Archivo de la etiqueta: Unión Europea

LUCES Y SOMBRAS DEL ACUERDO MERCOSUR-UNIÓN EUROPEA EN LA PESCA

César Augusto Lerena*

Los agricultores y ganaderos de Europa, se manifestaron el miércoles pasado en Bruselas con corte de calles, tractorazos, huevazos y quemas diversas en rechazo al Acuerdo de Asociación Estratégica MERCOSUR – UNION EUROPEA. Es notable que productores, aún subsidiados, le teman al ingreso de materias primas del MERCOSUR que en la Argentina se les aplican retenciones a las exportaciones. Ello deja en evidencia que el modelo agropecuario europeo está agotado y se sostiene mediante políticas de protección.

Habría que decir también que el Acuerdo que se propone se queda a medio del camino y no parece que el gobierno nacional y los dirigentes sectoriales de nuestro país lo hayan leído en profundidad, porque se siguen aplicando aranceles a las importaciones y varias cláusulas demoran su eliminación o quedan sujetos al libre albedrio de los europeos para proteger a sus economías.

La posición del Presidente Luiz Inácio Lula de Silva es muy razonable respecto a concluir de una vez por todas un Acuerdo que lleva más de 25 años de discusión y donde cuatro Estados soberanos están siendo tratados como si estuvieran mendigando un aporte de Europa y no avanzando hacia un Acuerdo de “Asociación Estratégica” como su denominación indica.

Francia, Italia, Hungría y Polonia se oponen, mientras España, Alemania y los países nórdicos solo piensan que puede ser útil para compensar la relación con Estados Unidos y China.

Este Acuerdo permitiría un potencial mercado de 780 millones de consumidores, pero la apertura irrestricta que tiene el gobierno argentino en la actualidad contrasta con las restricciones que pone Europa para garantizar que no haya una invasión de productos en el mercado europeo en perjuicio de los productores de esa comunidad, lo que la primera Ministra de Italia Meloni, llama “garantías recíprocas adecuadas para nuestro sector agrícola”.

El Acuerdo se divide en dos partes, uno de Asociación UE – MERCOSUR (EMPA) que refiere a los aspectos políticos y de cooperación, basados en el respeto mutuo, la igualdad, la reciprocidad y la democracia y otro Comercial Interino (iTA) de carácter provisional que trata las cuestiones comerciales que, podría firmarse el 20 de diciembre y, la ratificación total podría llevar un par de años porque requiere la aprobación del Parlamento Europeo y no menos de quince Estados.

La Cancillería Argentina no ha publicado el Acuerdo sino una suerte de carta de buenas intenciones; pero, la estructura principal de los más de 20 capítulos y anexos crea una zona de libre comercio entre la Unión Europea y el MERCOSUR para unos 780 millones de consumidores, eliminando aranceles con transiciones de hasta quince años; pero, con “salvaguardas” en favor de la Unión Europea.

Los europeos estiman exportaciones a su favor de 49.000 millones de euros anuales y no están estimados los beneficios para los países del MERCOSUR. Da la sensación de ser un marketing muy útil para la política y no tanto para la producción nacional, porque ni siquiera están medidos los beneficios económicos. 

Es importante porque incluye cláusulas de sostenibilidad respondiendo al Acuerdo de Paris en contra de la deforestación, aunque no tiene contrapartidas para darle créditos a los países del MERCOSUR y penalizar la contaminación europea. Avanza sobre la promoción de la transición verde, la biodiversidad y los derechos de los indígenas.

La Unión Europea concedería un acceso preferencial inmediato al 82% de las importaciones agroalimentarias del MERCOSUR; pero, “sujeto a contingencias arancelarias y medidas de “salvaguardia” si hubiese daño grave a los productores europeos” (Capítulo 2, Anexo I). No parece un Acuerdo, sino más bien una concesión de Europa a los países de Sudamérica, con una cláusula gatillo, para desactivar los eventuales beneficios, además de no indicar la contraparte respecto a las exportaciones de Europa.

