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EL ORDEN INTERNACIONAL DE AYER, LA DISRUPCIÓN DE HOY Y LOS HÁBITOS DE SIEMPRE

Alberto Hutschenreuter*

Imagen de Vicki Hamilton (flutie8211) en Pixabay

 

El final de un año siempre resulta pertinente para realizar un balance o «verificación» estratégica internacional y mundial que nos sea de utilidad para contar con un estado de situación a partir del cual se puedan considerar escenarios.

Hace tiempo que los hechos internacionales implican un verdadero reto para los analistas y tomadores de decisiones, y ello, en buena medida, se debe a la inexistencia de una configuración u orden internacional.

Un orden internacional supone un acuerdo mayor establecido y respetado por los actores «que cuentan», el que, además, debe fundarse (sobre todo hoy) en el reconocimiento de los enfoques sobre orden internacional de los diferentes actores. Esto último implica una «novedad», pues hasta el presente los órdenes internacionales conocidos han sido creados o surgidos en Occidente (de allí que el «modelo Westfalia» resulte insuficiente o limitado como pauta para pensar un orden internacional).

Los últimos tres órdenes internacionales no siguieron tanto aquella definición, pues la configuración bipolar predominante entre 1945 y principios de los años noventa se basó en el resultado de la Segunda Guerra Mundial, cuando el poder se fue de Europa para concentrarse en los polos estadounidense y soviético.

El segundo orden, el de la globalización, entre principios de los noventa, surgió como consecuencia de la predominancia del modelo económico neoamericano, que fue el que determinó el espíritu, contenido y ejercicio de la globalización.

El régimen de aquella globalización supuso no sólo una forma suave de ejercicio de poder, sino un cambio en el uso de sus instrumentos, los que se basaron en propuestas y activos geoeconómicos más que geopolíticos (de hecho, en el actor que impulsó la globalización, Estados Unidos, el nervio más importante del gobierno se ubicó en la Secretaría de Comercio).  

El tercer orden o régimen internacional tampoco se basó en pacto alguno, pues fue resultado del ataque perpetrado por el terrorismo transnacional a los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. A partir de entonces, la hegemonía militar norteamericana prácticamente identificó el sistema internacional con la seguridad y los intereses de la potencia.

En 2008 arrasó la crisis financiera, considerándose los esfuerzos para salir de ella como la última vez que hubo una genuina cooperación internacional. Desde entonces, no sólo no hubo orden internacional, sino que se afianzó un desorden internacional confrontativo o disruptivo, pues los actores con capacidades para configurar un orden fueron rivalizando cada vez más, como China y Estados Unidos, e incluso a partir de la denominada «Operación Militar Especial» rusa en Ucrania en febrero de 2022, Rusia y Occidente se encontraron en una situación de tensión creciente o de «no guerra» que persiste hasta hoy.

Antes de la Segunda Guerra Mundial también hubo órdenes internacionales: mientras la pactada configuración interestatal posnapoleónica se propuso evitar el surgimiento de un nuevo desafío al sistema de monarquías europeas y fue exitoso hasta la segunda mitad de siglo, el orden de Versalles u «orden de los vencedores», tras la Primera Guerra Mundial, se consagró con el fin de conseguir la paz por medio de una organización internacional basada en el mecanismo de seguridad colectiva, obteniéndose resultados favorables hasta casi fines de los años veinte, para volverse cada vez más irrelevante en la década siguiente.

Por tanto, un orden no asegura la concordia ni la paz (un concepto abstracto) entre los Estados, sin duda, pero hasta hoy se ha revelado como el único modo que permite sofrenar las consecuencias de la situación de anarquía que existe entre los Estados, la gran «tragedia de los grandes poderes políticos», según el experto estadounidense John Mearsheimer.

Si es posible hallar alguna definición que sintetice el estado actual del mundo, no estaríamos muy equivocados en sostener lo siguiente: el poder, la geopolítica y el interés nacional arriba, el comercio en el centro y el multilateralismo abajo.

En tiempos de orden, no cambiaría mucho esa ecuación, pero la existencia de un pacto «honroso» entre los poderes mayores proporcionaría previsibilidad (por caso, en materia de armas de exterminio masivo), se amortiguarían los conflictos entre poderes intermedios, el comercio fluiría acusando menos el impacto de los riesgos geopolíticos y el multilateralismo o sistema de instituciones internacionales contaría con mayor margen para realizar misiones habituales y fortalecerse, es decir, ser más proactivo, frente a «nuevos retos» como los brotes epidémicos.

Esto último es muy importante, pues las enfermedades infecciosas no son algo nuevo; pero la globalización, la conectividad y el «achicamiento» del mundo las han convertido en un fenómeno nuevo en relación con el alcance de sus secuelas multidimensionales.

Aquí nos encontramos con solo una de las razones que llevan a lo que el especialista Fareed Zakaria denomina un «trilema» internacional y mundial: el mundo actual es abierto, rápido pero inestable. Es decir, en casi todos los segmentos muy difícilmente se pueden lograr simultáneamente las tres cualidades: apertura, velocidad y seguridad.

Ello no deja de ser una preocupante curiosidad estratégica en el desorden internacional disruptivo de hoy, pues podemos acaso llegar a comprender que las armas nucleares impliquen un riesgo mayor porque hay rivalidad o competencia interestatal en liza, «políticas como de costumbre» diría Stanley Hoffmann. Pero en el caso de las enfermedades virales, descartando el hecho relativo con una diseminación deliberada de virus, se trata de un reto que no llega a ser suficiente para impulsar un nuevo sistema de valores asociados con la cooperación internacional.

