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LOS MITOS, EL LOGOS Y LA CORRECCIÓN POLÍTICA

Marcos Kowalski*

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Una de las cosas más dolorosas de nuestro tiempo es que esos que tienen una certeza absoluta son estúpidos y en cambio los que tienen imaginación y capacidad de comprender están llenos de duda e indecisión.

Bertrand Russell

 

Un mito (del griego μῦθος, mythos, “relato”, “cuento”) es un relato que se refiere a unos acontecimientos prodigiosos, protagonizados por seres sobrenaturales o extraordinarios, tales como dioses, semidioses, héroes, monstruos o personajes fantásticos, que buscan dar una explicación a un hecho o un fenómeno. El mito es una historia fabulosa de tradición oral que, mediante los personajes sus acciones o sucesos, explican cosas y aspectos irreales de la vida.

Los mitos son relatos fabulosos que pretenden dar modelos de actuación. Se tratan de imponer como relatos llenos de autoridad pero sin justificación. Apelan emotivamente a las cosas como si siempre hubieran sido así; son relatos que explican o dan respuesta a interrogantes o cuestiones importantes para los humanos y, al mismo tiempo, las actuaciones extraordinarias de los personajes míticos son un ejemplo o pauta a seguir.

Como sabemos, y venimos repitiendo en diferentes notas y artículos nuestros, ya los griegos disponían de un gran número de mitos. Los mitos constituyen el principio del proceso intelectual del hombre. En el mito el saber es infundado, pero es el primer paso hacia un tipo de pensamiento que se dio desde los comienzos de la historia y que tuvo lugar en la Grecia antigua. Mientras que el mito intenta explicar la realidad mediante cuentos o historias, aparece en los pensadores griegos el logos (en griego λόγος, “palabra”, “dicho”) que trata de explicar lo real mediante bases en el razonamiento humano.

El pensar y el amor al conocimiento, en definitiva la “Filosofía”, surgió, según indican todos los manuales al uso, a partir del momento en que salimos de la primitiva oscuridad en la que los seres humanos acudíamos a los mitos para explicar los sucesos del universo y comenzamos a hacer uso de la Razón para dar respuesta tanto a esas antiguas preguntas como a otras de nuevo cuño. Se trata del denominado, en filosofía, “paso del mito al logos”

El termino logos, procedente también del griego, como ya fue mencionado, fue utilizado con múltiples significados, siendo los fundamentales los de “cálculo” y “discurso”, y que en filosofía se suele traducir, en la mayoría de las ocasiones, por “razón” o “pensamiento”. En Platón el “Logos” es el discurso articulado que permite dar razón de una cosa. En Aristóteles, al entender que la lógica se ocupa del discurso declarativo (del discurso que afirma o niega) éste pasa a constituirse en el objeto de la lógica como “logos apophantikós” (“discurso declarativo”).

En la primera mitad del siglo VI antes de la era cristiana comenzó a desarrollarse por parte de los pensadores de Mileto, llamados presocráticos, entre ellos, Tales, explicaciones racionales de lo que acontecía en la realidad, diferenciándolas de las mitológicas que son de tipo mágicas. Estas dos explicaciones, las basadas en el logos o razón, y en el mito, coexistieron durante mucho tiempo.

Heráclito considera al “logos” como el ser unificador, identificado con la inteligencia, que a la manera de una ley, ordena el continuo fluir evolutivo existencial. El “logos” es aquello que es común, eterno. Es la inteligencia que, a pesar de ser común a todos, cada uno la vivencia como algo personal y que se expresa a través de la palabra. En el Cristianismo, específicamente en el Evangelio de San Juan, el “logos” se halla identificado con Dios.

Como curiosidad, pero también con relación al tema, recordemos que, en Matemática, el escocés John Napier (1550-1617) unió la palabra “logos” con “arithmós” (“número”), ambas de origen griego, para acuñar el término “logaritmo” que designa el exponente al que elevarse un número para obtener el que se necesita.

Como hemos dicho, desde el logos nace la filosofía alrededor del siglo VI a. de C. en el momento en que es planteado el que se considera el primer problema filosófico expresado en la pregunta por el “arché de la physis”, que significaba el cuestionarse por el comienzo del universo o el primer elemento de todas las cosas.

Una pregunta que implicaría asimismo una nueva estrategia de respuesta basada en principios racionales que explicarían la “naturaleza” última de lo real (el agua para, por ejemplo, Tales de Mileto, considerado el primer filósofo). La identificación de tal principio supondría la existencia de un orden racional en el universo que el ser humano es capaz de conocer a través de su propia racionalidad y del análisis crítico.

El universo deja así de ser un “caos” y pasa a convertirse en un “cosmos” ordenado según las leyes de la Naturaleza. La humanidad, gracias a la Filosofía, dejaba atrás el oscurantismo mitológico para descubrir la Razón y, consecuentemente, la Filosofía y la Ciencia. Todo desarrollo posterior del pensamiento racional partiría de ese descubrimiento griego.

En nuestros tiempos y en las comunidades nacionales donde la razón desplaza a los mitos, como consecuencia del proceso de análisis y reflexión a los que se somete la articulación de la realidad ciudadana, las distintas ideas que genera la convivencia no se arraigan en mitos, sino en instituciones que receptan la pluralidad, asegurando a través de procedimientos previamente acordados, encauzar en armonía las iniciativas personales y colectivas.

En una sociedad como la actual, que se caracteriza por la heterogeneidad, son las instituciones y no los mitos las que hacen posible articular las diferencias que surgen entre los diferentes sectores en favor de una convivencia pacífica como Nación. Pero hay sociedades en las que la vigencia de los mitos penetra toda la realidad, consagrando prescripciones prodigiosas para reducir la complejidad social a un patrón homogéneo, con la limitación a la libertad colectiva y personal que ello supone. Nosotros hoy, también, disponemos de mitos que cumplen tanto la función explicativa como la función ejemplificadora.

Y el mito de los mitos, el más actual, el más vigente y que pretende no serlo es, sin dudas el de “la corrección política”, y es un mito de mitos porque pretende surgir de la razón; en general, se puede decir que ser políticamente correcto es usar expresiones y llevar a cabo acciones cuyo fin sea evitar las agresiones, el conflicto u ofender a grupos de personas particulares, lo cual es aparentemente razonable.

Su uso comenzó en la segunda década del siglo XX y lo utilizaba gente cercana a las ideologías marxistas y leninistas para referirse a quienes seguían al pie de la letra las directrices de sus partidos en tono de burla. Pero rápidamente “entró” en las socialdemocracias europeas y en las décadas de 1980 y 1990 pasó a un escenario distinto. Se encendió un debate en universidades y medios de comunicación sobre los alcances de la corrección política, que ya venía usándose como forma de protección de minorías. Y es que en la discusión afloraron posiciones de todo tipo, desde aquellos que la defendían para proteger a sus comunidades de agresiones e insultos, hasta quienes argumentaban que sus ideas democráticas de igualdad eran “en realidad autoritarias, ortodoxas y de influencia comunista, cuando se oponen al derecho de las personas a ser racistas, sexistas y homofóbicas”, como lo detalló Herbert Kohl.

Entonces aparece una característica, “lo políticamente correcto” (PC) no es más de derecha, izquierda o de centro, es “progresista” y todos los países que se jactan de su socialdemocracia la adoptan como regla; está donde se encuentre algún tipo de poder “progresista”. Se impulsa el mito a través de la excusa de defender las minorías de una censura disparatada.

No hay alguien que defina exactamente qué cosas son políticamente correctas. Dependen de un contexto y un momento particular. No está escrito y les resulta importante a los impulsores de la “corrección política” que permanezca así, porque hace creer que se actúa libremente, inclusive, diría que lo “políticamente correcto” no es decir lo que pienso, sino lo que considero conveniente sobre tal tema. Es la vía para ser aceptados socialmente, una manera correcta de encajar.

La mítica aberración de esta “corrección política” llega ya a extremos inverosímiles. Cuartos de baños neutrales para no ofender a la minoría “transgénero”. En este sentido podemos mencionar el denominado “lenguaje inclusivo”.

Palabras vetadas, como “maternidad” o “paternidad”, rechazadas porque “marcan género”. Obras de teatro donde Hamlet, un príncipe danés de la Edad Media, es encarnado de manera inverosímil por un actor de raza negra en nombre de la correcta integración. Y una larga relación de “abusos” contra los que hay que luchar de manera activa, como “los privilegios de los blancos”, la opresión patriarcal, la islamofobia, los derechos de género y un largo etc.

La meta es blindar la peculiaridad del gran yo. Los críticos más duros del fenómeno llegan a hablar de “un McCarthysmo cultural de izquierdas”. El nuevo credo cuenta con potentes aliados. Los gigantes tecnológicos de Silicón Valley, Hollywood, o medios tan influyentes como The New York Times o la revista The Atlantic en Estados Unidos o la casi totalidad de los medios con el grupo Clarín a la cabeza en Argentina son paladines de la contra cultura y mito de la corrección política.