Define a los “productos originarios” indicando que deben tener al menos el 60% de valor regional (Capítulo IV Anexo 4 A) y, eso puede afectar las exportaciones industriales argentinas.

Respecto a las Medidas Sanitarias y Fitosanitarias, el Capítulo 7 indica que deben armonizarse los estándares y las normas de seguridad y ello no parece un inconveniente ya que las normas argentinas, como el Código Alimentario Argentino y el Reglamento de Inspección de Productos (Decreto 4238/68) están a la par de las más avanzadas del mundo. Sí, es preocupante, cuando se indica que “las Partes aplicarán el principio de precaución para riesgos sanitarios, permitiendo medidas preventivas sin pruebas concluyentes”, lo cual permitía a la Unión Europea, tomar medidas para-arancelarias restrictivas para reducir las exportaciones argentinas sin causa evidente.

No están suficientemente claros, los compromisos previstos en el Capítulo 13° de “cero deforestación para 2030” respecto a si la penalización será globalmente al MERCOSUR o a los países individualmente. Del mismo modo, habría que estudiar el alcance referido a las “contramedidas proporcionales” que podrían tomarse frente a una medida que anule o menoscabe sustancialmente los beneficios del Acuerdo (Art. 78°) para no dejarlo librado al criterio de una de las partes.

En el Capítulo 20° se reconocen 350 indicaciones geográficas europeas con exclusividad por 20 años, cuestión que la Argentina ya está aplicando; aunque sería importante también definir la denominación de origen de un número importante alimentos y especies. Por ejemplo, en materia de pesca, Europa no debería seguir comercializando especies argentinas pescadas en Malvinas por buques españoles, indicando simplemente que proceden del Atlántico Sur, del Mar Austral o Falklands. Es un engaño al consumidor.

Los europeos esperan exportar al MERCOSUR con arancel cero vino, aceite y carne porcina, entre otros y recibir materias primas críticas como litio y cobre, intercambios que parecen muy beneficiosos para esa comunidad y ciertamente perjudicial para la producción regional de Argentina. La Unión Europea se beneficiaría con la exportación de productos industriales y agroalimentarios finales con destino a las góndolas.

Como comentamos todo sujeto a “salvaguardas” que permitirían la suspensión temporal de las importaciones de alimentos, como pescados, crustáceos, moluscos, carne, azúcar, etc. y el carácter de “cuota” y no de libre exportación; ya que las medidas prevén cuotas arancelarias preferenciales (TRQ) de eliminación inmediata o gradual de entre 10 a 15 años para sectores sensibles, lo que hace bastante imprevisible todo a la luz de las referidas “salvaguardas”.

El pescado congelado (por ej. Merluza) se reduciría el arancel del 7/10% a 0% en forma inmediata. Podría ser beneficioso si ello también tiene en cuenta la recepción de productos listo para consumidor congelados, no si solo refiere materias primas para transformar en Europa. Lo mismo ocurre con los calamares que se reducirían a 0% en forma inmediata y, es de esperar que las anillas o rabas de calamar colocados en el Corte Inglés o las bocatas de calamar de la Plaza Mayor de Madrid (mis preferidas) tengan el beneficio del arancel del 0%. Por otra parte, los langostinos, el producto estrella de Argentina, que tiene aranceles del orden del 12% llegaría al 0% en 3 a 5 años. Es mucho tiempo y más aún, con la cuestión de las “salvaguardas”. Por cierto, también hay que terminar con las certificaciones que no son otra cosa que una barrera paraarancelaria. La Argentina deberá jerarquizar la certificación del INIDEP y SENASA. Lo otro, será un buen argumento para las “salvaguardas” o para justificar la suspensión de las exportaciones por el “principio de precaución” europeo.

Este Acuerdo podrá considerarse importante para el sector pesquero si de los 2.000 millones de dólares que en la actualidad exporta se pasará a los 3.000 millones de dólares como producto del mayor valor agregado exportado a la Unión Europea y entre otras cosas reducir en forma “inmediata” los plazos para la exportación de langostinos y, claro está, el gobierno nacional debe terminar con las absurdas retenciones a la exportación.

