Todas las entradas de: SAEEG

FALLOS Y FALLIDOS

Santiago González*

Como el ejecutivo y el legislativo, el poder judicial no escapa a la corruptela que socava las instituciones de la República

 

Pudo haber sido un momento bisagra en la salud de la República, una de esas instancias en que la sociedad restaña su dignidad lastimada y se pone de pie para enfrentar la fuente del daño. Como en su momento lo fue el juicio a las juntas: más allá de los episodios concretos examinados en ese tribunal, lo que la sociedad civil esperaba de una sanción ejemplar era poner fin a la continua intromisión del estamento militar en la vida política, perturbada una y otra vez en su desarrollo normal y natural. Del juicio a Cristina Kirchner, tal como fue presentado a la opinión pública, la sociedad esperaba un “nunca más” a la corruptela que socava la vida nacional desde que la democracia recuperó la formalidad de sus instituciones.

Esas expectativas, lamentablemente, se vieron frustradas. El fallo dictado por el tribunal que examinó el caso parece más orientado a sostener en el corto plazo el titular Cristina condenada, habilitando al mismo tiempo su posterior sobreseimiento, que a imponer una sanción ejemplar contra las prácticas corruptas. Al descartar la figura de la asociación ilícita, el fallo desbarata el esqueleto mismo de la acusación de los fiscales (que de inmediato prometieron apelarlo por esa razón), y al absolver a Julio de Vido, eslabón indispensable en la cadena de responsabilidades que se pretende elevar hasta la viuda de Kirchner, obsequia un argumento decisivo a las esperables acciones de sus defensores en las instancias superiores.

Visto el inexplicable crecimiento patrimonial de la familia Kirchner, y el de sus amigos y presuntos testaferros, la familia Báez, y considerando la abrumadora información periodística sobre los mecanismos de recaudación, acumulación y lavado, el público no duda de que aquí hubo una asociación ilícita más o menos parecida a lo que describieron los fiscales Luciani y Mola. El problema es que la cabeza de esa asociación ilícita no fue Cristina sino Néstor Kirchner, y Néstor Kirchner está muerto. A Cristina no le cabe la acusación de administración fraudulenta, por la que fue condenada, porque nunca administró nada, sino, en todo caso, la de incumplimiento de los deberes de funcionario público por no haber denunciado mientras fue senadora o presidente lo que necesariamente debía ser de su conocimiento.

El procesamiento de la ex presidente estuvo mal planteado desde un principio, porque su propósito no era judicial sino político. Contra lo que suele decirse, la causa que condujo a la condena de Cristina Kirchner no es la que en 2008 inició Elisa Carrió contra Néstor Kirchner, De Vido y Lázaro Báez más o menos sobre el mismo asunto, y para su pesar recaída en el juzgado de Julián Ercolini, quien (eran otros tiempos) acababa de sobreseer a Néstor en una causa por enriquecimiento ilícito. La causa cuyo veredicto se conoció esta semana se abrió en 2016 a partir de una denuncia del funcionario macrista Javier Iguacel, fue instruida casualmente por el mismo juez Ercolini con la asistencia de los fiscales Gerardo Pollicita e Ignacio Mahíques, y apuntó directamente contra la ex presidente. La causa iniciada por Carrió apuntaba a combatir la corrupción, la que abrió Iguacel se proponía destruir políticamente a la ex presidente. Son dos cosas distintas.

El tribunal oral federal que juzgó a Cristina sintió la presión política y mediática que le exigía producir un fallo condenatorio y aparentemente no supo, no pudo o no quiso resistir esa presión. Pronunció su condena, pero salomónicamente también abrió espacios para una eventual absolución de la acusada en alguna instancia superior. Dicho de otro modo, satisfizo el propósito político de la causa, pero no cerró el camino a la justicia. Es claro que ésta no es una lectura jurídica sino periodística y provisoria de una sentencia cuyos fundamentos, por otra parte, el tribunal inexplicablemente decidió hacer públicos sólo dentro de tres meses. Una minuta adjunta al fallo entregado a la prensa no aportó datos o argumentos que permitieran modificar esta lectura. Y esta lectura no permite ilusionarse con ninguna regeneración moral de la República.