Se estableció así, mediante el flujo de importantes fondos aportados por grupos económicos con un aparente papel filantrópico y desde poderosas organizaciones no gubernamentales, una nueva forma de censura. Una censura perversa para la que no estábamos preparados, pues no la ejerce el Estado, el gobierno, el partido o la Iglesia, sino fragmentos difusos de lo que llamamos partes minoritarias de la sociedad civil.

Se logra en muchos casos con la introducción del temor a caer en lo “incorrecto” y aun en contra del propio raciocinio de las personas a fomentar la autocensura, que puede ser la peor forma de coartar la creatividad y la libre expresión, porque pretende cercar el discurso libre, el debate abierto y el intercambio de ideas.

Este mito no se sostiene porque no existe una razón natural para que perdure. Tomemos por ejemplo el famoso lenguaje inclusivo, la idea de los sostenedores de lo PC creen que el lenguaje es directamente responsable de la discriminación, una idea muy extendida que, sin embargo, es esencialmente falsa. Que es el lenguaje el que crea el estereotipo o el sexismo. Imaginemos que, como piden, que se quitara del diccionario la palabra negro, porque puede usarse en tono racista. Tendríamos que buscar otra palabra para referirnos a todo lo que tiene ese color y al negro terminaríamos diciéndole “no blanco”.

Hace relativamente poco, el autor de este articulo escuchó en la calle a unos estudiantes referirse a otro como ese gay de m….., con lo cual no le decían “puto” pero lo de ser de m….. no se lo quitaban. Las intervenciones externas sobre el lenguaje rara vez son duraderas y solo en circunstancias muy especiales.

Como se verá, cuando alguna propuesta humana se despega de la realidad y promueve soluciones, para la generalidad o las minorías que no son racionalmente naturales, inexorablemente no pueden perdurar en el tiempo, son mitos y no provienen del logos, ese razonamiento que nos diferencia de los animales y que nos dimensiona y nos da la trascendencia que Dios nos ha destinado.

Por eso creemos firmemente que el mito de la “corrección política” no perdurará. No importa cuanto lo promocionen y propicien sus poderosos auspiciantes, los sexos seguirán siendo dos y complementarios, los padres lo seguirán siendo y el lenguaje volverá a proporcionar las diferencias que Dios y la naturaleza ha impuesto en este mundo.

 

* Jurista USAL con especialización en derecho internacional público y derecho penal. Politólogo y asesor. Docente universitario. Aviador, piloto de aviones y helicópteros. Estudioso de la estrategia global y conflictos.

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SÍNTESIS HISTÓRICA DEL PENSAMIENTO FILOSOFICO. SEGUNDA PARTE.

Marcos Kowalski*

En la primera parte de esta síntesis hemos escrito sobre el pensamiento de los grandes filósofos de la antigüedad desde la invención de la escritura por los sumerios y su concepción poética de la vida, pasando por los griegos, fundamentalmente Platón y Aristóteles, para hacer una breve descripción de la Patrística con San Agustín, hasta llegar al legado que nos deja el siempre vigente, Santo Tomas de Aquino.

Hoy trataremos de recorrer un camino en Europa, que comienza en una época de gran ebullición del pensamiento humano, como consecuencia de convulsiones sociales y enfrentamientos bélicos de diversa magnitud, aparecen pensadores que, en su intento de propiciar una conciliación entre los hombres, terminan por oponerse al orden establecido, comenzando por el religioso que ven representados por los dignatarios de la Iglesia de Roma.

Estos pensadores, que propiciaron la reforma religiosa apartándose de los cánones tradicionales católicos, intentaron reinterpretar al ser humano y la vinculación del hombre con Dios, fueron en su mayoría denominados Humanistas. Sus intenciones fueron, sin embargo, captadas por los diferentes intereses de turno, logrando fundar iglesias separadas, pero impulsando guerras religiosas que sangraron a Europa durante mucho tiempo.

Cuando se quiere propiciar la paz, a veces se logra lo contrario, la guerra. Comenzaremos esta segunda parte por un humanista, teólogo y filósofo de origen holandés que sin saberlo inspiró a Martín Lutero, específicamente con la traducción del Nuevo Testamento. Se trata de Erasmo de Róterdam (1466- 1536). Uno de los reformistas del cristianismo.

En el campo eclesiástico formulo una modificación a la forma en que era visto el aprendizaje sobre Dios. Para Erasmo no era algo exclusivo de la iglesia o los centros educativos, sino que todos los seres humanos debían tenerlo como un hábito, en virtud de que la sabiduría y el amor de Dios era la mejor guía para la vida.

Erasmo estaba convencido de que el verdadero cambio no estaba en lo físico, sino en la transformación y evolución del alma. Además, estaba decidido a instaurar una religión que no tuviera ningún tipo de credo ni reglas, sino que les permitiera a sus simpatizantes formarse como verdaderos cristianos.

En el año 1500, el teólogo inició la escritura de sus famosos Adagios. Esta serie de frases cargadas de conocimientos y experiencias constaban de unos 800 aforismos de las culturas de Roma y Grecia. Hizo de esto una pasión, hasta el punto de alcanzar los 3400 aforismos veintiún años después.

En su estadía en Londres entre los años 1499 y 1500 es donde consolidó sus pensamientos humanistas, tras una conversación que sostuvo con el decano de la catedral de San Pablo, y humanista inglés John Colet, sobre la lectura que debía dársele a la Biblia, que termina influenciando su decisión de reformular la iglesia.

Erasmo de Róterdam vivió una vida llena de conocimientos, estudios y luchas. En 1509 alcanzó su máxima productividad con “Elogio a la Locura”[1], donde expresó su sentir hacia las injusticias de ciertos estratos sociales. Aun cuando Erasmo defendía el estudio de la Biblia como una guía para la vida, se oponía a Martín Lutero en cuanto a los principios de la gracia, la que determina que es Dios quien les da la salvación a los humanos.

También en su estadía en Londres, Erasmo, conoce y al parecer frecuenta a Tomás Moro (1478, 1535) que fue un jurista inglés, humanista y estadista. Su amistad con Erasmo de Rotterdam fue crucial para el desarrollo de sus estudios literarios, en particular el resurgimiento del griego y sobre las posibilidades sociales de la educación. Moro explora las teorías sobre la guerra, los desacuerdos políticos, las disputas sociales y la distribución de la riqueza.

Para imaginar la vida cotidiana de ciudadanos que se liberan del miedo, la violencia y el sufrimiento, propone que el hombre debería dedicarse más tiempo al cultivo de la mente, ya que considera que en este espacio puede encontrarse la felicidad. Este requisito puede cumplirse con un extraordinario reparto del trabajo en el que todos los ciudadanos trabajen sólo durante seis horas al día; solo para satisfacer sus necesidades, dejándole un mayor margen de ocio para las actividades intelectuales[2].

Un pensamiento alejado de Moro lo plantea Hobbes. El concepto de hombre que plantea Thomas Hobbes (1588-1679) se basa principalmente en la idea de que el hombre es solo cuerpo, es únicamente materia y esta materia está sujeta a cierta dinámica, movimientos que son generados siempre por pasiones, emociones, deseos, etc. Para Hobbes la motivación primera de los hombres es el satisfacer sus propios deseos o impulsos, buscando siempre conservar su vitalidad a través de la relación entre atracción y repulsión.

El pensamiento moral de Hobbes es difícil de separar de su política. En su opinión, lo que debemos hacer depende en gran medida de la situación en la que nos encontramos. Donde falta la autoridad política (como en su famosa condición natural de la humanidad), nuestro derecho fundamental parece ser salvar nuestras vidas, por cualquier medio que creamos oportuno. Donde existe la autoridad política, nuestro deber parece ser bastante sencillo: obedecer a los que están en el poder[3].

Podemos decir que como síntesis de estos pensadores surge el “Pienso, luego existo”. Esa es la única certeza que parecía tener el francés René Descartes (1596-1650), quien usó la duda como arma de destrucción masiva de las certezas sobre las que descansaba el conocimiento en su época. Es tenido por el “padre” del racionalismo. Descartes había dedicado sus mayores esfuerzos a encontrar el mejor método para pensar.

Sin embargo, el que llegaría a ser considerado padre del racionalismo decidió dedicarse a buscar la verdad después de un episodio muy poco racional, según el mismo relata, “los trascendentes sueños” del 10 de noviembre de 1619. Esa noche mágica, en una caldeada habitación de Baviera, tras una serie de sueños y visiones que interpretó como una señal divina.

Descartes piensa que el conocimiento de la realidad puede construirse extrayendo consecuencias, es decir deduciendo, de ciertas ideas y principios evidentes que no dependan de la experiencia, ya que ésta, sólo proporciona conocimientos inciertos y dudosos. Para conseguir su propósito, emplea el método matemático en la reflexión filosófica.

