Archivo de la etiqueta: Yihadismo

AFGANISTÁN: EL FIN DE LA “GUERRA ETERNA” DE ESTADOS UNIDOS

Marco Crabu*

Fonte: khaama.com

La retirada de las tropas estadounidenses y de la OTAN, sin embargo, ha dejado un sabor amargo en las bocas del pueblo afgano y los estados vecinos.

 

En Afganistán ha llegado el momento de la “retirada”. Después de 20 largos años, comenzó formalmente la fase final de la “guerra eterna” estadounidense (y de la OTAN).

El sábado 1º de mayo —y hasta el final del verano— comenzarán las maniobras que sacarán del país, que algunos llaman “la Puerta de Asia Central”, a unos 2.500/3.500 soldados estadounidenses y casi 7.000 soldados de la OTAN.

De hecho, la misión en Afganistán comenzó oficialmente el 7 de octubre de 2001, tras la tragedia de las Torres Gemelas, con el objetivo de expulsar a Osama Bin Laden (que fue asesinado el 2 de mayo de 2011 durante la Operación Neptuno Spear, una acción militar llevada a cabo por el Navy SEAL como parte de la guerra contra el terrorismo), que desde entonces había huido al país asiático bajo la protección del gobierno talibán. Dos meses más tarde, el régimen talibán en el poder sufrió el intenso bombardeo de la fuerza aérea estadounidense que borró —ilusoriamente— la impronta del Emirato Islámico de Afganistán, llevando a la capital Kabul de vuelta a manos de las milicias “Shura-i-Nazar” (antes conocida como la Alianza del Norte) y empujando a los militantes de Al-Qaeda a huir. Desde entonces, Al-Qaeda se ha reducido, mientras que la amenaza terrorista se ha extendido como un cáncer global y en múltiples ramificaciones.

Pero la guerra en Afganistán demostró ser una oportunidad perdida para que Estados Unidos pusiera fin a las ambiciones de los talibanes y lanzara un serio plan de estabilización y pacificación, gracias a una estrategia a corto plazo de la política democrática estadounidense, que luego fue absorbida por los eventos de la Guerra del Golfo que se convirtieron en la prioridad en la agenda de Washington, pero también una pobre preparación cultural de la clase gobernante militar estadounidense que no apuntó a los colaboradores locales adecuados, entre otras cosas.

Todo ello condujo inexorablemente a un estancamiento, casi inmanejable a nivel militar, que unido a los exorbitantes costos de la misión han vaciado definitivamente el sentido de por qué seguir en el país. El proyecto Costos de guerra de la Universidad Brown estimó que la misión estadounidense en Afganistán ha costado unos 822.000 millones de dólares. El proyecto de la Universidad Brown documentó que unos 47.000 civiles han perdido la vida desde 2001 y millones han sido desplazados dentro de Afganistán o han huido a Pakistán, Irán y Europa. El ejército afgano también ha sufrido bajas significativas: unos 70.000 soldados han muerto en los enfrentamientos, mientras que el Departamento de Defensa de Washington dijo que desde 2001, unos 2.500 soldados estadounidenses han perdido la vida y hubo más de 21.000 heridos. Se estima que 3.800 contratistas estadounidenses de seguridad privada también han sido asesinados. En el conflicto hubo también 1.200 víctimas entre el personal de la OTAN en el país.

Además, como prueba del despilfarro de costos de la operación Afganistán, parece que los aliados necesitaban no menos de 4.000 millones de dólares al año para mantener la seguridad en el país y apoyar a las fuerzas regulares del gobierno local.