En el mundo actual, el poder, la geopolítica y la primacía de los intereses nacionales son tan categóricos que (en no pocos casos) relativizan el principio de la incertidumbre en las relaciones internacionales, por ejemplo, cuando el mandatario estadounidense se refiere, aduciendo cuestiones de seguridad, a la necesidad de que Groenlandia y el Canal de Panamá pasen a ser parte de la soberanía estadounidense. Tampoco se preocupa en ocultar sus propósitos geopolíticos Rusia cuando advierte que «Ucrania no existe». Asimismo, China en relación con Taiwán. Israel sobre los territorios palestinos. Cuestiones en África… En fin, casos que van más allá de la misma soberanía poswestfaliana a la que se refirió Stephen Krasner.

Aquí resultan pertinentes algunos enfoques sobre temas internacionales que, como la guerra y la geopolítica, entre otros, se consideraban perimidos en el mundo conectado, pospatriótico y tecnopolar del siglo XXI: las esferas de influencia y las conquistas territoriales, conceptos de profunda naturaleza geopolítica.

En efecto (y aunque pueda parecer repetitivo), cuando el presidente Trump advierte sobre la necesidad de que aquellos territorios sean parte de la soberanía estadounidense, o cuando moviliza capacidades navales y de inteligencia en el Caribe para presionar al régimen de Venezuela, lo hace porque no tiene la menor duda sobre la soberanía limitada que tienen los actores ubicados en zonas geopolíticas selectivas, es decir, plazas del mundo en las que los actores situados allí son independientes mientras sostengan una diplomacia de deferencia frente al actor mayor regional o continental. (Es oportuno aclarar que la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, de diciembre de 2025, señala a América Latina como «área de prioridad estratégica», al tiempo que remarca la necesidad de fortalecer la hegemonía estadounidense y contrarrestar la influencia de actores extra-hemisféricos).

En cuanto a las conquistas territoriales, siendo las políticas de primacía del interés nacional y el declive de la norma internacional fuertes características del estado actual de disrupción internacional, no resulta extraño que hayan surgido debates relativos con el «regreso de la conquista territorial». Más allá del caso de Ucrania, que fue lo más rústico, aunque no es el único en relación con capturas territoriales por parte de los Estados, la especialista Tanisha Fazal lo plantea de esta manera: «Si la conquista territorial vuelve a ser un tema de debate, será menos probable que los Estados respeten otros elementos de la soberanía, como los derechos marítimos. Cuando los pequeños Estados insulares reclaman derechos de pesca y minería en zonas económicas exclusivas, otros países de la región podrían simplemente ignorar sus reclamaciones. El poder ignorará el derecho».

Por su parte, por demás interesante resulta la reflexión del experto Paul Poast cuando sostiene que «Los humanos vivimos en un planeta finito en tierra y espacio, e históricamente el medio más eficaz para controlar ese espacio o expulsar a otros de él es la amenaza y, de ser necesario, el uso de la violencia. Esto no significa que todas las guerras se deban a la necesidad de mantener y controlar territorio. Pero centrarse en la competencia por el territorio puede explicar en gran medida la persistencia de la guerra».

La relación entre intereses políticos y territorios con fines asociados al incremento de poder resultan categóricos cuando observamos que en las guerras y tensiones que tienen lugar hoy en las grandes placas geopolíticas del mundo, esto es, Europa del este, Oriente Medio, Asia del sur y el arco que se extiende desde este último sitio  hasta el norte de Asia-Pacífico, el tema territorial es, en buena medida, determinante. Incluso la tensión entre China y Estados Unidos está atravesada por esa variable, pues, más allá de las expansiones de Pekín hacia dentro del continente (a través de la Iniciativa de la Ruta y la Franja) y hacia el mar y zonas costeras en el Índico y África, la contención estadounidense sobre China abarca múltiples dimensiones, desde la estratégica-militar hasta la económica, pasando por la tecnológica o war-chip.

En este contexto, el comercio internacional no deja de ser un dato esperanzador, pues en tiempos de ausencia de orden internacional y declive del derecho internacional, el comercio mismo funge como un «orden internacional sustituto». Y lo es aún bajo el impacto del arancelismo o guerra comercial, más otros impactos o riesgos sobre este «bien público internacional».

En suma, no sucede que están de regreso el poder, la guerra, la geopolítica el ascenso de nuevos poderes, entre los principales «hábitos» o «conocidos de siempre» en la política internacional. Siempre han estado allí. Sucede, para decirlo de nuevo, que su preponderancia y riesgo se multiplican al no existir una configuración internacional.

Aunque algunos de esos componentes o regularidades de la política pueden modificar su naturaleza, siempre permanecen. Considerando la cantidad de cuestiones que tienen lugar en la política internacional, hay quienes advierten que la próxima década del cuarenta podría ser una década estratégica de hostilidad mayor, pues para entonces la mayoría de esas cuestiones, por caso, crisis climáticas, tensiones interestatales mayores, entre otras, alcanzarían sus puntos de saturación. En otros términos, un desenlace trágico de la situación de disrupción actual.

Pero más allá de ello, hay que decir que los hábitos o regularidades de siempre en la política internacional y mundial son acompañadas por sucesos que no tienen precedentes, y que implican un posible punto de inflexión o de escala en la historia de la humanidad.