Quiso probar verdades filosóficas del mismo modo que se prueba un teorema matemático. Emplear la misma herramienta que empleamos cuando trabajamos con números, es decir la razón. Los sentidos, aunque sean otra herramienta de estudio, no proporcionan conocimientos seguros.

Recordemos el Mito de la Caverna de Platón. Descartes retoma esa idea y piensa que los sentidos no nos dan un conocimiento fiable sino parecido a las sombras de la cueva; sin embargo, la razón si nos da ese conocimiento verdadero, es decir, aquellas ideas que nos decía Platón. Descartes decidió empezar desconfiando de la autoridad de cualquier filósofo anterior, prefirió confiar más en su razón y rompió intencionalmente con el pasado.

Descartes, de lo único que está seguro es de ser un sujeto pensante, un ser reflexivo. También está seguro de que los animales no lo son. Entonces si él es un ser pensante, es por alguna cualidad que no tienen los animales. Así separa el alma y la materia. El animal tiene materia, pero no tiene alma; luego, para él, necesariamente, el alma es lo que hace que el sujeto piense.

A la materia la denomina extensión, ocupa lugar en el espacio, es siempre divisible, de cualquier cosa siempre podemos obtener otra más pequeña y es inconsciente. Aunque no niega una relación entre alma y materia, considera que el alma es superior e independiente de la materia. Esta teoría de separar alma y cuerpo, pensamiento y materia, se llama dualismo.

El método del conocimiento de Descartes distingue dos modos de conocimiento que aportan certeza: Intuición, especie de luz o instinto natural por el que captamos sin posibilidad de error y de forma inmediata los conceptos simples que surgen de la razón misma. Por ejemplo, “pienso y luego existo”.

Deducción es una intuición sucesiva que capta las relaciones entre los conceptos simples y se ejerce de dos modos: Análisis, hasta descomponer el objeto en sus elementos más simples. Síntesis reconstruyendo lo complejo a partir de lo simple. Es decir que los dos modos de conocimiento para el son: “por intuición” o “por deducción”[4].

La corriente racionalista que surge en Europa en el siglo XVII, tiene como fuente indudable en algunas de sus ideas y postulados a los pensadores griegos, sobre todo Platón. Es necesario aclarar, además, que, pese a su nombre, no es la “razón” un atributo exclusivo del racionalismo.

También el empirismo, teoría “opuesta” al racionalismo, haría uso de la razón y, como el racionalismo, tuvo ya en Grecia filósofos que defendían sus ideas. Lo que motiva el término de racionalismo es el modo en que los filósofos de esta corriente ven y aplican la razón a toda la realidad del mundo.

En este sentido, Baruch Spinoza (1632-1677) es un racionalista radical, absoluto, pues parte de la idea de que, mediante la razón, el ser humano es capaz de comprender la estructura racional del mundo que le rodea. Los racionalistas, en su búsqueda de un conocimiento puro y exacto, se fijaron en las matemáticas y la lógica, de ahí que no sea extraño que en la obra de Spinoza se expliquen sus ideas como teoremas mediante definiciones y axiomas[5].

En los trabajos de Spinoza encontramos también conceptos de la escolástica (ockamismo y escotismo), de la tradición hebrea (la Biblia, el Talmud, la Cábala o las obras de Maimónides) y de Grecia (principalmente estoicismo). A todo ello hay que sumar ideas de la ciencia natural contemporánea, como las de Giordano Bruno, y la teoría política de Thomas Hobbes.

Spinoza dice: “Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí. Esto es, aquello cuyo concepto no necesita del concepto de otra cosa por la que deba formarse”; entiende por sustancia sólo una cosa, DIOS, por ser aquello que no necesita de nada para existir. Todas las demás cosas son NO sustancias, las denomina atributos. Los atributos son lo que el entendimiento percibe de la sustancia como constituyente de su esencia.

Esto no es más que la res cogitans y res extensa de Descartes, pero en este caso rebajadas ambas de categoría: Descartes las llama “sustancias”, mientras que Spinoza prefiere pensar que son atributos de la única sustancia que existe: DIOS.

Dios es definido por el filósofo holandés como el ente absolutamente infinito. La sustancia que consta de infinitos atributos. Este Dios del que habla Spinoza él lo identifica con la naturaleza. Todo lo que hay, todo lo que existe. La realidad suprema es sólo una afección de Dios. Es por esto que decimos que Spinoza es un panteísta: quienes defienden que el universo, la naturaleza y la deidad (Dios) son la misma cosa.

Para este pensador sólo Dios es realmente libre. Spinoza es un determinista. El hombre no es libre. Todo lo que le ocurre es necesario y está escrito de antemano. Todo lo que acontece en su vida, especialmente lo relacionado con sus pasiones, sigue el curso de la naturaleza.

Cuando el hombre comprende que no es libre y acepta su esencia, es cuando puede realmente acercarse a la libertad. La razón es, por tanto, la herramienta que nos permite conseguirlo, que lo hace posible. Es mediante la razón que podemos alcanzar el conocimiento, y con él la libertad.

Sólo la obediencia a Dios nos hace libres. El ser del hombre es saber que no es libre y que tiene que vivir de acuerdo con su naturaleza. La naturaleza de Dios que es la que nos libera. Si buscábamos la influencia estoica en Spinoza, aquí la encontramos, en la forma de su principal dogma, “Solo Dios nos hace libres”

Podemos concluir de todo esto que la filosofía para él no es otra cosa que un saber divino. Es el modo supremo del conocimiento. Y en ella, además, es donde residen tanto la libertad como la felicidad que tanto perseguimos en la vida. La ética spinoziana culmina, como hemos visto, en el amor intelectual a Dios.

En la visión opuesta a lo que afirmaba la corriente racionalista tenemos pensadores como John Locke (1632-1704) que es una de las principales figuras del empirismo, movimiento filosófico que defiende que el conocimiento humano parte de la experiencia. El empirismo sería el germen de la revolución científica. “Ningún conocimiento humano puede ir más allá de su experiencia”.

Mientras que los racionalistas establecen un modelo de conocimiento deductivo, que va de lo general a lo particular, Locke y los empiristas apuestan por un modelo inductivo: sólo a través de la experimentación de casos particulares podemos extraer una enseñanza general.

La mente del hombre está vacía, es una pizarra en blanco a la que todo conocimiento le llega por los sentidos y la experiencia. La existencia del ser humano no está determinada y no podemos saberlo todo, pues no tenemos esa capacidad. Cree en Dios, pero solo como quien ha sentado las bases de la existencia y no se inmiscuye en los asuntos humanos. Puesto que la nada no puede crear el ser, algo debe existir al comienzo de todo. A ese “algo” es a lo que Locke denomina Dios.

Locke es considerado uno de los padres del liberalismo político, que establece que la soberanía no está en manos del rey, sino de la sociedad. Defiende la separación del poder legislativo y ejecutivo (monarca y parlamento), así como la libertad religiosa y la primacía de los derechos del individuo sobre los del colectivo[6].

Para seguir en nuestra cronología de pensadores, nos referiremos a Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) nacido en Ginebra, Suiza y falleció en Ermenonville, Francia. Fue escritor, filósofo, botánico, naturalista y músico de la ilustración.

Pensaba que el hombre es bueno por naturaleza, pero que actúa mal forzado por la sociedad que le corrompe. Produjo uno de los trabajos más importantes de la época de la Ilustración[7]; hizo surgir una nueva política. Da primacía al sentimiento natural, no a la razón ilustrada, y ese será el germen del Romanticismo.

Su idea de la política está basada en la voluntad general y en el pueblo como soberano. La única forma de gobierno legal será aquella de un Estado republicano, donde todo el pueblo legisle, independientemente de la forma de gobierno, ya sea una monarquía o una aristocracia.

El poder que rige a la sociedad es la voluntad general que mira por el bien común de todos los ciudadanos, que se concreta a través de una especia de “contrato social”, ideas que fueron las utilizadas por los doctrinarios de la Revolución francesa

En fin, Rousseau plantea que la asociación asumida por los ciudadanos debe ser “capaz de defender y proteger, con toda la fuerza común, la persona y los bienes de cada uno de los asociados, pero de modo tal que cada uno de éstos, en unión con todos, “sólo obedezca a sí mismo, y quede tan libre como antes”.

En la filosofía anterior a Immanuel Kant (1724-1804) se aceptaba la realidad de un sujeto que conoce y de otra, ajena a él, que es conocida. Bien. Esto puede ser válido en todo caso para un conocimiento empírico. Pero Kant coloca al ser humano en el centro del tablero y dice que ese sujeto que conoce lo hace de una manera activa y que, de alguna manera, filtra, se imbrica y hasta modifica la realidad que está conociendo.

