Archivo de la categoría: MEDIO ORIENTE

ISRAEL Y TURQUÍA: ¿LA PRÓXIMA GUERRA DE ORIENTE PRÓXIMO?

Roberto Mansilla Blanco*

Mientras Oriente Próximo se sumerge en una volátil dinámica de conflictos EEUU e Irán; Israel y Líbano), dentro del delicado escenario regional comienzan a calibrarse una crisis bilateral entre dos actores, Turquía e Israel, con fuertes repercusiones geopolíticas a tenor de la reciente escalada de acusaciones entre ambos gobiernos.

En marzo pasado, el líder opositor y ex primer ministro israelí Naftali Bennett declaró que Turquía se convertía, tras Irán, «en la mayor amenaza estratégica para Israel». Con anterioridad y en reiteradas ocasiones, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan no sólo ha condenado la masacre de civiles palestinos en Gaza a manos de las fuerzas israelíes sino que ha acusado directamente al primer ministro Benjamín Netanyahu de «genocida», «psicópata» y «colonialista», entre otros calificativos. Como respuesta, un artículo publicado por el think tank israelí Jerusalem Center for Security and Foreign Affairs no dudó en calificar a Erdogan de «presidente neo-otomano», señalando sus presuntas «ambiciones imperiales» y la amenaza que esto supondría para Israel.

Según el diario The Times of Israel, Erdogan tildó al gobierno de Netanyahu de «banda criminal sionista» toda vez que el ministro turco de Exteriores, Hakam Fidan, declaró que Israel «es un problema para la humanidad» y que Tel Aviv estaría «buscando un nuevo enemigo», en este caso con respecto a Turquía. La respuesta de su homólogo israelí Gideon Sa’ar fue igualmente categórica: «estas palabras enfermizas suponen un claro incitamiento al genocidio. Es el clásico lenguaje de los grandes persecutores de la historia».

Siguiendo con la escalada de acusaciones, Numam Kurtulmus, presidente de la Gran Asamblea Nacional, el poder legislativo turco, ha instado a la comunidad internacional a «detener la agresión israelí» como principal garantía para lograr «la paz mundial».

Este intercambio de acusaciones amenaza con provocar una nueva ruptura en las relaciones turco-israelíes. Debe recordarse que en 1949 Turquía fue el primer país musulmán en reconocer al Estado de Israel. Por otro lado, Ankara forma parte de la OTAN desde 1952, conservando una orientación geopolítica prooccidental que durante décadas le llevó a mantener fuertes lazos comerciales y militares con Israel.

Tras una breve crisis diplomática, Turquía e Israel restablecieron totalmente sus relaciones diplomáticas en agosto de 2022. Pero la invasión militar israelí a Gaza en octubre de 2023 retomó el empeoramiento de las relaciones bilaterales entre Ankara y Tel Aviv. En agosto de 2025 Turquía anunció la ruptura formal de relaciones económicas y comerciales con Israel.

La cuestión palestina se ha erigido como argumento clave y centro de gravedad de la actual confrontación turco-israelí. Pero no es el único factor de tensión.

La instrumentalización del relato histórico: del genocidio armenio a Gaza

Si bien a priori no existen factores inmediatos que puedan indicar una posible confrontación militar directa entre Turquía e Israel, comienzan a configurarse diversos movimientos en los planos geopolítico, geoeconómico e incluso militar que interpretan un contexto de escalada de tensiones y de pulsos geopolíticos por mantener esferas de influencia regional.

Entre ellas destacan el fortalecimiento de relaciones comerciales e incluso militares entre Turquía y Egipto, dos países que reconocen diplomáticamente a Israel pero que mantienen constantes tensiones con Tel Aviv. Toda vez que Israel ha respondido con un reconocimiento formal del genocidio armenio de 1915 cometido por las autoridades otomanas, como una evidente herramienta de presión contra Turquía.

Este reconocimiento israelí provocó inmediatas protestas por parte de Turquía y Azerbaiyán, históricos rivales armenios. En el caso azerí destaca igualmente que, sin reconocer oficialmente al Estado de Israel, en los últimos años Bakú ha mantenido estrechos vínculos comerciales con Tel Aviv, lo cual ha abierto una ventana de relación diplomática entre ambos países.

Este nuevo escenario de confrontación dialéctica entre Turquía e Israel se ve mediatizado por otra variable: la estrategia en clave geopolítica de «ganar la narrativa histórica», en este caso estableciendo paralelismos entre el genocidio armenio de 1915 con el de Gaza de 2025. Con ello se busca ejercer influencia en el ecosistema mediático y llevar el nivel de tensión hacia el espacio de la opinión pública.

El 28 de junio el gobierno israelí aprobó por unanimidad el proyecto presentado por el ministro de Asuntos Exteriores, Gideon Sa’ar, para el reconocimiento oficial del genocidio armenio de 1915.

Consciente de que dicho reconocimiento israelí implicaría una inmediata y airada respuesta por parte turca, el primer ministro de Armenia, Nikol Pashinyan, declaró que su país no ve la necesidad de responder al reconocimiento israelí de los sucesos de 1915 como «genocidio», evitando así la instrumentalización política de esta controversia.

Conflictos abiertos en el Oriente Medio de la «posguerra iraní»

Al margen de la instrumentalización política del relato histórico, la tensión entre Ankara y Tel Aviv augura nuevos equilibrios regionales. Este contexto revela un pulso geopolítico de poder entre ambos países dentro del nuevo escenario regional determinado por la «posguerra caliente» entre EEUU, Israel e Irán.

