría la capacidad de los servicios de inteligencia rusos para influir en sus operaciones de influencia en el extranjero.

Moscú decidió emular en este Foro la experiencia del Consejo de Seguridad ruso, bajo cuyos auspicios se han celebrado durante quince años reuniones de jefes de inteligencia de países afines al Kremlin. Además del Consejo de Seguridad, el Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) también participó activamente en la organización del Foro.

El secretario del Consejo de Seguridad, el ex ministro de Defensa Serguéi Shoigú, aseguró durante la apertura del foro que «la estructura unipolar se desmorona ante nuestros ojos». Así mismo, Serguéi Naryshkin, jefe del SVR, lanzó directamente sus críticas hacia el Reino Unido incluso advirtiendo a Francia y Alemania, el histórico eje geopolítico dentro de la Unión Europea, que se «alejaran de Londres». El Kremlin interpreta que Reino Unido mantiene una activa participación vía OTAN en la guerra de Ucrania.

Posteriormente, el Foro Económico de San Petersburgo permitió ampliar la perspectiva multipolar y «des-occidentalizadora» de Putin afirmando valores como la soberanía estratégica para reducir la dependencia tecnológica y económica occidentales. Las críticas occidentales hacia el sistema político ruso, especialmente en materia de calidad democrática y defensa de los derechos humanos, es otro factor de irritación para el Kremlin. Un tratamiento visiblemente distinto del que recibe de sus socios asiáticos, africanos e incluso latinoamericanos.

Rusia aprovechó igualmente la dimensión del Foro de San Petersburgo para jugar sus cartas políticas dentro de Europa. La presencia de una importante delegación del partido Alternativa por Alemania (AfD) suscitó polémica en Occidente. Estuvieron presentes el vicepresidente de AfD en el Parlamento alemán y portavoz de Asuntos Exteriores, Markus Frohnmaier, quien aparentemente mostró en San Petersburgo su sintonía con las élites rusas y los círculos económicos, especialmente en el caso de Kirill Dmtriev, director del Fondo Ruso de Inversión Directa, así como altos cargos de la multinacional energética Gazprom. También fue notoria la presencia de una representación estadounidense en el Foro.

Con la incertidumbre sobre la posibilidad de negociaciones en Ucrania y la intensidad de los recientes ataques contra instalaciones energéticas rusas, Putin busca igualmente aprovechar la crisis transatlántica entre EEUU y la Unión Europea así como el evidente fracaso político y militar del presidente estadounidense Donald Trump en Irán para avanzar en sus imperativos estratégicos.

Mientras se celebraba la cumbre del G-7 en Evián y el Foro Rusia-ASEAN en Kazán, los ministros de Defensa de la OTAN se reunían en Bruselas para abordar el nuevo reparto de capacidades militares y el fortalecimiento de la industria militar europea ante los nuevos desafíos trazados por los intereses de Washington.

Peter Hegseth, secretario de Guerra de EEUU, anunció en Bruselas la pretensión estadounidense de que la OTAN vuelva a ser «una alianza militar de línea dura», anunciando que EEUU gastará 1,5 billones de dólares en Defensa en 2027 con la intención de «construir el arsenal de la libertad». Durante el último semestre de 2026, Washington realizará una revisión profunda de sus efectivos y bases militares en territorio europeo.

Rusia como «potencia asiática»; China como aliado estratégico y el viraje geopolítico hacia el «Sur Global»

 Tal y como afirmó el historiador ruso Sergey Medveded, tras la invasión de Ucrania, «Rusia comenzó a convertirse en una potencia asiática» iniciando «un rumbo decisivo hacia la des-europeización en la economía, la ciencia y la educación» rompiendo «todos los vínculos institucionales y culturales con Europa».

Las tensiones con Occidente y el proceso de «des-occidentalización» acercan a Rusia hacia su principal aliado estratégico, China, en una especie de «asianización exprés» de la geopolítica rusa, alterando con ello sus históricos equilibrios con Occidente.

Rusia y China comparten más de 4.000 kilómetros de frontera terrestre, una de las más extensas del mundo. Tras breves confrontaciones por su delimitación, con la desintegración de la URSS se firmaron nuevos tratados legitimando el trazado actual de la frontera. Este reconocimiento de fronteras entre Moscú y Beijing es un factor determinante en la evolución de sus relaciones bilaterales y en el alcance de la alianza estratégica ya que, al menos a priori, evitaría cualquier controversia en cuanto a reclamaciones y disputas territoriales.