La razón de estos costos exorbitantes se debió principalmente al hecho de que los Estados Unidos tenían uno de los ejércitos más avanzados tecnológicamente y modernos del mundo, aunque en última instancia el gasto militar general en Afganistán nunca ha sido más transparente. Aunque se conocen muchos de los costos directos, los miles de millones de dólares asignados a la CIA y las operaciones especiales permanecieron encubiertos por el secreto. Además, los costos indirectos de la guerra, tales como: pago militar regular, amortización de equipos, desgaste, costos de salud a largo plazo, costos de apoyo del Pentágono dentro de los Estados Unidos, costos de transporte USTRANSCOM, costos de “hub” de transporte como la base aérea de Manas, costos por el préstamos de fondos, etc., no han sido cuidadosamente cuantificados.

Por no hablar de la corrupción que ha comenzado a extenderse por todas las filas del ejército de Kabul a lo largo de todos estos años. De hecho, aunque hay unos 300.000 soldados asalariados, parece que están empezando a surgir rumores de que el número real de unidades era mucho menor y que algunos comandantes afganos siempre han ampliado personalmente las líneas de los llamados “soldados fantasma”. Los talibanes, por su parte, han seguido manteniendo una posición de fuerza.

Desde su derrocamiento en 2001, los talibanes tuvieron tiempo de reagruparse y recuperar terreno y hoy, aunque no es tan fácil mapear los territorios en los que restablecieron su hegemonía, se cree que, con al menos 85.000 combatientes, tienen el control total sobre más de una quinta parte de Afganistán.

Fonte: southfront.org

Pero después de más de veinte años de conflicto, todos los actores involucrados —el gobierno afgano, los Estados Unidos y los talibanes— han dado la impresión de que quieren converger hacia un objetivo común, la paz. En virtud del histórico acuerdo firmado en Doha por las delegaciones talibán y estadounidense el 29 de febrero de 2020, bajo la administración del ex presidente Trump, Estados Unidos (y países de la OTAN) se comprometieron a retirar por completo las bases militares y Afganistán a partir del 15 de enero y el 1º de mayo de 2021. El acuerdo denominado “Agreement for Bringing Peace to Afghanistan” también incluyó: la liberación de prisioneros de ambos lados, el compromiso de los talibanes de renunciar a todos los lazos y relaciones con Al-Qaeda y los grupos yihadistas sobre el terreno, la promesa de una mesa de negociación con el gobierno afgano y la discusión de un alto el fuego común y prolongado.

Sin embargo, a pesar de haber logrado un resultado sin precedentes en los Estados Unidos que aseguró el fin de las hostilidades, el todavía fragmentado y frágil gobierno afgano seguía debilitado por las negociaciones, mientras que los talibanes, por el contrario, estaban vigorizados por las promesas estadounidenses y asumieron una posición de fuerza cada vez mayor. Teniendo en cuenta todo, el tema principal a resolver era y seguía siendo la difícil confrontación de los talibanes con la política afgana y la sociedad civil, y aunque no querían (aparentemente) un monopolio de poder para sí mismos, todavía estarían dispuestos a compartirlo con otras facciones, pero de una forma diferente del gobierno actual y la Constitución actual. Por otro lado, el actual gobierno debería haber sido capaz de satisfacer las demandas de los talibanes, demostrando que puede aspirar a una sociedad plural unida en sus objetivos comunes.

Las negociaciones continuaron en Qatar en septiembre de 2020, pero aquí surgieron grietas demasiado profundas en la delegación del gobierno afgano, tal vez todavía dividida por el resultado en disputa de las elecciones presidenciales de septiembre de 2019.

Pero las cosas no resultaron como se esperaba y los conflictos internos resurgieron abiertamente con violencia. Los talibanes pronto demostraron que la “desconexión” estadounidense era sólo un pretexto para obtener una ventaja militar sobre las fuerzas gubernamentales. De hecho, desde que se alcanzó el acuerdo sobre la retirada estadounidense, los talibanes rara vez han contratado tropas aliadas, más bien han seguido atacando sin piedad a las fuerzas gubernamentales en las provincias rurales y han emprendido una campaña de terror en las zonas urbanas. En otras palabras, los talibanes siempre han acusado a Washington de violar los Acuerdos de Qatar con Trump y de no cumplir con el calendario para la retirada de las tropas de Afganistán y, hasta ahora, los Estados Unidos nunca han estado seguros de que no serían atacados por rebeldes fundamentalistas durante las operaciones de repatriación.

