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NAGORNO KARABAJ, LA PEQUEÑA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS EN EL CÁUCASO

Giancarlo Elia Valori*

De 1618 a 1648 Europa fue destrozada por el violento e implacable conflicto entre protestantes y católicos. Después del final del ciclo de cruzadas que había resultado el primer conflicto entre cristianos y árabes, pero el primer y más severo conflicto armado entre las dos grandes almas del cristianismo, lo que los historiadores más tarde llamaron la “Guerra de los Treinta Años”, ciertamente no fue la última guerra religiosa. La Guerra de los Treinta Años terminó con la Paz de Westfalia que condujo al nacimiento de los Estados-Nación europeos y —como epílogo paradójico a una guerra desatada por razones religiosas— puso fin al control ejercido por la Iglesia sobre los reinos cristianos y sepultó cualquier intento del clero protestante de interferir en los asuntos políticos, aplastándolo mucho antes de que pudiera manifestarse abiertamente. Desde entonces, los centros de gravedad de los conflictos (también) sobre una base religiosa se han desplazado hacia la confrontación islámico-judía (las guerras árabe-israelíes de la segunda mitad del siglo XX y el enfrentamiento entre el Islam y el cristianismo.

Los conflictos religiosos tienden a ser feroces y sangrientos porque ninguna de las partes involucradas parece estar dispuesta a mediar con una contraparte considerada apóstata o de todos modos “infiel”. Frente a un público internacional distraído por las preocupaciones de la pandemia de Covid-19, el conflicto de 30 años aún no resuelto por el control de Nagorno Karabaj —una guerra de 30 años a pequeña escala porque se limitó al Cáucaso Meridional— volvió a estallar violentamente el 27 de septiembre pasado. Es el enfrentamiento entre Azerbaiyán musulmán y Armenia cristiana, que reclama un control de iure sobre una región, a saber, Nagorno, que ya controla de facto, aunque su territorio está totalmente cerrado dentro de las fronteras azerbaiyanas y sin ninguna conexión geográfica con la disputada patria armenia. Como veremos más adelante, el conflicto tiene raíces antiguas y profundas, pero está lleno de implicaciones geoestratégicas que podrían causar daños y tensiones extra regionales que son potencialmente muy peligrosas.

Raíces antiguas y profundas que, en este caso, también pueden ser llamadas “raíces del mal”. A finales de la década de 1920, Stalin —que estaba decidido a aplastar todas las ambiciones nacionalistas de las diversas almas que conformaban el enorme imperio soviético— tomó medidas drásticas para evitar que los diferentes grupos étnicos panrusos crearan problemas políticos y, con su habitual puño de hierro, decidió transferir poblaciones enteras a miles de kilómetros de distancia de sus asentamientos tradicionales para eliminar sus raíces étnicas y culturales. Chechenos, cosacos y alemanes se dispersaron a los cuatro rincones del imperio, mientras que el dictador soviético decidió —bajo la bandera del principio más clásico de “dividir y gobernar”— asignar la jurisdicción política y administrativa de la región autónoma de Nagorno Karabaj —habitada por poblaciones armenias y cristianas— a la República Socialista de Azerbaiyán, poblada por musulmanes azeríes, con el fin de mantener bajo control cualquier autonomía armenia.

Como también sucedió en los países satélites (véase el ejemplo de la Yugoslavia de Tito), el régimen comunista en Rusia logró contener —incluso con el uso sin escrúpulos del terror y la limpieza étnica— cada reivindicación nacionalista de todos los diferentes grupos étnicos que conforman el imperio. Esta operación, sin embargo, perdió su impulso cuando, en la segunda mitad de la década de 1980, la cautelosa campaña de modernización del país y el inicio de las tímidas reformas liberales de Mijaíl Gorbachov con su Perestroika causaron repercusiones inesperadas en las relaciones entre armenios y azerbaiyanos. El odio y el espíritu de venganza sin fin resurgieron debido a la disminución de medidas opresivas y represivas que, hasta ese momento, habían contribuido a mantener vivo al régimen soviético. La cohesión política y administrativa que había convertido a la Unión de Repúblicas en un organismo unitario comenzó a fracasar y las demandas de autonomía se volvieron cada vez más apremiantes.

Una vez más en 1988 el Parlamento regional de Nagorno Karabaj votó una resolución que marcó el regreso de la región a la jurisdicción administrativa de la República Armenia, la “madre patria cristiana”.

A partir de ese momento, la tensión entre armenios y azerbaiyanos se montó progresivamente, con enfrentamientos aislados y violencia interétnica que llevaron a la guerra abierta en 1991 cuando, inmediatamente después del colapso y disolución de la URSS, los armenios declararon formalmente la anexión de la disputada región de Nagorno Karabaj a la República de Armenia, desencadenando así un sangriento conflicto contra el vecino Azerbaiyán, un conflicto que duró hasta 1994 en el que murieron más de 30.000 civiles y militares.