Con sus intermitentes roces y acercamientos diplomáticos, la relación entre Turquía e Israel, igualmente condicionada por los intereses estadounidenses, implicaba cierto nivel de equilibrio en la región, al menos en lo referente a la posibilidad de una confrontación armada a gran escala. No obstante, la llegada de Erdogan al poder en 2003 le permitió a Turquía ampliar regionalmente su perfil geopolítico, en este caso como líder islamista y socio económico y militar.

El tema palestino ha sido una constante en los niveles de confrontación política de Erdogan con Israel, consciente del efecto emotivo que genera en el mundo islámico. Pero también está la cuestión kurda, de enorme sensibilidad para Turquía. Desde la caída del régimen de Saddam Hussein en Irak en 2003, Tel Aviv ha mantenido una creciente cooperación económica y en materia de inteligencia con la Autoridad Regional del Kurdistán iraquí, cuyo grado de autonomía con respecto a Bagdad es evidente. Ankara ha protestado este acercamiento israelí hacia los kurdos iraquíes y su radio de implicación regional hacia las comunidades kurdas en Turquía, Siria e Irán.

Por otro lado, la preponderancia de posiciones supremacistas y revisionistas presentes en el actual gobierno de Netanyahu ha profundizado el nivel de confrontación política con Ankara. En este apartado destaca la reconfiguración de la idea del «Gran Israel» y su expansionismo regional hacia Siria, Líbano e incluso Turquía.

Ankara ha decidido mover fichas regionales para contrarrestar las posiciones israelíes. Un caso particular ha sido la eventual configuración de un eje Turquía-Egipto, el cual altera las prioridades geopolíticas israelíes y estadounidenses en Oriente Medio. En Tel Aviv interpretan que este eje turco-egipcio implicaría una especie de tenaza contra Israel en su flanco noroccidental con Gaza como epicentro, toda vez que Irán lo hace desde el flanco oriental vía proxy wars en Líbano y Yemen.

Mientras EEUU e Israel viven igualmente una coyuntura de perfil bajo en sus relaciones, explicadas por el fracaso de la intervención militar contra Irán, Turquía busca aprovechar este contexto para ganar esferas de influencia regionales.

Ankara mantiene intereses directos en Siria, Líbano, el Mediterráneo Oriental y África Occidental, un escenario donde Israel también ha comenzado a jugar sus cartas. Turquía abrió una base logística militar en Port Sudán y mantiene una estrecha cooperación económica y humanitaria en Sudán, Israel reconoció recientemente la legitimidad estatal de Somalilandia, un Estado de facto hasta ahora sin reconocimiento oficial internacional. Con este reconocimiento, Tel Aviv pretendería consolidar a Somalilandia como centro logístico y «cabeza de puente» con influencia en el Cuerno de África, el mar Rojo y el golfo de Adén, en especial a la hora de repeler los ataques que desde Yemen realizan las fuerzas hutíes, aliadas de Irán, contra objetivos israelíes.

Por otro lado, Turquía mantiene en Somalia su principal base militar en el exterior, la CAMP TurkSom, convirtiéndose al mismo tiempo en un socio comercial importante para Mogadiscio, cuyo gobierno reclama la soberanía sobre Somalilandia. Por tanto, Ankara y Mogadiscio acercan posiciones y alianzas mientras Israel busca crear nuevas esferas de influencia vía Somalilandia, orientadas igualmente a contener estos intereses turcos.

En el Mediterráneo Oriental, Israel mantiene acuerdos militares con Chipre y Grecia, enemigos históricos de Turquía. En Oriente Medio, Turquía, Pakistán y Arabia Saudita han avanzado hacia una alianza militar que muchos catalogan como un embrión de «OTAN islámica», cuya capacidad operativa parece por ahora incierta. No se debe pasar por alto el eficaz papel de la diplomacia paquistaní que, con apoyo turco, ha sido significativo para iniciar las negociaciones de intermitentes altos al fuego entre EEUU e Irán.

La disuasión nuclear también entra en escena. El ministro turco de Exteriores Hakan Fidan anunció que Ankara se reserva la opción nuclear. Con apoyo ruso, Turquía ha avanzado en la creación de la central nuclear de Akkuyu, la cual abastecerá un 10 % de la demanda energética turca. Moscú suministrará el uranio necesario para esta infraestructura que colocaría a Turquía como una nueva potencia nuclear, un escenario delicado tomando en cuenta las tensiones existentes en torno al programa nuclear iraní y el fait accompli que supone el hecho de que Israel es la principal potencia nuclear regional, aunque Tel Aviv, muy probablemente persuadido por Washington, se reserve el derecho a reconocerlo.

Las infraestructuras también entran en juego en el pulso turco-israelí. El pasado 9 de junio, Turquía y Arabia Saudita firmaron acuerdos para revivir el ferrocarril del Hejaz, una línea histórica de la era otomana que una vez conectó Estambul con Medina. El proyecto, al cual Israel ya reaccionó considerándolo como una amenaza estratégica, supone una ruta desde Bulgaria a través de Estambul, Damasco, Ammán y las ciudades saudíes, llegando finalmente a Sohar en Omán y la entrada del estrecho de Ormuz.