En una declaración reciente, el portavoz militar talibán Zabihullah Mujahid dijo que el hecho de que Estados Unidos no cumpliera con los plazos previamente establecidos para una retirada completa de sus tropas “allanó el camino para que el muyahidín (Emirato Islámico de Afganistán) adoptara cualquier contramanifestación que considere apropiada contra las fuerzas de ocupación”. Sin embargo, la retirada de las tropas estadounidenses y de la OTAN ha dejado un sabor amargo en las bocas del pueblo afgano y sus vecinos. En la capital afgana y en todo el país existe un creciente temor de que la salida de las últimas tropas extranjeras sea seguida por el caos.

Los recuerdos de la época en que el gobierno fundamentalista talibán interrumpió a la sociedad afgana borrando las instituciones democráticas y los derechos de los ciudadanos, en particular los de las mujeres que se vieron obligadas a usar la burka (o chadri) de la cabeza a los dedos de los pies, siguen siendo vívidos. Los analistas advierten que la violencia podría aumentar dramáticamente en 2021 y que el proceso de paz podría colapsar, aumentando la probabilidad de una guerra civil prolongada, con miles de víctimas y el activismo simultáneo de grupos terroristas, en particular EIIL y Al-Qaeda.

Después de miles de millones de dólares gastados y décadas de guerra, muchos afganos se preguntan si realmente valió la pena retirar las fuerzas aliadas, y especialmente ahora.

 

* Licenciado en Ciencias Sociológicas, Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Bolonia. Especialista en Seguridad, Geopolítica y Defensa.

Artículo publicado originalmente el 07/05/2021 en OFCS.Report – Osservatorio – Focus per la Cultura della Sicurezza, Roma, Italia, https://www.ofcs.it/internazionale/afghanistan-la-fine-della-guerra-eterna-americana/#gsc.tab=0

Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción.

¿PUEDE SIRIA RENACER DE LAS RUINAS DESPUÉS DE UNA DÉCADA DE GUERRA CIVIL? EL PAPEL DE LOS JUGADORES EXTRARREGIONALES.

Giancarlo Elia Valori*

Imagen de MichaelGaida en Pixabay 

Después de 10 años de guerra civil, según datos del “Observatorio Sirio de Derechos Humanos” (una organización no gubernamental con sede en Londres), 6.800 personas murieron en Siria en 2020, la cifra más baja desde 2011.

En total, en la larga y sangrienta década, 387.000 personas han muerto, de las cuales 117.000 civiles inocentes son víctimas de una guerra que comenzó con una protesta estudiantil y rápidamente se convirtió en una pequeña “guerra mundial” que vio a las fuerzas turcas, iraníes, rusas y estadounidenses en el campo, así como a los contendientes “locales”, a saber, el ejército leal de Al Assad y las diversas milicias indígenas, desde los kurdos del noreste hasta milicianos yihadistas de varios colores o extracciones.

Dada la importancia de Siria en Medio Oriente y en el equilibrio entre el Mediterráneo y el norte de África, puede ser útil volver a rastrear, antes de analizar los posibles acontecimientos de la situación geopolítica desencadenada por el conflicto, las cinco fases a lo largo de las cuales se desarrolló la guerra siria, que ha sido la consecuencia más explosiva y sangrienta de todo el fenómeno de la llamada “primavera árabe”.

La primera fase, en marzo de 2011, fue desencadenada por una manifestación de estudiantes en Deraa que, a raíz de las primeras protestas en Egipto y Túnez, tomaron las calles para exigir la democratización del régimen de Assad, basada en un grupo de liderazgo alauita (una secta minoritaria de derivación chiíta) que había estado en el poder durante más de cuarenta años en un país en el que los sunitas, enemigos históricos de los chiítas, que representan —entonces como hoy— 65% de la población.