 

Resulta imposible separar el fallo condenatorio contra Cristina Kirchner del episodio de los excursionistas de Lago Escondido, no sólo porque salieron al conocimiento público casi simultáneamente, o porque la propia vicepresidente los vinculó al hablar después de conocido el fallo, sino porque los elencos involucrados son parecidos —jueces, operadores mediáticos, empresarios, funcionarios macristas, espías— e incluso hay apellidos como Ercolini o Mahíques que se repiten en uno y otro asunto. Ambos redondean una imagen deplorable de la justicia argentina, que se agrega a la imagen deplorable de los otros dos poderes, legislativo y ejecutivo, para completar el retrato más desalentador de toda nuestra historia republicana. Para donde se mire hay incompetencia o corrupción.

Esta mal que encumbrados dirigentes del mayor grupo de medios y comunicación de la Argentina inviten a jueces y funcionarios públicos a participar de excursiones con todos los gastos pagos y está mal que jueces y funcionarios acepten esas invitaciones; está peor que esos jueces y funcionarios acepten invitaciones de personas o grupos sobre los que han tomado en el pasado, o eventualmente podrían tomar en el futuro, decisiones capaces de incidir en los intereses de esas personas o grupos; y está mucho peor en este caso que la excursión haya sido a la propiedad de un extranjero que la adquirió en condiciones irregulares y que fue sobreseído al respecto justamente por uno de los jueces invitados al paseo.

Todo eso está mal desde la ética más elemental, más allá de que en uno u otro caso se haya cometido un delito tipificado por los códigos. Y por encima de todo lo que está mal, y de lo que está muy mal, y de lo que está peor, y de lo que constituye un delito, están escandalosamente mal las maniobras realizadas por la banda de turistas para encubrir todo lo que hicieron mal a sabiendas, analizando a tal fin todas las opciones de falsificación documental, amenazas físicas, extorsiones y engaños. E igualmente escandalosamente mal están los esfuerzos de la grandes empresas de medios para ocultar todo, o restarle importancia, o justificarlo invocando “amenazas a la intimidad” de los excursionistas.

La vicepresidente le prestó un gran servicio al país al exponer, de manera conceptualmente ordenada, la serie de conversaciones en que los turistas debaten la manera de zafar del problema en el que se metieron. Si no lo hubiera hecho, los medios lo habrían ocultado y no habría sido posible el conocimiento público de esas conversaciones, la arrogante seguridad que transmiten los interlocutores. Después de más de medio siglo de ejercer el periodismo en este bendito país debo decir que el tono de esas charlas me resulta extremadamente familiar: así es como habla el poder fáctico en la Argentina, así es como expresa sus complicidades, así es como se percibe por encima de la ley, aun cuando muchas veces se encuentre burdamente fuera de la ley.

 

Las conversaciones en las que los viajeros invitados por un grupo corporativo a vacacionar en la estancia de un extranjero indeseable discuten la manera de borrar las huellas de su mala conducta traen, con todo, una buena noticia para los ciudadanos: el poder le tiene miedo a los periodistas. Con las empresas de medios saben entenderse, pero los periodistas, individualmente considerados, siguen siendo un enigma para el poder, una rueda loca que no acaban de centrar en su eje. Ese temor se advierte en los términos generalmente despectivos y condescendientes con los que los contertulios se refieren a periodistas de los grandes medios, a quienes conocen por sus nombres, probablemente tratan con frecuencia y sobre los que tienen opiniones formadas (hasta dónde parece, bastante equivocadas).

Según una regla endosada por la vocera presidencial Gabriela Cerruti, un periodista debe contar con al menos tres fuentes que corroboren un dato antes de tomarlo como cierto. Esto quiere decir que un juez, un empresario y un político, entre whisky y whisky, durante una excursión por los lagos del sur, pueden construir una verdad periodística. A los poderosos les encantaría vivir en un mundo cuyas redacciones estuvieran pobladas de Cerrutis, repetidores políticamente correctos de relatos prefabricados. Los mismos que se sienten capaces de “hacer cagar” a un funcionario público, se muestran inquietos sobre lo que alguien pueda escribir acerca de ellos. Para estas personas, acostumbradas a llevarse las instituciones por delante, una computadora cualquiera en manos de un periodista incontrolable es un arma temible.