El ministro turco de Comercio, Omer Bolat, fue mucho más enfático al declarar que la intención del proyecto implica «la reducción de la influencia de Israel en la región» para afianzar «la prosperidad económica, paz y estabilidad a Oriente Medio». Para Turquía, el cierre del estrecho de Ormuz derivado de la guerra de EEUU e Israel contra Irán implicó la búsqueda de rutas comerciales alternativas. Por tanto, el proyecto del ferrocarril del Hejaz supone una alternativa regional ante la vulnerabilidad geoeconómica derivada de la guerra de Irán.

Israel le ha pedido al presidente estadounidense Donald Trump que bloquee este proyecto argumentando que «viola el espíritu de los Acuerdos de Abraham» de 2020 y representa un «realineamiento geopolítico hostil». Para Tel Aviv, este proyecto reduce el valor estratégico del puerto israelí de Haifa y socava el corredor económico India – Oriente Medio – Europa que posiciona a Israel como un centro de tránsito central que conecta el golfo Pérsico con Europa.

Otro escenario de conflicto es Siria. El régimen sirio del islamista Ahmed al Shar’aa, ex líder de una facción armada vinculada con Al Qaeda, es una pieza geopolítica clave para Ankara que, al mismo tiempo, se ha convertido en un rival incómodo para Israel.

De acuerdo con el medio Israel Hayom citando fuentes sirias, en Damasco existe preocupación por la intensa actividad de Turquía en este país árabe. Estas fuentes señalan al ministro turco Fidan como la «mano derecha de Erdogan en Siria», con especial comunicación directa con el presidente Ahmed al Shara’a.

Un caso concreto de la influencia turca en Siria ha sido el despliegue a comienzos de 2026 en el Aeropuerto Internacional de Damasco del sistema de seguridad HTRS-100 de fabricación turca. Si bien Ankara ha declarado el uso civil del mismo, este despliegue confirma el estrecho vínculo militar entre Turquía y Siria, motivo de preocupación para Israel en caso de eventualmente realizar ataques aéreos contra objetivos sirios.

No se debe pasar por alto las repercusiones que pueden tener en Siria los combates entre Israel y el movimiento islamista libanés Hizbulá, toda vez que Tel Aviv también tiene intereses dentro del complicado rompecabezas sirio, tal y como se observó en julio de 2025 con los combates entre fuerzas leales al régimen de al Shar’aa contra milicias de la comunidad drusa, tradicional aliado israelí, en la provincia de Sweida.

Otro escenario de tensión es el pulso geoeconómico, específicamente el control de las redes de corredores energéticos regionales. Israel impulsa el proyecto del Gasoducto Eastmed con el foco en el Mediterráneo Oriental, aspecto que podría colocar a Gaza como un epicentro logístico de estos intereses israelíes hacia Egipto, Chipre y Grecia

Por su parte, Turquía avanza en la construcción de un gasoducto que le conecte con Qatar, Siria, Arabia Saudita y Bulgaria, un ambicioso proyecto de US$ 15 mil millones con elevados costes de inversión en infraestructuras. Ambos proyectos, el turco e israelí, intensifican su importancia estratégica ante la crisis energética y comercial suscitada por los constantes cierres del estrecho de Ormuz bajo la confrontación militar entre EEUU e Irán.

La «OTAN 3.0» tras la cumbre de Ankara: ¿disuasión o punto de inflexión en las tensiones turco-israelíes?

La Cumbre de la OTAN realizada los días 7 y 8 de julio en Ankara, la primera que realiza la Alianza Atlántica en territorio turco, debe igualmente analizarse dentro del contexto de tensiones previas entre Turquía e Israel.

La posibilidad de una confrontación armada con Israel determina un escenario de preocupación en el establishment de poder en Ankara. La cumbre de Ankara determinó el compromiso de la Alianza Atlántica por reforzar la cláusula mutua establecida por el artículo 5 que estipula que el ataque contra un país miembro de la OTAN implica la defensa mutua a ese país por parte de todos los demás miembros del organismo. En Ankara, el objetivo de la OTAN se concentró en Rusia en un momento de escalada de ataques con drones en los territorios ruso y ucraniano y ante el aumento del gasto militar en Europa.

Siendo Turquía miembro de la OTAN, el establishment político y militar y la opinión pública turca especulan sobre la aplicación de esta cláusula de defensa mutua en caso de un eventual ataque militar israelí, país que cuenta con convenios de cooperación con la OTAN en materia de seguridad y antiterrorismo, entre otros. Una encuesta en Turquía dictaminó que un 72% de los turcos desconfían de que la OTAN salga en su defensa en caso de ataque israelí.

Previo a la cumbre de Ankara, el secretario de Defensa estadounidense Peter Hegseth declinó reafirmar el principio de defensa colectiva de la OTAN. Estas declaraciones reforzaron la percepción en Turquía ante el contexto de tensiones entre Trump y la OTAN. En Ankara especulan que una eventual salida o disminución de compromisos por parte de EEUU con la Alianza Atlántica podría implicar un eventual apoyo a Israel en caso de guerra contra Turquía.

No obstante, la cumbre de Ankara significó un éxito rotundo para Erdogan en medio de las tensiones entre Trump y la OTAN. Turquía ha logrado reconducir su condición de socio militar fiable para Occidente, aspecto que causa preocupación en Israel.