La represión policial de las manifestaciones estudiantiles fue dura y, gracias en parte a una hábil campaña de información y desinformación de Al Jazeera —la estación de televisión de Qatar muy hábil en la defensa de los intereses de la “Hermandad Musulmana” protegida y apoyada por el emir de Doha— las protestas se extendieron rápidamente por todo el país, mientras las fuerzas de Al Assad trataban de controlarlas con puño de hierro militar.

Pronto, lo que parecía ser una reedición del 68 francés en forma árabe se convirtió en una evidente guerra civil.

A principios de 2012, la segunda fase de la crisis, la protesta en las calles se convirtió en conflicto armado debido al descenso al campo de milicias cada vez más armadas y organizadas, gracias a las armas y el dinero de Qatar y de la Turquía de Erdogan.

Mientras el régimen de Damasco comenzaba a perder el control de territorios estratégicos en el norte y sur del país, cediendo la ciudad de Alepo a los insurgentes, Irán —preocupado por la suerte del régimen y la minoría alauita—, hizo que las milicias intervinieran en el conflicto. Chiítas de Hezbollah, del vecino Líbano, y “asesores militares” del “Cuerpo de Guardia de la Revolución Iraní”, una poderosa organización paramilitar creada por los ayatolás, intervenían en el conflicto para defender los intereses de Teherán en el extranjero y la estabilidad de la república teocratica al interior.

En la primavera de 2013, el régimen sirio pareció al borde del colapso, pero gracias a la ayuda iraní logró mantener el control de la capital y de los puertos estratégicos de Latakia y Tartus, adonde  fue “invitada” una fuerte presencia naval rusa era.

La tercera fase marca la internacionalización del conflicto, con el nacimiento del autodenominado Estado Islámico y la intervención estadounidense y turca.

En junio de 2014, un grupo político-militar sunita formado por ex miembros iraquíes del régimen de Saddam Hussein, ante la ahora total marginación de la minoría sunita en Irak por parte de la mayoría chiíta, decidió formar el “Estado Islámico de Irak y Siria”, una organización militar yihadista destinada a construir una nueva nación sunita que atrapara a dos Estados considerados “bastardos” porque fueron concebidos por los anglo-franceses.

Las fuerzas armadas del Estado Islámico, bajo el liderazgo del “Califa” Al Baghdadi, conquistaron rápidamente la ciudad de Raqqa y los territorios del noreste en la frontera con Turquía y el Kurdistán iraquí y gracias inicialmente a la ayuda turca amenazaron con exterminar a la población kurda siria y establecer un sangriento régimen de terror en las zonas conquistadas.

La amenaza del Estado Islámico provocó la primera intervención estadounidense, con bombardeos dirigidos a defender a los kurdos, mientras que Turquía también apoyaba la formación de milicias sunitas reunidas bajo el acrónimo “Jabhat Al Nusra”, las que redujeron progresivamente el control del territorio sirio por las fuerzas leales leales a Damasco.

En 2015, la cuarta fase del conflicto, el destino del régimen de Assad parecía marcado: el ejército de Damasco ni siquiera controlaba toda la capital, el aislamiento internacional del régimen era casi absoluto y las fuerzas sunitas del Estado Islámico y de Al Nusra parecían destinadas a una victoria que entregaría Siria a los fundamentalistas y traería de vuelta al centro de la escena de Oriente Medio una Turquía neo-otomana cuyo líder, Tayyip Recep Erdogan, tiene como objetivo el doble objetivo de reducir permanentemente el irredentismo kurdo y garantizar el papel de Ankara como centro de gravedad de ese escenario.

Es en este punto que Rusia intervino directamente en el campo, flanqueando su fuerza aérea con las fuerzas iraníes desplegadas para defender a Assad y marcando una reversión del destino de un conflicto cada vez más confuso y sangriento.