El público no imagina las trampas y presiones que un periodista debe sortear antes de escribir una noticia cuyo equilibrio lo satisfaga en principio a él mismo. Me refiero, por supuesto, a los profesionales, no a los periodistas militantes de cualquier tendencia obsesionados por acomodar los datos a un preconcepto ideológico. Esas trampas y presiones pueden venir de las fuentes, como lo revelan los diálogos entre los pasajeros de Lago Escondido, pero también de los propietarios de los medios para los que los periodistas trabajan. El público tiende a identificar a los periodistas con su medio, y viceversa, pero son cosas distintas: no fueron los periodistas de La Nación quienes escribieron en ese diario una defensa de lo indefendible, ni fueron los periodistas de Clarín quienes propusieron elaborar “una notita” para amenizarle la vida al jefe de la Policía Aeroportuaria.

 

* Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y se inició en la actividad periodística en el diario La Prensa de la capital argentina. Fue redactor de la agencia noticiosa italiana ANSA y de la agencia internacional Reuters, para la que sirvió como corresponsal-editor en México y América central, y posteriormente como director de todos sus servicios en castellano. También dirigió la agencia de noticias argentina DyN, y la sección de información internacional del diario Perfil en su primera época. Contribuyó a la creación y fue secretario de redacción en Atlanta del sitio de noticias CNNenEspañol.com, editorialmente independiente de la señal de televisión del mismo nombre.

 

Artículo publicado el 08/12/2022 en Gaucho Malo, El sitio de Santiago González, https://gauchomalo.com.ar/

GUAYANA ESEQUIBA: EN SENTENCIAS DICTADAS EN ESTRICTO DERECHO NO CABEN MAULERÍAS

Abraham Gómez R.*

Cuando se establece históricamente un límite —sin protestas— debe aceptarse su permanencia inalterable; salvo arreglo pactado entre los Estados concernidos, para sus posibles modificaciones.

Suficientemente es conocido que los componentes estructurantes de un Estado: el territorio que ha sido adquirido legítima y legalmente, así, además, la población como la dimensión humana que se posesiona de tal espacio y el sistema jurídico que regula y norma los comportamientos sociales, para hacer factible la convivencia; en fin, se constituye un entramado tridimensional que fija el destino y señala las acciones; atendiendo, permanentemente, al absoluto respeto y acatamiento al orden estatal.

El otro factor viene a ser el reconocimiento; complementario —tal vez— para la plena condición de Estado.

El problema del reconocimiento de Estados siempre ha sido controversial entre las doctrinas que se rivalizan según los caracteres constitutivo o declarativo del reconocimiento.

Todavía La contraposición de esas dos teorizaciones domina la discusión sobre este aspecto.

Cuando nace un Estado es porque ha habido una conjugación de bastantes elementos antecedentes que materializan ese hecho social, histórico y jurídico.

Digamos que un Estado no surge a la vida comunitaria internacional por medio de instrumentos de prestidigitación, cualquiera que sea su extensión y organización.

Un Estado no aparece de improviso sobre la tierra, sino que se forja progresivamente a través de la textura sociopolítica de su sociedad.

Se le ha conferido —en algunos casos específicos— mucha importancia al asiento físico del Estado, a su delimitación y demarcación; por cuanto, comporta el elemento quizás de mayor significación histórica; de allí que, si se intenta torcer las determinaciones limítrofes, de manera arbitraria , se quebrantaría el Principio de Estabilidad de las fronteras; trayendo graves consecuencias a los Justos Títulos que respaldan y soportan la consolidación espacial de los Estados (cuando en verdad los poseen; más aún si es frontera heredada, como en  nuestro caso); así igual, el señalado  hecho absurdo  irrumpe contra al valor de la geografía; desnaturaliza la política y la historia en la comprensión del fenómeno limítrofe, el cual siempre ha sido abarcativo en muchos aspectos; no solo líneas divisorias.

