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LA PELIGROSA SITUACIÓN DE “NO GUERRA” ENTRE ARMENIA Y AZERBAIJÁN

Alberto Hutschenreuter*

 

Según el jurista y filósofo político alemán Carl Schmitt, a las situaciones internacionales de paz y guerra hay que sumar una tercera, la “no guerra”, que no es una situación de paz ni de guerra, sino que implica un contexto que estaría anticipando un estado de guerra; una suerte de “umbral” de una confrontación militar mayor.

La historia está llena de situaciones de “no guerra”, siendo una de las más conocidas el ambiente internacional que se vivía en Europa en los dos años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Pero una situación de “no guerra” no siempre termina en un choque abierto. Puede finalmente imponerse la diplomacia, y aquella situación acaba perdiendo fuerza. Acaso, la inminente guerra entre Argentina y Chile hacia fines de los años setenta es un ejemplo de ello.

Un caso actual en relación con ese contexto singular es el conflicto entre Armenia y Azerbaiján por el territorio de Nagorno Karabaj, un enclave que durante la era soviética se denominó Región Autónoma de Nagorno Karabaj, la que formó parte de la República Soviética de Azerbaiján. Habitada mayoritariamente por armenios, la condición de autonomía proporcionaba un importante margen de independencia cultural a los armenios. Pero, como sostiene la experta Audrey Altstadst, los armenios querían que Nagorno Karabaj fuera parte de Armenia.

Por ello, cuando la Unión Soviética, que había rechazado cambios de status político en la Región Autónoma, despareció, la guerra entre Armenia y Azerbaiján, que se había iniciado en 1988, se intensificó y terminó costando más de 30.000 muertos y un millón de desplazados. Derrotada Azerbaiján, en 1994 se alcanzó una tregua y los armenios del enclave proclamaron la República de Alto Karabaj (la que no fue reconocida por ningún Estado, incluida la misma Armenia, y cuya autodenominación desde 2017 es República de Artsaj).

Casi un cuarto de siglo después, sin que fuera un hecho inesperado, el 27 de septiembre pasado se registraron enfrentamientos militares entre las fuerzas armenias y azeríes a lo largo de la denominada Línea de Contacto, que es la que desde 1994 separa a las fuerzas de Armenia y Azerbaiján en el conflicto por el territorio en cuestión.

Si bien trascendió muy poca información sobre qué parte inició los ataques en las primeras horas de ese día domingo, los choques habrían causado centenares de muertos, la mayoría militares, y significativas pérdidas de medios militares, particularmente drones y vehículos.

La situación no fue una sorpresa, pues desde hace una década ambos países viven un estado de “no guerra”; incluso desde antes, cuando a principios de siglo se abrió una ventana esperanzadora desde la tregua de mediados de los noventa. Pero posteriormente cada parte se fue endureciendo, al punto que prácticamente ningún especialista que seguía la cuestión esperaba otra cosa que no fuera un choque armado, hecho que finalmente sucedió en abril de 2016. Si bien se trató de un breve enfrentamiento, la utilización de nuevos equipos (siempre negado por ambos) corroboró la carrera de armamentos en la que se encontraban los contendientes desde hacía tiempo.

Pero no solo hay una carrera de armamentos que supone una inversión militar anual del 4 por ciento del PBI por parte de cada actor, según datos del SIPRI: el discurso nacionalista-bélico por parte de ambos se ha ido afirmando, la militarización a lo largo de la frontera se incrementó, los encuentros diplomáticos fueron cada vez más frustrantes, las escaramuzas (como las de julio pasado) se sucedían, etc. En suma, todo representaba una situación de “no guerra” o de confrontación latente.

Pero acaso la situación más categórica y más “novedosa” en relación con el conflicto es lo que ha destacado Jeffrey Mankoff en la entrega digital de “Foreign Affairs”, donde sostiene que tanto las autoridades de Ereván como las de Bakú enfrentan cada vez mayores presiones para adoptar medidas duras ante dicho conflicto.

En Armenia, dichas presiones obedecen a una percepción relativa con cierta ambivalencia (e incluso distanciamiento) de Rusia en cuanto a continuar manteniendo una posición de no cambio en el status del enclave. Hay que recordar que el actual primer ministro del país, Nikol Pashinyan, llegó al poder en 2018 en medio de una ola de protestas populares que terminó con el gobierno anterior, algo que no fue bien visto en Rusia, país que mantenía nexos con los dirigentes anteriores, los que hoy enfrentan causas por corrupción. Asimismo, desde adentro podría haber descontentos: en septiembre de 2019 renunció el director del poderoso Servicio de Seguridad Nacional, Artur Vanetsyn, quien criticó al gobierno por “exceso de espontaneidad”.