El entendimiento entre Trump y Erdogan generó una inmediata inquietud en Tel Aviv en un momento de cierto estancamiento en las relaciones con Washington toda vez que la Casa Blanca acelera su retirada táctica dentro de la OTAN para concentrar sus prioridades en Asia-Pacífico mientras Turquía refuerza su papel geopolítico y militar para Europa y la Alianza Atlántica. Debe recordarse que, tras EEUU, Turquía es el principal ejército dentro de la OTAN en número de efectivos.

Por ello, Israel teme que Turquía gane fuerza tras esta cumbre de Ankara, reforzando así sus esferas de influencia regionales y sus presiones hacia Tel Aviv. Al mismo tiempo que Ankara aumenta sustantivamente su peso en Europa, también ha conseguido mejorar su relación con Washington.

Trump ha declarado públicamente su propósito de readmitir a Turquía al programa de aviación F-35, a pesar de las quejas de Israel. Tel Aviv reclama que Ankara es una amenaza y que debe preservarse su Ventaja Militar Cualitativa (QME) Previo a la cumbre de Ankara, Turquía criticó las palabras de Netanyahu sobre la posible adquisición de los cazas estadounidenses F-35 como «desinformación».

En Ankara, Erdogan ha sabido jugar su tradicional papel de «actor bisagra» y de interlocutor y mediador entre potencias geopolíticas en confrontación como son los casos de EEUU, China y Rusia. Los equilibrios de Ankara poseen una lógica geopolítica estratégica, tomando en cuenta su posición en el espacio euroasiático, Oriente Medio, Magreb, Sahel y Cuerno de África.

Este papel de interlocución de Turquía le ha permitido convertirse en un actor emergente con capacidad para manejar equilibrios entre actores en conflicto como Rusia y Ucrania y EEUU, Israel e Irán. Las relaciones turcas con China son igualmente fluidas toda vez que la influencia turca en Siria ha sido igualmente determinante para que Trump anunciara la revocación a la designación de ese país árabe como «Estado patrocinador del terrorismo».

Por otro lado, Europa pretende que Turquía sea un socio fiable para impulsar una reactivación más amplia de la industria de defensa del continente y aportar efectivos militares para la Alianza Atlántica. Durante la cumbre de la OTAN, Turquía firmó con Reino Unido un acuerdo de defensa y seguridad, que obliga a ambos países a apoyarse mutuamente en todas las cuestiones relacionadas con la defensa, incluida la cooperación en sus respectivas industrias, la lucha contra el terrorismo, las amenazas híbridas y la ciberseguridad.

La adquisición turca del sistema F-35 implica a otro actor, Rusia, un intermitente aliado turco que se convierte en el principal dolor de cabeza para la OTAN y la Unión Europea. Turquía adquirió en 2019 el sistema defensivo ruso S-400, provocando una enorme preocupación en el seno de la Alianza Atlántica.

En la cumbre de Ankara, la decisión de Trump de suspender las sanciones contra Turquía supuso una evidente presión hacia Erdogan para aceptar los cazas F-35 en detrimento del sistema ruso S-400. Se especula con que Turquía ha comenzado a retirar los S-400 aparentemente vendiéndolos a países como Qatar o Emiratos Árabes Unidos.

La cumbre de la OTAN de Ankara arrojó un escenario concreto: Washington maneja nuevos equilibrios que no necesariamente pasan por seguir manteniendo a Israel como su prioridad inalterable a nivel regional. Este cambio ha recolocado a Turquía como un aliado estratégico alternativo para Washington en el nuevo sistema de equilibrios y tensiones en Oriente Próximo.

En este sentido, Erdogan ha ganado un pulso geopolítico a un Netanyahu que se somete a elecciones generales el próximo 27 de octubre con un contexto de guerras abiertas con Irán y Líbano, degradación de interés por parte de su principal aliado estadounidense y conflictos en marcha con Turquía y Siria.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

©2026-saeeg®

ISRAEL Y EL MANTO DE IMPUNIDAD

Roberto Mansilla Blanco*

Imagen: hosnysalah en Pixabay.

Un año después de los ataques de Hamás en territorio israelí, que dieron paso a la desproporcionada e inhumana invasión militar de Gaza, ¿cuál es el panorama en Oriente Próximo? Existe una nueva crisis de refugiados ante el desplazamiento de población palestina hacia el sur de la Franja de Gaza, Israel inicia una nueva guerra invadiendo el sur del Líbano con la finalidad de descabezar al movimiento islamista Hizbulá, al mismo tiempo que ataca posiciones en Yemen de la comunidad hutí, aliado iraní.

Esta nueva ofensiva israelí dio paso a la respuesta iraní y del Hizbulá con el lanzamiento de misiles y drones contra territorio israelí. Israel ha hecho patente su absoluto desprecio por la ONU, incluso atacando algunos de los puntos y convoyes de este organismo en un claro ejercicio de amenaza disuasiva, tal y como ha venido realizando con prácticamente todas las resoluciones de la ONU en lo relativo al tema palestino.

El resultado, un año después, es más guerra en Oriente Próximo y una escalada de tensiones que implica observar con atención la posibilidad de un enfrentamiento directo entre Israel e Irán.

Los acontecimientos interpretan que el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu está acelerando el viejo proyecto del «Gran Israel» buscando sellar definitivamente las denominadas «fronteras históricas» y diseñando una nueva geopolítica regional. La posibilidad de difusión de un conflicto a gran escala contra Irán, Irak y Siria no es un escenario para nada descartable.