En su forma de ver, aquello que es objeto de conocimiento racional puro, en oposición al fenómeno, objeto del conocimiento sensible, etiqueto el conjunto de su producción filosófica como “idealismo transcendental”. Defiende que la (mi) experiencia de conocer el objeto influye sobre ese objeto. El yo define el NO yo.

El objeto nunca se percibe, por decirlo de alguna manera, sin filtro porque el filtro es la mente que lo percibe. Por ello a menudo se ha visto en el idealismo trascendental una forma de relativismo o subjetivismo. Ambas ideas tuvieron una repercusión decisiva en el desarrollo de la filosofía posterior. La razón pura es la razón no mezclada con elementos empíricos. Kant intenta establecer los límites del ejercicio de la razón que no toma su apoyo de la experiencia, sino que se desenvuelve a partir de sí misma[8].

Un filósofo del idealismo alemán, el último de la llamada modernidad y uno de los más importantes de su época fue Friedrich Hegel (1770-1831). La tesis de partida de la filosofía hegeliana es la identidad del ser y el pensamiento, la comprensión del mundo real como manifestación de la idea.

Creó lo que denomino dialéctica, que consiste en establecer una “tesis”’, su contrario, una “antítesis”’ y su resolución en una “’síntesis”’. A cada afirmación de algo le corresponde su respectiva negación y al choque entre ambos, una solución o conclusión que posteriormente se conviene en otra tesis, y así sucesivamente.

Se puede decir que en Hegel no hay, en sentido estricto, un método de investigación de la estructura del Ser y la Realidad. Lo que hay en Hegel es una descripción positiva de lo Real. Una descripción empírica que, a diferencia de la ciencia o técnica que sólo busca conocer y transformar la naturaleza y la sociedad en función de los intereses del hombre.

No tiene mayor finalidad que revelar la realidad sin modificarla o perturbarla, es decir, revelarla con absoluta fidelidad. Por eso cuando describe verbalmente esa experiencia, representa una Verdad en el sentido estricto del término. Y por ello no tiene un método específico que le sea propio en tanto que experiencia, pensamiento o descripción verbal, y que no sea al mismo tiempo una estructura ‘objetiva’ de la misma Realidad concreta que revela describiéndola.

Resumamos la idea de la dialéctica que maneja Hegel. Para este autor, la estructura de la realidad histórica, su estructura intrínseca, es dialéctica en virtud de la praxis humana. Así, hablar de una dialéctica de la naturaleza se vuelve problemático. Para comprender lo anterior, remitámonos a un texto de Hegel sobre el tema: “la naturaleza es como ella es; y sus cambios son, por el contrario, solamente repeticiones, su movimiento solamente un curso circular. Inmediatamente su acción (la del espíritu) es conocerla” conocerla en su tecnicidad y circularidad repetitivas.

Lo contrario sucede en la Historia, con el espíritu, como diría Hegel, en donde la negatividad y la innovación son lo más esencial. La dialéctica es, para él, algo que compete propiamente al trabajo humano y, en consecuencia, a la historia y la sociedad. Más aún, es algo que compete a la totalidad de la realidad, natural e histórica, solo por haber devenido en humanidad.

Lo valioso de la filosofía idealista hegeliana es el método dialéctico que la compenetra: la afirmación de que la idea se desarrolla sobre la base de contradicciones dialécticas; que en el desarrollo se origina la transición de los cambios cuantitativos a los cualitativos; que la verdad es concreta; que el proceso del desarrollo de la sociedad humana, se realiza con sujeción a leyes, y no por la fuerza del arbitrio “de las personalidades”[9]. Sin embargo, la dialéctica hegeliana no está separada de su sistema idealista, sino estrechamente ligado a él. De ahí que en la filosofía hegeliana surge una profunda contradicción entre el método y el sistema, que la desgarra. El método dialéctico afirma que el proceso de desarrollo del conocimiento es infinito; en cambio, el sistema idealista lleva a Hegel a declarar su filosofía como el fin de todo desarrollo y como la verdad final, acabada de una vez para siempre.

De gran importancia en la historia del pensamiento occidental. Como continuador de la filosofía crítica de Kant y precursor tanto de Schelling como de la filosofía del espíritu de Hegel, Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) encausa el intento de superar las paradojas de la epistemología kantiana a partir de la vertiente moral del sujeto, difuminando las fronteras entre razón teórica y práctica.

Fichte rechazó la doctrina kantiana de la “cosa en sí” y trataba de deducir de un solo principio idealista subjetivo toda la diversidad de formas del conocimiento. Este principio consiste en que el filósofo establece un sujeto absoluto, dotándolo de una enérgica actividad infinita y considerándolo creador del mundo. El método de Fichte, en el que se desarrollan ciertos rasgos de la dialéctica idealista, se llama “antitético”, ya que la antítesis propiamente no se deduce de la tesis.

Sostenía que el órgano del conocimiento racional es la contemplación directa de la verdad por la razón. La principal para Fichte era la doctrina del idealismo subjetivo, pero en su filosofía se advierte la tendencia hacia el idealismo objetivo, que se acentuó en los últimos años de su vida. En ética, el problema central para Fichte es la cuestión de la libertad.

Lo mismo que Spinoza, Fichte no considera la libertad como un acto inmotivado, sino como la acción basada en el conocimiento de la necesidad. Pero, a diferencia de aquel filósofo, Fichte no pone el grado de libertad accesible a los hombres en dependencia de la sabiduría individual, sino de la época histórica en que vive el individuo.

Por ultimo mencionaremos que en su propuesta política, Fichte traza un proyecto de organización de la sociedad alemana en forma de “Estado comerciante cerrado”. Expresando las particularidades del desarrollo de Alemania, dicho proyecto está marcado por varios rasgos reaccionarios, comprendido el de la excepcionalidad, propio del nacionalismo alemán.

Un filósofo alemán de los más importantes del siglo XX fue Martin Heidegger (1889-1976). Su trabajo influyó sobre todo en la Fenomenología y en la filosofía europea contemporánea, ha tenido igualmente influencia más allá de esta, en campos como la arquitectura la crítica literaria, la Teología.

La filosofía heideggeriana se centra fundamentalmente en el estudio de la existencia humana y en la historia del ser. La expresión más representativa de su filosofía, se encuentra en la inconclusa obra Ser y Tiempo donde el erudito profundiza de una forma insondable en la existencia. Esta magistral obra expone una intrincada teoría que posteriormente influyó al movimiento existencialista.

El postulado de Ser y Tiempo se basa en el entendimiento heideggeriano que expone al hombre, concebido como humano, materia o cuerpo físico, como un ente abierto al ser, y afirma que sólo a él se aviene su propio ser. Heidegger sostiene que el humano mantiene una rotunda relación de co-pertenencia con su ser.

A la vez que coexiste en el estado de “ser ahí”, “ser en el mundo” o “estar en el mundo”, lo cual consiste en desenvolverse en conexión y equilibrio con el entorno en un nivel etéreo y sublime, guiado por los preceptos naturales que se desencadenan a partir de los conceptos de “cuidado” y “cura”.

En términos fenomenológicos, el hombre oscila entre la dicotomía de propiedad e impropiedad, ya que en algún momento se enlaza con su ser y en otro momento se adhiere a la apropiación y dominación tanto de lo vivo como de lo no vivo. Invita a no elevar demasiado la importancia de la racionalidad, ya que esta situación puede conducir al humano a un modus vivendiracionalista, calculador, mecanizado, alienado y por ende, deshumanizado.

La racionalidad es primordial para que la vida tenga un sentido cabal, no obstante, llevar la racionalidad al límite conlleva a una existencia artificial, alejada del ser, difusa y perdida, carente de dinamismo, esclava de la ciencia y de la técnica.

José Ortega y Gasset (1883-1955) fue un filósofo y ensayista español, exponente principal de la teoría del perspectivismo y de la razón vital e histórica, situado en el movimiento del novecentismo. Su corriente filosófica se encuentra en el vitalismo. Esta corriente se caracteriza por considerar la vida como centro de cualquier investigación filosófica. Su pensamiento empieza siendo objetivista y termina con el raciovitalismo, pasando por el perspectivismo

Los puntos de partida de las especulaciones filosóficas de Ortega se expresan en su obra Meditaciones sobre el Quijote, es el conocido “yo soy yo y mis circunstancias”. Se alude así a la realización personal en el seno de la circunstancia, la cual encarna la vida humana frente a una razón que se quiere omnipotente.

Dicho punto de partida puede calificarse como perspectivismo, pues la circunstancia depende de la perspectiva en la cual dicho yo se inserta, de manera a evitar el provisionalísimo de un yo ensimismado. Se trata de un yo reflexivo y abierto situado en un conjunto de relaciones vitales que lo configuran.

Ortega se distancia del yo puro propio al cartesianismo y a la fenomenología, que ha conducido al impasse de la filosofía occidental. En El tema de nuestro tiempo, se plantea la salida del callejón del cogito ergo sum de Descartes, en donde un conocimiento claro y distinto de lo real se produce por la interpretación de un todo.