En el Foro de San Petersburgo, Putin señaló a China como «nuestro socio estratégico», elogiando la capacidad china de ostentar «el récord de patentes en el ámbito de la inteligencia artificial, un campo en el que la propia Rusia tiene perspectivas muy alentadoras». Esta declaración de intenciones acerca las prioridades rusas de aliarse con la potencia tecnológica china, capacitada para desafiar la hegemonía estadounidense en ese ámbito. India fue otro objeto de elogios por parte de Putin al considerarla como «uno de los principales actores de la industria informática, con una cuota considerable del mercado mundial de software».

El comercio bilateral entre China y Rusia mantiene su nivel de consistencia, aunque también se observan disparidades. Para octubre de 2025, China exportó US$8,51MM e importó US$11MM desde Rusia, resultando un balance comercial negativo para Beijing de $2,49MM.

Si bien esta relación muestra aspectos estratégicos para ambos países, es igualmente notoria la asimetría: China es dependiente de materias primas como el petróleo y gas natural ruso, cuyos precios son más baratos ante la pérdida de mercados por las sanciones occidentales. Toda vez que Rusia depende de la tecnología, las inversiones y el esquema financiero chino que precisamente le ha resultado vital para sortear esas sanciones occidentales.

La sintonía sino-rusa tiene igualmente una implicación euroasiática. Bajo la denominada «Perspectiva hacia Oriente» impulsada por el influyente think tank Club Valdai, Rusia también juega sus cartas con determinación en Eurasia, consciente de que esta región se encamina a concentrar la atención geopolítica del siglo XXI.

En este apartado también entran en juego lo que el Kremlin denomina como la «diplomacia tecnológica», una estrategia que le permite tener influencia cultural en el espacio euroasiático, así como otras herramientas de soft power tomando en cuenta que el ruso ha sido una especie de «lingua franca» en este espacio euroasiático post-soviético.

Un caso específico es Uzbekistán. En el Foro de San Petersburgo, Putin elogió el «papel esencial» de ese país «como enlace entre Rusia, Asia Central y Meridional, China y Medio Oriente». Las relaciones ruso-uzbecas abordan igualmente otro apartado: el de la seguridad, específicamente en el caso nuclear.

Durante una reciente visita a Tashkent, la capital uzbeca, Putin y su homólogo Shavkat Mirziyoyev anunciaron que, con apoyo ruso, Uzbekistán creará la primera central nuclear en Asia Central. Esta declaración no sólo retrotrae la importancia de la industria nuclear ante las actuales tensiones globales sino que implicaría para Moscú asegurar su primacía militar y de seguridad en sus esferas de influencia para evitar la interferencia occidental. Mientras EEUU e Israel iniciaban la guerra contra Irán a finales de febrero, el presidente estadounidense visitaba Uzbekistán. Por otro lado, las recientes elecciones parlamentarias en Armenia verificaron el giro prooccidental de Ereván, histórico aliado ruso.

Este súbito viraje geopolítico asiático ha evitado el aislamiento y la condición de paria internacional de una Rusia hoy fortalecida por un papel cada vez más activo en el «Sur Global». 

Moscú lo ejerce vía BRICS, jugando sus intereses en Oriente Próximo (Palestina, Irán, Siria, mar Rojo), con acuerdos comerciales y militares con países asiáticos (principalmente China y Corea del Norte) pero también a través de una nueva relación con África en materia geoeconómica.

Así mismo, la «asianización» rusa puede intuir una estrategia geoeconómica orientada a buscar socios que le permita reducir cierta dependencia económica y tecnológica de Occidente. Esta iniciativa permite anclar esas alianzas hacia potencias económicas (China, India) que definirán la nueva fisonomía del poder global en este siglo, todo ello sin olvidar tampoco la sintonía con potencias energéticas (Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos) y otras con capacidad militar (Turquía, Irán, Corea del Norte) que le permitan a Putin mantener a flote la estrategia de «economía de guerra» en Ucrania y, preventivamente, disponer de aliados clave ante cualquier escalada de confrontación con Occidente. 

En este «Sur Global», África también ocupa un lugar estratégico para la multipolaridad rusa. La presencia en el Foro de San Petersburgo de la presidente de Tanzania fue elogiada por Putin, quien aseguró que este país «desempeña un papel clave en África Oriental». 