En la quinta y última fase de la guerra siria, gracias al apoyo militar ruso, que casi conduce a un enfrentamiento directo entre Moscú y las fuerzas turcas, las fuerzas armadas sirias recuperaron no sólo el control total de la capital, sino también de todas las ciudades que habían caído bajo el control del Estado Islámico y de sus aliados, desde Alepo hasta Raqqa, ahora reducidas a una pila de escombros por los combates de calle a calle y los bombardeos rusos y estadounidenses.

La conquista final de Deraa, la ciudad simbólica de la guerra civil, por parte del ejército de Assad a finales de 2018 marcó el fin de las esperanzas de los sunitas y de sus partidarios internos y externos de derrocar al régimen laico-alauita en Damasco, pero, como muestran las 6800 muertes de 2020, Siria puede considerarse pacificada.

La guerra civil siria ha tenido impactos significativos en todo el Medio Oriente y Europa.

Más de 3 millones de refugiados han entrado en Turquía, Líbano, Jordania, Irak y Egipto. Algunos de ellos también llegaron a Europa a través de Grecia, mientras que Erdogan estaba “convencido”, con una donación de 7.000 millones de euros, de limitar, primero, y luego bloquear el flujo de migrantes sirios al Viejo Continente.

Siria, hoy en día, es un país en ruinas que, sin embargo, sigue siendo un centro fundamental para el equilibrio de Medio Oriente.

El papel desempeñado hasta ahora en el conflicto por Rusia, Irán y Turquía y, aunque marginalmente, por Estados Unidos e Israel, muestra que lo que parecía ser la “primavera árabe” en Damasco en realidad representaba un intento de explotar la impopularidad internacional del régimen de Assad para alterar los equilibrios regionales en favor de Ankara, Qatar y los sunitas más reaccionarios.

A pesar del golpe militar turco que, en 2019, intentó eliminar permanentemente la amenaza kurda de sus fronteras apoderándose del territorio sirio, Siria está volviendo gradualmente a integrarse en el mundo árabe.

Un mundo que ha sobrevivido al impacto de la falsa “primavera” que, mal analizado por un Occidente miope y superficial, no fue enmarcado en un primer momento en su ámbito más realista, es decir, el de un intento bien orquestado por la parte más reforzada del Islam político, de derribar a los gobiernos seculares del mundo árabe-musulmán.

Gracias al compromiso de Al Sisi en Egipto, Damasco ha vuelto a entrar en la Liga Árabe y ha restablecido progresivamente las relaciones diplomáticas con la mayoría de las naciones árabes. El Cairo, con su apoyo a Assad, está tratando de limitar la fuerte presencia de Irán en la región y el activismo sin escrúpulos del presidente turco Erdogan, quien todavía sueña con convertirse en el “dominus” del tablero de ajedrez.

La peor parte de la guerra siria ha terminado. El Califato ha sido derrotado militarmente, pero todavía controla algunas rebanadas de territorio en el noreste del país y sigue siendo capaz de llevar a cabo ataques esporádicos contra las fuerzas armadas regulares.

Turquía sigue siendo una amenaza para la estabilidad de Siria, un país semidestruido, con una economía colapsada, un colapso cerrado por las sanciones estadounidenses y por la pandemia del Covid 19.

Egipto, los Estados del Golfo y Rusia están trabajando para normalizar las relaciones de Siria con el resto del mundo, iniciando los primeros pasos en el proceso de reconstrucción física de un país en ruinas. China y Corea del Norte también están en el juego, un juego que tendrá repercusiones económicas importantes y positivas para los protagonistas del proceso en el futuro.

Por ahora, Europa y Estados Unidos están mirando, contentándose con mantener un sistema de sanciones indiscriminadas que tienen efectos negativos no sobre la estabilidad del régimen sino sobre el bienestar de sus ciudadanos.