Uno de los elementos principales de la razón vital para Ortega es su historicidad, su carácter histórico. El ser humano, no posee una naturaleza que lo determina, sino que dicha función de determinación es el papel que ejerce la historia. Pero la historicidad posee unos límites definidos por la propia historia.

La historicidad no admite un a priori desde el cual pueda ser observada, un principio inmanente que la determine. Con ello Ortega se distancia de las visiones decimonónicas que miran la historia como tendiendo hacia un fin determinado, dotada de un sentido teleológico.

El raciovitalistmo orteguiano viene así a ser completado por un racio-historicismo, donde su teoría de las generaciones juega un papel determinante. Una generación comparte una coetanidad, donde a pesar de las divergencias posibles puede siempre entreverse cierto aire de familia. De la constelación de ideas que integra un período histórico, surgiría una forma de vida en vigor propia a un periodo histórico.

Hasta este punto, en esta segunda parte, hemos hecho un camino sintético por el pensamiento humano, aquí nos referimos al de los pensadores más destacados de Europa desde el siglo XV hasta algunos del siglo XX. No hemos volcado conceptos calificativos ni opiniones propias a las distintas formas de filosofar que hemos referido.

Nos hemos limitado a resumir las propuestas de cada filósofo. En la conciencia que cada lector podrá sacar sus conclusiones y apreciaciones según sus inclinaciones religiosas o ideológicas. Estamos dejando para otra oportunidad referirnos a los pensadores hispanoamericanos y argentinos, que de Dios permitirlo realizaremos pronto.

 

* Jurista USAL con especialización en derecho internacional público y derecho penal. Politólogo y asesor. Docente universitario.

Aviador, piloto de aviones y helicópteros. Estudioso de la estrategia global y conflictos.

 

Referencias

[1] En la obra Elogio a la Locura de Erasmo de Róterdam: La locura (entendida como estulticia o tontería) hace un elogio de la ceguera y la demencia y en los que se realiza un examen satírico de las supersticiones y de las prácticas piadosas y corruptas de la Iglesia Católica, así como de la locura de los pedantes (entre los que se incluye el propio Erasmo).

[2] En su libro más famoso, Utopía, Tomás Moro se imagina una nación insular perfecta donde todos viven en paz y armonía, y donde los hombres y las mujeres están perfectamente educados. Utopía es un nombre griego cuya acuñación proviene de Moro, de ou-topos (“no lugar”). En definitiva, es un juego de palabras de eu-topos (“buen lugar”), el cual introduce en un poema prefacio. Esta visión de un mundo ideal es también una sátira mordaz de la Europa del siglo XVI, libro el cual ha sido enormemente influyente desde su publicación, dando forma incluso a la ficción utópica en los tiempos actuales.

[3] El libro más conocido del inglés Thomas Hobbes, es Leviatán, o La materia, forma y poder de un estado eclesiástico y civil “comúnmente llamado ‘Leviatán’, escrito en forma de relato, donde formula su famoso enunciado “el hombre es el lobo del hombre”.

[4] En su obra Discurso del Método Descartes dice: “Pero enseguida advertí que, mientras de este modo quería pensar que todo era falso, era necesario que yo, quien lo pensaba, fuese algo. Y notando que esta verdad: yo pienso, por lo tanto, soy, era tan firme y cierta, que no podían quebrantarla ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos, juzgué que podía admitirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que estaba buscando ‘pienso, luego existo’ (cogito ergo sum)”.

[5] El título de su obra lo dice todo: Ética demostrada según el orden geométrico.

[6] La obra fundamental de John Locke es Compendio del Ensayo sobre el entendimiento humano.

[7] Jean-Jacques Rousseau: Las obras suyas que más influyeron en su época fueron Julia, o la Nueva Eloísa (1761) y Emilio, o De la educación (1762), ya que transformaron las ideas sobre la familia. Otras obras muy importantes son El contrato social y el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres.

[8] La más importante obra kantiana se llama Crítica de la Razón Pura.

[9] Junto a la Fenomenología del espíritu se consideran las obras más importantes de Hegel la Ciencia de la lógica la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, (con varias reediciones posteriores) y la Filosofía del derecho.

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SÍNTESIS HISTÓRICA DEL PENSAMIENTO FILOSOFICO. Primera Parte.

Marcos Kowalski*

Declaración de Sócrates en su juicio

“Si, con relación a esto, me dijerais: Te absolvemos, pero con esta condición: que dejes esos diálogos examinatorios y ese filosofar; si eres sorprendido practicando eso todavía, morirás. Yo os respondería: Os estimo, atenienses, pero obedeceré a los dioses antes que a vosotros y mientras tenga aliento y pueda, no cesaré de filosofar, de exhortaros y de hacer demostraciones a todo aquel de vosotros con quien tope. Pues eso es lo que ordenan los dioses. Atenienses, tened presente que yo no puedo obrar de otro modo, ni, aunque se me impongan mil penas de muerte. Absolvedme o no me absolváis”

 

Trataremos de hacer en una breve síntesis de cómo se desarrolla el pensamiento filosófico occidental desde la antigüedad hasta la fecha, por supuesto al ser sintético no desarrollaremos las teorías de los numerosos y diversos pensadores, si no, solamente los principios básicos de sus postulados, dejando al lector la libertad, si así lo quiere y su curiosidad lo impulsa, de consultar las fuentes.

Limitados al espacio de este artículo, solo nombraremos algunos pensadores de la filosofía, los que consideramos más significativos para la formación y el estudio de la comprensión que el ser humano tiene del universo que lo rodea. Aquellos filósofos que discurrieron sobre la forma en que conoce el hombre, es decir los que estudiaron al ser humano y sus circunstancias, desde el punto de vista antropológico.

Como antecedente de nuestra cultura debemos mencionar a los sumerios que construyeron nada menos que la piedra basal de lo que conocemos como civilización sobre este planeta. A finales del cuarto milenio a.C. crearon la escritura como un sistema de pictogramas al principio que, con el tiempo, se simplificaron y se hicieron más abstractas, dando lugar a lo que se conoce como escritura cuneiforme.

La escritura cuneiforme a partir de 2600 a.C. adquirió un carácter poético notable, preservada en tabletas de arcilla, la mayoría de las cuales pertenece a ejercicios escolares, pero aún los escribas administrativos eran educados en el aprendizaje de la poesía tradicional [1]. Actualmente existen unas 5 mil tabletas y fragmentos sumerios y sólo un tercio de ellos ha sido publicado. En ellas se conservan al menos unos 20 mitos y creencias sumerios. Dan cuenta de la creación y organización del universo, del nacimiento de los dioses, de la creación del hombre, la inundación y del enigma y misterio de la muerte.

En el segundo milenio antes de Cristo, en un conjunto de pueblos, principalmente en la isla de Creta, al sur del mar Egeo y en Micenas en el Peloponeso, se desarrollaron los dos principales focos de una cultura que pasará a denominarse Civilización Egea y que fue el origen de la civilización helénica, la civilización de las ciudades Estado griegas y el nacimiento del pensamiento filosófico organizado. Se extendió por la Península Balcánica, las islas del mar Egeo y las costas de la península de Anatolia, en la actual Turquía, constituyendo la llamada Hélade.

Los pensadores del primer período de la filosofía griega o helénica, fueron llamados presocráticos, por ser anteriores al filósofo Sócrates (470 a. C. – ib., 399 a. C.) son Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Heráclito, Diógenes de Apolonia, Jenófanes, Pitágoras, Parmenides y sus discípulos de Elea, Empédocles, Anaxágoras, Leucipo y Demócrito. Los filósofos presocráticos desarrollaron la cosmología explicada a partir de la naturaleza (physis) y el cosmos.

Los presocráticos compartieron la preocupación por la búsqueda de los elementos que como principios constituían particularmente la realidad material. Algunos hablaron de un solo elemento, por ejemplo Anaxímenes (588-535 a. C.), quien planteó que el aire era la causa primera, debido a que tomaba forma de espíritu que infundía vida, movimiento y pensamiento.

Empédocles, que vivió alrededor del 450 a. C. en Sicilia, desarrolló una explicación del universo en la que todo es considerado como resultado de la mezcla de los cuatro principios o elementos: agua, fuego, aire y tierra. Todo lo que ocurría era una continua colocación y dislocación de los elementos subyacentes.

En la misma línea de preocupación podemos citar a Heráclito de Éfeso (aproximadamente 540 a. C.), a Tales de Mileto (637-548 a. C.), a Leucipo (540-440 a. C.) y a Demócrito (460-370 a. C.). Los dos últimos sostuvieron la llamada “teoría atomista” predecesora de la teoría atómica de la materia. Demócrito pensaba que los átomos se habían desplazado en el vacío desde la eternidad; no propugnaba ninguna causa primera.