Frente a la incapacidad del gobierno de Boris Yeltsin para llevar a las partes beligerantes de nuevo a la razón y a la mesa de negociaciones (que siempre es difícil en los conflictos étnico-religiosos) y ante la incapacidad de las Naciones Unidas para resolver el conflicto azerí-armenio, por cualquier medio necesario y lo que sea necesario, como se consagra en su Carta, intervino la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). Bajo sus auspicios, se estableció en 1992 el “Grupo Minsk” —una mesa de negociación permanente gestionada por Francia, la Federación de Rusia y los Estados Unidos—.

A pesar del compromiso del Grupo de Minsk, la guerra entre armenios y azerbaiyanos continuó hasta 1994, cuando terminó —sin firmar ningún acuerdo de paz— después de que los armenios tomaran el control militar de Nagorno Karabaj y más de un millón de personas se vieran obligadas a abandonar sus hogares. Un doble éxodo que recordó al que siguió a la división entre la India y Pakistán, con los azerbaiyanos que, como musulmanes e hindúes, abandonaron sus tierras a los armenios y a los armenios que ocupaban casas traseras y territorios que creían que les habían sido arrebatados injustamente por maniobras estalinistas.

El fuego del conflicto seguía ardiendo, con enfrentamientos y agresión armada, durante más de una década y más tarde estalló de nuevo, sin razón aparente ni factor desencadenante, en abril de 2016. Los observadores internacionales se mostraron perplejos por esa reanudación de las hostilidades: decenas y decenas de soldados de ambos bandos murieron sin razón aparente ni factor desencadenante. Según algunos observadores especializados en este extraño y arcaico conflicto, las causas de la reanudación de las hostilidades se encontraban en el deseo de los Estados opuestos de “ganar terreno” y tomar el control de las áreas estratégicas lejos del enemigo. Según otros observadores internacionales probablemente más fiables, la razón del resurgimiento del conflicto tuvo que buscarse dentro de los dirigentes armenio y azerbaiyano. En medio de una crisis económica debida al colapso del mercado internacional del petróleo crudo (y los precios), ambos gobiernos dieron una mano libre a sus respectivos “perros de guerra”, con miras a reunir de nuevo su público desorientado e insatisfechos con el colapso de la economía. Islam, petróleo y Cristianismo eran los ingredientes explosivos de una peligrosa y aparentemente insalvable situación. En Bakú, capital de Azerbaiyán, multitudes se manifestaron por semanas, meses o años bajo la bandera de “Karabakh es Azerbaiyán”.

En Ereván, la capital de “Armenia”’, multitudes similares —aunque de una religión diferente y enemiga— pidieron “Libertad para nuestros hermanos de Karabaj”.

Mientras tanto, el fuego seguía ardiendo: Armenia tenía un control de facto de la región en disputa, que estaba totalmente dentro de las fronteras azerbaiyanas, sin corredor que la conectara con la “madre patria” armenia. El conflicto interétnico e interreligioso se complica aún más por factores geopolíticos.

Turquía es un socio tradicional de Azerbaiyán, habitado por musulmanes de origen turcomano. Turquía fue el primer Estado en reconocer la República de Azerbaiyán en 1991, mientras que, hasta ahora, aún no ha reconocido a la República Armenia, probablemente porque conserva su nombre y la orgullosa memoria que la vincula con el genocidio armenio de 1916-1920, cuando los turcos —convencidos de la infidelidad de los armenios y de su apoyo al zar ruso— exterminaron rápidamente a un millón de ellos.

La posición de Rusia hacia el conflicto y los beligerantes es más ambigua: por un lado, Rusia apoya las legítimas aspiraciones del pueblo armenio mientras, por otro lado —para evitar entrar en conflicto abierto con Erdogan, con quien juega un juego complicado en Siria y Libia— Vladimir Putin evita el uso de tonos amenazantes hacia Azerbaiyán —a la que sigue vendiendo armas— y trata de mantener la equidistancia e imparcialidad entre las partes. Su actitud aún no ha atraído las críticas turcas, pero obviamente deja a los armenios perplejos.

Como ya se ha dicho, el fuego se mantuvo ardiendo hasta el 27 de septiembre, cuando, sin ningún factor de activación aparente o evidente, armenios y azerbaiyanos reanudaron las hostilidades utilizando armamento sofisticado, como drones armados o misiles de largo alcance, que mataron a decenas de soldados y civiles de ambos bandos. Como se ha dicho anteriormente, las razones de la reanudación de las hostilidades no son claras: no hubo provocación directa o factor desencadenante.

Esta vez, sin embargo, muchos observadores están señalando directamente con los dedos a Turquía y su presidente, Tayyp Recep Erdogan.