 En África, Moscú acelera su presencia económica, geopolítica y militar en la región del Sahel, especialmente en Malí, Burkina Faso y Níger. También fortalece vínculos con Egipto, Libia, Guinea Ecuatorial y Sudán. Este contexto representa una especie de «retorno» de Moscú al continente africano. Se trata de un espacio geopolítico e ideológico estratégico en tiempos de la URSS, que hoy recupera importancia con la crisis ruso-occidental por Ucrania.

El nivel de relación se ha fortalecido con la creación del Foro de Asociación Rusia-África, que celebró su segunda conferencia los días 19 y 20 de diciembre en Egipto. Este foro resaltó igualmente el compromiso adoptado entre la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) y Rusia para fortalecer la cooperación en materia política, electoral y de lucha contra el terrorismo.

Las sanciones occidentales contra Rusia iniciadas en 2014 han fortalecido el nivel de relación de Moscú con sus socios africanos. En este sentido, Rusia observa con atención el apoyo de África, particularmente por sus 54 votos en la Asamblea General de la ONU, que le han permitido legitimar sus intereses tras la invasión militar a Ucrania. El desarrollo de vínculos políticos, económicos y militares con África le permite a Rusia alcanzar mercados alternativos vitales para amortiguar las sanciones occidentales.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG. 

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LA GUERRA ENTRE EEUU, ISRAEL E IRÁN EN 9 CLAVES PROSPECTIVAS

Roberto Mansilla Blanco*

Más de cien días desde el comienzo de la guerra entre EEUU e Israel contra Irán, su impacto define un nuevo equilibrio geopolítico y militar en Oriente Medio con sus inevitables consecuencias y riesgos a nivel global.

En este análisis destacamos algunas claves y escenarios geopolíticos, económicos y militares que podrían definir un conflicto que se desliza entre las incertidumbres de las negociaciones aleatorias y los ataques de ida y vuelta.

1.

Hablemos de un ganador: la Guardia Revolucionaria Islámica. Más allá de las sanciones exteriores y del inevitable daño causado por el conflicto resulta evidente el fortalecimiento del poder del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) en Irán, factor que abre la posibilidad de configuración de un sistema de pretorianismo militar con mayor cohesión social, debilitando así cualquier pretensión de EEUU e Israel por propiciar un cambio de régimen en Teherán.

Contando con el apoyo tácito de aliados de peso como Rusia y China, Irán profundizará sus capacidades militares tanto defensivas como ofensivas a través de una nueva doctrina de seguridad con influencia en sus decisiones de política exterior. La guerra ha evidenciado la capacidad de respuesta iraní contra objetivos estadounidenses e israelíes. Así mismo, Teherán ha demostrado su efectividad para utilizar el Estrecho de Ormuz como arma geoeconómica.

La capacidad de resistencia de Irán ha fortalecido su iniciativa geopolítica en clave disuasiva, especialmente a la hora de imponer, o al menos propiciar, que EEUU atienda sus intereses. Así, Teherán ha demostrado su capacidad para trazar sus propias «líneas rojas» en medio del diseño de nuevos equilibrios de poder regionales.

En Washington han tomado nota de este reforzamiento del poder en Irán propiciando un cambio de enfoque más proclive a la negociación. Un escenario que Israel observa con extrema preocupación, en particular ante la posibilidad de pérdida de influencia en la Casa Blanca.  

2.

EEUU e Israel: ¿crisis, divorcio o reseteo? Tras su fracaso contra Irán, Israel y EEUU podrían observar crisis políticas internas así como en sus relaciones estratégicas ante el aumento del malestar social y las dudas que podrían generar la efectividad de su capacidad militar para lograr objetivos políticos.

Este aspecto es especialmente notorio en el caso israelí por la presión iraní vía proxy wars (Líbano, Yemen) Por ello, Israel buscará aumentar su control en escenarios conflictivos (Líbano, Siria, Gaza, Cisjordania) como medida de disuasión y de seguridad ante Irán y sus aliados regionales (Hizbulá, hutíes de Yemen, Hamás).

Mientras busca una negociación con Irán que le otorgue una tregua ante la caída de índices de popularidad en un año electoral, Trump se ve atrapado en una guerra en la que Netanyahu quiere concretar a toda costa su proyecto mesiánico y supremacista del «Gran Israel», incluso sin apoyo estadounidense.