Nos referimos a todo lo que viene ocurriendo en materia tecnológica, particularmente en el segmento de la inteligencia artificial. En otros momentos de adelantos tecnológicos, como los que sucedieron en la segunda mitad del siglo XVIII o hacia fines del siglo XIX, los mismos eran acompañados o estaban fundados a partir de marcos filosóficos (la Ilustración, el empirismo, el utilitarismo, el positivismo) que terminaban por fortalecer un clima esperanzador en buena parte de la humanidad. Sin embargo, a pesar de lo extraordinario de los adelantos tecnológicos que vienen teniendo lugar desde los años noventa, hoy no nos encontramos ante un clima resplandeciente ni ha surgido ningún sistema de ideas o filosofía que promueva optimismo frente al porvenir.

Sin duda que la disrupción internacional y mundial extensa lo impiden, pero también es cierto que los rápidos adelantos tecnológicos no llegan a generar confianza. Por un lado, el modelo actual de poder predominante implica que los polos mayores concentran y concentrarán activos tecnológicos mucho más de lo dedicado a la cooperación internacional, como de hecho podemos apreciar en la rivalidad entre Estados Unidos y China. Pero, por otro lado, la aproximación hacia una estación «poshumana» tiende a ser percibida más como admonición que como un alivio o recurso favorable mayor para el hombre.

Las crecientes advertencias que vienen haciendo autorizados expertos sobre las consecuencias deletéreas en materia de IA no se refieren mayormente al segmento estratégico-militar, que es donde se tiende a pensarlas y donde existen realidades y proyecciones o escenarios notables, sino a campos como el de la salud, del aprendizaje, entre otros.

Por caso, Daron Acemoglu, último premio Nobel de economía, advirtió a principios de 2025 que «Debido a su profundo potencial, la IA también representa una de las amenazas más graves que la humanidad ha enfrentado jamás. El riesgo no es solo (ni siquiera principalmente) que máquinas superinteligentes algún día nos dominen: es que la IA socavará nuestra capacidad de aprender, experimentar, compartir conocimientos y extraer significado de nuestras actividades. La IA nos debilitará enormemente si elimina constantemente tareas y trabajos, centraliza excesivamente la información y desalienta la investigación humana y el aprendizaje experiencial, empodera a unas pocas empresas para que controlen nuestras vidas y crea una sociedad de dos niveles con enormes desigualdades y diferencias de estatus. Incluso podría destruir la democracia y la civilización humana tal como la conocemos. Temo que ésta sea la dirección en la que nos dirigimos».

La propia IA considera que «[…] nos enfrentamos al reto de escoger entre un futuro de posibilidades sin parangón o uno de peligros inimaginables. El destino de la humanidad pende de un hilo y las decisiones que tomemos en los próximos años y décadas determinarán si estamos a la altura de estas tecnologías o si, en cambio, somos víctimas de sus peligros».

En conclusión, no hay orden en las relaciones internacionales del siglo XXI. Los últimos órdenes tuvieron lugar hace tiempo y no fueron resultado de pactos. Esto nos lleva a preguntarnos si es posible que pueda configurarse el mundo en los próximos tiempos. No solo hacen falta liderazgos de escala para ello, sino disposición para reconocer concepciones diferentes de orden internacional.

La situación de disrupción actual no solo se debe a que el lugar de un orden internacional ha sido ocupado por políticas basadas en el poder e interés nacional ante todo, sino a que los poderes mayores se hallan enfrentados entre sí, incluso en estado de «no guerra» entre algunos de ellos, OTAN-Rusia, concretamente.

Este contexto difumina la posibilidad de existencia de una «cultura estratégica» entre «los que cuentan», un activo o «bien estratégico mundial» que reduce el margen de incertidumbre de intenciones entre aquellos y torna menos inseguros segmentos como el las armas nucleares, pues garantiza lo que se conoce (irónicamente) como MAD (la «Mutua Destrucción Asegurada»).

En este desorden o estado de disrupción, los hábitos protohistóricos de las relaciones internacionales prueban prácticamente a diario su fuerte condición de «regularidades», al tiempo que se extienden a las nuevas temáticas que sin duda dominarán el siglo: las tecnologías mayores, segmento que hasta el momento no encuentra la necesaria contención internacional que relativamente limite su utilización en clave de poder y predominancia.

 

* Miembro de la SAEEG. Su último libro, recientemente publicado, se titula La Geopolítica nunca se fue, Editorial Almaluz, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2025.

 

Bibliografía

Bruno Tertrais. La guerra de los mundos. El retorno de la geopolítica y el choque de los imperios. Madrid: Oberon, 2024.

Alberto Hutschenreuter. La geopolítica nunca se fue. Los grandes acontecimientos mundiales en clave política, territorial y de poder. Buenos Aires: Almaluz, 2025.

Alberto Hutschenreuter. «Geopolítica y posgeopolítica en el mundo del siglo XXI». Global Overview Magazine, diciembre de 2025, https://www.globaloverviewmagazine.com/2025/12/geopolitica-y-posgeopolitica-en-el.html

Yan Xuetong, Fang Yuanyuang. The Essence of Interstate Leadership. Bristol University Press, 2024.

Tanisha M. Fazal. «Conquest is Back», Foreign Affairs, March 21, 2025.