Puede que haya colocado el problema de Nagorno Karabaj en el complejo juego de ajedrez geopolítico en el que participa el “nuevo” y agresivo Presidente de Turquía. Este último, consciente del peso que tiene su papel en la OTAN en la dialéctica con los Estados Unidos y Europa —que evidentemente no se percibe exigiendo un poco de equidad de un socio tan indisciplinado y engorroso, si no bastante falto de escrúpulos y agresivo— no duda en seguir su propio camino y buscar los intereses de su país en Siria, Libia, el Mediterráneo y el mar Egeo. Desde el control de Siria Oriental hasta la búsqueda de nuevas fuentes de energía, Erdogan está jugando imprudentemente en varias mesas, sin desafiar abiertamente a Rusia, pero no dudando en burlarse de las protestas de sus socios europeos y estadounidenses.

Un juego sin escrúpulos que puede haber inducido a Erdogan a instar a sus aliados azerbaiyanos a reanudar las hostilidades contra los armenios el 27 de septiembre pasado, para que más tarde los contendientes acepten el alto el fuego del 9 de octubre: una medida que lo convertiría en una contraparte obligatoria y privilegiada para Rusia, frente a la irrelevancia geopolítica de Europa y Estados Unidos. La primera se mantiene bajo control por la pandemia, mientras que la segunda está pensando sólo en las próximas elecciones. En este vacío de ideas e intervenciones, la situación en el Cáucaso Meridional con sus posibles implicaciones explosivas en términos de producción y exportación de fuentes de energía sigue en manos de Rusia y Turquía, libre de buscar acuerdos o mediaciones consideradas favorables, obviamente en detrimento de la competencia. En el pasado, en la época de Enrico Mattei, Italia habría tratado de desempeñar su propio papel en una región tan delicada como el Cáucaso, no sólo para defender sus intereses económicos y comerciales, sino también y sobre todo para buscar nuevas oportunidades de desarrollo para sus empresas públicas y privadas. Pero la Italia de Mattei está lejos: actualmente no podemos contar con un semillero de tensión en nuestra puerta, como Libia, y no podemos traer a casa a 18 pescadores de Mazara del Vallo detenidos ilegalmente por el señor de la guerra de Tobruk, Khalifa Haftar.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. El Señor Valori ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Artículo exclusivo para SAEEG. Traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. Prohibida su reproducción.

 

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EL SISTEMA NUCLEAR Y DE MISILES DE RUSIA

Giancarlo Elia Valori*

Silo de un misil balístico intercontinental antes de una prueba. Sergué Kazak/TASS

La nueva política de amenaza/disuasión nuclear rusa se define en la Orden Ejecutiva Nº 355, denominada “Principios básicos de la política estatal de la Federación de Rusia sobre disuasión nuclear”, que entró en vigor el 2 de junio de 2020.

En primer lugar, las armas nucleares rusas se definen “sólo como medios de disuasión”, mientras que su uso es siempre y de todos modos una medida “extrema y obligatoria”.

Además, las represalias son “inevitables”, especialmente en el caso de que haya un ataque nuclear directo contra la Federación de Rusia, mientras que Rusia también quiere mantener para sí la posibilidad de infligir “un daño garantizado e inaceptable” a cualquier tipo de oponente, es decir, su cuasi destrucción como sociedad y como sistema productivo.

Los peligros militares en los que podría incurrir la Federación de Rusia en el futuro podrían ser la creación de una amplia fuerza convencional por parte de un oponente ruso —que, sin embargo, también tiene un arsenal nuclear, especialmente en las fronteras de la Federación de Rusia— o el despliegue de sistemas de defensa antimisiles, pero también de armas no nucleares, hipersónicas, UAV y de energía directa, por parte de Estados que consideran a Rusia un enemigo potencial.

O también el desarrollo de un sistema de defensa y ataque de misiles —incluso uno no nuclear— en el espacio por un oponente potencial.

También está la mera posesión —por otros Estados, vistos como “opositores” o como partes de alianzas enemigas— de sistemas de armas nucleares y/u otros tipos de armas de destrucción masiva (WMD) que, sin embargo, también pueden utilizarse hipotéticamente contra la Federación de Rusia. Sin embargo, en la mente de los responsables rusos de la toma de decisiones, también está la proliferación incontrolada de armas nucleares por parte de los opositores, de su lanzamiento o uso de instrumentos, así como la evolución de su tecnología.

Por último, el sistema militar ruso supervisa cuidadosamente el desarrollo de las armas nucleares y su presencia en países que nunca antes habían tenido armas nucleares en su territorio. Lo considera una amenaza grave. ¿Cómo se desencadena la reacción nuclear o militar convencional rusa a un uso adverso de armas nucleares contra su propio territorio y recursos, según los mecanismos oficiales previstos?

En primer lugar, con la recopilación inicial de datos fiables sobre un lanzamiento de misiles balísticos dirigidos contra el territorio y los recursos de la Federación de Rusia.