Las críticas, llegando incluso a descalificativos, por parte de Trump hacia Netanyahu tras la ofensiva israelí en el Líbano suponen un síntoma clave de la crisis en las relaciones entre EEUU e Israel. El estupor internacional y el creciente nivel de descrédito e incluso aislamiento exterior de Israel por su intervención en Gaza y la tragedia del pueblo palestino son factores que también afectan a Netanyahu a nivel interno, al comenzar a observar divisiones políticas y cierto malestar ciudadano por los niveles de inseguridad causados por las guerras en Gaza, Irán y ahora el Líbano.

El movimiento de los colonos israelíes sigue siendo un factor de apoyo para Netanyahu en un momento en que aumentan los casos de violencia contra palestinos en Cisjordania. Pero una parte de la sociedad israelí comienza a desconfiar de Netanyahu por su intransigencia y ante la posibilidad de perder influencia en su principal aliado, EEUU. Dentro de Israel comienzan a aparecer voces críticas y discordantes con el modelo de expansionismo militar abogando por el «despertar» de nuevas expresiones.

Una negociación entre EEUU e Irán para poner fin al conflicto, al menos momentáneamente, alteraría esa histórica prioridad que ha mantenido Israel dentro de la política exterior estadounidense. La «línea dura» en Tel Aviv muestra su preocupación ante este eventual escenario de entendimiento entre Washington y Teherán, amenazando así acrecentar unilateralmente el expansionismo regional israelí y una escalada militar sin precedentes en Oriente Medio.

3.

¿Una OTAN para el Golfo Pérsico? Ante el fortalecimiento militar iraní, las monarquías del Golfo Pérsico, principalmente Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar y Bahréin, se verán en la necesidad de procrear nuevos esquemas de seguridad con capacidad disuasiva. Un escenario que confirmaría el aumento del gasto armamentista regional.

Con población de mayoría chiíta, Bahréin e Irak podrían convertirse en escenarios de proxy war para Irán. Esto afectaría a Arabia Saudita, con pretensiones de convertirse en una potencia regional con capacidad militar autónoma.

El fortalecimiento del régimen iraní alterará los equilibrios geopolíticos y militares regionales, con particular incidencia para sus rivales EEUU, Arabia Saudita, Israel y Emiratos Árabes Unidos. En un momento de crisis en sus relaciones con Israel, Washington buscará ampliar sus esferas de influencia en el Golfo Pérsico para seguir manteniendo peso geopolítico en la región, en este caso vía cooperación militar.

4.

Trump y el «Gran Oriente Medio» 3.0. La errática guerra contra Irán ha condicionado algunas de las decisiones de la administración Trump sobre la nueva geopolítica en Oriente Medio.

Washington ha intentado resucitar los Acuerdos de Abraham (2020) como eje disuasivo para ampliar el reconocimiento regional del Estado de Israel y recuperar la iniciativa en Oriente Medio. Pero la actual crisis entre Trump y Netanyahu ha obligado a recapitular algunos postulados geopolíticos en Washington sin necesariamente desarticular la alianza estratégica con Israel. Mantener a Israel como prioridad sigue siendo una política inalterable para Washington pero la realpolitik causada por la ineficaz guerra contra Irán obliga a Trump a ampliar el abanico de opciones.

La reciente visita de Trump a Beijing muy probablemente reestructuró las prioridades de Washington en Oriente Medio. Mientras advertía sobre el «declive estadounidense», el presidente chino Xi Jinping marcaba sus «líneas rojas» en torno a la unilateral política de Trump por reconstruir Oriente Medio bajo los imperativos geopolíticos estadounidenses.

Transcurridos más de dos décadas del plan de George W. Bush del «Gran Oriente Medio» desde Marruecos hasta Pakistán (2004), Trump parece apostar ahora por una versión más reducida que busque equilibrar sus tentaciones unilaterales con un inevitable pragmatismo determinado por la realpolitik.

5.

Depender del petróleo sigue siendo un riesgo. Las secuelas geoeconómicas por el encarecimiento de los precios del petróleo y los desajustes para el comercio mundial derivados del cierre del estrecho de Ormuz obligarán a los países consumidores (EEUU, Europa, China) a reforzar nuevos socios energéticos (Venezuela, Azerbaiyán, Argelia) y acelerar los mecanismos de energía renovables para reducir su dependencia de países productores díscolos con sus intereses (Irán, Rusia).