Paul Poast. «As Long as there is Territory to Fight Over, War will be with As». World Politics Review, December 20, 2024, https://www.worldpoliticsreview.com/war-conflict-territory/

Federico Tobar. «En medicina, el futuro llegó como vos no lo esperabas»,  https://www.linkedin.com/pulse/en-medicina-el-futuro-lleg%C3%B3-como-vos-lo-esperabas-federico-tobar-2n2he/

Daron Acemoglu. «Will We Squander the AI Opportunity?» Proyect Syndicate, Feb 19, 2025, https://www.project-syndicate.org/commentary/ai-on-a-socially-harmful-path-by-daron-acemoglu-2025-02

Mustafa Suleyma., La ola que viene. Tecnología, poder y el gran dilema del siglo XXI. Buenos Aires: Debate, 2025.

 

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MADURO, TRUMP Y UNA «BAHÍA DE COCHINOS 2.0»

Roberto Mansilla Blanco*

Meses de táctica intimidatoria, presiones y ambigüedades dialécticas por parte de Donald Trump mientras aumentaba acciones militares «antinarcóticos» en el Mar Caribe que progresivamente se han instrumentalizado en acciones operativas orientadas a un eventual cambio de régimen en Venezuela, dan a entender que la crisis que actualmente se está llevando a cabo entre Washington y Caracas parece encaminarse hacia un escenario de colisión, a priori, inmediato e irreversible.

El pasado 22 de noviembre, aerolíneas estadounidenses y europeas anunciaron la preventiva suspensión de vuelos directos a Venezuela ante el aumento de la presencia militar estadounidense en el Caribe. Recomendaciones similares de cautela giró Washington con respecto a su personal diplomático y profesional establecido en Venezuela.

Con anterioridad, Trump autorizó a la CIA realizar operaciones encubiertas contra el presidente venezolano Nicolás Maduro, lo cual confirma su pretensión de conocer el terreno con mayor exactitud vía trabajo de inteligencia. Por otro lado, medios estadounidenses filtraron informaciones sobre una posible oferta de Maduro a Trump para dejar el poder y exiliarse en Turquía, rechazada oficialmente por la Casa Blanca.

A pesar de la escalada militar, Trump ha anunciado que no descarta la vía de negociación con Maduro, un escenario que implica una negociación entre varios actores, dentro y fuera de Venezuela que, eventualmente, podría arrojar pistas en torno a una posible transición pactada de poder en Caracas, buscando evitar contextos conflictivos.

No obstante, la tensión se ha elevado ante el anuncio este 24 de noviembre por parte de Washington de etiquetar oficialmente de «terroristas» a Maduro y al controvertido Cártel de los Soles, una directriz que parece definir una nueva fase en la estrategia de Trump, ahora bajo la denominación oficial de «Lanza del Sur», pero hasta ahora condicionada por los vaivenes de una escalada de tensiones que, en el fondo, revela interrogantes e incluso incongruencias sobre cuál es la verdadera estrategia de Washington con respecto a Venezuela.

El papel de Marco Rubio y la crisis del MAGA

En la escalada de tensiones entre Trump y Maduro destaca igualmente el papel del secretario de Estado Marco Rubio, cuyo objetivo estratégico es romper el eje Cuba-Venezuela. El medio estadounidense Político asegura que Rubio encabeza la campaña de presión de Trump para forzar la salida de Maduro en la que se incluirían ataques aéreos selectivos, buques de guerra y hasta 15.000 tropas estadounidenses posicionadas cerca de la región bajo la narrativa de una «guerra contra los cárteles».

El verdadero objetivo sería un cambio de régimen en Venezuela que, visto en términos políticos e incluso hasta electorales a mediano plazo, buscarían mejorar la imagen de Trump, muy golpeada recientemente en las encuestas, así como también del propio Rubio, especialmente entre la comunidad de exiliados venezolanos y cubanos en Florida. El primer test electoral del «trumpismo 2.0» instalado en la Casa Blanca serán las elecciones del mid-term en noviembre de 2026, donde se renovarán el Congreso y un tercio del Senado.

Estos intereses políticos en torno a la crisis con Venezuela ocurre igualmente en un contexto de divisiones dentro del «movimiento MAGA» de Trump en EEUU, lastrada por la polarización interna tras la defección de Marjorie Taylor Greene, una de las principales bazas de apoyo a Trump. Existen aristas ideológicas y de movilización de liderazgos que comienzan a distanciarse del propio presidente estadounidense. Por otro lado, no existe un consenso político entre republicanos y demócratas sobre la necesidad de intervención militar en Venezuela.

Esta crisis interna del «MAGA» observa una estrategia poco esclarecedora sobre cómo afrontar el «tema Venezuela». Un fracaso o un desenlace caótico de la crisis con Venezuela pondría en riesgo esta base política, especialmente entre votantes aislacionistas del movimiento MAGA, colocando en una difícil posición a una presidencia de Trump que comienza a observar un tímido resurgir de la oposición, especialmente tras la reciente victoria electoral de Zohran Mamdani en la Alcaldía de Nueva York.

Del mismo modo, si la campaña punitiva contra Maduro se vuelve estéril y Trump apuesta por negociar con él una especie de transición pactada de salida de poder y exilio toda vez que Washington se asegura el retorno firme de las multinacionales estadounidenses al mercado energético venezolano, la posición de Rubio se vería igualmente en riesgo al no poder explicar por qué este amplio despliegue militar no produjo resultados políticos tangibles y deseosos para varios sectores de la «línea dura» tanto del MAGA como del Partido Republicano, ansiosos de por desalojar a Maduro del poder.