En Azerbaiján, que mantiene una buena relación con Rusia, de donde ha adquirido importante cantidad de armamento, el problema pasa por la recesión, el descontento social y las inquietantes dudas sobre el producto que ha hecho del país lo que es, pues se considera que, por varias razones, sobre todo por la oferta, el precio del petróleo se mantendrá bajo.

Por tanto, el recurso a posiciones de afirmación nacional y la estimulación del nacionalismo ante el rival por parte de las autoridades de ambos países, serían las principales causas y los disparadores de los enfrentamientos actuales.

Además, si Armenia percibe riesgos en relación con Rusia, que mantiene una base y 5.000 efectivos en su territorio y con el que lo une un acuerdo de defensa y la pertenencia a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (firmado en 1992), Azerbaiján percibe oportunidades en relación con Turquía, país con el que en 2010 firmó el Tratado de Asociación Estratégica y Ayuda Mutua, y que desde el mismo día que estallaron las hostilidades con Armenia, fiel en su búsqueda de un eje geopolítico multivectorial propio, se comprometió como nunca antes con apoyo militar.

Estas posiciones de Armenia y Azerbaiján dificultan sobremanera las posibilidades para la diplomacia del grupo integrado por Estados Unidos, Rusia y Francia en el contexto de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, en relación con la búsqueda de una salida del conflicto.

Pero aún quedan algunas esperanzas para evitar que la situación de “no guerra” pro-activa acabe transformándose en una guerra total. En buena medida, una presión mayor por parte de Rusia, una diplomacia menos “armada” por parte de Turquía y ningún intento del oeste en relación con pretender ganar poder debilitando a aquella y “disciplinando” a ésta, expandirán esas esperanzas en el sur del Cáucaso.

 

* Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Profesor de la asignatura Rusia en el ISEN. Profesor en la Diplomatura en Relaciones Internacionales en la UAI. Ex profesor en la UBA y en la Escuela Superior de Guerra Aérea. Autor de varios libros sobre geopolítica. Sus dos últimos trabajos, publicados por Editorial Almaluz en 2019, son “Un mundo extraviado. Apreciaciones estratégicas sobre el entorno internacional contemporáneo”, y “Versalles, 1919. Esperanza y frustración”, este último escrito con el Dr. Carlos Fernández Pardo.

 

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AZERBAIYÁN Y ARMENIA INTENSIFICAN EL CHOQUE ARMADO EN TORNO AL ENCLAVE EN DISPUTA DEL ALTO KARABAJ

 

 

 

El Deber*

Ambos países se acusan mutuamente de ataques a la población civil mientras Moscú, la UE y la OTAN piden un alto al fuego inmediato

 

Las Fuerzas Armadas de Azerbaiyán y de Armenia intensificaron este domingo los combates en la frontera entre ambos países, enfrentados desde el derrumbe de la URSS por el montañoso enclave del Alto Karabaj. Los enfrentamientos se producen tras duras acusaciones cruzadas de ataques contra la población civil en ambos países en las que se habría producido muertos, aunque no hay ninguna confirmación oficial.

El Ministerio de Defensa de Azerbaiyán lanzó una “contraofensiva” en respuesta a los ataques que, asegura, Armenia efectuó a primera hora de la mañana contra posiciones azeríes. Armenia, por su parte, acusa a Azerbaiyán de haber iniciado las hostilidades y declaró la ley marcial y la movilización militar en su territorio. Moscú, aliado de Armenia, donde tiene una base militar, la UE y la OTAN pidieron un alto el fuego inmediato que permita “comenzar las negociaciones” para calmar la situación. Mientras tanto Turquía ofreció todo su apoyo a Azerbaiyán.

Según Bakú, Armenia violó el débil alto el fuego en la región al lanzar la primera hora de este domingo “provocaciones a gran escala” con bombardeos intensivos contra las posiciones del Ejército azerí a lo largo de todo el frente y contra asentamientos en primera línea de la zona de conflicto. El Ministerio de Defensa aseguró haber causado al país rival severas pérdidas tanto en material bélico como en soldados. Además, Zakir Hasanov, ministro de Defensa azerí, informó de que tomaron el control de seis aldeas y de varios puntos estratégicos. Los armenios lo negaron y sostienen, sin embargo, que consiguieron esquivar “exitosamente” los ataques, según el primer ministro, Nikol Pashinián.