Hemos sostenido, por más de un siglo la contención por la extensión que nos arrebataron y estamos dispuestos a alegar en pro de la justicia en La Haya, si así lo determina el Jefe de Estado porque tenemos suficientes elementos probatorios: históricos, jurídicos, cartográficos, sociales, políticos y morales que nos asisten. Justificamos nuestro reclamo basados en el Principio de la intangibilidad de nuestra frontera heredada; de tal manera que no son elucidaciones trasnochadas o caprichos antojadizos

La contraparte en el litigio —amparada en prebendas dinerarias e intereses de las empresas transnacionales— sabe que poseemos bastantes documentos de pleno derecho, que no admiten prueba en contrario.

A propósito de la audiencia pública que recién finalizaron en la Corte —motivadas a la Excepción Preliminar de inadmisibilidad que plateamos— la numerosa y cara delegación guyanesa pudo percatarse que nos asiste la razón y que estamos dispuestos, una vez conocida la sentencia de la Corte, a alcanzar una solución definitiva a este pleito.

La mayoría de los jueces de la Corte conocen, además, que nos encontramos apertrechados y munidos con los Justos Títulos (iuris et de iure) que avalan la histórica propiedad incuestionable de Venezuela, sobre la Guayana Esequiba.

Esa extensión territorial de 159.500 km2, con su incalculable riqueza de todo tipo y su legítima proyección atlántica desde siempre ha sido nuestra.

Ha habido innumerables jurisprudencias —a partir de anteriores resoluciones sentenciales de la Corte Internacional de Justicia— que refuerzan nuestra posición para mantener con firmeza los límites heredados por Venezuela.

En el Derecho Internacional Público es válidamente aceptado, sin la menor discusión, que la Cesión de Derechos se impone a cualquier dictamen de fuerza; por lo que en nuestro caso —según sentencia esperada de la Corte, si admite o no la demanda que nos hizo Guyana— no será distinto; siempre y cuando la posible resolución de la citada Sala Juzgadora se circunscriba en estricto derecho.

Veamos las siguientes decisiones jurisprudenciales emanadas de esa entidad administradora de justicia:

“Una vez acordado, el límite se mantiene; ya que cualquier otro enfoque viciaría el principio fundamental de la estabilidad de los límites, cuya importancia ha sido reiteradamente enfatizada por esta Corte” (Contención entre Libia y Chad, 1994).

Otro ejemplo que nos viene bastante bien, para reinstalar en la memoria algunas decisiones por controversias interestatales en el Alto Tribunal de La Haya:

“…La Corte enfatiza que el principio Uti possidetis iuris requiere no solo que se confíe en los títulos legales existentes, sino también que se tenga en cuenta la manera en que esos títulos fueron interpretados y aplicados por las autoridades públicas competentes en el Poder, en particular en el ejercicio de su poder legislativo”

(Controversia fronteriza, Benín-Níger. 2013).

Nuestra aseveración la basamos y centramos en que, al momento de resolver el anterior caso como en el contenido de la sentencia del pleito que vamos a reseñar a continuación, la Corte le ha conferido suficiente prioridad y preponderancia al Principio del Uti possidetis Iuris.

Leamos lo que la Corte enfatizó para entonces en cuanto al aludido reconocimiento, y lo hizo de la siguiente manera:

el principio del Uti possidetis iuris ha mantenido su lugar entre los principios jurídicos más importantes, fundamentalmente en lo tocante a los títulos territoriales y la delimitación de las fronteras en el momento de la descolonización

(Controversia fronteriza (Burkina Faso/ República de Malí), Fallo, I.C.J. Reports 1986, pág. 567, párr. 26).

La contraparte no ha tenido otra causa peticional ante la Corte que solicitar la declaratoria de autoridad de cosa juzgada y que se le constituya como “válido y vinculante” al adefesio denominado Laudo Arbitral de París del 03 de octubre de 1899, que no nació a la vida jurídica, por írrito y nulo. No es que sea anulable es que es nulo de nulidad absoluta.