Por mucho que la retórica oficial israelí se esfuerce en justificar sus acciones bajo la recurrente perspectiva de «victimización», queda claro que Netanyahu no está librando una guerra «por la supervivencia» ni por la «vitalidad del Estado de Israel». Lo hace bajo el argumento de existencia de enemigos frecuentes (Irán, Hizbulá, Hamás) pero no menos convenientes para mantener su poderoso establishment militar-industrial israelí, verdadero factor de poder que nutre la existencia del Estado de Israel como entidad estatal, obviamente con el apoyo de EEUU y Europa.

Por otra parte, el sorprendente ataque de Hamás en octubre de 2023 abrió una brecha dentro de la sociedad israelí, rompiendo el mito de su imbatibilidad militar y de la impenetrabilidad de su territorio. Los dos ataques masivos de misiles por parte de Teherán en lo que va de 2024 (abril y octubre) confirman igualmente esa perspectiva. No obstante, la sociedad israelí no parece mostrar mayores críticas o cuestionamentos contra la «línea dura» consolidada por Netanyahu y sus aliados, amparados bajo un proyecto supremacista que denigra y demoniza al contrincante. Israel desistirá de cualquiera mea culpa así como tampoco atenderá (cómo viene siendo costumbre) la legalidad internacional siempre que los resultados militares sean eficaces para neutralizar a sus enemigos.

No obstante, no queda claro que Israel esté avanzando militarmente en estas dos guerras simultáneas (Gaza y Líbano) que pueden prolongarse con el tiempo. Un año después del ataque de Hamás, Tel Aviv apenas logró liberar una decena de los más de 200 israelíes secuestrados. Si bien golpeados y asesinados sus principales líderes (Ismail Haniya y Yahya Sinwar por parte de Hamás; Hasán Nasralá del Hizbulá) ambos movimientos distan notoriamente de mostrar cualquier atisbo de desaparición; incluso refuerzan su condición de actores de resistencia y han revitalizado, al menos de cara al exterior, una causa palestina que parecía adormecida. Y en el trasfondo también está Irán, el eje vertebrador de esta especie de cinturón contra Israel dentro de un volátil e inestable mapa regional pero que sabe que sus respuestas contra Israel deben ser calculadas tomando en cuenta la posibilidad de manifestar un desequilibrio militar y de apoyos geopolíticos a favor de Tel Aviv.

Por otro lado, también está la doble vara de medir de una comunidad internacional cada vez más incongruente e insignificante. La misma que demonizó al presidente ruso Vladimir Putin con la invasión de Ucrania en 2022, aplicando una oleada de sanciones nunca antes vista contra un país, hoy busca tomar distancia de los crímenes que Israel comete en Palestina y ante sus aspiraciones hegemónicas regionales.

Occidente poco tiene que ofrecer cuando un eje euroasiático China-Rusia-Irán-Turquía (e incluso India) comienza a pisar con fuerza en la arena internacional, creando y fortaleciendo alternativas multilaterales (OCS, BRICS+) y alterando los cimientos de poder de ese interregno denominado «post-postguerra fría», hoy prácticamente sepultada. La cumbre de los BRICS a celebrarse en Kazán (Rusia) entre el 22 y el 24 de octubre plantea la posibilidad de ingreso del Turquía en este organismo multipolar toda vez que otros actores emergentes y potencias energéticas como Indonesia, Malasia, Tailandia, Vietnam y Argelia piden también su ingreso.

Por otra parte, el silencio de los principales países árabes (Egipto, Arabia Saudí, Qatar) sobre lo que sucede en Gaza y Líbano podría confirmar colaterales factores de complicidad con Israel. La eventual desarticulación de dos movimientos islamistas (Hamás y Hizbulá), que tienen demostrada su eficacia en la resistencia y lucha armada contra Israel, y su consecuente efecto neutralizador hacia Irán puede suponer para las élites árabes un beneficio político orientado a neutralizar cualquier síntoma de simpatía popular hacia esos movimientos, especialmente ante la presencia de otros movimientos islamistas como la Hermandad Musulmana, con múltiples redes de apoyo regionales.

Un año después de la guerra desatada por Netanyahu, el conflicto en Oriente Próximo entra en terreno desconocido. La única certeza es que Israel solo conoce el militarismo y la guerra como ethos y razón de ser, incapacitado para impulsar cualquier iniciativa diplomática o de paz que no sea bajo sus condiciones y amparada en los históricos apoyos occidentales.

Un año después también vemos como se derriba definitivamente esa pretendida pax americana en Oriente Próximo, otrora proyecto hegemónico de la «posguerra fría» en el que Washington, igualmente incapacitado para solucionar la actual crisis, parece ahora convencido de la necesidad de derogar esa tarea en su aliado regional, perpetuando así la impunidad israelí.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

 

Este artículo fue originalmente publicado en idioma gallego en Novas do Eixo Atlántico: https://www.novasdoeixoatlantico.com/a-eterna-impunidade-israeli-roberto-mansilla-blanco/

 

IRÁN Y EL «CAMINO DE DAMASCO» DE NETANYAHU

Roberto Mansilla Blanco* (Artículo para SAAEG)

 

Biden calcula igualmente cómo controlar a un cada vez más díscolo Netanyahu que ha iniciado con la guerra en Gaza una huida hacia adelante de proporciones imprevisibles tanto en el terreno militar como en el político y diplomático.