En segundo lugar, con el uso obvio de armas de destrucción masiva u otras armas avanzadas contra Rusia y sus aliados. En este cálculo estratégico, los aliados no incluyen a China, sino sólo a Bielorrusia y, probablemente, Kazajstán. La activación de una reacción nuclear rusa también puede ser causada por un ataque lanzado por un oponente o una alianza enemiga en los puntos críticos de la organización gubernamental, militar, económica y, en este caso, de petróleo y gas de Rusia.

En este caso, si los dirigentes rusos o sus principales recursos económicos fueran objeto de un ataque nuclear, la respuesta sería un contraataque de la Federación de Rusia contra los centros de toma de decisiones del oponente. Además, debería calcularse una posible respuesta nuclear de Rusia si los opositores lanzaron un ataque convencional capaz de poner en peligro las redes de tamaño, fuerza y control de la Federación de Rusia.

La decisión suprema para el uso del arma nuclear está en manos del Presidente de la Federación de Rusia, quien puede informar a los responsables de la toma de decisiones de los demás Estados o a las organizaciones internacionales —si ve la necesidad de hacerlo— de la voluntad rusa de lanzar un ataque nuclear contra un invasor o atacante, en ese momento y en ese lugar.

Además, también en este último documento, Rusia establece la línea del “lanzamiento del arma nuclear junto con la advertencia estratégica”.

Esto también dificulta la selección de amenazas, considerando el tiempo reducido para evaluarlas. Piensen aquí en las armas hipersónicas, que tienen tiempos de advertencia infinitesimales, o en las redes estadounidenses que actualmente están equipadas con misiles balísticos con ojivas convencionales para el ataque inmediato, lo que hace cada vez más difícil diferenciar inmediatamente entre un ataque nuclear y un ataque convencional.

Aquí es donde la vieja teoría rusa de la amenaza nuclear de la era soviética también se aplica a una fuerza convencional de la OTAN que tiene, sin embargo, tamaño y armas capaces de “poner en peligro” la propia naturaleza y estabilidad del Estado ruso. Si Vladimir Putin considerara también la amenaza de la OTAN a las importantes minorías rusas en el Báltico, en Europa del Este y en Europa sudoriental, el cálculo estratégico sería extremadamente difícil.

Para la Federación de Rusia —como con el zar Pedro I— una base en el Mediterráneo es también de importancia fundamental.

Con este fin, la guerra en Siria se ha materializado, la última fase de una cadena de “guerras de colores” o “primavera árabe” que, en el caso de Siria, ciertamente no tuvieron éxito para Occidente.

Mientras tanto, como ya ha sucedido en la región del Magreb, en América Latina y en otras regiones del mundo, Rusia quiere mantener algunos activos estratégicos esenciales: su control sobre las antiguas áreas “pro-soviéticas”, desde Medio Oriente hasta Venezuela y Cuba; la clara reafirmación de su propio papel como gran potencia y finalmente la creación por parte de Rusia de su propio papel como mediador e intermediario confiable, un Estado estable y creíble, así como una potencia influyente.

Además, todo esto sucede en una fase en la que la modernización de las armas y doctrinas rusas de la guerra nuclear y de lo que podríamos llamar guerra post-convencional (armas hipersónicas, de alta energía, etc.) aún no ha terminado.

En 2019, Vladimir Putin dijo que las herramientas actualizadas y modernas eran más del 82% de la Tríada Nuclear de la Federación de Rusia (tierra, mar y cielo). También dijo: “nuestro armamento debe ser el mejor de los mejores para poder ganar en un choque de este tipo”.

Además de la aceptación de nuevos y posibles acuerdos para reducir las armas estratégicas, Putin también dijo: “Estamos construyendo nuevos sistemas fiables de misiles y armas nucleares” para la disuasión.

Hoy, a mediados de 2020, se supone que la Federación de Rusia tiene 4.310 ojivas nucleares de diversa naturaleza y tamaño, que pueden ser utilizadas por lanzadores de largo y corto alcance, sólo por las Fuerzas Estratégicas de Misiles. 1.570 de estas 4.310 ojivas ya están posicionadas: 810 se colocan en misiles estratégicos terrestres; 560 forman parte del armamento submarino y 200 se colocan en aviones y en sus bases.

Unas 870 ojivas nucleares se almacenan finalmente en un “almacén”, junto con 1.870 ojivas no nucleares.

Además de estos datos, se puede decir que al menos 2.060 ojivas, que ahora están siendo desmanteladas, están a la espera de ser “desguazadas”.

De ahí que el número total real asciende a 6.370 ojivas, teniendo en cuenta las ojivas de misiles, convencionales y nucleares.

En la fecha del 5 de febrero de 2019 —fijada por el Tratado START—, la Federación de Rusia redujo el número de ojivas estratégicas en acción a 1.444 de conformidad con las disposiciones del Tratado.