Eso es todo lo que —en concreto— piden (y lo reiteraron en las réplicas con motivo de la Excepción Preliminar) ante la mencionada Sala Juzgadora de la ONU.

Es que no tienen nada más que soporte tan extravagante pretensión procesal; por cuanto, el citado Laudo —de ingrata recordación— quedó desechado, cuando se firmó, el 17 de febrero de 1966, el Acuerdo de Ginebra.

El citado Laudo quedó invalidado, sin eficacia jurídica y no es oponible a nada; por lo que de llegarse al juicio propiamente y al desarrollarse  la fase probatoria la contraparte daría una demostración de supina torpeza al pretender reposicionar ese “Laudo“ante el Cuerpo Sentenciador de las Naciones Unidas.

 

* Miembro de la Academia Venezolana de la Lengua. Miembro del Instituto de Estudios Fronterizos de Venezuela (IDEFV). Asesor de la Comisión por la Defensa del Esequibo y la Soberanía Territorial. Asesor de la Fundación Venezuela Esequiba.

KISSINGER Y LA SITUACIÓN ACTUAL CONSIDERANDO EL DESARROLLO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y LA CRISIS UCRANIANA

Giancarlo Elia Valori*

Kissinger ha publicado recientemente algunas reflexiones sobre el curso de la política mundial en las últimas décadas, con referencias al regreso de los conflictos del siglo XX sacados a la luz por el desarrollo de nuevas armas y escenarios estratégicos mediados por la Inteligencia Artificial. Kissinger también se ha referido a la situación en Ucrania y los equilibrios entre Estados Unidos, Rusia y China.

Kissinger ha declarado que la comunicación instantánea y la revolución tecnológica se han combinado para proporcionar un nuevo significado y urgencia a dos cuestiones cruciales que los líderes deben abordar:

1) ¿Qué es esencial para la seguridad nacional?

2) ¿Qué es necesario para la coexistencia internacional pacífica?

Aunque existía una plétora de imperios, las aspiraciones de orden mundial estaban confinadas por la geografía y la tecnología a regiones específicas. Esto también fue cierto para los imperios romano y chino, que abarcaban una amplia gama de sociedades y culturas. Estos fueron órdenes regionales que coevolucionaron como órdenes mundiales.

Desde el siglo XVI en adelante, el desarrollo de la tecnología, la medicina y la organización económica y política amplió la capacidad de Europa para proyectar su poder y sistemas de gobierno en todo el mundo. Desde mediados del siglo XVII, el sistema de Westfalia se basó en el respeto de la soberanía y el derecho internacional. Más tarde, ese sistema se arraigó en todo el mundo y después del fin del colonialismo tradicional condujo a la aparición de Estados que, en gran parte abandonados formalmente por las antiguas patrias, insistieron en definir, e incluso desafiar, las reglas del orden mundial establecido, al menos los países que realmente se libraron de la dominación imperialista, como la República Popular China. la República Popular Democrática de Corea, etc.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad ha vivido en un delicado equilibrio entre seguridad relativa y legitimidad. En ningún período anterior de la historia las consecuencias de un error en este equilibrio habrían sido más graves o catastróficas. La era contemporánea ha introducido un nivel de destructividad que potencialmente permite a la humanidad autodestruirse. Los sistemas avanzados de destrucción mutua tenían como objetivo no perseguir la victoria final, sino más bien prevenir el ataque de otros.

Esta es la razón por la cual poco después de la tragedia nuclear japonesa de 1945, el despliegue de armas nucleares comenzó a ser incalculable, sin restricciones por las consecuencias y basado en la certeza de los sistemas de seguridad. Durante setenta y seis años (1946-2022), mientras que las armas avanzadas crecieron en poder, complejidad y precisión, ningún país fue convencido de usarlas realmente, incluso en conflicto con países no nucleares. Tanto los Estados Unidos de América como la Unión Soviética que aceptaron la derrota a manos de países no nucleares sin recurrir a sus propias armas más letales: como en el caso de la Guerra de Corea, Vietnam, Afganistán (tanto los soviéticos como los estadounidenses en ese caso).