La guerra de Irán ha reforzado la importancia estratégica de no depender de combustibles fósiles. Más allá de las cuestiones ambientales, los países apostarán por energías renovables para mantener su autonomía respecto a los países productores. Así mismo, el control del Estrecho de Ormuz, ruta por la que transita aproximadamente el 15% del comercio energético mundial, condicionará las relaciones entre EEUU e Irán debido a su importancia geoeconómica.

6.

Un nuevo modelo de guerra. Con ciertas similitudes con el conflicto de Ucrania, la guerra contra Irán ha consolidado una nueva estrategia bélica: la intervención de drones y otros sistemas de armas teledirigidos o autónomos, lo cual obliga a los países a rediseñar sus ejércitos, armas y planes operativos.

La guerra ya no es sólo cuestión de ejércitos, territorios, gobiernos, población y maquinaria militar-industrial. Comienzan a definirse las estrategias de guerra híbrida, proxy wars y ciberseguridad, cada vez con un mayor peso en las nuevas doctrinas de seguridad.

7.

Turquía y Egipto: ¿nuevos frentes de guerra? La escalada de conflictos en Oriente Medio obliga a actores como Turquía y Egipto a impulsar políticas de equilibrio y disuasión principalmente dirigidas a contrarrestar el expansionismo israelí.

No obstante, Tel Aviv no descarta aumentar las tensiones, incluso militares, con estos dos países que buscan emerger como nuevos centros de poder geopolítico.

La tragedia de Gaza afecta directamente a Egipto toda vez la posibilidad de expansionismo israelí hacia Líbano e incluso Siria generaría inestabilidad en Turquía. Ankara ya ha advertido a Tel Aviv ante esta posibilidad, lo cual ha llevado al peor nivel de relaciones entre ambos países. No se debe olvidar que en 1949, Turquía se convirtió en el primer país musulmán en establecer relaciones diplomáticas con Israel. Por su parte, Egipto siguió el ejemplo turco al reconocer a Israel en 1979 tras los Acuerdos de Camp David.

En Turquía observan igualmente con atención cualquier posibilidad de reinicio del irredentismo kurdo en Siria e Irak, tomando en cuenta que, en el caso del Kurdistán iraquí, esta entidad autónoma de facto mantiene niveles de cooperación con Israel y EEUU. El «Gran Israel» de Netanyahu contempla el debilitamiento de Turquía y Egipto, incluso argumentando la colonización de esos territorios.

De escenificarse una guerra entre Israel y Turquía debe recordarse que Ankara es miembro de la OTAN, lo cual comprometería a la Alianza Atlántica a la hora de invocar el artículo 5 de defensa colectiva ante el ataque contra uno de sus países miembro. Un escenario prospectivo clave para la seguridad global si tomamos en cuenta la actual crisis de relaciones transatlánticas, así como la anteriormente mencionada entre Trump y Netanyahu.

8.

Taiwán y Ucrania: ¿víctimas colaterales? China y Rusia tomarán nota de las dificultades militares de EEUU contra Irán principalmente a la hora de ampliar sus respectivas prioridades estratégicas en torno a Taiwán y Ucrania, ambas dependientes de la ayuda militar y política de Washington.

Así, Moscú y Beijing fortalecerán sus alianzas con Teherán, pieza estratégica clave para sus intereses en la región. Por otro lado, Rusia ha retomado la iniciativa en Siria vía acuerdos militares como el reabastecimiento de la base aérea rusa de Jmeimim. La visita a Beijing del presidente ruso Vladimir Putin reforzó la solidez de la alianza estratégica sino-rusa.

El Kremlin toma nota igualmente del distanciamiento entre Trump, la OTAN y Europa aunque las recientes elecciones parlamentarias en Armenia y los acuerdos militares entre Francia, Gran Bretaña y Alemania para seguir ayudando a Ucrania incluso con ataques directos en territorio ruso persuaden a Rusia a prepararse para una eventual guerra contra Europa.

En el caso de Taiwán, Beijing viene acelerando ejercicios navales y aéreos como evidente estrategia disuasiva hacia Taipei y EEUU. Tanto China como Taiwán calculan los efectos del atasco militar estadounidense en Irán y cómo este escenario puede repercutir en la capacidad estadounidense para defender a su aliado taiwanés ante una eventual intervención china en el estrecho.