Más tarde Rusia declaró 1.420 ojivas adicionales en 517 lanzadores y, en marzo de 2019, declaró la existencia de 524 lanzadores para 1.461 ojivas, pero hoy los datos varían muy rápidamente.

En octubre de 2018 Vladimir Putin había declarado: “Nuestra doctrina estratégica de las armas nucleares no permite un ataque preventivo, sino un contraataque mutuo”, es decir, “somos capaces de reaccionar rápidamente a un ataque nuclear o existencial de todos modos, sólo cuando sabemos con certeza que un posible agresor está atacando a Rusia”.

La línea política es la de la doctrina de diciembre de 2014, que decía: “Rusia se reservará el derecho de utilizar armas nucleares en respuesta al uso —contra Rusia o sus aliados— de armas nucleares o de cualquier tipo de destrucción masiva, o incluso en el caso del uso —contra Rusia— de armas convencionales si la propia existencia del Estado está en peligro”. Además, algunos responsables de la toma de decisiones rusos han declarado que las armas nucleares rusas pueden utilizarse si hay amenazas creíbles contra los sitios de misiles balísticos rusos, pero también en escenarios regionales que no implican una amenaza existencial para el Estado ruso o que de todos modos no utilizan armas de destrucción masiva.

También existe el problema de las armas definidas como “anómalas”, como el Poseidón – Kanyon, según la jerga estadounidense o el Status-6 (nombre en clave de la OTAN), que es un torpedo nuclear capaz de crear una vasta área de contaminación marina capaz de bloquear cualquier operación militar o económica durante mucho tiempo.

Se supone que la Federación de Rusia tiene actualmente 302 Misiles Balísticos Intercontinentales (ICBM) en su lugar y operativos, con una posible carga de 1.136 ojivas nucleares o no nucleares.

Rusia, sin embargo, declaró en varias etapas de las negociaciones START que tenía casi 400 ICBM en la “línea de fuego” o que los ICBM ya eran 513 a finales de septiembre de 2019.

Los ICBM rusos están organizados en la Fuerza Estratégica de Misiles para tres sectores diferentes, con un total de 11 divisiones cada uno con unos 39 regimientos de misiles.

Sin embargo, el 40º Regimiento de la 12a División, estacionado en Yurya, no tiene armas nucleares.

Hoy, sin embargo, Rusia todavía tiene misiles SS-18, SS-19 y SS-25 entre sus ICBM.

El SS-18 (RS-20V, o R36M2 Voivoda) es un misil colocado en silos, pero puede llevar un máximo de 10 ojivas. Todavía hay 46 misiles SS-18 con 460 ojivas, mantenidos como casi operativos, en la 13a División de Misiles estacionada en Dombarovsky y en la 62ª División de Misiles en Uzhur.

Los misiles SS-18 deberían ser retirados a finales de 2020, reemplazados por Sarmat, el RS-28.

El SS-19 (RS-18, o UR100NUTTH) pronto será reemplazado por el SS-27, otro misil silo, pero aún hoy dos regimientos de la Fuerza Estratégica de Misiles siguen siendo muy operativos con los misiles SS-19.

Rusia sigue retirando sus SS-25, los misiles autopropulsados Topol, a un ritmo de uno-dos regimientos por año, que serán reemplazados por el SS- 27 Mod. 2.

El misil SS-27, es un misil llamado en Rusia RS-24, o Yars, que puede acomodar hasta cuatro Vehículos de Reentrada Multi-Independientes (MIRVs). Se supone, sin embargo, que actualmente Rusia ya tiene 140 Yars operativos, móviles o en silos, con distribución de estos nuevos misiles a la División de Guardias de Misiles en Teykovo, pero también a la 39ª Guardia de Misiles en Novosibirsk, a la 42ª en Niznhny Tagil, a la 29ª en Irkutsk, y finalmente a la 14ª División de Misiles en Yoshkar-Ola.

Rusia también está desarrollando una nueva versión del misil SS-29, el Sarmat RS-28 que, como ya se ha señalado, se supone que ya ha reemplazado en gran medida al SS-18.

Con referencia específica a los misiles lanzados por submarinos, Rusia cuenta actualmente con 10 submarinos nucleares de tres clases: seis Delta IV, un Delta I y tres Borei. Cada submarino puede transportar 16 Misiles Balísticos Lanzados Submarinos (SLBM) y cada SLBM puede transportar varios MIRV, para un total de más de 720 ojivas.

Hasta 2020, el eje de la guerra de submarinos y misiles será el Delta IV, cada uno equipado con 16 SLBM.

Todos los submarinos Delta IV forman parte de la Flota del Norte, con base en Gazhyevo, en la península de Kola.

Los misiles Delta serán reemplazados por completo por el Borei, cada uno con 16 misiles SS-N-32 con seis ojivas cada uno.