Después de una década de guerra, Siria tiene derecho a la paz y a la reconstrucción, un proceso complejo al que Europa debe mirar pragmática y racionalmente, recordando la reflexión de Henry Kissinger de que “la paz no se puede hacer en Medio Oriente sin Siria”.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. El Señor Valori ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Artículo traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción. 

©2021-saeeg®

 

QUO USQUE TANDEM TAYYIP RECEP? ¿CUÁNTA PACIENCIA MÁS…PARA ERDOGAN?

Giancarlo Elia Valori*

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay 

En la noche del 2 de noviembre, en un día dedicado en todo el mundo a la conmemoración de los muertos, el centro de Viena quedó conmocionado por un ataque terrorista que dejó 4 muertos y 17 heridos. Cerca de la sinagoga de la capital austriaca dos hombres armados con rifles y pistolas dispararon contra la gente que abarrotaba las calles y cervecerías en la última noche “libre” antes del encierro y toque de queda impuesto por la propagación de la pandemia de Covid 19.

Uno de los atacantes fue asesinado por las fuerzas de seguridad, mientras que el otro es buscado activamente, junto con posibles cómplices, por una gran fuerza policial. La acción no ha sido reclamada, pero las autoridades están seguras de que se trata de otro ataque islamista, a raíz de las tensiones que estallaron en Francia tras la decapitación del profesor Samuel Paty y la posterior masacre en Niza.

El 16 de octubre del año pasado, el profesor francés, de 74 años, fue atacado en la calle en un pequeño pueblo a 35 kilómetros al norte de París por un joven de origen checheno, francés naturalizado, Abdoullah Anzorov, que con una fuerte puñalada lo decapitó con la profesionalidad de un asesino.

El profesor era “culpable” de exhibir en clase caricaturas de Mahoma publicadas por la revista satírica Charlie Hebdo, a finales de 2014, y que por esto había visto a muchos de sus editores caer bajo las ametralladoras de yihadistas el 7 de enero de 2015. El profesor Paty quería mostrar las caricaturas a sus alumnos, para explicar que “Libertad” en Francia también significa libertad de sátira.

La iniciativa provocó la reacción de los estudiantes musulmanes y sus padres, con protestas en facebook que atrajeron la atención del franco-checheno Anzorov, gracias también a un joven “Judas” (quizás un estudiante del profesor Paty) que por 300 euros (el nuevo “treinta denarios”) accedió a indicar al profesor mientras caminaba a casa después de las lecciones.

El incidente con razón indignó y conmocionó a toda Francia. Aunque distraído por la pandemia, el presidente Macron no dudó en condenar no sólo el brutal asesinato, sino también aquellos que, a la sombra de Mahoma, en Francia están soplando en el fuego del islamismo radical para encender los corazones de los jóvenes musulmanes que piensan en convertir la ira de la marginación social y económica en lucha religiosa. Las palabras fueron seguidas por hechos: las fuerzas de seguridad francesas llevaron a cabo investigaciones y búsquedas en todos los círculos salafistas en Francia, en los que trescientos imanes de Turquía dictan la ley.

Las palabras y reacciones de Macron y de las fuerzas de seguridad francesas desataron la ira del presidente turco Tayyp Recep Erdogan, quien no dudó en llamar a su colega francés “un tonto” y acusar a París de tratar a los musulmanes en Francia como los judíos fueron tratados en la Alemania de Hitler.

Si hubiéramos permanecido dentro de los límites de las palabras —aunque fuera de los límites de la corrección institucional— la disputa Macron-Erdogan podría haberse resuelto con una pelea diplomática, pero las palabras de Erdogan hicieron más que irritar al Presidente francés. Han encendido y legitimado las reacciones extremistas y yihadistas en toda Europa, con otras repercusiones muy graves.

El 29 de octubre en Niza, en la Catedral de Notre Dame, un joven tunecino de Italia, que había desembarcado clandestinamente en la costa siciliana durante unas semanas, mató a tres personas al grito de “Allah akhbar”.