9.

Europa en fuera de juego. La guerra de Irán ha confirmado la irrelevancia de la Unión Europea, condicionada ante la crisis transatlántica con EEUU, por su dependencia energética (Rusia) e incapacidad diplomática para la resolución de conflictos en Oriente Medio.

De ampliarse el escenario conflictivo regional (Irán-Israel; Líbano; Siria; Palestina; Ucrania), Europa podría verse nuevamente afectada por una crisis humanitaria de refugiados como la acontecida en 2015, pero ahora contextualizada por el auge político y electoral de populismos euroescépticos y antiinmigración dentro de la UE.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG. 

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ARMENIA: ¿UNA «NUEVA GEORGIA» PARA RUSIA Y OCCIDENTE?

Roberto Mansilla Blanco*

El pulso entre Rusia y Occidente por el control de las esferas de influencia en el Cáucaso vuelve a escena. Tanto Moscú como Europa preparan sus cartas con el foco en las elecciones parlamentarias de Armenia a celebrarse el próximo 7 de junio, donde se renovarán 101 escaños para el periodo 2026-2031.

Estos comicios suponen un test decisivo para medir la gestión del primer ministro Nikol Pashinián, cuya orientación prooccidental manifiesta un distanciamiento histórico con Rusia, el tradicional aliado armenio en el Cáucaso. Por otro lado, Pashinián deberá medir en las urnas el sentir popular ante la pérdida del enclave armenio de Nagorno Karabaj a manos de su rival histórico, Azerbaiyán, en la breve guerra acaecida entre ambos países a finales de 2023. Desde entonces unos 100.000 armenios huyeron del Karabaj para refugiarse en Armenia.

Macron cantando «La bohème» de Charles Aznavour acompañado a la batería por el primer ministro de Armenia Nikol Pashinyan. Imagen: Agnès Vahramian.

Por otro lado, este 4 de mayo dio inicio en Ereván, la capital armenia, la Cumbre de la Comunidad Política Europea (CPE), donde los principales líderes europeos, visiblemente liderados por el presidente francés Emmanuel Macron (impulsor de esta iniciativa en 2022) además de la presencia de Canadá, país con una importante diáspora armenia, han dado su visto bueno al europeísmo y atlantismo de Pashinián, manifestado en las intenciones armenias de ingresar en la UE y la OTAN. La inclusión de Canadá en este esquema no es casual: supone un toque de atención de Bruselas hacia Washington ante la necesidad de resetear la relación transatlántica o bien apostar por otros socios.

Rusia ya había advertido a Armenia de las consecuencias que supone este giro prooccidental. Moscú indicó la «incompatibilidad» a la que podría someterse Armenia que, como miembro de la Unión Económica Euroasiática (UEE), aspira a ingresar en la UE. Pero la desconexión rusa de Pashinián sigue adelante. En agosto pasado, Armenia anunció su intención de retirarse de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), coloquialmente calificada como la «OTAN rusa». En marzo de 2025, el Parlamento armenio aprobó abrumadoramente iniciar el proceso de adhesión a la UE.

El factor energético entra en el juego electoral

Así, Armenia se ha convertido en la nueva «frontera» geopolítica entre Rusia y Occidente. En este complejo juego de intereses el presidente ruso Vladimir Putin ya ha movido fichas. La derrota militar armenia frente a Azerbaiyán implicó para el Kremlin alienarse a favor de Azerbaiyán como disuasión contra los intereses prooccidentales de Pashinián. Con Nagorno Karabaj en proceso de reinsertarse dentro del territorio de Azerbaiyán, ambos países firmaron la paz en Washington en agosto de 2025, bajo la iniciativa del presidente Donald Trump.

Desde el punto de vista energético, Armenia es casi absolutamente dependiente de Rusia a través de la filial de la multinacional rusa Gazprom toda vez que la infraestructura gasífera armenia está prácticamente integrada a la rusa. Al mismo tiempo, Rusia es el principal socio comercial armenio y principal surtidor de energía. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), las importaciones armenias de gas y petróleo representan aproximadamente el 77% del suministro energético total. Moscú también posee una base militar en la localidad armenia de Gyumri, otro elemento disuasivo para sus intereses geopolíticos por el control del Cáucaso Sur.