 

Seis meses después de iniciar la invasión militar de Gaza, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu vive probablemente la coyuntura más decisiva para su gobierno. Los resultados militares se perciben estériles toda vez han propiciado un caos humanitario sin precedentes, lo cual ha llevado a que Tel Aviv observara síntomas de cierto aislamiento diplomático, particularmente ante el aparente distanciamiento por parte de su aliado estratégico estadounidense.

La abstención de Washington el pasado 25 de marzo en la votación en el Consejo de Seguridad de la ONU que autorizó el Alto al Fuego en Gaza y el estupor internacional causado ante el ataque israelí el 1° de abril contra un convoy de la ONG World Central Kitchen (WCK), con saldo de siete cooperantes fallecidos bajo el argumento erróneo de albergar militantes de Hamás, son sucesos que parecían a priori dejar a Netanyahu en una situación de cierta precariedad política. En el plano interno volvían las protestas dentro de Israel, aspecto que ilustra igualmente el malestar ciudadano por el curso de las operaciones militares en Gaza.

1. Irán: el conveniente «enemigo común»

No obstante, para Netanyahu, atizar la espiral belicista supone una herramienta efectiva para reconducir sus intereses en un Oriente Próximo cada vez más inflamado por la llama militarista. Y aquí entra un actor clave en la ecuación, particularmente para Washington y Tel Aviv: la República Islámica de Irán.

El 1° de abril, Israel atacó el Consulado iraní en Damasco, causando la muerte de trece personas, entre ellos siete cargos militares pertenecientes a la Guardia Revolucionaria Iraní (IRGC) destacando el del «número 2» de ese cuerpo, Mohammed Reza Zahedi. Este ataque quirúrgico israelí recuerda al realizado en Bagdad en 2020 por EEUU (entonces bajo la presidencia de Donald Trump) y que causó la muerte del alto comandante del IRGC, Qasem Soleimani.

La reacción iraní no se hizo esperar. Tras utilizar el ardid retórico clamando «venganza», este 13 de abril fuentes militares israelíes y la agencia estatal iraní IRNA confirmaron que Teherán realizó varios ataques retaliativos contra territorio israelí. Tras estos ataques, el Lider Supremo iraní Alí Jamenei afirmó que «el régimen sionista será castigado».

De este modo la retaliación iraní recondiciona y reafirma la inalterable alianza estratégica entre EEUU e Israel, toda vez Tel Aviv busca con ello recuperar la solidaridad internacional ante el reciente clima de aislamiento exterior. El objetivo es enfocar la atención en un enemigo común, Irán, cuyo peso geopolítico es clave en la región, con capacidad de influencia a la hora de atacar objetivos occidentales e israelíes desde Siria y Líbano hasta Yemen y el Mar Rojo.

Así, y tras la anunciada «venganza» por parte de Irán, Biden no dudó en reafirmar su apoyo «inquebrantable» a Israel toda vez las alianzas militares entre Washington y Tel Aviv se están afianzando. Por otro lado, previo al ataque iraní, se observó también la renovación de los combates en el sur del Líbano entre el movimiento islamista Hizbulá e Israel.

La probabilidad de un ataque iraní motivó a que, días antes, las fuerzas de seguridad israelíes aplicaran el protocolo de máxima alerta. Washington también había enviado a Israel a altos cargos como el Jefe del Mando Central del Ejército y máximo jefe estadounidense en Oriente Próximo, Michael «Erick» Kurilla, lo cual certifica el conocimiento previo de estos ataques iraníes que, por otro lado, ocurren en una coyuntura concreta, la Pascua judía.

Debe tomarse en cuenta el carácter sin precedentes de este ataque iraní contra objetivos israelíes. Con todo, el mismo puede determinar un efecto disuasivo, enfocado en recuperar posiciones ante el nuevo equilibrio militar regional. En un ataque anunciado durante semanas, lo cual define cierto sentido de teatralidad por parte iraní, Teherán utilizó 170 drones, 30 misiles crucero y 120 misiles balísticos impactando principalmente en el sur de Israel, una zona escasamente poblada.

A sabiendas de poder ser interceptados por la denominada «Cúpula de Hierro» israelí, Irán buscaba también minimizar los costos civiles, intentando así amortiguar la posibilidad de una respuesta desproporcionada por parte de Israel y evitando reproducir así una situación similar a la invasión de Gaza tras los atentados terroristas de Hamás en territorio israelí en octubre pasado.

Por tanto, el ataque israelí en Damasco y la posterior reacción retaliativa iraní certifican un «golpe de efecto» de Netanyahu con la intención de diluir las críticas externas por la invasión de Gaza y recuperar así la confianza de Washington recolocando la atención en el enemigo común iraní. La sintonía en materia de cooperación en inteligencia entre Washington y Tel Aviv volvía así a recuperarse. Horas antes de anunciar el IDF israelí el ataque iraní, el presidente Biden aseguró en una rueda de prensa que Irán «atacará más pronto que tarde» y que «estamos dedicados a la defensa de Israel. Apoyaremos a Israel. Irán no tendrá éxito».

Por otro lado y más allá de la retórica, Teherán no desestima los canales diplomáticos, en gran medida condicionado por el peligroso escenario de una eventual guerra directa no sólo contra Israel sino también con EEUU. Previo al ataque, Teherán llegó a minimizar la posibilidad de retaliación contra Israel toda vez mostró públicamente su respaldo a las negociaciones en El Cairo incluso apoyando un alto al fuego en Gaza que permita abrir un nuevo equilibrio de fuerzas entre Israel y Hamás.