Con referencia específica a las ojivas nucleares aéreas, Rusia utiliza dos tipos de bombarderos: el Tu-160 Blackjack y el Tu-95 M5 Bear. El número total de estos aviones es de 70 y ambos pueden transportar el A-15 Kent y los misiles AS-23B.

Cada TU-160 puede transportar 40.000 kilos de armamento, incluidos los 12 misiles AS-15B, con un total de 700 bombas nucleares transportadas que pueden ser lanzadas desde el avión.

Por lo tanto, Rusia prevé —y los responsables de la toma de decisiones rusas siempre conceden gran importancia también a las armas no nucleares— una fuerza nuclear que pueda ocasionar rápidamente el mayor daño posible a cualquier atacante, incluso a las superpotencias actuales, con una combinación de fuerzas terrestres, marítimas y aéreas.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. El Señor Valori ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Nota: traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor. 

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EL ACUERDO MILITAR ENTRE SIRIA E IRÁN

Giancarlo Elia Valori*

El 8 de julio pasado, el Jefe del Estado Mayor iraní, Mohammad Baqeri, y el Ministro de Defensa sirio Ali Abdullah Ayub firmaron un acuerdo en Damasco —definido como “completo”— para reforzar la cooperación militar entre los dos países.

Como ambos dijeron, este acuerdo fortalece la cooperación militar entre Irán y Siria, especialmente en relación con el aumento esperado de la presión estadounidense sobre la región. Además, Irán fortalecerá los sistemas de defensa aérea sirios y mejorará el entrenamiento de las tropas y el armamento actualmente disponible para el ejército sirio.

El 1º de julio, Erdogan, Putin y Hassan Rouhani se habían reunido —por videoconferencia- dentro del llamado “formato Astana” para regular sus relaciones dentro del territorio sirio y planear un futuro tratado de paz con Siria, con exclusión de Estados Unidos y otros países occidentales. Mientras tanto, el Primer Ministro israelí ha dicho: “No permitiremos que Irán establezca presencia militar en Siria”. Es una elección totalmente natural, pero no creemos que —en una perspectiva de confrontación militar limitada entre Israel e Irán— Estados Unidos proporcione más que una ayuda simbólica al Estado judío. Un hecho estratégico importante es que este nuevo acuerdo deja de lado la relación tradicional entre Siria y Rusia, tanto defensiva como tecnológica y políticamente.

Rusia ya ha puesto sus misiles Pantsir y S-300 operativos en territorio sirio, pero en las Fuerzas Armadas Sirias se rumorea que estos sistemas de armas no han sido deliberadamente capaces de afectar a las armas israelíes y los ataques aéreos en Jerusalén.

La cuestión es clara: Rusia no activa sus misiles S-300 porque no tiene intención de golpear al Estado judío. Obviamente esto no está en los planes de Siria, que considera la amenaza aérea de Israel como un peligro existencial para el Estado sirio. El papel de Irán será golpear a Israel desde territorio sirio o penetrar en la región israelí con sus propias fuerzas especiales.

Ciertamente, el signo de la separación parcial por parte de la Siria de Assad de la Federación de Rusia es significativo, aunque no parece decisivo, teniendo en cuenta que tanto Rusia como Irán siguen apoyando a Siria.

Sin embargo, es un intento de “sustitución” estratégica que podría tener efectos a largo plazo. Además, algunos analistas rusos señalan que —también en las fases calientes de la guerra entre Assad y los “rebeldes” apoyados por Occidente— la presencia de las tropas iraníes era escasa, mientras que muchos voluntarios chiítas de varias zonas, Pasdaran y muchos asesores militares fueron enviados desde Irán a Siria. La presencia iraní en la guerra siria nunca ha sido masiva, pero, ciertamente, sigue siendo muy importante. Irán, en particular, ha financiado y entrenado a los grupos armados pro-Assad, pero actualmente el presidente sirio tiene que detener —ciertamente sin ayuda rusa— los ataques aéreos israelíes, que a menudo golpean zonas donde también operan los militares iraníes.

Evidentemente, las operaciones israelíes en Siria también han causado daños significativos a las redes y sistemas nucleares de Irán: un incendio en Natanz, a principios de julio, así como la explosión al oeste de Teherán hace unos días, y las nuevas explosiones en Garmdareh y Qods. El 26 de junio de 2020, hubo un incendio en una fábrica de misiles en Khojr, y otro en Shiraz, además de la explosión en una clínica médica el 30 de junio, con 19 víctimas, así como un gran incendio el 3 de julio, de nuevo en Shiraz, y finalmente un incendio y una explosión en Ahwaz. Una secuencia tan racional y bien programada muestra que estos incidentes, a menudo trivializados por el gobierno iraní y su propaganda, son cualquier cosa menos aleatorios.