Con la llegada de Putin al poder en 2000, Moscú ha utilizado, con notable asertividad, el factor energético como herramienta geopolítica de influencia en el espacio euroasiático. Esta política no ha estado exenta de tensiones como ha sido el caso de las denominadas «revoluciones de colores» en Ucrania y Georgia (2003), influyendo en diversas dimensiones el pulso ruso-occidental por el control de las rutas energéticas desde el mar Caspio.

Esta dinámica no pierde vigencia este 2026. El gobierno armenio anunció recientemente la posibilidad de retirarse de la OTSC y la UEE ante el alza del precio del gas ruso provocado por la crisis bélica entre EEUU e Irán. De cara a las elecciones parlamentarias armenias, y ante el giro prooccidental de Pashinián, el tema de la dependencia energética de Rusia muy probablemente se afianzará como un debate electoral en Armenia, con capacidad para influir en los apoyos políticos y electorales.

En esta perspectiva, el Kremlin muy probablemente agitará a su favor a sus aliados prorrusos en el país caucásico, desde sectores empresariales hasta la propia Iglesia Ortodoxa armenia. En los últimos meses se han observado tensiones entre el gobierno de Pashinián y la Iglesia Apostólica Armenia, liderada por Karekin II. Desde Rusia, la diáspora armenia ha reaccionado a favor de la Iglesia armenia, contando con el beneplácito del gobierno ruso, incluso a través de manifestaciones en Moscú, San Petersburgo, Krasnodar y Sochi, entre otras ciudades con numerosa presencia de la diáspora armenia.

Para el Kremlin, que mantiene una relación muy estrecha y políticamente estratégica con el patriarcado de la Iglesia Ortodoxa rusa, la instrumentalización de la polémica de Pashinián con la Iglesia armenia se erige como un argumento de peso para incitar a la diáspora armenia en Rusia a defender los «valores nacionales tradicionales» de Armenia y el reconocimiento de la «paternal tutela» de Moscú sobre Ereván.

En un país, Armenia, donde el peso político del lobby de su diáspora es relevante, este factor puede ejercer una influencia determinante en los comicios parlamentarios, en este caso hacia opciones tendientes a «suavizar» las relaciones con Rusia y condicionar la opción «prooccidental» del gobierno de Pashininán.

Las elecciones armenias y el precedente georgiano

Las elecciones parlamentarias armenias de junio próximo poseen un símil con las ocurridas en octubre pasado en la vecina Georgia, cuyo gobierno de Salomé Zhurabishvilli también manifestó un giro prooccidental y se jugaba estas cartas en unas elecciones parlamentarias.

A pesar de varios días de protestas en la capital Tbilisi contra lo que se catalogó como «interferencia rusa» en las elecciones parlamentarias, la opción vencedora fue la del partido Sueño Georgiano, el mismo al que pertenece Zhurabishvilli, pero ahora bajo el liderazgo de Míjeil Kavelashvili más proclive a reorientar sus prioridades geopolíticas hacia Moscú.

Kavelashvili, un ex futbolista de elite que abandonó Sueño Georgiano para fundar el Partido Popular, fue posteriormente elegido en votación indirecta como el nuevo presidente georgiano. Desde entonces, Tbilisi ha iniciado un proceso de distanciamiento con Europa, congelando las negociaciones de admisión iniciadas en 2023. De este modo, el Kremlin aseguró sus intereses en mantener a Georgia dentro de sus esferas de influencia y, al menos momentáneamente, fuera del alcance occidental.

Moscú aspira reproducir ese mismo prisma en las elecciones parlamentarias armenias. El partido de Pashinián, Contrato Civil, tiene como principal contrincante electoral a Samvel Karapetyan, un empresario líder del partido Armenia Fuerte, considerado afecto al Kremlin. Karapetyan se encuentra actualmente encarcelado por intento de sedición contra Pashinián y por presuntos vínculos de corrupción y mercenarios paramilitares.

Putin ha solicitado la participación de Karapetyan en las elecciones, pero la legislación armenia prohíbe la concurrencia electoral de personas con doble nacionalidad considerando que cuenta con pasaporte armenio y ruso.

El cordón sanitario de Putin

En Armenia, Putin espera lograr un triunfo geopolítico similar al acontecido en abril pasado en las elecciones parlamentarias en Bulgaria, que le dieron la victoria al prorruso ex presidente Rumen Radev. Toda vez que la reciente caída del gobierno conservador y europeísta de Illie Bolojan en Rumanía tras una moción de censura puede igualmente ser interpretado como una ganancia indirecta para Moscú.