No es un tema menor la importación de buques desde la Unión Europea y en particular desde España. La Argentina no debe aprobar estas importaciones –como ha ocurrido con los buques de investigación para el INIDEP– cuando tiene una industria naval en condiciones de construir cualquier tipo de buque.

Tampoco se puede dejar pasar por alto la Ley 24.184 de protección y promoción de las inversiones británicas que establece que el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte recibirá los mejores beneficios otorgados a terceros países.

La Unión Europea plantea en el Acuerdo cuestiones de trazabilidad y sostenibilidad, pero el Acuerdo debería dejar establecido en forma explícita que los países que lo integran deben abstenerse de explotar los recursos migratorios de Argentina, Brasil y Uruguay y los argentinos en las aguas argentinas de Malvinas.

Es una buena oportunidad para hacer un Acuerdo de beneficio mutuo, no una nueva demostración de que los argentinos miramos a Europa solo como un ejemplo a seguir.

 

* Experto en Atlántico Sur y Pesca. Ex Secretario de Estado. Presidente del Centro de Estudios para la Pesca Latinoamericana (CESPEL). Sitio web: cesarlerena.com.ar.

 

SALIR DE LA GUERRA EN EUROPA DEL ESTE: EL PLAN DE PAZ Y LAS DECISIONES QUE NUNCA DEBIERON HABERSE ADOPTADO

Alberto Hutschenreuter*

En sus puntos esenciales, el plan de paz de 28 puntos que intenta detener la guerra ruso-ucraniana no ofrece demasiadas sorpresas. Su principal impulsor, el presidente Trump, antes de convertirse en mandatario ya se refirió al esfuerzo que tendría que hacer Ucrania para salir de la confrontación. Más todavía, tras su asunción, en enero pasado, advirtió que Kiev podría sufrir mayores pérdidas territoriales de no aceptar la situación en el terreno.

Lo relativamente novedoso es que hoy Ucrania afronta múltiples debilidades en relación con un año atrás o menos. Consideremos las principales.

En el frente militar, las fuerzas ucranianas no han podido detener el avance de los soldados rusos. Si bien ese impulso ha sido lento y con un costo humano muy alto, a la ventaja que supone para este país la capacidad de reclutamiento (que hoy podría estar disminuyendo), hay que agregar la consolidación de la adaptación de Rusia a la guerra, la producción de la industria militar y el incremento de los ataques con drones, la nueva modalidad de la guerra que, como sostiene George Friedman, está dejando atrás su modo de confrontación militar basado en el concepto de masa, es decir, gran número de tanques, tropas, entre otras capacidades.

Con la pronta llegada del frío y las lluvias, todas las dificultades que afronta Ucrania en el terreno se multiplicarán, particularmente las relacionadas con la logística, pues el avance ruso tras la captura de la ciudad de Pokrovsk, un importante centro logístico en la zona oriental del Donetsk, podría crear bolsones (la especialidad rusa en batallas) en los que queden más expuestos o directamente atrapados los soldados y equipos ucranianos. En tanto, en la región nororiental, los rusos continúan avanzando hacia las ciudades de Kupiansk y Lyman, las que durante 2022 Ucrania recuperó de Rusia.

En el frente interno de Ucrania, los problemas humanitarios y socioeconómicos se profundizaron como consecuencia del esfuerzo bélico. Los millones de ucranianos que descendieron a la pobreza superan a los millones que abandonaron el país desde 2022. Según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) de febrero de 2025, casi 13 millones de personas necesitan asistencia humanitaria urgente en Ucrania, hay más de 3,6 millones de personas desplazadas dentro de Ucrania y cerca de 7 millones de ucranianos refugiados y solicitantes de asilo en diferentes partes del mundo.

En el nivel gubernamental, las repetidas situaciones de corrupción han llevado a que en el país exista casi un «estado de corrupción» más que «casos de corrupción». Basta considerar que por la corrupción han tenido que marcharse los ministros de Energía, Justicia y Defensa.