Obviamente, sin embargo, son sitios importantes para el proyecto nuclear iraní: por ejemplo, la explosión del 1º de julio golpeó el Centro de Ensamble de Centrífugas de Irán (ICAC) en la zona de Natanz. No obstante, todos los expertos y técnicos nucleares iraníes, también los que se encuentran dentro del proyecto de Teherán, suponen un retraso en la ejecución de todo el proyecto en al menos uno o dos años.

Sin embargo, veamos las fechas y la importancia estratégica de la energía nuclear de Irán: en mayo de 2019 Hassan Rouhani anunció que Irán se retiraría unilateral pero progresivamente del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) firmado por Irán en 2015 junto con el P5+1, es decir, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas más Alemania y la Unión Europea.

Cabe recordar que los Estados Unidos habían abandonado la JCPOA un año antes, en mayo de 2018.

La “máxima presión posible”, es decir, el endurecimiento máximo de las sanciones, anunciado por los Estados Unidos en el momento de su retirada del Acuerdo de Viena, dio lugar a algunas manifestaciones en noviembre, duramente reprimidas por el régimen iraní, que dejó hasta 180 muertos sobre el terreno.

Sin embargo, es probable que al romper permanente y sistemáticamente el Acuerdo de Viena de 2015, Irán quiera mostrar señales no de construir la bomba nuclear, sino de presionar a la comunidad internacional para que levante las sanciones.

Mantequilla primero, luego armas —sólo para citar una vieja broma. ¿Dónde podría Irán lanzar su bomba nuclear? ¿Sobre Israel, que sin duda quiere “borrar del mapa”, pero con el gravísimo peligro de una contraoperación nuclear por parte de Israel contra los sitios económicos y militares más importantes y las ciudades iraníes más pobladas?

¿En Irak, que ya tiene una mayoría chiíta, actualmente bien controlada por los Servicios de Inteligencia iraníes?

¿O en Arabia Saudí? Cada elección abstractamente posible tiene muchos más efectos secundarios que las evaluaciones positivas y racionales. Pero los tomadores de decisiones iraníes no son tontos o minus habens.

Sin embargo, si Irán reduce su cumplimiento de la JCPOA cada dos meses —como parece hacer hoy— tendrá hasta tres oportunidades, desde ahora hasta las próximas elecciones estadounidenses de noviembre, de “endurecer” su sistema nuclear. Esto sin duda tendrá un efecto significativo en el debate político y electoral de Estados Unidos. Este también será un efecto bien organizado, elegido racionalmente por los ayatolás. Obviamente, el presidente Trump fortalecerá el sistema militar estadounidense en el Medio Oriente y esto sin duda disgustará a una gran parte de sus votantes. Irán implementará su estrategia básicamente no convencional (pero aún no nuclear), que consistirá en ataques contra buques cisterna en el estrecho de Ormuz y el Golfo Pérsico; de operaciones “pesadas” de los Kataib Hezbollah en Irak; de una operación probable en la zona chiíta de Afganistán, capaz de romper el muy tenue acuerdo entre los Estados Unidos y los talibanes de febrero de 2020; de un fortalecimiento de la presencia de los “rebeldes” chiítas hutíes o, finalmente, de otra probable operación iraní en El Líbano y, precisamente, de este acuerdo entre Irán y Siria. El criterio inicial de Irán es el de la “paciencia estratégica”.

Esto no implica en modo alguno la exclusión del armamento nuclear, sino que se refiere al uso de sus fuerzas convencionales, mientras que las armas nucleares se lanzarán sobre el agresor o sobre Israel, sólo en caso de un peligro existencial extremo para el Estado. Por otro lado, la “paciencia estratégica” iraní tiene otro propósito: separar a la UE de los Estados Unidos y crear un corredor económico entre Irán y algunos países europeos. Hasta ahora, la UE no ha demostrado ser capaz de reaccionar de manera autónoma a la política estadounidense hacia Irán: han transcurrido dos años y, por lo tanto, con el discurso antes mencionado, Rouhani ha adoptado una estrategia “más dura”. Por lo tanto, el Presidente iraní ha anunciado que Irán seguirá apartándose de las disposiciones de la JCPOA hasta que los demás signatarios del Acuerdo de Viena de 2015 garanticen a Irán el libre acceso al sistema financiero mundial y la libre venta de petróleo iraní.

En otras palabras, cualquier “endurecimiento” del régimen ayatolá sobre la cuestión nuclear irá seguido de una posible apertura ad hoc de Irán a los mercados europeos. Si la UE está de acuerdo en este proyecto, a partir de entonces Irán detendrá su retirada de la JCPOA, de lo contrario su salida del Acuerdo de Viena continuará al ritmo habitual. Hasta ahora, sin embargo, los Estados Unidos han reforzado aún más su sistema de sanciones, mientras que la UE ha amenazado con iniciar el sistema de solución de controversias de la JCPOA. Por lo tanto, la salida final de Irán del Acuerdo de Viena se ha materializado de nuevo, pero tanto Estados Unidos como la UE —que tiene la misma política exterior que un nido de hormigas— deberían darse cuenta de que la amenaza no nuclear y nuclear de Irán es terriblemente grave y podría afectar negativamente a los intereses primarios de ambas regiones occidentales. Hay sobre todo el chantaje a Israel, que también es terriblemente grave, incluso si Irán imaginara una estrategia nuclear “al estilo de Samson”, es decir, su eliminación junto con el enemigo.