Rumanía, miembro de la UE y la OTAN, lidera una posición favorable a la ayuda militar y financiera a Ucrania así como una tendencia antirrusa que puede revertirse en caso de nuevas elecciones. El Kremlin tiene intereses muy concretos en propiciar cambios de gobierno igualmente en la vecina Moldavia, país candidato a la adhesión a la UE con un gobierno europeísta y con el conflicto de Transnistria como un posible efecto expansivo del existente en Ucrania.

Con ello, Rusia intenta asegurar un «cordón sanitario» prorruso y «anti-UE y OTAN» desde el mar Caspio hasta el mar Negro, propiciando así un corredor estratégico para sus intereses y concretando una especie de Mare Nostrum ruso precisamente en el mar Negro, con la base naval de Sebastopol en Crimea como motor militar y ante las expectativas de controlar el puerto de Odesa, bajo soberanía ucraniana. En este esquema se incluye igualmente el acercamiento ruso al nuevo gobierno sirio como principal proveedor de petróleo. A pesar de las reticencias occidentales, Moscú y Damasco inician una relación más estrecha en la que Rusia preserva sus intereses en el país árabe, donde tiene dos bases militares y un acceso importante a aguas mediterráneas.

Este contexto motiva a Europa a apresurarse a mover fichas en Armenia. La cumbre en Ereván de la Comunidad Política Europea ha atendido las prioridades armenias en cuanto a la supresión de los visados para los armenios que visitan la UE con el fin de facilitar los intercambios tanto turísticos como comerciales. La cuestión es fundamental para el gobierno armenio dado que los europeos no precisan de visado para visitar Armenia.

Por otro lado está EEUU. La pax de Trump en Nagorno Karabaj se interpreta como la intención de Washington por retornar con fuerza al siempre inestable tablero geopolítico caucásico y jugar con fuerza sus cartas para atraer esferas de influencia con la intención de reducir la capacidad operativa de sus rivales ruso y chino.

Como lo viene siendo para Rusia después de la breve guerra en Nagorno Karabajo, el actor clave para EEUU es Azerbaiyán. En medio de la ofensiva estadounidense e israelí contra Irán, el vicepresidente D.J. Vance estuvo de visita en Bakú, un gesto simbólico que refuerza el papel de Azerbaiyán como actor de equilibrio en el Cáucaso. Para Bakú resulta esencial este peso geopolítico que le confiere ganancias en sus relaciones con Rusia, EEUU, Turquía e incluso Irán y China.

El fortalecimiento de Azerbaiyán es observado con recelo por su histórico rival, Armenia, razón por la que Pashinián ha acelerado los contactos con Europa para asegurar aliados que le permitan equilibrar el nuevo juego de poder en el Cáucaso al tiempo que le garantice los apoyos exteriores para una victoria en los comicios parlamentarios.

Y Europa, consciente de que no puede quedar atrás ante los nuevos equilibrios de poder global, busca en Armenia revitalizar su posición sin condicionantes desde Washington. Mientras Trump, fiel a su estilo manipulador, anuncia la retirada de 5.000 efectivos militares estadounidenses de Alemania profundizando la crisis interna en la OTAN mientras advierte de que va a reforzar la seguridad del transporte de mercancías en el estrecho de Ormuz, la UE busca en Armenia el «camino de Damasco» que le devuelva a la relevancia incluso recreando una nueva relación transatlántica vía Canadá ante la intransigencia de Trump. Pretensión tan legítima como ambiciosa pero sumamente compleja en este nuevo sistema de poder mundial donde un «neo-imperialismo» 2.0 comienza a cobrar forma.

Pero volviendo a la siempre turbulenta e imprevisible dinámica caucásica: ¿se convertirá Armenia en el nuevo peón occidental para reducir la influencia regional rusa?; por el contrario, ¿Moscú finalmente logrará reproducir una especie de «plan Georgia» que le permita recuperar su peso geopolítico en el Cáucaso? Con una Europa que busca su reivindicación (y reinvención) ante la crisis transatlántica y las amenazas de desconexión de Trump con la OTAN, ¿se advierte como inevitable un conflicto militar directo entre Europa y Rusia en un contexto que anuncia un nuevo tipo de guerra, menos convencional y más digital vía drones, IA y misiles hipersónicos?

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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