Hasta el día de hoy, esos dilemas nucleares no han desaparecido, sino que han cambiado a medida que más Estados han desarrollado armas más refinadas que la «bomba nuclear» y la distribución esencialmente bipolar de las capacidades destructivas de la antigua Guerra Fría ha sido reemplazada por opciones de muy alta tecnología, un tema abordado en mis diversos artículos.

Las armas cibernéticas y las aplicaciones de inteligencia artificial (como los sistemas de armas autónomas) complican enormemente las peligrosas perspectivas de guerra actuales. A diferencia de las armas nucleares, las armas cibernéticas y la inteligencia artificial son ubicuas, relativamente baratas de desarrollar y fáciles de usar.

Las armas cibernéticas combinan la capacidad de impacto masivo con la capacidad de ocultar la atribución de ataques, lo cual es crucial cuando el atacante ya no es una referencia precisa sino que se convierte en una «prueba».

Como hemos señalado a menudo, la inteligencia artificial también puede superar la necesidad de operadores humanos y permitir que las armas se lancen en función de sus propios cálculos y su capacidad para elegir objetivos con una precisión y exactitud casi absolutas.

Debido a que el umbral para su uso es tan bajo y su capacidad destructiva tan grande, el uso de tales armas —o incluso su mera amenaza— puede convertir una crisis en una guerra o convertir una guerra limitada en una guerra nuclear a través de una escalada involuntaria o incontrolable. Para decirlo en términos simples, ya no habrá la necesidad de lanzar la «bomba» primero, ya que se degradaría a un arma de represalia contra posibles y no ciertos enemigos. Por el contrario, con la ayuda de la inteligencia artificial, terceros podrían asegurarse de que el primer ciberataque se atribuya a aquellos que nunca han atacado.

El impacto de esta tecnología hace que su aplicación sea un cataclismo, haciendo así que su uso sea tan limitado que se vuelva inmanejable. Todavía no se ha inventado ninguna diplomacia para amenazar explícitamente su uso sin el riesgo de una respuesta anticipada. Tanto es así que las Cumbres de control de armas parecen haber sido minimizadas por estas novedades incontrolables, que van desde ataques con drones sin marcar hasta ataques cibernéticos desde las profundidades de la red.

Los desarrollos tecnológicos están acompañados actualmente por una transformación política. Hoy asistimos al resurgimiento de la rivalidad entre las grandes potencias, amplificada por la difusión y el avance de tecnologías sorprendentes. Cuando a principios de la década de 1970 la República Popular China se embarcó en su reingreso en el sistema diplomático internacional por iniciativa de Zhou Enlai y, a fines de esa década, en su pleno reingreso en la arena internacional gracias a Deng Xiaoping, su potencial humano y económico era enorme, pero su tecnología y poder real eran relativamente limitados. Mientras tanto, las crecientes capacidades económicas y estratégicas de China han obligado a los Estados Unidos de América a enfrentarse, por primera vez en su historia, a un competidor geopolítico cuyos recursos son potencialmente comparables a los suyos.

Cada lado se ve a sí mismo como un unicum, pero de una manera diferente. Los Estados Unidos de América actúan partiendo del supuesto de que sus valores son universalmente aplicables y que con el tiempo se adoptarán en todas partes. La República Popular China, en cambio, espera que la singularidad de su civilización ultramilenaria y el impresionante salto económico hacia adelante inspiren a otros países a emularla para liberarse de la dominación imperialista y mostrar respeto por las prioridades chinas.

Tanto el impulso misionero del «destino manifiesto» de Estados Unidos como el sentido chino de grandeza y eminencia cultural —de China como tal, incluido Taiwán— implican una especie de subordinación-miedo mutuo. Debido a la naturaleza de sus economías y alta tecnología, cada país está afectando lo que el otro ha considerado hasta ahora sus intereses fundamentales. En el siglo XXI China parece haberse embarcado en el juego de un papel internacional al que se considera derecho por sus logros a lo largo de los milenios. Los Estados Unidos de América, por otro lado, están tomando medidas para proyectar poder, propósito y diplomacia en todo el mundo para mantener un equilibrio global establecido en su experiencia de posguerra, respondiendo a desafíos tangibles e imaginarios a este orden mundial.