Como bien considera el británico Ian Proud, ex Consejero Económico de la Embajada británica en Moscú, con las elecciones en pausa, en Ucrania existen menos controles y contrapesos constitucionales sobre el poder de los oligarcas que antes de la guerra. Por ello, hay quienes sostienen que poner término a la guerra y cortar el flujo de dinero facilitaría a los próximos dirigentes reorientarse hacia la adhesión a la Unión Europea.

En relación con ello, y específicamente a raíz del escándalo que se produjo como consecuencia de la malversación de fondos y sobornos en la compañía estatal de energía nuclear, no fue casual que el canciller alemán se refiriera recientemente a la creciente preocupación europea sobre la corrupción.

A estas situaciones comprometedoras para Ucrania, hay que considerar también que la concepción estratégica estadounidense en tiempos de Trump guarda propósitos relativos con el «reparto de cargas» entre los socios estratégicos occidentales, es decir, que los europeos asuman sus responsabilidades financieras en materia de defensa y en materia de conflictos intra-continentales; y con la «resignificación de zonas estratégicas» por parte de Washington, es decir, la prioridad de Estados Unidos no se encuentra tanto en la placa geopolítica del este de Europa, salvo en temas geoeconómicos que se extienden al Asia central, sino en las placas de Oriente Medio-área del golfo Pérsico y la del Pacífico-Índico, donde residen cuestiones relativas con negocios, mercados, tecnología, alianzas, neo-contención múltiple a China, entre otras.

El plan de paz sin duda es controvertible, pues se acerca demasiado a un estatuto de capitulación militar y geopolítica que prácticamente deja a Ucrania sin margen de acción.

En un reciente artículo, el especialista estadounidense Thomas Friedman considera el plan como una traición flagrante a los aliados y a los valores de Occidente. Advierte que si finalmente el plan es impuesto a Ucrania, sus impulsores vivirán en la infamia como sucedió con Neville Chamberlain, el primer ministro británico que defendió una política de apaciguamiento, cuyo objetivo era evitar la guerra con la Alemania nazi. Para ello, en la Conferencia de Múnich de 1938, junto con otros dirigentes europeos, se entregó a Hitler una parte del territorio de Checoslovaquia.

Sabemos cómo siguió la historia. Friedman tiene razón, claro. Lo que no dice es que desde que Hitler llegó al poder en 1933, Alemania fungió como un dique de contención para Francia y Reino Unido, los garantes de la seguridad europea, ante el verdadero peligro para Europa: el comunismo soviético. Cabe preguntarse entonces, ¿valores o intereses? Por demás pertinente resulta aquí la lectura de la obra del historiador británico Ian Kershaw, «Un amigo de Hitler. Inglaterra y Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial».

Los 28 puntos del plan de paz son, en gran medida, la respuesta a una decisión que nunca debió haber sido tomada: la de Ucrania cuando, apenas llegado al poder, el presidente Volodímir Zelenski desplegó una política exterior y de defensa que no admitía otras alternativas, esto es, convertir a Ucrania, a todo o nada, en un miembro de la OTAN.

Por supuesto que no se trató de una decisión que nació en el gobierno ucraniano. Se trataba de una política que venía desde hacía mucho tiempo atrás, en gran medida impulsada por las administraciones estadounidenses demócratas, para quienes Rusia nunca dejaría de ser un país geopolíticamente revisionista: del mismo modo que la URSS había sido un actor revolucionario que nunca detendría su lucha a nivel global, el «Estado continuador», Rusia, tarde o temprano volvería a plantear desafíos a Occidente. Porque para aquella fuerza política estadounidense y sectores de lo que en Rusia denominan la «Europa Popper» (en oposición a la «Europa Spengler»), Rusia desconoce la idea y práctica del «pluralismo geopolítico».

Por tanto, e independientemente de quién se encontrara en el poder, contenerla (o neocontenerla) en sus propios lindes era la manera de neutralizar a Rusia. En varias oportunidades la Alianza Atlántica se refirió a la inclusión de Ucrania en su seno. En 2008, uno de los años estratégicos en lo que llevamos del siglo, en la cumbre de la OTAN en Rumania se aprobó una declaración sobre la futura ampliación de la OTAN a Ucrania y Georgia.