Es evidente que la masacre en Niza, así como la de Viena, se debe a una forma de “terrorismo inducido”, un fenómeno que siempre ha visto a individuos o pequeños grupos transformarse en terroristas “por inducción”, sobre la base, de tensiones coyunturales o llamamientos a la movilización, interpretados como invitaciones a la acción.

¿Cómo no podemos ver en Erdogan al instigador moral de las masacres en Niza y Viena?

El portavoz del presidente turco, después de que París llamara a su embajador en Turquía en respuesta a los insultos y amenazas de Erdogan, emitió una nota oficial en la que defendía a los “musulmanes en Europa» con estas palabras: “Los musulmanes no se irán por tu culpa. No vamos a girar la otra mejilla cuando nos insultes. Nos defenderemos a nosotros mismos y a nuestros hermanos a toda costa”. Palabras que no aparecieron en las redes sociales islamistas, sino que fueron difundidas en un comunicado oficial de la Presidencia de la República Turca.

Tras la masacre en Niza, el Ministerio de Asuntos Exteriores turco emitió un comunicado en el que condenaba el ataque y mostraba su solidaridad con Francia.

De Erdogan, ni una palabra.

Sin embargo, el Presidente turco es muy consciente del valor de las palabras. En los albores de su deslumbrante carrera política, como primer alcalde islamista de Estambul, inmediatamente se distinguió por prohibir la venta de alcohol en todos los lugares públicos de la ciudad.

Para subrayar, en lo que entonces todavía era la república parlamentaria turca secular, el entonces alcalde de Estambul publicó un poema en el que se podían leer las siguientes palabras: “Las mezquitas son nuestros cuarteles. Las cúpulas son nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los creyentes son nuestros soldados”.

Estas palabras le costaron caro a Erdogan: acusado de violar las leyes sobre el laicismo del Estado e incitar a la violencia religiosa, se vio obligado a renunciar como alcalde de la capital, se le prohibió ejercer un cargo público y fue condenado cuatro meses de prisión (sin libertad condicional).

Como puede verse, las autoridades de la Turquía secular e iluminada construidas por Kemal Ataturk, después de la disolución del Imperio Otomano, fueron capaces de reaccionar con dureza a los impulsos islamistas de una figura pública.

Un personaje que siempre logró levantarse de nuevo hasta que obtuvo una victoria aplastante en las elecciones generales de 2002 con el AKP, el “Partido de la Justicia y el Desarrollo”, que fundó en 2001, con el objetivo de devolver a Turquía al camino correcto de una República Islámica, abandonando el laicismo kemalista que, entre otras cosas, había visto a Turquía ser el primer (y , durante muchos años, el único) Estado de mayoría musulmana en reconocer al Estado de Israel desde 1949.

Primer Ministro durante tres mandatos consecutivos, Erdogan se ha destacado por su actitud cada vez más autoritaria y su inescrupuloso activismo de política exterior.

Al comienzo del levantamiento en Siria y la posterior guerra civil en 2011, Erdogan jugó sin escrúpulos con las desgracias del gobierno de Damasco, financiando y reabasteciendo tanto a los grupos del “Ejército de Liberación Sirio” como a las milicias del Califato. Sólo la intervención de la Rusia de Putin en 2013 evitó la victoria de ISIS y de las milicias islamistas contra las fuerzas de Assad y frustró el sueño de Erdogan de convertirse en el señor de ese escenario conflictivo.

El sueño aún perdura.

Después de haber escapado, en 2016, de un golpe torpe y desorganizado, inmediatamente lo aprovechó para lanzar contra la corriente a cientos de opositores políticos y periodistas a prisión y para promover una reforma constitucional que ha transformado la república parlamentaria turca en una república presidencial con una fuerte impronta autoritaria y gobernada por reglas adaptadas a su medida que le garantizan la posibilidad de permanecer en el poder durante los próximos quince años.