El verdadero cambio en la forma de enfocar el pensamiento devino con Sócrates, quien se erigió como el pilar fundamental de la filosofía occidental por una simple razón: fue el primero que dio a la filosofía su función principal, la búsqueda interior del ser humano, y su “Mayéutica”, siendo el mismo hijo de una partera, (mujeres que se enfocaban en el arte de hacer parir o “arte de partear”). Sócrates la focalizó en “el arte de ayudar a parir conocimientos”.

El estilo socrático consiste en que, a base de preguntas, el interlocutor medite y encuentre las respuestas él mismo. Conocemos en parte sus ideas desde los testimonios de sus discípulos: Platón, Jenofonte, Aristipo y Antístenes. No escribió ninguna obra porque creía que “cada uno debía desarrollar sus propias ideas”.

Creyó sinceramente que podíamos comprender objetivamente los conceptos de justicia, amor y virtud, defendiendo la idea de que todo ser humano debía y podía conocerse a sí mismo. Según Sócrates, el hombre es un compuesto entre cuerpo y alma. El alma es algo que existe dentro de nosotros, pero que no se capta por los sentidos. El alma es sinónimo de alma racional, de inteligencia. Además, el alma tiene una vertiente práctica, relacionada con lo que nos permite decidir nuestra conducta. Ésta función ética es la más importante para Sócrates.

La influencia de Sócrates modificó con profundidad el pensamiento filosófico occidental, pues su enseñanza estaba dirigida a orientar a las personas en la búsqueda del bien y de la justicia convencido de que la virtud puede enseñarse. Identificaba la virtud con el conocimiento. No se puede hacer lo justo si no se lo conoce, pero también es imposible dejar de hacer lo justo una vez que se toma conocimiento del mismo. Según esto, se alcanza la felicidad si se es virtuoso, para lo cual es necesario enseñar en que consiste la virtud verdadera.

Con sus frases, de profundo significado moral, ético y científicamente filosófico, “Solo sé que nada se” y “conócete a ti mismo”, exalta su concepto de la virtud y en su concepción filosófica, la práctica de la virtud es lo más útil para el hombre porque es el medio de alcanzar el mayor bien, que es la felicidad. Para Sócrates la virtud es bella, buena y útil para todos.

Alrededor del año 387 a.C., en los jardines de Academo en Atenas, Platón uno de los discípulos de Sócrates, fundó la escuela filosófica llamada Academia. Platón es el creador del llamado idealismo genético donde el ser humano es un alma racional encadenada a un cuerpo material y sensible, que busca salir de él para retornar a un estado original de perfección a través de una continua lucha por el logro de mayores y más perfectos conocimientos y evitando caer en los apetitos de su ser sensible y material.

Para realizar una alegoría sobre la realidad de nuestro conocimiento, Platón creó la parábola o “mito de la caverna” tratando de mostrar en sentido figurativo que nos encontramos “encadenados” desde que nacemos, a sombras que vemos reflejadas y que consideramos reales. En su postulado idealista, el hombre solo percibe reflejos de una realidad que se desarrolla en el mundo de las ideas.

El mito de la caverna es un diálogo escrito por Platón, en el que su maestro Sócrates y su hermano Glaucón hablan sobre cómo afecta el conocimiento y la educación filosófica a la sociedad y los individuos.

En este diálogo, Sócrates pide a Glaucón que imagine a un grupo de prisioneros que se encuentran encadenados desde su infancia detrás de un muro, dentro de una caverna. Allí, un fuego ilumina al otro lado del muro y los prisioneros ven las sombras proyectadas por objetos que se encuentran sobre este muro, los cuales son manipulados por otras personas que pasan por detrás.

Sócrates dice a Glaucón que los prisioneros creen que aquello que observan es el mundo real, sin darse cuenta de que son solo las apariencias de las sombras de esos objetos. Más adelante, uno de los prisioneros consigue liberarse de sus cadenas y comienza a ascender. Este observa la luz del fuego más allá del muro, cuyo resplandor le ciega y casi le hace volver a la oscuridad.

Poco a poco, el hombre liberado se acostumbra a la luz del fuego y, con cierta dificultad, decide avanzar. Sócrates propone que éste es un primer paso en la adquisición de conocimiento. Después, el hombre sale al exterior, en donde observa primero los reflejos y sombras de las cosas y las personas, para luego verlas directamente.

Finalmente, el hombre observa a las estrellas, a la luna y al sol. Sócrates sugiere que el hombre aquí razona de forma tal que concibe a ese mundo exterior (mundo de las ideas), como un mundo superior. El hombre, entonces, regresa para compartir esto con los prisioneros en la caverna, ya que siente que debe ayudarles a ascender al mundo real.

Cuando regresa a la caverna por los otros prisioneros, el hombre no puede ver bien, porque se ha acostumbrado a la luz exterior. Los prisioneros piensan que el viaje le ha dañado y no desean acompañarle fuera. Platón, a través de Sócrates, afirma que estos prisioneros harían lo posible por evitar dicha travesía, llegando a matar incluso a quien se atreviera a intentar liberarlos.

En una de sus obras más leídas y discutidas, Platón[2] dice que como la sociedad debe existir para satisfacer las necesidades de los hombres, y que éstos no son independientes unos de otros ni autosuficientes para abastecerse, el primer fin que debe garantizar toda sociedad es un fin económico.

Los hombres tienen diferentes capacidades y habilidades, siendo preferible que cada uno desarrolle las que posee por naturaleza. En una ciudad (Estado o República) ideal deberán existir, por lo tanto, todo tipo de trabajadores: granjeros, carpinteros, labradores, herreros, etc., de modo que todas las necesidades básicas queden garantizadas, porque en una ciudad ideal no puede faltar de nada.

Esta propuesta política que realiza Sócrates, como personaje de los diálogos que escribió Platón, define una sociedad que si sólo atendiera las necesidades materiales básicas sería una sociedad demasiado dura, pues el hombre necesita también satisfacer otras tendencias de su naturaleza relacionadas con el arte, la poesía, la diversión en general.

El fin de la Republica, que comienza siendo estrictamente económico, no se limita a la producción de bienes, sino que se encamina más bien a hacer posible una vida feliz para el hombre dimensionándolo en todos sus aspectos.

Platón decía que las sociedades debieran tener tres clases de personas y las diferenciaba comparándolas con las tareas que debían realizar los hombres, las cuales respondían a una estructura según el apetito, el espíritu y la razón del alma de cada individuo. Donde artesanos o labradores correspondían a la parte de “apetito” del alma. Eran los únicos que tenían derecho a poseer bienes materiales, a ser propietarios.

La clase de los guerreros o auxiliares, formaban el “espíritu” del alma, por el contrario, no puede tener acceso la riqueza, para evitar la tentación de defender sus intereses privados en lugar de los intereses colectivos y terminar utilizando la fuerza contra los ciudadanos, estarán desprovistos de propiedad privada, y tampoco tendrán familia.

Debiendo vivir en unos barracones en los que tengan todo lo necesario para realizar sus actividades, en los que vivirán de forma comunitaria, compartiéndolo todo, hombres y mujeres, pues no hay ninguna razón para excluir a las mujeres de ningún tipo de actividad, ya que tanto en el hombre como en la mujer se encuentran similares dones o cualidades naturales, igualmente útiles para la ciudad.

La clase de los verdaderos guardianes o gobernantes, estos formaban la “razón” del alma, debido a su responsabilidad y a las elevadas tareas que les encomienda la sociedad, (el buen gobierno y el consiguiente beneficio del conjunto), tampoco tendrá acceso a la propiedad privada ni a la familia, debiendo velar únicamente por el buen gobierno de la ciudad; deberán centrarse en el estudio a fin de conocer lo bueno para gobernar adecuadamente la ciudad, por lo que su vida estará alejada de todas las comodidades innecesarias para cumplir su función.

La propuesta política de Platón se intentó poner en práctica en Siracusa la principal ciudad de Sicilia, en dos oportunidades, donde Dionisio, tirano, pidió su ayuda y su consejo. Platón viajó, fracasó en el primer intento y regresó accidentadamente a Atenas[3] para volver a ser convocado por Dionisio II, fracasando el proyecto.

La existencia de este viaje, sobrepasa el dato meramente biográfico o histórico. Ilustra la tesis del propio Platón; la experiencia general de la inutilidad de los filósofos en este mundo equivale, en realidad, a una declaración de que el mundo está en quiebra y no dice nada en contra de la propia filosofía.

Tras los fracasos del primer y segundo viaje, Platón aceptó volver de nuevo en el año 361 a.C.; más que la invitación obligada del tirano, estaban los requerimientos de sus amigos y alumnos de la Academia, entre ellos Aristóteles. Posiblemente, resultara más importante el hecho de que Platón fuera el responsable de los lazos políticos entre Tarento y Siracusa y temiera peligrar esos lazos si no acudía a la llamada de Dionisio II.