¿Sobrevivirá Maduro a una «Bahía de Cochinos 2.0»?

La oficialmente denominada operación antinarcóticos en el Mar Caribe impulsada por Washington supone la mayor movilización militar en el Caribe probablemente desde la crisis de los misiles de Cuba de 1962.

Continuando con las comparaciones históricas, este escenario podría igualmente amparar la posibilidad de reproducción de una especie de «Bahía de Cochinos 2.0», realizando una comparativa con la operación llevada a cabo contra Cuba en 1961 por exiliados cubanos y la CIA apoyados por la administración Kennedy.

Ante este intrigante escenario no se debe descartar que sus consecuencias podrían implicar efectos contraproducentes para la estrategia de Washington. Por un lado, y al igual que sucedió en 1961 con el recién instaurado régimen socialista en Cuba, el eventual fracaso de una operación «Bahía de Cochinos 2.0» de 2025 contra Venezuela podría significar una perspectiva de consolidación del poder de Maduro, ahora instrumentalizada en términos de relato «soberanista y revolucionario» que le permita consolidar un sello personal y político dentro del «chavismo».

El uso punitivo de la fuerza por parte de Washington busca otra salida: la puesta en marcha de una transición pactada entre las elites del poder en Caracas y los actores exteriores con peso decisivo en los asuntos venezolanos, principalmente en los casos de EEUU, Rusia y China y, en menor medida, Brasil y Colombia.

En este último caso, el presidente colombiano, el izquierdista Gustavo Petro, ha sido igualmente señalado por Trump dentro de esta campaña militarista «antinarcóticos» en el Caribe, aspecto que le habría obligado al mandatario colombiano adoptar una prudente distancia en lo relativo a su tradicional apoyo a Maduro y ante lo que pueda suceder en Venezuela. Por su parte, el presidente brasileño Lula da Silva ha mantenido su tradicional posición de rechazar la violencia y apostar por la negociación.

Así mismo, la tensión entre EEUU y Venezuela determina un respectivo pulso de legitimidades entre los actores involucrados. Toda vez que le favorece el giro hacia la derechización en América Latina por la vía electoral (Bolivia, Ecuador, Argentina, posiblemente Chile), Trump necesita consolidar un triunfo internacional que desvíe la atención de las tensiones internas en EEUU, ya anteriormente mencionadas.

En el caso venezolano, Maduro, simbólicamente entronizado como «el hijo de Chávez», su sucesor no sólo en el poder sino en el devenir del proceso revolucionario, busca hacer realidad el viejo sueño de su «padre político»: resistir el asedio del «Imperio del Mal» estadounidense, independientemente si la misma conlleva una acción militar. Un episodio que, si bien no es exactamente comparable con la histórica invasión de «Bahía de Cochinos», sería convenientemente aprovechado por Maduro para instrumentalizar una narrativa heroica propia que le permita fortalecer su imagen y la de su estructura de poder.

Entran en esta ecuación algunos aspectos que no se deben pasar por alto y que podrían beneficiar a Maduro. Si bien es cierto que existe un portentoso despliegue militar estadounidense, es evidente la disparidad en el equilibrio de fuerzas en relación con Venezuela, en este caso obviamente favorable a EEUU, son escasos los indicios que confirmen la posibilidad de que Trump tenga decidida una invasión terrestre para desalojar del poder a Maduro, bajo el argumento de la amenaza del narcotráfico, siguiendo un guion similar al de la invasión a Panamá de 1989.

Diversas fuentes estiman en 15.000 los marines establecidos en este despliegue militarista estadounidense en el Caribe, ampliados con una logística naval y comunicativa de alto nivel, con nueve buques de guerra. No obstante, es preciso resaltar que esta cifra es insuficiente para invadir un país, Venezuela, de casi un millón de kilómetros cuadrados, 3.000 kilómetros de costa con el Mar Caribe, aproximadamente 30 millones de habitantes y una Fuerza Armada que, si bien observa condiciones de cierta precariedad si lo comparamos con sus homólogos estadounidenses, cuenta con más de medio millón de efectivos y el apoyo logístico y de entrenamiento de potencias militares como Rusia, China e Irán.

Los rumores constantes y las idas y venidas de la estrategia diletante de Trump dan a entender que, más allá del hecho de que la invasión «esté sobre la mesa», no existe una estrategia definida y efectiva ni mucho menos una «quinta columna» dentro de Venezuela capacitada operativamente para apoyar esta invasión exterior que permita derrocar a Maduro. No se percibe quiebra ni en el Alto Mando de la FANB ni en los mandos medios, así como tampoco en las altas esferas del poder ni en los cuadros políticos y burocráticos del oficialismo. Lo que se observa es un «atrincheramiento» dentro del «chavismo-madurismo», en actitud expectante hacia lo que realmente pretende Trump.

Si bien es cierto que predomina una tensa calma y la consecuente incertidumbre y expectación hacia lo que puede ocurrir toda vez que se activan de manera disuasiva los mecanismos de seguridad oficiales, hoy en día las calles de Caracas distan notablemente de observar un clima de efervescencia política o de paranoia social ante una inminente invasión.