Desde que decidió intervenir en Siria, con el pretexto de contener a las milicias kurdas que solo luchaban valientemente contra el Estado Islámico, el activismo internacional de Erdogan ya no ha tenido límites.

Incluso si la aventura siria no ha tenido éxito, Turquía debe estar contenta de mantener el control de una zona de amortiguación en la frontera.

 

Erdogan ha puesto en marcha una serie de iniciativas inescrupulosas y potencialmente peligrosas para la estabilidad internacional.

Ha intentado enviar armas a palestinos de Hamas en la Franja de Gaza; ha mantenido contacto con los islamistas del Ejército de Liberación Sirio y los sobrevivientes de ISIS que ocupan, con ayuda turca, el enclave sirio de Idlib, reclutando a cientos de milicianos mercenarios para ser enviados a puntos calientes de su interés geopolítico y estratégico; intervino fuertemente en Libia en apoyo del débil gobierno de Trípoli y de las milicias abiertamente islamistas de Misrata, abiertamente islamistas, en oposición al general Haftar y al gobierno de Tobruk, apoyados por Francia, Egipto y Rusia; ha reavivado, sin razón aparente, el conflicto en Nagorno Karabagh, convenciendo a los musulmanes azerbaiyanos de atacar —en septiembre pasado— a los cristianos armenios en la región, apoyados por los rusos y Occidente. Envía barcos militares frente a la costa de Chipre, reclamando la posesión gracias a la micro república turca local, y reclama el control de la plataforma continental e islas griegas, potencialmente ricas en gas.

Todo esto, cabe destacar, son iniciativas de un Estado miembro de la Alianza Atlántica.

Si bien la OTAN ha perdido visiblemente su vigor e importancia en los últimos años, en él actúa el «Comité Especial OTAN», un órgano silencioso y eficiente al que se adhieren los servicios secretos de todos los países miembros de la alianza, que opera como centro de intercambio y difusión de información sensible en el campo del contraespionaje y el terrorismo.

El MIT, el servicio secreto turco, es un miembro histórico y eficiente del “Comité Especial” y recibe automáticamente todas las noticias e información compartidas por los servicios de los Estados miembros. Esto es a pesar de que el gobierno turco ha probado y conocido vínculos con los yihadistas de ISIS y Jabhat Al Nusra, la formación más peligrosa del Ejército de Liberación sirio.

¿Cuánta información de la OTAN termina hoy, a través del MIT, con los yihadistas?

¿Estamos hoy seguros del acierto de mantener relaciones tan delicadas con el Servicio de un país que, empujado por su líder, parece presa de una deriva islamista imparable?

¿El valor obsoleto de la base aérea de Incirlik justifica el cumplimiento de Occidente frente a los movimientos cada vez más inescrupulosos y agresivos de Erdogan?

Parecen preguntas retóricas, cuya respuesta debería ser una serie perentoria de “No”.

Sin embargo, la OTAN y Europa (sin mencionar a Italia, silenciosa y ausente) quizás distraídos por la pandemia no parecen dispuestos a oponerse a un hombre a quien el entonces presidente turco Demirel definió como «capaz de cualquier cosa».

El presidente Macron reclamó al embajador de Ankara después de las imprudentes palabras de Erdogan sobre la “persecución” de los musulmanes en Francia.

Ni un susurro de Europa, OTAN e Italia.

Por supuesto, los tiempos de Fanfani, Mattei, Andreotti y otros gigantes de la política y de los negocios en Europa están muy atrás, cuando con una eficiente “back bench diplomacy” nuestro país jugaba con inteligencia en todos los tableros de ajedrez del Mediterráneo.

Hoy parecen tiempos de silencio embarazoso.

Mientras Erdogan fortalece sus debilidades.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. El Señor Valori ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Artículo traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción.

©2020-saeeg®