La preocupación fundamental de Platón fue la de encontrar una forma de vida feliz para los hombres, tanto en su vida individual, como en la social, totalmente unidas para el pensador. Platón supo pronto que, La moral y el Estado, necesitan de forma previa una teoría del hombre y del universo, a eso los pensadores lo llaman metafísica. Pero también es necesario investigar en que consiste el saber, si es posible el conocimiento y enfrentarse con nuestras propias dudas.

Si para Platón el mundo verdadero reside por encima del mundo sensible y lo que percibimos es reflejo de la realidad, la del mundo de las ideas, para su discípulo Aristóteles, el mundo verdadero es el sensible, y la esencia de las cosas reside en ellas mismas, en su materia y su forma, impulsando el concepto de “realismo genético”.

Si Platón hablaba de la existencia de dos dimensiones distintas de la realidad, el mundo sensible y el mundo inteligible, de las ideas, Aristóteles apostó por la idea de que el mundo es solamente uno, sin compartimentos. La crítica a la teoría platónica de las ideas será un punto clave de su filosofía.

Para Aristóteles somos alma, cuerpo y razón. En la “Metafísica” denominada por él “primera filosofía”, es en la que enuncia una de sus teorías más famosas y que tantísima influencia posterior tendrá: el hilomorfismo[4], que establece que la sustancia es un compuesto de materia (el principio indeterminado) y forma (la esencia de la sustancia, que determina que sea lo que es).

Esta teoría también la aplicará a la antropología, sosteniendo que todo cuerpo está constituido por materia y forma, que componen un todo único. Así, el ser humano es un compuesto de alma con forma de cuerpo, cuya principal característica es la razón.

Dice el Estagirita que todo aquello que se mueve es movido a su vez por una causa, y así sucesivamente. Estableciendo el principio de causa y efecto, por tanto, ha de existir algún tipo de motor en el inicio, algo que no sea movido por nadie y que sea lo que desencadene el proceso. Este primer “motor inmóvil” es lo que él relaciona con algún tipo de ser divino, responsable, además, de la unidad del mundo y del orden y las reglas que lo rigen.

En lo referente a la física, Aristóteles explicó el movimiento, característico de los seres naturales, en términos de acto y potencia. Acto será el cumplimiento, realización y pleno desarrollo de las potencialidades de una sustancia, mientras que potencia, la posibilidad de llegar a ser algo que todavía no se es (por ejemplo, una semilla: semilla en acto, pero árbol en potencia).

En el pensamiento de Aristóteles, la piedra angular del conocimiento es la experiencia y la información que nos llega por los sentidos. Información que, más tarde, nuestra razón se encarga de abstraer y analizar. Se trata, por tanto, de un aprendizaje inductivo. Mediante la observación de reglas particulares, podemos llegar a tener una premisa universal. Siendo este el enfoque del conocimiento, el primer paso hacia el método científico tal y como lo conocemos.

También se debe a Aristóteles una de las más grandes aportaciones al mundo científico como lo fue la invención de la Lógica, que se constituye en la primera investigación sistemática acerca de los principios que ha de tener un razonamiento para ser válido y correcto y su impactó resultó vital para la historia del pensamiento[5].

La ética de Aristóteles es teleológica, es decir, que identifica el bien con un fin. El filósofo defiende esta idea porque entiende que cuando los hombres actúan es porque buscan alcanzar un objetivo concreto, principalmente, la felicidad en la vida, identificando la felicidad con las virtudes[6].

Divide las virtudes en dos ramas, las éticas, que son aquellas que están destinadas a dominar la parte irracional de nuestra alma y las dianoéticas, que se corresponden con la naturaleza racional del ser humano. Entre las primeras encontramos la fortaleza, la templanza y la justicia, mientras que en el segundo grupo estarían la prudencia y la inteligencia.

Esta ética desemboca en la política y en ella sostiene la idea de que el hombre, como ser racional que es, desarrolla sus fines dentro de la comunidad, es un ser social. Existen tres formas de gobierno puras y sujetas a la virtud, mientras que existen también tres formas desvirtuadas de las mismas.

Entre las primeras, estarían la monarquía (el gobierno de los reyes), la aristocracia (el gobierno de unos pocos considerados los mejores) y la democracia (el gobierno de la mayoría) Las formas puras se desvirtúan; la monarquía en tiranía, la aristocracia, en oligarquía y la democracia en demagogia.

Para Aristóteles, la elección de cada uno de estos sistemas se debe hacer de acuerdo con las circunstancias de cada país. Aun cuando para el estagirita el mejor gobierno sería la monarquía, pero adolece de un gran problema, es el sistema más difícil de alcanzar y el que está sujeto a la peor degradación, la tiranía.

Con el advenimiento del cristianismo, comienza a través de la patrística a emerger una síntesis filosófico-religiosa entre los filósofos griegos, principalmente, Platón y Aristóteles y los denominados Padres de la Iglesia Cristiana. Estos son un grupo de escritores cuyas enseñanzas tuvieron gran peso en el desarrollo del pensamiento y la teología cristiana según su interpretación de la Biblia, la incorporación de la Tradición y la consolidación de la Liturgia, por lo que fueron dejando una doctrina en conjunto.

A menudo los Padres de la Iglesia tuvieron que dar respuesta a cuestiones y dificultades emergentes, planteadas por la moral, la filosofía y la política vinculada a la teología, en medio de un ambiente convulsionado por persecuciones externas y conflictos internos producidos por herejías y cismas de la Iglesia pos apostólica.

Los cuatro Padres de la Iglesia griegos son: San Atanasio de Alejandría, San Basilio el Grande, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo. Y los cuatro Padres de la Iglesia latinos son: San Ambrosio de Milán, San Jerónimo de Estridon, San Agustín de Hipona, San Gregorio Magno.

Dentro de los nombres que se escriben con grandes letras en el pensamiento cristiano está el de Agustín de Hipona. La obra de San Agustín, (354 – 430) primer doctor de la Iglesia, fue la primera que puso en contacto la filosofía griega con la dogmática cristiana, ambas piedras angulares de la civilización occidental, constituyéndose en el pensador más importante desde la Antigüedad hasta bien entrada la Edad Media.

Por un lado Dios, y por el otro, el alma. Dos grandes conceptos que fue capaz de enlazar con las enseñanzas de los neoplatónicos Plotino y Porfirio, hasta darle a sus teorías un enfoque nuevo, que seguirá vigente hasta el Medievo. La filosofía fue para él el amor y esfuerzo del alma entera hacia la sabiduría y hacia la verdad. La verdad era para San Agustín el ideal supremo al que se entregó con pasión.

Las ideas platónicas tuvieron una enorme influencia en el pensamiento de San Agustín, cree que la totalidad de la existencia tiene un origen divino. Ambos. Platón y él se acogerán a la existencia de un “mundo de las ideas”, pero San Agustín lo contemplará de un modo diferente relacionándolo con la creación divina. Dios creó todas las cosas que existen previamente en su espíritu y las ideas son los modelos pensados por Dios para dar forma a dichas cosas.

Para él, el descubrimiento de las llamadas “verdades eternas” es más un proceso de iluminación interior que una reminiscencia, (como defendía Platón). Para el griego el alma tiene en sí misma todas las verdades y por ello el hombre puede acceder a ese conocimiento innato. San Agustín defenderá algo parecido, pero en este caso ese conocimiento llega de Dios, al que podemos acceder a través del alma, la parte de la divinidad que habita en nuestro interior[7].

Hace un análisis del mal, que ha de ser entendido ontológicamente (la ontología es la rama de la metafísica centrada en el estudio del ser) y a partir de estos conceptos, donde del mismo modo que lo más alejado del Ser es el No-Ser, el mal ha de ser entendido no como una creación divina, sino como la ausencia del bien.

Es, por tanto, dependiente de la libertad humana. De esta manera, consiguió infiltrar el pensamiento platónico dentro de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, dando paso a una filosofía que estaría vigente durante siglos, hasta la llegada de la escolástica.

En el desarrollo post agustiniano del pensamiento, donde todavía encontramos ideas del estoicismo integradas junto al desarrollo de un naciente escolasticismo, aparece el filósofo romano Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio, (480 – 524 d.C.), conocido simplemente como Boecio.

En lo esencial, la doctrina de Boecio dice que no es la sola razón humana lo que hace al hombre libre, sino su fin, que es Dios como ser eternamente presente a los procesos necesarios y contingentes del universo.

El mensaje principal de Boecio es: “Es necesario que tengas la posibilidad de equivocarte en tus decisiones y elegir el mal, para que te des cuenta de sus terribles consecuencias y así comprender que el único camino final para todos es optar por el bien. Cuando sean otros los que actúen mal contigo, mantén siempre tu libre decisión de asumir con tranquilidad lo que te ocurra, sabiendo que el mal nunca vencerá de manera definitiva”[8].