Por otro lado, la oposición venezolana está prácticamente desaparecida, por mucho que María Corina Machado, galardonada con el Premio Nobel de la Paz 2025 que irónicamente apoya la intervención militar estadounidense en su país, se esfuerza hasta la saciedad desde la clandestinidad por hacer un llamado a la rebelión militar incluso anunciando un gobierno de transición donde ya ha sellado las claves de la nueva relación con Washington vía beneficios de inversiones petroleras y de otros recursos minerales estratégicos. Machado prometió generar US$ 1,7 billones en los próximos 15 años a través de la privatización de la industria petrolera.

Por otro lado está el eje Cuba-Venezuela que Rubio ansía desarticular en aras de procrear transiciones políticas en ambos países. De acuerdo con el economista cubano Pavel Vidal, la isla caribeña perdería el 7,7% del PIB si deja de recibir petróleo venezolano. No obstante, los expertos especulan con que la cúpula militar cubana difícilmente se encamine a destruir el sistema del que es la piedra angular, con riesgo incluso de desaparecer en caso de que esto suceda.

En respuesta a la puesta en escena militarista de Trump, Maduro ha hecho lo mismo en las calles venezolanas vía extensión de la Milicia Popular Bolivariana. El número de efectivos es lo de menos; lo importante es el mensaje en clave política. Y no es exactamente dirigido hacia Trump sino más bien ante cualquier posibilidad de disidencia política y militar dentro del régimen venezolano, y ante la posibilidad de acciones sediciosas opositoras aparentemente amparadas desde Washington.

Como imagen propagandística ante la sociedad venezolana y la comunidad internacional a la hora de reflejar quién «está al mando», Maduro está aprovechando la crisis en términos políticos, reorganizando las estructuras de poder vía consejos comunales populares y organizaciones sindicales y trabajadores. Con ello, Maduro busca recuperar la noción «chavista» del «pueblo armado en las calles», de la «revolución pacífica pero armada», del «poder popular vía Comuna» que tanto explayaba Chávez en sus discursos.

Tras varios años de cierto ostracismo, la Milicia Popular, formalizada como una especie de «guardia pretoriana» del chavismo, ha retomado su protagonismo en este 2025 de rumores de invasión estadounidense.

La realpolitik entra en escena

Mientras el despliegue militar estadounidense toma posiciones en el Mar Caribe muy cerca de las costas venezolanas se filtró la información de una negociación directa entre Trump y el presidente ruso Vladimir Putin para alcanzar un eventual plan de paz en Ucrania.

En esta ocasión aparentemente más receptivos, Europa y la OTAN no han desaprovechado la ocasión para mostrar su malestar e incluso incredulidad ante un pacto Trump-Putin en el cual quedan visiblemente fuera del centro de decisión.

Aquí vuelve a entrar en juego la realpolitik. El ultimátum de Trump al presidente ucraniano Volodymir Zelenski para aceptar este plan de 28 puntos que beneficia claramente a Rusia, evidencia la impaciencia de Washington, ansiosa de tener menos ataduras en el exterior para intentar definir una salida efectiva a la crisis con Venezuela, especialmente con la finalidad de neutralizar la posibilidad de una intervención rusa dada su alianza con Maduro. Es pertinente considerar que estos contactos informales entre Trump y Putin sobre Ucrania en medio de la crisis de EEUU y Venezuela definen equilibrios colaterales que muy probablemente influirán en lo que pueda suceder en Venezuela.

Si la escalada de tensiones aumenta, Trump podría ensayar en Venezuela lo que en 2017 hizo contra la Siria entonces gobernada por Bashar al Asad (hoy exiliado en Moscú) ordenando en este caso una serie de ataques quirúrgicos y concretos contra instalaciones militares venezolanas lanzadas desde portaaviones estadounidenses, en este caso en el Mar Caribe.

No deja de ser curioso que Trump acaba de recibir en la Casa Blanca al «sucesor» de Bashar al Asad en el poder en Siria; el ex yihadista Ahmed al Shara’a, un personaje por el que una vez Washington llegó a pedir una recompensa de US$ 10 millones por su captura «dead or alive». Una recompensa menor a los US$ 50 millones que ha pedido la Casa Blanca por Maduro con la intención de provocar una sedición militar y una rebelión popular en Caracas, hasta ahora inexistente, pero que se convierta en un bálsamo para «blanquear» las expectativas de intervención militar por parte de Washington.

Más allá de la escalada ruidosa de rumores y de la escasez de confirmaciones informativas, de salir airoso de esta crisis, una posibilidad que cobra fuerza mientras el tiempo pasa sin observarse novedades concretas, Maduro estaría por consolidar su poder incluso «legitimando» su presidencia, despejando así las acusaciones sobre el fraude electoral en las elecciones presidenciales de julio de 2024.

Por otro lado, un Trump acosado por la caída de popularidad, los rumores en torno al escándalo Epstein, el coste social y económico del cierre durante más de 40 días del gobierno federal y la crisis interna en el MAGA, se vería políticamente expuesto en caso de escenificarse una infructuosa aventura militar caribeña del que existe más ruido que certezas y que lleva ya cuatro meses de duración desde la puesta en marcha en agosto pasado de la operación «antinarcóticos».

Ante este escenario propio que podríamos denominar «Bahía de Cochinos 2.0», Maduro muy probablemente buscará imponer su sello personal y político especialmente dentro del «chavismo» que sigue comparándolo, en algunos casos con suspicacia, con el «Comandante Eterno» Hugo Chávez. Resistir, con concesiones o sin ellas, supone para «el Hijo de Chávez» ganar esta partida de póker con Trump y consolidar al «madurismo» como la estructura de poder absoluto en Venezuela.