Pronto vinieron los hechos que derivaron en la anexión o reincorporación de Crimea a Rusia (otro momento estratégico), y a partir de entonces comenzó otra de las causas profundas de la guerra en Ucrania: los enfrentamientos, tras el fracaso de los acuerdos de Minsk, en el este de Ucrania. Esta guerra sigilosa (en territorio europeo) fue casi determinante para que Moscú, cuando finalmente sus demandas relativas con alguna garantía de no ampliación de la Alianza y con la restitución de derechos a la población filo-rusa de Ucrania no fueron respondidas, decidiera poner en marcha lo que denominó «Operación Militar Especial».

Hasta ese momento, la «potencia institucional europea» tuvo la posibilidad de disuadir y persuadir a Ucrania de «bajar» su política de marcha inalterable hacia la OTAN. Pero no solo no lo hizo, sino que ni siquiera propuso algún modelo basado en un congelamiento o moratoria. Mucho menos lo hizo el gobierno demócrata en Estados Unidos (el actor primus inter pares en la OTAN), que en noviembre de 2021 continuó hablando en la misma Kiev sobre la futura ampliación de la OTAN a Ucrania. En este sentido, es muy atendible lo que ha dicho estos días el presidente Trump: «la guerra nunca habría ocurrido si él hubiese estado en la Casa Blanca en 2021».

En suma, la guerra tiene una génesis de cuño geopolítico y su salida necesariamente será en clave geopolítica. Por supuesto que aquí quedan relegados el multilateralismo y los grandes principios del derecho internacional. Pero, en rigor, fueron quedando al margen cuando su lugar fue ocupado por las silenciosos códigos e intereses de una geopolítica occidental que terminó por difuminar la necesaria seguridad indivisible en ese «cinturón de fragmentación» que es Europa del este. Ninguno de los estadistas y especialistas estadounidenses estuvo de acuerdo con la ampliación de la OTAN, desde el propio George Kennan hasta Henry Kissinger, pasando por Brent Scowcroft, Kenneth Waltz, John Mearsheimer, entre otros.

Según la experiencia internacional y la geografía a la que se pertenece, la geopolítica enseña que el mejor modo de ejercer la soberanía es no ponerla a prueba, a menos que el actor dispuesto a hacerlo cuente con la seguridad de que logrará vencer al que dejó más que en claro las consecuencias de ello.

 

* Miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula La Geopolítica nunca se fue, Editorial Almaluz, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2025.

©2025-saeeg®

 

EL REPARTO DE UCRANIA Y EL NUEVO «RAPTO DE EUROPA»

Roberto Mansilla Blanco*

Un sinfín de expectativas comienzan a aparecer en torno a la cumbre entre Donald Trump y Vladimir Putin a celebrarse en Alaska este 15 de agosto. Si miramos el contexto internacional, el clima no invita precisamente al optimismo. Mientras Perú y Colombia viven un conato de tensión fronteriza en torno a la soberanía sobre la isla de Santa Rosa en el Amazonas, Israel acelera los preparativos de anexión de Gaza y de expulsión de los palestinos ante el oprobio de la mayor parte de la comunidad internacional que, irónicamente, tampoco toma cartas en el asunto.

La posibilidad de que la cumbre Trump-Putin implique eventualmente un cese al fuego en Ucrania (aunque sin presencia ucraniana en este encuentro) abre el compás para una posible resolución, al menos a priori, del conflicto ruso-ucraniano iniciado en 2022 y que, con el paso del tiempo, se ha convertido prácticamente en una confrontación entre Rusia, la OTAN y la Unión Europea (UE).

Debemos recordar que es la primera vez que ocurre un encuentro entre un mandatario ruso y otro estadounidense desde 2021. Entonces la cumbre fue en Ginebra, que acogió a Putin y al antecesor de Trump, Joseph Biden.