Para los dirigentes de ambas partes, estos requisitos de seguridad parecen evidentes. Son apoyados por sus respectivos ciudadanos. Sin embargo, la seguridad es sólo una parte del panorama general. La cuestión fundamental para la existencia del planeta es si los dos gigantes pueden aprender a combinar la inevitable rivalidad estratégica con un concepto y práctica de convivencia.

Rusia, a diferencia de los Estados Unidos de América y China, carece del poder de mercado, la influencia demográfica y la base industrial diversificada.

Abarcando once zonas horarias y disfrutando de pocas demarcaciones defensivas naturales, Rusia ha actuado de acuerdo con sus propios imperativos geográficos e históricos. La política exterior de Rusia representa un patriotismo místico en una ley imperial al estilo de la Tercera Roma, con una percepción persistente de inseguridad derivada esencialmente de la vulnerabilidad de larga data del país a la invasión a través de las llanuras de Europa del Este.

Durante siglos, sus líderes, desde Pedro el Grande hasta Stalin, quien, por cierto, ni siquiera era ruso, pero sentía que lo era en el espíritu internacionalista que llevó a la creación de la URSS el 30 de diciembre de 1922, han tratado de aislar el vasto territorio de Rusia con un cinturón de seguridad impuesto alrededor de su difusa frontera. Hoy Kissinger nos dice que la misma prioridad se manifiesta una vez más en el ataque a Ucrania y agregamos que pocas personas entienden y muchas otras fingen no entender esto.

El impacto mutuo de estas sociedades ha sido moldeado por sus evaluaciones estratégicas, que se derivan de su historia. El conflicto ucraniano es un buen ejemplo. Después de la disolución del Pacto de Varsovia y la conversión de sus Estados miembros (Bulgaria, Checoslovaquia, República Democrática Alemana, Polonia, Rumania, Hungría) en países «occidentales», todo el territorio, desde la línea de seguridad establecida en Europa central hasta la frontera nacional de Rusia, se ha abierto a un nuevo diseño estratégico. La estabilidad dependía del hecho de que el Pacto de Varsovia en sí mismo, especialmente después de la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa celebrada en Helsinki en 1975, disipó los temores tradicionales de Europa de la dominación rusa (de hecho, la dominación soviética, en ese momento) y mitigó las preocupaciones tradicionales de Rusia sobre las ofensivas occidentales, desde los suecos hasta Napoleón y Hitler. Por lo tanto, la geografía estratégica de Ucrania encarna estas preocupaciones que surgen nuevamente en Rusia. Si Ucrania se uniera a la OTAN, la línea de seguridad entre Rusia y Occidente se colocaría a poco más de 500 kilómetros de Moscú, eliminando en realidad el amortiguador tradicional que salvó a Rusia cuando Suecia, Francia y Alemania intentaron ocuparla en siglos anteriores.

Si se estableciera la frontera de seguridad en el lado occidental de Ucrania, las fuerzas rusas estarían a poca distancia de Budapest y Varsovia. La invasión de Ucrania en febrero de 2022 es una violación flagrante del derecho internacional mencionado anteriormente y, por lo tanto, es en gran medida consecuencia de un diálogo estratégico fallido o inadecuadamente emprendido. La experiencia de dos entidades nucleares que se enfrentan militarmente —aunque no recurran a sus armas destructivas— subraya la urgencia del problema fundamental, ya que Ucrania es sólo una herramienta de Occidente. Dario Fo dijo una vez que China era una invención de Albania para asustar a la Unión Soviética. Podemos decir que Ucrania es actualmente una invención de Occidente para asustar a Rusia y esto no es una broma. Un invento por el que ucranianos y rusos están pagando con su sangre.

Por lo tanto, la relación triangular entre los Estados Unidos de América, la República Popular China y la Federación de Rusia se reanudará eventualmente, incluso si Rusia se viera debilitada por la demostración de sus limitaciones militares previstas en Ucrania, el rechazo generalizado de su conducta y el alcance y el impacto de las sanciones en su contra. Pero conservará las capacidades nucleares y cibernéticas para escenarios apocalípticos.