Además, el Estado judío considera acertadamente a la UE una guarida de antisemitas que no hace ninguna política exterior (por ahora, ni siquiera sus Estados miembros), mientras que los Estados Unidos conciben y desarrollan su política exterior, sea buena o mala, sólo para el horizonte temporal de una elección de mitad de período. Israel, en cambio, tiene una política militar y estratégica muy estable, pero inevitablemente necesita aliados igualmente estables. No es casualidad, de hecho, que en los últimos dos meses Irán haya fortalecido no sólo el proyecto de abandonar el JCPOA, sino también sus diversas operaciones militares convencionales o las de sus representantes en el Gran Oriente Medio: sólo piensen en la captura del petrolero británico hace un año, así como los dos buques cisterna incautados —probablemente por los Pasdaran— en el Golfo de Omán en junio de 2019, y las muchas operaciones similares llevadas a cabo por la Armada del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica.

La idea de Irán es hacer sentir sobre todo a los europeos el “peso” de estar de acuerdo con los Estados Unidos en cuanto a las sanciones contra Irán, así como golpear las líneas de suministro de los países europeos —coincidentemente de los más cercanos a las posiciones de Estados Unidos, como el Reino Unido— para hacerles entender que Irán puede dañarlos significativamente sin recurrir a una guerra convencional o nuclear. La “línea política” iraní de los encargados de la toma de decisiones sigue siendo básicamente la establecida por el ayatolá Jamenei, poco después de la retirada de Estados Unidos de la JCPOA, que define dos criterios básicos: Irán seguirá aplicando el Acuerdo de Viena, aunque a un ritmo muy lento y —por otro lado— Irán está listo para una posible retirada definitiva de la JCPOA.

Esta es exactamente la mejor definición de “paciencia estratégica”. Además, la posición estratégica del presidente Trump es inexistente: ¿qué hará Estados Unidos si Irán abandona definitivamente la JCPOA? ¿Impondrá otras sanciones además de las actuales? Incluso es difícil imaginarlas.

¿Qué haría la UE en caso de crisis —incluso sólo convencional— que detendría el flujo de petróleo desde el Golfo Pérsico?

¿Cuáles serían las posibilidades de una presión política seria y eficaz sobre Irán para detener sus operaciones convencionales, que podrían llegar con seguridad incluso a la región del Mediterráneo Oriental?

En cuanto a la ruptura “bimensual” de la JCPOA por parte de Irán, los líderes iraníes han superado el límite establecido por el Acuerdo de Viena sobre la producción de agua pesada. También han eliminado todos los límites de la investigación de las centrífugas —de hecho, las destruidas en Natanz eran del último modelo— y finalmente han comenzado de nuevo a enriquecer uranio en las instalaciones de Fordow. Efectivamente, todo parece haber sido puesto en marcha por Irán para calibrar —lenta pero seguramente— la presión sobre los Estados Unidos y sobre los líderes ineptos de la UE, mientras que también hay que recordar que, debido a sus características geológicas, la planta de enriquecimiento de combustible Fordow es muy difícil de eliminar con un ataque dirigido. ¿Cuáles son las perspectivas estratégicas iraníes durante la restricción progresiva de la validez del JCPOA? ¿Ataques con misiles en territorio saudí, como ya ha ocurrido?

Si Estados Unidos levantara las sanciones, Irán demostraría que puede derrotar al “gran Satanás” y las demandas de Irán, especialmente a la UE, aumentarían. Se referirían a las relaciones entre los Estados Unidos e Israel.

 

* Copresidente del Consejo Asesor Honoris Causa. El Profesor Giancarlo Elia Valori es un eminente economista y empresario italiano. Posee prestigiosas distinciones académicas y órdenes nacionales. El Señor Valori ha dado conferencias sobre asuntos internacionales y economía en las principales universidades del mundo, como la Universidad de Pekín, la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad Yeshiva de Nueva York. Actualmente preside el «International World Group», es también presidente honorario de Huawei Italia, asesor económico del gigante chino HNA Group y miembro de la Junta de Ayan-Holding. En 1992 fue nombrado Oficial de la Legión de Honor de la República Francesa, con esta motivación: “Un hombre que puede ver a través de las fronteras para entender el mundo” y en 2002 recibió el título de “Honorable” de la Academia de Ciencias del Instituto de Francia.

 

Nota: traducido al español por el Equipo de la SAEEG con expresa autorización del autor.

 

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