Las fuerzas azeríes, apoyadas por tanques, misiles y artillería, aviación y drones, destruyeron 12 sistemas de misiles antiaéreos de Armenia, según Bakú. Azerbaiyán admitió el derribo de un helicóptero de combate por parte de Armenia, pero afirmó que el piloto logró aterrizar y que no hubo pérdidas humanas. Al mismo tiempo, negó que perdieron varios tanques, como los armenios informaron horas antes.

 

En un mensaje de su cuenta de Twitter, Pashinián denunció la ofensiva de Azerbaiyán con ataques aéreos y misiles contra Artsaj (nombre armenio del Alto Karabaj), y aseguró que el Ejército haría todo para proteger a su “patria de la invasión azerí”. “Prepárense para defender nuestra patria sagrada”, digo Pashinián a la población en un comunicado citado por la cadena británica BBC.

Ante este aumento de las hostilidades, la OTAN llamó a ambos países a una solución pacífica. “Las partes deben cesar de inmediato las hostilidades que causaron ya víctimas civiles. No hay solución militar a este conflicto. Las partes deben reanudar las negociaciones para lograr una resolución pacífica, indicó la Alianza Atlántica en una declaración oficial atribuida al representante especial para el Cáucaso y Asia Central, James Appathurai.

Turquía, actor clave en este conflicto, respondió ofreciendo su “total apoyo” a Azerbaiyán y el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, aseguró que la “solidaridad” con Bakú “continuará y se incrementará”. Turquía mantiene como política estatal un apoyo sin fisuras a Azerbaiyán.

Ante esta situación, el mandatario armenio Pashinyan, pidió a la comunidad internacional que se asegure de que Turquía no se involucra en el conflicto de su país con Azerbaiyán por la región del Alto Karabaj, informa Reuters. Pashinyan advirtió de que el comportamiento de Turquía podría tener consecuencias destructivas para el sur del Cáucaso y las regiones vecinas.

Una escalada del conflicto preocupa a los países de la región, porque temen que una nueva guerra pueda arrastrar también a Rusia —aliado de Armenia—, y a Turquía —que el domingo reiteró su apoyo a Bakú—, defendiendo a Azerbaiyán. Moscú, de inmediato, abogó por la calma y el restablecimiento del alto el fuego, mientras que Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, llamó a ambos países a detener las hostilidades y volver a las negociaciones “sin precondiciones”.

El enclave montañoso del Alto Karabaj (o Nagorno Karabaj), controlado por Armenia en suelo de Azerbaiyán, es escenario de uno de los conflictos territoriales que quedó enquistado tras el derrumbe de la Unión Soviética. Da la impresión que, desde la breve guerra de cuatro días que enfrentó a Armenia y Azerbaiyán en 2016, ambos Estados se han ido preparando para nuevos conflictos armados y, de hecho, los combates se repitieron de forma cada vez más frecuente y con mayor intensidad.

Además, no solo circunscritos al enclave del Alto Karabaj, sino a lo largo de la frontera entre ambos países, como ocurrió en julio en la región de Tavush. Aquel fue un choque que dejó una quincena de muertos y que Bakú achaca a un ataque armenio en una zona estratégica de Azerbaiyán, ya que junto a ella discurren varias tuberías clave para el suministro de petróleo y gas del Caspio hacia Europa.

En 1994, Bakú y Ereván alcanzaron un alto el fuego y encauzaron una resolución al conflicto en el marco de diálogo del llamado grupo de Minsk (codirigido por Rusia, EEUU y Francia y bajo el amparo de la OSCE), pero desde entonces se han seguido produciendo incidentes.

Aumento en gasto militar

El gasto en Defensa de ambos países se disparó en la última década y se lleva un parte importante de su presupuesto: en torno al 4 % del PIB, según datos del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (Sipri). Gracias a la bonanza petrolera que vivió Azerbaiyán desde 2000, Bakú modernizó sus Fuerzas Armadas y cuadriplicó su gasto militar hasta superar los 1.500 millones de dólares anuales, incorporando armamento puntero de origen ruso, israelí y turco.

Armenia trató de hacer lo mismo, pero debido a que su economía es más pequeña, su presupuesto militar es un tercio del de su vecino y rival. Sin embargo, el Gobierno azerí se queja de que, en el último año, Ereván recibió 500 toneladas de material militar ruso y, según algunas informaciones, se trata de armamento de alta tecnología.

“Detectamos envíos por avión y por tierra a través de Kazajistán, Turkmenistán e Irán. Preguntamos a nuestros colegas rusos qué enviaron y por qué, pero no recibimos ninguna respuesta”, lamentó el jefe del Departamento de Asuntos Exteriores de la Presidencia de Azerbaiyán, Hikmet Hajiyev, en un reciente encuentro con periodistas en Estambul.