 

* Analista de Geopolítica y Relaciones Internacionales. Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad Central de Venezuela, UCV), magister en Ciencia Política (Universidad Simón Bolívar, USB) y colaborador en think tanks y medios digitales en España, EEUU e América Latina. Analista Senior de la SAEEG.

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EL GRAN REPLIEGUE. EEUU APLICA EN CENTROAMÉRICA TODA SU DOCTRINA DE GUERRA HÍBRIDA.

Daniel Symcha*

Basil Henry Liddell Hart, periodista y militar británico que alcanzó el grado de Capitán y que en 1920 participara en forma central en la redacción del «Manual de mando para oficiales de Infantería» del Ejército Británico, elaboró su teoría de la «Estrategia de la aproximación indirecta», la que busca debilitar al enemigo de forma no directa, evitando ataques frontales y buscando la vulnerabilidad del adversario a través de la movilidad y el engaño. Su teoría surgió a partir del estudio de la guerra acorazada con la aparición en el campo de batalla de los tanques de guerra. El objetivo de esta estrategia para enfrentar un fuerte poder de fuego no consiste en la aniquilación frontal del enemigo, sino la desestabilización y desorganización de sus fuerzas y la consecución de la victoria con el menor costo posible.

En 1999 los coroneles chinos Qiao Liang y Wang Xiangsui en su libro «Guerra irrestricta» identifican la sistematización del uso de la teoría de Liddell Hart por parte de Occidente en los diferentes escenarios de conflicto alrededor del mundo y realizan un análisis del uso y alcance de la denominada guerra híbrida la cual implica una reorganización de las herramientas utilizadas en todas las guerras de la humanidad, intensificando el uso de acciones por debajo del umbral de la violencia entre Estados mediante lo que el Dr. Marcelo Gullo Omodeo denomina Unidades Políticas sin Asiento Territorial como lo son las fundaciones, asociaciones, empresas privadas o redes sociales que, utilizando los derechos establecidos y garantizados por los Estados Nación, crean las condiciones necesarias para la desestabilización social generando focos de conflicto y por lo tanto una debilidad manifiesta que permite el desarrollo de acciones violentas de grupos clandestinos.

Esta operatoria, que se basa en tomar una insatisfacción de la sociedad, intensificarla, generar un conflicto y escalarlo, se llevó a cabo con éxito en las conocidas Revoluciones de Colores: Revolución de los Bulldozers (2000) que terminó con la desintegración de Yugoeslavia, la Revolución de las Rosas en Georgia (2003), la Revolución Naranja en Ucrania (2004) y la Revolución de los Tulipanes en Kirguistán (2005) y en las denominadas Primaveras Árabes: Túnez (2011), Argelia (2011), Barein (2011), Omán (2011), Siria (2011), Libia (2011), Yemen (2012) y Kuwait (2012).

En la actualidad hemos sido testigos de: La Revolución Primavera de Birmania (2022), protestas en Irán (2022); las protestas en Sri Lanka (2022), La Revolución de Julio en Bangladesh (2024), Corea del Sur (2024); las protestas de la Generación Z en Nepal (2025); protestas en Turquía (2025) y protestas estudiantiles y sociales en Indonesia (2025). Todas estas situaciones reproducen esquemas operativos similares y forman un arco en relación a China, India y Rusia.

El pasado como bitácora de la diplomacia anglosajona

Desestabilizar sociedades y regiones, generar inquina, enfrentamientos, vulneración de las condiciones sociales que debilitan a los gobiernos soberanos y de esa manera poder alcanzar objetivos estratégicos para sostener la hegemonía contra cualquier intento de independencia. John Brabazon Ponsonby aplicó esta operatoria allá por 1860 en el Río de la Plata y Thomas Edward Lawrence hizo lo mismo en 1915 en Medio Oriente.

EEUU, en su repliegue a una zona de influencia directa frente al avance de la nueva configuración del comercio mundial y ante la necesidad de dar respuesta a sus propias necesidades internas, posicionó en el mar Caribe una flota integrada por los destructores USS Gravely, USS Jason Dunham, USS Sampson, USS Stockdale; los buques de transporte anfibio USS Iwo Jima, USS San Antonio y USS Fort Lauderdale; un buque de combate litoral de clase Freedom el USS Minneapolis–Saint Paul; el USS Lake Erie, crucero misilístico; el submarino atómico de ataque USS Newport News y el Grupo de Ataque de Portaaviones del USS Gerald R. Ford integrado por el portaaviones USS Gerald R. Ford y los destructores USS Mahan, USS Bainbridge y USS Winston S. Churchill.

A principios del mes de agosto de 2025 el presidente de EEUU, Donald Trump, había ordenado al entonces Departamento de Defensa utilizar la fuerza militar para desarticular las operaciones de los carteles de droga identificados semanas antes como organizaciones terroristas lo que ubica a las FFAA estadounidenses en un rol directo que nunca habían ejercido. En este contexto el almirante Alvin Holsey a cargo del Comando Sur de Estados Unidos (SOUTHCOM), responsable de las fuerzas estadounidenses en el Caribe, anuncia su retiro a menos de un año de haber asumido el cargo que otrora ocupara la generala de cuatro estrellas del USS Army, Laura Jane Richardson.