En la relación entre Estados Unidos y China, en cambio, el enigma es si dos conceptos diferentes de grandeza nacional pueden aprender a coexistir pacíficamente lado a lado y cómo. En el caso de Rusia, el desafío es si el país puede reconciliar su visión de sí mismo con la autodeterminación y la seguridad de los países en lo que durante mucho tiempo ha llamado su «extranjero cercano» (principalmente Asia Central y Europa del Este) y hacerlo como parte de un sistema internacional en lugar de a través de la dominación.

Ahora parece posible que un orden basado en reglas universales, por muy digno que sea en su concepción, sea reemplazado en la práctica, por un período de tiempo indefinido, por un mundo al menos parcialmente desacoplado. Tal división fomenta una búsqueda en sus márgenes de esferas de influencia. En tal caso, ¿cómo podrán operar los países que no están de acuerdo sobre las normas mundiales de conducta dentro de un diseño de equilibrio acordado? ¿La búsqueda de la dominación abrumará el análisis de la convivencia?

En un mundo de tecnología cada vez más formidable que puede elevar o desmantelar la civilización humana, no existe una solución definitiva para la competencia entre grandes potencias, y mucho menos militar. Una carrera tecnológica desenfrenada, justificada por la ideología de la política exterior en la que cada lado está convencido de la intención maliciosa del otro, corre el riesgo de crear un ciclo catastrófico de sospecha mutua como el que desencadenó la Primera Guerra Mundial, pero con consecuencias incomparablemente mayores.

Por lo tanto, todas las partes están ahora obligadas a reexaminar sus primeros principios de comportamiento internacional y relacionarlos con las posibilidades de coexistencia. Para los líderes de las empresas de alta tecnología, existe un imperativo moral y estratégico de perseguir, tanto dentro de sus propios países como con posibles países adversarios, una discusión en curso sobre las implicaciones de la tecnología y cómo sus aplicaciones militares podrían ser limitadas.

El tema es demasiado importante para ser descuidado hasta que surjan las crisis. Los diálogos sobre el control de armamentos que ayudaron a atenuar y mostrar moderación durante la era nuclear, así como la investigación de alto nivel sobre las consecuencias de las tecnologías emergentes, podrían impulsar la reflexión y promover hábitos de autocontrol estratégico mutuo. Una ironía del mundo actual es que una de sus glorias, la explosión revolucionaria de la tecnología, ha surgido tan rápidamente, y con tanto optimismo, que ha superado sus peligros, y se han realizado esfuerzos sistemáticos inadecuados para comprender sus capacidades.

Los tecnólogos desarrollan dispositivos sorprendentes, pero han tenido pocas oportunidades de explorar y evaluar sus implicaciones comparativas dentro de un marco histórico. Como señalé en un artículo anterior, los líderes políticos con demasiada frecuencia carecen de una comprensión adecuada de las implicaciones estratégicas y filosóficas de las máquinas y algoritmos disponibles para ellos. Al mismo tiempo, la revolución tecnológica está erosionando la conciencia humana y las percepciones de la naturaleza de la realidad. La última gran transformación, la Ilustración, reemplazó la era de la fe con experimentos repetibles y deducciones lógicas. Ahora es suplantado por la dependencia de algoritmos, que trabajan en la dirección opuesta, ofreciendo resultados en busca de una explicación. Explorar estas nuevas fronteras requerirá esfuerzos considerables por parte de los líderes nacionales para reducir, e idealmente cerrar, las brechas entre los mundos de la tecnología, la política, la historia y la filosofía.

Los líderes de las grandes potencias actuales no necesitan desarrollar inmediatamente una visión detallada de cómo resolver los dilemas descritos aquí. Kissinger advierte que, sin embargo, deben tener claro lo que se debe evitar y lo que no se puede tolerar. Los sabios deben anticipar los desafíos antes de que se manifiesten como crisis. Al carecer de una visión moral y estratégica, la era actual es desenfrenada. La extensión de nuestro futuro todavía desafía la comprensión no tanto de lo que sucederá sino de lo que ya ha sucedido.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. Ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción.

 ©2022-saeeg®