“Sabemos que no es material de uso civil, sino militar, pero no sabemos en concreto de qué armas se trata. Además, hemos detectado en los últimos meses una concentración inusual de tropas armenias en la frontera”. Pero, Azerbaiyán también reforzó sus posiciones con la llegada de militares turcos y, según denuncian diversos medios, rebeldes sirios como los que Turquía también empleó en la guerra de Libia.

 

Nota original publicada por El Deber, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/mundo/azerbaiyan-y-armenia-intensifican-el-choque-armado-en-torno-al-enclave-en-disputa-del-alto-karabaj_202197

MAR ÁRTICO: CALENTAMIENTO LITERAL Y GEOPOLÍTICO

Agustín Saavedra Weise*

 

Imagen de 358611 en Pixabay 

Al contrario que su contraparte austral, donde existe un continente helado (Antártida), el Ártico es puro hielo. Y éste ha ido disminuyendo progresivamente debido al calentamiento global. Se ha pronosticado el casi total deshielo ártico para fines del presente siglo XXI, algo realmente catastrófico. El área de influencia del Círculo Polar Ártico incluye a Dinamarca (poseedora de Groenlandia), Estados Unidos (por Alaska), Canadá, Islandia, Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia. Años atrás, Vladimir Putin ordenó desplegar una bandera rusa de titanio en el fondo del Polo Norte, creando conmoción en la comunidad internacional por dicha acción, ejercida por un submarino nuclear.

A falta de un tratado formal como el que sí existe para la Antártida se creó el Consejo Ártico, un foro intergubernamental para fomentar la cooperación, coordinación e interacción entre los estados parte y con la participación de las comunidades indígenas de la región. Ha funcionado bien pero no tiene el poder efectivo de su par antártico; es más un foro de consultas y búsqueda de consensos.

Se calcula que debajo del mar Ártico existen gigantescas reservas de minerales, gas y petróleo. Ahora que el deshielo permite la explotación de algunos de esos recursos y se han abierto varias zonas aptas para nuevas exploraciones, se están creando susceptibilidades de todo tipo. La firma de un Tratado Ártico formal de paz y de cooperación se impone, ya que solamente así se podrá regular la protección del medio ambiente, lograr armonía en la explotación de materias primas e intentar conciliar las diversas pretensiones territoriales sobre el lecho marino. Por otro lado, la Convención del Mar de 1982 deberá ser revisada para lograr acuerdos por el tema de las 200 millas de zona económica exclusiva.

Los expertos vaticinan una crisis mayor —y de proporciones universales— si prosigue el deshielo polar ártico y se liberan materiales tóxicos hacia la atmósfera. Todos los países del área obviamente tienen y tendrán su opinión, pero la verdadera solución (o el conflicto) se dará entre el oso ruso y el águila estadounidense. El Ártico es el punto focal ahora de un posible conflicto ruso-americano. A medida que la capa de hielo ártico se derrite están surgiendo nuevas rutas comerciales de navegación y nuevos desafíos geopolíticos. Rusia ha reconstruido su presencia militar en la zona y EEUU procedió de la misma forma; ambos poseen flotas de rompehielos equipados para la guerra antisubmarina. La OTAN ha expresado preocupación por el aumento de los movimientos navales rusos cerca de la estratégica brecha GIUK (Groenlandia, Islandia, Reino Unido) y hasta China también pretende —por cuenta propia— intentar explotar recursos árticos. El panorama es álgido y cambiante.

Mientras el deshielo avanza han habido incendios forestales, el magnífico oso blanco —símbolo ártico por definición— está al borde de la extinción y otros problemas ecológicos, ambientales y humanos están cada vez más complicados por el cúmulo de intereses económicos surgidos en esa conflictiva zona del mundo. Sin ir muy lejos, cabe hacer notar que las instalaciones rusas de petróleo y gas en el Ártico representan el 45% de su capacidad productiva.

El Ártico sigue en vilo, esta vez hasta con presencia militar. Ojalá se logren entendimientos que brinden tranquilidad a esa región; urge solucionar pacíficamente asuntos pendientes, poder explotar en armonía sus ingentes recursos naturales e intentar detener el desastre ambiental.

*Ex canciller, economista y politólogo. Miembro del CEID y de la SAEEG. www.agustinsaavedraweise.com

Nota original publicada en El Debe, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, https://eldeber.com.bo/opinion/mar-artico-calentamiento-literal-y-geopolitico_196173