Cuatro años después el contexto ha cambiado drásticamente. Las guerras en Ucrania y Gaza han trastocado el equilibrio de la seguridad mundial toda vez que la alianza euroasiática entre Rusia y China y el regreso de Trump han contrariado severamente la unidad «atlantista» de la OTAN como factor predominante de la hegemonía occidental. Incluso Europa se encamina a afrontar su futuro de seguridad vía rearme sin depender del paraguas militar estadounidense. Biden se ha convertido en un suspiro al lado de la estridencia del retorno de un Trump más convencido de saltar por los aires el (des) orden internacional de la «posguerra fría».

Por otro lado, debe destacarse el papel protagónico del enviado estadounidense Steve Witkoff como artífice diplomático de esta cumbre Trump-Putin. Sus constantes viajes a Moscú para tantear el escenario con el mandatario ruso han permitido avances significativos como las reuniones en Estambul entre emisarios rusos y ucranianos a la hora de negociar intercambios de prisioneros y ceses esporádicos de las hostilidades.

¿Una cumbre antecesora de otra posible guerra europea?

Previo a esta cumbre de Alaska, el pasado 8 de agosto se formalizó en Washington, en presencia de Trump, un acuerdo de paz aún preliminar entre Armenia y Azerbaiyán en el que se comprometen a renunciar a sus reivindicaciones territoriales (Nagorno Karabaj). Este conflicto caucásico implica igualmente a Rusia, expectante ante este nuevo escenario de paz entre Bakú y Ereván que, visto en perspectiva, contribuye a priori en recrear un clima de distensión previa a la cumbre de Alaska.

No obstante, este borrador de acuerdo armenio-azerí determina igualmente una vía de presencia y de influencia de Washington en el Cáucaso, el tradicional «patio trasero» ruso, en un contexto de tensiones entre EEUU e Israel con Irán en Oriente Medio; un escenario que crea obvias preocupaciones en Teherán. Este acuerdo podría fortalecer la posición regional de Azerbaiyán, incluso mirando con perspectivas geopolíticas el conflicto en Ucrania. Bakú ya anunció el envío de ayuda humanitaria a Ucrania, probablemente negociada con anterioridad con Trump.

Pero vayamos al quid de la cuestión. Independientemente de cuál sea el resultado efectivo de esta cumbre, en Alaska de alguna u otra forma se decide el futuro de Ucrania. Y se decide precisamente sin la parte ucraniana presente. Trump y Putin entienden un lenguaje claro: el del poder. Saben que tienen las claves («las cartas ganadoras», Trump dixit) para dar un vuelco a un conflicto que, pese a los avances rusos y a la derrota de facto ucraniana, determina una situación de estancamiento en el frente bélico.

La cumbre Trump-Putin no escapa del paralelismo histórico, un recurso a veces obsesivo y frecuentemente erróneo que busca explicar (y en ocasiones legitimar) un status quo determinado, así como ciertas acciones del presente que no pasarán desapercibidas en esta cumbre.

Algunos han intentado «animar» el carácter histórico de esta cumbre buscando referencias en pactos como el de no agresión establecido entre Hitler y Stalin en 1939 previo a la II Guerra Mundial y en el que la Alemania nazi y la URSS se repartieron Polonia y Europa Oriental en zonas de influencia.

Obviamente, el contexto de 2025 es diametralmente opuesto al de 1939 pero la dinámica geopolítica no descansa. Algunos líderes advierten sobre una posible nueva guerra en Europa en los próximos años, con Rusia como enemigo pretendido.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, declaró en junio que Rusia podría estar lista para atacar a la alianza en un plazo de cinco años. En mayo de 2025, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IIES) estimó un plazo más corto: Rusia podría representar una «amenaza militar significativa para los aliados de la OTAN» para 2027. Algunos economistas calculan que una guerra entre Rusia y la OTAN podría costar a la economía mundial US$ 1,5 billones.