2. Biden: dilemas convertidos en certezas

Ante este panorama de complejidades traducidas por la invasión de Gaza, para Netanyahu resultaba imperativo ejercer un eje de presión y reaccionar aún fuera inflamando aún más el panorama regional. Con un alto al fuego precario en Gaza, las negociaciones que se llevan actualmente a cabo en El Cairo implican un espacio de cierta ralentización de los combates tanto para Israel como para el movimiento islamista palestino Hamás. Al mismo tiempo se aprecia un clamor cada vez mayor a nivel internacional para finalizar la guerra en Gaza e incluso establecer sanciones contra Israel ante las intermitencias y dificultades de asistencia humanitaria.

Este contexto aborda interrogantes vitales para la situación de un Netanyahu y su estamento militar que parecieran afrontar en solitario una guerra que pierde gas y entusiasmo dentro de la sociedad israelí, toda vez la comunidad internacional comienza a darle la espalda y exigir el final de la tragedia gazatí. Este último factor es mucho más evidente ante la súbita tirantez, cuando menos en cuanto a las declaraciones oficiales, en las relaciones israelíes con su aliado estratégico estadounidense.

La histórica abstención de Washington en el Consejo de Seguridad ha sido interpretada con notable apresuramiento en los medios como una especie de «parteaguas», en este caso crítico, dentro de la históricamente inalterable relación estratégica entre Washington y Tel Aviv. Esta tirantez también se ha evidenciado en las declaraciones oficiales del presidente estadounidense Joseph Biden criticando abiertamente la ofensiva militar de Netanyahu y su indolencia ante el drama humanitario palestino.

Con este panorama no parecían presentarse los mejores momentos para las relaciones israelo-estadounidenses. Pero un análisis más profundo implica observar hasta qué punto es cierto este aparente distanciamiento de Biden con Netanyahu y cómo a pesar de la tirantez dialéctica, sigue siendo inalterable esa relación estratégica entre EEUU e Israel.

         2.1. Guerras calientes con elecciones a la vista

El tema parece acuciante para un Biden que se juega la reelección presidencial en noviembre próximo con dos frentes de guerra abiertos (Ucrania y Gaza) en las que los intereses de Washington se han visto contrariados. Las preocupaciones del equipo electoral de Biden se acrecientan ante el avance electoral de Donald Trump, que augura su posible retorno a la Casa Blanca, con la posibilida de imprimir un giro copernicano de los intereses exteriores de Biden, especialmente en el caso ucraniano y de los compromisos «atlantistas» vía OTAN.

La perpetuación de estas dos guerras abiertas e inconclusas, cada vez más impopulares para un electorado estadounidense visiblemente polarizado, explica la premura de un Biden que busca ralentizar sus efectos vía alto al fuego en Gaza pero sin tener certeza sobre lo que puede suceder en el frente ucraniano. Un frente donde el recién reelecto presidente ruso Vladímir Putin parece preparar una contraofensiva militar a gran escala, presumiblemente con el foco estratégico en dos objetivos: la toma de Járkov, que permitiría el control del centro de Ucrania y una pista de lanzamiento para mayores presiones y ataques hacia la capital Kiev; y Odesa, estratégico puerto cuya eventual posesión le permitiría a Rusia controlar definitivamente los puertos del mar Negro.

Con ello el Kremlin buscaría establecer un corredor estratégico clave hacia la República Pridnestroviana de Transnistria, un Estado de facto tradicionalmente prorruso que hoy recobra su importancia estratégica y es observado como foco de ampliación del conflicto ucraniano en este caso hacia Moldavia, país que no reconoce la legitimidad transnistria y que está en la órbita de influencia de la OTAN y la UE.

Incapaz o quizás poco convencido de impulsar una iniciativa diplomática eficaz más allá de la abstención sobre el alto al fuego en Gaza y el apoyo a las negociaciones en El Cairo, Washington observa también cómo China mueve sus piezas en el terreno diplomático. Si bien muestra oficialmente la consistencia de la alianza con Moscú, Beijing vuelve a tomar la iniciativa como actor capacitado para propiciar un diálogo entre Rusia y Ucrania que eventualmente implique un alto al fuego o una tregua. Al mismo tiempo, China también ha pulsado la tecla diplomática en Gaza, con la visita a Israel y Palestina de un alto emisario del gobierno de Xi Jinping.

Pero también está el terreno geopolítico. Irán ha sido un prolífico aliado de Rusia en Ucrania enviando, principalmente, drones al Ejército ruso para sus operaciones militares en el frente. Tomando en cuenta el actual contexto de creciente tensión entre Israel e Irán con posibilidades de una escalada bélica, Washington refuerza aún más su alianza con Israel con la intención de crear una tenaza regional contra Irán, obligando a Teherán a concentrar su atención en cómo será la respuesta israelí. Ello implicaría la intención de EEUU e Israel de neutralizar la cooperación militar entre Irán y Rusia.

Pero también podríamos observar otro escenario hipotético. Con un frente ucraniano estancado a la espera del «deshielo primaveral» que permita viabilizar algún tipo de ofensiva militar, Moscú podría observar con atención la posibilidad de un conflicto in crescendo entre Irán e Israel para distraer la atención mundial y propiciar una posible ofensiva en el frente ucraniano.