Sembrar discordia para cosechar el dominio

En el escenario del juego mediático durante el movimiento de buques y tropas, el presidente estadounidense no solamente realiza declaraciones contra el presidente venezolano, Nicolás Maduro, sino también contra el presidente colombiano Gustavo Petro y declara que México está liderado por los narcotraficantes. A su vez interviene abiertamente en la campaña política de Argentina concediendo un inusual auxilio económico de US$20.000 millones al gobierno de Javier Milei. En Bolivia gana las elecciones el candidato del Partido Demócrata Cristiano, el senador Rodrigo Paz, quien inmediatamente anuncia un alineamiento directo con EEUU.

En mayo de 2025 la presidenta de México, Claudia Sheinbaum rechazó un ofrecimiento de Donald Trump para enviar tropas y armamento para la lucha contra los carteles de la droga en territorio mexicano. El 8 de agosto el diario The New York Times reportó una supuesta orden ejecutiva del gobierno de Trump que autoriza a las Fuerzas Armadas de EEUU a realizar operaciones directas en territorio extranjero contra los carteles mexicanos. En este contexto, dos meses más tarde, se sucede el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Alberto Manzo Rodríguez en la celebración anual des Día de Muertos, fecha simbólica central en la cultura mexicana. La población realizó una pueblada que culmina con el incendio de instituciones oficiales. Días más tarde se sucede una protesta de la generación Z en el contexto de un reclamo de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Se suceden actos violentos y se agita sistemáticamente en redes sociales la caída del gobierno mexicano generando confusión.

En Colombia, entre enero y junio de 2025, la Defensoría del Pueblo reportó 1.834 eventos de conflictividad social en todo el país. El 11 de agosto de 2025 es asesinado el senador Miguel Uribe Turbay, precandidato a presidente por el Partido de Centro Democrático.

En Brasil, el día 27 de octubre el ex Canciller del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, Celso Amorim, expresó preocupación por los ataques estadounidenses sin «ninguna prueba» contra embarcaciones de supuestos narcotraficantes en el Caribe y afirmó que Brasil estaba preocupado por la escalada de violencia. Mientras al otro día, Cláudio Castro el gobernador bolsonarista de Río de Janeiro, ordenó la operación policial más mortífera de la historia de Brasil contra el Comando Vermelho que dejó más de 120 muertos y una tensión política inesperada en Brasil.

El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer.

En el concepto de Antonio Gramsci estamos frente a una crisis orgánica, un momento histórico en el que se quiebra el vínculo entre gobernantes y gobernados, una pérdida de consenso y de legitimidad del hegemón, cuya capacidad de dirigir moral e intelectualmente a su área de influencia se deteriora. El italiano a esto lo llama «interregno» y es donde, según él, emergen formas «monstruosas» a partir de la descomposición del orden anterior y la falta de un nuevo equilibrio.

Lo cierto es que el Departamento de Estado realiza un movimiento táctico de buques y tropas a una región sobre la que se suceden una serie de operaciones de desgaste que condicionan la capacidad de movimiento de los gobiernos que manejan las principales superficies de la región que es paso obligado de productos desde el océano Pacífico hacia el Atlántico.

La situación presenta muchos puntos de comparación con las operatorias antes descriptas en el Río de la Plata, Medio Oriente, el Cáucaso, África y Asia. Operaciones de desgaste y guerra psicológica sobre la población para generar el clima propicio para escaladas violentas internas que serán potencialmente apoyadas desde la flota estadounidense y, ocasionalmente, pasado el fragor del enfrentamiento entre hermanos «pacificar» los teatros de operaciones.

Por otra parte, para beneficio del universo anglosajón sin haber jugado aún las fichas de los enfrentamientos religiosos, con la actual dirigencia política de Argentina y Uruguay, el Reino Unido tiene aseguradas sus operaciones en Malvinas y Antártida mientras que EEUU pasará a tener un punto de control en Tierra del Fuego tanto para el Canal de Magallanes como para el temible Estrecho de Drake con la Base Naval Integrada prometida por el presidente Milei a la generala Richardson. Parte de la dirigencia chilena, mientras tanto, continúa con el apoyo a los anglosajones desde Punta Arenas y los acuerdos con el poder blando estadounidense como en el caso de la administración de los Parques Nacionales australes que generó una denuncia penal contra Kristine Tompkins, presidente de la fundación homónima, por el cambio de destino de 2.360 hectáreas del Parque Nacional Patagonia de Chile para la instalación de un proyecto minero de extracción de oro por parte de la minera australiana Equus que pone en riesgo el desarrollo sustentable de los habitantes que viven en la comunas de Ibañez, Chile Chico, Cochrane y Caleta Tortel al quedar expuestos a contaminación de cianuro y mercurio los lagos Carrera, Bertrand y los ríos Baker y Jeinimeni proveedores del agua potable de la región. El lago Carreras es, del lado argentino, el lago Buenos Aires.

EEUU se replegó a su retaguardia ante la imposibilidad de competir con China y los BRICS y en ese repliegue está generando desestabilizaciones con el objetivo de mantener la hegemonía total sobre países débiles antes que comience a hacer eclosión, en su propio territorio, la guerra civil que comenzó el 11 de septiembre de 2001.

 

* Periodista. Universidad Nacional Arturo Jauretche. Maestrando en Inteligencia Estratégica Nacional, Universidad Nacional de La Plata. Investigador de la Sociedad Argentina de Estudios Estratégicos y Globales (SAEEG).

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