La realpolitik del conflicto ucraniano en 2025 obliga a observar desde una perspectiva netamente realista las posibilidades existentes en cuanto a una resolución condicionada pero muy probablemente no definitiva. Por mucho que se esfuercen la OTAN y la UE, es altamente improbable una contraofensiva militar ucraniana para recuperar los territorios conquistados por Rusia. El propio alcalde de Kiev, Vitali Klichkó (un probable pretendiente a suceder a Zelenski en la presidencia) ya advirtió en abril pasado sobre la posibilidad de ceder territorios a cambio de la paz porque la «guerra está perdida». Dejando atrás su retórica de no retroceder ante el enemigo ruso, Kiev incluso ha ofrecido una especie de cese al fuego aéreo con Rusia, evidenciando así la superioridad de la aviación rusa en sus ataques en el frente.

Previo a la cumbre con Trump, Putin no pierde el tiempo para ganar posiciones territoriales con una ofensiva a gran escala para asegurar el control de Prókovsk y asegurar así el anillo de acero y el cinturón de seguridad en torno al Donbás y el corredor que lleva a Crimea, bajo control ruso desde 2014. Con esta realidad deberá negociar en Alaska un Trump que no esconde los artilugios efectistas y mediáticos al declarar previamente que tendrá claro «si habrá acuerdo o no en los primeros cinco minutos de reunión con Putin» y que, si las cosas salen bien, irá a una segunda cumbre ya con Zelenski.

El Kremlin, como la Casa Blanca, no juega a los dados y mucho menos cuando se le presenta una oportunidad propicia para asegurar sus intereses como lo es esta cumbre con Trump. Sabe bien que las cartas de poder, esas mismas que le espetó Trump a Zelenski en febrero pasado durante la rocambolesca comparecencia en la Casa Blanca, las tiene Rusia a su favor y no negociará nada por debajo de sus intereses estratégicos, definidos en torno a la necesidad de asegurar a Ucrania como bastión de seguridad y esfera de influencia lejos del alcance de la OTAN.

Por su parte, Trump busca degradar el «dossier Ucrania» heredado de Biden intentando desligarse de la ayuda a Kiev (y, por lo tanto, de la dependencia militar europea de EEUU que permite asegurar la ayuda a Zelenski) para concentrarse en el reto estratégico que le impone China, aliado de Rusia. Trump tiene también en la mesa la crisis de Oriente Medio, toda vez que Israel pretende la anexión completa de Gaza y la expulsión de los palestinos a Sudán del Sur mientras Francia y Gran Bretaña presionan a Netanyahu con reconocer al Estado palestino en caso de no alcanzarse un alto al fuego en Gaza.

Con todo, Trump no viaja a Alaska para congraciar a Putin. Fiel a su estilo chantajista, antes de esta cumbre advirtió de «severas consecuencias» para Rusia en caso de no aceptar la paz. Como medida de presión ajustó sanciones arancelarias a India por comprar petróleo ruso. Pero Trump sabe que cualquier arreglo en Ucrania pasa por la posibilidad de negociar con Putin un reparto de esferas de influencia y una salida del poder para un Zelenski cada vez más tratado como un paria y con escaso margen de maniobra.

Tras haber asegurado en la reciente cumbre de la OTAN de La Haya el aumento del gasto militar al 5% del PIB y de prácticamente humillar a Europa posteriormente con un acuerdo comercial impositivo y edulcorado ante los efectos de la guerra arancelaria, Trump está dispuesto a asestar a la UE el golpe geopolítico definitivo negociando con Putin el futuro de Ucrania … sin Ucrania ni Europa presentes.

La toma de contacto previa a la cumbre de Alaska por parte de Zelenski con Trump y posteriormente del cuestionado presidente ucraniano con los líderes europeos constituyó un «canto de cisne» de escaso eco para los oídos de Trump, consciente de la falta de realismo en cuanto a las demandas europeas de no negociar con Putin una paz en Ucrania «a cualquier precio».

Más allá de que la cumbre sea un éxito para la paz en Ucrania, un paréntesis o incluso un nuevo fracaso, la toma de contacto entre Trump y Putin augura cambios de mayor calado en la política mundial.