Ante el ataque iraní a Israel, la Cancillería rusa emitió un comunicado pidiendo «moderación» para evitar una «escalada del conflicto en Oriente Próximo» toda vez criticó la «incapacidad del Consejo de Seguridad de la ONU» para invocar el Derecho Internacional tras el ataque israelí al Consulado iraní en Damasco. En un tono similar, China expresó igualmente su «preocupación» por la crisis pidiendo «contención».

3. Netanyahu se encomienda a la «línea dura»

El primer ministro israelí ha anunciado que se han cumplido los objetivos militares previstos en el norte de Gaza toda vez ordena una retirada momentánea del sur de la franja y prepara una ofensiva militar hacia Rafah, muy probablemente presionado por el sector de la línea dura política y militar que apoya su gobierno. Se advierte así un punto de inflexión orientado a expulsar a la atribulada población palestina y arrinconar a Hamás, confinándolo en ese territorio muy próximo a Egipto.

Así mismo, las protestas internas contra Netanyahu, que en ningún momento muestran algún tipo de solidaridad hacia el drama palestino, implican también nuevos equilibrios de fuerzas políticas internas dentro del tradicionalmente atomizado mapa político israelí. Si bien es cierto que las protestas son dirigidas por sectores de la sociedad civil israelí opuestos a la deriva ultranacionalista y religiosa de Netanyahu, es también palpable el malestar ciudadanos no sólo porque los objetivos militares en Gaza no se han alcanzado o siguen siendo poco realistas sino también porque esta guerra implica observar un nivel de vulnerabilidad para la seguridad israelí tanto internamente como en la diáspora judía vía atentados terroristas.

Este escenario ha persuadido aún más a Netanyahu a encomendarse ciegamente al apoyo de su estamento militar y del influyente lobby de los colonos judíos, reactivado y cada vez más desafiante y agresivo, que ahora observa al norte de Gaza como su nuevo centro de operaciones, incluso en materia turística y económica.

De este modo, la «rejudeización» de Gaza (no olvidemos que fue el «halcón» ex primer ministro israelí Ariel Sharon el que ordenó la salida de los colonos judíos en 2005) implica para estos sectores ultraderechistas y sionistas la expulsión definitiva del pueblo palestino y la recreación de la vieja aspiración de Netanyahu y de sectores ultranacionalistas y sionistas de sellar la fronteras históricas del Gran Israel. El establishment de poder en Tel Aviv parece cohesionado en torno a esta idea, aparentemente sin reparar en qué tipo de reacción social y política interna y externa pueda generar.

4. Esperando a Trump

Expectante ante lo que pase en Ucrania y ahora entre Israel e Irán, Biden atiende con preocupación la vorágine de acontecimientos que amenazan con inflamar aún más el ya de por sí crítico panorama en Oriente Próximo. Entrando en la recta decisiva de la carrera electoral para la Casa Blanca, Biden calcula igualmente cómo controlar a un cada vez más díscolo Netanyahu que ha iniciado con la guerra en Gaza una huida hacia adelante de proporciones imprevisibles tanto en el terreno militar como en el político y diplomático.

Pero el primer ministro israelí también juega sus cartas en las elecciones estadounidenses, buscando prorrogar la guerra ante la posibilidad del retorno de su «amigo» Trump a la Casa Blanca, visible defensor de las tesis revisionistas nacionalistas y supremacistas israelíes. La sintonía entre Trump y Netanyahu ya se hizo patente durante el mandato presidencial del hoy candidato republicano (2017-2021) y que se confirmaron ante la apertura de la embajada estadounidense en Jerusalén, la política anti iraní de Trump y su indiferencia ante la situación de los palestinos.

Sea cual sea el resultado electoral de noviembre en EEUU, Netanyahu seguirá teniendo las espaldas cubiertas incluso si su gobierno llegase igualmente a confrontar problemas internos vía protestas sociales y militares ante la indefinición de una guerra en Gaza cada vez más estéril y catastrófica, donde Hamás no parece dar síntomas de sucumbir e Irán entra cada vez más en juego. Unas protestas que ya tienen una dimensión regional por sus efectos humanitarios y socioeconómicos, tal y como se ha observado estos días con las manifestaciones en Jordania.

En la historia bíblica se reseña la conversión al cristianismo de Saulo de Tarso (posteriormente San Pablo) durante el Camino a Damasco. En el caso de Netanyahu, su particular «Camino a Damasco» nada tiene que ver con una conversión religiosa pero sí con una reconversión de alianzas y prioridades geopolíticas.

Contrariado ante el punto bajo de sus relaciones con Biden, el eficaz ataque ordenado por Netanyahu al Consulado iraní en la capital siria y la posterior respuesta iraní atacando  territorio israelí recompuso de inmediato la fluidez de esas relaciones con Washington volviendo al punto original de la necesidad de afianzar la alianza estratégica contra el enemigo común.

Más allá de la difícil coyuntura y el clima de cierta tirantez en sus relaciones con Washington, Netanyahu y el establishment político y militar israelí son conscientes de que estas alianzas estratégicas siguen teniendo un peso irreversible. Y más todavía si en el horizonte se avecina el retorno de Trump.

 

* Analista de geopolítica y relaciones internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), Magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) Colaborador en think tanks y medios digitales en España, EE UU y América Latina.

©2024-saeeg®