Tras la patrística, una corriente teológica filosófica nació en Europa en el año 1100 y se extendió hasta el 1700. Se apoya en la filosofía platónica y aristotélica, que complementan con la verdad de la revelación cristiana, es decir, con las enseñanzas y escrituras de los Padres de Iglesia. La filosofía escolástica.

Se puede definir como “perteneciente a la escuela” y es la corriente que domina en el pensamiento medieval, e intenta ser una combinación entre fe y razón, aunque siempre subordinando la segunda a la primera, subordinando la razón a la fe. La escolástica, hace su análisis en el fenómeno del cristianismo, pero hace más énfasis en la razón, fundamentándose en las teorías de Platón y Aristóteles.

El tema central de la filosofía escolástica es Dios y el problema de la relación entre razón y fe, entre filosofía y teología. Esta relación, sería de dependencia; la filosofía puede ayudar a la teología a comprender las verdades de la revelación, pero nunca suplantarlas, ya que la razón, siempre estará sometida a la fe.

Como consecuencia de este análisis escolástico, se pueden observar tres posturas diferentes, la denominada dialéctica, que defiende que las verdades de la fe han de apoyarse siempre en la razón, representada principalmente por Escoto Erigena[9].

La antidialectica que sostiene que todo conocimiento proviene de la Fe y la razón humana no puede llegar a alcanzarla. Uno de sus principales representantes es San Pedro Damiano[10] y la tercera intermedia, de Santo Tomas de Aquino[11].

Santo Tomás afirma que la fe y la razón son dos vías distintas para llegar a la verdad, ya que las dos vienen de Dios, y si están bien argumentadas, las conclusiones de la filosofía, no pueden contradecir a las de la teología. Además, desde la Filosofía se puede demostrar la existencia de Dios o la inmortalidad del alma, es decir, ciertas verdades de fe. La Teología, por su parte, puede a través de la Revelación, proporcionar un mayor conocimiento de Dios.

Santo Tomás como pensador cristiano y teólogo considera que Dios es el Bien Supremo, por ello la ética y la vida humana tienen como referencia última a Dios, que es el mayor Bien, por encima de los bienes particulares de este mundo el hombre puede encaminar su vida hacia la virtud y hacia Dios, obrando bien; pero también puede obrar mal (desde un punto de vista moral) porque tiene libertad o libre albedrío.

De acuerdo con las líneas generales de su pensamiento sobre el ser humano, el mundo y Dios, intenta conjugar los planteamientos filosóficos propios y de Aristóteles, con sus creencias religiosas y el contenido de la teología cristiana, para dar una visión de cómo debe ser la vida humana para alcanzar el bien y llevar una vida virtuosa.

Santo Tomás considera que en todo ser humano está la disposición y la capacidad de conocer y entender los principios morales con los que debe dirigir su conducta para obrar bien y realizar acciones buenas. El ser humano es capaz de conocer la ley natural con la que debe guiar su vida, es decir que tiene conciencia moral.

Siguiendo a Aristóteles da una importancia fundamental a las virtudes entendidas como hábitos adquiridos, modos de actuar encaminados a obrar bien dirigidos por la razón y la inteligencia, buscando un justo medio y evitando los extremos. Como Aristóteles, diferencia entre virtudes intelectuales y morales.

Pero a diferencia de aquel a las morales les llama cardinales y se fija fundamentalmente en la prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Sigue considerando a la justicia como virtud clave, por la repercusión que tiene en las demás personas.

Hay en Tomás de Aquino una honda preocupación por la dimensión social del ser humano, por la justicia, por el bien común, por las formas de gobierno que pueden conseguirlas. Trata de responder al problema de las relaciones entre Estado e Iglesia, especificar las funciones autónomas de cada uno de ellos.

Justificar la primacía de la Iglesia y el poder religioso en los asuntos relativos al fin sobrenatural del hombre y a la organización de la vida en torno a su destino definitivo, más allá de la vida terrenal, en Dios.

Dios gobierna y organiza el mundo con la ley eterna, dictada desde siempre para todos los seres. Su reflejo en la naturaleza y en los seres naturales es la ley natural, que dirige el funcionamiento de los seres, las plantas, los animales y el ser humano, único capaz de conocerla a través de la razón. Los humanos crean leyes para organizar su vida terrenal, son las leyes positivas. Estas leyes humanas solo serán justas si están de acuerdo con la ley natural racional.

Santo Tomás distingue, como Aristóteles, diversas formas de gobierno, pero propone la monarquía como la mejor, porque garantiza más el orden unitario de la sociedad y por su semejanza con el gobierno ideal que Dios tiene con respecto del mundo. El fin de la sociedad y del Estado es el bien común, la justicia. El gobernante o el rey no pueden actuar de forma caprichosa o arbitraria. El hecho de tener el poder no justifica sus comportamientos injustos.

El Estado, el gobierno civil o humano, tiene como asuntos de su competencia la organización social de los hombres en aquellos campos propios de la vida en este mundo, pero en aquellos que hacen relación a la dimensión religiosa, al Bien Supremo divino, la competencia pertenece a Dios y sus representantes en la tierra.

Estado e Iglesia son independientes. Sin embargo, hay una subordinación de lo civil a lo religioso, puesto que lo humano tiene como fin último sobrenatural a lo divino. Existe por tanto una primacía de la Iglesia sobre el Estado en aquellos asuntos humanos en que ambas interactúan. Volvemos a encontrar la visión general que Santo Tomás tiene de la organización y gobierno del mundo por Dios y el lugar que ocupan el ser humano y la sociedad.

 

* Jurista USAL con especialización en derecho internacional público y derecho penal. Politólogo y asesor. Docente universitario. Aviador, piloto de aviones y helicópteros. Estudioso de la estrategia global y conflictos.

 

Referencias

[1] El poema de amor más antiguo del mundo. Eso, al menos, dicen de él en el Museo Arqueológico de Estambul, donde se expone la placa de arcilla en que fue plasmado, en escritura cuneiforme y lengua sumeria, hace unos cuatro mil años. El eminente sumeriólogo Samuel Noah Kramer nos cuenta cómo lo descubrió en 1951. El poema dice:

“Novio de mi corazón, amado mío;

tu encanto es dulce, dulce como la miel.

Querido de mi corazón, amado mío;

tu encanto es dulce, dulce como la miel.”

[2] Platón. La República.

[3] Accidentado el intento de Platón, al regresar después de haber sido apresado por unos piratas, esclavizado y finalmente rescatado. Fue reconocido en el mercado de esclavos de Egina por Aníceris de Cirene, filósofo amigo que lo reconoció, pagó su rescate y volvió a Atenas.

[4] Hilomorfismo: doctrina aristotélica seguida por la mayoría de los escolásticos según la cual los cuerpos se hallan constituidos por materia y forma; la materia es lo informe, la sustancia amorfa, mientras que la forma es la determinación de la materia.

[5] Los enunciados de lógica de Aristóteles son recogidos en “Órganon”, que es un conjunto de obras de lógica escritas por Aristóteles y compiladas por Andrónico de Rodas siglos más tarde. Recibió su nombre en la Edad Media.

[6] La Ética a Nicómaco comienza afirmando que toda acción humana se realiza en vistas a un fin, y el fin de la acción es el bien que se busca.

[7] San Agustín escribió La Ciudad de Dios (De civitate Dei), un libro apologético (defendiendo racional e históricamente los dogmas cristianos) que se convertiría en la primera obra de filosofía de la historia, pues hace de la misma, la historia, el escenario de la libertad humana en su lucha continua del bien con el mal, o como explica en el texto, de la lucha entre el reino de Dios y el reino terrenal.

[8] Boecio en el último año de su vida, cuando estaba en la cárcel a la espera de que se ejecutara la condena a morir torturado y decapitado, escribió un libro que se ha convertido en un clásico, y que lleva por título La consolación de la filosofía. El libro contiene un diálogo entre el propio Boecio y Filosofía, que es un personaje que se le aparece para aclararle sus dudas sobre el sentido de la vida, el destino y la lucha entre el bien y el mal.

[9] Juan Escoto Erigena (815-877). Filósofo medieval; irlandés de origen, vivió en Francia. Basándose en el neoplatonismo, fundó su doctrina.

[10] San Pedro Damiano(Ravena 1007–Faenza 1072), santo y doctor de la Iglesia, fue un cardenal benedictino de la Iglesia católica y reformador del siglo XI.

[11] Santo Tomás de Aquino, durante los últimos años de su vida escribió un tratado, La Suma teológica (escrita en latín entre 1265 y 1274), cuyo título en latín es Summa Theologiae, a veces llamada simplemente la Summa. En ella desarrolla las Quinque viae (lit. en latín, Las cinco vías) son cinco argumentaciones a favor de la existencia de Dios incluidos en la cuestión 2ª de la Suma teológica (Summa Theologiae).

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