El tácito reparto de esferas de influencia entre EEUU y Rusia en Ucrania puede incluso alcanzar a Venezuela, donde la Casa Blanca ha vuelto a colocar precio a la cabeza del presidente Nicolás Maduro (aliado de Putin) por US$ 50 millones para su captura por delitos de narcotráfico. El Kremlin maneja con paciencia los tiempos y recursos y si bien no parece persuadido a dejar caer al aliado venezolano, la realpolitik puede finalmente dictar sentencia.

El tratado de paz armenio-azerí, un éxito para la diplomacia de Trump, también supone levemente una ventaja para Putin al asegurarse la estabilidad en el flanco sur caucásico, donde Occidente ha intentado perfilar un «nuevo Maidán» en Georgia toda vez Moscú que ha logrado fortalecer sus intereses vía gobierno prorruso en Tbilisi, paralizando las negociaciones georgianas de admisión a la UE iniciadas en diciembre de 2023.

Pero como se indicó con anterioridad, la perspectiva de una histórica paz entre Armenia y Azerbaiyán implica una especie de retorno de Washington a la hora de manejar sus intereses en el espacio contiguo ruso en el Cáucaso e incluso Asia Central, hasta ahora degradado en la atención geopolítica estadounidense. Un contexto que a mediano plazo (e incluso dependiendo de lo que se acuerde sobre Ucrania) puede significar cambios en los equilibrios de poder no necesariamente favorables para los intereses rusos.

De allí que para el Kremlin, la posibilidad de concretar con Trump en Alaska un acuerdo favorable sobre Ucrania signifique una victoria propagandística incluso dirigido hacia la propia sociedad rusa que, más allá de la retórica oficial y sus intentos por mediatizar la realidad, sufre y observa en silencio lo qué está sucediendo en el frente ucraniano.

El fin de la inocencia

Hace exactamente un año (agosto de 2024) los medios occidentales reproducían con algarabía la ofensiva militar ucraniana sobre la región rusa de Kursk. En ese momento, con una ofensiva en territorio ruso, las expectativas occidentales especulaban con que llevar la guerra de Ucrania a la propia Rusia serviría para la posible capitulación de Putin.

Un año después de esta surrealista ofensiva que significó más bien la «huida hacia adelante» de Zelenski alentado ingenuamente por la UE y la OTAN en vísperas del regreso de Trump a la Casa Blanca, el escenario es distinto. Putin y Trump negocian en Alaska el futuro de un país, Ucrania, en el que ni sus propios dirigentes ni sus aliados exteriores tienen actualmente capacidad efectiva para decidir su futuro, cada vez más laminado por los intereses geopolíticos de Rusia y de EEUU. Incluso las protestas han regresado a Kiev por parte de una población cansada de la guerra y de la corrupción rampante por parte de sus propias autoridades.

Pero esas protestas también vuelven a Tel Aviv impulsadas por sectores de la sociedad israelí descontentos con los resultados militares en Gaza y con un genocidio deliberado por parte de Netanyahu y sus aliados que ha provocado la consecuente pérdida de credibilidad y de caída de la imagen internacional de Israel. Incluso dentro del Alto Mando militar israelí comienzan a surgir grietas sobre la efectividad de la invasión total a Gaza, cuestionando incluso la draconiana narrativa oficial de Netanyahu y de la ultraderecha supremacista sobre el «legítimo derecho a la defensa» que lo mantiene en el poder pero que no tiene reparos en impulsar impunemente y en vivo y directo una limpieza étnica en Gaza.

En lo que respecta a Ucrania, probablemente no veamos en Alaska un acuerdo histórico más allá de una toma de contacto donde Moscú y Washington marcarán sus respectivas «líneas rojas», aunque ahora definidas en torno a una mayor capacidad de sintonía. Pase lo que pase, Trump y Putin habrán negociado puntos de conexión que permitirán trazar las directrices del nuevo equilibro geopolítico mundial que se está redefiniendo para las próximas décadas.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

©2025-saeeg®